Frascos


«Mar azul», por Crissanta.

 

Azul y frío,
así es ese recuerdo:
un mar delicado
surcado por hielo

que no responde al grito
o a los ruegos
bello y mudo,
atesorado.

Junto con el resto,
lo guardo en un frasco
de vidrio templado,
de cristales de llanto.

He coleccionado
cada triunfo sobre el daño.
He ordenado
el caos en frascos:

Allí está ella,
la que apenas despierta,
que se retuerce en miedo
y en alerta.

Está la que miraba a la ventana…
y sus trazos en escarlata.

Está la huida desastrosa.

El levantamiento de falsos,
el juicio y el fallo,
la cruel sentencia.

El vestido blanco.

Están, en los frascos,
gritos acallados
de terror paralizado
y el silencio forzado.

Los llené de lágrimas
y revelaciones,
de temblores
incontrolados.

Grité en su boca
maldiciones,
aullidos animales,
murmullos indescifrables,
lamentos de tristeza
y arranques de demencia

durante muchos años.

Y los frascos se llenaron.
Y las memorias se curaron.

Yo guardo los recuerdos
como triunfos
sobre el caos.

 

«Frasco», por Crissanta.

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Recuerdos y quimeras


Recuerdo cerrar los ojos y soñar. Me adentré en mi mundo y él me recibió con sueños de colores y globos inflados con sonrisas. La felicidad se encontraba especialmente feliz y, con la ayuda inestimable de árboles de colores bajo el consejo de sus hojas y brisa, preparó una fiesta.

Un viejo halcón con cara risueña y patas repletas de naturaleza acercó la invitación a mi cama. Sonreí, le di las gracias y abrí el arcón de la ropa. Para esta noche decidí ponerme algo sencillo pero que llamase la atención nada más verme y saludarme. Quise mantener mi cuerpo tal y como lo conocen mis padres, mas me puse otro nombre; un nombre más extranjero y desconocido. Un nombre que es quien siempre anhelé ser sin yo ni siquiera saberlo.  Hoy me iba a llamar Travis.

Travis era yo, pero yo no era Travis.

Travis había observado desde su no-existencia mi vida, recogiéndola una vez caducada y haciéndola suya; sustituyendo mis reacciones por las que mi alma, amedrantada, jamás tuvo el valor de materializar. Todo desde un candor impropio en esta vida.

Su vida, mi utopía.

A la hora de cambiarme, decidí esconderme en una de aquellas gotas que su ‘T’ ocultaba y cuyo olor te lleva a un déjà vu vetusto y dulce.

Oteé mi vida siendo suya. Observé como Travis modificaba mi vida para luego obtener un Oscar como mejor remake del año.

En esta película, yo era una persona con un nombre sin miedo, un nombre que transmitía tranquilidad y seguridad. Un nombre que observaba sin juzgar a cada persona, objeto y sentimiento. Un nombre que, envalentonado, jamás dio la espalda a nadie y siempre fue respaldado en sus pensamientos y acciones. Un nombre que, desinhibido, reía cuando quería reír y lloraba cuando su corazón le imploraba hacerlo.

Un nombre vivo que vivía siguiendo las migas que mi alma abandonaba en pos de ser escuchadas.

Me alegré al observar todo esto, pues pude ver y casi tocar una vida repleta de quimeras cumplidas y sentidas por mi corazón, que latía a una velocidad pausada y apacible. Siempre fue agradecido.

Finalmente, en ademán de sentirme autorrealizado, me lo puse y fui a la fiesta. Fue el mejor sueño de mi vida, deseaba que no terminase. Me gustaba ser Travis. Y él lo sabía. Por eso, cual padre enseñando a andar en bici a su hijo, soltó los pedales de mi estómago en plena fiesta, para así ser él mientras Jose, que no tenía la culpa de nada, permanecía en mí como el rocío de una madrugada, reverberando en mi interior; convirtiéndolo en una fauna armoniosa y hogareña.

Me desperté amándome más que nunca. Ahora conocía a Travis en persona y, aunque mi nombre seguía siendo Jose, sé que puedo contar con él para lo que sea.

Legados que vivo y lloro


¿Dónde estabas
cuando quise tu abrazo?

¿Cómo no nadar
por ese arroyo salado
de tus ojos?

Algo que busco
y sólo puedo encontrar
tras arbustos.

Algo que viene conmigo
en cada capa de mi piel
y desvisto cada noche.

Mi herencia.

Esa que lloro
cuando recuerdo
y vivo
cuando me olvido.

Terror


Hay un ruego ahí,
una petición
desesperada,
pero imperiosa.

«Por favor, no».
Y no hay forma
de cambiar de opinión.
«No me lleves ahí».

Las manos que se estrujan,
la mirada que se desvía
hacia el terror.

«¿Dónde allí, corazón?».
Afuera…
afuera de aquí,
afuera de mí.

Y de golpe
ya no sé
si ella teme más
salir
o yo aborrezco más
entrar allí.

Suceda lo que suceda


Sucede que dejé
desvestida a mi alma.
Sin ropajes cruzó
laderas, caminos,
ríos y montes.
Hizo de las nubes
su primer viso.
Pisó mentiras,
las que fingieron ante ella.

Sucede que corté
el lirio del balcón,
a ras de tierra.
Ese que sembraron,
una vez, tus manos.

Divagaba fluyendo entre lo que veía sin mirar
y lo que no llegaba a notar.
Consciente del brote de las hojas,
del ruido en la tierra,
haciéndose paso
para salir.

Sucede que entro en mi alma
y en ella me cubro contigo:
me acuerdo de ti y
me acuerdo de mí.

Sucede que era otra contigo
y eras parte de mí.

Sucede que marchito el lirio,
mi alma triste, impenetrable.

Sucede que tras el fino velo,
sopla el viento mi miedo.
Repartiendo brío
para primavera.

 

Salto etéreo


«Salto etéreo», por Crissanta.

Tú y yo estábamos mirando algo que los ojos no pueden ver. Mirábamos como miran los soldados el campo de combate, cuando se preparan para una misión y ante sí ven un escenario aún inexistente de bombas y metralla, y en su cabeza planean una estrategia para esquivarlas. Mirábamos como mira una gimnasta cuando tiene enfrente la plataforma donde realizará sus acrobacias y, aunque no ha realizado todavía ningún salto, ya lo ve todo, ya sabe el impulso y los giros que hará en el aire, y ya siente la expectativa mezclada con miedo que significa realizarlos.

Así, yo miraba con expectativa mezclada con miedo el salto que daría… que daríamos ambos.

Yo estaba recargado contra un muro, en el borde de un precipicio. Y no alcanzaba a ver nada en el vacío, pero anticipaba lo que sucedería y trazaba un plan para enfrentarlo, el nuevo reto. Y sonreía con expectativa mezclada con miedo, con audacia y con un poco de alegría.

Sentí tu presencia a mi costado derecho, a cinco grados detrás de mí. Te sentía más temerosa que expectante, más enfadada que decidida, todavía mostrando resistencia al futuro que yo me bebía de antemano.

Volteé a mirarte y me sorprendí de tu aspecto.

—Qué ojos más oscuros y bellos. Y te queda bien esa boca roja. —Acaricié con delicadeza tu barbilla para lograr que tu mirada subiera desde el piso hasta mis ojos.

—Tus ojos me recuerdan a las estrellas.

Sonreí, conmovido.

—Míralos bien. Grábatelos.

Y yo mismo traté de memorizar cada pliegue, cada pestaña, cada línea que enmarcaba tus ojos antiguos y rasgados.

—No tienes que hacer esto —te dije.

Un breve silencio.

Voy a hacer esto.

La resolución con que dijiste esa frase apaciguó mis dudas. Te abracé. Oh, dulzura. Y dejaste de temblar desde aquel momento.

Traté de llenarte de consejos. Quedaba poco tiempo para el momento de separarnos.

—No recordarás mucho.

—Entiendo. Ya me lo has dicho.

—No comprenderás el tiempo. No comprenderás los relojes.

—¿Qué son los relojes?

—Bien.

Yo empezaba a sentir un llamado imperioso y una bruma de vapor frío se dejó venir hacia mí. Mi expectativa y miedo aumentaron en varios grados. Aún me volví a mirarte.

—Parece que es mi turno. Tú espera a que llamen tu nombre.

—¿Qué es un nombre?

—Bien —Sonreí.

Me devolviste la sonrisa a través de la bruma.

Me giré y miré hacia abajo. Y en el precipicio pude ver todo lo que me esperaba. Vi el tiempo dispuesto sin segundos ni años ni horas: completo en sí mismo, terminado. Así fue que yo supe todo lo que pasaría. Yo acepté todo lo que pasaría. Pero luego los recuerdos serían puestos muy debajo para que no me fuera fácil encontrarlos, porque la prueba es dura y si uno la recordara nunca la querría.

Pero yo la quería. Un sollozo me partió mientras aún sonreía. Oí mi nombre (¿cuál nombre?, ¿qué es un nombre?). Y salté.

***

Mi mano estaba tendida hacia una puerta blanca entreabierta. Corrí para empujarla. Una niña acababa de cruzarla y yo quería alcanzarla. Pero la niña no me vio y la cerró de golpe en mi mano.

Dolor. Mi dedito pulgar aprisionado. Dolor. Ese es mi primer recuerdo.

Alguien puso una mano en mi hombro. Me giré para ver a quien me había tocado y me sorprendí mucho al no ver un par de ojos negros y rasgados. Era mi maestra de kínder, de ojos claros y redondos. Tomó mi mano, miró mi dedito y me consoló. Yo lloraba de dolor, pero pensaba en la niña. Ella volvió cuando la maestra la llamó para reprenderla. La miré. No sé por qué yo esperaba que sus ojos fueran negros y rasgados. Y no lo eran.

Hasta la fecha, no sé muy bien por qué me llaman tanto la atención los ojos oscuros y rasgados.

Recuerdos imaginarios


Recuerdo imaginarnos tras varios años de incertidumbre y ocultismo; recuerdo preguntarme, ¿y si nos volviésemos a ver?

Desafortunadamente, esto hizo que mi cabeza no parase de preguntármelo, era como si necesitase que le contase un cuento para luego irse a dormir. Así pues, tras largos días de insomnio decidí contárselo —contármelo—.

Nuestro encuentro sería en una calle cualquiera, pues visitamos cada esquina de esta, nuestra ciudad. Todo se volvería más vivo, como si el inconsciente del corazón comenzase a latir por voluntad propia y sin atender a la consciencia.  Sin hablar, nos observaríamos durante unos minutos, recordando, anhelando, y detestando aquellos tiempos;  luego te preguntaría qué tal te va todo, mientras nos sonreímos; yo a ti, ocultando mi tristeza, y tú a mí, con total transparencia. Te abrazaría, sintiendo tu calor, olvidado ya, no intencionadamente, pero olvidado. Viendo el tiempo pasar, continuaría hablando contigo sobre nimiedades, huyendo de la despedida, aunque a la vez la desease. Sabría desde el principio que me quedaría toda la tarde hablando contigo, invitándote así a tomar un café. Puede que en la realidad no aceptases, pero me prometí un cuento feliz.

Iríamos a un bar diferente, inhóspito, para empezar desde cero. Te hablaría de mi familia, aquella que llegaste a conocer y a la que contagiaste esa cálida simpatía tan tuya. Te hablaría sobre mis sueños de recorrer el mundo y de cómo tenía ya planeado comenzarlo en verano; vería cómo tu cara comenzaría a irradiar aquella simpatía tan dulce y viva. Comenzaría así un soliloquio contigo de invitada en el que, inconscientemente, realizaría la tentativa de recuperarte.

Acabaríamos en la barra del bar, riéndonos de nuestros tiempos, de todas las discusiones convertidas en tonterías, de todos los buenos momentos, de cómo nos conocimos, de ti. Después, soltaría la pregunta: ¿te imaginas si todo hubiese salido bien y siguiésemos juntos? Sé que te reirías y que no responderías nada, mas en tu interior, al igual que yo, no pararías de preguntártelo.

Una vez algo achispados, te hablaría de mis sentimientos y te invitaría a que vinieses conmigo a viajar por el mundo, algo que teníamos pendiente de la otra vida, de nuestra añeja relación y sus promesas. Aceptarías, y te besaría, sé que no sería lo correcto pero no siempre lo correcto es mi correcto. Te invitaría a mi nuevo piso, alejado de ti y nuestros recuerdos, impersonal, indiferente. Haríamos el amor toda la noche, alocados como adolescentes, ilustrados como adultos.

Nos despertaríamos al día siguiente vivos, felices, como si nada hubiera cambiado y siempre hubiésemos estado juntos. Acariciaría tu sonrisa, tu pelo, tu todo. Te haría el desayuno y comenzaríamos a hablar de nuevo, pero desde el romanticismo y sus caminos.

Empezaríamos de nuevo, borraría aquel punto y final, para vivir en nuestro ayer eterno.

(Lo siento…).