Libres de la huella humana


Hace un par de años que la joven pareja se había instalado en aquel pueblo. Estaban agradecidos por la oportunidad de encontrar una vivienda lejos de la gran ciudad, pues aquella urbe contaminada y aglomerada, es como un agujero negro que absorbe día a día la vitalidad de cualquiera. No es casual que se le conozca como «Botxo», que significa literalmente, agujero. Su círculo de conocidos les preguntaba a menudo, si volverían a instalarse en el Botxo, y la respuesta era rotunda: no.

Aquel pueblo es pequeño, su población ronda las tres mil personas, y está dividido en dos por una carretera secundaria que conduce a la capital. Un puente de cemento, une ambas partes del pueblo. A menudo, desde las alturas suele haber algo que llama la atención, ya sea algún monte nevado en la lejanía, durante el invierno, la paleta multicolor de los árboles en el otoño, o un «resol» intenso y cegador en el verano. Pero la espesura de sus bosques, pocas veces había sido tan «hipnotizante», como aquel día. Esta región está flanqueada por bosques de coníferas y otros árboles destinados a la industria mueblera, que se elevan en los montes de los alrededores. Una fina capa de nubes fue la responsable de que la tenue luz de ese día de primavera, contrastara lo suficiente como para resaltar las diversas tonalidades de verde de aquellos árboles, que la polución esconde el resto de los días.

Mientras el paisaje regalaba estas imágenes a los oriundos de aquel lugar, la joven pareja discernía qué ruta seguirían para ir a recolectar fresas, cerezas y algún otro fruto silvestre del monte.

A medida que ascendían por una vereda solitaria, se escuchó un fuerte estallido, como si se tratase de una explosión, procedente del pueblo. Desde donde estaban pudieron ver elevarse la columna de humo. Pensaron en regresar para saber qué había ocurrido, pero decidieron continuar su ruta.

Unos instantes después, otro estallido les paralizó de inmediato. La tensión fue evidente y la pareja se miró estupefacta. Se dijeron que debían volver, pero sentían mucho miedo. Quizás un tercer estallido les haría correr despavoridos hacia cualquier parte.

Algo estaba claro en aquel desafortunado incidente. No eran los taladores, ni tampoco un anuncio de tormenta. Aquel ruido atronador, era claramente una explosión, aunque no se sabía de qué. Recordaron cómo, hace un par de meses, fue incendiada la cabina de un tráiler en el polígono industrial situado frente a su casa. El vehículo explotó y la onda expansiva retumbó en las ventanas de todo el barrio.   

Y pensar que habían llegado hasta allí con la intención de evadirse de la contaminación y el ruido de la ciudad, para estar en un lugar tranquilo, libres de la huella humana.

La niña de la lluvia


Foto por you me en Flickr (CC BY 2.0).

Su infancia se vio interrumpida de tajo: a sus escasos doce años su organismo y la naturaleza decidieron comenzar el precoz desarrollo.

La madre de Isbe sabía lo que eso significaba y una tremenda pesadez cayó sobre ella, quitándole la curva a su sonrisa y dejándole una línea recta en su ya de por sí gesto plano. Sumisa por tradición, tuvo que informar al padre de Isbe que el día había llegado. A Erop le brillaron los ojos con un fulgor de maligna esperanza. Moci solo agachó la cabeza.

—Dame el sombrero, mujer. Debo ir al lugar de Sofa.

—En seguida, mi señor —contestó Moci apesadumbrada.

Afuera de la casita, sentada a la sombra de una jacaranda, Isbe miraba pensativa el camino que seguía una hormiga llevando a cuestas una ramita seca. Meses atrás, mientras jugaba por un costado de la casa, escuchó a su padre y a Sofa platicar. Se escondió detrás de unos costales de composta apilados.

—Sí, pué, me gusta tu hija pa que sea mi mujer.

—¡Ora! Todavía no, pué, aún no es mujer.

—Esperaré. ¿Qué tal y nos apalabramos de un vez?

—¿Cuál es el trato?

—Te pongo una canasta de víveres.

—¡Ora! Sí está nueva la niña, pué.

—La canasta y un animal.

—Todavía le falta un tiempito, pué; haiga que darle de comer mientras.

—La canasta, el animal y diez billetes pa la tragazón.

—¡Vamos, pué, ¡ya está hecho!

Sofa y Erop sellaron con un apretón de manos el pacto que determinaría el destino de Isbe.

Así fue como se enteró Isbe que su padre la vendió.

Sofa la subió al caballo. Rechazó llevar las pocas cosas de Isbe que Moci puso en un morral de arpillera.

—Son puras mugres, pué —dijo devolviéndole el morral a Erop.

Moci estaba muda: no era solo el nudo en su garganta lo que le impedía decir palabra. Erop sujetaba con una mano la cuerda con el chivo inquieto amarrado al otro extremo. En el suelo yacía una canasta con comestibles enlatados; con la otra mano palpaba dentro del bolsillo los diez billetes que recibió a cambio de su única hija.

Isbe echó una última mirada al lugar: la casucha, el patio y sus padres, jamás los volvería a ver.

***

Sujeta al torso de Sofa, Isbe fue soltando durante todo el camino cada sueño, cada juego infantil, cada cosa que ya no podría hacer por la condición de ser ahora la mujer de su comprador. Sofa no se dio cuenta de cuántas lágrimas derramó Isbe; apuraba al caballo para ganarle a la tormenta que amenazaba con fuertes retumbos su imparable precipitación.

Llegaron a la casa de Sofa empapados, Isbe mojada de lágrimas y lluvia. Sofa no esperó a nada, de inmediato condujo a la niña adonde estaba la cama.

—Quítate las mugres que trais puestas, no te vayas a subir a la cama toda mojada como vienes.

Él por su parte, echó el sombrero a un lado, se desabotonó la camisa y se sentó en una silla a observar a Isbe.

Recordó la primera vez que la vio en casa de Erop un día que fue a conseguir composta. Ella correteaba mariposas, llevaba puesto un vestido con flores estampadas que era una talla más pequeña que la que debería usar, esto ocasionaba que de manera inconveniente se revelaran sus torneados muslos cada vez que daba un salto intentando alcanzar a una mariposa en la inocente persecución. Desde entonces, el deseo de tenerla no se desprendió de él.

Ahora la tenía enfrente y la haría suya.

—¡Quítate todo, pué! —rugió desde la silla.

Isbe sentía miedo de llorar, ahora Sofa era su dueño y debía obedecerle o atenerse a las consecuencias.

Se desnudó tal y como lo haría una flor cuando florece, solo para que una bestia con su sucia garra la dejara pisoteada y maltrecha en un instante. Seis minutos que a Isbe le parecieron el infierno eterno.

La lluvia azotó esas tierras durante varias semanas. Los ríos se desbordaron y las corrientes arrastraron todo lo que estuvo a su paso. Isbe no paró de llorar todo el tiempo que Sofa la dejaba sola. No hubo probado ni un bocado de alimento, estaba asqueada e igual de triste que el cielo.

—Ahí te traje cosas pa que hagas de comer, pué.

—Es que no sé cocinar.

—¡Diablo cabrón! ¿Cómo es eso? ¿Qué tu madre no te enseñó a hacer siquiera un caldo?

—No, mi señor —contestó con timidez Isbe, encogiéndose, esperando lo peor.

—¡Ah, la puta! —soltó Sofa acompañado de un golpe con la palma en la cabeza de Isbe—. ¡Vas a aprender, pué, ¿o qué?

—Sí, mi señor, voy a aprender —dijo Isbe conteniendo el temblor de la quijada.

Volvió a pegarle, esta vez en la nuca. La pescó del cabello y la llevó a la cama.

—No me voy a conformar solo con esto; tienes más obligaciones que cumplir —reclamó Sofa levantándole la falda y manoseándola con desenfrenada lujuria antes de penetrarla con furia.

En una parte elevada del pueblo, debido a las lluvias, se produjo un deslave que sepultó varias casas con sus respectivos ocupantes. Los habitantes estaban alarmados: la masa pluvial era tan inusual que lo atribuían a un hecho sobrenatural provocado por una fuerza oscura. Los vecinos organizaron rosarios para pedir a Dios que cesara la lluvia.

—Dicen que es porque Sofa se trajo a la chamaca y están haciendo vida de casados sin la bendición del Señor.

—Sí, pué, es el pecado impune y disoluto que atrae tanta calamidad.

—Sígale rezando, seño.

—Dios te salve, reina y madre…

A Sofa le tenían sin cuidado todas las habladurías que se escuchaban en el pueblo. Él ya había cumplido con el pago por Isbe y no necesitaba ninguna bendición de nadie.

Esa noche la tormenta oscureció el cielo con varios tonos de gris.

Llovió con intensidad, el agua escurrió excavando profundas zanjas en los caminos de tierra, las corrientes imparables siguieron su curso.

Los compadres hacían el camino a paso lento buscando un lugar seguro por el cual transitar. Del centro del pueblo a la casa de Sofa eran unos tres kilómetros.

—Nos echamos un taco en el jacal, pué, compadre. Así damos tiempo a que baje toda el agua del cerro.

—Ora, pué. Traigo una botellita de aguardiente, compa, pa el desempance.

Llegaron a casa de Sofa. Temo tenía curiosidad por conocer a la nueva mujer de su querido compadre.

—Ora, mujer, que ya llegué y traigo invitado. Sírvenos un taco que venimos hambrientos.

—Sí, mi señor —contestó Isbe, bajando la cabeza ante la imprudente y cínica mirada de Temo.

Pué… es una cachorra, compa, ¿cómo le hizo?

—Na’a que un chivo no pueda valer, compadre.

Ambos se echaron a reír. Isbe sirvió dos platos con frijoles y acercó un cuenco con salsa picante. Una a una fue colocando las tortillas que recalentó en un fogón.

Temo no le quitaba la vista de encima. Destaparon el aguardiente y bebieron. Sofa se dio cuenta de que a Temo le gustaba su mujer. Carraspeó.

—¿Qué pué, compadre?

—¿Das chance, compa?

Sostuvieron la mirada durante unos segundos.

Ora, pué —dijo Sofa—. No me la maltrates porque también quiero usarla.

—No, compa. Todo tranquilo.

Sofa se sirvió más aguardiente y prendió un cigarro de hoja. Salió al patio dejando a Temo con Isbe.

—Vente pa’ca, chamaca —dijo Temo desfajándose la camisa. Estaba enardecido por el alcohol—. Acércate un tantito.

—¡No! —replicó Isbe.

—¿Qué pué? ¿Le digo al compadre que le venga a poner unos fajazos?

Isbe ya no sabía a qué temerle más. Temo intentó meter la mano por debajo de su vestido, pero ella se retrajo. Él, molesto, la asió del cuello con una mano y con la otra le sujetó el cabello por la nuca.

—¡Quieta, cachorra! ¡Orita te voy a dar un calentón que hasta vas a bramar! 

Afuera, Sofa escuchaba en la oscuridad la corriente de agua que furiosa se deslizaba por el camino principal. Le debía un favor a su compadre, no podía negarle nada, ni siquiera a su mujer.

Isbe pegó un grito cuando Temo le desgarró la blusa y le dejó desnudo el torso. Mientras Temo con una mano bajaba sus pantalones, aflojó un poco la fuerza que aplicaba en el cuello de Isbe. Ella se dio cuenta y de un jalón se liberó. Temo perdió el equilibrio y trastabilló sin caerse, pero esa acción fue suficiente para que Isbe, a pesar del pánico, buscara la puerta para salir de la casa.

Sofa escuchó las pisadas chapoteando veloces en la oscuridad, volteo a mirar y vio una silueta fugaz desvaneciéndose en la lluvia.

—¡Se soltó la cachorra, compa! —gritó Temo desde el quicio de la puerta.

—¡Carajo! —dijo Sofa apretando las mandíbulas. Aventó el vaso y echó a correr detrás de Isbe— ¡Pérate, pué! ¡Ónde vas, hija de puta!

Isbe escuchó los gritos debajo del diluvio que caía en ese momento, pero no se detuvo por nada. Las gruesas y tupidas gotas le pegaban en la cara y se escurrían junto con sus lágrimas.

Atrás de Sofa, Temo también corría; no iba a dejar escapar la oportunidad, menos ahora que la niña les había hecho salir a la tormenta.

Isbe dejó de escuchar los gritos de Sofa y los pasos de su carrera. El ruido de la corriente era ensordecedor. La oscuridad le impidió orientarse y de vez en cuando la luz de un rayo iluminaba con debilidad la negrura de los cerros. Fue como escuchar el principio de una tempestad, cuando se oye retumbar el cielo previo a la caída de agua. Pero esta vez el sonido vibrante no provino del cielo, sino del suelo, fue como un rugido contenido que va creciendo en fuerza e intensidad. Isbe volteó hacia todos lados sin percatarse de que se estaba produciendo un deslave en el cerro por su lado izquierdo y un socavón bajo sus pies.

Toneladas de lodo y piedras la arrastraron sepultando en pocos segundos todas sus desgracias.

Cuando Sofa y Temo detuvieron su persecución, fue solo porque el camino presentaba un agujero grande y profundo que les impidió continuar.

Nunca encontraron el cuerpo de la niña.

***

Fueron varios meses de arduo trabajo para rellenar el socavón del camino. En el pueblo se corrió la voz de que en ese incidente murió Isbe, la pecaminosa exmujer de Sofa. Después de la tragedia, la lluvia calmó sus ímpetus. Siguió una temporada de implacable sequía, los cerros lucían un amarillo reseco y los animales de corral iban muriendo poco a poco sin explicación.

—Vamos haciendo otra chamaca, pué; se murió el chivo y no hay billete pa comprar otro. Ni siquiera lo pudimos comer, cuando lo encontré ya estaba inflado, sepa qué mal le dio.

—Ya estoy grande, Erop, ya no es bueno que quede embarazada, pué. No le haiga que me vaiga a morir en el parto. Además, no quiero; sentí refeo que vendieras a la Isbe.

—¡Bah! ¿Entonces pa qué son los hijos?

—¡Ah, que necio que eres, pué! Me voy a moler el nixtamal.

Esa noche Erop intentó embarazar a Moci. Después del sexo se quedó despierto imaginando que, si se lograba, apenas naciendo vendería a la cría, así se ahorraba años de manutención, pero si era hombrecito, tenía que regalarlo o ahogarlo en el río.

Pasaron los meses y Moci no echaba panza, resulto ser cierto lo que ella dijo: «ya estaba grande pa engendrar».

El tono de azul del firmamento se decoloró, un viento húmedo corrió entre las hierbas secas de los cerros. Parecía que la sequía llegaba a su fin. Algunos se apuraron a preparar la tierra para la siembra con cierto recelo de que este temporal no excediera la cantidad de agua. Esa noche cayó una gentil lluvia que avivó las esperanzas del pueblo.

Temo estaba recostado en la hamaca con las manos cruzadas bajo la nuca a modo de almohada. Respiraba el aroma de la tierra árida ahora socorrida por las primeras gotas de agua. De repente resopló pues percibió un olor fuerte, desagradable, parecido al de un zorrillo. Quiso levantarse, pero una fuerza le comprimió el pecho. El hedor se hizo más fuerte, tan intenso y penetrante que casi vomitó. Entonces escuchó una voz:

—Va a llover, Temo.

El sonido de la voz pareció venir de un lugar muy profundo, sin embargo, no hacía eco, se escuchó más bien apagado. Se encontró con un rostro desfigurado a la altura de su cara. A pesar de lo horripilante, conservaba ciertos rasgos que Temo reconoció y de inmediato entró en pánico.

—Va a llover, Temo  —escuchó que le dijo la voz.

De los ojos del rostro macabro comenzaron a salir gotas de agua. Cayeron en la cara de Temo que luchaba desesperado por liberarse. Al principio fueron unas cuántas gotas, pero después se incrementaron al grado de que se le colaban por las narinas y por la boca cada vez que la abría para intentar gritar. Temo, antes de morir ahogado, se dio cuenta de que las gotas tenían un gusto salado.

Sofa bebía aguardiente sentado con la camisa desfajada y desabotonada. Sentía que le hacía falta desahogarse, pero no encontraba quien estuviera desesperado y le vendiera una chiquilla, le atraían sobremanera. Tenía planes para salir, pero la incipiente lluvia se los echó a perder. Dio otro trago directo de la botella y se atragantó porque llegó a su nariz una pestilencia nauseabunda, como de humedad podrida. Bajó la botella y revisó la suela de sus botines por si había pisado algo. Como no encontró nada, caminó hacia la puerta y antes de que pudiera abrirla escuchó una voz apagada, como si fuese un murmullo proveniente del suelo.

—Va a llover, Sofa.

Sintió una mano húmeda y fría que le tiraba de los cabellos hacia la cama. No pudo luchar contra ese impulso y cayó de bruces sobre el colchón. Se volteó sobre sí para quedar bocarriba y cuando lo logró sintió como la botella de aguardiente chocaba contra sus dientes que se desprendieron, y junto con pequeños fragmentos de vidrio, resbalaban con el alcohol por su garganta.

—Va a llover, Sofa —escuchó de nuevo.

Vio el rostro carcomido y los ojos de una negrura espeluznante que derramaban gotas de agua sobre su cara. Terminó de ahogarse con el resto del líquido de la botella. Quedó tendido sobre la cama con la camisa abierta y el envase de vidrio metido hasta la garganta.

En ese momento la lluvia arreció.

—¡Qué necio, pué! ¡Que ya no puedo preñarme!

Ora, ¿entonces qué vamos a hacer? Ya nadie en el pueblo me compra la composta.

Haigas de irte al otro pueblo a vender.

—Sí, pué, no hay diotra.

—Pero antes lléname la pileta, ya no tengo agua ni pa lavar los jarros.

Ora, pué.

Erop tomó los baldes y caminó al arroyo. Cuando llegó advirtió la coloración turbia en el agua debido a las primeras lluvias del temporal. Se agachó para llenar el balde y se fue de boca como si alguien lo hubiese empujado. Soltó el balde e intentó ponerse de pie, mas no pudo. Sintió algo que se le hundía en la espalda baja y una presión desmesurada en la nuca. Agitó los brazos e intentó deshacerse de quien tenía encima. El terror se apoderó de él cuando sintió que el aire se le estaba terminando. Tragó agua, pero justo cuando iba a rendirse, una mano fría lo jaló de los cabellos sacándole la cabeza de la corriente. Jaló aire y escuchó una voz seca y átona:

—Va a llover, Erop.

Otra mano le estrelló varias veces un guijarro en la cara, le rompió nariz, pómulos y varios dientes. Después, como si de un costal de composta se tratase, voló y cayó al pie de un viejo árbol que dibujaba una temblorosa silueta en el suelo terroso. De inmediato, aunque estaba aturdido, notó un olor asqueroso que supo que, antes de que los ojos malévolos soltaran gotas de agua sobre su cara deshecha, era el olor de la muerte.

Adentro de la casucha, Moci esperaba impaciente a que su marido regresara con el agua que necesitaba para sus quehaceres. Iba a asomarse a la entrada cuando a contraluz vio una extraña figura que no tocaba el suelo. Estaba suspendida en el aire justo en el quicio de la puerta. Moci se echó para atrás, temerosa de lo que estaba contemplando.

—¡Dios mío! —soltó las palabras y se dejó caer sobre una silla con los dedos de las manos entrecruzados sobre su pecho, así como si fuera a rezar.

El olor putrefacto inundó la casucha. En un parpadeo, la amenazante figura se colocó a un lado de Moci y le susurró al oído:

—Va a llover, Moci.

Moci miró el rostro descompuesto y ahogó una palabra antes de sentir una mano fría y húmeda acariciándole el pelo y luego, miles de gotas cayendo en su cara desde esos ojos eternos.

El aguacero volvió a cobrar fuerza.

Nada ni nadie pudo explicar las muertes atroces de aquellas personas. Todos los testimonios apuntaban directo a la superstición o a ese tipo de leyendas y mitos que hay siempre en esos pintorescos lugares. 

Algunos campesinos del pueblo atribuyen, a un tipo de lluvia gentil que cae por lo general por las noches, a una entidad que denominan «la niña de la lluvia».

Otras personas dicen que cuando la lluvia es suave es porque el alma de Isbe se anega y desborda de tristeza; y que cuando se desata una tormenta, es por la ira de Isbe que aún no puede perdonar a quienes le hicieron tanto mal.        

Agradecimiento


inferno
«The vision of hell», Metropolitan Museum of Art (CC0)

 

Como muestra de misericordia y de un poco de blasfemia, el señor Leonardo Covarrubias se inventó un humilde cuento que ha logrado que poco más de dos mil almas, habitantes de un pequeño pueblo de la sierra chiapaneca, piensen en mí noche y día.

Don Leonardo Covarrubias, de quien cuya edad desconozco, relató, en menos de seiscientas palabras, una historia en la que un diablo de dos y medio metros de altura, de complexión casi esquelética, con boca ancha y cara arrugada, con catorce ojos y piel colorada, ronda las calles del pueblo a todas horas, sin importarle si el sol brilla o si es la luna quien gobierna el cielo, buscando pecadores para atormentar con su presencia. 

El diablo del cuento se asoma a las casas, mira por las ventanas o las puertas, por el pestillo o entre cortinas, por los espacios vacíos que se ocultan entre las tejas o por los agujeros que han hecho las hormigas. El diablo observa y entra bajo las ropas, bajo las mascarillas y bajo la piel, atravesando los ojos, hasta llegar al área del cerebro en donde se esconde el archivero de las malas palabras, los malos pensamientos y las malas acciones. Se sienta a leer y mientras más encuentra, más lenta y dolorosa es la combustión del alma. Los doctores de la historia dicen que eso es neumonía y fiebre; el escritor explica que es asfixia y fuego eterno.

Pero lo importante del relato no es la similitud entre la ficción y la realidad. No, no es eso. Lo maravilloso del cuento es que, para salvarse del averno y su fuego infernal, Leonardo cuenta que en la biblioteca particular de don Evaristo Mejía (un anciano acaudalado), hay un viejo libro del año de 1934 de nombre «Antiguos remedios mejicanos contra el mal de la tierra, del mar y del fuego y de sus volcanes», que a la mitad del capítulo VI explica que:

«En los días en que el diablo ronda libremente por las calles y las avenidas, cuando sus miles de ojos y miles de brazos atraviesan los cerrojos de las casas para quemar las almas cristianas, se deberá colocar por fuera, y justo al lado de la puerta, siete flores y siete frutas sobre siete piedras de río, haciendo con ellas una pirámide. En el centro de la pirámide se debe colocar un pedazo de madera en el que se deben escribir los nombres de los residentes de las casa, pero sin vocales. La elaboración y perfecta colocación de este pequeño altar confundirá al diablo y a su amiga la muerte, y les hará avanzar a la siguiente casa y a la siguiente casa, hasta encontrar una en la cual no se les rinde tributo».

El cuento se ha hecho tan famoso, que todas las casas tienen altares en mi nombre, ¡la gente nos regala flores! Este pueblo es un rayo de luz y esperanza en un mundo donde todos nos maldicen. Ser Satanás en estos tiempos es horrible. Todos son «Oh, Dios mío, oh sálvame, Jesús», y nadie quiere venir conmigo. Hay un mundo asqueándose con la idea de visitarme. La humanidad huye de mí y de la muerte; la humanidad entera menos un pequeño pueblo.

Obituario del Dr. Simón Antonio y siete pocas y pequeñas verdades liberadas


Falleció el Dr. Simón Antonio, a la edad de 76 años.
En el pasado, los médicos servían también de psicólogos, consejeros, hechiceros y oyentes que ayudaban a la gente a curar no solo el cuerpo. Pues eso es lo que era el Dr. Simón para este pueblo.
Él era un médico chapado a la antigua, muy educado y muy querido por todos. Siempre daba los buenos días y nunca faltaba ni llegaba tarde a su consultorio.
Hoy por la mañana, su esposa me entregó un sobre sellado con varias notas que ni ella había leído.
El sobre color amarillo dictaba que debía ser entregado a mi persona al día siguiente de su muerte. El sobre decía:
«Si estoy muerto, favor de entregar este sobre a Leonardo Covarrubias».

Un sobre común y corriente por fuera, pero sorprendente por lo que contenía.

A Leonardo Covarrubias.
Presente.

Querido Sr. Covarrubias, antes que nada espero que ya haya dejado el maldito vicio del cigarrillo, que nada le aporta a su vida.
¿Notó usted la palabra «maldito» en mi saludo? ¿Sí lo notó? La verdad espero que sí, pues así le será más fácil entender el motivo por el cual le he encargado este favor.
Durante años he soportado las quejas y llantos de mis pacientes y juro por Dios que les he tratado de ayudar con todo mi corazón. Mi ayuda siempre ha sido de buena fe, pero eso no quiere decir que no me canse. Por eso, le pido exponga la siguiente lista donde he enumerado datos que he reunido este último año de consultas y que, con ayuda de usted, liberarán algunas pocas verdades que han estado encerradas en los rincones menos decorosos de mi mente.
¿Que por qué recurro a usted? Simple, debido a su oficio estoy seguro de que jamás juzgaría a un muerto.
No tengo más que agradecerle, Sr. Covarrubias, espero que la muerte no venga pronto por usted, aunque, en lo que viene a este plano, yo le cuidaré su lugar.

Importándome un comino lo que le pase al mundo porque ya me fui.

Dr. Simón Antonio.

…..

Descanse en paz, Dr. Simón Antonio, quien en vida fuera querido por todos, pero en su interior era un poco insolente.

Antes de leer la lista, siéntase responsable de la información que a continuación poseerá. De igual forma, la liberación de esta información es meramente culpa del Dr. Simón Antonio y de mi deber periodístico.

 

Anexo:

Pocas y pequeñas verdades liberadas:

  1. El Sr. Conrado tiene cáncer. Vayan a visitarlo, él no quería que su familia lo supiera.
  2. El joven Juan Jiménez inició el incendio de la papelería Esperanza. Lo sé porque presentó quemaduras al día siguiente en mi consultorio.
  3. La yerba que fuma Felipe era muy mala. Yo le ofrecí conseguirle de mejor calidad, pero no quiso. (Nota: Felipe ya está muerto).
  4. Sandra es infiel a Marco con Lourdes, la mesera de la cocina económica que está atrás de la parroquia.
  5. El hijo de doña Rafaela se acuesta con, por lo menos, cinco mujeres casadas. Cuidado, maridos.
  6. Doña Clemente infectó al anterior cura de este pueblo. Los pecados no se perdonan si se confiesa con el compinche.
  7. Posiblemente la panadería Santa Clara tenga alguno de sus procesos contaminados. Cada mes llegan por lo menos seis personas con infección estomacal gracias a ellos.