Advertencia


Acabo de descubrir que el libro es capaz de modificar el funcionamiento de los instrumentos de monitoreo de la oficina. La voz del libro me está enseñando cómo lograr dicha modificación, mediante ejercicios de alquimia. Gracias a estos, he sido capaz de observar sucesos que, de otra forma, no podrían verse con las cámaras de éter.

Aparentemente, ciertos alquimistas son capaces de hackear el sistema de vigilancia. Colocan, sobre la grabación, porciones de vídeo donde no ocurre nada. Así logran ocultar ciertos eventos de los que desean que nadie se entere. El libro, sin embargo, me está enseñando un truco para detectar la presencia de esa sutil alteración.

He sido capaz de captar a un anciano que posee una extraña piedra roja con la que hackea el sistema, evitando la activación de las alarmas interdimensionales. El anciano es muy elusivo. Cada vez que trato de captarlo, emite una nueva señal que interfiere con el sistema de una forma diferente. Su sistema de interferencia se adapta, aprende el método que lo vulneró y realiza un contraataque. En lo poco que he logrado captar, he notado que está persiguiendo a una joven mujer practicante de un arte conocido como invocación. En estos momentos ella parece haberse dado cuenta de su presencia.

—Llevas días siguiéndome. ¿Qué diablos quieres, maldito anciano? —dijo la joven mujer, evidentemente enojada, pero sin muestra de preocupación o miedo.

—Veo que eres capaz de sentir mi presencia. Se ve que no eres tan mala en tu arte —dijo el anciano, en un tono bastante calmado que daba a notar cierto aire de superioridad.

—¿A qué mierda te refieres? —La joven mujer empezaba a perder la paciencia—. ¿Qué sabes tú de mi?

—Absolutamente todo. —El anciano movía sus manos lentamente, como si buscara algo en las mangas de su túnica—. Sé lo que puedes hacer. Es más, sé cómo hacerlo mejor que tú.

La mujer no entendía nada de lo que decía el viejo. De niña, pasó muchos años iniciándose secretamente en el arte de la invocación, con una anciana maestra que desapareció de un momento a otro. Luego de que su maestra se esfumara, sin dejar rastro, ella decidió practicar por su cuenta y logró avances significativos. Pasó, de apenas conocer las bases de aquel arte, a invocar pequeños insectos de otras dimensiones. Tiempo después, conoció a una vieja shamana que le enseñó como potenciar su arte mediante el uso de círculos mágicos. Con el tiempo, la shamana también desapareció sin dejar rastro.

Con el paso de los años, la muchacha se convirtió en una bella y hábil mujer, y su arte evolucionó gracias a su riguroso entrenamiento autodidacta. Su máxima habilidad, de la que estaba orgullosa y con la que se defendía en casos extremos, consistía en la invocación de un guerrero reptil de otra dimensión. Una vez invocado, gracias al círculo mágico, ella ejercía un poderoso control mental sobre el guerrero, para usarlo como una herramienta controlada con el pensamiento.

—No me gustan las charlas ni el acoso. —La joven mujer sacó una tarjeta de su bolsillo y la lanzó al suelo. Recitó un hechizo. Un círculo mágico se pintó de forma automática en el suelo, como si la tinta de la tarjeta saliera por voluntad propia y se propagara—. ¡Esto se acaba aquí y ahora!

La invocadora hizo unos extraños movimientos con las manos y el círculo mágico comenzó a brillar. De repente, la porción de suelo dentro del círculo empezó a temblar y agrietarse. De las grietas brotó un guerrero reptil. La invocadora lanzó otro hechizo y sus ojos brillaron al mismo tiempo que los del guerrero reptil. Bajo el influjo del hechizo, el guerrero reptil quedó sometido al completo control mental de su invocadora.

—¡Vaya! Me has dejado sorprendido —dijo el anciano, con un tono de genuina admiración—. Me asombra que hayas logrado invocar algo con ese arte tan primitivo, definitivamente se ve que tienes potencial.

—¡Cállate, viejo de mierda! ¡Se ve que no conoces el miedo! —La joven invocadora estalló de rabia—. ¡Ataca, soldado!

El guerrero reptil lanzó un grito de guerra. Sus garras y dientes empezaron a fulgurar y a crecer. Luego, empezó a correr alrededor del viejo, intentando intimidarlo. El anciano, sin embargo, casi no se movía, salvo por el hecho de que seguía buscando algo dentro de su túnica.

—¡La encontré! ¡Qué descuido de mi parte! —El anciano sonrió y sacó una extraña piedra roja de su túnica—. Disculpa por haberte hecho esperar.

El guerrero reptil lanzó una poderosa embestida contra el anciano. La joven invocadora creyó haber asestado el golpe final. Sin embargo, la imagen que golpeó el guerrero reptil era falsa. El anciano había desaparecido del lugar.

—¿Qué demonios pasa? —La desconcertada mujer miraba para todos lados—. ¿Y tú qué esperas? ¡Olfatéalo!

El guerrero reptil sacaba la lengua para olfatear al anciano, pero parecía confundido al no poder hallarlo. El anciano empezó a proyectar su voz dentro de la mente de la joven invocadora.

—¿No puedes detectar mi presencia, verdad? —dijo el anciano, usando su poder de telepatía.

La mujer intentó, en vano, buscar la fuente del sonido.

—¿Dónde mierda estás? ¿Qué clase de magia es esta? —gritó confundida, mirando a todos lados.

Sin previo aviso, el anciano apareció.

—Se llama alquimia. Voy a enseñarte mi truco. —El viejo levantó la extraña piedra con su mano y ésta empezó a brillar de rojo—.  Te advierto que no tengo mucho talento con las invocaciones, pero supongo que con esto bastará.

El brillo rojo de la piedra provocó una grieta dimensional de la que, súbitamente, salió un brazo gigante que aplastó y exterminó al guerrero reptil con facilidad. La mujer entró en shock al ver que su técnica más poderosa quedó reducida a nada ante su enemigo. Cayó al suelo, de rodillas, esperando la muerte.

—¿Quién diablos eres, anciano? ¿Qué quieres de mi? —dijo la joven mujer, mirando hacia el suelo con resignación.

El anciano hizo brillar de nuevo la piedra e, inmediatamente, la grieta dimensional desapareció junto con el gran brazo que acababa de invocar.

—Si hubiera querido matarte, habría dejado salir al monstruo entero y no solamente su brazo —dijo el anciano, en un tono misteriosamente comprensivo—. Tampoco hubiera atacado a tu soldado, sino a ti. De esa forma, tu técnica se hubiera desvanecido.

—¿Cómo sabes todo eso, anciano? —La invocadora aún no salía del shock, pero su curiosidad era más fuerte que su miedo—.  Se supone que los invocadores somos un grupo secreto.

—Vengo a advertirte. —El anciano se acercó a la mujer y le entregó una piedra diferente a la que él uso en la batalla—. Ciertos individuos, tanto o más poderosos que yo, vendrán por ti para matarte. Todos los detalles se encuentran aquí, usa tu conocimiento para acceder al contenido de la piedra.

—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso? —dijo la mujer, aún confundida, pero más en sí.

—Eso deberás descubrirlo por ti misma. Si estudias bien la piedra, podrás crear una réplica de ella. Con eso aumentarás, por mucho, tus habilidades —dijo el anciano—. Dentro de esta piedra didáctica hallarás las respuestas que buscas.

Dicho esto, el anciano simplemente desapareció. La joven invocadora regresó a su casa, llena de miedo y confusión.

Mientras me enseña los ejercicios de alquimia, la voz del libro me permite no solo ver aquellas extrañas escenas sino que, a la vez, me explica lo que sucede.

La mujer invocadora no es la única llena de preguntas. ¿Qué es realmente la alquimia? ¿Qué es esa extraña piedra roja? ¿Quién es realmente la voz del libro y por qué sabe tanto del asunto?

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Reportó para ustedes, el #21.

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Fausto


Hace meses que buscaba una razón para perder los tornillos, los papeles y toda pertenencia que fuera innecesaria para respirar libremente sin angustia cada mañana.

Estaba agotado de saborear los pensamientos más amargos en la boca, cada vez que la memoria de su voz burbujeaba nuevamente con un eco en mis oídos. El estruendo no descansaba hasta que la cordura se precipita a sí misma por el barandal, y la amenaza no para hasta que irrumpe entre todos los escaparates para buscarme entre fragmentos y suspiros congelados.

Hace semanas ya me hallaba entre llantos pesados, cargado de lágrimas espesas, de esas que portan la vida que hay en un cuerpo y las dejan irse libres fuera del barco en descenso. A medida que el tiempo transcurre y tu rutina se ajusta a un sufrir constante, entonces llegará el período en el que ya no estás al tanto del verdadero propósito de tu maldición, la vida sigue pero tú solo recuerdas lo que te ha acontecido mas no lo que espera en el porvenir; la sola idea de olvidar lo que sucedió es un extremo, que el estado consciente que aún te queda no puede procesar porque, si no, tu más preciado tesoro se dejará ir en el agua que has calentado para el té de la tarde.

Hace días que Fausto te llamó por la noche, ya era tarde y tú finalmente ignoraste su llamado, pero no porque querías ni porque lo hayas superado… sino porque las fuerzas de tu cuerpo ya no son suficientes para insistir en su memoria y tu capacidad para escuchar claramente ha dejado de persistir en utilidad. Fausto murió, o al menos su memoria… y tú, mi apreciada doncella, has muerto junto a él.

En la cama de lirios te dejo caer hasta que sea suficiente la embestida de la muerte para hacerte renacer.

La sombra


Y el cabrón se murió el día de mi cumpleaños. Como si no me hubiera jodido la vida lo suficiente, se murió. Así de fácil. De la misma forma dramática que entró a mi vida se fue. Cosa de que lo recordara para siempre. Tuve que respirar muy hondo para tragarme la noticia. Siempre fue así. La cosa era llevarme la contraria.

Aquella tarde recibí un ramo de lirios sin tarjeta. Apestaban a funeraria y los tiré a la basura. Mis amigas me invitaron al pub de costumbre. Me arreglé con desgano y subí al coche. Miraba por el retrovisor y una sombra en el asiento de atrás me asustó. Frené de golpe en un lugar en el que no me hubiera detenido ni de día. Un vagabundo —que por mi madre se parecía al difunto—, pasó por el lado y me vio de reojo. Respiré profundo y me giré rápido, tenía que agarrar a quien fuera que estuviera allí. No había nadie. Maldita sugestión. Apagué el acondicionador de aire porque hacía frío.

Me aparqué en la calle, lejos del bar. Parecía como si todo el mundo en la ciudad se hubiera dado cita allí esa noche. Tomé el bolso y corrí para alejarme de aquel callejón oscuro. En eso me torcí el tobillo. No es fácil caminar con tacones sobre la brea. Entré al club cojeando —maldiciendo entre dientes—, y busqué si en alguna de las mesas se encontraban mis amigas. Resoplé. Aún no habían llegado. El establecimiento estaba gélido y a los cinco minutos estaba titiritando. Tomé el móvil y comencé a llamar, ninguna contestaba. «Vaya, qué día», pensé. Un hombre en la oscuridad se acercó y me ofreció una copa. Negué con la cabeza. Esperé media hora más y me harté.

Salí furiosa, con el pie adolorido en dirección a donde dejé el auto. Vi como un desconocido tranquilamente abría con la llave, se subía en él y se marchaba sin prisa. Confundida, traté de llamar la policía, pero el móvil se había descargado. Un taxi se detuvo y subí a él. Estaba tan cabreada que ni miré quién lo conducía. Le di la dirección, pero siguió disparado mientras en el asiento de atrás le gritaba que se detuviera.

Me eché hacia delante y descubrí que la sombra se reía de mi mientras manejaba.

Imagen:  https://pixabay.com/id/bayangan-pria-topi-michael-jackson-2687048/

Centrifugando recuerdos (XXXIV)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Al plantarse ante la puerta de la recepción del cámping Luis siente que las piernas le flaquean. Los recuerdos afloran de golpe y a él le entran las dudas. Ha pasado un año, pero de repente es como si todo lo acontecido en ese lapso de tiempo fuera intrascendente. «No sé si es buena idea», se dice al apoyar la mano derecha en la puerta y empujar. «Es una idea malísima», concluye, una vez dentro. Tiene la sensación de que todos lo miran, sabedores de su historia. «Es el que se coló por la camarera, y salió tras ella», juraría que cuchichean dos parejas sentadas junto a la ventana.

Luis avanza dubitativo, lanzando miradas huidizas, casi avergonzadas, a derecha e izquierda. Cuando llega a la barra coloca las manos encima y se pone a repiquetear con los dedos, como si así fueran a esfumarse los nervios. Entonces se abre la puerta batiente de la cocina y le da un vuelco el corazón. Aparece una chica joven y risueña, cargada de energía…, que no es Sara. Es extraño, la decepción inicial se transforma en alivio cuando la ve acercarse.

—¡Hola! ¿En qué puedo ayudarte?

Luis se aturulla y tropieza con las palabras. La muchacha atiende divertida.

—Quiero alojarme —anuncia por fin.

—¿En el hotel? —El complejo turístico incluye, además de la zona de acampada, un pequeño hotel.

«Parezco imbécil», se reprocha Luis, molesto consigo mismo por hacer el ridículo.

—No, no, en el cámping, con tienda.

La empleada lo mira un tanto extrañada, pero sin perder la sonrisa.

—Oh, claro. Espera un segundo.

Mientras trastea en el ordenador, Luis repasa el local, buscando las diferencias respecto al año pasado. Entonces se abre la puerta de la calle e, instintivamente, reacciona con un pequeño sobresalto. Tampoco ahora es Sara. Quien aparece en escena es el dueño del complejo, saludando con familiaridad a los clientes. También a Luis, que se siente morir de vergüenza al recordar la última vez que se vieron. De entrada, no parece que el muchacho despierte un interés especial en el hombre.

—Déjame el DNI un momento, porfa —solicita la empleada.

El dueño del cámping se da cuenta entonces de que se trata de un nuevo huésped y se acerca.

—Bienvenido —declara con una sonrisa y la mano extendida, que Luis encaja con timidez—. ¿Ha tenido buen viaje?

Al fijarse mejor en el recién llegado, se da cuenta de que la cara le resulta familiar. Sus ojos se zambullen en el registro de la memoria, buscando coincidencias, y Luis asume que no tiene escapatoria.

—Espera un momento, yo a ti te conozco. —La sonrisa se le ensancha, lo que revela que su memoria ya ha hallado el archivo que buscaba—. Cómo no iba a reconocerte. Anda siéntate y me cuentas cómo acabó la historia.

El hombre señala un taburete junto a la barra y, mientras Luis, con los hombros encogidos, toma asiento, pasa al otro lado, se coloca junto al surtidor cerveza y le sirve una copa. «Esto debe ser viajar al pasado», reflexiona el muchacho. La camarera, que ya ha completado el registro, asiste a la escena con curiosidad.

Luis agarra la copa y experimenta las mismas sensaciones que aquella mañana sofocante en que acudió al mismo lugar en busca de la pista que necesitaba para que su historia con Sara no acabara antes de empezar. Busca las palabras para explicarse sin entrar en detalles, pero detrás de los nervios que aún no lo han abandonado va tomando cuerpo una sensación incómoda que le sube desde el estómago. Hay algo que no encaja. «Si se acuerda de mí tan bien, ¿cómo es que aún no me ha comentado nada sobre Sara? ¿Dónde narices está?».

—Sara… —es su primera palabra, pronunciada con el temor de quien intuye que la respuesta que obtenga no le va a gustar.

—Sí, es verdad. Sara se llamaba la zagala. Era muy buena currante —mira de soslayo a su nueva empleada y le guiña un ojo—; lástima que tuviera que marcharse de aquella manera…

—Entonces…, ¿no la ha vuelto a ver?

La pregunta resulta desconcertante. El hombre frunce el ceño, pero advierte la angustia del muchacho, la misma que la de aquella mañana del verano pasado.

—Pues no… Siento que sean malas noticias. —Cruza una mirada fugaz con la joven. Ambos sienten empatía por Luis, pero a la vez la incomodidad de quien no sabe qué hacer para ayudar—. Tómate otra cerveza fresquita, anda. Invita la casa.

Luis rechaza el ofrecimiento con un leve movimiento de la cabeza. Mira sin ver la copa que, aún casi llena, sostiene con ambas manos sobre el regazo.

—Lo que no entiendo —retoma el hombre—, perdona que te lo diga así de directo, es por qué yo debería saber algo nuevo de esa muchacha.

Luis se vuelve a sentir engañado y manipulado. Durante el último año creía haber hecho progresos en cuanto a su independencia emocional. Creía haber superado aquella estúpida dependencia a las relaciones; pensaba que ya no necesitaba estar con nadie para encontrarle sentido a la vida, que si surgía algo, pues ya se vería. Creía haber aprendido a ser independiente y a valorar la independencia de los demás, incluso en el marco de una relación. Creía estar seguro de que el nuevo Luis no volvería a cagarla con Laia ni que perdería el oremus por ninguna desconocida por la que se sintiera atraído durante las vacaciones.

Hasta que recibió el mensaje de Sara, y todos esos progresos empezaron a diluirse. No comprende el motivo que puede llevar a alguien a recuperar el contacto con otra persona sólo para jugar con sus sentimientos. Su historia con Sara debía permanecer en el recuerdo. Ella siempre retendría un pedazo de su corazón, pero —eso es lo que piensa ahora, tras recibir el jarro de agua fría— está claro que no tenía sentido recuperarla. El problema es que aquel mensaje recibido dos meses antes del verano lo había hecho ilusionar. De repente todo volvía a girar en torno a una mujer; el reencuentro con Sara en el Pirineo acaparaba todos sus anhelos. Enseguida se convirtió en su nuevo proyecto de vida.

Luis levanta la mirada y se encuentra con los ojos del hombre, que continúa esperando una respuesta.

—Oh, déjelo. Soy bastante gilipollas —resume, con expresión de derrota.

Acto seguido, se incorpora, deja la copa sobre la barra y, con paso cansino, abandona el local. Sube al coche y antes de dirigirse a la parcela asignada para montar la tienda, coge el móvil y busca el mensaje de Sara. Lo ha leído montones de veces, pero ninguna con la sensación de fracaso que lo invade ahora.

«Hola, Luis. ¿Qué tal? Soy Sara, supongo que aún no me has borrado de los contactos… Ha pasado bastante tiempo desde ese verano tan raro, pero el caso es que, después de todo, guardo un buen recuerdo de los ratos que estuvimos juntos.

Igual no quieres saber nada de mí, sería lo más normal. En ese caso, olvida lo que te voy a proponer.

He pensado en volver al cámping el verano que viene. Si no tienes planes aún, estaría bien que nos encontráramos de nuevo, y, ahora sí, empezar de cero. Prometo no salir corriendo.

Durante estos meses he tenido tiempo para pensar y darme cuenta de muchas cosas. Creo que he aprendido bastante sobre la vida y me gustaría ser capaz de aprovechar lo positivo. Cruzarme contigo lo fue; ahora lo sé.

Quién sabe, igual cuando nos veamos no pasa nada, pero sería una buena forma de cerrar un capítulo que me dejó una espina clavada por lo injusta que fui contigo.

Hagamos una cosa: no me respondas. Sea cual sea tu decisión, no me digas nada. Yo tengo decidido subir al cámping de todas formas. Si te veo allí, genial. Si no, lo entenderé y podré seguir adelante.

Un beso».

Un beso. Cientos de ellos. Los que se dieron bajo la tormenta de Granada. Luis lleva semanas soñando con repetir la escena bajo las estrellas, imaginando cómo sería el reencuentro, qué cara pondría ella cuando lo viera entrar en el bar o quizás lo sorprendería mientras estuviera esperando a que le atendieran, o se la encontraría sentada junto a la lavadora… como aquella mañana en que empezó todo. Pero no. Él ha cumplido con su parte y resulta que ella se ha arrepentido de su propia propuesta.

«No me respondas. Sea cual sea tu decisión, no me digas nada». Durante un instante piensa en llamarla.

—Puede que le haya pasado algo que le ha impedido venir —murmura.

Quiere creerlo, pero al final le puede más el orgullo y guarda el teléfono.

—Que se quede con la duda. Si pensaba que iba a repetir lo del año pasado, lo lleva claro. Una vez y no más.

Está dolido. Se mira en el espejo retrovisor y descubre rencor y decepción, también consigo mismo por haber sido tan estúpido.

—A la mierda. Estoy de vacaciones, así que pienso disfrutarlas.

Enciende el motor, mete primera y pisa el acelerador.

Continuará…

Luces del camino


El tiempo enseña el valor de los pequeños detalles.

Nuestra mirada cambia,

por el mismo camino sin el mismo tiempo.

 

(Fotografía del autor. Un modesto acercamiento a las magníficas fotografías de @robertocabral2012)