Suceda lo que suceda


Sucede que dejé
desvestida a mi alma.
Sin ropajes cruzó
laderas, caminos,
ríos y montes.
Hizo de las nubes
su primer viso.
Pisó mentiras,
las que fingieron ante ella.

Sucede que corté
el lirio del balcón,
a ras de tierra.
Ese que sembraron,
una vez, tus manos.

Divagaba fluyendo entre lo que veía sin mirar
y lo que no llegaba a notar.
Consciente del brote de las hojas,
del ruido en la tierra,
haciéndose paso
para salir.

Sucede que entro en mi alma
y en ella me cubro contigo:
me acuerdo de ti y
me acuerdo de mí.

Sucede que era otra contigo
y eras parte de mí.

Sucede que marchito el lirio,
mi alma triste, impenetrable.

Sucede que tras el fino velo,
sopla el viento mi miedo.
Repartiendo brío
para primavera.

 

Salto etéreo


«Salto etéreo», por Crissanta.

Tú y yo estábamos mirando algo que los ojos no pueden ver. Mirábamos como miran los soldados el campo de combate, cuando se preparan para una misión y ante sí ven un escenario aún inexistente de bombas y metralla, y en su cabeza planean una estrategia para esquivarlas. Mirábamos como mira una gimnasta cuando tiene enfrente la plataforma donde realizará sus acrobacias y, aunque no ha realizado todavía ningún salto, ya lo ve todo, ya sabe el impulso y los giros que hará en el aire, y ya siente la expectativa mezclada con miedo que significa realizarlos.

Así, yo miraba con expectativa mezclada con miedo el salto que daría… que daríamos ambos.

Yo estaba recargado contra un muro, en el borde de un precipicio. Y no alcanzaba a ver nada en el vacío, pero anticipaba lo que sucedería y trazaba un plan para enfrentarlo, el nuevo reto. Y sonreía con expectativa mezclada con miedo, con audacia y con un poco de alegría.

Sentí tu presencia a mi costado derecho, a cinco grados detrás de mí. Te sentía más temerosa que expectante, más enfadada que decidida, todavía mostrando resistencia al futuro que yo me bebía de antemano.

Volteé a mirarte y me sorprendí de tu aspecto.

—Qué ojos más oscuros y bellos. Y te queda bien esa boca roja. —Acaricié con delicadeza tu barbilla para lograr que tu mirada subiera desde el piso hasta mis ojos.

—Tus ojos me recuerdan a las estrellas.

Sonreí, conmovido.

—Míralos bien. Grábatelos.

Y yo mismo traté de memorizar cada pliegue, cada pestaña, cada línea que enmarcaba tus ojos antiguos y rasgados.

—No tienes que hacer esto —te dije.

Un breve silencio.

Voy a hacer esto.

La resolución con que dijiste esa frase apaciguó mis dudas. Te abracé. Oh, dulzura. Y dejaste de temblar desde aquel momento.

Traté de llenarte de consejos. Quedaba poco tiempo para el momento de separarnos.

—No recordarás mucho.

—Entiendo. Ya me lo has dicho.

—No comprenderás el tiempo. No comprenderás los relojes.

—¿Qué son los relojes?

—Bien.

Yo empezaba a sentir un llamado imperioso y una bruma de vapor frío se dejó venir hacia mí. Mi expectativa y miedo aumentaron en varios grados. Aún me volví a mirarte.

—Parece que es mi turno. Tú espera a que llamen tu nombre.

—¿Qué es un nombre?

—Bien —Sonreí.

Me devolviste la sonrisa a través de la bruma.

Me giré y miré hacia abajo. Y en el precipicio pude ver todo lo que me esperaba. Vi el tiempo dispuesto sin segundos ni años ni horas: completo en sí mismo, terminado. Así fue que yo supe todo lo que pasaría. Yo acepté todo lo que pasaría. Pero luego los recuerdos serían puestos muy debajo para que no me fuera fácil encontrarlos, porque la prueba es dura y si uno la recordara nunca la querría.

Pero yo la quería. Un sollozo me partió mientras aún sonreía. Oí mi nombre (¿cuál nombre?, ¿qué es un nombre?). Y salté.

***

Mi mano estaba tendida hacia una puerta blanca entreabierta. Corrí para empujarla. Una niña acababa de cruzarla y yo quería alcanzarla. Pero la niña no me vio y la cerró de golpe en mi mano.

Dolor. Mi dedito pulgar aprisionado. Dolor. Ese es mi primer recuerdo.

Alguien puso una mano en mi hombro. Me giré para ver a quien me había tocado y me sorprendí mucho al no ver un par de ojos negros y rasgados. Era mi maestra de kínder, de ojos claros y redondos. Tomó mi mano, miró mi dedito y me consoló. Yo lloraba de dolor, pero pensaba en la niña. Ella volvió cuando la maestra la llamó para reprenderla. La miré. No sé por qué yo esperaba que sus ojos fueran negros y rasgados. Y no lo eran.

Hasta la fecha, no sé muy bien por qué me llaman tanto la atención los ojos oscuros y rasgados.

Recuerdos imaginarios


Recuerdo imaginarnos tras varios años de incertidumbre y ocultismo; recuerdo preguntarme, ¿y si nos volviésemos a ver?

Desafortunadamente, esto hizo que mi cabeza no parase de preguntármelo, era como si necesitase que le contase un cuento para luego irse a dormir. Así pues, tras largos días de insomnio decidí contárselo —contármelo—.

Nuestro encuentro sería en una calle cualquiera, pues visitamos cada esquina de esta, nuestra ciudad. Todo se volvería más vivo, como si el inconsciente del corazón comenzase a latir por voluntad propia y sin atender a la consciencia.  Sin hablar, nos observaríamos durante unos minutos, recordando, anhelando, y detestando aquellos tiempos;  luego te preguntaría qué tal te va todo, mientras nos sonreímos; yo a ti, ocultando mi tristeza, y tú a mí, con total transparencia. Te abrazaría, sintiendo tu calor, olvidado ya, no intencionadamente, pero olvidado. Viendo el tiempo pasar, continuaría hablando contigo sobre nimiedades, huyendo de la despedida, aunque a la vez la desease. Sabría desde el principio que me quedaría toda la tarde hablando contigo, invitándote así a tomar un café. Puede que en la realidad no aceptases, pero me prometí un cuento feliz.

Iríamos a un bar diferente, inhóspito, para empezar desde cero. Te hablaría de mi familia, aquella que llegaste a conocer y a la que contagiaste esa cálida simpatía tan tuya. Te hablaría sobre mis sueños de recorrer el mundo y de cómo tenía ya planeado comenzarlo en verano; vería cómo tu cara comenzaría a irradiar aquella simpatía tan dulce y viva. Comenzaría así un soliloquio contigo de invitada en el que, inconscientemente, realizaría la tentativa de recuperarte.

Acabaríamos en la barra del bar, riéndonos de nuestros tiempos, de todas las discusiones convertidas en tonterías, de todos los buenos momentos, de cómo nos conocimos, de ti. Después, soltaría la pregunta: ¿te imaginas si todo hubiese salido bien y siguiésemos juntos? Sé que te reirías y que no responderías nada, mas en tu interior, al igual que yo, no pararías de preguntártelo.

Una vez algo achispados, te hablaría de mis sentimientos y te invitaría a que vinieses conmigo a viajar por el mundo, algo que teníamos pendiente de la otra vida, de nuestra añeja relación y sus promesas. Aceptarías, y te besaría, sé que no sería lo correcto pero no siempre lo correcto es mi correcto. Te invitaría a mi nuevo piso, alejado de ti y nuestros recuerdos, impersonal, indiferente. Haríamos el amor toda la noche, alocados como adolescentes, ilustrados como adultos.

Nos despertaríamos al día siguiente vivos, felices, como si nada hubiera cambiado y siempre hubiésemos estado juntos. Acariciaría tu sonrisa, tu pelo, tu todo. Te haría el desayuno y comenzaríamos a hablar de nuevo, pero desde el romanticismo y sus caminos.

Empezaríamos de nuevo, borraría aquel punto y final, para vivir en nuestro ayer eterno.

(Lo siento…).

¿Qué fue de ella?

¿Qué fue de ella?


Jamás la perderé


Estaban las hermanas recogiendo las cosas, antes de vender la casa que había sido de sus padres.

—Aurorita, ¿tienes idea de dónde está la foto en la que mamá me está enseñando un libro? —preguntó Lorena, mientras buscaba en un baúl en el ático.

—No sé de que foto me hablas —contestó la hermana.

Lorena bajó del ático, yendo hasta la cocina, en donde Aurora recogía la vajilla y la ponía adentro de una caja.

—Es aquella, en la que estoy sentada en la cama de pilares —dijo acercándose para ayudar a su hermana—. Todavía los pies me colgaban y mamá me mostraba un libro. Bueno, era más bien un panfleto. Me hablaba de Dios, y yo, miraba la lámina en la que Él estaba parado sobre un globo terráqueo con los brazos extendidos. El globo estaba suspendido en el espacio, que era de un color azul intenso, poblado de estrellas. Recuerdo que le pregunté a mamá que de dónde venía Dios. Ella me contestó que de la nada. Entonces, yo le pregunté que qué era la nada.

—¿Y qué te contestó? —preguntó Aurora, interesada.

—No recuerdo —contestó Lorena, haciendo un esfuerzo por recordar—. Tal vez me dormí.

—¿Y la foto? ¿Quién la tomó?

Lorena hizo un largo silencio. Luego sonrió.

—No existe. Me acabo de dar cuenta de que no hay ninguna. Es que ese momento está tatuado en mis recuerdos, como si fuera una fotografía. ¿Sabes, hermana? Esta, no importa lo que pase, jamás la perderé.

a5

Yo recuerdo…

Yo recuerdo…


La foto


En el contraste del marco dorado y su interior, no podía verte. Solo tenía un recuerdo de lo que hubo adentro de esas cuatro esquinas cubiertas por un cristal, ahora roto. No sé si sonreías, tal vez sí. Sabía que tu brazo me abrigaba, aunque la realidad era solo una pose, que más que pose era una mentira. Eran los últimos tiempos. ¿De qué color era tu camisa? ¿Azul celeste? Mis ojos miraban a la cámara sin mirar. Mi sonrisa era una mueca pintada de carmín. ¿Era rojo mi vestido? ¿Cuál era nuestra realidad? Golpes, lamentos, cardenales, heridas. Me obligabas a respirar, a reír, a comer, a tener sexo. Todos pensaban que éramos la gran pareja. Ni un sí, ni un no. Porque yo no tenía el derecho de decirlo. Agravabas mi existencia, hasta hacerla insoportable. ¡Cómo te amé! ¡Cómo te odié!

¡Ya, no me atarías más a tu destino! Fue mi amante el que me entregó el arma, que me liberó de tu infame yugo.

Salí por la puerta ancha. Con la ropa rota, desfigurada, ensangrentada, pero de mi propia sangre. La tuya, quedó en el suelo, junto a tu cadáver. Preferí la cárcel que me liberaba, a una existencia prisionera entre tus brazos.