Imaginación


La imaginación es realidad cuando la creemos; cuando dejamos de creer en todo límite y comenzamos a creer en ese enorme mundo que llevamos dentro. Ese mundo tan maravilloso y apacible que fue soterrado por envidia y conocimiento ajeno. Ese mundo en el que sobrevive un bello pájaro con sus alas color amor y con su pico de esperanza; un bello pájaro que pía una polifonía conocida como sístole y diástole.

De todos modos y muy a su pesar, nadie cree a la imaginación, por eso deambula tras las sinapsis, limosneando un poco de fe para poder vivir. Pidiendo ahinojada un poco de recuerdos que calmen su dolor.

Un día, su llanto y aclamaciones se hicieron vibraciones.

Surgieron los niños, almas puras sin tierra ni piedras con que poder lapidarla o enterrarla, y mucho menos con la intención de hacerlo. Solo eran almas, vacías, llenas de todo lo significativo y sinsentido.

Se alojó entonces la imaginación en su pureza y, como buena madre, trato de esconderla de todo aquello que la curtió; de las cuitas, de las lágrimas negras, del odio.

De lo que no se percató la imaginación, fue que aquel escondite y aquel sentimiento, eran lo mismo que evitaba florecer a su ser. Aquel espacio limitado y arrinconado del que tanto se prometía salir; aquella sensación tan cristalina que le daba pavor observar(se). Mas era tan obvio que ni lo sintió.

Se perdió, la perdió. De tantas tentativas para sobrevivir, acabó petrificada, sin pensamientos ni sensaciones ni mucho menos reflejos nítidos. Acabó siendo más concubina que madre.

Acabó vagando sempiternamente junto a su nuevo peluche, hacia una cárcel que ella misma ayudó a construir.

Centrifugando recuerdos (XXIX)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Por primera vez en días Luis siente que la ducha sirve para algo. La consecuencia más evidente de la tormenta es el descenso de la temperatura, que hace que pasear por las callejuelas del Albayzín, sometidas un par de horas antes al tormento solar, ahora sea un ejercicio agradable. Incluso hay momentos, cuando una nubecilla despistada se interpone entre el sol y sus víctimas, en que la brisa proveniente de Sierra Nevada provoca algún escalofrío entre los más frioleros.

A Luis esa sensación de frescor lo reconforta. De camino al garito donde trabaja Aiman le da vueltas a su ardiente encuentro con Sara. No ha dejado de hacerlo desde la extraña despedida, al principio bastante molesto, pero luego más animado, tratando de relativizar la manera en que ella se lo quitó de encima. Ya la conoce lo suficiente como para empezar a acostumbrarse a sus reacciones imprevisibles. Y aunque que lo despidiera le sentó como una jarra de agua fría, conforme recorre las calles, momentáneamente a salvo de la insolación, trata de quedarse con la parte positiva. «Luego nos volveremos a ver, no va a pasar como en el cámping», se repite a cada pocos pasos, y cierra los ojos para volver a sentir los besos y las caricias.

Instintivamente se echa mano al bolsillo del pantalón y saca el teléfono móvil. Como hizo cinco minutos antes, comprueba que no ha recibido ningún mensaje, y de nuevo reacciona con un resoplido de fastidio. «No seas paranoico, aún no son ni las —vuelve a mirar el móvil para consultar la hora— cuatro. Déjale un margen de tiempo». Guarda el teléfono y coge un cigarrillo; lleva unos cuantos desde la despedida. Se detiene un momento para encenderlo y cuando levanta la vista se da cuenta de que casi ha llegado.

Aspira una bocanada de humo y la expulsa lentamente, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, sintiendo la calidez agradable de un sol momentáneamente aplacado. Y entonces, acudiendo a la llamada del bienestar, aparece en su mente la cara de Sara, salpicada por incontables gotas de lluvia, con las mejillas encendidas, los ojos sonrientes, y el pelo cayéndole en bucles chorreantes sobre los hombros desnudos. Necesita otra calada, aún más intensa que la primera.

Se da cuenta de que la mano derecha ha regresado al bolsillo del pantalón.

—Basta —se reprocha al tiempo que abre los ojos y retira la mano.

Enseguida localiza la terraza del bar que está buscando. Aiman se mueve entre las mesas con la habilidad de un camarero experto, transportando bandejas cargadas de jarras de cerveza y platos con patatas bravas, chipirones, pinchos morunos, olivas y otras exquisiteces. Entre viaje y viaje se detiene unos segundos a limpiar las mesas que quedan vacías con la bayeta que lleva colgada en el pantalón, y ante cualquier llamada, invariablemente levanta la cabeza y responde con una sonrisa.

—Perdona, ¿tienes una mesa para mí?

—Un segundo, señor —responde Aiman a la pregunta del nuevo cliente, mientras acaba de cargar en la bandeja los restos de una mesa que ha dejado libre un animado grupo de jubilados franceses.

Luis aguarda a un par de metros, conteniendo a duras penas la sonrisa que tiene preparada para cuando el camarero se dé cuenta de quién está esperando.

—Hombre, mira a quién tenemos aquí. —Ambos ríen, y Aiman lo saluda con una palmada cómplice en el hombro—. No me digas que te acabas de levantar —le suelta, burlón.

—Qué va, no he currado tanto como tú, pero tengo la sensación de que han pasado dos días desde que me levanté. La verdad es que llevo una semanita que más bien parece un mes.

—Ya, ya. Bueno, ahora no tengo tiempo de cháchara. —El muchacho hace un gesto con la cabeza señalando el trabajo que se le acumula—. Después de la tormenta han salido todos como caracoles y se me están amontonando. —Ríe—. ¿Qué te pongo?

—Una jarra de cerveza y unas bravas.

—Marchando.

Aiman, bandeja en mano, da media vuelta con la agilidad de un gato, propina otra palmadita a Luis, y se escurre entre las mesas, recuperando jarras, copas y platos en su camino hacia el local.

Luis se sienta, otra vez frente a la Alhambra. Durante unos segundos la maravilla nazarí desaloja al resto de pensamientos, pero enseguida debe compartir espacio con la imagen de Sara contemplándola con devoción desde los jardines del Palacio de los Córdova. Ahora Luis ya sólo ve su vestido floreado, su espalda desnuda y su cabello flotando sobre los hombros.

Suspira. Piensa en encender otro cigarrillo, pero consigue resistirse y en lugar de rebuscar en el bolsillo repiquetea con los dedos sobre la mesa metálica. «¿Me habrá escrito ya?». Ahora necesita volver a comprobar el móvil, pero la oportuna llegada de Aiman pone freno momentáneo a la obsesión.

—Una jarra bien fría. —El camarero deposita la cerveza en la mesa, acompañada por unas olivas y unas anchoas—. Ahora traigo las bravas —añade, sin detenerse un segundo más de la cuenta.

Antes de cogerla, Luis se fija en las gotas que resbalan por el vidrio y se van depositando en la base, formando un charquito. Inmediatamente lo asalta el recuerdo de la noche en el cámping, cuando Sara lo sorprendió dibujando con el dedo mojado en la mesa. Sonríe, es un recuerdo agradable. Aquella noche fue el desencadenante de todo. «O no». Se remueve en la silla, no es la reflexión que esperaba, pero su cerebro suele hacerlo, poner en duda sus decisiones.

Da un largo trago a la jarra, con los ojos cerrados para concentrarse mejor en el placer de sentir el líquido helado deslizándose por la garganta. Cuando la deja de nuevo en la mesa vuelve a centrar su mirada en la Alhambra.

«No es sano que toda tu vida gire en torno a alguna mujer». Luis no quiere oírse, menos en un momento en el que lo que tocaría es disfrutar, del paisaje, de la cerveza, de la libertad de hacer lo que quiera… «¿Lo que quieras? ¿Lo que quieres es estar siempre a merced de las decisiones de otra persona? ¿Y si no te llama? ¿Y si Sara pasa definitivamente de ti? ¿Qué harás? ¿Lo aceptarás, o seguirás arrastrándote detrás de ella?»

—Mierda —farfulla entre dientes. Agarra la jarra y bebe hasta que el frío y el gas amenazan con hacerle explotar la cabeza.

—Eh, pues sí que estabas sediento. —Aiman deposita en la mesa el plato con las patatas bravas—. ¿Te traigo otra?

Luis lo mira algo desconcertado, como si fuera la primera vez que ve al camarero, como si no comprendiera lo que dice.

—Uf, a ti te pasa algo. Llevo tanto tiempo sirviendo cervezas a tipos solitarios que me conozco todas sus expresiones. —Luis amaga con objetar algo, pero sólo balbucea sin convicción—. No hay que ser un lince para adivinar que tiene que ver con la chavala que nos abrió la puerta. ¿Me equivoco? —El camarero acompaña sus palabras con un guiño, y vuelve a escurrirse mientras anuncia—: Ahora te traigo otra birra.

Luis se recuesta en la silla. «Siento algo fuerte por ella, no es un capricho, ni una necesidad enfermiza. Y sé que ella también lo siente por mí, aunque haya algo que la frena». Ya no queda cerveza, y en el lapso de decidir pinchar una patata aparece el impulso de consultar el teléfono. Esta vez no lo reprime, y una mueca de decepción es la respuesta a la falta de novedades.

Con un gesto brusco deja el móvil sobre la mesa, que se desliza hasta la otra punta. Sabe que tendrá que ser él quien le escriba, y quien la llame después de que no responda a sus mensajes.

Se lleva una patata a la boca, y mientras la saborea con gesto resignado acude a su mente una tarde cualquiera en una terraza de Barcelona junto a Laia. No hace mucho de eso. Recuerda lo bien que se sentía estando con ella, cada una de esas tardes de las que sólo cambiaba el escenario; era todo lo que necesitaba, saber que ella estaba allí, con él. Pero también recuerda la angustia, esa sensación que conforme pasaba el tiempo se hacía más intensa. Luis sabía que la estaba perdiendo, que aquella rutina a ella la estaba matando. Una de esas tardes, una cualquiera, dejó de hablar. Hasta entonces había aprovechado aquellos momentos de complicidad, de estar juntos por el gusto de estarlo, porque era lo que querían hacer, para exponer sus sueños, sus inquietudes, sus dudas, para hablar sobre lo mal que estaba el mundo y buscar soluciones. Pero en realidad no era un diálogo, él nunca cumplió su parte del trato; se limitaba a escuchar y a asentir. Porque ella era la protagonista de todos sus sueños e inquietudes. Su mundo giraba en torno a Laia, la posibilidad de perderla era el único mal que ocupaba sus pensamientos.

«No se lo decías para no asustarla. Te conformabas con escuchar porque toda tu ambición era estar con ella, y la mataste de aburrimiento».

—No quiero pensar más en Laia. Ese capítulo está más que cerrado —murmura, y se lleva una oliva y una anchoa a la boca.

«Eso es lo que dices, pero pregúntate esto: ¿la querías de verdad? ¿O simplemente querías que estuviera contigo? Sé sincero: en realidad nunca te interesó nada de lo que te contaba».

—Vete a la mierda —maldice entre dientes, y en ese momento llega la jarra salvadora. Se la arrebata a Aiman de las manos y se bebe la mitad de una vez.

—Amigo, estás fatal. Si puedo, me escaqueo un rato y me lo cuentas. Aquí donde me ves, me llaman el psicólogo del Albayzín.

Luis posa la mirada en la sonrisa triunfal del infatigable camarero y no puede evitar que se le dibuje también a él un esbozo de sonrisa.

—Creo que ni el mismísimo Freud encontraría explicación a lo mío.

 …………………………

Tere observa a Sara. Dormida transmite toda la paz que le rehúye cuando está despierta. Querría acariciarla, despacio, y tomarse su tiempo para besarla por todo el cuerpo. Podría. Si lo hace con la suficiente suavidad seguramente ni llegaría a despertarse. Se ha quedado dormida en el sofá, con el murmullo de fondo de uno de esos programas odiosos de la tele.

Tere está apoyada en la ventana, fumándose un porro y bebiendo cerveza. Lleva unas cuantas latas desde que llegó del hospital. «Te sientas con su cabeza apoyada en el regazo y puedes empezar acariciándole el pelo y besándole la frente». El impulso es grande, más con la acumulación de alcohol en la sangre y el aliño de la marihuana. Pero aún no ha desaparecido del todo el punto de consciencia que la hace contenerse, que le advierte que cruzar esa frontera sería poner el punto y final a toda una vida juntas.

—Mírala, cuánta inocencia transmite, cuánta necesidad de cariño, de que alguien cuide de ella de verdad. —Tere se da la vuelta, expulsa el humo por la ventana y da otra calada con vistas a la Alhambra—. Yo puedo hacerlo, cuidar de ella… Es lo que hago. —Apura la cerveza y apaga el porro contra el alféizar, con presión creciente conforme aumenta su frustración—. La mayor putada que le puede ocurrir a una estúpida bollera es enamorarse de su mejor amiga hetero…

Se fija en la lata, y un segundo después la estruja con rabia. Sara duerme plácidamente.

—¡Una puta mierda! —grita Tere desde la ventana, como si quisiera que se enterase toda Granada.

Algunos transeúntes levantan la cabeza, a tiempo para asistir al vuelo de la lata.

Continuará…

El último lugar del mundo


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Muchas veces me había preguntado dónde quedaba el último lugar del mundo. Cuando lo hacía era porque tenía un deseo incontrolable de escapar a un sitio en el que nunca nadie me encontrara. Desaparecer. Estaba cansado del diario vivir, de las responsabilidades, del trabajo, de las cuentas, de mi mujer y hasta de mí. Quería salir de todo y comenzar una vida nueva, allá, en ese lugar recóndito. De vez en cuando pensaba que quedaba en unas islas más allá de la Siberia —recientemente encontradas a causa del hielo que se derritió en la zona—, pero de solo pensar en el frío que debía hacer, perdía el interés de inmediato. Otras veces pensaba en Australia, en la Patagonia, o en cualquier pueblo perdido en medio de las Amazonas. Jugaba con la idea a menudo, era un pensamiento repetido, pero nunca tenía suficiente coraje como para tomar una decisión tan drástica. Hasta que un día en el que todo se tornó confuso en mi cabeza y no soporté más el estrés en el que vivía, me subí a mi motocicleta y salí de en dirección al sur, seguro de que lo iba a encontrar.

No sé cuántas decenas de millas había viajado, solo me detuve para comer algo, ir al baño y descansar en las noches. Veía a los otros seres humanos como quien mira un ave, un gato, o a cualquier animal. No me importaba nadie, la verdad. El hastío que guardaba dentro de mí me hacía despreciar a toda la humanidad y ansiar la soledad absoluta. El silencio me arrullaba y comenzaba a recobrar la paz cuando la moto se atravesó con otro vehículo y fui a parar al fondo de un barranco. Allí estuve inconsciente por varios días —eso lo supe después—, cuando fui rescatado por un grupo de personas que hablaban poco o al menos parecían entender mi necesidad del reposo mudo.

Al abrir los ojos intenté sin éxito levantarme del colchón en el que estaba acostado. Algunos huesos rotos tendría, porque el cuerpo no me respondía. Mi cerebro daba la orden, pero nada se movía. Miré a todas partes tratando de ubicar en dónde estaba, pero solo veía las paredes de una choza con un ventanal por el que podía apreciar unos montes cuya vegetación era de diferentes tonos de verde, que contrastaban con un azul celeste intenso. El clima era agradable, no hacía frío ni calor. Estaba semi desnudo en aquel catre y ni idea de cómo había llegado allí. Me daba cuenta de que la vivienda tenía el piso de barro y de vez en cuando una cucaracha me pasaba por el lado, aunque era lo suficientemente considerada como para no subírseme encima. Una vieja mujer, de baja estatura, se me acercaba con una taza que contenía un caldo de sabor extraño, pero apetecible. Esperaba a que lo tomara por completo sin impacientarse. No decía nada. No sé si porque no conocía mi idioma, porque no hablaba, o simplemente porque no era correcto que lo hiciera. Con cuidado me cambiaba el trapo que tapaba mis partes íntimas y me ponía uno limpio. Esos recuerdos los tenía como si hubiera estado drogado.

Según me fui reponiendo, logré sentarme. Cuánto tiempo había estado allí, no lo supe, pero cuando la mujer me vio sentado sonrió y salió a buscar a un hombre que parecía una réplica de ella, pero en varón. Supuse que era varón porque tenía barbas, solo por eso lo concluí. De otro modo, hubiera jurado que eran gemelos idénticos. Él se me acercó y tomándome los brazos los levantó como si estuviera comprobando que estaban bien. Luego me hizo una señal para que intentara ponerme de pie. Tuve que hacer un esfuerzo mayúsculo pues el catre estaba en el suelo y entre levantarme y el mareo que sentí, no fue nada fácil. De nuevo el hombre examinó mis piernas y mi espalda. Entonces sonrió.

—¿Prefiere comunicarse por señas o que le hable en castellano? —preguntó.

—Pues en castellano creo que es más sencillo. Lo puedo entender mejor —contesté sorprendido de que el hombre hablara.

—No crea, no siempre las palabras son del todo claras. Muchas veces se prestan para malas interpretaciones.

 —Pues sí —dije en voz baja, como para mí—. De todos modos, intentaré entender lo mejor posible lo que usted quiera decirme. Ahora, quisiera saber en dónde estoy.

  —En el fin del mundo.

  Me reí. El hombre también parecía tener sentido del humor y qué casualidad que usara esa frase.

 —No, en serio —le dije—. ¿En qué lugar del mundo estoy?

 —Ya le contesté —respondió serio—. Ve lo que le digo de las palabras.

 Decidí seguir la corriente.

  —¿Quiénes viven en este lugar? —pregunté.

—Somos muy pocos los que vivimos aquí. No más de quinientas personas. Nuestros antepasados eran dos parejas de hermanos que llegaron hace varios siglos. Somos endogámicos, por eso se dará cuenta de que nos parecemos mucho unos y otros.

Caminé hasta la puerta de la casucha que estaba encaramada en uno de los montes. En el llano había un pozo en el que varias mujeres —igualitas a la que me atendía, pero más jóvenes—, sacaban cubos de agua.

 —Salga —me animó el hombrecito—. Un poco de aire fresco le hará bien.

Al poco rato llegó un grupo de hombres. Todos de pequeña estatura, de piel morena y ojos almendrados. Traían muchos peces y verduras que le entregaron a mi cuidador. Para entonces suponía que este señor era el jefe de lo que parecía ser una tribu. Ninguno dijo nada, solo le dieron lo que traían y se fueron. La mujer lo fue colocando adentro de la choza y comenzó a cocinar.

—De una vuelta si quiere —me dijo—. Lleva muchos días acostado, desde el accidente. Estirar los músculos le hará bien.

—Sí, creo que es buena idea.

Bajé el cerro por la parte de atrás. Me sorprendió no ver animales, solo los habitantes del «fin del mundo», que hacían tareas: cortaban leña, recogían legumbres, sembraban. Cada uno hacía lo suyo en silencio. No muy lejos había un río de aguas cristalinas. No era muy ancho. Podía pasar de un lado al otro con facilidad caminando por encima de las piedras. Los peces se veían desde la superficie. Supuse que la pesca se les daba muy fácil en esas circunstancias. Al rato me encontré con una muchacha diminuta pero bonita. No me habló. Solo me ofreció algunas frutas y las comí, agradeciéndole. Me pareció gracioso que tampoco me hablara. ¿Sería que las mujeres no hablaban en ese lugar?

Regresé a la choza cuando estaba cayendo el sol. La mujer que me cuidaba me alargó un plato de comida muy deliciosa. Se notaba que los productos con los que la había preparado eran frescos. Los días subsiguientes me dediqué a comer y a descansar. No sabía si estaba en el fin del mundo, pero me sentía feliz, tranquilo y relajado. Como al mes de estar en el lugar, noté un aire festivo en la comunidad. Los hombres iban de un lado para el otro, llevando leña a la orilla del río. Las mujeres, pelaban y cortaban las legumbres que recién habían recogido. Colocaron una olla sobre la leña y echaron especias de olores fragantes. Estaba seguro de que iban a hacer un banquete. Lo que no sabía era qué celebraban. Vi al jefe subir hasta donde estaba con varios de sus hombres y me saludó. Enseguida se echaron sobre mí y me ataron de manos y pies a la espalda.

 —Pero ¿qué pasa? —pregunté aterrado.

—¿No quería desaparecer? —respondió el hombrecillo.

—Bueno… Eso no fue lo que quise decir…

—¿Qué le dije? Las palabras se prestan para malas interpretaciones.

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