El día que morí


Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay

El día que morí, murieron otras muchas personas, como cada día. Yo lo hice después de una vida larga, de la que, haciendo balance de los buenos y malos momentos, me puedo considerar afortunado. Habría preferido evitar el mal trago de la embolia que me postró en la cama durante dos semanas de agonía; un infarto mientras dormía habría sido más benévolo, pero qué se le va a hacer.

Otros lo pasaron peor, y su fin fue, a todas luces, mucho más injusto.

El día que morí, también murió un obrero a quien le cayó encima una pared mal apuntalada. Murieron una madre y su hija, atropelladas por un conductor borracho; y una mujer, ejecutada a pedradas por tratar de huir de un marido que la maltrataba. Otra murió desangrada, como consecuencia de un aborto clandestino.

Un hombre murió tras lanzarse al vacío desde la azotea del edificio de donde lo iban a desahuciar. A una prostituta la estrangularon tras haberla violado, y tiraron el cuerpo en una cuneta.

El día que morí, una patera con treinta personas a bordo se hundió en medio del mar, sin que nadie atendiera sus llamadas de socorro. Otras diez murieron al intentar saltar una valla fronteriza, víctimas de los disparos de los guardias.

Ese día, el que yo morí, un misil “extraviado” hizo saltar por los aires una escuela, con más de cien niños y varios maestros dentro. En otro lugar, las bombas certeras arrojadas desde un avión borraron del mapa un pueblo entero y a sus dos mil habitantes.

El día que morí, en un país olvidado, incontables personas anónimas murieron de hambre.

A mí me mató una embolia. No fue agradable, pero morí en la cama de un hospital, con mis manos entre las cálidas manos de mi esposa amada.

El día que morí, una mujer murió dando a luz en la cárcel. Y del cemento agrietado de sus muros brotó una flor diminuta.

Bajo el azur infinito


¿Irán los peces al cielo? ¿Habrá un sitio allí para el loto azul? Mi mente es un cielo nublado, jamás habitó la posibilidad de no hallar espacio para un azur infinito sin nubes de algodón y sal.

Jamás se me ocurrió pensar que el agua del río se llevara consigo todo lo digno que viste mi piel. No me sumergiré en él. No. ¿Qué pasaría si mi piel mudara? Quedaría desnuda en lo ruin, desprovista de escamas, ¿descubriría que soy pez? ¿Qué pasaría si me quedara sobre la superficie? Quedaría cargando las grandes verdades del universo, ¿descubría que soy loto azul?

El amanecer surge del mar. Los peces irán al cielo y habrá sitio para el loto azul, pero aquí, bajo el azur infinito, la vida para la mujer sigue siendo difícil.

Nunca hasta ahora


Apenas han pasado unas pocas horas desde que te fuiste, sin embargo, ya me parecen años. Quizás haya perdido, al fin, el sentido del tiempo y con él, la cordura de mis ojos al ver las manecillas de cualquier reloj como enemigo, puesto que siempre me han llevado la delantera en tu despedida.

La última vez que estuve a tu lado, estaba tumbada a tu vera. En tu cama, tu calor rezumaba por todo mi cuerpo. Entonces, respiraba tu paz y tu expiración entrecortada. Mirando tus manos, mis ojos acumulaban unas lágrimas que no han querido brotar desde entonces, así como así, así como todos lo han hecho desde esa tarde de sábado en la que me marcas a fuego una fecha. Nunca hasta ahora había tragado tantas. Una cascada de ellas, que no para de fluir y salir hasta calmarse levemente.

Personas se acercan a mí, yo sonrío mientras me dan sus respetuosas condolencias. Qué ironía. Sonrío cuando tengo ganas de llorar. Otro día que odiaré. Otro día en el que me quedé sin darte un abrazo. Aunque esta ocasión sea la última y definitiva. Nunca hasta ahora lo podría haber imaginado. Ahora. Ahora que los busco desesperadamente.

Aquella noche, me hablabas susurrándome cariñosos motes, apenas dos palabras, cada cierto tiempo, cuando parecías volver en ti y a mí. Mientras te rogaba callar para evitar que forzaras más tu voz, esa que parecía desvanecerse con el paso de las horas.

Vi en ti tu vela y su llama apagarse lentamente. Mi corazón no rugió. Fuiste ejemplo de luz y de oscuridad, cuando te apagaste. Todo se quedó manchado con un negro crudo dispuesto a devorarme.

Volví al bicolor haciendo vivo tu recuerdo en mi interior y desde entonces, aquello que me rodea es una estampa de cualquier escena compartida contigo.

Ama’de Darïku


¡Corre! Huye a prisa del fuego danzante, la multitud moribunda conspira por tu muerte condenada sobre la llama ¿Contra qué símbolo de la verdad mundana arremetiste ahora? Debes aprender que con el pueblo conservador has de comportarte con cuidado, hasta el más sencillo argumento o acción puede despertar en ellos una revolución defensiva con extremismos y fervor agresivo.

Las montañas oscuras donde los peligros abundan, hacia allá te diriges en búsqueda de resguardo; un lugar seguro en medio del misterio… los árboles turbios danzan entre sí, susurran secretos que a tu oído ponen tenso y a tu cuerpo lo hacen sentir denso. Pero no te dejas ceder al miedo, aguantas el frío y miras con lujuria el tesoro que has hurtado.

El pueblo te busca, te has robado su más sagrado artefacto. Los materiales con que está hecha tal reliquia son de origen divino, recursos no renovables que solo se ven una vez cada milenio; forjados por algún súbdito de la realeza desconocida, de la más alta sangre y con aros de luminiscencia sobre sus cabezas. Cabeza, lo que la gente reclama de tu errante humanidad, la audiencia quiere justicia, sangre y pedazos de carne para a sus propios demonios calmar.

¿A dónde te has llevado las Sauditas del altar?

Dicen en el pueblo de Badusa que el dios DerPa’h descendió desde lo alto de la montaña hace 200 lunas atrás, traía consigo el fuego original, aquel que nace justo en las profundidades rocosas del mar; en una mano lo sostenía sin sutileza como si el mismo brotara de su interior; en la otra mano cargaba el agua fosilizada del espacio, la energía más pura que cualquier mortal haya visto antes en su vida mortal y espiritual.

Ambos recursos de alta potencia era tan poderosos como delicados, así que, como siguiendo un plan trazado por alguna entidad superior, DerPa’h los depositó juntos en el gran florero Agros, ese monumento natural tallado en piedra y recubierto con plata, que honraba a los vivos que habían pasado al mundo intermedio. El dios mezcló los ingredientes con la tierra, y decretó que la energía brotaría de una nueva fuente de vida.

Así fue, durante muchos ciclos terrestres. Y así continuará siendo. Todo está en tus manos, Ama’de Darïku. El pueblo habla desde su furia pero no entiende tu propósito y todo lo que arriesgas.

Te conocerán como el ladrón de flores, pero en realidad eres el portador del fuego vital. La real energía que, junto al néctar del agua fosilizada, lograrán crear un nuevo mundo, alejado de la química destructiva a la que se dirige el humano rebelde, que no tiene causa y por eso se rebela, atentando contra sí mismo, sin fin aparente.

Que arda la tierra antigua, y un nuevo mundo pueda surgir…

Ama’de Darïku.

 

La fiesta y Freud. Final


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Entregas anteriores de esta serie: https://saltoalreverso.com/tag/fiestafreud/

En el trayecto supo que se llamaba Alise, vivía en Wisconsin, en una ciudad mediana, con su padre viviendo en Chicago, separado desde hacía cinco años de su madre. Otra hermana mayor había seguido los mismos pasos a los dos años de casada. Le confesó que sentía miedo por las relaciones estables con los chicos. Parados en un semáforo Luis se fijó en la ventana de una bar donde un grupo de hombres jugaba a las cartas, en su centro uno de ellos tenía la cara completamente desfigurada con un color morado oscuro, llena de llagas, y a esa distancia pudo ver unos ojos blancos de absurdo vacío. Si alguien así no se ocultaba del día, tenía amigos, familia tal vez, o saluda en el trabajo, es que quedan sueños en los que creer, y no resulta interesante quejarse de esta vida. Como aquel hombre se había desfigurado, Luis no lo sabía, pero aquel hombre al ver las cartas que ahora sostenía en su baza, estaba esbozando una sonrisa, dejaba claro que no era un murciélago humano ni una pesadilla que nos conmueve por nuestra suerte. Notó la cálida mano de la muchacha sobre la suya al cambiar las marchas, aparcó el coche en una calle de edificaciones antiguas, no más altas que tres plantas mal hechas, con fachadas faltas de pintura y puertas de madera. Acarició el dorso de la mano de la chica, Alise respiraba nerviosa como si el aire fuese latiendo, siguió subiendo por el brazo y rozó su pecho, las mejillas ya estaban encarnadas, y se acercó más a ella.

―A la mierda Freud —le dijo en voz baja, acariciando más su cuerpo.

La fiesta y Freud. Parte 2


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—Este es el momento de la película donde la chica se empieza a desnudar, quitándose la ropa manchada.

Le sonrió, y a la vez le estaba diciendo que no carecía de interés. Así que añadió:

—O el momento donde el chico quiere ayudarla. —Ella tenía los ojos azules—. Ha sido un accidente, el  jersey se arreglará en la lavadora.

La chica no contestó, tiró primero de cada una de las mangas de la prenda, empezando a quitársela, luego con la cara muy seria se quitó el jersey haciendo que volara su melena al estirarlo desde su cuello. Una camiseta color azul ajustada dejaba vislumbrar unos senos desarrollados. Lo sabía ella y él también. La puso la prenda sobre los hombros mientras se miraban a unos centímetros. La casa estaba en ese momento anestesiada, no oían nada, solo se miraban.

—La falda no hace falta que te la quites, ya estás muy guapa así.

—No pienso quedarme en bragas, delante de…

—Están borrachos, mujer… pero de verdad que no hace falta, si te vieran acabarían exagerando las cosas.

—¿Qué cosas?

—Pues que te estabas desnudando en la cocina delante de mí, y que…

—Solo me he quitado mi jersey, el olor de la fruta se pega al resto de la ropa.

—De eso tratan las exageraciones, sobre todo cuando las chicas son guapas, los deseos se confunden con la realidad, y luego acaban diciendo que tu ropa interior…

—¡No voy a quitarme la falda, te queda claro!

—Ya lo sé, ¿no pensarás que soy un sátiro?

—¿Un sátiro es un salido?

—Estrictamente hablando Freud diría que sí, todos los hombres somos… ¡Ya sé que no te ibas a quitar la falda por favor!

La chica norteamericana se rió de manera sincera, borrándose toda tristeza, miró las botellas encima de la mesa de la cocina y dijo, mirándolas:

—He bebido mucho, y debería irme a casa.

—Te puedo llevar, si quieres.

—Pues…

—Y con la falda puesta, por supuesto.

—Ya.

—Y lo que lleves debajo, o encima, o la ropa… ya me entiendes.

—Claro, vale… está bien… —Volvió a reírse, se sentía bien con aquel chico.

—Freud era un obseso, no tenía razón.

—¿Sobre qué no tenía razón?

—La ropa interior, las faldas… Vale, te llevo a casa. —Salieron a buscar los abrigos—. Viena en aquel tiempo estaba llena de extraños personajes, medio genios pero pensando en el sexo más retorcido cada dos días. No me hagas caso.

Ella le miraba divertida, había leído un libro sobre esa parte de la historia, pero la divertía escucharla mezclada con aquella situación.

(Primera parte del relato http://wp.me/p3pCKR-3BF. Foto del autor)

Pasta Alegori


La receta. Infalible listín de procesos que fundamentan el diseño del sabor. Con los materiales más deliciosos, podemos dar forma a la octava maravilla culinaria. Y a su vez, con dichos conjuntos anónimos construimos un lienzo blanco que aspira a convertirse en obra.

Durante cada paso en la producción gastronómica se abre una ventana a la especialización, la técnica, el estilo y la sazón. Un mundo dentro de otro, y así el universo de las ideas se expande. Concebido por la curiosidad y el hambre. La vida culinaria me absorbe y me hace parte de ella.

Entre un bosque de especias me pierdo, ¡alegre!, aunque aveces soy guiado por proteínas tradicionales, salsas empalagosas y un sinfín de comensales tediosos… siempre encuentro la luz al caer en una olla con agua hirviendo, y un paquete de pasta linguini a la mano.

Sin nada que hacer a media noche, acechado por un apetito desgarrador, contenedores vacíos, alacenas rebosantes de polvo y sabores enlatados que no complacen ni a una rata, te encuentras con una alternativa que el humano común desatiende a lo largo del camino, evade comerla siempre con la excusa de “su típica y fácil preparación”. Pero se equivocan, no tienen ni idea de lo aquello que tienen al frente, la vida hecha masa. Y la masa, hecha pasta.

Me brindas lo que necesito, haces armonía con todo aquello que en la naturaleza nace y en la cocina siempre me dejas pintar obras de arte contigo.

Gracias, en nombre de todo aquello que es delicioso.