Encuentros


Era una noche dulce y calmada de otoño en la que, a pesar de ser miércoles, la niebla envolvía la ciudad otorgándole una sensación de estar en un domingo cualquiera; un domingo vacío e invisible.

Estaba dando un paseo.

Me acerqué a un parque lleno de manzanas rojas y nevado por deseos pendientes de cumplir en forma de dientes de león. Percibí entonces un olor dulce a blues en una esquina iluminada por un cartel en el que pude leer el número trece escrito junto a peces dibujados en charcos de agua de chocolate. A su derecha, un hombre ataviado con un pantalón rojo tocaba el saxofón a un ritmo camaleónico con el que me hipnotizó.

Pasé horas y horas allí, en aquella esquina inundada de niebla, sintiendio cada ritmo que aquel excéntrico individuo hilvanaba a la perfección. Mis obligaciones me agarraron de la camisa como ademán de tenernos que ir, mas yo como niño quise quedarme.

Desde entonces, me hallo estático en esta vida pura y silenciosa mientras que, mi otra parte, huyó a la realidad.

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¿Libre?


Mezcolanza dulce

Decrepitud amarga

Alma libre

 

Instinto humano

Jaula casera

¿Quién?

 

Yo mismo

¿Quise?

Piel: “Sí quiero”

 

Niño no entiende

Niño se esconde

Niño se pierde

 

¿Quiénes somos?

¿Dónde estamos?

Preguntal(t)e

 

Imaginación


La imaginación es realidad cuando la creemos; cuando dejamos de creer en todo límite y comenzamos a creer en ese enorme mundo que llevamos dentro. Ese mundo tan maravilloso y apacible que fue soterrado por envidia y conocimiento ajeno. Ese mundo en el que sobrevive un bello pájaro con sus alas color amor y con su pico de esperanza; un bello pájaro que pía una polifonía conocida como sístole y diástole.

De todos modos y muy a su pesar, nadie cree a la imaginación, por eso deambula tras las sinapsis, limosneando un poco de fe para poder vivir. Pidiendo ahinojada un poco de recuerdos que calmen su dolor.

Un día, su llanto y aclamaciones se hicieron vibraciones.

Surgieron los niños, almas puras sin tierra ni piedras con que poder lapidarla o enterrarla, y mucho menos con la intención de hacerlo. Solo eran almas, vacías, llenas de todo lo significativo y sinsentido.

Se alojó entonces la imaginación en su pureza y, como buena madre, trato de esconderla de todo aquello que la curtió; de las cuitas, de las lágrimas negras, del odio.

De lo que no se percató la imaginación, fue que aquel escondite y aquel sentimiento, eran lo mismo que evitaba florecer a su ser. Aquel espacio limitado y arrinconado del que tanto se prometía salir; aquella sensación tan cristalina que le daba pavor observar(se). Mas era tan obvio que ni lo sintió.

Se perdió, la perdió. De tantas tentativas para sobrevivir, acabó petrificada, sin pensamientos ni sensaciones ni mucho menos reflejos nítidos. Acabó siendo más concubina que madre.

Acabó vagando sempiternamente junto a su nuevo peluche, hacia una cárcel que ella misma ayudó a construir.

¿Quién?


Tras otro día más perdido en el limbo terrenal, se precipitó en busca de un lugar en el que poder dormir, o al menos intentarlo.

Hoy no le apetecía inmiscuirse en la inmundicia de bebidas viles y sus jaquecas, hoy quería soñar; no le importaba que el lustre del inconsciente no lo admitiese en sus obras. Aceptó hace tiempo observarlas desde un telescopio en la cima de su inocuidad bipolar.

Además, no recuerda su infancia; es más, muchas veces se mantiene dubitativo sobre la existencia de ésta, ¿fue niño?

Implorando a los ángeles, escrutaba cada vena con destino cardíaco, en busca de retazos sanguíneos en los que poder hallar la respuesta y así sentirse vivo. Mas todos los intentos fueron en vano, y tal como vinieron, se marcharon cabizbajos, musitando palabras de impotencia, perdón y rabia.

Tras la presbicia de sus quimeras, alejaba la vista, evadiéndose con las monedas mendigadas; permitiendo al tiempo encaramarse a su espalda y jugar al fugaz azar del día. No sabe desde cuándo, ni mucho menos hasta cuándo.

Esto no significaba la izada de bandera blanca por parte suya, mas no conocía otra forma de vida.

Un día, bajo lo efímero de una mirada, un ligero susurro pertrechó su corazón y el mismo formó parte —esta vez —de las obras dirigidas por la tupida profundidad  de su ser.

En aquel fugaz lance unilateral, descubrió quien era. En aquellos ojos, se derrumbó.

Comenzó a comprender.

Comprendió que era un sueño, que tuvo que exiliarse tras las puertas del olvido por culpa del miedo y sus voces. Un sueño que, una vez en el exterior, sin guía y sin camino, permaneció estático mientras vetustas serpientes disfrazadas de musas le mantenían sedado; olvidado. Un sueño que fue juzgado por aquellos que controlan las leyes de este juego macabro. Un sueño que fue castigado con un abandono  y lágrimas tras las que, ninguno de los dos, pudieron recordar.

Él ya se había olvidado de esa parte suya, por eso le fue tan costoso anhelar, disfrutar y evocar su origen y su infancia compartida. Él ya borró las puertas que conducen a la vida, siendo otro adulto más; sobreviviendo en este mundo de piedra. Únicamente su corazón notó su presencia,  provocando un latido nostálgico, impotente; mudo.

Pero al sueño no le importó. Ahora que reconoció a su dueño, asió su entereza —como paraguas— y tras escuchar el repiqueteo de la puerta, subvino la empatía —como arquitecta— junto a la infancia —como plano—; no tuvo nada que temer.

Todo volvería a ser como debiera ser.

P.D.: La frase subrayada es de el grande Hovik Keuchkerian.

Recuerdos imaginarios


Recuerdo imaginarnos tras varios años de incertidumbre y ocultismo; recuerdo preguntarme, ¿y si nos volviésemos a ver?

Desafortunadamente, esto hizo que mi cabeza no parase de preguntármelo, era como si necesitase que le contase un cuento para luego irse a dormir. Así pues, tras largos días de insomnio decidí contárselo —contármelo—.

Nuestro encuentro sería en una calle cualquiera, pues visitamos cada esquina de esta, nuestra ciudad. Todo se volvería más vivo, como si el inconsciente del corazón comenzase a latir por voluntad propia y sin atender a la consciencia.  Sin hablar, nos observaríamos durante unos minutos, recordando, anhelando, y detestando aquellos tiempos;  luego te preguntaría qué tal te va todo, mientras nos sonreímos; yo a ti, ocultando mi tristeza, y tú a mí, con total transparencia. Te abrazaría, sintiendo tu calor, olvidado ya, no intencionadamente, pero olvidado. Viendo el tiempo pasar, continuaría hablando contigo sobre nimiedades, huyendo de la despedida, aunque a la vez la desease. Sabría desde el principio que me quedaría toda la tarde hablando contigo, invitándote así a tomar un café. Puede que en la realidad no aceptases, pero me prometí un cuento feliz.

Iríamos a un bar diferente, inhóspito, para empezar desde cero. Te hablaría de mi familia, aquella que llegaste a conocer y a la que contagiaste esa cálida simpatía tan tuya. Te hablaría sobre mis sueños de recorrer el mundo y de cómo tenía ya planeado comenzarlo en verano; vería cómo tu cara comenzaría a irradiar aquella simpatía tan dulce y viva. Comenzaría así un soliloquio contigo de invitada en el que, inconscientemente, realizaría la tentativa de recuperarte.

Acabaríamos en la barra del bar, riéndonos de nuestros tiempos, de todas las discusiones convertidas en tonterías, de todos los buenos momentos, de cómo nos conocimos, de ti. Después, soltaría la pregunta: ¿te imaginas si todo hubiese salido bien y siguiésemos juntos? Sé que te reirías y que no responderías nada, mas en tu interior, al igual que yo, no pararías de preguntártelo.

Una vez algo achispados, te hablaría de mis sentimientos y te invitaría a que vinieses conmigo a viajar por el mundo, algo que teníamos pendiente de la otra vida, de nuestra añeja relación y sus promesas. Aceptarías, y te besaría, sé que no sería lo correcto pero no siempre lo correcto es mi correcto. Te invitaría a mi nuevo piso, alejado de ti y nuestros recuerdos, impersonal, indiferente. Haríamos el amor toda la noche, alocados como adolescentes, ilustrados como adultos.

Nos despertaríamos al día siguiente vivos, felices, como si nada hubiera cambiado y siempre hubiésemos estado juntos. Acariciaría tu sonrisa, tu pelo, tu todo. Te haría el desayuno y comenzaríamos a hablar de nuevo, pero desde el romanticismo y sus caminos.

Empezaríamos de nuevo, borraría aquel punto y final, para vivir en nuestro ayer eterno.

(Lo siento…).

Estrellas fugaces


Todavía recuerdo el primer lugar al que viajé.

Era un lugar alegre al sur del globo terráqueo, en donde la naturaleza cubría cada esquina con su amistoso color verde. Pude allí observar la vida cotidiana de las ramas, oteando un poco de amor para luego así abrazar entre ellas la coincidencia añorada. También observé el vetusto conocimiento de los troncos de aquellas ramas, impartiendo clases a las fastuosas hojas y aconsejando a todo animal e insecto que lo necesitase.

Durante todo ese tiempo dormí con sueños, recogiendo cada pieza de brizna en mi alegría onírica, bajo una burbuja que me protegía.

Desafortunadamente, no todos los viajes son así.

Hubo una vez en la que fui enviada a una zona desértica, vilipendiada por el ego. Allí no pude observar a la madre tierra, pues todo fue contaminado por el poder, corrompiendo a aquellas joyas de sílice, infravalorándolas, marchitándolas; convirtiéndolas en minúsculas gotas de desprecio entre ellas —y en una misma.

Era un lugar donde pude observar cómo, mediante vuestros ambages, insinuáis quimeras en los ignorantes involuntarios; los cuales, raídos por los sueños, se arrodillan ante vosotros, ofreciéndoos su inefable ayuda.

Es por esto que decidimos mostrarnos mayoritariamente ante la naturaleza —siempre hay alguna ingenua—, ya que sus deseos son puros y desinteresados. Y cuando lo anhelado es pedido por el alma, disfrutamos del periplo, acercándonos cada vez más a nuestro hogar: la tierna infancia.

Infinito


Érase una persona que conocía el infinito. Habéis oído bien, sí, lo conocía.

Es más, hubo un tiempo en el que vivía en él. Tuvo que abandonarlo cuando cayó en el olvido; a nadie le importaba ya lo no perecedero, pues lo tachaban de inalcanzable e incluso varias religiones lo culparon como herético.

Le reconocí por esa acritud dulce que le rodeaba, olía a lugares añejos con un toque a impaciencia.

Su sonido reverberaba por todos los lugares; ese chirrido únicamente le era muy molesto a nuestro querido amigo, pues no estaba acostumbrado a escuchar cualquier sonido creado por superficies o prolongado por las paredes y sus texturas. Amaba los espacios vacíos, sin paredes ni suelo, ni tejado.

Estaba triste y le pregunté por qué lo estaba si ahora podría tener todo lo que quisiese. Él me respondió que no estaba acostumbrado a ver cosas y que al segundo desapareciesen, sin que nadie las echase de menos, sin que nadie las recordase; por lo que prefería no tener nada, pues la nada nunca huye de ti, y tú no puedes abandonarla.

¿Cómo iba alguien querer nada? El infinito me había decepcionado, pues no existe nada sempiterno más que el infinito, ¿o sí?

Al cabo de unos minutos disfrutando del silencio y de los pensamientos, dijo:

—Ya sé lo que quiero, quiero tu alma, ya que esta nunca me abandonará del todo. Incluso si no vienes conmigo sé que estarás en algún lugar, y te recordaré para siempre.

Claramente le dije que no, que mi alma es mía y de nadie más.

—Ahora comprendo porque en vuestro mundo odiáis el infinito —dijo—. No queréis nada que no sea vosotros, y en el fondo igual hasta os odiéis, por lo que no podríais vivir solos, en vuestra ilimitada infinitud; sería un hastío.

No dijo nada más. Se levantó del banco, y se fue.

Pasaron los años y lo comprendí, sin la nada no sería yo, sin el silencio no podría escucharme, y sin mi alma no podré querer al resto, y mucho menos comprenderlos.

Ahora le busco, necesito encontrarle y decirle que le regalo mi alma, que le regalo todos mis recuerdos, para así ayudar a los demás y vivir en ellos. Desgraciadamente hace tiempo que se fue y no creo que vuelva —yo no lo haría—, al menos por ahora, pero da igual, esparciré mi semilla infinita por el resto de las personas, difundiendo lo olvidado, olvidando lo perecedero.