Raro


—Nos sorprendemos al ver, escuchar, leer o sentir cosas raras; ya que esta singularidad es la que nos llama la atención, alejándonos de todo lo ordinario y provocándonos miedo, odio, alegría e incluso amor —reflexionó mientras él miraba al suelo sonriendo y ella le observaba.

—Tú sí que eres raro, mas no creo que por eso sienta algo por ti —dijo ella, queriendo picarle mientras sonreía pícaramente y él observaba el suelo.

De repente, él apartó sus ojos del suelo para contemplarla. Sonrió y dijo:

—Seguramente te refieres a que no sientes nada por mí en términos de amor, pero si de verdad piensas que soy raro, algo sentirás por mí; ya sea intriga, displicencia o puede que miedo. Porque ahí está la gracia, cada uno elegimos qué sentir ante lo insólito. Como dos copos de nieve, nadie siente igual.

Fue entonces cuando ella decidió besarlo, sorprendida por su misterio.

Sintiendo algo por él.

Y él por ella.

Centrifugando recuerdos (XX)


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

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—¿Alguien me puede explicar qué pasa? —pregunta al fin.

Tere es la primera en reaccionar.

—Eh… nada, nada. ¿Qué quieres tomar? ¿Vino? ¿Cerveza?

—No bebo alcohol.

—Pues vente conmigo y tú mismo coges lo que quieras de la nevera.

Y sin darle tiempo a objetar, lo toma de la mano y lo arrastra con ella. Aiman se deja llevar, demasiado cansado para oponer resistencia y para insistir en la demanda de explicaciones. Ya en la cocina recuerda algo que la otra chica gritó desde la ventana.

—Tu amiga ha dicho que había llamado a la poli…

—Eh, no, no creo. —Tere está nerviosa, pendiente del reencuentro de Sara y Luis.

—Sí, lo ha dicho. Y, verás, yo no tengo los papeles, así que preferiría…

Tere se fija en ese momento por primera vez en el muchacho moreno de pelo ensortijado. Nota la preocupación en su rostro y le sonríe para tranquilizarlo.

—No ha llamado, en serio. No tienes que preocuparte.

Aiman respira más tranquilo.

—Gracias. Entonces, ¿esos dos ya se conocían?

Tere asiente con la cabeza.

En el comedor Sara y Luis se aguantan la mirada. Él, mudo de asombro, intentando procesar el significado de semejante casualidad; ella, víctima de la cruenta batalla que se desarrolla en su interior entre corazón y cerebro, bajo la nube de irrealidad que la borrachera confiere a la escena.

—Ha ido de poco —comenta, intentando sonar distendida.

—Sí.

—¿Nos sentamos?

Sara se dirige al sofá. Luis aún tarda unos segundos en reaccionar. Finalmente, deja caer la mochila, se le acerca con movimientos pesados y se acomoda a cámara lenta. Una vez instalado, se fija en la botella de vino que continúa sobre la mesita.

—¿Quieres? —le ofrece Sara— Yo he bebido demasiado ya esta noche, pero me voy a echar un poco más. Es de la Contraviesa. ¿Has estado? Está cerca de la Alpujarra. Lo hacen los padres de una amiga. —Sin esperar respuesta, se sirve otra copa y bebe un trago.

Luis la observa, aún mudo. A Sara ese estado catatónico empieza a exasperarla.

—Jo, tío, vale que no te lo esperabas, pero ya está bien, ¿no?

—Llevo dos días imaginándome este momento —reacciona por fin—, y ahora no sé qué decir. —Habla despacio, como aturdido—.Tengo una pinta horrible, estoy hecho polvo y apesto.

Sara lo somete a un rápido examen visual.

—Sí, supongo que has tenido días mejores. —Bebe otro trago—. Yo también —añade, y fuerza una sonrisa.

Luis no está a gusto. Ni consigo mismo ni con la impresión que le transmite el comportamiento de Sara. Tiene la desagradable sensación de que son dos desconocidos sin nada en común, que su encuentro bajo las estrellas forma parte de un sueño irrecuperable.

—¿Por qué has venido? —inquiere Sara, cuyo estado de ánimo va saltando de un extremo a otro, en función de quién se vaya imponiendo en la batalla interna.

Luis preferiría que la charla se desarrollara en otro contexto, en el que ambos fueran dueños de sus palabras.

—Creo que los dos necesitamos descansar. ¿Por qué no quedamos mañana…

—Sé que hice mal largándome de esa manera… —Sara no parece escuchar. De repente nota una inmensa llamarada de tristeza que le sube desde el estómago y bebe para intentar sofocarla—. Pero es lo que hice, lo que tenía que hacer, y no tendrías que haberme seguido.

Habla sin mirar a Luis, sin mirar a nada, en realidad. Las palabras le salen entrecortadas. Él no quiere seguir por ahí. No quiere tener esa conversación en esas circunstancias. Necesita descansar, y ella, dormir la mona.

—Hablamos mañana, ¿vale? —Suena más a súplica que a propuesta.

Luis se incorpora dubitativo en el momento en que Aiman y Tere asoman tímidamente. Sara se mantiene ausente, repitiendo en silencio «no tendrías que haber venido», y conforme su cerebro pronuncia las palabras, siente el peso aplastante de la tristeza.

—¿Crees que esos matones nos dejarán llegar a la pensión? —pregunta Luis.

—Supongo que sí —responde Aiman sin demasiada convicción.

—Muchas gracias por abrirnos la puerta. —Luis se dirige a Tere, que asiente distraída, más pendiente de Sara que de otra cosa—. Necesita dormir —señala Luis.

—Lo sé. —«Y un abrazo», añade mentalmente, mirándola con preocupación.

Luis recupera su mochila y se despide.

—Hasta mañana —pronuncia, con creciente desasosiego. Tiene la sensación de que está dejando pasar una oportunidad, quizás la única—. Por cierto, la vista desde la ventana es preciosa —añade, como quien lanza un cabo que sabe que nadie va a recoger.

Sara no responde, absorta en su letanía. Tere se adentra en el pasillo y los jóvenes la siguen. La mano de Luis, agarrada al marco de la puerta del comedor, es la última en ceder a la lógica; sus dedos rememoran el encuentro fugaz con los de ella y quieren que haya una segunda vez.

—No tendrías que haber venido —murmura Sara, cuando ya no la escucha nadie.

…………………………

A pesar de lo cansado que está, Luis no puede dormir. Se remueve en la cama, que esperaba más incómoda teniendo en cuenta el aspecto destartalado de la pensión. La imagen de Sara, tan diferente a la que se le grabó en el corazón bajo el cielo del Pirineo, lo perturba; esa forma de mirarlo sin verlo, y el tono desencantado de su voz lo persiguen desde que salieron del piso. «Estaba muy tocada por el alcohol», intenta justificarla, «y tú tampoco has estado lo que se dice brillante», se repite mientras no deja de dar vueltas sobre las sábanas.

Decide finalmente ducharse, con la esperanza de que el agua fría lo relaje lo suficiente como para dejar de martirizarse. Pero aunque el agua arrastra el polvo y el sudor, no consigue llevarse las malas sensaciones. Limpio y refrigerado, vuelve a tumbarse, y con él la imagen de Sara, esas dos Saras tan diferentes. «¿Por qué lo haces? ¿Por qué insistes? ¿Qué la hace tan especial como para que condicione tu vida de esta manera?» Luis se escucha hacerse esas preguntas, y sabe que la respuesta lógica a todas ellas es abandonar, volver a casa y retomar su vida, más después de una noche que le ha dejado tan mal cuerpo.

Tras revolverse unos minutos más, empieza a desesperarse. Se incorpora y se queda sentado en el borde de la cama, con el sudor corriéndole desde la nuca, columna abajo. Agacha la cabeza y se lleva las manos a la cara, con los codos apoyados en las rodillas. Se pasa los dedos por el pelo mojado. Y entonces se cuela en su cerebro la mirada de Laia, aquella otra mirada triste y decepcionada.

A Luis le cuesta reconocerse en aquel tipo tan obsesionado y preso de los celos que había orientado toda su existencia a no perder a la mujer que conformaba su mundo. «Lo estás volviendo a hacer». La certeza le provoca un escalofrío.

Se levanta y se dirige a la ventana, con un cigarrillo entre los dedos y la llama azulada del encendedor dispuesta a hacer su trabajo.

La ventana da a un patio interior sin encanto. En frente, la parte trasera de un bloque de pisos, en el que la única luz encendida, que surge de la ventana más alta, le da el aspecto de un gigantesco y vigilante cíclope de cemento. Luis cree distinguir a una mujer asomada en camiseta de tirantes. También fuma, según revela la minúscula lucecita titilante a la altura de su cabeza. «No soy el único al que le da por comerse el tarro de madrugada», se consuela el joven.

La ingesta de humo nubla por unos minutos los pensamientos inquietantes. Cuando apura el cigarrillo, la reacción instintiva es lanzar la colilla al vacío, pero de nuevo el recuerdo de Sara, de su rapapolvo bajo la luna, lo detiene. Entonces la apaga contra el alféizar y «qué coño», murmura, para acto seguido despedirla con rabia, como quien decide incumplir una norma absurda.

El cíclope ha decidido irse a dormir, o al menos ha cerrado el ojo. El cerebro de Luis, en cambio, sigue bullendo. «¿De verdad que no soy capaz de actuar sin seguirle los pasos a alguna tía?» La Sara ausente de esa noche empieza a perder protagonismo, desplazada por la que conoció en el Pirineo, y Luis vuelve a sentir el impulso que lo empujó a recorrer el país de norte a sur, tras ella.

—No, no lo soy —susurra mientras da media vuelta y regresa a la cama.

…………………………

Sara se despierta llorando. El llanto le brota incontrolable. Gime por el dolor que le invade el corazón. Durante un par de minutos eternos no es consciente de que ya no duerme y que la imagen de su hermana, despidiéndose, sonriente y serena, en la cama del hospital, despidiéndose para siempre enredada entre cables, es una recreación de su cerebro cruel.

Poco a poco se da cuenta de que han pasado muchos años de aquello, que estaba soñando, y el torrente de lágrimas reduce el cauce hasta detenerse. Está desorientada. No está en su cama. Tarda aún un poco en comprender que se ha quedado dormida en el sofá. Y entonces recuerda la velada regada de vino, el extrañísimo reencuentro con Luis, su tristeza inmensa, el abrazo de Tere antes de irse a dormir. «Estoy bien, no te preocupes. Sólo necesito pensar un momento». «Piensas demasiado», le responde su amiga, acompañando sus palabras con una tierna caricia en el rostro.

Y ahora, una vez recuperado el control, nota el horrible pinchazo que le taladra la cabeza.

—Dios, cómo me duele.

Sara se levanta con torpeza, tropieza con una botella vacía y se golpea el dedo meñique del pie derecho contra la pata de la mesita, arrancándole un alarido que consigue ahogar antes de que despierte a todo el vecindario. «Por lo menos, ahora ya no me duele tanto la cabeza», se consuela, camino del cuarto de baño, rezando por que quede paracetamol.

—Qué desastre —murmura al verse en el espejo.

Encuentra la pastilla, se la mete en la boca y bebe un trago de agua directamente del grifo. Se lava la cara, se seca y cuando vuelve a ver su imagen reflejada, se fija mejor en los tristes ojos hinchados y enrojecidos.

—Qué desastre —repite.

Nota entonces la presión en la vejiga y, con parsimonia, se sienta en el wáter. «¿Qué vas a hacer, Sara?», se pregunta mientras en su cabeza se reproducen las escenas que acaba de revivir. Arranca un trozo de papel higiénico y se queda con él en la mano y la mirada perdida, buscando respuestas en el enlosado. Un pececillo de plata, que ha visto interrumpida su ronda nocturna a la caza de restos orgánicos o sintéticos que llevarse a la boca, entra en su campo de visión y los ojos de Sara lo siguen en su búsqueda de refugio que lo proteja de la luz.

—Merche —pronuncia.

No sabe por qué el bicho ha trasladado su pensamiento a los viñedos culpables del vino que ha provocado que un martillo invisible le aporree las sienes, y a recordar la entusiasta propuesta de Tere sobre pasar unos días con ella en la Alpujarra.

—Por qué no —concluye.

Entonces siente la necesidad imperiosa de comunicarle la decisión a su amiga, de forma que cuando sale del cuarto de baño, renqueante por el dolor en el pie, se dirige a su habitación.

Continuará…

Lo abandonó en el mes del amor…


A pesar de estar perdido por largas noches en el desierto aún respiraba. Marcos nunca encontró el oasis. Lucía delgado, harapiento, desconsolado. Sus labios en carne viva por saciar su hambre sangraban bajo la imponente superluna. Vagaba aturdido entre las noches sin horizonte. Estaba tan vacío que solo las migajas de su silencio lograron llenarlo.

El otro


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Raúl se detuvo al frente de la puerta. Miró para todos lados antes de sacar la llave y abrirla. Se metió rápidamente. Miró por las ventanas para ver si alguien lo seguía, corriendo las cortinas de inmediato. Su corazón latía de manera acelerada. Su boca estaba seca, le sabía a metal. Se llevó las manos a la cabeza moviéndola de un lado a otro. Luego se tapó los oídos.

—Estoy seguro de que nadie me seguía —dijo.

—De nada se puede estar seguro en la vida. Tal vez haya alguien escondido —advirtió el otro.

Caminó sigiloso por el pasillo. Abrió todas las puertas, incluyendo las de los armarios y hasta la del refrigerador. No había nadie. El miedo lo paralizaba por momentos. Sollozaba. Se dirigió al baño, cerró la puerta y abrió el agua caliente del lavabo. El cuarto se llenó de vapor. Entonces metió las manos en el agua hirviendo. Con un cepillo y jabón se las estregó hasta que estuvieron enrojecidas. Agarró una toalla blanca para cerrar la llave. Se secó las manos y con los codos abrió la puerta para no ensuciarlas. Fue a la cocina para prepararse un emparedado. Miró sobre la encimera donde estaban los cuchillos. Faltaba uno.

—¿Dónde lo habré puesto? —se preguntó en voz alta.

—Nunca sabes en dónde dejas las cosas —contestó el otro.

—¿Cómo que no sé?

—Eres descuidado. Siempre estás distraído.

—¡Cállate! ¡Ya me tienes hastiado!

Risa. Esa fastidiosa risa. Furioso, abrió los cajones en busca del cuchillo extraviado. Mientras buscaba las carcajadas eran más y más fuertes. Estaba al punto del completo desespero, cuando recordó que había tomado el cuchillo para ponerlo en el cajón de la mesa al lado de su cama la noche anterior, cuando escuchó un ruido en el patio. Fue un golpe seco, como si alguien se hubiera caído en el patio. Fue al cuarto, miró en la mesa y allí estaba. Lo tomó en sus manos y por un momento dudó si debía dejarlo allí o devolverlo a la cocina. Se decidió por lo segundo. Alguien podía entrar en la noche e iba a necesitarlo.

Raúl volvió a mirarse las manos, le pareció que estaban sucias otra vez. Así que regresó al baño y repitió el ardiente ritual. Tomó el cuchillo y regresó a la cocina para hacerse el emparedado. Con cuidado abrió la envoltura del pan. Sacó el jamón, el queso y la mayonesa. Cuando abrió el pomo, le pareció ver algo que se movía en el interior. Fijó la mirada adentro del envase hasta que vio unos gusanos que se hundían y salían de la crema. Con horror, lo soltó desparramando el contenido por el suelo. Nervioso, agarró el papel toalla para limpiar. Apenas podía aguantar las ganas de vomitar. Arqueaba asqueado, mirando los gusanos que se levantaban a sacarle la lengua. Buscó el frasco de amonio, regando el detergente en el piso hasta el punto de no poder respirar. Cuando empezó a toser, se tapó la nariz y la boca, abrió las ventanas para que saliera el penetrante olor.

—¿No tienes hambre? —preguntó el otro.

—¿Qué te importa?

—Los gusanos son sabrosos. Si le sacas la cabeza te puedes chupar lo de adentro.

Ya no pudo más. Salió corriendo al baño a vomitar la bilis. No tenía nada en el estómago. No acostumbraba a comer nada en la calle, ni en el trabajo. Le daba asco no saber quién manejaba los alimentos y de dónde los sacaban. Había escuchado tantas historias. Cuando terminó se miró las manos y procedió a exfoliarlas de nuevo. En este punto, ya le sangraban las ampollas que con el tiempo se había causado.

—Échate alcohol —ordenó el otro.

—¿Alcohol?

—Sí, todavía tienes las manos sucias.

Raúl buscó en el botiquín el alcohol y se puso en las manos. Sintió un ardor terrible que le quemaba. Abrió la llave del agua fría y las metió, sintiendo algo de alivio.

—¿Por qué me engañas? —preguntó al salir del baño.

—Porque eres un tonto.

Raúl escuchó más carcajadas burlonas. Las manos le quemaban y sintió rabia. Buscó el cuchillo para acabar con la risa que lo aturdía. Fue entonces cuando escuchó el golpe seco de nuevo en el patio. Corrió hacia la ventana, entreabriéndola miró pero ya estaba oscuro. Antes tenía un foco que alumbraba el jardín, pero se había fundido. Estaba seguro de que alguien lo había dañado a propósito.

—¡Maldito sinvergüenza! —gritó, colérico.

—Sal a ver qué pasa.

—¿Cómo voy a salir si hay alguien afuera?

—¿Para qué quieres el cuchillo? ¿No es para defenderte?

—Sí, sí… claro.

Tenía miedo, mucho miedo. Tanto que estaba a punto de llorar. Buscó una linterna en la cocina, abrió despacio la puerta que daba al patio. Se armó de valor, del cuchillo y salió. Con la lámpara alumbró una esquina del jardín. Algo se movía allí. Caminó en dirección a lo que se movía. Otro golpe seco a sus espaldas. Se volteó rápidamente, mirando hacia la casa. Alguien lo espiaba por la ventana.

—¡Ya está bueno! —gritó—. ¡Sal de ahí!

Avanzó hacia la casa. Una bellota cayó del árbol y le dió en la cabeza. Pensó que alguien se la había tirado.

—¿Por qué te escondes en la oscuridad? ¡Da la cara, cobarde!

Raúl comenzó a gritar improperios. Tanto gritó que el vecino salió para ver qué sucedía.

—¡Mire, cállese ! —gritó el vecino—. ¿No ve que ya es tarde?

—¿Por qué no sale, le digo?

El vecino se asomó por la ventana y vio a Raúl con el cuchillo en la mano. Por supuesto que no iba a salir. Ese hombre era peligroso. Tomó el celular y llamó a la Policía. Cinco minutos después, llegaron cinco patrullas iluminando con sus luces azules y rojas el vecindario. Algunos vecinos salieron para mirar qué pasaba. Desde las patrullas, los uniformados pudieron ver al hombre que vociferaba insultos desde su patio. Se bajaron de sus carros y se reunieron para decidir qué iban a hacer con el hombre.

—¡Hay alguien aquí! —gritó Raúl agitando los brazos, pero la distancia y el ruido de los radios en las patrullas no permitieron que los agentes escucharan lo que decía. Lo único que podían ver era el brillo del cuchillo en la oscuridad.

—¡Señor, baje el arma! ¡Ponga el arma en el suelo! —ordenó uno de los policías.

—No lo hagas, Raúl… Es una emboscada. Lo que quieren es que no puedas defenderte —le susurró el otro al oído.

Raúl caminó hacia adelante sin soltar el cuchillo, sonó un disparo y cayó al suelo. Los policías corrieron hacia él para verificar si aún estaba vivo.

—Sigue con vida —afirmó uno de ellos—. Llamen a la ambulancia.

Cuando llegó a la sala de urgencias, el médico que lo atendió lo reconoció enseguida.

—Este hombre está enfermo —apuntó el galeno—. Padece una enfermedad mental.

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Centrifugando recuerdos (XIX)


Centrifugando recuerdos

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—Perdona por haberte hecho esperar tanto rato, pero es que nunca sé a qué hora voy a acabar.

Pese al cansancio evidente, el joven camarero no pierde la vitalidad. Ahora viste una camiseta roja, la camisa sudada de trabajo la lleva en una bolsa de plástico. Luis, sentado en un banco, apura el cigarrillo que finalmente decidió encender para hacer tiempo.

—No te preocupes. ¿Fumas? —pregunta, mostrándole el cigarrillo que sostiene entre los dedos, al tiempo que se incorpora y carga con la mochila que ha ido a buscar al coche.

—Ni fumo, ni bebo. Soy un chico sano. —Sonríe—. ¿Vamos?

Luis asiente y comienzan a caminar calle abajo.

—Por cierto, me llamo Aiman.

Se detiene y le alarga la mano.

—Encantado. Yo soy Luis.

Tras el saludo, caminan unos segundos en silencio. Luis está agotado y le cuesta pensar. Necesita una ducha, pero la necesidad de sueño es más apremiante. Levanta la vista y exhala la última bocanada de humo hacia las estrellas. Entonces, los ojos de Sara vuelven a colarse en sus pensamientos.

—¿Cómo es que te has venío a Graná sin tener sitio pa dormir?

—Buf… Es una larga historia, y perdona, pero es que estoy tan hecho polvo que incluso me cuesta hablar.

—Los hombres sólo hacemos locuras así por dos razones: por una mujer o por huir de una tierra donde no hay futuro. —Aiman hace una pausa para examinar brevemente el rostro de su acompañante—. Y tú no tienes pinta de huir de ningún sitio —concluye.

Luis le devuelve una sonrisa forzada. «Vaya, si resultará que el camarero es en realidad filósofo», piensa, pero no dice nada.

—Yo dejé a una mujer maravillosa en Marruecos para hacer fortuna en la tierra prometida —explica. El tono vital ha mutado en nostalgia. Durante unos segundos mantiene la vista fija en el suelo, pero enseguida vuelve a mirar a Luis, a quien la revelación le ha despertado interés—. Llegué en patera a Almuñécar, ¿sabes?

—Oh, vaya…

Luis no tiene prejuicios en cuanto al color de piel o la procedencia de las personas, aunque tampoco es un activista en favor de los derechos de los inmigrantes. Le incomoda escuchar comentarios xenófobos, pero no tiene una postura definida en cuanto a las políticas sobre extranjería. Desde luego, nunca había tenido un contacto tan directo con alguien que hubiera vivido en sus carnes el drama de la emigración.

—Perdona, no te molesto más con mis historias. Hablo mucho, pero desde que trabajo todo el día en el bar, sólo recito la lista de raciones, así que me tengo que quedar con las ganas.

—No pasa nada. Te comprendo. Por cierto, hablas muy bien el castellano.

—Lo aprendí en Marruecos, y aquí he ido a clases. Para poder trabajar tenía que hablarlo bien.

Mientras callejean por el Albayzín Luis piensa en lo diferente que puede ser la vida de las personas. Intenta imaginar lo que debe ser embarcarse en una patera, creyendo que al final del viaje te espera un mundo mejor, y que al llegar te des cuenta de que toda esa creencia se sostenía en ilusiones.

—Debió de ser duro —comenta.

—¿El qué?

—El viaje en patera.

Aiman suspira antes de contestar. La llegada a la playa, de madrugada, sin saber cuántos de sus compañeros seguían con vida, sin preocuparse, de hecho, más que por conservar la suya, no se le olvidará jamás.

—Mucho… —Mira a Luis, de nuevo con la sonrisa en los labios—. Pero mírame, ahora soy un hombre de provecho, con un sueldo cada mes. Muy pronto podré traer a mi mujer y formaremos una familia. Sólo necesito los papeles.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Tres años. Han pasao volando.

—¿Tres años viviendo en una pensión?

Aiman ríe al escucharlo.

—No, qué va. La pensión es una solución temporal. Vivía con unos amigos, pero hubo problemas y me largué hace cosa de un mes. La verdá es que ahora estoy mejor. La dueña es muy enrollá.

Los jóvenes caminan a buen paso por las callejuelas, despojadas ya hace rato de la incesante corriente humana. Los gatos se acicalan, exhiben su elegancia felina con la esperanza de engatusar a alguna hembra en celo o buscan comida. Un par de palomas temerarias picotean algún desecho, expuestas a convertirse en un suculento bocado.

Asomada aún a la ventana del comedor, Sara desvía la mirada de la Alhambra en el momento en que dos figuras pasan junto a la puerta del edificio. Son dos chicos, uno de ellos cargado con una mochila grande. Oye sus voces, salpicadas de risas, y entonces le da un vuelco el corazón. «No puede ser». Los sigue hasta que doblan la esquina. Unos segundos después aún los oye. Un escalofrío le recorre todo el cuerpo, erizándole el vello de los brazos, y siente un cosquilleo en la nuca. Está segura de que acaba de ver pasar a Luis. Ya no es una voz que surge del teléfono ni un mensaje de texto. Es él, en carne y hueso, y ha pasado bajo su ventana. «¿Adónde va? ¿Quién lo acompaña?», se pregunta, nerviosa.

—Yo me voy a la cama —anuncia Tere—. Necesito dormir la mona.

Sara no reacciona. Su amiga la observa y se da cuenta del cambio en su expresión corporal. No para de mover las piernas, poniéndose de puntillas y volviendo a caer sobre los pies descalzos, mientras que su espalda se balancea en un movimiento mecánico.

—Oye, no estarás pensando en tirarte… —No parece oírla—. ¡Sara!

—¿Qué pasa? —Ahora sí, el grito la hace girarse, asustada.

A Tere se le escapa la risa.

—¿De qué te ríes? Menudo día que llevas de gritos.

—Si es que estás empaná.

—Ya… —Sara duda si contarle lo que ha visto.

—A ti te ha pasao algo mientras tomabas el aire.

—No te lo vas a creer.

En ese momento oyen un revuelo procedente de la calle. Las jóvenes se miran extrañadas. «¡Corre!» El grito les llega alto y claro, y se precipitan hacia la ventana. Dos figuras aparecen tras la esquina del final de la calle, huyendo a toda velocidad. Enseguida Sara se da cuenta de que son Luis y su compañero. Aunque el alumbrado callejero no es demasiado eficaz, no tiene dudas de que son ellos. Otras voces se acercan.

—¡Eh, tú, moro de mierda! ¡No corras, que vas a pillar igual!

El embotado cerebro de Sara reacciona con celeridad, a pesar de todo; sin valorar las opciones.

—¡Eh! ¡Aquí arriba! —grita a los “fugitivos”. Luis la ve, pero no la reconoce. Al encontrarse con sus ojos, por lejanos que estén aún, Sara siente como si le estrujaran el corazón—. ¡Subid, rápido!

Tere se queda perpleja, y hasta que no recibe el codazo de su amiga no reacciona.

—¡Au! —se queja. Sara la fulmina con ojos asesinos— ¿Qué…? Ah, vale, sí, ya abro.

Abajo Luis empuja la puerta con ansia mientras a unos cincuenta metros un grupo de jóvenes con sed de violencia se abalanza hacia ellos.

—¡Abre de una vez!

—¡Eso intento!

Y entonces suena el zumbido salvador. La puerta metálica cede y se lanzan al interior del edificio. Luis tiene la suficiente sangre fría para asegurarse de que queda cerrada, mientras Aiman sube los escalones de tres en tres. Cuando se dispone a seguirlo, un golpe en la puerta le da un susto de muerte y le obliga a girar la cabeza. Allí está, con la cara aplastada contra el cristal, uno de los matones.

—¡Eh, tú, maricón! ¡Abre, que no te voy a hacer !

Enseguida se le unen las risas de sus compañeros, y varias manos empiezan a aporrear la puerta. Luis los cree muy capaces de romper los cristales y alcanzar el pomo para abrir, así que no pierde un segundo más y corre escaleras arriba.

—¡Eh, vosotros! —La voz de Sara atrae la atención del grupo—. Acabo de llamar a la poli —anuncia, con el tono más seguro que es capaz de impostar, al tiempo que sostiene el teléfono en alto.

—Uuuh, qué valiente —reacciona uno.

—Vaya con la amiga del moro y el maricón, está un rato buena.

—Oye, ¿por qué no abres y celebramos una fiesta? —propone otro, mostrando una litrona en una mano y un porro en la otra.

Los cinco ríen de forma jocosa. Sara trata de mantener el tipo, aunque está temblando. Le dedican todo tipo de obscenidades. Finalmente, cuando empieza a creer que no se irán, propinan algunas patadas más a la puerta y se alejan por donde habían venido, entre risas y comentarios desagradables. Como obsequio final, el tipo de la litrona la lanza con todas sus fuerzas y va a estrellarse a un par de metros de la puerta, sembrando la calle de cristales.

Cuando Sara se gira, Tere está dando la bienvenida a los dos refugiados, que acceden al comedor con timidez. Sara sigue temblando, en parte por el susto, pero también por el reencuentro con Luis, quien todavía no se ha dado cuenta de quién es su salvadora.

—Muchas gracias por abrirnos. No sé por qué la han tomado con nosotros, pero no os preocupéis, que enseguida nos vamos.

—Son unos cabrones —interviene Aiman, nervioso—, neonazis desgraciaos que se divierten apalizando a inmigrantes y gays. A mí ya estuvieron a punto de pillarme una vez.

—Sé quiénes son —confirma Tere—. Ahora os calmáis un poco y os tomáis algo antes de iros. —Dirige entonces la atención a su amiga—. Sara, te presento a Aiman y a… Ay, como has subido después no nos hemos presentado.

—Ya nos conocemos —anuncia Sara, ocultando a duras penas el mejunje de emociones que la asalta.

Luis se ha quedado de piedra. No puede creer lo que sus ojos se empeñan en mostrarle y es incapaz de pronunciar palabra. Tere se lleva las manos a la boca para ahogar una exclamación de asombro. Aiman mira a unos y otros y no entiende nada.

Continuará…