Peripecias de la cama a la ducha


El día había empezado raro. Mi cuerpo parecía no poder resistir la fuerza de atracción que me ejercía la cama.
Iba saltando entre lecturas, Graham, Cortázar, un libro sobre la física cuántica y Borges. Terminé cayendo en Carver, y finalmente me atrapó. O me atrapé, quizás.
El relato empezaba con una conversación entre una mujer y un panadero, alrededor de las 4 o 5 páginas, me di cuenta de que el panadero iba a tener cierta trascendencia llegando al final, porque Carver parecía querer esconderlo. Parecía querer que me olvidara de su malhumor injustificado.
En fin, niño adorado fallece en circunstancias extrañas, padres contrariados vuelcan su furia hacia panadero que insiste en llamar a la casa, reunión en panadería y luego tranquilidad, porque hablando la gente se entiende.
Todo eso estaba muy bien. Bien escrito, bien pensado, se volteaba la expectativa de un final violento de una manera súbita pero bien preparada. Todo estaba genial. Pero a mí no me cerraba. Yo sabía que era mi culpa, que algo me había perdido, porque no entendía como Carver había logrado esa atmósfera de inquietud en el hospital, cuando todo había sido de lo más normal sacando a esa familia negra en el lobby.
Como veinte minutos después seguía sin entender, decidí irme a duchar.
Me levanté de la cama[1] e instantáneamente me sentí mal. Estaba tan mareado que me costaba un poco mantenerme en pie. Después de un esfuerzo no menor, caminé hacia el baño[2] y prendí la ducha. El agua empezó a correr. Yo me metí.
El mareo no se iba, al contrario, parecía aumentar con el agua caliente. Pensé en poner solo agua fría, pero mi brazo derecho a esta altura parecía obedecer más el zigzag de las gotas de agua que las órdenes de mi cerebro. Puse mis manos en las rodillas y me agaché, intentando tomar aire, pero era imposible.
Mi cuerpo era un motín, un montón de extremidades comandadas por un invasor. Un invasor que me era imposible detener.
Hasta que entendí. El doctor estaba totalmente informal, luciendo una camisa y un inquietante bronceado. Esa era la clave, ¿por qué estaba así el doctor? ¿Por qué mierda no se cambiaba la ropa para hablar con los padres de un niño muerto?
El agua siguió corriendo.

[1] Finalmente

[2] Lentamente

Anuncios

Visiones


Esa era solamente la segunda vez que veía a un caballo usando un paraguas. No podía cazarlo, me trascendía. Me trasciende. Empiezo, lo miro. Me mira. Intento capturarlo: primero la pata trasera, sutil, salvaje; nunca una herradura.

Me equivoco, rabio, demasiado perfecta. Borro. Mi lápiz va más rápido que mi mente, que mis ojos. Necesito atraparlo antes de que se vaya, siento que no habrá tercera vez.

La primera me agarró desprevenida, en sueños, desarmada. Pareció enojado, relinchó como diciendo: «Yo acá tan caballo con paraguas y vos ahí tan artista sin un lápiz».

Creo que entendió que para mí había sido imposible. Creo que solo por eso me dio otra oportunidad.

Sigo, intento hacer el hocico, tomo bien sus curvas, alcanzo su textura. Me gusta el resultado. Arriba de la nariz, el paraguas. Grande y negro. Imponente. Hermoso.

El resto me cuesta más, no consigo el color marrón desgastado del vientre, las ideas se me escapan, él me mira. Termino el vientre como puedo y me concentro en el pelaje. Tiene que estar perfecto, es su esencia. No lo consigo, no soy suficiente. Ya me quedó diferente, me voy a tener que matar.

Él me mira, triste, se da cuenta de mi error. Se da cuenta de mi imperfección.

Se va.

Han muerto hombres, han empezado y acabado guerras; yo lo sigo esperando. Solo una chance más.

Pupitres


 

I

Pupitres impregnados de te quieros escritos en broma que iban en serio,

de miradas perdidas que ruborizan,

de dibujos difuminados de tanto hastío,

de palabras ambiguas que tú entiendes, pero yo no,

de jugar al escondite con él/ella —aunque no lo sepa—,

de escritos subrepticios.

II

Pupitres rodeados de desafíos con olor a instinto,

de vacaciones sobre quimeras,

de pensamientos inducidos,

de reflexiones y su amnesia,

de pensamientos vigilados por la vigilia y el docente.

III

Pupitres desfallecidos de tantos despistes,

de querer y no poder,

de querer y no corresponder,

de poder y no querer.

IV

Pupitres aparentemente pensamientos,

aparentemente serios,

aparentemente objetos.

V

Pupitres turbados por conexiones,

por ser y no ser.

VI

Pupitres convertidos en mediadores de una etapa.

En el paraíso


Aún recuerdo cuando los humanos eran naturaleza y la naturaleza era humana,
cuando ella nos moderaba y nosotros bailábamos,
cuando éramos imperfectos buscando la imperfección,
cuando todo lo deseado era suerte y pasión,
cuando corríamos por las venas de la esperanza sin motivo ni dirección mientras las mariposas aleteaban hacia otra estación.

Cuando la naturaleza era recta y nosotros éramos el toque inesperado.

Aún anhelo nuestro cuerpo liviano capaz de volar,
anhelo nuestra forma de caminar desinteresada y aderezada con el sabor de la mente en blanco,
anhelo la realidad de los libros.

Anhelo la amistad de los animales y de las plantas,
anhelo hablar con ellas,
anhelo su calor.

Aún deseo que todo vuelva a ser como fue,
que todo inconsciente sea escuchado,
que todo sentimiento sea premiado y el amor valorado,
que nada tenga que ser condimentado para quererlo,
que nada sea insinuado.

Que las ventanas no sean para protegerse,
sino para verse sin escuchar,
para sentir más al mirar.

Fdo.Eva

¿La curiosidad mató al gato?


Buscarán y encontrarán,
volverán a morir por mirar
por ser ellos
por ser nosotros.

Investigarán para que vivan otros
para vivir ellos en otros
para que existan otros
para sonreír.

Caminarán y ronronearán
pensando en un porqué
pensando en saltar
pensando en felicidad.

Mas no les importa morir
pues desean ser curiosos
desean vivir de verdad
desean la irrealidad.

Sin porqué no hay por
ni qué
ni cómo
ni nada.

No olvidéis esto
ni la curiosidad
ni la frase:
siete vidas tiene un gato.

Silencio


Uno se pregunta si alguien pudo haberla salvado. Quizás habría bastado una mano anónima. Quizás mi mano pudo ser esa mano, pero no lo fue, como tampoco lo fue la de nadie. Pero es que tampoco uno se imagina, que tras aquella argentada sonrisa un alguien se asfixiaba – Silencio –

Junior R. Velazquez L.

Acariciando el óbito.


Nunca había tocado tu mano. No era la primera vez que nos habíamos cruzado pero, esa vez, el encuentro fue distinto. No te llamé. No me buscaste. Pero nos tocamos.
Quisiera saber, ¿estabas tentada de llevarme contigo? Nunca podré saberlo, no te habría escuchado. No eres un consuelo, ni yo tu última compañía. Aunque, tal vez habrías podido enseñarme algo, ¿no?
Las noches recientes son algo más tranquilas. No hay colapsos, no hay palabras, ni gemidos… o lágrimas. Pareciese que tu llegada era necesaria pero, ¿no tuviste ganas de llevarme contigo? Con odio toqué tu mano, estoy seguro.
Estamos destinados a vernos de nuevo. Tal vez ese día me abraces. O quizá me arrastres. Ese día, sin embargo, nos veremos directo a los ojos. Ese día, tú y yo, Azrael, Tánatos o Keres…

Night time - Por Shizuka no Hime (Finlandia)

Night time – Por Shizuka no Hime (Finlandia)