A veces, es todo o nada


Escucho la música,
pero no bailo.

Ni me gusta
ni la he elegido yo.

¿Lo popular une?
Mera esperanza aparente.

Un disfraz para olvidar.

Lo raro une. Sorprende.
Lo que es de todos pero un secreto a la vez.
Une.

De que al final no importa la música si no la sientes de verdad.

Pero esto es popular.
No hay personas ni vamos a cambiar.
Tras esto,
nos acordaremos mejor de las canciones de balcón
que de las gotas caídas;
De cómo llovió
de cuántos se ahogaron,
de datos y procesos para hacer paraguas,
de la verdadera soledad,
de la verdadera compañía.

Veintinueve


Sin buscarte apareces,

y no sé si es mi martirio encontrarte,

o suerte.

Porque sufro cuando te veo en la calle,

de lejos,

y sé que en otro piensas,

y sé que con otro estás.

Y sonrió por dentro.

Y estás tan guapa como en febrero,

como los árboles en primavera,

como las flores que florecen en invierno,

como las aves dueñas del cielo,

como todo lo bello que no tengo.

Y estás tan guapa, 

como en todos los años bisiestos,

que te vienes a aparecer.

El arma imposible


silencio de negra

Si alguna vez has conjurado
un pentagrama,
quizás la logres ver.

Y la puedas oír
aunque no se escuche,
porque tienes oído especial.

El mundo está lleno de cosas
imposibles, insostenibles,
que la razón no puede contradecir.

En medio del barullo,
en medio del baile;
quizás la distingas.

Espera un tiempo,
quizás medio segundo…
¡Allí está!… y allá se fue.

Y si llegaste hasta aquí,
te lo voy a decir.
El secreto es:

¡Silencio de negra!
Si le preguntas dónde está,
en silencio te dirá que «Si».

Peripecias de la cama a la ducha


El día había empezado raro. Mi cuerpo parecía no poder resistir la fuerza de atracción que me ejercía la cama.
Iba saltando entre lecturas, Graham, Cortázar, un libro sobre la física cuántica y Borges. Terminé cayendo en Carver, y finalmente me atrapó. O me atrapé, quizás.
El relato empezaba con una conversación entre una mujer y un panadero, alrededor de las 4 o 5 páginas, me di cuenta de que el panadero iba a tener cierta trascendencia llegando al final, porque Carver parecía querer esconderlo. Parecía querer que me olvidara de su malhumor injustificado.
En fin, niño adorado fallece en circunstancias extrañas, padres contrariados vuelcan su furia hacia panadero que insiste en llamar a la casa, reunión en panadería y luego tranquilidad, porque hablando la gente se entiende.
Todo eso estaba muy bien. Bien escrito, bien pensado, se volteaba la expectativa de un final violento de una manera súbita pero bien preparada. Todo estaba genial. Pero a mí no me cerraba. Yo sabía que era mi culpa, que algo me había perdido, porque no entendía como Carver había logrado esa atmósfera de inquietud en el hospital, cuando todo había sido de lo más normal sacando a esa familia negra en el lobby.
Como veinte minutos después seguía sin entender, decidí irme a duchar.
Me levanté de la cama[1] e instantáneamente me sentí mal. Estaba tan mareado que me costaba un poco mantenerme en pie. Después de un esfuerzo no menor, caminé hacia el baño[2] y prendí la ducha. El agua empezó a correr. Yo me metí.
El mareo no se iba, al contrario, parecía aumentar con el agua caliente. Pensé en poner solo agua fría, pero mi brazo derecho a esta altura parecía obedecer más el zigzag de las gotas de agua que las órdenes de mi cerebro. Puse mis manos en las rodillas y me agaché, intentando tomar aire, pero era imposible.
Mi cuerpo era un motín, un montón de extremidades comandadas por un invasor. Un invasor que me era imposible detener.
Hasta que entendí. El doctor estaba totalmente informal, luciendo una camisa y un inquietante bronceado. Esa era la clave, ¿por qué estaba así el doctor? ¿Por qué mierda no se cambiaba la ropa para hablar con los padres de un niño muerto?
El agua siguió corriendo.

[1] Finalmente

[2] Lentamente

Visiones


Esa era solamente la segunda vez que veía a un caballo usando un paraguas. No podía cazarlo, me trascendía. Me trasciende. Empiezo, lo miro. Me mira. Intento capturarlo: primero la pata trasera, sutil, salvaje; nunca una herradura.

Me equivoco, rabio, demasiado perfecta. Borro. Mi lápiz va más rápido que mi mente, que mis ojos. Necesito atraparlo antes de que se vaya, siento que no habrá tercera vez.

La primera me agarró desprevenida, en sueños, desarmada. Pareció enojado, relinchó como diciendo: «Yo acá tan caballo con paraguas y vos ahí tan artista sin un lápiz».

Creo que entendió que para mí había sido imposible. Creo que solo por eso me dio otra oportunidad.

Sigo, intento hacer el hocico, tomo bien sus curvas, alcanzo su textura. Me gusta el resultado. Arriba de la nariz, el paraguas. Grande y negro. Imponente. Hermoso.

El resto me cuesta más, no consigo el color marrón desgastado del vientre, las ideas se me escapan, él me mira. Termino el vientre como puedo y me concentro en el pelaje. Tiene que estar perfecto, es su esencia. No lo consigo, no soy suficiente. Ya me quedó diferente, me voy a tener que matar.

Él me mira, triste, se da cuenta de mi error. Se da cuenta de mi imperfección.

Se va.

Han muerto hombres, han empezado y acabado guerras; yo lo sigo esperando. Solo una chance más.

Pupitres


 

I

Pupitres impregnados de te quieros escritos en broma que iban en serio,

de miradas perdidas que ruborizan,

de dibujos difuminados de tanto hastío,

de palabras ambiguas que tú entiendes, pero yo no,

de jugar al escondite con él/ella —aunque no lo sepa—,

de escritos subrepticios.

II

Pupitres rodeados de desafíos con olor a instinto,

de vacaciones sobre quimeras,

de pensamientos inducidos,

de reflexiones y su amnesia,

de pensamientos vigilados por la vigilia y el docente.

III

Pupitres desfallecidos de tantos despistes,

de querer y no poder,

de querer y no corresponder,

de poder y no querer.

IV

Pupitres aparentemente pensamientos,

aparentemente serios,

aparentemente objetos.

V

Pupitres turbados por conexiones,

por ser y no ser.

VI

Pupitres convertidos en mediadores de una etapa.

En el paraíso


Aún recuerdo cuando los humanos eran naturaleza y la naturaleza era humana,
cuando ella nos moderaba y nosotros bailábamos,
cuando éramos imperfectos buscando la imperfección,
cuando todo lo deseado era suerte y pasión,
cuando corríamos por las venas de la esperanza sin motivo ni dirección mientras las mariposas aleteaban hacia otra estación.

Cuando la naturaleza era recta y nosotros éramos el toque inesperado.

Aún anhelo nuestro cuerpo liviano capaz de volar,
anhelo nuestra forma de caminar desinteresada y aderezada con el sabor de la mente en blanco,
anhelo la realidad de los libros.

Anhelo la amistad de los animales y de las plantas,
anhelo hablar con ellas,
anhelo su calor.

Aún deseo que todo vuelva a ser como fue,
que todo inconsciente sea escuchado,
que todo sentimiento sea premiado y el amor valorado,
que nada tenga que ser condimentado para quererlo,
que nada sea insinuado.

Que las ventanas no sean para protegerse,
sino para verse sin escuchar,
para sentir más al mirar.

Fdo.Eva