La fiesta y Freud. Final


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En el trayecto supo que se llamaba Alise, vivía en Wisconsin, en una ciudad mediana, con su padre viviendo en Chicago, separado desde hacía cinco años de su madre. Otra hermana mayor había seguido los mismos pasos a los dos años de casada. Le confesó que sentía miedo por las relaciones estables con los chicos. Parados en un semáforo Luis se fijó en la ventana de una bar donde un grupo de hombres jugaba a las cartas, en su centro uno de ellos tenía la cara completamente desfigurada con un color morado oscuro, llena de llagas, y a esa distancia pudo ver unos ojos blancos de absurdo vacío. Si alguien así no se ocultaba del día, tenía amigos, familia tal vez, o saluda en el trabajo, es que quedan sueños en los que creer, y no resulta interesante quejarse de esta vida. Como aquel hombre se había desfigurado, Luis no lo sabía, pero aquel hombre al ver las cartas que ahora sostenía en su baza, estaba esbozando una sonrisa, dejaba claro que no era un murciélago humano ni una pesadilla que nos conmueve por nuestra suerte. Notó la cálida mano de la muchacha sobre la suya al cambiar las marchas, aparcó el coche en una calle de edificaciones antiguas, no más altas que tres plantas mal hechas, con fachadas faltas de pintura y puertas de madera. Acarició el dorso de la mano de la chica, Alise respiraba nerviosa como si el aire fuese latiendo, siguió subiendo por el brazo y rozó su pecho, las mejillas ya estaban encarnadas, y se acercó más a ella.

―A la mierda Freud —le dijo en voz baja, acariciando más su cuerpo.

Infinito


Érase una persona que conocía el infinito. Habéis oído bien, sí, lo conocía.

Es más, hubo un tiempo en el que vivía en él. Tuvo que abandonarlo cuando cayó en el olvido; a nadie le importaba ya lo no perecedero, pues lo tachaban de inalcanzable e incluso varias religiones lo culparon como herético.

Le reconocí por esa acritud dulce que le rodeaba, olía a lugares añejos con un toque a impaciencia.

Su sonido reverberaba por todos los lugares; ese chirrido únicamente le era muy molesto a nuestro querido amigo, pues no estaba acostumbrado a escuchar cualquier sonido creado por superficies o prolongado por las paredes y sus texturas. Amaba los espacios vacíos, sin paredes ni suelo, ni tejado.

Estaba triste y le pregunté por qué lo estaba si ahora podría tener todo lo que quisiese. Él me respondió que no estaba acostumbrado a ver cosas y que al segundo desapareciesen, sin que nadie las echase de menos, sin que nadie las recordase; por lo que prefería no tener nada, pues la nada nunca huye de ti, y tú no puedes abandonarla.

¿Cómo iba alguien querer nada? El infinito me había decepcionado, pues no existe nada sempiterno más que el infinito, ¿o sí?

Al cabo de unos minutos disfrutando del silencio y de los pensamientos, dijo:

—Ya sé lo que quiero, quiero tu alma, ya que esta nunca me abandonará del todo. Incluso si no vienes conmigo sé que estarás en algún lugar, y te recordaré para siempre.

Claramente le dije que no, que mi alma es mía y de nadie más.

—Ahora comprendo porque en vuestro mundo odiáis el infinito —dijo—. No queréis nada que no sea vosotros, y en el fondo igual hasta os odiéis, por lo que no podríais vivir solos, en vuestra ilimitada infinitud; sería un hastío.

No dijo nada más. Se levantó del banco, y se fue.

Pasaron los años y lo comprendí, sin la nada no sería yo, sin el silencio no podría escucharme, y sin mi alma no podré querer al resto, y mucho menos comprenderlos.

Ahora le busco, necesito encontrarle y decirle que le regalo mi alma, que le regalo todos mis recuerdos, para así ayudar a los demás y vivir en ellos. Desgraciadamente hace tiempo que se fue y no creo que vuelva —yo no lo haría—, al menos por ahora, pero da igual, esparciré mi semilla infinita por el resto de las personas, difundiendo lo olvidado, olvidando lo perecedero.

Centrifugando recuerdos (XVI)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

La tarde avanza perezosa, anestesiada por el calor sofocante, como anestesiado está el ánimo de Luis, quien se siente perdido y estúpido. Tras el episodio junto a la jovencita, subió al coche con la intención de conducir hasta el Albayzín, pero antes de meter la llave en el contacto lo asaltaron las dudas. «¿Qué vas a hacer? ¿Ir preguntando por ella puerta a puerta?» Así que, pasados un par de minutos, volvía a bajarse, esperando ver llegar a los padres de Sara, aunque sin tener nada claro que hablar con ellos fuera una buena idea.

Una hora después nadie que tenga posibilidades razonables de ser madre o padre de una veinteañera ha entrado aún en el portal y Luis, agobiado, cada vez está más convencido de que está viviendo el momento más absurdo de su vida. Arrastrando los pies, se dirige a la fuente del parque para beber y refrescarse. A pesar de haberse mantenido a la sombra de los plátanos, nota todo el cuerpo pegajoso por el sudor, lo que contribuye a aumentar la sensación de incomodidad que ya hace rato que se ha apoderado de él.

El surtidor gotea, cosa que evita que se seque el pequeño charco donde un grupo de palomas se refresca. «No siempre entiendo que sucede conmigo… Zarandeándome voy hasta que caigo… terriblemente borracho» No sabe por qué ha acudido a su mente ‘Flor venenosa’, la vieja canción de Héroes del silencio, pero es la espoleta que lo hace reaccionar. «Desde luego que no lo entiendo, nadie puede entender qué sucede conmigo… A lo mejor si estuviera borracho todo sería más fácil… Pues mira, seguramente no des con Sara, pero ya que estás en Granada, por lo menos disfruta de las cañas con tapita incluida».

Luis mete la cabeza debajo del chorro tibio de la fuente y cuando se incorpora se sacude como lo haría un perro. El remojón consigue sacarlo de la modorra, y ahora, con una misión clara —ponerse tibio de cerveza bien fría—, vuelve a subir al coche. Antes de arrancar, saca el móvil para consultar las posibilidades de aparcamiento en el centro de la ciudad, y al tenerlo en las manos lo asaltan de nuevo los insidiosos ojos verdes que dos días atrás le robaron la capacidad de actuar de forma racional. «Prueba otra vez», se dice. «Alguna vez tendrá que contestar».

En ese momento, a unos veinte minutos a pie de la plaza, Sara deja que el chorro de la ducha, golpeándole en la cara, pruebe a arrancarle tantas sensaciones indeseables. Sin suerte. En su habitación, el móvil vuelve a sonar.

—Te llaman otra vez —anuncia Tere, quien, al no obtener respuesta, chasquea la lengua con fastidio y se dirige al baño—. Te llaman otra vez —insiste, tras empujar la puerta.

Pero Sara no oye nada más que el repiqueteo del agua contra su rostro.

—¡Sara!

Lo normal habría sido que Tere se olvidara del asunto y regresara a lo suyo, pero no puede evitar sentirse molesta por el comportamiento taciturno y ausente de su amiga; es como si a Sara le importunara que ella esté en su casa. Una cabeza chorreante aparece por fin de detrás de la cortina de la ducha.

—¿Qué pasa? ¿Por qué gritas?

—Porque era eso o cortarte el agua. —Hace una pausa. Sopesa si decirle lo que realmente le apetece o dejarlo correr. Opta por lo primero—. No sé si te das cuenta de que desde que has llegado no me has hecho ni puto caso… Sí, no me mires con esa cara. Una tiene su corazoncito y me toca los ovarios que después de dos meses sin vernos ni siquiera me hayas dedicado dos segundos de atención.

Sara la mira con cara de circunstancias, consciente de que tiene razón, pero no sabe qué decir. Un silencio incómodo se adueña de la escena, hasta que Tere decide retirarse. Sara se queda mirando cómo cierra la puerta, y en el momento en que ésta completa su recorrido, reacciona.

—Lo siento —balbucea.

La puerta vuelve a abrirse.

—¿Cómo dices?

—Que lo siento. Que tienes razón. He pasado de ti olímpicamente. Estoy hecha un lío tremendo y no sé ni lo que hago.

La expresión desolada de la cara que sigue asomada por el hueco de la cortina ablanda el corazón de la ofendida, cuya expresión de fastidio muta en comprensiva ternura.

—Vale. Acaba de ducharte y hablamos en torno a una botella de vino. —Vuelve a hacer amago de desaparecer, y entonces recuerda el motivo de la visita—. Por cierto, te han estado llamando al móvil.

«Luis». El corazón se adelanta al cerebro. Cierra los ojos y suspira. Un segundo después los vuelve a abrir y se encuentra con la mirada suspicaz de su amiga. Sara carraspea.

—Gracias, luego miro quién es.

Inmediatamente desaparece tras la cortina y vuelve a abrir el grifo.

—Creo que la charla va a ser interesante —murmura Tere mientras entorna la puerta.

Sentado al volante de su hirviente coche, Luis vuelve a dejar que se agoten los tonos de llamada sin obtener respuesta. La frente y el cuello están de nuevo perlados de sudor y otra vez nota las gotas que se deslizan por su piel. Tiene el teléfono entre las manos y la vista clavada en la pantalla, ahora apagada. Apoya los antebrazos en el volante, y aunque está muy caliente, no los aparta.

«No quiere saber nada de ti. ¿Acaso necesitas más pruebas? Olvídala como te dijo ella misma y continúa con tu vida… ¿Otra más a olvidar? A este ritmo bato algún récord… Qué coño, le mando un mensaje, que sepa que he venido y luego lo borre y bloquee mi número si quiere… Estás muy tonto… Sí, vale. Le envío el mensaje y luego a tapear».

…………………………

La brisa suave procedente de Sierra Nevada consigue refrescar el ambiente por primera vez en muchos días.

—Oh, qué bien —proclama Tere desde el sofá, mientras intenta sacar el corcho a una botella de vino tinto de la Contraviesa—. Hoy por fin el aire que sale del ventilador no achicharra.

Sara sonríe asomada a la ventana, desde donde contempla la luna sobre la Alhambra.

—Podría pasarme la vida así, sin más preocupación que admirar este paisaje.

—Toma, y quién no. De todas formas, acabarías aburriéndote.

—No sé…

Tere descorcha finalmente la botella y sirve dos generosas copas.

—¿Vienes aquí o vamos a charlar asomadas a la ventana?

Sara suspira y se da media vuelta.

—Ya voy, no permitiré que acabes con los nachos tú sola.

Cuando se sienta junto a ella, Tere le extiende la copa con la mano izquierda mientras con la derecha sostiene la suya.

—Por nosotras. Es poco original, lo sé, pero me encanta poder seguir diciéndolo, después de tantos años… aunque a veces me entren ganas de tirarte el vino por la cabeza.

—Perdona, de verdad. Soy un desastre de amiga.

Se quedan mirando con la complicidad de quienes han compartido todos los momentos significativos de la vida y tienen la convicción de que compartirán muchos más. En el portátil suena lo último de Lori Meyers. Sara sonríe al recordar el concierto, pocos días antes de marcharse. Sus amigas la obsequiaron con una fiesta de despedida memorable.

—Por nosotras —repite Sara. Chocan las copas y beben hasta dejarlas vacías.

—Te gané, como siempre —anuncia Tere, risueña, y se seca los labios con el dorso de la mano. Acto seguido sirve la segunda ronda.

—Cómo vas a perder, si eres una esponja —A Sara le reconforta el calor que le deja el vino en su recorrido desde el paladar hasta el estómago—. Está muy bueno. —Coge un nacho pringado de queso cheddar y se lo lleva a la boca.

—¿A que sí? Es de la bodega de los padres de Merche. Poco después de que te fueras trajo algunas botellas. Son de la primera cosecha. Estaba muy emocionada.

—No me extraña, es para estarlo, con todo lo que han luchado por hacer realidad el sueño de la bodega.

—Sí, me encanta esa tía, y si quieres que te diga la verdad… —Tere se interrumpe para masticar unos nachos—, la envidio, porque ella también ha hecho mucho por que se cumpliera ese sueño. Me flipa la gente que es capaz de marcarse un objetivo y no parar hasta lograrlo.

—Y a mí…

—Por Merche, y por toda la gente que lucha por hacer realidad sus sueños.

Las dos amigas vuelven a brindar. Tere deja la copa vacía de nuevo. Sara se conforma con un par de tragos.

—A este ritmo vas a tener que llamarla de urgencia para que traiga más botellas.

Tere ríe con ganas.

—Ya estoy pedo, así que es el momento de empezar el interrogatorio.

—Bueno, bueno… Yo empiezo a notar el puntillo, pero aún controlo, así que primero cerremos el asunto Merche. ¿Vuelve pronto?

—Qué va. Se queda con sus padres hasta que acabe la vendimia, en octubre… —Calla de pronto, y acto seguido se le ilumina el rostro, en el que la combinación de vino y calor le ha encendido las mejillas— ¡Oye, vámonos con ella!

—Confirmado: estás borracha.

—Anda, calla. —Tere deja su copa en la mesita y le quita a Sara la suya con la intención de hacer lo mismo, pero antes, y tras dudar un instante, da cuenta del contenido. Sara suelta una carcajada. Tere le toma las manos—. Escucha. Yo me iba a ir unos días igualmente. Lo acordamos antes de que se marchara. La llamo y cuando le diga que tú también te vienes dará saltos de alegría. Será genial, las tres juntas zanganeando por la Alpujarra.

Tere la abraza. Está entusiasmada, y consigue contagiarla, aunque trate de resistirse.

—Ay, no sé…

—Va, va, déjate de memeces. —Rellena las copas, y deja la botella vacía en el suelo—. Ahora sí, ¿quién es el tío que te llama? Porque es un tío, ¿verdad?

Continuará…

La fiesta y Freud. Parte 2


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—Este es el momento de la película donde la chica se empieza a desnudar, quitándose la ropa manchada.

Le sonrió, y a la vez le estaba diciendo que no carecía de interés. Así que añadió:

—O el momento donde el chico quiere ayudarla. —Ella tenía los ojos azules—. Ha sido un accidente, el  jersey se arreglará en la lavadora.

La chica no contestó, tiró primero de cada una de las mangas de la prenda, empezando a quitársela, luego con la cara muy seria se quitó el jersey haciendo que volara su melena al estirarlo desde su cuello. Una camiseta color azul ajustada dejaba vislumbrar unos senos desarrollados. Lo sabía ella y él también. La puso la prenda sobre los hombros mientras se miraban a unos centímetros. La casa estaba en ese momento anestesiada, no oían nada, solo se miraban.

—La falda no hace falta que te la quites, ya estás muy guapa así.

—No pienso quedarme en bragas, delante de…

—Están borrachos, mujer… pero de verdad que no hace falta, si te vieran acabarían exagerando las cosas.

—¿Qué cosas?

—Pues que te estabas desnudando en la cocina delante de mí, y que…

—Solo me he quitado mi jersey, el olor de la fruta se pega al resto de la ropa.

—De eso tratan las exageraciones, sobre todo cuando las chicas son guapas, los deseos se confunden con la realidad, y luego acaban diciendo que tu ropa interior…

—¡No voy a quitarme la falda, te queda claro!

—Ya lo sé, ¿no pensarás que soy un sátiro?

—¿Un sátiro es un salido?

—Estrictamente hablando Freud diría que sí, todos los hombres somos… ¡Ya sé que no te ibas a quitar la falda por favor!

La chica norteamericana se rió de manera sincera, borrándose toda tristeza, miró las botellas encima de la mesa de la cocina y dijo, mirándolas:

—He bebido mucho, y debería irme a casa.

—Te puedo llevar, si quieres.

—Pues…

—Y con la falda puesta, por supuesto.

—Ya.

—Y lo que lleves debajo, o encima, o la ropa… ya me entiendes.

—Claro, vale… está bien… —Volvió a reírse, se sentía bien con aquel chico.

—Freud era un obseso, no tenía razón.

—¿Sobre qué no tenía razón?

—La ropa interior, las faldas… Vale, te llevo a casa. —Salieron a buscar los abrigos—. Viena en aquel tiempo estaba llena de extraños personajes, medio genios pero pensando en el sexo más retorcido cada dos días. No me hagas caso.

Ella le miraba divertida, había leído un libro sobre esa parte de la historia, pero la divertía escucharla mezclada con aquella situación.

(Primera parte del relato http://wp.me/p3pCKR-3BF. Foto del autor)

Impacto fantasma


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Fragmento de una página de la bitácora de armas del Blacksmith, en la que se ilustra cómo se percibe un «impacto fantasma».

Y allí estaba Bardiel, peleando con todas sus fuerzas para atravesar la barrera entre universos, el gran muro de cristal.

Intentaba con un arma, con otra y con otra. Herido en cada intento, pero luego de cada recuperación Bardiel se volvía más fuerte. Volvía a fallar, pero continuaba intentando.

Sus grandes cualidades en un universo hacían que otras virtudes en otro universo fueran nulas… supongo que por equilibrio. O porque podía existir en un universo y en otro no, también supongo… aún no sé como funciona eso realmente.

Lo que sí sé es que Bardiel intentó todo hasta exhalar su último aliento, incluso su hermano gemelo y su tía —grandes guerreros— se le interpusieron.

Hasta su último aliento dio, en contra de todo. Tomó cada arma de mi taller, y con cada arma de mi taller era impactado por el muro de la realidad, ese que a nivel sub-sub-sub-sub-atómico* se ve como un «sí» y un «no». Así como él se volvía más fuerte en cada intento, el muro también, a tal punto que creo que vi un «dos» en uno de esos impactos que recibió el pobre Bardiel.

Al final descubrió que todas las armas fueron inútiles, así que luego empezó a convertirse en arma él. Y me dijo que mientras él entrenara, yo creara un arma igual a él. Me pidió que creara un arma perfecta, por si él no llegaba a la perfección.

Relato e ilustración por:
BLACKSMITH DRAGONHEART

*Suena gracioso y maturanezco, pero:
Sub-atómico: protones, electrones, etc. Existente, comprobado.
Sub-sub-atómico: quarks. Modelo teórico.
Sub-sub-sub-atómico: cuerdas y branas. Teoría funcional, no comprobada ni visible.
Sub-sub-sub-sub-atómico: Registros y celdas de valores. No postulado oficialmente.

 

Regresando a papá


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—¡Lucía, ven! Tu padre está muriendo —dijo la madre alterada del otro lado de la línea telefónica.

La mujer iba manejando y decidió regresar a la ciudad para acompañar en sus últimos momentos al hombre que toda la vida había sido su amigo, su guía, su salvador. Mientras conducía se agolparon mil recuerdos, tratando de salirse todos a la vez. Se veía a sí misma cuando apenas tenía dos años, acurrucada en el pecho de su padre. Recordaba cuando la sostenía en brazos para llevarla a la cama y la arropaba. Evocaba cuando la alimentaba, cuando la llevaba al colegio. Fue a él a quién le comunicó que le había llegado la menstruación y él fue quien le compró las primeras toallas sanitarias. Era él quien la buscaba a dónde fuera cuando tenía dolor de hijar y le ponía una bolsa de agua caliente para aliviarla. Él la recogió cuando regresó golpeada, cargando a un niño y se hizo cargo de los dos.

El padre había tenido una vida larga —y en contra de todas las apuestas—, la crió a ella y hasta a su hijo. Su padre omnipresente y sabio. Siempre en silencio, cuando abría la boca su consejo era como un mandato porque nunca se equivocaba.

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—¿Lucía, me escucha? —preguntó la enfermera del hogar de ancianos.

La anciana asintió con una sonrisa en los labios mientras hacía una señal para que la enfermera se acercara. Como casi no la escuchaba, pegó su oído a la boca de la vieja.

—Mi padre ha venido a buscarme —dijo y enseguida expiró.

Imagen: Pixabay

El mejor regalo


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«Los tres clavos», por Edwin Colón (2017).

Miro los ojos de mi padre con detenimiento. Veo en sus pupilas mi cuerpo crucificado. Seco las lágrimas. Beso sus mejillas. Los clavos se desprenden. Flotan. Se transforman en los tres reyes magos. La cruz muta en dos gigantescas alas. No es el perdón de mi papá lo que me libera. Es el aceptarme como soy.