Esta tristeza


Es tan amarga como un café en silencio.
Pesa en alguna parte del ser.
Es un insolente recordatorio de que el día comienza sin sol.
Anega los ojos de agua y va vaciando el corazón de a poco.
Te mantiene en un estatus de inmovilidad permanente.
Hay mil piezas, pero ninguna de ellas encaja.
Los recuerdos necios son como preguntas abandonadas.
Es sufrir un ataque de rabia en calma, mientras la noche se consume
y das diez mil vueltas en la cama y ya no hay nada.
No es veneno, pero mata.
Se alimenta de minutos y crece… y crece.
Esta tristeza me impide olvidar tu nombre,
solo porque eres tú quien la causa.
La canción la olvido.
La foto la rompo.
Las mil lágrimas las lloro.
Pero ¿quién me quita esta tristeza?
Esta
maldita
tristeza.

No solo te extraño por…


Para mi hermosa Mirosh

Un desarraigo inconsecuente se asila en mis sentimientos.
Dos que tres recuerdos me murmuran tu ausencia.
Un centenar de latidos impolutos calibran mi ser,
recordándome que requiero de ti y de tu compañía.

La estrechez falaz que embarga mis brazos
solo ahonda la cínica ansiedad de tenerte aquí y ahora mismo,
para palpar de forma afable todo tu ser, entre la pequeñez de mis manos…

Esta nostalgia irreverente no ha hecho más que consumirme.
Me oprime y de manera insolente me desespera.
No me resta más que contar minuto a minuto y día tras día,
el instante mágico en el que vuelvas a mi regazo.

No solo te extraño porque me hacen falta tus caricias,
o porque sinceramente desfallezco esperando poder,
de forma frenética, amarrar nuestros cuerpos,
entre la lujuria, pasión y ternura.

No solo te extraño porque me hacen falta tus cuidados,
tus regaños y la comodidad de tus preocupaciones,
que, en todo momento, buscan mi tranquilidad.
No solo te extraño por esto, por lo otro o por aquello…

Te extraño a ti, a tus risas y a tu cabello alebrestado.
Te extraño a ti, a tu cuerpo, a tu infalible, loca y benigna compañía.
Te extraño a ti, mi pequeña y desfachatada esencia de vida y alegría…

Momentos de desesperación…


Por ahora no necesito que me recuerdes que estoy vencido,
que la alegría se me va como agua entre los dedos.
Hoy no necesito que me digas que me extrañas
porque yo mismo me siento extraño.
Hoy no necesito que preguntes si estoy bien
o si aún sigo mal, solo requiero de tu ayuda.
Hoy requiero de tu esencia, de un te quiero de la nada,
uno así de puro y lisonjero.

Hoy requiero que no calmes mi llanto, sino que llores conmigo,
que enjagüemos juntos los tormentos, que en este trance,
son triste y únicamente míos.
Hoy requiero que tus palabras azoten mi amargura con serenidad
y no se resquebrajen con verdades de medio talle.
Hoy requiero que tus palabras acechen con imprudencia tal,
que espanten cínica e infaliblemente mi depresión y desesperación,
que el monstruo se vaya y me deje tranquilo.

Hoy necesito que tu incondicionalidad no la pongas en tela de juicio,
sino que, así, sin más ni menos me digas ¡aquí estoy!
Hoy requiero que tus manos no solo no me dejen caer,
sino que me salven y le hagan contrapeso a este mal,
a esta execrable y pedante depresión.
Hoy requiero que tus brazos de forma insolente
arrecien conmigo, me levanten y no me dejen morir.

Hoy necesito de tu esencia, de tus destellos de alegría,
de tus inquebrantables ganas de vivir.
Hoy, solo por hoy, no reclames nada de mí,
solo soy yo y esta estúpida tristeza,
solo soy yo y esta matutina desolación que me corroe.

¡Lo siento mucho! Sé que añoras todo de mí:
mis risas, mis alocuciones disparatadas, mis alegrías y mi discreta locura.
Y de sobra sé que cuento contigo, pero ya no solo quiero contarte,
quiero convertirte en mi amparo, en el augurio sagital para salvar mi vida
de esta feroz desolación y de esta atroz depresión que aniquila mi ser.

Invisible imparable


TEMPORAL NIEVE GALICIA

Paseo por el barrio de mis padres donde crecí. Son las seis de la tarde y es de noche. Otoño y frío y viento. Busco en el andar-anclar mis recuerdos en las tiendas que aún perduran; las busco como el marinero al faro en alta mar. Resisten el estanco y la farmacia; es lo que tienen las drogas, siempre están ahí; siempre seremos yonquis o enfermos aunque nos creamos sanados. Ahora Don Carlos, el farmacéutico, no está. Es su hijo Carlos el que despacha la botica. Recuerdo la delicadeza con la que cortaba los códigos de barra de las cajas para luego pegarlas en las recetas como si fueran cromos… Y pienso si su hijo hará lo mismo y si él algún día acabó la colección. Hay que tener cuidado de no tropezar porque las raíces de los árboles, ahora grandes, han levantado las aceras como si el pasado reclamara su espacio. Por eso, a esta hora, ya no pasean los habitantes de este barrio. Son mayores y temen caer.  Por eso las calles están solas y ya solo pasean los amarillos de las hojas de la mano del viento. ¿Qué tal? Bien, y tú qué tal. Bien. Es un viejo amigo. Nuestra conversación no supera tres palabras; y después de los abrazos nos miramos extraños sin saber qué decir. Congelados en el tiempo como los cromos de Don Carlos. Adiós, me alegro de verte. Adiós. Y huimos porque ya no sabemos a qué jugar ni cuándo dejamos de hacerlo. Cruzo la calle hacia los edificios nuevos pero algo me retiene… es un olor a verde, un olor como a hierba recién cortada, un olor tan familiar como el café recién hecho al entrar en casa. Han podado unos laureles y desde sus ramas la savia nueva brota. Invisible. Brota imparable camino a la primavera. Mañana seguro que vendrán algunas madres, de las de antes, para coger algunas hojas. Y secarlas. Y echarlas en las lentejas… algún día. Como el otoño con la vida.

Cápsulas de felicidad


Fotos

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Mírate. Qué cara de felicidad tenías ahí. A los diez años la vida es una promesa continua de juegos y aventuras. ¿En qué momento se nos olvida? ¿Cuándo empezamos a complicarnos con obligaciones, con la maldita responsabilidad?

En esa foto estáis todos radiantes. Mira a Silvia, cómo ríe. ¿Cuánto hace que no hablas con tu hermana? Las obligaciones… La responsabilidad… Claro.

¿Te acuerdas de los demás? Qué bien lo pasasteis ese verano, ¿eh? Es curiosa la mente. Han pasado…, no sé, ¿treinta años? Y, sin embargo, recuerdas cantidad de detalles de esas vacaciones. En cambio, has olvidado la mayor parte de lo que hiciste la semana pasada. Seguro que todo muy responsable.

¿Qué habrá sido de ellos? ¿Serán felices? Si lo son, seguramente no se pasarán horas contemplando estos fotogramas de un pasado al que te aferras como a un salvavidas, para no acabar de hundirte del todo.

Mira, otra vez con Silvia. Cumplías dieciocho. Montasteis una buena fiesta. Ahí la vida seguía siendo un juego la mayor parte del tiempo, aunque… uf, esa otra foto aún duele, ¿eh?

Patricia era genial. Ni tú mismo te creías que salierais juntos. Y la muy… eligió la noche de San Juan para romper.

Sigues teniendo esa espina bien clavada. Fue la primera gran cicatriz, la primera advertencia seria de que el juego había acabado, de que hacerse adulto significaba dejar de reír a todas horas.

Aunque en la facultad reíste bastante. Es curioso, en parte fue como un regreso a la infancia, un paréntesis para descubrir tantas cosas que hasta entonces apenas sospechabas que existían.

Mírate ahí. Tienes la misma expresión radiante que en la otra foto, la de niño feliz con sus amigos de acampada. También formabais un grupo adorable, aunque hacíais cosas mucho menos inocentes.

Joder, qué época tan estimulante. Recuerdas cada fiesta, cada confidencia, cada charla hasta el amanecer, cada polvo… Ahora bien, de las clases, nada. Eso era vivir, ¿verdad?

El oasis en medio del espejismo.

El espejismo que te ha arrancado las entrañas.

Ella.

¿Por qué no saltas todas esas fotos? ¿Por qué te recreas en el dolor? Sigues buscando una explicación, algo que te convenza de que no has tirado a la basura la mitad de tu existencia…, pero no lo vas a encontrar en esos recortes del pasado.

Cápsulas de felicidad que emborronan el recuerdo y lo manipulan. No pudo ser todo tan feliz como parece en estas fotos. No pudo ser un amor tan sincero, cuando todo acabó derrumbándose en un suspiro, sin saber por qué.

Y el caso es que esos momentos existieron de verdad, y fuiste feliz. Mira esas sonrisas, y los ojos brillantes. No mienten. No puedes borrarlo. No puedes arrepentirte. Pero duele, y no dejas de preguntarte.

Mira, las gemelas. Lo mejor de tu vida.

Y lo peor.

No. No puedes pensar eso, eres su padre. Un padre que permite que lo acechen esos pensamientos es un monstruo. Pero no puedes evitarlo… No son pensamientos, sino sensaciones; no surgen del cerebro, sino del corazón.

Las echas de menos; te duele en el alma no poder acostarlas cada noche, separarte de ellas cada vez que tienes que devolvérselas a su madre… Y a la vez te alivia ahorrarte las broncas, los llantos, las tonterías…

No, no puedes pensar eso, no debes sentirlo. Son tus hijas. Lo mejor que has hecho en la vida.

Y lo peor.

¡Mierda!

No sabes qué habría pasado. No puedes plantear hipótesis absurdas. Habríais acabado igual. Tus hijas no tienen la culpa, así que es ridículo preguntarte qué habría pasado si ellas no hubieran nacido.

Pero te lo planteas. No te das cuenta de lo lastimoso que resultas.

Míralas. Si tuvieras que elegir el momento más memorable de tu vida no dudarías ni un instante. Cuando las viste por primera vez; cuando las oíste, cuando las oliste, cuando las tocaste. No habrá nada, jamás, que se le acerque. Sólo eso es suficiente para que todo lo demás haya valido la pena.

Lo sabes. Te lo dices cada vez que te quedas hipnotizado con esa foto que te traslada a aquel momento, del que recuerdas cada detalle.

Recuerdas las lágrimas de felicidad, y las echas de menos.

Si al menos consiguieras llorar… Pero ni eso. Te has quedado vacío; seco como un torrente en verano.

¿Qué sientes cuando te ves en esa foto, cuando la ves a ella? Fue poco antes del final. No imaginabas qué iba a pasar. ¿Lo sabía ella?

Quieres odiarla, guardarle rencor, culparla de todo. Pero no puedes. Mírala, es la misma mujer de la que te enamoraste, con quien creíste que compartirías el resto de tu vida. En esa imagen aún lo es.

Ahora ya no sabes quién es. Sientes que esa mujer ya no existe. Ahora sólo es la madre de tus hijas. No queda nada de lo que os unió. Y te preguntas cómo es posible, cómo los sentimientos pueden cambiar tan radicalmente.

Te preguntas qué de verdad hay en tu vida, qué significan todos estos recuerdos atrapados en papel…

¿Y ahora, qué? A partir de aquí no hay más fotos a las que agarrarse. Miras adelante, y ves vacío, incertidumbre. Ni rastro de promesas de risas estimulantes; sólo un camino gris.

Responsabilidad y obligaciones. ¿Para qué?

(…)

Mírate. Qué cara de felicidad tenías ahí. A los diez años la vida es una promesa continua de juegos y aventuras.

Sevilla


Amado, el chaval que vino de ninguna parte


navaja1

imagen: Julio Alejandre

Por aquel entonces vivía en el barrio de Manoteras, en Madrid. Habíamos formado una pandilla grande y revoltosa y nos pasábamos en la calle todo el tiempo que podíamos, jugando, corriendo y yendo de acá para allá como gatos de arrabal.

De vez en cuando se sumaban a la pandilla chavales de fuera del barrio: venían de repente, generalmente traídos por alguno de nosotros, se integraban durante una temporada y al cabo de un tiempo se largaban. Con algunos simpatizábamos más y con otros menos, pero siempre los acogíamos. Como a Amado, un tipo inquietante que vino de ninguna parte.

Amado llegó al barrio una mañana de primavera, quizá en Semana Santa, porque recuerdo que eran días de vacaciones. Lo descubrimos rondando por el descampado y se lo presentamos a los demás, que estaban organizando los equipos para un torneo de minifútbol. Era mayor que nosotros y se veía que andaba errante, huyendo de algo, quizá de sus padres, quizá de la policía o de otros colegas peores que él. Vestía con un estilo muy macarra: botas camperas, pantalones de campana, camisa con cuello de pico y cazadora de cuero, todo ello muy ajado. Llevaba el pelo largo y sucio y en la cara tenía constelaciones de espinillas que se reventaba cuando estaba aburrido.

En el bolsillo de la cazadora guardaba una enorme navaja de siete seguros, de esas que hacen varias veces rac cuando se abren. Nos la enseñó a los que quisimos verla y nos hizo demostraciones de cómo se abría, de lo cortante que era su filo, que sajaba las hojas sólo con la fuerza de su peso, y de cómo debía manejarse al atacar a otro o al defenderse, dejando claro qué clase de tío chungo teníamos enfrente. Un detalle que nos llamó la atención a todos fue que andaba permanentemente empalmado, como si llevara otra navaja guardada en la bragueta del pantalón, que, además, como era tan ajustado, no le permitía disimularlo, ni tampoco a él parecía importarle.

No nos dijo de dónde era ni qué hacía por allí, ni nadie se lo preguntó. Nos veía jugar los partidillos sin interesarse por ellos, sentado con los que esperaban turno, charlando con una mesura inesperada de alguien con su apariencia, sin exaltarse, sin amenazar, contando mil aventuras imposibles en un pretérito indefinido que no arrojaba mayor luz sobre él. A mediodía nos preguntó si le podíamos conseguir algo de comida y cada cual le trajo lo que pudo: un trozo de tortilla, unas lonchas de mortadela, un plátano. Al atardecer refrescó y fuimos tirando para nuestras casas, cansados al final de la jornada, hasta que el último se despidió de Amado. Y a la mañana siguiente, el primero en bajar a comprar el pan o a traer el periódico, lo halló sentado en un banco de la calle, con la ropa un poco más sucia y percudida, que debió pasar la noche en el parque o en algún soportal, en todo caso a la intemperie.

La dudosamente edificante compañía de Amado duró tres días, cuatro a lo sumo, hasta que una mañana ya no estaba. Y eso fue todo: jamás volvió por el barrio ni supimos nada de él. Surgió de la niebla y se perdió en ella, sin dejar otro rastro que un trazo desdibujado en la memoria.

¡Ah, Amado! ¡Qué recuerdos de juventud, tan lejanos! Lejanísimos. El chaval de la navaja de siete seguros que simplemente nos pidió comida. Por muy peligroso que fuera –y posiblemente lo era– tuvo la decencia de no hacer ningún mal a quienes nos portamos bien con él.

La otra literatura