Nunca hasta ahora


Apenas han pasado unas pocas horas desde que te fuiste, sin embargo, ya me parecen años. Quizás haya perdido, al fin, el sentido del tiempo y con él, la cordura de mis ojos al ver las manecillas de cualquier reloj como enemigo, puesto que siempre me han llevado la delantera en tu despedida.

La última vez que estuve a tu lado, estaba tumbada a tu vera. En tu cama, tu calor rezumaba por todo mi cuerpo. Entonces, respiraba tu paz y tu expiración entrecortada. Mirando tus manos, mis ojos acumulaban unas lágrimas que no han querido brotar desde entonces, así como así, así como todos lo han hecho desde esa tarde de sábado en la que me marcas a fuego una fecha. Nunca hasta ahora había tragado tantas. Una cascada de ellas, que no para de fluir y salir hasta calmarse levemente.

Personas se acercan a mí, yo sonrío mientras me dan sus respetuosas condolencias. Qué ironía. Sonrío cuando tengo ganas de llorar. Otro día que odiaré. Otro día en el que me quedé sin darte un abrazo. Aunque esta ocasión sea la última y definitiva. Nunca hasta ahora lo podría haber imaginado. Ahora. Ahora que los busco desesperadamente.

Aquella noche, me hablabas susurrándome cariñosos motes, apenas dos palabras, cada cierto tiempo, cuando parecías volver en ti y a mí. Mientras te rogaba callar para evitar que forzaras más tu voz, esa que parecía desvanecerse con el paso de las horas.

Vi en ti tu vela y su llama apagarse lentamente. Mi corazón no rugió. Fuiste ejemplo de luz y de oscuridad, cuando te apagaste. Todo se quedó manchado con un negro crudo dispuesto a devorarme.

Volví al bicolor haciendo vivo tu recuerdo en mi interior y desde entonces, aquello que me rodea es una estampa de cualquier escena compartida contigo.

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La fiesta y Freud. Parte 1


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Era una tarde de jóvenes, y estaban cansados los bebedores de tanto exprimir el cerebro sobre pensamientos acerca del fin de la vida; en aquella fiesta de estudiantes, se dividieron por la casa los diferentes grupos. Según el guión de esta edad de jóvenes y fin de semana, la concurrencia acabó formando parejas. Luis asistió en la cocina a una escena deprimente que provoca el alcohol: una de las chicas norteamericanas de intercambio de estudios en la ciudad intentó beber un zumo de piña para aliviar la sed sin tener que seguir con un whisky más, no consiguiendo más que embadurnarse el jersey y la falda con el zumo. El fútil accidente debió provocar en la chica un agazapado sentimiento de culpa o recordar que algún chico no la había elegido a pesar de que era hermosa en bastantes sentidos, el caso es que comenzó a llorar en bajito como aquel que escucha cantar el gallo por tercera vez y cae en la cuenta de que se había prometido no volver a asistir a una de estas fiestas. Luis se acercó sin demasiadas ganas –hasta el momento solo estaba haciendo tiempo para cansarse y terminar despidiéndose de quien le había invitado– y llegó hasta ella para arreglar algo de aquella cuerda rota en el interior de la chica.

(Foto del autor)