Banderas rotas


Un soldado camina por la orilla envuelto en su capote militar, pisando una arena mojada por la llovizna fina y fría que cae del cielo. A su lado, un mar verdoso bate la playa con olas cortas y suaves. El paisaje es desolador, pero el soldado ha querido distanciarse de sus compañeros y de su cháchara repetitiva y triste. En realidad ya no es un soldado, si acaso un huido, un refugiado, un prisionero. O simplemente un hombre triste que pasea su desventura por la playa vacía, buscando un poco de soledad en el inmenso campo de internamiento.

Nadie entiende nada allí. Miles y miles de huidos hacinados en un erial cercado y custodiado, pasando hambre y frío, sin techo ni refugio, comiendo arena y bebiendo agua salada. Gentes de todas las condiciones, soldados, civiles, de todas las edades, mujeres, niños y ancianos. Sanos y enfermos. Cuerdos y locos. Una masa temerosa y vencida que se pregunta qué será de ellos, qué pasará mañana, sin fuerzas siquiera para tener esperanzas.

El soldado pasa junto a una bandera semienterrada en la arena, húmeda y descolorida. Se agacha y la recoge. Los tres colores de la derrota parecen más apagados que nunca, pero la sacude y se la guarda. Más adelante hay un árbol sin hojas, uno de los pocos que hay allí dentro. Ve a un hombre sentado a su pie, la espalda apoyada en el tronco.  Es un hombre maduro y triste, con poco pelo y la barba descuidada. Agacha la cabeza para leer.

Le da lástima y se acerca a él. Tiene bolsas oscuras bajo los ojos, un abrigo basto y haraposo, que le queda grande, y unas manos pálidas y temblorosas de las que se cae el libro.

El soldado lleva las suyas en los bolsillos y con la derecha juguetea con un trozo de pan. Por la mañana era un pan entero, pero ahora le queda poco menos de la mitad. Se lo ha ido comiendo a pellizcos, miguita a miguita, que iba deshaciendo con la saliva para engañar al hambre.

Se detiene junto al hombre, que sigue con la cabeza baja, se agacha y recoge el libro. Es un libro sucio y deshojado, lleno de versos. Al soldado no le interesa la poesía, ¿de qué han servido tantos poemas gloriosos, tantas canciones enardecidas, tantas consignas victoriosas si al final lo han perdido todo?, así que deposita el libro en el regazo del hombre, que no hace nada, ni se mueve, ni lo mira, y el soldado vuelve a enfundarse la mano en el bolsillo, en busca de la seguridad de su trozo de pan. Lo acaricia con agrado, suavemente, lo pellizca y desprende una miguita pero la momento la deja caer dentro de la faltriquera. Le da escrúpulos de conciencia comer delante de aquel hombre famélico y, sin saber por qué, saca el mendrugo y se lo ofrece. Esta vez sí que levanta la cabeza, despacio, y le echa una mirada de reojo, una mirada vacía y fatigada. El soldado mantiene la mano extendida un momento, hasta que el hombre se decide a cogerlo. Le susurra las gracias, agacha de nuevo la cabeza y parte el mendrugo en dos.

−Es para mi madre –le explica el hombre, y mueve ligeramente la cabeza.

El soldado mira hacia donde ha señalado el otro y ve un grupo de gente alrededor de una barraca sin techo. Hay varias mujeres sentadas y apoyadas contra la pared podrida. Están envueltas en mantas para protegerse del frío, de la llovizna, del viento, de la arena y quizá también del hambre. Es una escena desoladora, como todo en el campo de internamiento.

Cuando va a seguir su camino oye que lo llaman y se vuelve. Es Garcés, el sevillano, lleva una bota en las manos y la levanta como un triunfo. Le hace señas y se ríe, vente hombre y toma un trago. Ya está a su lado y le pasa la bota. Tiene un vino que sabe a vinagre, pero lo bebe igualmente. Echan una última mirada al hombre sentado en el suelo y siguen paseando por la playa. Todavía queda un trecho hasta la alambrada.

Los días se van sin que uno se dé cuenta, como agua que se escurre entre los dedos. Es difícil medir el tiempo sin un calendario a mano, sin nada que hacer, piensa el soldado. Sigue haciendo frío, sigue teniendo hambre y continúa encerrado. A veces llueve un rato y le toca estar mojado todo el día. A veces se despeja el cielo y asoma la cara un sol enfermizo que no calienta, pero en las noches hace más frío. Lo que no ceja nunca es el viento, ni el batir de las olas. Y él pasea todo el rato, solo o acompañado, mide la playa de punta a cabo, de alambrada a alambrada. Así se entretiene y se calienta. Varias veces, durante sus paseos, ha visto al hombre del abrigo sentado al pie del árbol, pero hoy está vacío. Mira más allá y no lo ve por ninguna parte. Sin embargo, alrededor de la casilla sin techo hay mucha gente y el soldado se desvía para ver qué ocurre. No tiene prisa, no tiene nada urgente que hacer.

La gente hace corro alrededor de algo. Se abre paso entre espaldas escuálidas y ropas andrajosas, y pronto descubre lo que atrae la atención de todos: un ataúd de madera. Un ataúd. Un muerto con suerte, piensa, porque a la mayoría los entierran en fosas comunes, que aquí lo común es morirse. Todos los días caen unos cuantos, de frío, de hambre, de disentería o de tristeza.

Al verle la cara se da cuenta de que es el hombre del árbol. A su lado hacen guardia una mujer muy anciana y un señor alto y mustio. Lo han vestido, al muerto, con una camisa vieja y una chaqueta remendada. Tiene la cara de un color gris panza de burro, los ojos cerrados y una mueca amarga en la boca. Es la viva imagen de la derrota. Al soldado le hace gracia su propio pensamiento: la viva imagen. Alguien le toca en el hombro.

Es Garcés, el sevillano, y otros compañeros sin bandera. El soldado le pregunta qué hace allí y Garcés le responde que ha venido a despedir a su paisano.

—¿Es que lo conocías?

—Claro. Yo y mucha gente. Era un escritor famoso —dice Garcés.

—Entre unos cuantos hemos hecho una colecta para comprar el ataúd —añade otro compañero.

El soldado se encoge de hombros. Lo dicho, piensa, un muerto con suerte:

—¿Y cómo se llamaba?

—Antonio, Antonio Machado.

Por fin el nombre le dijo algo. Había leído una proclama suya en el periódico, una proclama sencilla y directa. El soldado se echó la mano al bolsillo donde guardaba aún la bandera rota que había encontrado en la arena. La sacudió un poco, se acercó al ataúd y la colocó a los pies del cadáver. La anciana se enjugó una lágrima con un trocito de trapo.

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Nadie sabe qué va a pasar mañana


Niña refugiada

Niña refugiada

Ya clarea la mañana y entonces pasa una avioneta. La avioneta viene delante, explorando, y detrás llegarán los helicópteros. Así que la gente empieza a cruzar el río. Primero los que pueden nadar; pero otros que no saben también se tiran al agua. Por eso, a muchos se los lleva la corriente con sus bultos de ropa y los tanates que cargan. Se ahogan. En menos de nada se ha formado el pánico y es una llorazón de la gente y una gritolera. Veo a una niña que nada para alcanzar la otra orilla. Se le hunde la cabeza y vuelve a asomar tantito más abajo. Chapotea con las manos como loca, hasta que se agota y se deja llevar por la corriente. Antes de desaparecer se vuelve un momento hacia donde yo estoy. Tiene el pelo muy negro y la piel morena y brillante de agua. No la veo más.

Más acasito hay una balsa hecha de petate. Va muy cargada y empieza a dar vueltas al entrar en lo más duro de la corriente. Se va inclinando, inclinando, hasta que se vuelca y todos los que van encima caen al agua. Hay varios niños y mujeres que patalean y bracean en el agua, a la desesperada, y un hombre agarrado aún a la balsa por un bejuco. El hombre se estira para alcanzar a los que nadan pero sólo consigue enganchar por los pelos a un chigüín. A los demás los va alejando la corriente. Una de las mujeres lleva en brazos un niño de pecho y no lo quiere soltar. Lo agarra con un brazo y con el otro intenta nadar, pero se hunde. Al final, puede más la propia vida y suelta al tiernito, que se hunde, envuelto entre pañales azules y blancos, parece una flor caída al agua. La mujer, entonces, nada hacia la balsa y se agarra a ella.

Nunca antes había visto cosas así. Mis ojos lloran y siento como una angustia grande por todos los que se ahogan. Me entra un temblor al pensar en esos pequeños iguales a mis hermanos, en si nos pasará lo mismo a nosotros. Ya no quiero cruzar el río. Estoy abrazada a mi madre y mis hermanos, formamos todos una piña. Mi tío dice que hay que cruzar antes de que lleguen los militares. Sí o sí, dice. Mi padre se anima y botan la balsa, pero no cabemos todos y hay que dar varios viajes. Yo voy en el primero, sujeta con una mano a un madero. A mi hermano pequeño tienen que amarrarlo porque da unos grandes gritos y se mueve y no quiere meterse en la balsa. Mi tío y mi padre van nadando a los lados de la balsa, metidos en el agua. Yo voy nadando también, y por ratos siento que me hundo, pero primero Dios llegamos al otro lado. Y yo tan feliz porque no ha aparecido la aviación y pienso que ya no podrá pasarnos nada. Mientras mi padre se vuelve con la balsa para dar otro viaje, me quito el vestido allí mismo, en la orilla, lo escurro bien y me pongo el otro que llevo, que no se ha mojado y está seco. Ya se ve el sol por encima de los paredones que dan al río y empieza a hacer calor. Mi padre y el tío Luis regresan con el último viaje. Entonces se oye el papaloteo del helicóptero y a todo el mundo le entra el terror. Viene volando bajito, por el propio río, y se queda suspendido en el medio. Forma un vendaval perro que nos salpica de agua, como si estuviera lloviendo. Desde dentro disparan en todas direcciones. Es como un trueno continuado. La gente es toda carreras. Meto la ropa mojada en la cebadera y yo también corro. Me tropiezo y caigo al suelo. Lo veo todo rojo. Me duele en alguna parte, me duele mucho. Mi padre me recoge. Me lleva en brazos como cuando era pequeña, muy apretada, pero no me hace daño. Me acurruco entre sus brazos. Tengo la cabeza apoyada en su hombro y miro hacia atrás. Veo a los soldados allá arriba, dentro de la panza del animal. Se ven los destellos brillantes de los disparos. Son como estrellitas amarillas con tres puntas. Pero no se sabe a dónde va cada bala, de qué fusil proviene. El humo de la pólvora forma una neblina sobre el río y las aguas van volviéndose de color rojo.

Nos metemos en medio del charral, cerca del río, para ocultarnos. Mi padre me deja en el suelo, y aunque la mañana ya está avanzada, siento un gran frío y el cuerpo tan pesado como si fuera una piedra. Parece que se me escapa la sangre por las puntas de los dedos y por las niñas de los ojos. Las hojas de los árboles se mueven tantito. Aún se oyen algunos disparos ralos, perdidos. Todos están cansados, sin ánimo, y nadie sabe qué va a pasar mañana.

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