Deposición de materiales por evaporación


No hay nada mejor para un sábado
que desayunar con un choque de trenes en el televisor.
Un accidente terrible
que impida, por un momento, mojar el cruasán en el café.
Y qué decir si en lugar de un incidente mecánico,
se trata de un atentado en una capital. Una muerte insaciable
que se propague irremediablemente como un huracán,
desperdigando ropa y sangre a su paso
porque los muertos pierden siempre la ropa.

Y hacer más café mientras una periodista
se esfuerza en ocultar
la excitación del trabajo bien hecho.
Y apurarlo a sorbos ya frío
mientras el recuento de muertos
huye del suelo como un temblor,
insuficiente para saciar el apetito
que disimulo sacudiendo la cabeza
frente al televisor,
mientras se descompone en imágenes
que cristalizan en la superficie fría de la pared
como capas de alegatos
maleables a mi gusto esta noche −durante la cena con amigos−
para embadurnarles de datos y opiniones
que me basten para salvarles.

Y no parar de hablar ni de beber
hasta olvidarme de mi cuerpo lo suficiente
para tragar toda la sangre en este nuevo ataque
a los valores de la Unión.
Y que el sonido de palabras como paz o crueldad
−la diferencia da lo mismo− golpee en el espejo del salón
haciéndolo crujir para quedar yo sólo en él,
multiplicado e igual de desesperado por conmover
que un televisor encendido un sábado por la mañana.

Blog Amenaza de derrumbe

 

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