«Pura miel…», por Chistín Bonetto (video)


Presentamos un video para despedir a nuestro autor destacado del cuatrimestre, Chistín Bonetto. Más información aquí: Autor destacado: Chistín Bonetto La obra es «Pura miel…», un poema publicado originalmente en su blog: chistinbonneto.wordpress.com. De nuevo felicitamos a Chistín y agradecemos su … Sigue leyendo

El monte del parnaso


Salieron antes de lo que habrían debido para coger el tren en Montparnasse y París estaba hecha del plomo del cielo y de la pizarra Haussmann de los tejados del barrio latino. Seguros de haber dejado todo en orden en el piso de la señora Montesquieu (seguro él, especialmente, de haber recogido todas las hojas que había rellenado con poemas inconexos durante esa semana) y tras haberse despedido de los demás, que ya estarían de camino a la península o a las islas, recorrieron la calle Monge hasta la parada de Cardinal Lemoine, donde cogieron la diez para ir a Odéon, donde cogieron la cuatro para ir a Montparnasse-Bienvenüe. Comieron en la estación un wrap de pollo que sabía a frío y a cinco con treinta y huyeron entre la gente para echarse un cigarro. Ya fuera, a mitad de una bocanada, él se percató de que tenían, justo al lado, una mochila abandonada. Miró a su alrededor, para cerciorarse de que nadie estaba buscándola o con intención de recogerla. “Navarra, mira: una bomba”, le dijo. Ella observó la mochila con los ojos como platos, pero contestó con calma: “¿Tú te crees que, con lo emparanoiados que están aquí con eso, iban a dejar una mochila sospechosa en la puerta de Montparnasse y que nadie se iba a dar cuenta?”. “La costumbre ablanda”, respondió. Permanecieron echándole reojos en silencio de maullidos nerviosos a la mochila azul con asa de cuero sintético y él desvió la vista un momento hacia las escaleras. Bajo la barandilla, en el centro exacto entre ambas bandas de escalones, una clocharda fumaba un gauloise y oteaba a los peatones de entre la maraña de rizos de paja descolorida. Lo miró de improviso y sonrió con los pocos dientes que le quedaban. Él cambió de ángulo y retrocedió a la mochila. “A lo mejor podríamos dar una vuelta y entrar por el otro lado”, propuso ella. “Así no estamos aquí parados”, se excusó él, “Me parece perfecto”.

Se detuvieron en un paso de cebra para ir a cruzar a la otra acera de la avenida Maine porque el semáforo estaba carmesí. “En Londres están que trinan con todo eso. Te decían por todas partes que había que informar de cualquier comportamiento sospechoso que notaras. Cualquier persona que fuera por un parque y viera un bolso dejado en un banco, pum: llamadita de emergencia y aviso de bomba. Yo no sé porqué aquí se lo toman tan a guasa”, “Tampoco es para tanto. Nosotros hemos visto la mochila y tampoco vamos a llamar a los gendarmes”. Era evidente que ella estaba nerviosa. Estaban de obras en la fachada de la estación y los separaban de la bomba las rejas del recinto en el que estaban trabajando, un casetón de metal, una grúa motorizada y varios montones de tubos de metal. Él empezó a imaginar todas las formas de proyectil mortífero que tendría todo aquel menaje si estallaba la bomba. Un tubo en la cabeza podría ser lo más rápido, pero, claro, el riesgo de que lo salvasen y se quedase tocado. Se decidió por el aplastamiento por grúa, aunque tuvo que corregirse y querer pensar que la onda expansiva lo dejaría inconsciente antes de que le cayese encima. La eficacia de la muerte en una ecuación de tiempo y dolor.

“Pordiós, cuánto tarda este semáforo”, “Relájate, Navarra. Ya se pondrá en verde”, pero el monigote seguía rojo como un tomate y sus piernas de esquema humano seguían muy pegadas, sin una ínfima grieta que expresase una posibilidad mínima de movimiento. Fue testigo de un ramalazo de sentido común al pensar que, si había sobrevivido a tanto viaje en avión, podía esperar que la mochila estuviera vacía o que contuviese cosas normales o que, al menos, si no eran normales, que no fueran a reventar por los aires la estación de Montparnasse, media calle Commandant René Mouchotte, a la clocharda inquietante, a los que fumaban y a los que hacían running, a los que almorzaban antes de coger el tren, a la que estaba montándose en la bicicleta para irse a casa, a ella, a él y a la familia de turistas que se acercaba a la esquina con Maine. De todos modos, si alguien, por lo que fuera, quería colocar una bomba en aquella zona, debería haberlo hecho en la fachada principal de la estación, la que daba al bulevar Vaugirard, a la torre del demonio y a la plaza Raoul Dautry, por donde había mucha más afluencia y mucho más tráfico. Todo apuntaba en contra de los explosivos. Todo excepto todo lo demás. Un escalofrío le recorrió el brazo con el que sujetaba el cigarro y tuvo que bajarse la manga de la sudadera. “¿Tienes frío?”, se interesó ella, “Tengo miedo”, se imaginó él que confesaba, sin responder a la pregunta.

Quiso tranquilizarse. El miedo a la muerte era algo tan absurdo. ¿Acaso la muerte existía? ¿No era la interrupción abrupta de la vida, un instante? Ni un instante, era algo que se salía del tiempo, que no duraba. ¿Se le podía tener miedo a algo que no duraba ni tan siquiera un instante? A la agonía, a la parálisis, al miedo, a la vida. A esas cosas, sí, el miedo, el pánico, el temor inconsciente, subconsciente, intersticial. Pero ¿a la muerte? Y, sin embargo, seguía pensando en la mochila azul con asa de cuero sintético que habían colocado, quizá sin querer, delante de la entrada de Montparnasse. Pensó en los trenes que no cogería y en el Dordogne, que nunca vería, el fulgor inerme del pedernal bergeraqués. Pensó que el género humano había deseado el miedo a la muerte, que por eso la había vestido de negro o de blanco, de colores absolutos, la había armado de guadañas y venenos y enfermedades, de caballos de hueso y tambores y calamidades, pero que eso no eran más que armas y monturas y herramientas. Le había dado reinos y ultratumbas, le había generado espacios donde habitar, donde dominar y domeñar, facetas ruinosas y terribles, pero eso no era más que mentiras. Detrás de la túnica encapuchada, detrás de los jirones de tejido grueso, bajo la impronta en el cieno de las pezuñas del carnero y su caballo despiezado, justo al mirar a la oscuridad insondable de la calavera eterna, uno se podía dar cuenta de que era precisamente la insondabilidad de las cuencas vacías lo que aterraba, lo que hacía estremecer los brazos que sujetaban cigarros o preparaban café o agitaban un termómetro. Puestas en una balanza, la ignorancia sobre la muerte pesaba más que el resto de la ignorancia. Podía ser que fuera el resto de la ignorancia lo que conllevara la sobredimensión de la ignorancia sobre la muerte. Se tranquilizó por el momento (por un momento, creyó haberse tranquilizado), miró el semáforo, todavía en rojo, y los coches que circulaban (desafiando a la muerte con su arrogante monotonía), las motos colándose entre los vehículos (desafiando a la muerte con su humilde imprudencia).

Quiso tranquilizarla. “Mira, me queda la pava. Me la fumo y entramos por ahí. Así no damos tanta vuelta, que es tontería”, “No pasa nada”, tiritó ella, “No me importa caminar un poco más”. “Alejarme de la bomba”, debió de pensar. “No pasa nada”, reiteró él, “Enseguida estamos dentro, cogemos el tren y nos vamos”, hizo una pausa, a sabiendas de que, aunque ella aceptase, no había conseguido calmarla, “No te preocupes”, añadió, a sabiendas de que no había conseguido calmarla porque ni él mismo conseguía calmarse. Imaginó que, antes de morir, vería su vida pasar por delante de sus ojos como un tren que no parte y que ya se ha ido.

Una familia de turistas se paró a su lado. “Haz el favor, deja en paz a tu hermana”, “¡Mamá, es que no me quiere dar las gracias!”, “¡Solo porque tú no me lo has pedido por favor!”, “Bueno, ya está bien. Tú, diles algo, que son tus hijos”, “Venga, chicos, que la mamá se enfada”, “Eso, tú imponte”, “¿Qué quieres que le haga? ¿Que les meta un tortazo?”, “Te he pedido solo una cosa, ¿sabes? No hace falta que te pongas así”, “Es que todo el santo viaje igual. Todo el santo viaje igual. Tú, haz esto. Tú, haz lo otro. Ya estoy hasta aquí”, “Bueno, bueno, el señorito se ofende. ¿Quién ha estado todo el santo viaje pendiente de los chiquillos? ¿Eh? A ver, cuéntame, valiente”, “Oye, a callar los dos. Sois peores que los nenes. A ver si me vais a dar la murga también en París, que a saber si es el último viaje que puedo hacer antes de la caja. Chiquitinos, ahora el abuelo os compra un helado, pero solo si dejáis de pelearos” y, después, un murmullo que se alejaba a medida que la familia iba cruzando hacia el otro lado. Tras ellos destelló, dejando una estela de sirena, una ambulancia encendida y quedó, inconfundible sobre el olor a llovizna, la peste de una mediocridad tan densa y tan profunda como el humo que le quemaba los pulmones. “¿No huele raro?”, se preguntó ella. “Vamos”, le indicó él.

Volvieron sobre sus pasos por Commandant René Mouchotte y giraron para entrar en la estación de Montparnasse. Sin saber por qué, él se acercó a la bomba. Se agachó ante ella y, por fin, tiró la colilla a un lado, sin importarle ensuciar Paris con el fruto de su garganta. “¿Qué haces?”, tuvo tiempo ella de preguntarle. Él acercó una mano estática a la cremallera de la mochila azul con asa de cuero sintético y la descorrió. No entendió lo que había allí dentro, solo un fogonazo fugaz y un algo de quemazón suave de agave y de algodón de cacto incendiario, de incendio y de pacto acatado. Con un chirrido de los goznes que habitaban sus rodillas, izó su cuerpo y “Bienvenu au parnasse”, vio a la clocharda que le sonreía, ya con todos los dientes, y le tendía la palma hacia arriba. “Viens ici”, la orden le llegó como un suspiro lento, como una brisa que, agotada de un vaivén desesperado y sin rumbo, se fugase del vendaval que azotaba la calle. La clocharda le dio una calada al filtro del gauloise sin quemarse la cara ni los labios ni la lengua y la arrojó al suelo de las escaleras. Él comprendió que, si podía soportar el fuego candente de una bomba, también podía fumarse los cigarros hasta el límite inmaterial de las moléculas de aire que dejaban la boca y la boquilla.

N’aies pas peur”, le volvió a ordenar, “Il n’y a rien de quoi s’inquiéter”. Él solo entendió que no había nada, pero fue suficiente. Se preguntó porqué le hablaba en francés si era la muerte, si la muerte tenía que ser universal, porqué le hablaba en un idioma que apenas podía entender, pero supuso que, si la muerte tenía que ser universal, podía hablarle en la lengua que le diera la gana. Lo llevó de la mano por las escaleras mecánicas, que estaban paradas, y caminaron con la parsimonia de las horas muertas a través del vestíbulo y del octavo andén, hasta llegar al octavo vagón y al octavo asiento. Con un gesto, le ordenó que se sentase y así hizo. “¿Adónde voy?”, fue capaz de pensar. Ella, como leyendo lo que andaba por detrás de su frente, le sonrió de nuevo y se prendió un cigarro. “Il n’y a rien de quoi s’inquiéter”, repitió. Él pensó en el Dordogne, que nunca vería, en el gótico flamígero, en las gotas de lluvia sobre una ventana cerrada. La clocharda se sentó en el asiento que tenía delante y, justo en el instante en que el tren encendía los motores e iniciaba la marcha, él miró dentro de la oscuridad insondable de sus pupilas y descubrió que, efectivamente, no había nada.

Neorredentor II


En mi mente, el tiempo corre en diferente dirección, porque quizá para mí no existe la certeza de un mañana. Es por eso que la misión que debo cumplir no es del todo esperanzadora; sin advenimientos ni mesías imaginarios. ¡Cuántas dudas sin resolver! Y no es una profunda reflexión, es tan solo el resultado de voltear y observar a la gente. Prestar atención. Pensar. Aunque mis conclusiones no sean del agrado de todos, menos de aquellos que mendigan por purificación sin pensarlo. Estoy aquí de pie, sudando por las emociones contenidas; intentando comprender qué es lo que define a una persona. Nací y crecí. Durante ese lapso morí en varias ocasiones y de diferentes maneras sin que a nadie le importara: todos están ocupados buscando, arrastrando sus vidas tras de sí en pos de un espejismo llamado felicidad. Esclavos de su hedonismo sin sentido. Podría burlarme, pero solo aprieto las mandíbulas, hago rechinar mis dientes para ignorar el sabor amargo de lo oscuro que trepa hasta mi boca. Me pregunto si el odio que nace de mí es una dimisión a continuar siendo humano. Sé que la indulgencia está muy lejos y que esa distancia se mide a la velocidad de la oscuridad; tal vez más lejos de lo que está Dios de los hombres, por eso no alcanza a escuchar las plegarias y por conveniencia juega a sentirse olvidado. Mi cuerpo tiembla y reacciona al combinarse en él elementos químicos naturales con la necesidad libertaria de justificar a una especie.

Tengo a uno del rebaño aquí postrado, lloriqueando porque sabe que su redención ha llegado en una sorpresiva epifanía: ensuciando con mocos y lágrimas sus finas prendas; con las rodillas doloridas, queriendo tomar su mundillo encerrado en un maletín y huir, escapar del perdón. Todo el tiempo han evadido con preguntas retóricas lo que pretenden no saber y cuando llega la hora de la verdad se mean y chillan. ¡Malditas criaturas! Persiguen la prosperidad imitando, haciendo lo mismo que otros millones hacen, pero se sienten únicos: de lunes a viernes frente a una pantalla en un cubículo, arrastrando sus dedos y sintiéndose omnipotentes porque en su escritorio pueden tener unos cuántos recuerdos enmarcados, aprisionando con un cristal esas fracciones de tiempo. Tan ingenuos, tan iguales…, tan despreciables.

El percutor de mi arma hace lo suyo. Mientras la bala viaja, en la cabeza de este estúpido se generan sentimientos salvajes, agrios y amargos. No sabe que al impacto dejará de ser uno más, aunque esté enmudecido y paralizado. Lo miro a los ojos, en ellos está la respuesta a lo que pretende no saber: la asepsia de su alma.

El olor a pólvora me trae de mi desprendimiento. Guardo mi pistola y salgo del callejón. Me mezclo con las indiferentes masas. Soy uno más de ellos, una oveja más en el rebaño, pero ellos no saben que soy su redentor.


Pueden leer la primera parte de este relato, Neorredentor I, en la recopilación Claro Oscuro por Carlos Quijano, publicada por Editorial Salto al reverso. Más información aquí: Claro Oscuro – Carlos Quijano.

Bajo el azur infinito


¿Irán los peces al cielo? ¿Habrá un sitio allí para el loto azul? Mi mente es un cielo nublado, jamás habitó la posibilidad de no hallar espacio para un azur infinito sin nubes de algodón y sal.

Jamás se me ocurrió pensar que el agua del río se llevara consigo todo lo digno que viste mi piel. No me sumergiré en él. No. ¿Qué pasaría si mi piel mudara? Quedaría desnuda en lo ruin, desprovista de escamas, ¿descubriría que soy pez? ¿Qué pasaría si me quedara sobre la superficie? Quedaría cargando las grandes verdades del universo, ¿descubría que soy loto azul?

El amanecer surge del mar. Los peces irán al cielo y habrá sitio para el loto azul, pero aquí, bajo el azur infinito, la vida para la mujer sigue siendo difícil.

Parábola del sembrador


El dinero es una flor.
Cuando sus semillas echan raíces y se agarran a la tierra en la que habitan, siempre permanecen las más fuertes. Las más débiles perderán cuando germinen en la misma zona.
El dinero es una flor.
Hay que ser observador para ver su comportamiento social. No hay una red jerárquica marcada. Se puede saber, incluso, que una planta podría dificultar el crecimiento de otra, mientras favorece el crecimiento de una tercera. Así son las cosas. Las raíces de contactos varían el orden del mundo.
El dinero es una flor.
Hay personas que poseen en sus manos ramas de billetes perennes, parecen no caer, se mantienen frescos durante todo el año. En cambio, quienes tengan, entre sí, ramas de billetes caducos, deberán cuidarse. Encontrar el equilibrio les será difícil mientras caen billetes, de entre sus manos, con la suave brisa.
Mi fascinación por la naturaleza me ha enseñado tanto que aquí estoy, plantando billetes de cincuenta euros en el nuevo macetero de mi balcón. Lo colocaré en una esquina que le dé bien el sol. Lo regaré cada dos o tres días.
Cuando abra su flor, oleré mi fortuna.

El influjo de las drogas en el arte


Yo tenía que preguntarle algo, pero quiso hablar del influjo de las drogas en el arte y hasta qué punto Pollock o hasta qué punto Rotko. Habíamos cenado ya y estábamos muy alegres. Estábamos densos. Llevábamos carrerilla. Tenía que preguntarle una cosa, aunque quise hablar del influjo de las drogas en la literatura en particular y hasta qué punto Hesse o hasta qué punto Joyce. Hasta qué punto Pemán, dijo. Nos reímos mucho, pero yo tenía que preguntarle algo, lo que fuera. Estábamos riéndonos y me puse a liarme otro. Saqué los enseres. Empezó a hacerme un cartón.

Hasta qué punto Pemán, dice. Alzad las drogas, hijos del yon-quiés-pa-ñol, que vuelve a destruir(se). Me reí un poco más al oírle cantar. Habíamos cenado ya. Habíamos preparado una pasta buenísima con una salsa de atún y tomate y todavía me quedaba el regusto del plato en el paladar después de cada eructo inesperado. Habría que investigar eso, dijo. Sí, le contesté sin pensar demasiado en lo que había dicho, porque ya no tenía tanta gracia. Yo seguía recordando el sabor de la pasta, que ahora me parecía mucho más interesante.

Qué tenía que decirle yo. Era algo sobre… El cartón, toma, con acordeón y todo, dijo. Vale, le contesté sin pensar demasiado en lo que había dicho porque tampoco me importaba demasiado. Se puso a escribir en una servilleta y su cuello fue deslizándose hacia abajo, acompañando a la espalda que se iba encorvando poco a poco, hasta que acabó con la cabeza pegada a la mesa y escribiendo, con la vista en una tangente inclinada sobre el papel. Cada vez escribo más raro, pero, así, visto en diagonal, parece la letra de las cartas de mi bisabuelo, decía mientras escribía palabras inconexas, decía mientras yo terminaba de preparar el papel y empezaba con el jamón cocido. Para cocidos, nosotros, tuve que pensar.

Tuve que pensar. La obligación de. En cuándo volvería a gozármela tanto con un plato de pasta y si me daría tiempo antes de que. Antes de que la muerte. En la muerte y en lo que se deja atrás. En cómo viene de esa forma tan repentina y se va en el mismo instante y en si existe la muerte o es una alucinación colectiva. Me gusta esta letra que hago, decía mientras yo grindaba. Me viene a la cabeza la palabra “expeditiva”, pero también el siglo veinte. Estoy como firmando todo el rato talones. En la muerte todo el rato talones, no, en la muerte todo el rato, eso es lo que pensaba yo mientras decía que todo el rato talones. Las divagaciones esquizofrénicas me saltaban de un lado a otro sin que pudiera recordar cómo había empezado a pensar en la muerte y en la muerte y en la muerte. En la tontería que era y en las mil formas estúpidas en las que llegaba.

Confundo la servilleta con la mesa, decía. Deja de rayar la mesa, decía. Qué tenía que decirle era en lo que debería haber estado pensando, pero la muerte y las cien formas de morir era lo único que podía abarcar mi cerebro mientras mezclaba el tabaco con dos dedos (índice y pulgar impregnados). No me jodas la casa, cabrón, decía yo, mientras arrancaba a repetirme que Pollock, tronado sin remedio, y a añadir si sin las drogas Kubrick o si sin las drogas Kerouac. Kerouac no sin las drogas, evidentemente, se contestaba automáticamente. Puse todo en el papel y lo alineé con el horizonte unívoco de mi vista para que aquel conjunto de mecanismos pudiese funcionar, aunque la muerte. Concéntrate, coño. ¿Concéntreme? Que me concentre. Imperativo imposible. ¿Subjuntivo? Será.

Esto tiene que parar, decía. Mañana no voy a entender nada de lo que escribo. La muerte me pasó como un ramalazo de algo desconocido por delante de la frente. Un astrágalo perdido. Esto tiene que parar. Lamí la pega y, bueno, la impaciencia. Qué rica estaba la pasta, dije. Esto tiene que parar. Me voy a quedar dormido, dijo. Qué tenía que preguntarle, pero el presagio, pero la muerte. Que si Rotko o que si Breton. Esto tiene que parar. Enciéndete eso ya. En el mismo instante en que recordé que lo que tenía que preguntarle era si habíamos cerrado el gas, encendí el mechero.

Los amantes (II)


París, 5 de abril de 1928

Querido Leopold:

No es casualidad querer encontrarme en París en esta época y que además puedas coincidir conmigo; meses de hermosa correspondencia han dado paso a esta instancia. Hemos deseado conocernos en persona desde las primeras cartas; han sido muchas dificultades, yendo y viniendo hasta Bruselas, sin embargo y a pesar de todo, pronto nos veremos.

Recuerdo la primera carta en mis manos, en el remitente solamente tu primer nombre y la dirección casi ilegible, era nueva en ese departamento y nunca comenté del error al joven de correos, abrí el sobre y pensé: dos Regina en un mismo lugar era una tremenda casualidad.

Yo venía desde Antwerpen y esa tarde leí muchas veces esa carta, había amor, devoción, cariño, pasión y una delicada forma de llegar al alma de cualquier afortunado lector.

Quería parecerme a esa chica, ser moderna, llevar vestidos de todos los colores y diseñadores. Ahí estaba yo, viendo cómo amanecía en la gran Bruselas y mis lágrimas bajaban hasta el cuello. ¿Qué debía hacer?, ¿devolver una carta ya abierta y perder la oportunidad de conocer un alma tan sensible, tan delicada para estos tiempos de extrema locura?

Se supone que debería buscar trabajo, pero estaba atontada por tanta maravilla y fui a buscar una tienda donde asirme de sobres, pluma, tinta y hojas blancas que llenaría con toda la osadía de una chica con ansias de amor, de amor verdadero, de amor entrañable, de amor idéntico, de amor natural, de amor y pasión a la vez, de esa delicada luz que avizora una tormenta y, si has de mojarte, que sea la experiencia de mi vida.

Ya sabes, en la primera carta me delaté por completo, sin experiencia, sin palabras, sin nada que perder y escribiendo a un desconocido. Comencé a unir ideas sobre la persona que eres por el simple hecho de leer esa bendita carta y entre líneas identificaba otros aspectos de tu personalidad, intuición al cien por cien, seguramente jamás esperaste una respuesta tan arrojada o diferente a tu Regina. Esa tarde pasé por correos y deposité mis esperanzas en el buzón principal; desconocía la dirección del remitente, solo pensaba en que pronto me leerías y si no llegaba respuesta es porque todo había sido únicamente la hermosa ilusión de una joven.