La levedad de estar


Siempre traicionando, como decía Milan Kundera, traicionando por el gusto de la sorpresa y la digestión. Pregunta: ¿Y qué habrá después? ¿Qué habrá cuando ya no puedas más hacer lo que querías hacer? ¿Encontraré allí la lección? O por no encontrarla, por no mirarla con otros ojos, siempre se repite y por eso siempre quiero ser lo mismo o se aparece en mí siempre el mismo sueño? ¿Gustar y ser van de la mano?

¿Eres porque te gusta o te gusta ser tú?
¿Me gusta antes de mí o después? ¿Quién va primero? La palabra, el viento o el pensamiento? ¿Puedo cambiar si el pensamiento ya se hizo palabra?

Al final soy canto, que no cantante, no soy ni cara ni cruz, solo depende del momento. No opino siempre igual, porque no paro de pensar. Igual eso quiero yo, cambiar porque todo cambia, y seguir cambiando, ¿hasta cuándo? ¿Hasta que nada cambié? ¿Cuándo dejará todo de cambiar? ¿Habrá un límite? A veces, intento dejar de pensar para mantener, y entonces todo cambia, y aquello que era malo y quiso ser bueno se volvió más malo, todo para justificar que es malo y aunque no lo quiera, lo quería.

Todo depende al final, todo se enreda y se desenreda, todo es «bueno» y «malo»; puede que al mismo tiempo aunque cada vez salga una parte diferente. Cambiar, que no llevar la contraria, o como dije, puede que en la superficie parezca una cosa y en las raíces, otra diferente.

Al final no sé si hay objetivo o solo camino, o si el camino es el objetivo, o si lo que no paramos de hacer, todo aquello que queremos desaprender, todo aquello que creemos no nos gusta de nosotros y tratando de transformarlo lo reivindicamos aún más; todo eso no sé si es lo real, lo que realmente es nuestro y debemos guardar y sonreírle, en vez de castigarlo, porque nada es bueno ni malo, nada del todo, todo es parcial, no siempre se puede ser justo y equitativo a la vez.

Nada depende de nada, entonces todo da igual.

Todo depende de todo, entonces nada da igual.

Amor


De amor solo me creo aquello que escucho y luego puedo cantar, recitar o hablarlo con mi espejo, entonces, ese reflejo parcial y único se convierte en un amor parcialmente puro e imperfecto y a eso me aferro a mi vida con amor propio y con el del resto cuando lo siento verdadero en mi niño interno.

Cuando me dejé sorprender


Fotografía: Klelia Guerrero García

Muchas veces me pregunté
si realmente llegaría
algo que me sacaría
del espacio al que me adapté
—al que luego incluso me até—.
Después de tanto, dudaba
llegar a ser desarmada
de las capas que vestía
aun cuando me entristecía
la soledad que implicaba.

Estaba atenta y decía
«vida, te invito a sorprender»
pero al ver aquello pender
de un hilo: mi valentía,
mi ilusión se reducía.
Y seguía el descontento
con intento tras intento
en los que el patrón repetía…
Algo adentro se sentía
sin ser visible el obtento.

Tanto se movió, de a poco,
hasta que al fin llegó el día
en que yo me lanzaría
sin temores ni sofoco,
sin pensar «¿si me equivoco?»
Cuando me dejé sorprender
no quise más detener
la fuerza con que vivía,
familiar a la que veía
en Lucas y su radiante ser.

¿Y si es más simple?


Fotografía: Guisella García Bacilio

¿Y si en lugar de acelerar,
de dudar, de exasperarnos,
de engañar y autoengañarnos,
nos permitimos explorar
y con nuestro ser conectar?
¿Y si en vez de limitarnos
y, a veces, aferrarnos
a expectativas sin cesar
y la disrupción evitar,
decidimos arriesgarnos?

Porque eso de complicarnos,
de hacernos esperar
y nuestros sueños aplazar
más allá de relegarnos,
de nuestra esencia alejarnos,
tal vez se puede mejorar
al optar por simplificar
y transparentes mostrarnos.
No es fácil sincerarnos,
pero mucha paz nos va a dar…

Tal vez ayude recordar
que «perfectxs» procurarnos
para salir y lanzarnos
equivale a supeditar
nuestra decisión de comprar
a una lotería ganarnos;
incluso, tras enterarnos,
de que en cuotas nos va a llegar
—cada instante, al respirar—.
¿Tiene sentido privarnos?

Nada es tan grave


Fotografía: Klelia Guerrero García

Confieso que tengo días
en los que me pongo esquiva
aunque mi intuición se aviva.
Reducen mis energías
y, pese a las alegrías
que recibiré al compartir,
me es más fácil reducir
aquellas interacciones
que dan las conversaciones
en las que he de intervenir.

Es que al ser introvertida
me resulta atractivo
escuchar, en rol pasivo,
lo que el hablante convida…
¡es seguro salvavida!
Mas esa actitud impide
e incluso hace que olvide
que, según la perspectiva,
es grande o chica la oliva:
¡y así el miedo que se mide!

Como un viaje me enseñara,
el compartir nuestra historia
—esa pérdida o victoria—
sería puente y no mampara
si la escucha acompañara.
Y así, tras el grande cielo
que nos envuelve en el vuelo
veríamos también el ave,
que dice: «nada es tan grave».

Acomodando la incomodidad


Fotografía y dibujo: Klelia Guerrero García

Al crecer y evolucionar
más allá de lo que vemos,
dice el dicho: ¡no sabemos!
Sea que llegue tras esperar
o de sorpresa a emocionar,
crecer no será cómodo:
afecta nuestro «acomodo»;
algo nos deja de quedar
e incluso empieza a molestar…,
¡se sentirá sobremodo!

No obstante, cuando eso pase,
casi nunca notaremos
los provechos que tendremos
sino, más bien, el desfase
y el traquear de nuestra base.
La pubertad es un caso
que ejemplifica ese paso:
tras lo que el espejo muestra,
está aquella voz siniestra
que dice: ¡esto es un fracaso!

Tal sensación puede causar
dudas de nuestro proceso,
pero precisamente eso
—en medio camino, pausar—
será clave para encausar
desde adentro el crecimiento.
Luego del abatimiento
por vivir la incomodidad,
veremos la necesidad
de expandir ese cimiento.

Si en el futuro perdemos
aquello que era cómodo
—pensándonos Cuasimodo—,
los invito a que observemos
y a que amor direccionemos
donde el dolor aparece…
¿Y si no es lo que parece?
Dejar de lado el apego
es complejo, pero luego
tal vez todo eso florece.

Propongo como epítome
que más allá de la misión
de la presente situación,
de las veces que retome
o del tiempo que nos tome
el crecer de cualquier forma
—hasta reduciendo la horma—,
la incomodidad es parte
de la vida y su baluarte…
aunque incumpla nuestra «norma».

La nota desnuda


Fotografía: Belgravia Studios, Londres. Versión modificada por Klelia Guerrero García.

Al definir una pausa,
¿qué se les viene a la mente?
Diría que, comúnmente,
sin mayor prueba, sin causa
aquella idea se encausa.
Se percibe como falta,
como México sin palta,
como estado carente…
Pero, de forma silente,
su influencia puede ser alta.

La música, por ejemplo,
del silencio necesita.
Hasta una pieza exquisita
no llega a ser contraejemplo:
sin contraste no contemplo
la belleza que contiene;
si nunca se la detiene,
bajará eventualmente
su impacto en cuerpo y mente.
¡Pierde la magia que tiene!

¿Y qué pasa cuando llega
una pausa a nuestras vidas?
Esas aguas removidas
que el día a día relega
y coberturas desplega,
al fin pueden ubicarse
y, con suerte, disfrutarse.
Con tanto entretenimiento
viene bien un vaciamiento,
aunque eso implique pararse.

Dijo Cage: para un humano
el silencio real no existe
puesto que, aún subsiste,
tras acallar lo mundano
el latido —y no en vano—.
Y Pradas, más adelante,
con su visión «discordante»
mostró que cualquier sonido
puede dejar de ser ruido
si se atiende vigilante. 

La desnudez de la pausa,
más que vulnerabilidad,
es apertura y realidad;
sea una u otra su causa,
de amar y ser es concausa.
No es fácil, pero es posible.
Descubrir hace visible
la belleza y la pureza
de lo que llaman rareza;
lo inicial, lo imperceptible.

Este es un recordatorio
para mí y otras notas
ya sean radiantes o rotas
de qué no implica mortuorio
la desnudez, sino ofertorio.
Aunque eso me exponga al frío,
o a la corriente de un río
—físico o de preconceptos—,
más allá de los adeptos,
por mis pausas, hoy sonrío.