Jarrón arcano


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Cierto día, un demonio conocido como Saratu, el descifrador fue atrapado y juzgado por los dioses mayoresLa pena para Saratu fue la de pasar la eternidad en la prisión conocida como La galería de jarrones, una cárcel para delincuentes con habilidades destructivas en la que se depositaba a los prisioneros dentro de un jarrón restrictivo que convertía la materia física en astral, impidiendo su manifestación en el mundo material.

Gracias a sus sorprendentes habilidades, Saratu logró descifrar una manera de escapar. Usando ciertas artimañas, logró usar el estado inmaterial de su cuerpo para entrar en los sueños de uno de sus sirvientes. El sirviente, siguiendo las instrucciones, usó ciertos objetos de su amo para colarse dentro de La galería de jarrones sin ser vistoUna vez dentro, reemplazó el jarrón que contenía a Saratu por un señuelo. El jarrón señuelo emitía señales falsas de su presencia para poder engañar a los supervisores de la cárcel.

Luego de colocar el jarrón señuelo en su sitio, el sirviente activó otro de los objetos de su amo. El objeto estaba diseñado para usar como combustible al ser que lo activara, abrir un portal hacia otra dimensión y desparecer cualquier rastro que indicara su activación o destino. Así fue como Saratu escapó de La galería de jarrones y nadie, salvo él mismo, conocía la posición exacta del jarrón que lo contenía.

***

Eventualmente el jarrón llegó a parar al planeta Tierra. En la cárcel, los supervisores realizaban constante mantenimiento a los jarrones. Verificaban también que estos estuvieran siempre alejados de cualquier fuente de energía que pudiera absorber el delincuente. Ya lejos de aquellos cuidados, el jarrón que contenía a Saratu tuvo acceso a varias fuentes sutiles de energía.

Usando los recursos disponibles, Saratu recuperó algunas de sus habilidades. Sin embargo, el jarrón era un objeto de restricción muy poderoso. Liberarse de la prisión seguía siendo algo que estaba fuera de sus capacidades. Así fue como Saratu empezó un entrenamiento que llamaba rehabilitación aural.

Luego de algunos años de rehabilitación aural, Saratu recuperó su percepción extrasensorial, su telepatía políglota y su avanzada capacidad para descifrar patrones matemáticos. También, después de mucho tiempo de poner todo su intelecto en descifrar una vía para escapar del jarrón, se ideó una larga y complicada forma de hacerlo. Aunque todavía no podía moverse por voluntad propia, podía usar su telepatía para manipular a los seres humanos y así cambiar de sitio.

***

Luego de mucho buscar, Saratu al fin logró encontrar a un ser humano con el tipo de sangre adecuado para su plan. Manipuló todas las circunstancias a su alrededor para poder llegar, en calidad de adorno, a la casa del ser humano en cuestión, un niño. Saratu ya estaba donde quería y solo debía esperar a que el niño alcanzara la edad de veintiún años para poder usar su sangre para sus propósitos. Mientras tanto, usando su telepatía de forma sutil, moldeó secretamente la mente del niño para que creciera bajo ciertos ideales que le convenían. También lo manipuló  para que se abstuviera de ciertos alimentos.

Entonces llegó el cumpleaños número veintiuno de Teobaldo.

—Buenos días, Teobaldo. Te hablo desde dentro de tu mente —dijo Saratu desde el jarrón, usando su poder de telepatía.

Teobaldo se exaltó al oír la voz, pero no estaba asustado. La manipulación mental de Saratu había surtido efecto muchos años antes.

—No te asustes, necesito conversar contigo —dijo Saratu, en un tono que transmitía la idea de que todo estaba bajo control—. Ven a la sala y lleva el jarrón a tu cuarto. Yo soy el jarrón.

Teobaldo no cuestionó, llevó el jarrón al cuarto y empezó a examinarlo.

—¿Qué buscas, Teobaldo? ¿Quieres hablar conmigo? —increpó Saratu.

—Sí. Reviso el jarrón para verificar que no estoy loco —dijo Teobaldo.

—No lo estás. Las historias que has leído todos estos años sobre demonios y pactos son ciertas. Vengo a ofrecerte el pacto que buscabas —dijo Saratu—. Sé que quieres grandeza y yo vengo a ofrecértela.

—Sé que los pactos tienen un precio —respondió Teobaldo—. Dime el tuyo y lo consideraré.

Dentro de la manipulación mental de Saratu hacia Teobaldo, estaba el inculcarle historias sobre pactos demoníacos, ideales misántropos y una sensación de superioridad moral. De esta forma, al ofrecerle el pacto a Teobaldo, este aceptaría sin poner objeciones. El hecho de que Teobaldo aceptara el pacto por voluntad propia era sumamente importante para Saratu.

—De ti solo pediré tu sangre y cierta alimentación ritual —respondió Saratu—. A cambio yo te daré acceso ciertos beneficios que detallo en un contrato.

—¿Dónde está el contrato? —dijo Teobaldo, interesado en analizar con calma la propuesta.

—Necesito que hagas algo para mostrarte el contrato —respondió Saratu, percibiendo que el adiestramiento de Teobaldo había sido un éxito rotundo—. Necesito que sigas las instrucciones que te voy a dar.

Saratu le dio instrucciones muy detalladas para crear un dispositivo electrónico que permitiría conectar el jarrón con su computadora.

***

Saratu estaba por terminar su plan para salir de prisión. Una vez que Teobaldo terminó el dispositivo de conexión con la computadora, Saratu usó sus habilidades para dominar por completo el sistema computacional y usarlo como interfaz de comunicación.

—Todo está listo, Teobaldo —dijo Saratu—. Enciende la computadora y podrás ver el contrato, imprímelo.

Teobaldo leyó con mucha atención, se tomó su tiempo. Luego de despejar todas sus dudas, consideró que el trato era bastante justo. Entonces se dirigió a la computadora y habló con Saratu.

—Quiero aceptar, Saratu —dijo Teobaldo.

—Entonces firma con tu sangre el contrato impreso y quémalo como se te indicó —dijo Saratu, bastante satisfecho por dentro—. Luego ven a la computadora y termina de seguir las instrucciones.

Teobaldo hizo tal como se le ordenó y regresó a la computadora.

—Bien, ¿ahora qué tengo que hacer? —preguntó Teobaldo, ya saboreando la grandeza.

—Instala la aplicación y empecemos con todo —respondió Saratu, que ya había preparado la computadora para ese momento.

Teobaldo instaló la aplicación especial de Saratu y la abrió. En esta se mostraban gráficos de todas las mediciones químicas y médicas del cuerpo de Teobaldo: glucosa, glóbulos rojos, glóbulos blancos, temperatura y una larga lista de etcéteras. Además de estos datos, se presentaba un itinerario completo de la alimentación exacta que debía seguir: tipos de alimentos, horarios, cantidades y otra gran lista de etcéteras.

—Está bien, me familiarizaré con esto —dijo Teobaldo—. ¿Desde cuándo puedo usar los beneficios?

—Desde este preciso instante —dijo Saratu, muy complacido.

***

Saratu necesitaba que, cada cierto tiempo, Teobaldo le diera de beber cierta cantidad de su sangre. La sangre de Teobaldo era el ingrediente principal de la receta que permitiría a Saratu recuperar su forma física. La sangre debía contener ciertos niveles de nutrientes que solo podían conseguirse mediante la dieta ritual. También debía ser entregada por voluntad propia y de un ser cumpliendo su más ferviente ideal. Esta era la razón por la que Saratu manipuló los ideales de Teobaldo, al igual que su alimentación. Solo haciendo las cosas como lo había hecho, hubiera podido lograr todos los ingredientes de su ritual. Con el tiempo, Saratu tomó cierta forma física, que usó para beber la sangre de forma más cómoda.

La alimentación ritual era un completo suplicio. Incluía temporadas de completa inanición, junto a otras temporadas de atracones y molestos cambios alimentarios. La salud de Teobaldo se veía constantemente afectada. Sin embargo, lo que él obtenía de Saratu era algo invaluable. Saratu funcionaba como un descifrador de contraseñas que Teobaldo usó para amasar una gran fortuna y un enorme poder político.

Teobaldo tenía un gran sentido de justicia social, inculcado por Saratu. Con el tiempo logró reunir un grupo selecto de seguidores. Junto a estos, empezó una campaña de hacktivismo que consistía en la revelación pública de documentos que implicaban en corrupción a miembros de los gobiernos de todo el mundo. Puesto que el trabajo de Saratu era impecable, nunca pudo rastrearse a quienes filtraron los documentos.

El proceso de revelación pública de dichos documentos se realizó por muchos años, de forma sistemática, y provocó un impacto social profundo en la democracia mundial. Las pruebas contra los políticos eran contundentes y, sin embargo, nadie iba a la cárcel. En todo el mundo estallaron protestas, se exigieron renuncias. La campaña de hacktivismo respaldaba al pueblo. Los políticos no podían usar los métodos convencionales para parar la situación. No podían comprar a nadie porque todos ya estaban expuestos. Empezaron las renuncias y los juicios.

Otras personas tomaron el lugar de los corruptos. Pero, de vez en cuando, se volvían a cometer los mismos crímenes. Entonces Teobaldo y sus seguidores repetían el proceso de revelación pública y los corruptos caían presos. Con el tiempo ya no se cometían actos de corrupción. Todos aquellos que ocupaban un puesto público se sentían vigilados. La corrupción a nivel público ya casi no existía. Teobaldo y su grupo manejaban los hilos de la política mundial a su antojo y se favorecían a sí mismos al no revelar sus propios actos de corrupción.

Con el tiempo el poder de Teobaldo y su grupo fue casi absoluto. Sin embargo, aunque Teobaldo no estaba enterado, estaba cercano el momento en que Saratu recuperaría su libertad.

***

—Bien, bestia, necesito acceder a otro servidor —dijo Teobaldo, con mucha arrogancia—. Dame la clave.

—¡No! —dijo Saratu, en un tono aun más arrogante.

—¿Quieres romper el pacto? —contestó Teobaldo, enojado con el demonio con el que había coexistido por años—. ¡Si no me das la clave arruinaré tu ritual comiendo lo que no se debe!

—¡No me importa! —dijo Saratu.

—¿Ah sí? ¿Y qué piensas hacer, estúpido jarrón?

—¡Matarte con mis propias manos!

En ese momento Saratu terminó el ritual que le había costado décadas. Recuperó su cuerpo y mató a Teobaldo. Luego, eliminó cualquier evidencia del asunto del jarrón y fue a buscar a los seguidores de Teobaldo, para acabar con ellos uno a uno.


Relato: Donovan Rocester

Ilustración: Blacksmith Dragonheart 

Centrifugando recuerdos (XVIII)


Alhambra de Granada

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com.

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Luis nota el cansancio de la larga jornada, que se suma a los excesos de la noche anterior, y está a punto de quedarse dormido en la silla. Comprueba la hora en el móvil. Las once pasadas. «No me ha contestado», constata sin poder evitar la decepción. «Bueno, habrá que ir pensando en buscar un lugar donde pasar la noche». Mira en derredor. La terraza continúa animada, con la mayoría de las mesas ocupadas aún por jóvenes que se resisten a poner fin a la velada. Un camarero empieza a recoger las pocas que han quedado libres, con la esperanza de que los clientes remolones se den por aludidos.

Luis le hace un gesto con la mano, y cuando el muchacho lo ve acude raudo. Otra mesa que va a poder recoger.

—¿Me cobras?

—Enseguida.

El camarero saca una libretita del bolsillo de la camisa empapada en sudor tras una intensa jornada laboral. Luis se fija en el rostro cansado, en el que las ojeras profundas se ven acentuadas por unos ojos negros hundidos. Tiene la cara chupada, perlada por gotitas de sudor, unas cejas pobladas y el pelo oscuro ensortijado.

—¿Cuántas horas trabajas? —pregunta Luis, casi sin pensar. El muchacho levanta la vista de la libretita y lo mira extrañado— Perdona, no pretendía molestarte. Ya estás lo bastante cansado como para aguantar la curiosidad de un turista chafardero.

El chico le sostiene la mirada un par de segundos más y de repente sonríe con unos labios tan finos que apenas existen.

—Muchas. Trabajo muchas horas. Pero no me quejo, porque me gano la vida honradamente. —Hace una pausa, durante la cual evalúa si añadir algo más. Entonces arranca una hoja donde ha apuntado la cuenta y se la extiende a Luis, inclinándose hacia él—. Aunque no me quieran dar los papeles —revela en un murmullo—. Son ocho cincuenta.

La familia del área de servicio donde comió acude a la mente de Luis: la madre cocinera, la hija risueña y su hermano poco entusiasta con la escoba. El joven marroquí le recuerda a ellos.

—Toma —le extiende un billete de diez euros—. Quédate el cambio. Quédatelo tú, no lo eches en el bote.

No va precisamente sobrado de dinero, y menos teniendo en cuenta que va a tener que pagar una habitación, pero siente empatía por él. Después de todo, quizás su inútil viaje a Granada acabe sirviendo para algo si deja un recuerdo agradable en alguien, aunque sólo sea un camarero anónimo.

—Gracias.

El muchacho le dedica una sonrisa cómplice mientras recoge la mesa. Y entonces a Luis se le ocurre una idea.

—¿Conoces algún sitio barato que esté bien para dormir?

El camarero, cargado con platos, vasos y cubiertos, se detiene un instante.

—Si no tienes prisa, te puedo enseñar la pensión donde estoy yo. Es barata y bastante tranquila.

Luis valora la propuesta mientras el muchacho advierte que otras dos mesas quedan libres.

—Bueno, voy recogiendo y ya me dices.

—Eh…, vale. Sí, sí.

Luis se levanta. Vuelve a mirar el móvil y se da cuenta de que está a punto de quedarse sin batería. «Y qué importa», se dice, molesto, aunque no quiera, por la indiferencia de Sara. Piensa en encender otro cigarrillo, pero lo acaba descartando. Ya ha decidido confiar en el camarero, y para hacer tiempo se pone a caminar, con pasos cansados, bajo la mirada majestuosa e indiferente de la Alhambra.

…………………………

Las dos amigas llevan un rato en silencio. Sara, apoyada en el hombro de Tere y recibiendo sus caricias, ha cerrado los ojos y, aunque la cabeza le da vueltas, está tranquila. Lori Meyers continúa sonando a través de los pequeños altavoces acoplados al ordenador portátil y, mientras escucha, a Tere se le ocurre una idea que no acaba de decidirse a exponer en voz alta.

—Si te gustaran las tías, todo sería mucho más fácil. Hace tiempo que estaríamos enrolladas y no necesitarías que te hiciera de psicóloga de pacotilla.

—Ya, pero teniendo en cuenta mis neuras, y lo sociable que eres, me habrían corroído los celos, nos habríamos tirado los trastos a la cabeza y no nos podríamos ni ver —responde Sara, sin apartar la cabeza ni abrir los ojos.

—Eso también es verdad… —Tere toma aire, decidida por fin a plantear su ocurrencia—. Oye, no te enfades conmigo por lo que voy a decir.

Sara se incorpora y la mira con el ceño fruncido.

—Miedo me das. Estoy borracha, pero me temo que me acordaré de esto.

—En fin, allá voy. Estaba pensando que ya que ese Luis está aquí, ¿por qué no quedáis y…?

—No puedo —la interrumpe Sara.

—Pero si te gusta…

—Que no, que no puedo, ¿no me has escuchado?

El tono de Sara es angustiado. Tere se plantea dejar el tema. Han bebido mucho y lo mejor que pueden hacer es dormir la mona, pero precisamente el exceso de alcohol le otorga la dosis de temeridad necesaria para ir un paso más allá. Vuelve a tomar a su amiga de las manos, con suavidad, y se prepara para hablar con el tono más dulce del que su voz, potente por naturaleza, es capaz.

—Cariño, sabes que saltaría por esa ventana si tú me lo pidieras…

—Qué exagerá eres…

—Sí, pero déjame continuar, porque lo que te voy a decir me cuesta muchísimo. Sabes que te quiero con locura, que ya que no te has dado cuenta aún de que eres lesbiana —Sara ríe—, me tengo que conformar con quererte como a una hermana. —La sonrisa desaparece y Sara se pone tensa—. Sí, como a una hermana, y por mucho que te duela la palabra, ya es hora de que dejes atrás aquello. —Tere calla un momento y taladra a su amiga con una mirada intensa, que se le incrusta en el alma. Sara se muerde los labios y finalmente aparta la vista.

—No quiero hablar de eso, ya lo sabes.

—Sí, nunca has querido, y yo lo he respetado. Pero martirizarte no te hace ningún bien y me duele verte así, paralizada por el recuerdo y una culpa absurda.

—¿Absurda?

Sara vuelve a mirar a su amiga, ofendida.

—Sí, absurda. Tú no tuviste nada que ver en lo que le pasó a tu hermana. ¿Cuándo lo vas a entender? —Sara retira las manos y se cruza de brazos. Aprieta los dientes y los párpados; no quiere escuchar— ¿No te das cuenta de que así no vas a avanzar nunca?

—Y tú qué sabrás —murmura con un hilo de voz.

—Pues sí sé. —Tere se muerde la lengua, pero ya está lanzada y no es momento para guardarse nada—. Me quedé sin madre a los ocho años. ¿Te acuerdas?

Sara recibe esas palabras con la sorpresa que produce un tortazo inesperado. Perplejidad antes que dolor. De golpe su mente se llena de imágenes que había olvidado: la desolación de su amiga, cuyo llanto inconsolable contrastaba con el silencio del hombre que la acompañaba, su padre, incapaz de asumir la tragedia; las dos abrazadas, sollozando en la cama, ella tratando de calmarla con besos en la frente, imaginando lo insoportable que sería que un día le sucediera algo parecido… Hasta que sucedió.

—Mira, Sara. —La voz de Tere vuelve a ser dulce—. A mí ese tal Luis me importa un pimiento. Pero tú sí me importas, muchísimo. Y si ese chico te gusta y te hace sentir bien, vale la pena que lo intentes. No hace falta que le expliques nada que tú no quieras.

—Me gustaría superarlo, ojalá pudiera. Pero no sé cómo. —Habla con la mirada perdida. Tere siente el impulso de abrazarla, de protegerla, como hizo entonces. Le recuerda más que nunca a aquella niña tan vulnerable. Pero quiere escuchar lo que tiene que decir—. Hoy he estado en el Sacromonte. Había una gitana, María. Me ha invitado a su zambra y me ha hablado de su vida, y entonces se lo he contado todo.

Tere agita la cabeza, como para asegurarse de que está despierta.

—Espera, espera, que no sé si te he entendido bien. ¿Que le has contado a una gitana qué?

—Pues eso, lo de mi hermana. —Cada vez que piensa en ello es como si se le clavara un cuchillo en el corazón—. Estaba a gusto, sus ojos me invitaban a hablar y las palabras me salían solas. Ahora me parece como si lo hubiera soñado, pero no, ha sido muy real.

—Bueno, pues eso está bien, ¿no?

—No sé. —Sara se lleva las manos a la cara y las desliza desde las mejillas hasta juntarlas bajo la barbilla—. Desde hace dos días siento como si dentro de mí hubiera despertado un volcán. Se me remueve todo, y no sé por qué precisamente ahora me acosan esos recuerdos.

Tere la escucha, pero piensa en sus propios fantasmas.

—A veces me despierto angustiada. Sé que he estado soñando con mi madre, pero no soy capaz de recordar su cara, y entonces me levanto con la ansiedad dolorosa de ver su foto. Hasta que no la tengo entre mis manos y recorro con los dedos las facciones de su cara no se me pasa el mal trago.

Las dos se quedan en silencio, también el portátil. Los maullidos lejanos de un gato solitario, un par de ladridos quejumbrosos y el ronroneo del ventilador las acompañan en sus pensamientos.

—Gracias.

Tere mira a Sara, sorprendida.

—¿Por qué?

—Por ejercer de amiga, y por hacerme ver que no soy el único bicho raro del mundo.

Vuelven a cogerse de la mano.

—¿Sabes qué creo?

—No sé si quiero saberlo…

—Claro que sí, llegadas hasta aquí, no podemos dejar las cosas a medias. —Los ojos de Tere sonríen, pero su mirada es firme y profunda—. Creo que ese chico es el primero que se interesa de verdad por ti, y eso te asusta. —«Sí, mucho», se oye decir Sara mentalmente—. Perdona que te lo diga, pero es que hasta ahora te habías colado por cretinos que sólo tenían una cosa en mente…

—Muchas gracias por recordármelo —interviene Sara, con una indignación más aparente que real. Sabe que tiene razón.

—¿Entonces…?

—¿Entonces qué? —Sara rehúye los ojos inquisitivos de su amiga.

—Ya lo sabes. Que si le vas a responder.

Sara retira las manos despacio, se incorpora y está a punto de volver a caer de culo en el sofá. El comedor le da vueltas, pero consigue mantener el equilibrio y, con paso vacilante, llegar de nuevo hasta la ventana. Tere la sigue con la mirada mientras se pregunta si la larga charla habrá servido para algo.

—A ver si te vas a caer.

Sara no la escucha. Clava la vista en la Alhambra y en el cielo estrellado que observa el monumento con infinitos ojos asombrados. La luna ya no es visible desde la ventana. Entonces, un destello cruza veloz el firmamento. «¿Qué deseo has pedido?» La voz de Luis se entromete en sus pensamientos, acompañada de un pellizco en el estómago. «¿De verdad quieres saberlo? Ya sabes que si se cuentan, los deseos no se cumplen». Sólo han pasado dos días y ni siquiera la acumulación de alcohol consigue atenuar el recuerdo que mantiene tan vivo. «Me arriesgaré», respondió él. «¿Y yo? ¿Por qué yo no puedo arriesgarme?», se pregunta.

Continuará…

El círculo


circulo

Foto Levi Xu. Unsplash

 
La niña trazaba un círculo con su pie, pequeño y desnudo, y la arena del parque obedecía envolviéndola en una circunferencia. “Aquí estaré a salvo de su tristeza” se dijo, relajando la tensión de su rostro.

 
A pocos metros, una mujer y un hombre la observaban sin disimulo: “¿Has visto como se cierra sobre sí misma, aislándose de su entorno? Ya te lo dije, es demasiado introvertida”, observó el padre psicólogo, y corroboró la testigo amorosa; como siempre desviando la atención hacia un aspecto circunstancial.

 
Los adultos nunca saben mirar bien.

 

 
El gris de los Colores

Centrifugando recuerdos (XVII)


 

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

La sonrisa desaparece de la cara de Sara para dejar paso a una expresión donde se mezclan la melancolía, el reproche y el dolor. Aparta la vista y coge la copa. Sus ojos se quedan fijos en el líquido carmesí. Los fantasmas que la persiguen y que durante unos minutos habían desaparecido, regresan. La noche bajo las estrellas, la huida, las pesadillas, la zíngara… Esos enormes ojos negros que lo sabían todo antes incluso de que ella misma lo contara sin saber qué la empujó a hacerlo; la remota esperanza, quizás, de liberarse del peso que le estaba aplastando el alma… «El recuerdo duele, pero es mucho peor el recuerdo que se mantiene latente, que nos va corroyendo por dentro sin saberlo, y que un día, cuando por fin sale a flote porque no le queda ya que devorar, su efecto es devastador». Las palabras de la gitana acuden a su rescate. «Pa ti aún no es tarde. El destino ha querío que me cruzara en tu camino».

—Sara… cariño… —La mano afectuosa de Tere sobre el muslo devuelve a Sara al sofá. Le responde con una sonrisa triste—. Si no me lo quieres contar, lo dejamos. Podemos hablar de cualquier otra cosa, o simplemente emborracharnos y ponernos hasta el culo de nachos.

Sara suspira. Lleva haciéndolo todo el día. Coge la mano de su amiga y la besa.

—No. Te lo voy a contar. Entre nosotras no hay secretos, pero espera un momento, que voy a buscar el móvil.

—Vale, yo voy a hacer pis.

Sara recupera el teléfono de la mesita junto a su cama, donde lo dejó la noche anterior. Mientras vuelve al comedor enciende la pantalla y se encuentra con varias llamadas perdidas y un sms. Hacía siglos que no recibía ninguno. Se sienta en el sofá y toma otro trago de vino antes de comprobar las llamadas. Son todas de su madre, menos dos de un número que no tiene en la agenda, pero que enseguida relaciona con Luis.

—Joder… —murmura—. Ya verás de quién es el mensaje.

—¿Decías algo? —pregunta Tere, que regresa con otra botella de vino y un plato con una pizza humeante.

«Hola, Sara. Como no contestas te escribo para que sepas que estoy en Granada. No te molesto más. Si quieres que nos veamos, me quedaré un par de días».

—Está muy zumbao —susurra, mientras lee una y otra vez el texto.

—Vaya —expresa Tere con cierto asombro. También lo ha leído—. Tiene que estar muy colao para haberte seguido hasta aquí. —Se queda un momento en silencio, inmóvil, mientras una idea inquietante toma forma en su mente—. No me digas que es un acosador, porque si lo es vamos derechitas a la poli.

Sara levanta la vista del móvil y mira a su amiga con expresión tranquilizadora.

—No, qué va. Es buen tío, pero…

—Pero ¿qué?

—Es difícil… Fue todo muy rápido, demasiado, y no… no quiero… no puedo, en este momento no puedo complicarme la vida. No funcionaría.

—A ver, espera, que vas lanzada y no te sigo. ¿Qué es lo difícil? ¿No quieres o no puedes? Son cosas diferentes.

Sara le arrebata la botella, llena su copa y se la bebe del tirón.

—¡Eeeehhh! Ya veo que la cosa es seria.

No lejos de allí, Luis cierra los ojos para concentrarse en la brisa que sopla caritativa tras días de temperaturas abrasadoras. Las tres cervezas de las que ha dado cuenta lo han refrigerado por dentro. Está sentado en una terraza con vistas a la Alhambra, espléndida con la iluminación nocturna. Se siente bien, relajado. Por primera vez en muchos días disfruta de no hacer nada. Coge el tenedor, se lleva a la boca la última patata, la mastica con calma y otro trago de cerveza la acompaña en su viaje hacia el estómago.

Echa un vistazo al teléfono, que ha dejado sobre la mesa, y comprueba que no hay novedad. Deja escapar un breve suspiro resignado. «Prohibido comerse más la olla. Has hecho lo que tenías que hacer y nadie puede acusarte de no haberlo intentado. Ya es suficiente locura haber llegado hasta aquí. Ir más allá sería caer en la desesperación».

Entonces enciende un cigarrillo, empuja la silla metálica hacia atrás y se acomoda para seguir llenándose los ojos con la maravilla nazarí que hechiza a cualquiera que la admire, como Sara, que en ese momento vuelve a estar asomada a la ventana, buscando la manera de empezar a contar su historia a Tere.

—De verdad, Sara, no es necesario. —La joven empieza a sentirse mal por haber insistido tanto a su amiga.

—¿Te acuerdas de lo tonta que me puse el año pasado con el gilipollas aquel?

—Va, no vuelvas con eso. Lo que te pasó fue lo más normal del mundo. Tú no tuviste la culpa de que…

—Lo sé, lo sé, no es eso lo que me preocupa. —Sara se gira y regresa al sofá—. Mmm, qué bien huele la pizza. Tanto vino me ha dado hambre. —Coge un trozo y se lo come en unos pocos bocados. Bebe un poco más y le dedica una sonrisa a su amiga, quien la recibe aliviada—. La verdad es que hace pocos días aún seguía comiéndome la cabeza con eso, hasta que apareció Luis. —Suspira de nuevo.

—El tío del mensaje.

—Sí, el tío del mensaje.

—Un buen tío, que te hace olvidar un desengaño que te ha tenido amargada durante un año, que, por cómo has reaccionado a su mensaje, me jugaría una botella de vino, y ya sabes cuánto me gusta este vino, que te mola bastante, y, sin embargo, huyes de él, abandonando el curro que te habías buscado donde dios perdió el gorro, y, no sé qué es más increíble, él te sigue hasta aquí… Creo que me vas a tener que explicar muchas cosas, porque no entiendo nada.

Sara se deja caer contra el respaldo del sofá. Es un buen sofá, la posesión más preciada de las inquilinas, el único lujo que se permitieron al emanciparse. Mira al techo, cierra los ojos, se lleva las manos a la cabeza y se agarra el pelo. La combinación del vino y de tantas sensaciones, emociones, recuerdos y vivencias recientes supera su capacidad de análisis.

—No sé qué hacer, Tere. Me voy a volver loca, y esta vez de verdad.

—Mira que eres melodramática —le suelta, mientras da cuenta de un puñado de nachos entre bocados de pizza.

Sara mira a su amiga sin contestar aún. Es una amiga fiel, siempre ha estado ahí para escucharla y darle consejo, o simplemente para aguantar sus desahogos. Conoce su historia, ese pasado que no quiere recordar y que, sin embargo, regresa cada cierto tiempo para martirizarla. Tere lo sabe, y nunca ha hurgado en la herida. Sara intenta recordar las veces en que se han cambiado las tornas, en que ha sido ella la que le ha ofrecido el hombro. No tantas.

—Te he echado de menos. —Tere la mira, algo sorprendida, pero sin perder la sonrisa boba que le ha dejado impresa la acumulación de vino en la sangre—. Ahora me doy cuenta, y me parece increíble que haya aguantado tanto tiempo alejada de la persona que siempre me ha dado el empujón necesario para salir adelante.

Durante unos segundos se quedan en silencio, mirándose. A Tere le emociona la confesión de su amiga. Nota cómo el depósito de las lágrimas amenaza con desbordarse y traga saliva. Acto seguido, se abalanza sobre ella y la abraza como un oso.

—Vale, vale, que me vas a ahogar.

Tere afloja la presa y se aparta unos centímetros.

—Qué tonta eres. No sé por qué me dices esas cosas si sabes que enseguida me emociono.

Se seca las lágrimas con la mano, coge una servilleta de papel de la mesita y se suena la nariz. Sara se incorpora, bebe otro trago de vino y mordisquea un nacho.

—Luis me gusta —declara, como quien anuncia que hay que comprar leche.

A Tere se le pasa el llanto de golpe. Pone toda la atención en su amiga, esperando que desarrolle el enunciado, pero Sara sigue entretenida con el nacho. Cuando termina con él agarra un trozo de pizza y antes de atacarlo se lleva al gaznate un nuevo trago de vino.

—¿Y? —pregunta Tere al fin, impaciente.

Sara la mira como si no entendiera qué espera de ella.

—Madre mía. Acabas de reconocer que el tío que te ha seguido desde la Conchinchina te gusta, y te quedas tan ancha.

—Ay, tía. Estoy borracha, no sé ni lo que digo.

—No te preocupes, yo te ayudo a que no pierdas el hilo. De acuerdo, te gusta. Está clarísimo que a él le gustas mucho. Está en Granada. ¿Cuál es el problema?

Sara resopla y agita la cabeza, lo que la lleva a darse cuenta de lo mareada que está. Cierra los ojos y vuelve a dejarse caer contra el respaldo.

—Realmente estoy muy borracha.

—Va, déjate de historias y responde.

—No sé. Ya te he dicho que es complicado.

—No cuela.

Sara suspira por enésima vez. Le duele la cabeza y, pese a la burbuja de pseudorrealidad en que la ha sumido el alcohol, nota la presión en las sienes. Vuelve a beber. A continuación se arrastra con torpeza hasta recorrer el metro que la separaba de Tere y apoya la cabeza en su hombro. Respira hondo antes de hablar.

—La cagó. Estábamos tan a gusto, tumbados en la hierba, admirando las estrellas, y entonces me miró, dijo algo sobre mi mirada triste, y quiso saber qué ocultaba. La cagó, Tere, porque en ese instante regresaron todos los fantasmas que creía controlados y se esfumó la magia.

Tere escucha en silencio y le acaricia el pelo con ternura, incluso después de que haya dejado de hablar.

—Entonces, tu madre tenía razón —murmura al cabo de unos segundos.

—Ella siempre tiene razón, aunque me joda tanto admitirlo.

Continuará…