Los dioses mayores


Sigo revisando el extraño libro que apareció en las bodegas de mi oficina. Ciertas secciones parecen detallar el funcionamiento de una disciplina conocida como alquimia. En otras, en cambio, aparecen leyendas de las que nunca había leído. Esta en particular llamó mucho mi atención:

En el principio de los tiempos solo existía el Dios Absoluto. Este dios, que gobernaba sobre la nada, llegó a ser el único ser viviente y dedicó una cantidad indeterminada de tiempo a estudiarse a sí mismo.

Como resultado de sus estudios, el Dios Absoluto  descifró su propia esencia y, haciendo uso de este conocimiento, se dedicó a la tarea de automatizar el proceso que llevaría a la creación de las diferentes dimensiones. Luego de iniciado el proceso, el Dios Absoluto se dedicó a contemplar el espectáculo de la formación de los universos materiales con todas sus maravillas y misterios.

Luego de la creación de los universos materiales, el Dios Absoluto descubrió que, accidentalmente, había creado el plano astral. Se dio cuenta de que su conocimiento de sí mismo no era completo, que le faltaba descifrar un componente de su propia existencia. Fue entonces cuando descubrió de la existencia de su propia alma.

Una vez completado el estudio de su alma, el Dios Absoluto decidió empezar los preparativos para lo que sería su obra más grande: la creación de la vida. El Dios Absoluto concentró toda su energía y su esencia en siete puntos de su cuerpo y, usando el brillo que emanaba de esos puntos, creó lo que llamó semillas de la vida y las dispersó a lo largo y ancho de los universos que había creado.

Sin embargo, y como un efecto secundario totalmente esperado por él,  la existencia misma del Dios Absoluto se fraccionó en siete partes. Esas siete partes tomaron conciencia propia y llegaron a existir de forma independiente del Dios Absoluto. Como última muestra de su presencia, el Dios Absoluto los llamó hijos y les encomendó el cuidado de su más reciente creación: la vida.

Así fue como nacieron los dioses mayores.

Estos siete dioses se separaron y se dedicaron a explorar los universos creados por su padre. Unos exploraron los universos materiales, otros exploraron los planos astrales. Otros se enclaustraron para estudiarse a sí mismos, siguiendo el ejemplo del Dios Absoluto.

Cierto día, los intereses de ciertos dioses mayores entraron en conflicto; y dos de ellos se declararon la guerra. Los siete hermanos se reunieron con el objetivo de resolver el conflicto sin recurrir a la violencia. Sin embargo, los esfuerzos no rindieron frutos. En el preciso instante en que los dioses intentaron combatir, se dieron cuenta de la existencia de una poderosa fuerza que impedía que se destruyeran entre ellos. Aquella misteriosa fuerza hacía imposible que los poderes de un dios mayor afectaran a otro dios mayor.

Finalmente, los dioses mayores decidieron separarse físicamente para no afectar con sus conflictos al resto de seres vivientes. Además, para administrar las dimensiones y la vida que contienen, crearon un palacio donde los siete estaban perpetuamente presentes, aunque sus cuerpos estuvieran en lugares diferentes.

En todo el tiempo que llevo trabajando en la vigilancia de las diferentes dimensiones, jamás había escuchado de una leyenda similar.

Este libro es de lo más curioso, acabo de ver que ciertas páginas se mantienen en blanco. Luego de leer esta leyenda, el libro brilló de rojo y una nueva sección apareció escrita. En esta se muestran supuestos ejercicios para la práctica de la alquimia.

Me pregunto si aquello de la alquimia será real. Seguiré investigando.

Reportó para ustedes, el #21.

Centrifugando recuerdos (XXX)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Son las seis de la tarde. El sol ha recuperado el terreno perdido y vuelve a caer a plomo sobre Granada. Luis ha dado cuenta de varias jarras de cerveza entre platos de chipirones, patatas bravas y mejillones al vapor. Está sudando y se siente pesado; sobre todo le pesan los párpados, empujados por la nube turbia que el exceso de alcohol ha colocado en su mente.

Se ha pasado buena parte del tiempo consultando la pantalla del móvil, esperando un mensaje que no ha llegado, hasta que, derrotado por la evidencia, ha decidido beber (más) para olvidar (más). Pulsa de nuevo una tecla cualquiera —«Es la última vez, se acabó hacer el pringao», proclama, como en la última media docena de ocasiones en que ha llevado a cabo la misma operación— y, de nuevo, deja caer el aparato sobre la mesa.

—Soy el campeón mundial de los pringaos —sentencia en un murmullo de voz pastosa.

Y entonces nota cómo le sube una ola de calor desde el estómago, que enciende los fuegos artificiales.

—Ya está bien.

En un arranque de indignación, agarra el teléfono y, sin dejar lugar a la prudencia, le escribe a Sara: «La culpa es mía por dejarme engañar, pero ya te vale. Ni una triste excusa… Adiós, Sara». Pulsa el botón de enviar y espera, todavía con la adrenalina latiéndole en las sienes. Unos segundos después contempla la aparición del doble “check” junto a la hora de recepción del whatsapp. «Ya no hay marcha atrás», reflexiona, despacio, como si las palabras le fueran apareciendo por fundido en el cerebro, lo que contrasta con la excitación que le araña en el estómago y le hierve en el rostro.

«Estás borracho, y en un rato te arrepentirás del calentón», escucha, muy lejos, como si un alguien incierto se lo susurrara a través de un tubo larguísimo acoplado al oído. Vuelve a soltar el teléfono sobre la mesa, pero golpea en el filo y cae al suelo. Algunos clientes de la terraza interrumpen sus conversaciones, desvían la atención atraídos por el incidente, e inmediatamente pierden el interés. Luis, con los movimientos aletargados, tarda unos segundos en agacharse para recuperar el cacharro.

—Mierda —maldice, al darse cuenta de que ha aparecido una grieta en la pantalla.

—Amigo, creo que necesitas una buena siesta.

Cuando Luis aparta la vista de la maltrecha pantalla se encuentra con la inevitable sonrisa de Aiman, que ha tomado asiento acompañado por una botella de agua de litro y medio y un bocadillo.

—Por fin llegó el merecido descanso —declara, al tiempo que propina un señor mordisco al bocadillo—. Es de sardinas. ¿Quieres?

Pero Luis no escucha. Está ahí, sabe quién es el muchacho que lo acompaña, pero todo su esfuerzo mental está concentrado en la frustración por haberse cargado el teléfono y, sobre todo, en buscar razones que den sentido al arrebato que lo ha conducido a despedirse de la mujer a la que ama.

—Se ha roto —anuncia lacónico, mostrando el móvil sin ningún entusiasmo.

Aiman mastica, traga y, cogiendo la botella con una mano, bebe.

—Si quieres uno nuevo, muy barato, conozco a un amigo que tiene una tienda aquí mismo —responde, entre bocado y bocado—. Aunque esa cara no es por el móvil, ya la llevabas puesta hace un rato.

Luis vuelve a concentrarse en el teléfono. Con cierto alivio comprueba que la pantalla, aunque atravesada por una grieta, sigue funcionando. Con gesto torpe abre una vez más el whatsapp y tarda un par de segundos en comprender que la señal azul junto al mensaje enviado a Sara significa que ya lo ha leído.

—Ahora sí que está —sentencia, con aire de derrota.

—Sí que está ¿el qué? —interviene Aiman, que devora el bocadillo a una velocidad sorprendente.

Luis levanta la vista y se encuentra de nuevo con los ojos despreocupados del camarero. «Es el tipo de persona que se adapta a cualquier situación», se escucha reflexionar. «Yo, en cambio, vivo en un agobio continuo… Y eso que llegó en patera…»

—Amigo, ¿por qué no te vas a descansar un rato? —Aiman se levanta y, decidido, se planta junto a la silla de Luis y le ofrece los brazos—. Vamos, que te acompaño. Aún me quedan veinte minutos.

Luis lo mira, y durante unos instantes valora el ofrecimiento. Hasta que cierra los ojos y, despacio, empieza a mover la cabeza de izquierda a derecha al tiempo que le aflora una sonrisa que no sabía que aún tenía.

—Colega, eres todo un descubrimiento. Anda, siéntate y disfruta de tus veinte minutos. —Se recuesta en la silla y desvía la atención a la Alhambra, siempre tan hechizante. Suspira y, aunque la nube continúa enturbiándole la mente, nota que las palabras se dirigen a la boca, listas para salir—. La he cagado. Mucho. —Aiman, de nuevo sentado, presta atención, pero no dice nada—. Le acabo de decir a la chica a la que amo, la que me ha llevado a cruzar el país de arriba abajo, que me largo. —Se echa hacia delante, apoya los codos en la mesa y deja descansar la cabeza sobre las manos abiertas—. ¿Qué hago ahora? Me dijiste que eras psicólogo…

Aiman ríe, y antes de contestar da varios tragos a la botella. Ya no hay rastro del bocadillo.

—Cómo os gusta dramatizar, ¿eh? —Deja la botella en un lado de la mesa, acerca la cara a la de Luis y se coloca delante las dos manos abiertas, con ocho dedos levantados—. Ocho años me llevó convencer a Hamida de que estábamos hechos el uno para el otro. Y, ya ves, cuando lo conseguí, me vine a España. —Luis observa inexpresivo, intentando descifrar el mensaje—. Los españoles tenéis demasiada prisa para todo. —Se echa para atrás y agarra de nuevo la botella— ¿Crees que un mensaje de teléfono, que has escrito medio borracho, es el punto final a una relación que no ha empezado? —dispara, e inmediatamente se acopla la botella a los labios.

—Supongo que tienes razón —es todo lo que se le ocurre a Luis como respuesta.

…………………………

—Cómo odio que me siga tratando como a una cría.

Tere mira a Sara, que como siempre que mantiene una conversación con su madre se pone a la defensiva y acaba de mal humor. El móvil suele pagar las consecuencias. Ve cómo rebota en el cojín y aterriza en el suelo. Sara resopla y se deja caer, probablemente más frustrada que cabreada, contra el respaldo del sofá.

—Que por qué me vuelvo a ir, que qué voy a hacer en la Alpujarra, que lo que necesito es descansar y centrarme, que cuándo voy a dejar de comportarme como una descastá, que si parece que no quiera saber nada de mi familia, con lo que ella se desvive por mí… ¡Es insoportable!

Tere la deja desahogarse. No tiene ninguna intención de entrometerse y sabe que abrir ese melón seguramente acabe en una discusión que no quiere mantener. Ella ya tiene bastante con lo suyo. Le duele la lengua de tanto mordérsela y el corazón de tanto reprimir sus sentimientos, pero ha decidido aceptar las cosas como son. «¿Se quiere ir? Pues que se vaya. Tenerla aquí en este plan es para volverse loca».

Tere vuelve a ver a su amiga abrazada a Luis y aprieta los labios. Después de todo, si se va tampoco él podrá tenerla. «Supongo que se cansará y acabará largándose». Y ese pensamiento la tranquiliza. «Ni pa ti ni pa mí, ea. Por lo menos, yo no me he metío una pechá de quilómetros pa ná». Y con una mueca que recuerda vagamente a una sonrisa, se sumerge de nuevo en el desfile de microhistorias, tan reales como insustanciales, que amistades a menudo desconocidas exhiben en Facebook.

—Me voy, Tere.

Tere echa una ojeada al sofá. Sara sigue en la misma postura, hablando de cara a la pared.

—Es lo mejor. Hay que saber cuándo las cosas no pueden ser, y ahora no puede ser.

Las palabras surgen monótonas, copiadas del discurso de la mala actriz protagonista de una mala película romántica. Tere decide seguir ejercitando el dedo índice sobre la pantallita.

—¿Por qué no te vienes conmigo?

Los acordes de ‘Emborracharme’, de Lori Meyers, toman el relevo a la pregunta.

«Empiezo a quererte.
Empiezo a pensar
que no hay un día
que no quiera verte,
y demostrar
todo el amor
que te mereces…»

La punzada en el estómago. Otra vez. Tere se remueve en la silla. Una fuerza irresistible la empuja a soltar todo lo que lleva tanto tiempo ocultando. Aunque acabara en desastre seguro que se sentiría aliviada… Pero no, aún no; por ahora seguirá ejerciendo de amiga. Levanta la cabeza y se encuentra con los ojos de Sara, que ha echado la cabeza tan atrás que le cuelga del respaldo del sofá. La postura es tan ridícula que Tere ríe de forma espontánea.

—¡Oye! ¡No te rías de mí! Sólo me faltaba eso, además de pena doy risa.

Tere se deja llevar por las carcajadas, y enseguida Sara se contagia. Ríen con ganas, y no importa el desencadenante, el caso es que ríen como si fuera la última oportunidad de hacerlo.

Tere deja el teléfono, se echa hacia atrás en la silla y se coloca las manos sobre el vientre. Cierra los ojos, y las lágrimas, qué importa si de alegría o tristeza, le resbalan por la cara.

Cuando los vuelve a abrir se da cuenta de que ya sólo ríe ella. Sara está de pie, al otro lado de la mesa redonda, otra vez con la angustia reflejada en el rostro. Es una mesa pequeña, suficiente para que tres amigas compartan una botella de vino en noches de insomnio. Tere echa de menos esa botella. No le va a poder dar un trago antes de conocer el porqué de esa cara. Está cansada. «No, por favor, no me cuentes más penas».

Sara se coloca a su lado y deja el móvil en la mesa. No necesita que le diga de quién es el mensaje.

«La culpa es mía por dejarme engañar, pero ya te vale. Ni una triste excusa… Adiós, Sara».

Tere se queda con la vista clavada en la pantalla. Se siente mezquina por alegrarse y no quiere correr el riesgo de que su amiga la descubra. «Ahora, díselo ahora». Busca la botella con la mirada. Necesita vino. El efecto de las cervezas y la marihuana hace rato que pasó. Arrastra la silla hacia atrás y se incorpora.

—Siéntate. Voy a buscar una botella de vino y lo hablamos.

Con mano temblorosa acaricia el hombro de Sara y se dirige a la cocina. Pero de nuevo, como unas horas antes, esa voz que no soportaría que desapareciera de su mundo la detiene a medio camino.

—¿Por qué me duele tanto si yo ya había decidido marcharme? —Un sollozo ahogado la obliga a interrumpirse—. Te necesito, Tere. Sé que soy una cría estúpida, pero necesito que estés conmigo.

Sara la mira suplicante. A Tere no le hace falta verla para saberlo. Con la mano derecha apoyada en el marco de la puerta de la cocina, se vuelve a arrancar un trozo de labio con los dientes. El sabor de la sangre consigue liberar un poco de tensión, pero aun así se lleva a la boca el puño izquierdo, tan apretado que si tuviera las uñas largas se las clavaría en la palma, y se muerde los nudillos.

«No tienes ni puta idea de lo que siento yo, de cómo me duele escucharte y saber que lo más a que puedo aspirar es a contemplarte mientras duermes y a acariciarte el pelo como lo haría una hermana».

—Deja que coja esa botella —resuelve, y entra en la cocina.

Sara se sienta, con la cabeza entre las manos y un tiovivo de imágenes girando a toda velocidad en su mente. En casi todas aparece Luis, pero el subconsciente también la obsequia con escenas de las pesadillas que la acosan. Los ojos agotados de su hermanita, rodeada de cables, le siguen aguijoneando el alma.

Tere reaparece con el vino y dos copas. Una ya la ha vaciado y la rellena mientras camina. Cuando llega junto a la mesa le da la otra a Sara, le sirve, y antes de dejar la botella, llena su copa hasta el borde y se la bebe sin apenas respirar. «A ver si reviento», piensa.

Sara también bebe, un par de tragos antes de proseguir.

—Sé que no puedes venirte mañana, no te pido eso. Pero ¿subirás el viernes? —Y antes de esperar la respuesta, añade—: Es lo que tenías previsto antes de que yo volviera, ¿no?

Sara vuelve a ser la niña indefensa. Desconcertante para cualquiera, menos para Tere. Siente el impulso de abrazarla y acariciarle el pelo, de volver a ofrecerle su hombro, de ser la amiga infalible, el apoyo incondicional. Y también siente el impulso de decirle que sí, que se va con ella, que a la mierda el trabajo, que no hay nada en la vida más importante que compartirla con la persona que amas… «Eso es lo que tendrías que decirle, que estás loca por ella. Ya está bien de disimular». Pero no, de nuevo reprime los impulsos. Los de amiga, porque el dolor que siente es lo bastante intenso como para desecharlo; los otros, porque todavía no ha bebido suficiente vino.

—Tere… ¿Estás bien?

Rellena la copa —ya sólo queda un dedo de vino en la botella— y hace desaparecer su contenido en un suspiro. Ahora Sara la mira preocupada.

—No, no estoy bien. —Tere toma aire, lo expulsa de golpe y se sumerge en esos ojos verdes asustados que la contemplan sin comprender qué ocurre—. No estoy nada bien.

—¿Qué… qué te pasa? —pregunta Sara, con la inquietud de quien intuye que preferiría no conocer la respuesta.

Tere vuelve a respirar hondo. Inspira tanto que imagina que le explotan los pulmones, y ahora deja escapar el aire despacio mientras nota cómo le tiemblan todos los músculos. Antes de hablar ve la botella sobre la mesa, la coge, y exprime hasta la última gota de vino.

Sara cierra los ojos.

—Te quiero.

Las palabras recorren el trayecto despacio, flotando a duras penas, como si corrieran el peligro de caer al suelo, desde los labios de Tere hasta las orejas de Sara. Ascienden pesadamente por los conductos auditivos, y las neuronas, perezosas, se resisten a decodificar el mensaje, pero acaban haciéndolo. «Te quiero», resuena en el cráneo de Sara, que mantiene los ojos cerrados.

Tere aguanta la respiración, ansiosa por conocer la respuesta, pero a la vez aliviada por haberse atrevido a dar el paso. Y entonces Sara la mira y, con toda la dulzura del mundo, toma la mano derecha de su amiga del alma entre las suyas. En su expresión hay ternura.

—Yo también te quiero.

Durante un par de segundos Tere busca algo más en esa mirada cálida que la abraza, pero no, sólo hay ternura, y siente cómo la invade la tristeza, una tristeza como no la ha sentido nunca, que la obliga a bajar la mirada. Con suavidad, aparta la mano, se levanta lentamente y, sin pronunciar palabra, se aleja por el pasillo como un alma en pena.

—Yo también te quiero —murmura Sara, con las lágrimas brotando despacio y en silencio.

Continuará…

Un deseo para el Santet


Hay días, pocos, en los que puedo tomar un respiro. Parece que quienquieraqueseyo se confabula para que las horas de curro, mis doce horas, mis doce martirios, se sucedan livianas unas detrás de otras, igual que  las doce campanadas de fin de año; prometedoras, como el aire fresco que esta mañana acaricia mi cara. Ocurre muy pocas veces, pero en seguida me percato; me he despertado, he abierto los ojos y me he dicho: Mari, hoy vas a tener un buen día en el zulo. Y de momento nada ni nadie me está llevando la contraria.

Este buen humor, que ahora me da tregua, aparece siempre en pequeñas dosis, como un espejismo. Mañana pasará, se desvanecerá como la fuente en la retina del sediento. Sí, lo sé, agonías, pero ahora estoy aquí apoyada en la puerta de la cocina del restaurante, haciendo mío este trocito de calle, disfrutando sin prisas de cada calada de este cigarro, ¡y que nadie me interrumpa! En este preciso momento, me siento una persona con mucha intuición y mucha suerte: ¡se ha ido la luz y el agua a la vez! Lo sabía: ¡algo bueno me iba a traer el día! Y ¿quién va a lavar esta mañana los platos? La mendalerenda NO, que no puede porque ¡no hay agua! ¡Qué láaaastima! Y hay que ver la cara de cabreo que tiene el león este, como si fuera suyo el negocio, ¡será capullo!

Qué bonita esta fina lluvia que cae como pidiendo permiso, mira cómo humedece el polvo de la calle. La acera aún despide, como un horno que se abre, el calor sofocante de toda una semana a más de 35 grados. Por suerte, el sol está muy lejos, ¡quédate ahí arriba escondido todo el día, majete! Y qué nubes, negras y amenazantes; me recuerdan aquel cuadro de Turner. ¿William Turner se llamaba? Ay que ver mi cabeza, que se me va ahora al colegio y a las clases de Arte. Es que me gustaban mucho a mí esas clases, con diapositivas y todo. Y el Turner era de mis preferidos, sobre todo esas pinturas del mar con sus olas embravecidas golpeando sin piedad a barcos indefensos. De solo pensar quién estaba allí dentro me daba un mareo. Si hubiera sabido entonces que yo iba a ser tantas veces como ese barquito… Bueno, aunque yo nunca he visto el mar tan enfadado, menos mal. Y estas nubes negras no me dan miedo, y a esta calle la tengo ya muy vista. Ojalá llueva. No. Ojalá diluvie una tormenta guapa, de esas de verano, y nos lleve a todos, sobre todo a mí, calle abajo nadando, hasta llegar a alguna isla perdida. ¿Qué tres cosas me llevaría?…

Otra vez el Corsa blanco y el Seat Ibiza, ¿se habrán perdido? Quizá estén buscando la playa, que está cerca pero… ¿Con este día? Qué sé yo…, hay gente para todo. Y este narigudo ¿qué mira? ¡Como si yo tuviera monos en la cara! ¿Te imaginas que ahora para el coche y abre la puerta y me invita a subir? Ay, no, este no, este no me gusta, que es muy feo; mejor aquél, el del coche verde, que tiene mejor pinta. ¡Qué fácil! ¿no?: Hola, sube a mi coche, te llevo a dónde tú quieras. Sé que quieres marcharte lejos. O Mejor: ¿Me estabas esperando? No sufras, amor, he venido a buscarte. Y yo, sin mi bata gris de cocina, claro, mejor con una falda de tubo roja, una blusa blanca escotada y unos zapatos de tacón…, y con diez quilos menos y, ya puestos, sin esta mirada gastada… Y divina de la muerte, respondo, sí, ahora mismo. Cojo mi maleta, roja también, y me subo. Y antes de cerrar la puerta dejo ver, como en una peli, estos bonitos talones que enmarcan unas bonitas piernas laaaaargas, que no tengo…, ni tendré. Joder, ya me estoy chafando el sueño.

¡Toma, vaya trueno! ¡Qué luz! ¡Si hasta se han visto algunas de las esculturas que sobresalen por encima de la tapia del cementerio! Qué cerca que tenemos este cementerio del Poblenou. Da un poco de yuyu… ¿Debe de estar todavía el Santet? Pues claro, Mari, menuda pregunta tan tonta, cómo se va a ir por su propio pie si el vidente ese está muerto desde hace más de cien años. Por muy vidente que fuera, se murió y punto, como todo quisqui. Pero dicen que si le pides un deseo, te lo concede. ¿Será verdad eso? Pili y Eva me dijeron que sí, y que conocían a más gente a la que también. Se ve que su tumba está llena de cartas de decenas de personas que han ido allá a pedirle algo. Francesc Canals i Ambrós se llamaba. Y el tío no solo sabía ver tu futuro, también el día exacto de tu muerte; menos mal que ya no habla, porque eso no quiero yo saberlo. Oye, pues ¿sabes qué? Que si en media hora todavía no hay luz ni agua, me acerco. Y le pido yo mi deseo. Entro y le pido el mío. Se lo dejo escrito en un papel. ¿Por qué no? Y a mí me lo dará también ¿Por qué a mí no? Por una vez en la vida que le pido algo a alguien, aunque la haya palmado ya… Para que se cumpla dicen que uno tiene que volver sobre sus pasos, sin darle la espalda a la tumba; qué corte, espero que no me vea nadie…, venga, qué más da, lo pruebo. Pues voy a ir, ¡sí señor! Voy y se lo pido. ¿Cuál de todos los imposibles que tengo? No sé, qué más da, con uno me conformo…, o con dos…

– Mari, ¡venga, a trabajar! ¡Que ya han dado el agua y tenemos luz!

Vooooooy!

Bueno…, iré en la comida, fijo.

 

Mayca Soto. El gris de los colores

Al borde


El día había estado inestable durante horas. Desde aquella punta de La Catedral, en Paracas, la mujer andina sentada con su sombrero mirando al horizonte de espaldas. El grajeo de una bandada de gaviotas me distrajo de las ensoñaciones más dulces para con aquella indígena peruana. Imaginé cosas que mi abuela me contó, de esas que su abuela le había contado. Pero noté romperse algo dentro de mí, cuando no entendía nada de lo que me contaban. No me identificaba con nada de aquello. Hasta aquel instante, de espaldas a aquellas piedras. Vi el paralelismo, y me reí. Solté una carcajada al encontrar los parecidos entre mi situación ante aquella figura y mi situación ante el mundo.

El guía que nos llevó hasta allí el día anterior nos aseguró que estaba prohibido traspasar ciertos límites. Estábamos sobre una zona donde los desprendimientos de tierra se producían de forma constante; era peligroso y por eso estaba cercado, limitado y vigilado. Nos especificó que estábamos caminando sobre sedimentos marinos de millones de años. Lo recuerdo porque me sentí así, como uno de ellos. Me habían arrastrado diversas corrientes, a lo largo de la vida, de un lado para otro, y me habían depositado donde todo fluía.

Eché un vistazo al grupo que me acompañaba en la visita con el guía. Una chica, con gafas de sol y pelo negro recogido en un moño, tenía frío. Parecía cansada y aburrida; estaba sentada en una de las piedras más llanas de la explanada donde estábamos. Se limitaba a mirar de un lado a otro y a sonreír de vez en cuando. Con las manos entre las piernas, se encogía cuando alguno de los compañeros hacía una nueva pregunta al guía. Un chico con camiseta azul y cámara fotográfica en mano se acercó a la valla de madera e hizo un par de fotos dirigiendo el objetivo a donde el guía explicaba que se situaban las Placas de Nazca. El guía, indumentado con una gorra y chalequillo a juego, movía las manos, en ese momento, haciendo balanza. Como si las placas tectónicas estuviesen en su poder.

—Los temblores y sismos son muy comunes en la zona —dijo rotundamente. Y, finalmente, cruzó las manos y dejó de distraerme con su manoteo. Nos avisó que si hacíamos fotos desde allí las vistas serían muy bonitas. Algo que era mucho más que evidente.

Otra carcajada al recordarlo. Me espabilé, y tambaleé un poco, cuando un par de gotas me golpearon en la cara. El oleaje rompía, agresivamente, contra las piedras. Había atravesado todo aquello para llegar al borde de aquella punta. Quería tocar el final de aquella Catedral. Había estado de cuclillas todo este tiempo, mientras recordaba y me reía. Me puse de pie, de puntillas, y saqué el móvil del bolsillo. Tecleé el número de mi abuela y apareció el nombre de Nana en la pantalla. Era el momento, y estaba preparada para hacerlo: pulsé el botón de la llamada.

—Nana, hola. Bien. No. Nada. Te llamo para decirte que te quiero. No. ¿La verdad? —contesté, tragándome las palabras, las lágrimas y la risa nerviosa—. Podría mentirte y decir que estoy al borde de un acantilado, a punto de saltar, pero no haré eso, Nana. No. Sabes que eres lo más importante del mundo para mí. No lo olvides. Nana, hace tiempo que dejé de divertirme aquí. Ya hemos hablado muchas veces, pero este camino sigue siendo un túnel negro, Nana. No. No hay ninguna luz al final. No la veo. Bueno, te miento. Ahora sí la veo, Nana. Te quiero.