La piedra de la memoria


Donovan illumination
Ilustración: Blacksmith Dragonheart

«¿Qué será de mí

cuando ya no tenga

mis recuerdos?»

Cleopatra, la alquimista

 

I

Me lo pregunto y me lo vuelvo a preguntar.

Me asusta olvidar la pregunta.

Me inquieta, ¿qué será de mí?

 

Voy a aprender.

Escalaré la pendiente

cuya cima es mi propio ser.

 

Cuando aprenda, volveré para crear

una piedra, una copia de mi esencia.

Un objeto viviente con quien recordar.

 

II

La piedra recuerda por mí.

Un objeto viviente con quien conversar

acerca de lo que fui.

 

Quiero que me cuentes como vivía.

¿Qué me hacía feliz?

¿Qué lucha me movía?

 

Quiero que me cuentes cómo olvidé.

¿Qué será de mí?

¿Qué deberé hacer cuando recuerde?

Memento fugaz


Recuerdos y quimeras


Recuerdo cerrar los ojos y soñar. Me adentré en mi mundo y él me recibió con sueños de colores y globos inflados con sonrisas. La felicidad se encontraba especialmente feliz y, con la ayuda inestimable de árboles de colores bajo el consejo de sus hojas y brisa, preparó una fiesta.

Un viejo halcón con cara risueña y patas repletas de naturaleza acercó la invitación a mi cama. Sonreí, le di las gracias y abrí el arcón de la ropa. Para esta noche decidí ponerme algo sencillo pero que llamase la atención nada más verme y saludarme. Quise mantener mi cuerpo tal y como lo conocen mis padres, mas me puse otro nombre; un nombre más extranjero y desconocido. Un nombre que es quien siempre anhelé ser sin yo ni siquiera saberlo.  Hoy me iba a llamar Travis.

Travis era yo, pero yo no era Travis.

Travis había observado desde su no-existencia mi vida, recogiéndola una vez caducada y haciéndola suya; sustituyendo mis reacciones por las que mi alma, amedrantada, jamás tuvo el valor de materializar. Todo desde un candor impropio en esta vida.

Su vida, mi utopía.

A la hora de cambiarme, decidí esconderme en una de aquellas gotas que su ‘T’ ocultaba y cuyo olor te lleva a un déjà vu vetusto y dulce.

Oteé mi vida siendo suya. Observé como Travis modificaba mi vida para luego obtener un Oscar como mejor remake del año.

En esta película, yo era una persona con un nombre sin miedo, un nombre que transmitía tranquilidad y seguridad. Un nombre que observaba sin juzgar a cada persona, objeto y sentimiento. Un nombre que, envalentonado, jamás dio la espalda a nadie y siempre fue respaldado en sus pensamientos y acciones. Un nombre que, desinhibido, reía cuando quería reír y lloraba cuando su corazón le imploraba hacerlo.

Un nombre vivo que vivía siguiendo las migas que mi alma abandonaba en pos de ser escuchadas.

Me alegré al observar todo esto, pues pude ver y casi tocar una vida repleta de quimeras cumplidas y sentidas por mi corazón, que latía a una velocidad pausada y apacible. Siempre fue agradecido.

Finalmente, en ademán de sentirme autorrealizado, me lo puse y fui a la fiesta. Fue el mejor sueño de mi vida, deseaba que no terminase. Me gustaba ser Travis. Y él lo sabía. Por eso, cual padre enseñando a andar en bici a su hijo, soltó los pedales de mi estómago en plena fiesta, para así ser él mientras Jose, que no tenía la culpa de nada, permanecía en mí como el rocío de una madrugada, reverberando en mi interior; convirtiéndolo en una fauna armoniosa y hogareña.

Me desperté amándome más que nunca. Ahora conocía a Travis en persona y, aunque mi nombre seguía siendo Jose, sé que puedo contar con él para lo que sea.

Años


Dulce nombre el de la muerte,

que nos arrastra mientras recordamos

los sueños que perdimos vivos.

Mientras los números del calendario ya no gritan

y las heridas nos ahogan por las noches.

 

(Foto del autor)

«Recuerdo»: Convocatoria para autores


Actualización: La convocatoria ha terminado y agradecemos la participación de los autores. Información sobre los resultados finales aquí: ¡Gracias por participar en «Recuerdo».

¡Hola a todos!

Abrimos una nueva convocatoria sobre el segundo tema elegido para la antología ‘recuerdo’.

Recuerdo

1. m. Memoria que se hace o aviso que se da de algo pasado o de que ya se habló.
2. m. Cosa que se regala en testimonio de buen afecto.
3. m. Objeto que se conserva para recordar a una persona, una circunstancia, un suceso, etc.

Bases

  • Pueden participar exclusivamente los autores del blog saltoalreverso.com (lista completa aquí: Nuestros autores).
  • Para participar, los autores del blog deben publicar entradas con el tema «recuerdo».
  • Los autores deberán colocar la etiqueta (tag) ‘recuerdo’ en sus entradas.
  • Se admiten obras de poesía, relato y artes plásticas (fotografía, dibujo, ilustración, pintura).
  • Se considerarán las obras publicadas en el blog entre el 2 y el 31 de octubre.
  • Las obras deben tener una extensión máxima de 30 versos para poesía y 1200 palabras para relato.
  • Para las obras de artes plásticas, los autores deberán poder proporcionar su imagen (en caso de ser elegida) en un tamaño mínimo de 7.22 cm x 11.29 cm en una resolución de 300 ppp.
  • Debido a que la convocatoria es exclusivamente para autores del blog, no se aceptarán obras de autores externos por ningún medio.
  • Los entradas deberán seguir los criterios del blog (más información aquí: Ya eres autor).
  • La selección de las obras dependerá de la cantidad de obras presentadas y el espacio disponible en las páginas de la antología. El consejo editorial ayudará a elegir las obras que serán publicadas en la antología, en caso de que sea necesario.
  • Las votaciones quincenales quedan suspendidas hasta el 6 de noviembre.
  • Las obras publicadas hasta antes de esta entrada (es decir, las publicadas hasta el 30 de septiembre) formarán parte de la votación 18. El resultado de la votación 18 se dará a conocer el 23 de octubre. La próxima votación quincenal (19) incluirá las obras publicadas del 6 de noviembre en adelante.
  • Cabe mencionar que los autores pueden seguir publicando sobre temas distintos a «recuerdo», pero no participarán en ninguna votación durante octubre.

Imagen de fondo y destacada: Everything was so smooth por Roberto Cabral.

Legados que vivo y lloro


¿Dónde estabas
cuando quise tu abrazo?

¿Cómo no nadar
por ese arroyo salado
de tus ojos?

Algo que busco
y sólo puedo encontrar
tras arbustos.

Algo que viene conmigo
en cada capa de mi piel
y desvisto cada noche.

Mi herencia.

Esa que lloro
cuando recuerdo
y vivo
cuando me olvido.

Quizás fue un sueño


Foto Edward Polo
Photo by Edward Polo on Unsplash

Tic, tac, tic, tac, tic tac…. Oía el minutero del reloj de la cocina desde mi habitación. El silencio de la noche rebotaba y expandía su sonido por todo el piso, con una inquietante insistencia, como cuando se esparce el eco de tu voz en una casa recién abandonada.

¿Serían las tres o las cuatro de la madrugada? Quizás ya eran las cinco… Añoré las campanadas del pueblo de mis abuelos; te acompañaban puntuales en la soledad de una noche de insomnio; no en la ciudad. Pero yo no tenía insomnio aquella noche, ni tan siquiera me había sobresaltado por una pesadilla. Me desperté, sin más, aunque quizás ahora pienso que no fue una simple casualidad.

Estaba estirada en la cama, la ventana semiabierta dejaba entrar de vez en cuando una agradable brisa estival. Mis ojos abiertos, acostumbrados ya a la oscuridad, distinguían los contornos desdibujados de los muebles de la habitación. Siempre me ha tranquilizado no estar sumergida por completo en la negrura: los objetos se vuelven amigos, compañeros de insomnio, cuando dejan entrever sus vértices.

Pero repito: yo no tenía insomnio esa noche. O quizás ya sí, porque llevaba más de media hora despierta, volteándome como una croqueta en cada costado de la cama. Ahora hacia la derecha, luego hacia la izquierda, después mirando al techo, y vuelta a empezar…, hasta que un zumbido lejano puso mi oído en alerta: llegaba desde la ventana que daba al patio de luces, ¿quizás era el electrodoméstico de algún vecino? Enseguida descarté esa opción porque el sonido no tardó en subir su volumen y se aproximó de tal manera que percibí claramente que entraba por la ventana y se detenía justo enfrente de mi cara.

¿Cómo es posible sentir la presencia de un sonido, adivinar su aliento en tu cara? No lo sé, pero así fue: ese zumbido tenía vida propia. Me sentía perpleja, el corazón desbocado, las pupilas de mis ojos no podían agrandarse más buscando la razón de tanta extrañeza y, de repente, un aleteo atrevido y un leve roce de su zumbido ¡con un toque ligero, diría que hasta cariñoso, en mi mejilla! Después, se marchó presto, como el despegue de una nave espacial hacia el universo que se extendía a través de mi ventana.

De nada sirvió que me pasara la noche en vela intentando buscar una explicación, ni que al día siguiente contara lo ocurrido a toda mi familia, ni que repitiera como una posesa que aquello NO FUE UN SUEÑO. Nadie me creyó.

Unos años después hasta yo misma comienzo a dudar de si este recuerdo, empañado por el paso de los años, fue realmente un sueño o un recuerdo de verdad. Siempre he tenido ganas de que alguien me aclare qué sucedió en realidad.

Mayca Soto. El gris de los colores