Solo túneles vacíos


capilla

Capilla en ruinas. Foto de Julio Alejandre

El padre de Mariana había sido un marino de agua dulce que entró en la Armada por la puerta de atrás, es decir, haciendo oposiciones a los cuerpos auxiliares, y no estuvo embarcado más que unos pocos días durante el semestre que pasó en la academia naval de Marín. A pesar de no gustarle su trabajo, era celoso de su cumplimiento, y las veleidades de su espíritu inquieto las canalizaba por la senda del conocimiento. Le entusiasmaba informarse y aprender diferentes disciplinas, sin marginar a ninguna de su abanico de intereses. Lo mismo se empapaba un ensayo sobre filosofía que un manual de mecánica, se leía un libro de historia que un tratado de mineralogía. Le gustaban la numismática y la geografía, la jurisprudencia y la historia de la navegación. Un verdadero hombre del Renacimiento. Mariana lo recuerda metido en su pequeño y desordenado estudio, con varios libros abiertos sobre la mesa, ensimismado en su lectura o tomando notas en cuartillas sueltas. Para cualquier pregunta tenía una respuesta y, si no la sabía, la buscaba. De carácter serio y poco efusivo, como padre fue, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Su muerte fue el calvario de una enfermedad sin esperanza que la cogió desprevenida, cuando ella aún se sentía joven y era virgen en dolores y desgracias. Como un seísmo, zarandeó muros y cimientos, agrietó tabiques y arrambló con muebles y enseres domésticos, dejando la casa del alma rota y patas arriba. «Tu padre era nuestra ancla y cuando faltó fuimos un barco a la deriva», le diría su madre; y esa imagen metafórica habría de pervivir y multiplicarse en la conciencia de Mariana: padre áncora, estay, roca, padre piedra y padre cimiento, y casa y firmeza, y cuando murió se lo llevó todo consigo.

Mariana recuerda las salas impersonales del hospital militar, los pasillos alicatados hasta el techo por los que paseaba su abatimiento, los marineros de guardia en la entrada y las enfermeras militares, más acostumbradas a dar órdenes que a recibirlas. Recuerda el sillón de escay negro donde se acomodaba para leerle las aventuras del Marqués de Bradomín, que le gustaban mucho; el rostro moreno y chupado que la escuchaba con atención; las bandejas metálicas en las que servían la comida a los enfermos y los vasitos de plástico blanco para las pastillas; los camilleros desmañados, con el lepanto asomando por debajo de la bata, que venían a buscar a su padre para alguna prueba ingrata.

Recuerda su mirada perdida de los últimos días, cuando estaba atiborrado de calmantes; el funeral en el tanatorio del hospital, llena la pequeña capilla de uniformes azules, las voces comedidas y educadas de los hombres, los susurros de las mujeres, a su madre recibiendo los pésames hecha un mar de lágrimas, el ataúd con la tapa levantada y el cuerpo de su padre amortajado con el uniforme de teniente coronel, tres galones dorados sobre fondo blanco.

Pero sobre todo recuerda aquel dolor que la iba resquebrajando por dentro, que era como un gusano barrenador royéndole las entrañas y dejando solo túneles vacíos.

La otra literatura

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El viaje del clavel


“¿No ves que todo es blanco? No quiero que me recuerdes, ni de blanco ni de nada. Ni cuando me vieron. Todo es blanco y me recordarán de blanco, pero tú no. Cállate para siempre y no hables hasta que no haya nadie más con quien hablar. Esas flores que me trajiste, tan blancas. Esos claveles mustios. Los claveles son para las tumbas. ¿Es que no lo sabías? No deberías haber venido. Eres siempre lo mismo. Estoy harta de ti. No hables. No quiero que hables. Olvídame y no hables”.

“Los claveles son para las tumbas”, lacónica mirando el florero junto a su cama del hospital. Bienvenidas las gentes al tanatorio más triste (el del casi final). Cuanto más absurda es la vida, menos soportable es la muerte, como diría Jean-Paul en un momento de debilidad y eso que tampoco había conocido a Polimnia. “Ni siquiera me dejan fumar”. Alguien tuvo que pensar que no sería lo más acertado soltar un chascarro. “Pol, ¿cómo vas a fumar en el hospital?”, le decía Casandra, “¿Para qué son esos barrotes de la ventana?”, respondía a la gallega, “¿No ven que esto es una última cárcel? Te prohíben fumar y te prohíben comer lo que te dé la gana. Por poco no te prohíben respirar”, “Están ahí para atenderte”, intervino Job, jugueteando impaciente con el móvil en el bolsillo, “Cállate, qué vas a saber tú. Llevo aquí dos semanas y no me han dejado salir. Fuertes cabrones… Están aquí para tenerme encerrada, no para atenderme. Para lo que nos queda a los que estamos aquí y están esos cabrones jodiendo lo más grande”, fue la tos, sí, fue la tos lo que dejó a todos en un silencio impenetrable, aunque el viento de fuera y una silueta recortada contra la ventana, respirando.

“Me recordarán de blanco”, rectificó después del ataque leve. “Te recordaremos siempre, mi niña, da igual cómo”, dijo Clío, insegura porque Job, correctísimo Job, siempre educado, la mandó callar con la mirada mediante esa mirada de marimandón que ponía cuando algo lo alteraba. La muerte lo alteraba. Respiraban muerte vestida de blanco que desprendía Polimnia y que asimilaban las paredes como manchas de humedad o polvo sobre la mesita auxiliar y la butaca para que durmieran las visitas en esa postura tan incómoda de quedarse dormidas leyendo.

En los bares, nadie había notado su ausencia, aunque fuera sonado que no estuviera. En aquella época, en los bares se concentraban solo grupos de gente conocida que se conocían entre sí. Durante esos arrebatos de adquisición de identidades étnicas diferenciadas, se preguntaban cosas, se discutían temas importantes, se ofrendaban regalos o se disputaban premios y se establecían enlaces intertribales. “¿Dónde está Polina? ¿Le pasó algo?”, al menos la camarera se acordaba de la chica y de su nombre (más o menos), de la mujer y de la conjunción de símbolos fonéticos que la identificaban (en una aproximación sorprendente). Gran detalle por su parte. “Está de viaje”, era la contestación estándar. Con el tiempo, Clío se empezó a quedar a dormir sin leer en la butaca y no fue más a los bares. “¿Dónde está la otra, la que vino una vez con la guitarra?”, pero también estaba de viaje. “Se pegan la vida padre ustedes, ¿no?”. Gran detalle por su parte.

Mientras Job y Casandra seguían en los bares pululando, Polimnia habló a Clío. En aquella época, se aprovechaba la soledad compartida para conjugar reflexiones. “Ya verás cómo no es nada, mi niña”, lloraba Clío, “¿Cómo no va a ser nada? ¿Tú eres boba o qué? Me recordarán ustedes, pero él… De todos modos, ya oíste lo que dijo la médica”, “Ya, pero a veces se equivocan”, “Y a veces el cielo no es azul. Nada es evitable, Clío. Mira, me recordarán, ¿verdad? ¿Me recordarán de vez en cuando?”, Clío asentía inevitablemente, “Me recordarán de blanco, cuando me haya ido. Me recordarán de blanco como me vieron, no así, sino cuando me vieron. ¿Recuerdas?”, “Sí, sí, sí”, inevitablemente, “Olvídenme hoy, recuérdenme mañana a través de hace un mes, sí, eso es lo que tendrían que hacer. Yo ya no estaré, pero podrán recordarme y creo que es la única forma de que siga estando con ustedes en los bares”. El sol anochece en invierno y no cae. Se mantiene bajo el cielo y se apaga antes de perderse por detrás de la tierra. Pasa el tiempo, como siempre, pero más denso. “¿De qué te ríes tú?”, Polimnia hace el ademán de encenderse un cigarro porque le ayuda con el mono, “Me acabo de acordar de que Job y Casi le dijeron a la camarera de los bares que estamos de viaje y que por eso no andamos por allá”, “Anda que vaya machangos”, “Es para que no pregunte nadie”, “Y, el día que vuelvas, ¿vas a tener preparadas las fotos?”, “El día que volvamos”, “No digas tonterías”.

“Nos va a sobrevivir a todas”, indicó Casandra. “No digas tonterías. Eso es la esperanza, que mata antes que la muerte”, “Y muere antes que la vida”, completaba Casandra cuando Job imprecisaba. Cerveza de espuma a retales sobre el vidrio. Las mesas sucias, el billar. Vieron que se acodaba en la barra alguien conocido, saliendo de una puerta blanca que frecuentaban demasiado, pero lo ignoraron. “¿Un ron?”, “Por qué no”. Borrachos se desdecían y pasaban a esperanzarse y a olvidar que su situación era otra, que estaban luchando a favor de su enemiga y no tenían fuerzas para darse la vuelta y darse cuenta de que, quizá, habían estado pegando tiros al aire (hacia su propio barrio y no hacia el otro). Ese mismo viernes, Job tuvo que decir que Casandra se había ido de viaje hacia poniente, porque se había quedado dormida una noche en la butaca y había decidido quedarse a pasarlas todas allí. Job era reticente a aceptar que el blanco fuera un color soportable (o tan siquiera un color), cuando era su ausencia.

En aquella época, ya podía escucharse música tan a distancia y en cantidades tan enormes, que se sabían nombres que resultaban desconocidos. Hoy escuchaban un tema de Kurt Rosenwinkel como podían haber estado escuchando a Herbie Hancock,  mañana escucharían algo de Daniel Foder y compañía como si estuvieran escuchando a Chico Hamilton. Las horas pasaban entre la música y la tos, con las rejas de la ventana de fondo y el enfermero yendoiviniendo. Los minutos también pasaban, pero desapercibidos. La respiración pausada de una sombra apoyada en una esquina, junto al dintel del baño, detrás de la butaca. Al echar cincuenta céntimos a la máquina de café, el móvil de Casandra timbraba y era descolgado y la voz de la madre de Clío entre lamentos, aiminiña, aiminiña, al volver a casa Clío y una moto, nada que hacer y solamente llorar, predicando con su ejemplo llorar, llorar como si sin lágrimas se pudiera seguir o se pudiera seguir llorando, ahora ya es tarde, será mejor que bote este café hediondo y suba a decirle a Pol.

Job y Casandra lloraron juntos toda la noche (se había predicado con el ejemplo, la palabra entrecortada había sido esparcida). Por sobre los bares, lloraron. “Subí y tuve que decirle que… Tuve que decirle que Clío se fue de viaje”, “¿Crees que se lo creerá?”, “Da igual lo que yo crea, Job. Lo importante es que no sufra más”, “Sí, eso es lo importante. Es lo más importante, creo”. La camarera de los bares los vio llorando, pero no dijo nada. Gran detalle por su parte. Había un cierto respeto en el fondo de las jarras que iban vaciando con la parsimonia del llanto que dormita.

Job aceptó el blanco como la ausencia de color y asumió algo que no sabía qué era. Las noches se entrecruzaron y se tornaron iguales, sonaban el subsuelo y los estados de ánimo del jazz, sonaba la neblina azul y, a veces, hasta se les colaba la muerte de un hombre corrupto (pero se les había muerto la música). Job pellizcaba los pétalos de los claveles ya marchitos para tranquilizarse. La monotonía lo alteraba (como la muerte). Cuando era Job quien se quedaba en la butaca, puesto que ahora se turnaban, Polimnia y él discutían sobre la utilización de los impuestos directos para asuntos que no eran su objetivo legal, sobre Catalunya (cómo no), sobre qué era mejor, si Siete y a casa o si Aguere y hasta la muerte (Job aquí se alteraba porque la muerte), sobre otras muchas cosas sin importancia, sobre sí mismos, sobre todo, sobre la vida, sobre todo sobre la vida. Job nunca se atrevió a preguntarle quién estaba con ella en silencio cuando bajaba a comer o cuando iba a casa a decirle a Casandra que era su turno. Eso no era parte de la vida o eso creía él. Cuando era Casandra quien se quedaba recostada sobre el forro sintético, leía capítulos de novelas y relatos a Polimnia, que prestaba atención a la voz de Casandra, al cuello de Casandra, a la boca de Casandra y a su lengua, a los movimientos que hacía, a las manos que sujetaban el libro, a los dedos de Casandra que sobresalían por encima de las cubiertas, a las pupilas correteando de izquierda a derecha y, fugaces, de derecha a izquierda, iba observando con paciencia su progresión lógica hacia la postura incómoda de quien se queda dormido leyendo y, aun entonces, permanecía durante un tiempo contemplándola, hasta que se le olvidaba por qué lo hacía (si por la mentira o si por lo otro), cerraba los ojos y dormía.

Casandra estaba convencida de que Polimnia las sobreviviría a todas. En casa, sin la butaca y sin el blanco, a solas con un gris omnipresente, omnisciente, omnividente, omnisilente, el silencio omnigrisáceo que le consumía la voz de la lectura de cuentos, dejaba la mirada fija, oliendo el aliento que le expiraba en la nuca un cálido sabor de hastasiempres que eran hastanuncas. El ron sin hielo daba vueltas en el vaso y se calentaba. Su mano distraía al frío del licor y se lo llevaba al pecho, donde nada podía hacerse, como Clío, como Polimnia, pero Job. Al menos, Job. Todas menos Job. No entendería. Sería mejor para él comprender, pero no lo haría. Al menos, no ahora. Al menos, Job ahora no. Las sobreviviría a todas, menos a la sombra. Casi era una obligación que las sobreviviera, aunque la sombra. Casandra estaba convencida y tan cansada. Fue al baño y el vaho empañó las paredes, el espejo y las retinas reflejadas en el espejo, el vaho y otra cosa siempre indefinible e indefectible. Pero Job, al llegar a casa.

“Hace dos días que no viene Casi”, los cambios se percibían más intensos en la blancor inmaculada de la luz refractándose en el polvo que flotaba en su pieza del hospital, sobre la cama de sábanas blancas que reflejaban la penumbra que se entretejía en las rejas de la ventana, “Está de viaje. Se fue con Clío”, contestó Job, alterado, sin pensarlo demasiado, “Ya. Puedes quedarte aquí si quieres. Hasta que vuelva”, repuso Polimnia, tranquila, pensándolo demasiado. Polimnia creyó ver un fulgor repentino e incesante junto al lacrimal derecho de Job, que tuvo que ir al baño un momento.

En los bares, Job, ya solo, y la camarera que oteaba la única acción repetitiva del cuerpo de Job desde delante de las botellas de vodca, ginebra y ronmiel. Rememoraba el césped del campus de Guajara bajo el olivo quincuagenario, la fachada de la biblioteca general y la hierba, el tiempo en que Clío sonreía y Polimnia caminaba y Casandra era. Había más gente en ese tiempo, pero no importaba. Había más gente, como la sombra que entraba por la puerta de los bares y saludaba a la camarera y pedía una jarra y se sentaba a la misma mesa en la que Job rememoraba el tiempo en el que Clío y Polimnia y Casandra (y más gente, aunque no importase). “Creo que Pol sabe”, pronunció la sombra con su boca de silueta, “Creo que no podrás mentirle durante mucho más tiempo. Llegará el momento en que te pida verdad y tú no podrás dársela”, “¿Tú qué vas a saber? ¿Te has podrido el cerebro con el silencio o es que tu soledad es tan insoportable como tu vida? No me alteres, haz el favor”, “No vine a alterarte. Vine a aconsejarte. Desde que estudiamos, yo soy quien más cerca ha estado de Pol. Sabes que la conozco mejor que cualquiera. Sabes que la conozco mejor que tú. Ustedes pasaban mucho tiempo con ella, pero a mí no me hace falta estar con ella para saber lo que piensa”, “No me incluyas a mí y haz el favor de no meter a Casi”, una pausa que fue como si la voz de Job se hubiera ido de viaje (véase la metáfora recurrente). “Este no es tu sitio, Job. Te lo digo en calidad de amigo… Por lo menos, porque me acuerdo de que una vez lo fuimos. No es tu sitio, Job. Te alteras demasiado. Te pedirá verdad y no podrás dársela. ¿Por qué querrías, de todos modos? ¿Ella te la dio alguna vez? ¿Alguna vez llegó, te sentó en esa butaca negra maloliente y te dijo, con todas las palabras: «Mira, Job: Casandra y yo»”, pero un manojo de nudillos emblanquecidos surgió de debajo de una mesa húmeda y una silla se volcó y se oyeron gritos en los bares, la camarera estaba hecha una furia y a Job no lo dejaron entrar más, a pesar de todos los años que ibaivenía por allí. Gran detalle por su parte.

El frío del hospital era más intenso y más hiriente que el de la brisa de la calle, así que Polimnia no debería de preguntarle por qué los guantes de lana, aunque para taparse ciertos cuatro rasguños estratégicamente distribuidos entre cuatro nudillos de la mano diestra. Tampoco debería de preguntar por qué Job ya no le pedía permiso para escaparse una noche de viernes a los bares para echarse un par de pares de jarras. A ella le venía mejor que Job iniciase el ritual de quedarse dormido en la butaca, sin inquisiciones innecesarias. Hablaban poco. No como antes, al menos. Al menos, no como antes. Así estaban las cosas y el otoño iba cruzando por la ventana como el viento negruzco de una locomotora arrastrado por un humo implacable. Al comienzo estaba el silencio. El silencio es el señor. En el seno del silencio reposaba el sonido que no parecía despertar a pesar de los intentos de Malász por que así fuera. El encuentro con la sombra había alterado a Job más allá de lo que él mismo supuso cuando acabó la noche. Soñó pesadillas incoherentes y sinsentidos aterradores hasta que consiguió despertar en la madrugada de una luz lánguida y moribunda.

Polimnia tenía los ojos clavados en él. Job se alteró (porque, en fin). “¿Qué soñaste?”, “Nada. Fue una pesadilla estúpida”, “Las pesadillas suelen tener parte de verdad. Son como actorreflejos del cerebro, como los sueños, pero vienen de más adentro, creo, de lo oscuro que hay entre las costillas”, no preguntes sobre la verdad, se pensaba Job, no preguntes, “A veces dices unas cosas que no hay quien te entienda, Pol”, sonrió mal, no preguntes, no preguntes, “Sí que me entiendes. La verdad nos persigue. Solo le vence el tiempo, que la va acorralando hasta que la hace revolverse y combatirnos”, no pre-gun-tes, no pre-gun-tes, “No sé de qué me estás hablando. Pol, basta ya”, nopreguntes, nopreguntes, Job alterado y “Mira, no sé qué quieres que te diga”, “Podrías empezar diciéndome qué haces con guantes si no hace tanto frío. ¿Qué te crees? ¿Que no le vi la cara, que no le vi el golpe en el cachete?”, “Se lo merecía”, “Eso no lo dudo”. El aire era tan pesado y Job estaba tan alterado que temió fundirse con el aire y que el poco oxígeno que le quedaba lo sustituyese y diese una respuesta frenética. “Tú y Casi”, le soltó. Polimnia permaneció callada durante más de un instante, pero al cuarto quiso responder y “Los viajes. Clío me habló de los primeros viajes. No me quieres contar, pero yo ya sé. Solo quería que me recordaran de blanco y ahora mira. Los viajes. Sé por qué Clío y Casi están de viaje, lo sé perfectamente. Quizá tú también deberías irte de viaje, quizá por otros motivos”, “¿No me quieres aquí?”, “Eres tú quien no se quiere aquí. Vete de viaje, Job. Haznos un favor y recuérdame de blanco allá adonde vayas”.

“Ya no queda nadie con quien hablar. ¿Me hablarás ahora?”, “Tú echaste a todo el mundo”, “No tuve nada que ver”, “Y la herida en tu mejilla, ¿a qué viene? ¿Desde cuándo no tener nada que ver se traduce en llevarse una piña?”, “Job habría acabado yéndose igual y lo sabes. Él sabía. No podías ocultarle la verdad durante mucho más tiempo. No llores. Sabías que él sabía”, “Tú deberías haber sido el único que se fuera de viaje. Estoy harta. Nadie me recordará, ni de blanco ni de nada. Quizá con el blanco desvaído de esta cárcel. Ni Clío ni Casi, eso seguro”, “No llores. Ya sabías. Yo te recordaré. Yo te recordaré de blanco, como tú quieres que te recuerden”, “Quiero que me recuerden, no que me recuerdes”. El silencio hizo acopio de voluntad y ocupó toda la estancia, se hizo papel de las paredes y refugio en la humedad de las esquinas. La sombra se levantó y caminó hacia la puerta, dispuesta a recordarla de blanco, pero no a volver a apoyar una mano en la butaca negra ni un hombro en el dintel de la puerta del baño. La puerta se abrió con un chirrido del pomo. “Podrías traerme otro ramo de claveles”, le dijo ella en un susurro arrepentido. “Los claveles son para las tumbas”, respondió la sombra con su boca de silueta. Con el tiempo, ella acabó yéndose de viaje y, si Job quiso olvidarla, la sombra quiso recordarla como ella nunca quiso que lo hiciera: del blanco desvaído de los claveles muertos.

Recuerdo 1.1


Hay una vida de ángel

la que nuestras almas comparten en algún lugar ignoto.

No,

no voy hablar como esos románticos.

Soy un cobarde que se esconde tras frías estatuas.

Estaría arriesgando el orgullo que puede acumularse en demasiados años.

 

(Fotografía del autor).

Besos y caricias imborrables


La Habana, octubre 12 de 2017

Pensé que solo vos me extrañarías.
Pensé que solo vos me recordarías,
pero un apabullante y exasperante cúmulo de sensaciones,
placeres y recuerdos me tienen loco y añorándote.

Mi cuerpo y mi ser se abruman con tu impecable y sencilla ausencia.
En ese momento me corroe una vil y mágica sensación
que reafirma que tus besos y tus caricias son imborrables
de mi ser, de mi mente y de mi corazón.

Besos indelebles que me recuerdan que esas caricias
tan sofisticadas las creas diaria y exclusivamente para mí.
Caricias melosas y escabrosas que me reavivan la sensación
de aquellos besos extenuantes que calientan y trastocan
cada milímetro de mi piel y escandalizan a todo mi ser.

Besos y caricias imborrables que hoy
son mi único antídoto para aplacar la tristeza
de no estar junto a vos, mi hermosa mujer manabita.

Naranja Atardecr

«Atardecer en San Jacinto, Manabí (Ecuador)», fotografía por Alejandro Bolaños.

Dos veces uno


De repente todo le pareció tan familiar: el dolor en los hombros, el ardor en las muñecas, el olor a orín y polvo. Quiso hablar, pero la cinta americana le impedía hacerlo. Tenía cubiertos los ojos y sentía la textura de una tela burda y tiesa en sus dedos. Tampoco podía mover las piernas, estaba atada de los pies. Todo le resultaba en un recuerdo; no como un dèjá vu que ofrece el beneficio de la duda, sino como algo ya vivido, algo que había estado oculto en su memoria y regresaba en ese momento. Quiso abrir la boca de manera que la cinta se despegara, pero fue en vano; tenía varias capas que se lo impidieron. Intentaba jalar más aire, sentía una de sus fosas nasales tapada. El terror le acometió cuando escuchó una voz. Esa voz que odiaba porque tenía el control sobre ella y no por mandato, sino por intimidación.

     —¡Tranquila, hija de la chingada…! Enderézate, ándale, así —dijo la voz al tiempo que la sujetaba por los hombros doloridos y le quitaba los mechones de cabello de la cara. Ella tenía pánico de volver a sentir sus manos como la vez anterior por lo que dobló su tronco lo más que pudo, intentando protegerse.

     Todo había vuelto casi a la normalidad después de esos infernales veintisiete días. Volvió a salir con sus amigas, regresó a su trabajo en la oficina, no pudo seguir con su novio por el rechazo de él después de que ella le contara los pormenores de su ausencia. Ese terrible recuerdo se iba diluyendo a pesar de todo. Nadie le preguntaba nada y eso le ayudaba mucho.

     —¡Que te endereces, carajo! ¡¿Qué no entiendes?! —rugió la voz mientras le levantaba la cabeza tirando de los cabellos.

     Iba con Yuse, su mejor amiga, al nuevo centro comercial, solo a recorrer las tiendas de ropa y tal vez a arreglarse el pelo en la estética de Valentino.

    —¿Y si comemos algo antes de ir con Valentino, Fer? —dijo Yuse.

    —No sé. Ya es un poco tarde, pero dicen que no es bueno que te corten el pelo después de comer —replicó ella, abriendo los ojos en gesto de cómico horror.

     Rieron juntas. Yuse manejaba y se alegraba de que la avenida principal estuviera despejada. Pisó el acelerador un poco más. Antes de tomar el paso a desnivel para acceder al centro comercial, un vehículo les cerró el paso, colocándose frente a el coche de Yuse y disminuyendo la velocidad.

     —¡Idiota! —gritó Yuse.

     —¡Muévete, muévete! —exclamaba Fer, sospechando que algo ocurriría. De inmediato enmudeció cuando vio que del vehículo bajaron tres hombres con armas en mano. Se quedó de una pieza, bloqueada. La bajaron a jalones del coche. «¿Estaba pasando otra vez o era una pesadilla recurrente?», pensó Fer.

     No supo qué había pasado con Yuse. En el vehículo iba agachada, custodiada por los flancos por dos de los hombres. Uno de ellos le clavaba el arma entre las costillas y un seno, mientras con el brazo recargaba todo su peso en la espalda. En un paraje de la carretera federal a Cuernavaca —ella reconoció el lugar—, el auto se detuvo. Fer comenzó a temblar de manera incontrolable. La amarraron de pies y manos, le cubrieron los ojos y la metieron a la cajuela del automóvil. Siguieron su marcha. No tenía noción del tiempo. Sintió que se detenían. Abrieron la cajuela y la sacaron de ahí. Comenzó a gritar lo más fuerte que pudo, pidiendo ayuda; recibió un par de golpes que la dejaron sin sentido.

     Ahora estaba otra vez en la misma situación, como en aquellos veintisiete días. No era un recuerdo emergente ni una pesadilla recurrente. Quiso jalar aire, pero la mordaza se lo impedía. Se quebró en llanto cuando escuchó a la voz decir:

    —Esta vez pediremos el doble de rescate.

     Después de callar los gritos nasales con un golpe, el secuestrador comenzó la negociación por teléfono.

1. En el principio, esto es lo que recuerdo


Recuerdo

2. Mi mente estaba oscura y desordenada. 3. Y sin saberlo creé mi primera arma