Nubes de cemento y cristal


En los vestigios de la edad medieval, los grandes y sabios nobles andaban bajo la búsqueda de leales y valerosos guerreros que concibieran su destino como la protección del feudo.

Sabían que la condición humana guardaba en su interior ego y capciosos cimientos, mas, como animales en peligro de extinción, decidieron fiarse de ellos. Además,  sabían que la confianza debe comenzar en uno mismo, el resto evolucionaría bajo la tutela del tiempo. Y, como todo horizonte temporal, tuvo un principio.

Y así comenzó una época plagada de horizontes de buen presagio, fama y honra para aquellos que sucumbieron a dichas quimeras y acataron órdenes sin preguntar ni dudar. Ni siquiera pensaban en las consecuencias o en el acto en sí, pues se hallaban embelesados por los elogios y enamorados de un futuro reacio al contacto.

Los nobles observaron con un estupor agradable cómo sus siervos obedecían mudamente lo que se les mandaba y, a pesar de barruntar sobre lo humano de sus guerreros, no se percataron de que ellos mismos contaban con retazos de un telar cada vez más enmarañado de ego y su pensamiento.

Quisieron más, y sus adeptos se adentraron junto a ellos en la ciénaga de recelos, desconfianza y deshumanidad.

Comenzaron las insurgencias, los engaños. El miedo nubló el país.

A pesar de la esperanza, un noble malvado consumó el ambiente e impuso uno más bondadoso en apariencia.

Con la ayuda de una infame bruja, creó un ejército de valerosos guerreros cuyos orígenes procedían de aquellas gotas vitales que de bebé lloró y que formaban parte de su ser de adulto.

Eran parte de él, y como tal, no necesitaba mandarlos. No existía humanidad en ellos, únicamente sus orígenes lo eran. No poseían capacidad de pensar, solamente ojeaban los pensamientos. No vivían, eran la excepción que confirmaba la regla.

Así fue cómo el mundo se sumió en un lugar en el que se otorgaba lealtad hacia uno mismo, sin conocerse ni conocer a nadie más que a aquel oasis que empañó sus pupilas.

Día siguiente


Mañana
es el lazo
que hoy atas a tu pie derecho.
Con él
quieres anudar
los ciento volando
y cualquier escalada
a esta parte del plano terrenal
inclinado,
apuntando al infinito.

Mañana
vive con la esperanza
de la armonía armada,
de la felicidad cosechada,
de la tormenta perfecta,
de la explosión solar.

Mañana,
día siguiente,
de un hoy urdidor.

Y si el alba raya


Salva tu impulso.
El viento natural sopla.
Te ayudará al atardecer.
Levanta tus fuerzas.
El fuerte oleaje choca,
la gaviota atraviesa la luna.
Te empujarán ambos al anochecer.
Enciende tu llama.
El resplandor y el alba rayan.
Línea continua infinita.
Rompe el día.
No se apaga,
pues te salvas
y te levantas.
Hasta que el alba
raye tu llama.

Me toco los ojos


Me toco los ojos.
Ellos son conscientes de mí,
pero no de lo que ven,
ni de la fuerza empleada
por ese sentimiento purpúreo
al salir,
a través,
de ellos.
Me toco los ojos.
Mis dedos le contagian
una palpitación abismal.
Provocando un compás
diferente a mi corazón.
Estoy escuchando
cómo calla la madrugada
y cómo ese silencio es sábana
de estos dos faros míos.
Ambos están lejos
del mar
—y de la tierra.
Me toco los ojos
y el sueño
vuelve
a mí.

Raro


—Nos sorprendemos al ver, escuchar, leer o sentir cosas raras; ya que esta singularidad es la que nos llama la atención, alejándonos de todo lo ordinario y provocándonos miedo, odio, alegría e incluso amor —reflexionó mientras él miraba al suelo sonriendo y ella le observaba.

—Tú sí que eres raro, mas no creo que por eso sienta algo por ti —dijo ella, queriendo picarle mientras sonreía pícaramente y él observaba el suelo.

De repente, él apartó sus ojos del suelo para contemplarla. Sonrió y dijo:

—Seguramente te refieres a que no sientes nada por mí en términos de amor, pero si de verdad piensas que soy raro, algo sentirás por mí; ya sea intriga, displicencia o puede que miedo. Porque ahí está la gracia, cada uno elegimos qué sentir ante lo insólito. Como dos copos de nieve, nadie siente igual.

Fue entonces cuando ella decidió besarlo, sorprendida por su misterio.

Sintiendo algo por él.

Y él por ella.

Mi torre de piedras


He montado mi torre,
de piedras diferentes,
con las doctrinas
que vinieron curiosas
hasta mis preguntas.
Vértigo tiene lo verdadero
cuando resuenan agudos
los problemas.
Y varias preguntas
actúan de paracaídas
ante el salto.
Al que se unen
partes escépticas,
partes empíricas,
partes racionalistas,
partes realistas,
y partes idealistas.
Se niegan a ser
elementos sin experimentar
esa sensación, allí mismo.
Dejándose engañar por ella.
Se niegan a ser
pedazos de asimilaciones
individuales
que sólo yo conozco.
Y saltan.
Saltan antes
de que pueda colocar
otro elemento.
Antes de que se complementen
en cada hueco.
Provocan el temblor
y se descompone mi torreón
al siguiente movimiento.
Antes de que escoja
la siguiente piedra.

Divagaciones de una estrella


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Foto autorizada por Pixabay 10/9/2016

Nunca pensé tener el valor de tirarme al vacío desde tan alto. Era eso o morir quemado. Justo antes de tocar el suelo, un ángel tomó mi mano. Me cargó hasta el cielo. Confieso, no sentí dolor, solo paz. Aunque sí, estuve triste por separarme de mis seres queridos. Sé que nos volveremos a encontrar. Ahora soy una estrella en este hermoso e infinito universo. Ya no le temo a nada. Nunca he dejado de brillar desde ese inolvidable suceso del 11 de septiembre de 2001.