Besos y caricias imborrables


La Habana, octubre 12 de 2017

Pensé que solo vos me extrañarías.
Pensé que solo vos me recordarías,
pero un apabullante y exasperante cúmulo de sensaciones,
placeres y recuerdos me tienen loco y añorándote.

Mi cuerpo y mi ser se abruman con tu impecable y sencilla ausencia.
En ese momento me corroe una vil y mágica sensación
que reafirma que tus besos y tus caricias son imborrables
de mi ser, de mi mente y de mi corazón.

Besos indelebles que me recuerdan que esas caricias
tan sofisticadas las creas diaria y exclusivamente para mí.
Caricias melosas y escabrosas que me reavivan la sensación
de aquellos besos extenuantes que calientan y trastocan
cada milímetro de mi piel y escandalizan a todo mi ser.

Besos y caricias imborrables que hoy
son mi único antídoto para aplacar la tristeza
de no estar junto a vos, mi hermosa mujer manabita.

Naranja Atardecr

«Atardecer en San Jacinto, Manabí (Ecuador)», fotografía por Alejandro Bolaños.

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Dos veces uno


De repente todo le pareció tan familiar: el dolor en los hombros, el ardor en las muñecas, el olor a orín y polvo. Quiso hablar, pero la cinta americana le impedía hacerlo. Tenía cubiertos los ojos y sentía la textura de una tela burda y tiesa en sus dedos. Tampoco podía mover las piernas, estaba atada de los pies. Todo le resultaba en un recuerdo; no como un dèjá vu que ofrece el beneficio de la duda, sino como algo ya vivido, algo que había estado oculto en su memoria y regresaba en ese momento. Quiso abrir la boca de manera que la cinta se despegara, pero fue en vano; tenía varias capas que se lo impidieron. Intentaba jalar más aire, sentía una de sus fosas nasales tapada. El terror le acometió cuando escuchó una voz. Esa voz que odiaba porque tenía el control sobre ella y no por mandato, sino por intimidación.

     —¡Tranquila, hija de la chingada…! Enderézate, ándale, así —dijo la voz al tiempo que la sujetaba por los hombros doloridos y le quitaba los mechones de cabello de la cara. Ella tenía pánico de volver a sentir sus manos como la vez anterior por lo que dobló su tronco lo más que pudo, intentando protegerse.

     Todo había vuelto casi a la normalidad después de esos infernales veintisiete días. Volvió a salir con sus amigas, regresó a su trabajo en la oficina, no pudo seguir con su novio por el rechazo de él después de que ella le contara los pormenores de su ausencia. Ese terrible recuerdo se iba diluyendo a pesar de todo. Nadie le preguntaba nada y eso le ayudaba mucho.

     —¡Que te endereces, carajo! ¡¿Qué no entiendes?! —rugió la voz mientras le levantaba la cabeza tirando de los cabellos.

     Iba con Yuse, su mejor amiga, al nuevo centro comercial, solo a recorrer las tiendas de ropa y tal vez a arreglarse el pelo en la estética de Valentino.

    —¿Y si comemos algo antes de ir con Valentino, Fer? —dijo Yuse.

    —No sé. Ya es un poco tarde, pero dicen que no es bueno que te corten el pelo después de comer —replicó ella, abriendo los ojos en gesto de cómico horror.

     Rieron juntas. Yuse manejaba y se alegraba de que la avenida principal estuviera despejada. Pisó el acelerador un poco más. Antes de tomar el paso a desnivel para acceder al centro comercial, un vehículo les cerró el paso, colocándose frente a el coche de Yuse y disminuyendo la velocidad.

     —¡Idiota! —gritó Yuse.

     —¡Muévete, muévete! —exclamaba Fer, sospechando que algo ocurriría. De inmediato enmudeció cuando vio que del vehículo bajaron tres hombres con armas en mano. Se quedó de una pieza, bloqueada. La bajaron a jalones del coche. «¿Estaba pasando otra vez o era una pesadilla recurrente?», pensó Fer.

     No supo qué había pasado con Yuse. En el vehículo iba agachada, custodiada por los flancos por dos de los hombres. Uno de ellos le clavaba el arma entre las costillas y un seno, mientras con el brazo recargaba todo su peso en la espalda. En un paraje de la carretera federal a Cuernavaca —ella reconoció el lugar—, el auto se detuvo. Fer comenzó a temblar de manera incontrolable. La amarraron de pies y manos, le cubrieron los ojos y la metieron a la cajuela del automóvil. Siguieron su marcha. No tenía noción del tiempo. Sintió que se detenían. Abrieron la cajuela y la sacaron de ahí. Comenzó a gritar lo más fuerte que pudo, pidiendo ayuda; recibió un par de golpes que la dejaron sin sentido.

     Ahora estaba otra vez en la misma situación, como en aquellos veintisiete días. No era un recuerdo emergente ni una pesadilla recurrente. Quiso jalar aire, pero la mordaza se lo impedía. Se quebró en llanto cuando escuchó a la voz decir:

    —Esta vez pediremos el doble de rescate.

     Después de callar los gritos nasales con un golpe, el secuestrador comenzó la negociación por teléfono.

1. En el principio, esto es lo que recuerdo


Recuerdo

2. Mi mente estaba oscura y desordenada. 3. Y sin saberlo creé mi primera arma

Frascos


«Mar azul», por Crissanta.

 

Azul y frío,
así es ese recuerdo:
un mar delicado
surcado por hielo

que no responde al grito
o a los ruegos
bello y mudo,
atesorado.

Junto con el resto,
lo guardo en un frasco
de vidrio templado,
de cristales de llanto.

He coleccionado
cada triunfo sobre el daño.
He ordenado
el caos en frascos:

Allí está ella,
la que apenas despierta,
que se retuerce en miedo
y en alerta.

Está la que miraba a la ventana…
y sus trazos en escarlata.

Está la huida desastrosa.

El levantamiento de falsos,
el juicio y el fallo,
la cruel sentencia.

El vestido blanco.

Están, en los frascos,
gritos acallados
de terror paralizado
y el silencio forzado.

Los llené de lágrimas
y revelaciones,
de temblores
incontrolados.

Grité en su boca
maldiciones,
aullidos animales,
murmullos indescifrables,
lamentos de tristeza
y arranques de demencia

durante muchos años.

Y los frascos se llenaron.
Y las memorias se curaron.

Yo guardo los recuerdos
como triunfos
sobre el caos.

 

«Frasco», por Crissanta.

La piedra de la memoria


“¿Qué será de mí

cuando ya no tenga

mis recuerdos?”

Cleopatra, la alquimista

 

I

Me lo pregunto y me lo vuelvo a preguntar.

Me asusta olvidar la pregunta.

Me inquieta, ¿qué será de mí?

 

Voy a aprender.

Escalaré la pendiente

cuya cima es mi propio ser.

 

Cuando aprenda, volveré para crear

una piedra, una copia de mi esencia.

Un objeto viviente con quien recordar.

 

II

La piedra recuerda por mí.

Un objeto viviente con quien conversar

acerca de lo que fui.

 

Quiero que me cuentes como vivía.

¿Qué me hacía feliz?

¿Qué lucha me movía?

 

Quiero que me cuentes cómo olvidé.

¿Qué será de mí?

¿Qué deberé hacer cuando recuerde?

Memento fugaz

Memento fugaz


Recuerdos y quimeras


Recuerdo cerrar los ojos y soñar. Me adentré en mi mundo y él me recibió con sueños de colores y globos inflados con sonrisas. La felicidad se encontraba especialmente feliz y, con la ayuda inestimable de árboles de colores bajo el consejo de sus hojas y brisa, preparó una fiesta.

Un viejo halcón con cara risueña y patas repletas de naturaleza acercó la invitación a mi cama. Sonreí, le di las gracias y abrí el arcón de la ropa. Para esta noche decidí ponerme algo sencillo pero que llamase la atención nada más verme y saludarme. Quise mantener mi cuerpo tal y como lo conocen mis padres, mas me puse otro nombre; un nombre más extranjero y desconocido. Un nombre que es quien siempre anhelé ser sin yo ni siquiera saberlo.  Hoy me iba a llamar Travis.

Travis era yo, pero yo no era Travis.

Travis había observado desde su no-existencia mi vida, recogiéndola una vez caducada y haciéndola suya; sustituyendo mis reacciones por las que mi alma, amedrantada, jamás tuvo el valor de materializar. Todo desde un candor impropio en esta vida.

Su vida, mi utopía.

A la hora de cambiarme, decidí esconderme en una de aquellas gotas que su ‘T’ ocultaba y cuyo olor te lleva a un déjà vu vetusto y dulce.

Oteé mi vida siendo suya. Observé como Travis modificaba mi vida para luego obtener un Oscar como mejor remake del año.

En esta película, yo era una persona con un nombre sin miedo, un nombre que transmitía tranquilidad y seguridad. Un nombre que observaba sin juzgar a cada persona, objeto y sentimiento. Un nombre que, envalentonado, jamás dio la espalda a nadie y siempre fue respaldado en sus pensamientos y acciones. Un nombre que, desinhibido, reía cuando quería reír y lloraba cuando su corazón le imploraba hacerlo.

Un nombre vivo que vivía siguiendo las migas que mi alma abandonaba en pos de ser escuchadas.

Me alegré al observar todo esto, pues pude ver y casi tocar una vida repleta de quimeras cumplidas y sentidas por mi corazón, que latía a una velocidad pausada y apacible. Siempre fue agradecido.

Finalmente, en ademán de sentirme autorrealizado, me lo puse y fui a la fiesta. Fue el mejor sueño de mi vida, deseaba que no terminase. Me gustaba ser Travis. Y él lo sabía. Por eso, cual padre enseñando a andar en bici a su hijo, soltó los pedales de mi estómago en plena fiesta, para así ser él mientras Jose, que no tenía la culpa de nada, permanecía en mí como el rocío de una madrugada, reverberando en mi interior; convirtiéndolo en una fauna armoniosa y hogareña.

Me desperté amándome más que nunca. Ahora conocía a Travis en persona y, aunque mi nombre seguía siendo Jose, sé que puedo contar con él para lo que sea.