La mejor decisión: vivir


(Imagen: CC0 Dominio público)

Me dijeron que sería cosa de unos cuantos minutos. Que no sentiría nada con la anestesia. Me dijeron que era como un sueño y que despertaría un poco mareada y con un poco de molestia en el área de la incisión. Firmé unos documentos que leí rápidamente porque la enfermera se notaba con algo de prisa y decidí mirarlos por encima —como me habían enseñado en mi clase de lectura rápida—, estampando después mi nombre en ellos. Les dije que no quería sangre ajena, ni que conservaran la vida ayudada por un tubo. Si era mi hora, era mi hora y punto.

Siempre había visto la vida y la muerte de esta manera. Me había hecho a la idea de que, al morir, mis seres queridos y mis mascotas estarían esperándome, por lo que la muerte no me representaba un futuro tenebroso. Además, estaba convencida de que había cumplido con mis deberes terrenales y si era hora de partir lo aceptaría sin protestar.

Un simpático joven me llevó a una sala preoperatoria. Allí me explicó que me pondrían anestesia general y volvió a pedirme la firma. Este era el anestesista, que al parecer no confiaba en los documentos que había firmado con el hospital. Me dijo que en unos quince minutos empezaría mi operación. Exactamente a los quince minutos un grupo de personas entraron en la habitación. A todos se les veía dispuestos a hacer su trabajo. El cirujano se acercó a mí, acarició mi cabeza y sonrió.

—La veo en un ratito —dijo.

Me levantaron con una sábana hasta la mesa de operaciones y allí quedé acostada y con un frío tremendo. El anestesista habló con el cirujano en voz baja y este asintió. Puso algo en mi suero. Mis ojos se cerraron poco a poco. Luego sentí cuando colocaron un tubo en mi boca.

—Bien, ya está dormida —escuché al cirujano decir—. ¿Qué hora es?

—Son las 7:35 de la mañana, doctor.

 —Vamos a empezar. Alcánzame el escalpelo.

«Algo está muy raro aquí. Oigo todo. Siento todo. ¡Miren, yo estoy despierta!», pensaba intentando moverme infructuosamente. «¡Ayyyy!», sentí un pinchonazo superficial.

 —Sequen la sangre —ordenó el médico.

 —¡Qué raro! —dijo la enfermera—, la presión sanguínea parece estar subiendo.

«Sí, como no…», intentaba gritar, «¿No se dan cuenta de que estoy despierta?».

Un dolor terrible iba desgarrando mi estómago. Sentía que me iban desgajando poco a poco.

 —Dame las pinzas —ordenó de nuevo el doctor—. Nos falta poco para llegar al tumor.

«¿Pinzas? ¿Ahora me van a dejar todas las vísceras por fuera?», me dije, «Esto parece una película de terror, ¡carajo!»

—Sí, doctor… enseguida —contestó una muchachita con voz tan chillona que parecía que le estaban tapando la nariz.

—Noooo…. —dijo el médico frustrado—. Esto no tiene remedio. El tumor ha hecho metástasis. Le queda como mucho tres meses de vida.

 —¿Y qué va a hacer, doctor?

—Lo de siempre —contestó—. La familia tiene que creer que algo se puede hacer. Si les decimos que no podemos hacer nada será peor. Vamos a cerrar —suspiró.

«Con que nada… Auch, me duele… ¿Qué hacen? ¿Cosiendo? Deberían usar una aguja más fina. ¿Se creen que están zurciendo un cuero de vaca?».

Me pasaron a la camilla de nuevo y me llevaron al salón de recuperación.

###

Cuando abrí los ojos estaban mis hijos y mi marido. Llamaron a la enfermera, quien a su vez llamó al cirujano.

 «A ver con lo que viene el doctorcito…».

  —Doña Josefa, ¿cómo se siente?

  —Como si un grupo de estúpidos me hubieran abierto la barriga para nada.

  —¿Ah?

 —No me haga caso, doctor. Es que tengo un dolor horrible.

 —Pues ahorita mismo le digo a la enfermera que le inyecte un calmante.

 —Eso está muy bien… Pero ¿cuál es el veredicto?

—Señora, tiene cáncer, pero ahora hay tratamientos muy adelantados con los que podría alargar su vida.

 —Alargarla… ¿Cuánto tiempo?

—Varios meses…

—¿Cómo tres?

El médico se quedó turbado ante la exactitud del pronóstico de la mujer.

—No podría decirle…

—Yo sé qué hace su trabajo, doctor. Pero si me quedan tres meses de vida, no pienso pasármelos vomitando en un centro de tratamiento para cáncer.

 —¡Pero, mamá! —dijo el hijo mayor.

 —Pero nada. Esto está decidido. No hay nada más que hablar.

Tan pronto salí del hospital y me recuperé, decidí viajar el mundo, o por lo menos todo lo que pude recorrer en tres meses. Pasó el bendito término de caducidad y todo el mundo decía que lucía más saludable que nunca. Hice y deshice sin que nadie me reprochara. Trabajé toda la vida y los ahorros eran míos. A ninguno tenía que importarle una herencia. Cada uno que arreé como lo hice yo.

Una noche me senté en mi escritorio y la pasé escribiendo cartas a mis hijos y a mi esposo. Les conté el extraño suceso del quirófano y por qué había tomado la decisión de vivir con intensidad lo que me quedara. Estoy agradecida por el tiempo extra que recibí.  A eso de las cinco de la mañana me acosté junto a mi esposo. Al sentirme, se despertó.

 —¿Qué pasa, vieja? ¿Te sientes mal? ¿Quieres ir al hospital?

 —No, mi ángel. Solo quiero dormir contigo apretadita. Así como cuando nos casamos.

 —Je, je —rio él—. Siempre has sido muy pegajosa.

 —Lo sé, mi amor. Lo sé.

Me acurruqué con mi marido, como dos palomitas al amanecer. Él ni se dio cuenta cuando dejé de respirar.

Anuncios

Recuerdos imaginarios


Recuerdo imaginarnos tras varios años de incertidumbre y ocultismo; recuerdo preguntarme, ¿y si nos volviésemos a ver?

Desafortunadamente, esto hizo que mi cabeza no parase de preguntármelo, era como si necesitase que le contase un cuento para luego irse a dormir. Así pues, tras largos días de insomnio decidí contárselo —contármelo—.

Nuestro encuentro sería en una calle cualquiera, pues visitamos cada esquina de esta, nuestra ciudad. Todo se volvería más vivo, como si el inconsciente del corazón comenzase a latir por voluntad propia y sin atender a la consciencia.  Sin hablar, nos observaríamos durante unos minutos, recordando, anhelando, y detestando aquellos tiempos;  luego te preguntaría qué tal te va todo, mientras nos sonreímos; yo a ti, ocultando mi tristeza, y tú a mí, con total transparencia. Te abrazaría, sintiendo tu calor, olvidado ya, no intencionadamente, pero olvidado. Viendo el tiempo pasar, continuaría hablando contigo sobre nimiedades, huyendo de la despedida, aunque a la vez la desease. Sabría desde el principio que me quedaría toda la tarde hablando contigo, invitándote así a tomar un café. Puede que en la realidad no aceptases, pero me prometí un cuento feliz.

Iríamos a un bar diferente, inhóspito, para empezar desde cero. Te hablaría de mi familia, aquella que llegaste a conocer y a la que contagiaste esa cálida simpatía tan tuya. Te hablaría sobre mis sueños de recorrer el mundo y de cómo tenía ya planeado comenzarlo en verano; vería cómo tu cara comenzaría a irradiar aquella simpatía tan dulce y viva. Comenzaría así un soliloquio contigo de invitada en el que, inconscientemente, realizaría la tentativa de recuperarte.

Acabaríamos en la barra del bar, riéndonos de nuestros tiempos, de todas las discusiones convertidas en tonterías, de todos los buenos momentos, de cómo nos conocimos, de ti. Después, soltaría la pregunta: ¿te imaginas si todo hubiese salido bien y siguiésemos juntos? Sé que te reirías y que no responderías nada, mas en tu interior, al igual que yo, no pararías de preguntártelo.

Una vez algo achispados, te hablaría de mis sentimientos y te invitaría a que vinieses conmigo a viajar por el mundo, algo que teníamos pendiente de la otra vida, de nuestra añeja relación y sus promesas. Aceptarías, y te besaría, sé que no sería lo correcto pero no siempre lo correcto es mi correcto. Te invitaría a mi nuevo piso, alejado de ti y nuestros recuerdos, impersonal, indiferente. Haríamos el amor toda la noche, alocados como adolescentes, ilustrados como adultos.

Nos despertaríamos al día siguiente vivos, felices, como si nada hubiera cambiado y siempre hubiésemos estado juntos. Acariciaría tu sonrisa, tu pelo, tu todo. Te haría el desayuno y comenzaríamos a hablar de nuevo, pero desde el romanticismo y sus caminos.

Empezaríamos de nuevo, borraría aquel punto y final, para vivir en nuestro ayer eterno.

(Lo siento…).