Nunca hasta ahora


Apenas han pasado unas pocas horas desde que te fuiste, sin embargo, ya me parecen años. Quizás haya perdido, al fin, el sentido del tiempo y con él, la cordura de mis ojos al ver las manecillas de cualquier reloj como enemigo, puesto que siempre me han llevado la delantera en tu despedida.

La última vez que estuve a tu lado, estaba tumbada a tu vera. En tu cama, tu calor rezumaba por todo mi cuerpo. Entonces, respiraba tu paz y tu expiración entrecortada. Mirando tus manos, mis ojos acumulaban unas lágrimas que no han querido brotar desde entonces, así como así, así como todos lo han hecho desde esa tarde de sábado en la que me marcas a fuego una fecha. Nunca hasta ahora había tragado tantas. Una cascada de ellas, que no para de fluir y salir hasta calmarse levemente.

Personas se acercan a mí, yo sonrío mientras me dan sus respetuosas condolencias. Qué ironía. Sonrío cuando tengo ganas de llorar. Otro día que odiaré. Otro día en el que me quedé sin darte un abrazo. Aunque esta ocasión sea la última y definitiva. Nunca hasta ahora lo podría haber imaginado. Ahora. Ahora que los busco desesperadamente.

Aquella noche, me hablabas susurrándome cariñosos motes, apenas dos palabras, cada cierto tiempo, cuando parecías volver en ti y a mí. Mientras te rogaba callar para evitar que forzaras más tu voz, esa que parecía desvanecerse con el paso de las horas.

Vi en ti tu vela y su llama apagarse lentamente. Mi corazón no rugió. Fuiste ejemplo de luz y de oscuridad, cuando te apagaste. Todo se quedó manchado con un negro crudo dispuesto a devorarme.

Volví al bicolor haciendo vivo tu recuerdo en mi interior y desde entonces, aquello que me rodea es una estampa de cualquier escena compartida contigo.

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Ama’de Darïku


¡Corre! Huye a prisa del fuego danzante, la multitud moribunda conspira por tu muerte condenada sobre la llama ¿Contra qué símbolo de la verdad mundana arremetiste ahora? Debes aprender que con el pueblo conservador has de comportarte con cuidado, hasta el más sencillo argumento o acción puede despertar en ellos una revolución defensiva con extremismos y fervor agresivo.

Las montañas oscuras donde los peligros abundan, hacia allá te diriges en búsqueda de resguardo; un lugar seguro en medio del misterio… los árboles turbios danzan entre sí, susurran secretos que a tu oído ponen tenso y a tu cuerpo lo hacen sentir denso. Pero no te dejas ceder al miedo, aguantas el frío y miras con lujuria el tesoro que has hurtado.

El pueblo te busca, te has robado su más sagrado artefacto. Los materiales con que está hecha tal reliquia son de origen divino, recursos no renovables que solo se ven una vez cada milenio; forjados por algún súbdito de la realeza desconocida, de la más alta sangre y con aros de luminiscencia sobre sus cabezas. Cabeza, lo que la gente reclama de tu errante humanidad, la audiencia quiere justicia, sangre y pedazos de carne para a sus propios demonios calmar.

¿A dónde te has llevado las Sauditas del altar?

Dicen en el pueblo de Badusa que el dios DerPa’h descendió desde lo alto de la montaña hace 200 lunas atrás, traía consigo el fuego original, aquel que nace justo en las profundidades rocosas del mar; en una mano lo sostenía sin sutileza como si el mismo brotara de su interior; en la otra mano cargaba el agua fosilizada del espacio, la energía más pura que cualquier mortal haya visto antes en su vida mortal y espiritual.

Ambos recursos de alta potencia era tan poderosos como delicados, así que, como siguiendo un plan trazado por alguna entidad superior, DerPa’h los depositó juntos en el gran florero Agros, ese monumento natural tallado en piedra y recubierto con plata, que honraba a los vivos que habían pasado al mundo intermedio. El dios mezcló los ingredientes con la tierra, y decretó que la energía brotaría de una nueva fuente de vida.

Así fue, durante muchos ciclos terrestres. Y así continuará siendo. Todo está en tus manos, Ama’de Darïku. El pueblo habla desde su furia pero no entiende tu propósito y todo lo que arriesgas.

Te conocerán como el ladrón de flores, pero en realidad eres el portador del fuego vital. La real energía que, junto al néctar del agua fosilizada, lograrán crear un nuevo mundo, alejado de la química destructiva a la que se dirige el humano rebelde, que no tiene causa y por eso se rebela, atentando contra sí mismo, sin fin aparente.

Que arda la tierra antigua, y un nuevo mundo pueda surgir…

Ama’de Darïku.

 

La fiesta y Freud. Final


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Entregas anteriores de esta serie: https://saltoalreverso.com/tag/fiestafreud/

En el trayecto supo que se llamaba Alise, vivía en Wisconsin, en una ciudad mediana, con su padre viviendo en Chicago, separado desde hacía cinco años de su madre. Otra hermana mayor había seguido los mismos pasos a los dos años de casada. Le confesó que sentía miedo por las relaciones estables con los chicos. Parados en un semáforo Luis se fijó en la ventana de una bar donde un grupo de hombres jugaba a las cartas, en su centro uno de ellos tenía la cara completamente desfigurada con un color morado oscuro, llena de llagas, y a esa distancia pudo ver unos ojos blancos de absurdo vacío. Si alguien así no se ocultaba del día, tenía amigos, familia tal vez, o saluda en el trabajo, es que quedan sueños en los que creer, y no resulta interesante quejarse de esta vida. Como aquel hombre se había desfigurado, Luis no lo sabía, pero aquel hombre al ver las cartas que ahora sostenía en su baza, estaba esbozando una sonrisa, dejaba claro que no era un murciélago humano ni una pesadilla que nos conmueve por nuestra suerte. Notó la cálida mano de la muchacha sobre la suya al cambiar las marchas, aparcó el coche en una calle de edificaciones antiguas, no más altas que tres plantas mal hechas, con fachadas faltas de pintura y puertas de madera. Acarició el dorso de la mano de la chica, Alise respiraba nerviosa como si el aire fuese latiendo, siguió subiendo por el brazo y rozó su pecho, las mejillas ya estaban encarnadas, y se acercó más a ella.

―A la mierda Freud —le dijo en voz baja, acariciando más su cuerpo.

La fiesta y Freud. Parte 2


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—Este es el momento de la película donde la chica se empieza a desnudar, quitándose la ropa manchada.

Le sonrió, y a la vez le estaba diciendo que no carecía de interés. Así que añadió:

—O el momento donde el chico quiere ayudarla. —Ella tenía los ojos azules—. Ha sido un accidente, el  jersey se arreglará en la lavadora.

La chica no contestó, tiró primero de cada una de las mangas de la prenda, empezando a quitársela, luego con la cara muy seria se quitó el jersey haciendo que volara su melena al estirarlo desde su cuello. Una camiseta color azul ajustada dejaba vislumbrar unos senos desarrollados. Lo sabía ella y él también. La puso la prenda sobre los hombros mientras se miraban a unos centímetros. La casa estaba en ese momento anestesiada, no oían nada, solo se miraban.

—La falda no hace falta que te la quites, ya estás muy guapa así.

—No pienso quedarme en bragas, delante de…

—Están borrachos, mujer… pero de verdad que no hace falta, si te vieran acabarían exagerando las cosas.

—¿Qué cosas?

—Pues que te estabas desnudando en la cocina delante de mí, y que…

—Solo me he quitado mi jersey, el olor de la fruta se pega al resto de la ropa.

—De eso tratan las exageraciones, sobre todo cuando las chicas son guapas, los deseos se confunden con la realidad, y luego acaban diciendo que tu ropa interior…

—¡No voy a quitarme la falda, te queda claro!

—Ya lo sé, ¿no pensarás que soy un sátiro?

—¿Un sátiro es un salido?

—Estrictamente hablando Freud diría que sí, todos los hombres somos… ¡Ya sé que no te ibas a quitar la falda por favor!

La chica norteamericana se rió de manera sincera, borrándose toda tristeza, miró las botellas encima de la mesa de la cocina y dijo, mirándolas:

—He bebido mucho, y debería irme a casa.

—Te puedo llevar, si quieres.

—Pues…

—Y con la falda puesta, por supuesto.

—Ya.

—Y lo que lleves debajo, o encima, o la ropa… ya me entiendes.

—Claro, vale… está bien… —Volvió a reírse, se sentía bien con aquel chico.

—Freud era un obseso, no tenía razón.

—¿Sobre qué no tenía razón?

—La ropa interior, las faldas… Vale, te llevo a casa. —Salieron a buscar los abrigos—. Viena en aquel tiempo estaba llena de extraños personajes, medio genios pero pensando en el sexo más retorcido cada dos días. No me hagas caso.

Ella le miraba divertida, había leído un libro sobre esa parte de la historia, pero la divertía escucharla mezclada con aquella situación.

(Primera parte del relato http://wp.me/p3pCKR-3BF. Foto del autor)

Pasta Alegori


La receta. Infalible listín de procesos que fundamentan el diseño del sabor. Con los materiales más deliciosos, podemos dar forma a la octava maravilla culinaria. Y a su vez, con dichos conjuntos anónimos construimos un lienzo blanco que aspira a convertirse en obra.

Durante cada paso en la producción gastronómica se abre una ventana a la especialización, la técnica, el estilo y la sazón. Un mundo dentro de otro, y así el universo de las ideas se expande. Concebido por la curiosidad y el hambre. La vida culinaria me absorbe y me hace parte de ella.

Entre un bosque de especias me pierdo, ¡alegre!, aunque aveces soy guiado por proteínas tradicionales, salsas empalagosas y un sinfín de comensales tediosos… siempre encuentro la luz al caer en una olla con agua hirviendo, y un paquete de pasta linguini a la mano.

Sin nada que hacer a media noche, acechado por un apetito desgarrador, contenedores vacíos, alacenas rebosantes de polvo y sabores enlatados que no complacen ni a una rata, te encuentras con una alternativa que el humano común desatiende a lo largo del camino, evade comerla siempre con la excusa de “su típica y fácil preparación”. Pero se equivocan, no tienen ni idea de lo aquello que tienen al frente, la vida hecha masa. Y la masa, hecha pasta.

Me brindas lo que necesito, haces armonía con todo aquello que en la naturaleza nace y en la cocina siempre me dejas pintar obras de arte contigo.

Gracias, en nombre de todo aquello que es delicioso.

Volver a comenzar: Un soneto de olvidos


Se adelantó el tiempo y un año ha transcurrido desde aquel momento. Sujetó los cordones de sus botas, preparado para enfrentarse al mundo, equipado tan solo con un suspiro gastado y un montón de pensamientos despeinados; era momento de volver a comenzar. No entendía muy bien aún las noches, mucho menos aquellas de brindis y abrazos de ocasión; esas donde algunos seres son queridos solo por obligación.

La euforia le parecía la burla cruel de un ciclo sin sentido, donde la repetición era un mandatorio indiscutible y el desconsuelo tomaba de nuevo su lugar, un lunes a las ocho. Pero antes, mucho antes de que todo eso le agobiase, quiso salir y respirar eso que tantos llamaban un comienzo nuevo, aun cuando la constancia sea imperante y las mentiras propias se disfracen de buenas intenciones. Lo que ayer adornaba el parque en alusión a la armonía, hoy es basura hueca e irrecuperable; incluso las personas se habían vuelto desechables.

Decidió entonces dar vuelta a las miradas, transitar el mundo con fe de erratas y saber que nada llegaría por el milagro de la cordura, que seguir ausente no era tan sano a veces, aunque algunas noches se vuelva necesario. Siguió caminando y siguió mirando. Siguió observando como el viento estaba indeciso de su curso por lo que no se sintió tan único. Lanzó monedas a los mendigos, ellos seguían siempre en el mismo sitio, incluso aquel que una vez fue su amigo, un guerrero de batallas perdidas que soñaba siempre con el saxofón y un blues enardecido; le miró como anunciándole que aún no todo estaba perdido. Irónico o no, fue el más sincero de sus alivios.

Le extrañaba mucho la vida, tal y como la veía. Le parecían tan absurdas las mentiras, pero aun así las vestía como ecos que halagaban el éxito en ojos de terceros, como una fábula de Esopo sin ética ni moraleja, solo con el único designio de ser otra farsa escueta. Sentóse entonces en la misma banca, con las mismas manos y las mismas piernas, con su frente baja y una historia a cuestas, dióse cuenta de que el tiempo pasa y los sentidos se quedan, que el olvido a veces es solo un arma que apuñala la propia espalda. Sacó de su bolsillo una hoja, manchada y arrugada por la lucha de las palabras allí plasmadas; una oda a la inexactitud, al exilio de lo representativo, al enojo de lo pasivo. Un soneto claro y confundido, el suicidio ordinario a lo común, el antídoto de sus castigos.

Un feliz año nuevo en mi piano sin usar
dar final a mis teorías
para decidir cuándo partiría
encontrar una excusa para volver a comenzar.
 
Redimir ideas locas como río que llega al mar
sin falacias ni fantasías
el don de hallar mi propia melodía
aprendiendo otra vez a caminar.
 
Encontrar permanencia en lo ocasional
el lugar donde no hay vacíos
y toca la orquesta de mi olvido.
 
Escuchar renunciar a lo moral
la paz de un silencio sin hastío
el adagio de un adiós concedido.

 

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Imagen «Cerrando el tiempo», autoría propia.

Este es un relato hermano de «Adagio: El adiós concedido» publicado el 31 de diciembre del 2014, en este mismo espacio de Salto al reverso. 

Adagio: El adiós concedido


El caparazón se rompió al final de la tarde, eso creía. En realidad eran las cuatro de la mañana. Se levantó horas después en sobresalto y sacudió su cabeza, casi en un intento desesperado por deshacerse de las voces de sí mismo, en diferentes periodos, con distintas personas, en variados escenarios. Muchas eran las temáticas pendientes, con otros y consigo mismo, ese día decidió no perdonar a Dios.

Sin bañarse o siquiera arreglarse salió de su casa. El estrepitoso viento de aquella mañana de martes, se encargó de acomodar su cabello. En sus boscosas cejas llevaba las dudas y la incertidumbre, se les veía agotadas. Sus pestañas forcejeaban ante la cónica brisa que le recordaba el sueño, ese que había perdido horas antes de su abrupto desafío. Su corazón palpitaba tal cual metrónomo y semicorcheas, simulando en sus adentros una orquesta de adrenalina en tono de suspenso. Llegó al parque y como estatua se sentó.

Repasaba en su mente aquellos ejercicios que había leído, esos que le permitirían abrir su cerebro. Se sentía atontado y hasta un poco paranoico. Un borracho de barbas blancas le tocó su hombro. Sin activación alguna de su sentido de alerta, le miro fijamente a los ojos, comprendió el dolor que cargaba de años, los pesares que llevaría a su casa al final del día, pudo ver en sus pupilas rostros de asustados infantes. Sin palabra alguna, así como llegó se alejó, cojeando a la deriva de la muchedumbre y las palomas; las cuitas que llevaba en su abrigo, simulaban insignias de guerra y desalojo.

Su cansancio desapareció después de ese momento atenuante, le hizo caer en cuenta de si mismo y de las decenas de personas que frente a él transitaban por minuto. Casi pudo dibujar un pentagrama con su mente, cada figura aleatoria eran las notas que por tanto tiempo había buscado, los tempos y el acorde olvidado, todo se había escondido en el anonimato de aquella escena tan abstracta. Un loco en pijamas y descalzo en medio parque, vislumbrando blancas y negras en las cabezas de sus ocupantes.

Sin prestar atención de su turbulenta apariencia, tomó su pluma y su cuaderno y empezó a escribir. A borrar y a escribir de nuevo. A escuchar en sus adentros, la melodía que le haría libre. Recordaba con recelo los gritos y la humillación que había vivido, los éxitos que tanto esfuerzo se había echado a cuestas gracias a su propio aliento. Sabía que era hora ya de remover sus armaduras, a sabiendas que sus dagas penetrarían directo en su carne, que muchas de ellas podrían tener la intención de ser mortales. Si quería avanzar debía ser valiente y alzar la voz, el do sostenido, el simbolismo en su arte; debía aprender a decir no y desnudar sus decisiones. Entendió a duras penas quien era y debía defenderlo contra quienes le detuvieran, formuló en su cabeza la sinfonía exacta para deshacerse del miedo, de la ira, de la pena y de toda esa mierda. Todo lo que le rodeaba con consentimiento.

Despidiéndose de sus viejos conflictos, puso el punto final. Su mejor composición estaba allí, pariendo de sus puños apretados y sus dedos gastados, le miraba con un asombro misterioso, había aprendido de diplomacia hacia sus obras. Sigilosamente rió. –Lo he hecho– se quiso susurrar a sí mismo al oído. Miró su alrededor y se echó una bocanada de aire a la boca, respiro sin apuro por vez primera aquel día. Alegróse de su vida en ese instante, miró su pasado en retrospectiva, con la redundancia que se debía. No era tiempo ya para seguir arrastrando lo acaecido, los días muertos y a quienes con ellos se habían ido. Abrazo su presente, aquel soplo de tiempo, arrugando a su vez ese papel con su obra más exuberante; arrojándola al vacío del basurero más cercano, se alejó con calma y sonriendo hacia su casa nuevamente. Debía prepararse para recibir el año nuevo.

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Imagen “A la espera del tiempo”, autoría propia.