Revista 9 Salto al reverso: «Aislamiento»


AISLAMIENTOEl arte que creamos en el distanciamiento  AÑO 2, NÚMERO 9Segunda Épocaenero-junio 2020saltoalreverso.comeditorialsaltoalreverso.com EDICIÓN GENERALCarla Paola Reyes COEDICIÓNDonovan Rocester SELECCIÓN DE OBRASGema AlbornozBenjamín Recacha GarcíaDonovan Rocester REDES SOCIALESDonovan RocesterBlacksmith DragonheartDramágicoMerche García IMÁGENES PARA REDESGema AlbornozBlacksmith Dragonheart AUTORESAnauj ZerepBenjamín Recacha GarcíaBlacksmith … Sigue leyendo

La vida en un balcón


Foto de Avonne Stalling en Pexels (www.pexels.com)

Foto de Avonne Stalling en Pexels.

Un balcón pequeño no era un mal balcón mientras cupiera una silla desde la que observar la vida, paralizada desde hacía días por el confinamiento. Era su mantra diario: «Un balcón pequeño no es un mal balcón». Esta frase venía cada mañana a su cabeza a visitarle para levantarle el ánimo, mientras observaba sentado, con su café recién hecho, la alegría de los pájaros revoloteando de barandilla en barandilla por el vecindario.

Claro que todo siempre depende de con quién o con qué te compares. Sin embargo, Juan no tenía ganas de mirar esos balcones grandes y engreídos del Paseo Grande ni tampoco le apetecía imaginar la vida confinada en esos bonitos patios traseros, con jardín, de los adosados de la Rambla. Estos días de confinamiento obligado le habían hecho descubrir las enormes posibilidades de su balcón pequeño de cuatro metros cuadrados, que podía permitirse desde hacía un mes gracias al único trabajo decente que había conseguido y que no pensaba dejar escapar, a menos que la crisis del coronavirus, que amenazaba con barrer las esperanzas de toda su generación, acabara también por derribarle.

«Consuelo de muchos, consuelo de tontos». Una frase látigo con la que su padre le azotaba cada vez que Juan agotaba las renovaciones de contratos y volvían a despedirle. «Lo que a ti te hace falta es arrojo, que desde pequeño estás en las nubes. Si hubieras estudiado lo que yo te dije, ahora no te verías así», le decía inyectándole otra nueva dosis de veneno. Pero ahora, por fin ya lejos del nido, este nuevo mantra rescatador, «un balcón pequeño no es un mal balcón», acudía como un vendaval a quemar todas las malas hierbas de su infancia.

Había matado algunas horas libres tras el teletrabajo trasplantando algunos geranios, que en dos meses habían comenzado a brotar y a transformarse en pequeños soles rojos, como su buen estado de ánimo al mirarlos. Hasta estaba pensando en cambiar los azulejos por otros en cuanto abrieran los comercios en la fase de desconfinamiento. «¿Habrá sofás individuales exteriores en Ikea?», se preguntó tras sorber el último sorbo de café. «O quizás para dos»; un pensamiento relámpago que le hizo levantarse de la silla, como si hiciera tarde a algún sitio, aunque solo dio dos pasos, se asomó a la barandilla y miró hacia la izquierda para observar el balcón del segundo tercera, en el edificio situado al otro lado de la acera. Las persianas estaban bajadas, era pronto todavía. Quizás estaba durmiendo; por las noches, hasta tarde, veía la luz de su televisor, reflejada tras las cortinas; estaría viendo alguna serie de Netflix, pero ¿cuál? El balcón era como el suyo; unos cuatro kilómetros cuadrados de poco arrojo, como diría su padre.

Todavía faltaban doce horas y treinta minutos para las ocho, doce horas y treinta minutos para volver a verla aplaudiendo desde su balcón en esa catarsis diaria colectiva en agradecimiento a la lucha sin cuartel de todos los sanitarios contra el coronavirus. Familias enteras salían a sus balcones a aplaudir durante cinco minutos, a silbar, a gritar, había hasta quien acompañaba los aplausos con música. Eran cinco minutos entrañables de calor humano, de aliento colectivo desde la distancia.

«Si hasta le voy a tener que dar las gracias a este puto coronavirus por volver a verte», se dijo, preguntándose si no tendría que poner más geranios y, hasta un molinillo de viento, «que estos días viene Levante y se moverá como loco», a ver si así ella miraba para su balcón de una vez por todas. «Sí, un molinillo de colores como el tuyo, igualito, a ver si lo encuentro en Amazon». En ese momento, la persiana del balcón se abrió y apareció Laura con otra taza de café en la mano. Juan sintió su corazón retumbar en su pecho, al son del sonido de la cafetera que indicaba que su segundo café ya estaba listo.

Bajó la vista e hizo ver que arreglaba los geranios, tan rojos como su cara, cuando se dio cuenta de que Laura le miraba fijamente. Nunca había sentido tan cercanos esos diez metros de separación. Estaba a punto de esconderse hacia el interior de su apartamento cuando oyó que Laura le preguntaba:

—Oye, esto…, buenos días, perdona…, sí, sí, a ti, ¿cómo haces para tener esos geranios tan bonitos? Me quiero comprar unos, pero no sé adónde puedo conseguirlos ahora. ¿Dónde los has comprado? Porque antes no los tenías, ¿verdad?

Con tantas preguntas seguidas, a Juan le dio tiempo de tomar aire y atemperar la voz que le salió más grave que de costumbre:

—No, no los tenía —respondió con una sonrisa de triunfo, preguntándose por qué en todo un mes de confinamiento nunca se había atrevido a preguntarle nada.

—Pues están preciosos. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Juan, me llamo Juan. Si quieres te puedo traer un par mañana por la tarde. Un amigo mío tiene unos cuantos en un huerto vecinal y los está regalando. ¿A qué hora te va bien? —le dijo, armándose de arrojo, de todo el arrojo del mundo.

El contador


Esto de haberme enamorado de una artista es horrible. Mi nombre es Damián y desde los diez años supe que quería ser contador. Y soy muy buen contador. Los números son y serán siempre mi mayor fascinación. Bueno, mi mayor fascinación después de ella.

Pero ella y yo no somos iguales. Distamos mucho.

Podría, para conquistarla, hacerle el balance de su empresa por los próximos cinco años sin cobrarle un céntimo.

Podría estructurarle una tienda de flores, una cafetería con galería para sus obras, quizás un bar o lo que quiera. También podría hacer muchas más cosas por ella, cualquiera de las que la vida me ha enseñado. Pero arte no.

Y es horrible porque yo estoy que me muero y ella nada que viva por mí. Y ya intenté todo lo que sé hacer, así que si esto no la conquista no sé qué va a ser de mí.

Anoche sacrifiqué y me resigné a nunca más escuchar todos los te amo que me podría decir si resulta mi estrategia. Si la conquisto con esto y se enamora de mí, su amor me llegará a medias, pero me llegará. Lo tengo claro, pero estoy desesperado.

Espero que entienda que esto es la mejor demostración artística que puede salir de este contador. Espero que con esto ella se enamore por fin de mí.

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Dibujo de Ana Gabz Ferral (Inst: @semejante_)

La ninfa de cobre


Un hombre huraño vivía en un bosque como cualquier otro. Lo tenía todo, pero no lo sabía. La soledad lo abrumaba, tanto, que no apreciaba su vida. Se levantaba cada mañana y no escuchaba los trinos del ruiseñor que anidaba en un árbol vecino. Tampoco se percataba de que todavía respiraba y que el aire limpio invadía sus pulmones, oxigenando cada célula de su cuerpo. No olía las flores de múltiples colores que adornaban los alrededores de su morada ni apreciaba los tonos increíbles que ellas le regalaban. Él, arisco, no miraba las hojas verdes, el follaje precioso ni el cielo azul. No admiraba el pelaje de terciopelo de su perro fiel ni se deleitaba al tocarlo. Todo lo que comía le sabía insípido, incluso la miel de las abejas. No quería nada, solo regodearse en su soledad. Sufrir hasta que llegara su hora.

Mas ese no era el destino escrito para él. El hada de las artes —la que pone en su lugar todo lo que es bello— tenía otro plan para su vida, y una tarde de verano lo hizo salir de su madriguera. Sin saber por qué, caminó sin rumbo fijo por las vastas tierras que poseía, mientras su perro fiel le seguía paciente. Escuchaba sin oír, miraba sin ver, tocaba sin sentir, hasta que sus pies lo llevaron a un riachuelo donde se bañaba una ninfa morena, de cabellos rizados y ojos alegres. Le llamó la atención su piel de cobre y su sonrisa ingenua.

—¿Quieres comer requesón? Lo hago yo mismo con la leche de mis cabras —le dijo. Sin darse cuenta, las palabras se escaparon de sus labios. Ya no reconocía su propia voz. Había estado en silencio por tanto tiempo.

La ninfa no contestó, tampoco dejó su baño de agua fresca y, a pesar de que estaba desnuda, no se tapó para que él no la mirara. Se comportaba como si el hombre no estuviera allí, tan cerca. Seguía acariciando su cuerpo con el agua limpia y cristalina. Después salió despacio y sin pudor alguno, se frotó el cuerpo y el cabello con un aceite aromático, todavía sin mirarlo. Parecía no haberlo escuchado, como si estuviera escuchando otra cosa. Vistió su perfecta figura en un lienzo blanco, casi transparente y caminó hacia un árbol en donde —parándose de puntitas— agarró un fruto y lo comió con placer.

El hombre huraño estaba molesto. ¿Cómo era que aquella ninfa ignoraba su presencia? Al fin y al cabo, se bañaba en su riachuelo, caminaba por sus tierras y hasta comía —¡y sin su permiso!— los frutos que daba su árbol.

—¡Ey! ¿No me escuchas? Hablo contigo… —le gritó.

La ninfa seguía recogiendo flores de todos los colores, las olía, sonreía y con sus manos hizo una diadema que se puso en la cabeza, enredándola entre sus rizos negros. Bailaba al son de una música que el huraño no escuchaba, sin embargo, él veía como sus piernas torneadas se levantaban y giraban —tal vez—, impulsadas por el viento. El hombre seguía observándola, pero como a una visión. No se atrevía a moverse de donde estaba, pues temía que se desvaneciera.

«¿Qué daría yo por tener la paz que tiene esta ninfa?», pensó. «Quisiera sentir su suave piel de cobre y oler sus cabellos morenos. Quisiera escuchar la música que la hace bailar y tenerla, a ella, siempre conmigo. Ya no quiero estar solo, ¡ya no quiero morir!», se dijo.

La ninfa iba a adentrarse en el bosque.

—No te vayas, ¡por favor! —suplicó.

—Me encanta el requesón —respondió sonriente, mirándolo a los ojos y capturando su alma para siempre.

En ese momento su perro se volvió un corcel plateado con alas brillantes, para que ambos subieran y volaran hacia el castillo. Desde entonces, el hombre se levantaba cada mañana escuchando los trinos del ruiseñor que cantaba alegrando a su ninfa, que bailaba al son de aquella melodía que lo inundaba todo. Disfrutaba el aroma de las flores que ocupaba por completo los espacios de su hogar. Todos los días tejía una corona de nuevos capullos para su amada. El hombre ya no era huraño, ¡era tanta la felicidad que lo embargaba! Compartía con sus vecinos sus riquezas y a menudo se le veía riendo, acompañado de sus viejos amigos, los que había abandonado en su aislamiento.

La ninfa de cobre había hecho el milagro, echó para siempre los demonios de su soledad.

Música en el metro


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Photo by Robert Tudor on Unsplash

Elena entró en el vagón pensando en Javier, otra vez en Javier. Siempre en Javier. Mañana, tarde y noche, esas seis letras grabadas en su mente, una y otra vez repetidas, como la voz que reverbera en las paredes de una casa sin muebles.

Esa noche había vuelto a soñar con él. Un sueño desagradable. Le había visto engullido por la bañera de casa, absorbido de pronto por un remolino enorme que lo había tragado sin remedio, sin que ella pudiera hacer nada, sin haber tenido tiempo de agarrar su mano para ayudarle.

Hasta que no pasaron cinco minutos, no empezó a percatarse de  la música, inusualmente alta, que se oía en todo el vagón, casi vacío; eran solo las siete de la mañana. Poca gente se levantaba tan pronto para ir a trabajar y siempre reinaba una calma soñolienta, era como estar aún entre sábanas, remoloneando, con tiempo para desperezarse, lejos de la vorágine que la engulliría quince minutos después.

La música procedía del teléfono de una mujer musulmana —supuso, por el pañuelo en la cabeza—, que se sentaba frente a ella. Miraba abstraída su teléfono, como si observara cuidadosamente las notas estridentes que escupía su pequeño aparato, ajena al ruido. Tan sumida esa mujer estaba en sus pensamientos, como ella en el dolor que le causaba Javier.

De repente, le sobresaltó el ruido de las puertas que se abrían y los gritos de otra mujer que Elena recordaba haber observado antes, concentrada en la lectura de un libro:

—Mora de mierda, aquí la música no se pone tan alta. Vete a tu país a escuchar esa porquería.

Por un momento, pareció que la mujer musulmana iba a alzar la vista y a decir algo, pero solo parpadeó y siguió mirando la pantalla de su teléfono aunque, apenas treinta segundos después, apagó la música.

A Elena, que había estado mirando perpleja la escena, la asaltaron sus propias palabras subiéndole por la garganta y saliendo disparadas por la boca, dejando ir toda la rabia y la tensión acumulada en todo un mes de insomnio por Javier:

—Pero ¿tú que te has creído? Tú sí que eres una mierda. ¡A ver si eres tan valiente delante de los chavales que ponen la música a todo grito en el metro! ¿A que no te atreves, imbécil? Que hoy con la mala leche que tengo, soy capaz de…

Las puertas se abrieron y la mujer racista bajó apresurada.

Elena dio un respingo y de un salto se apeó en su parada a tiempo, más liviana.

Desde el andén, vio que la mujer musulmana la miraba, sonriéndole tímidamente.

 

Cortando el error de raíz


Esta es otra historia de Jacob, mucho antes de ser héroe y de lo acontecido en Efecto mariposa:

Jacob cursaba el sexto año de primaria; a ese nivel, en aquel mundo oscuro al que pertenecía, recién aprenden a calcular raíces cuadradas. Un buen día, su maestro da la clase a todos sobre este tema y luego envía la tarea.

Al llegar a casa, Jacob realiza la tarea, pero descubre que ninguna de las raíces que obtiene es correcta. Al ver esto pide ayuda a su padre, y cuando él le ayuda a hacer los procedimientos respectivos paso a paso, Jacob le corrige:

—Papá, ¿por qué vuelves a multiplicar el primer resultado?

—¡Ah! Ahora sabemos por qué tienes todas incorrectas, te falta este paso —respondió.

—Pero el maestro no dijo que debíamos multiplicar.

—¡A ver! —replicó el padre de Jacob.

Con calculadora en mano comprobaron las raíces que obtuvieron con el paso que su padre añadió a la operación, y las raíces coincidían. Probaron la raíz que obtuvo el profesor en clases… y presentaba error.

—Entonces lo haré así —dijo Jacob con mirada agradecida.

—Le dices a tu maestro —inquirió su padre.

—¡¿Qué?! —gritó Jacob con aire residual.

—Sí, debes corregir el error y ayudar a que tus compañeros aprendan bien.

Jacob inocentemente aceptó el consejo de su padre, y al siguiente día presentó la tarea. Sus respuestas obviamente eran diferentes a las del resto, a lo que su maestro se apresuró a preguntarle:

—Comprobaste tu respuesta con calculadora, supongo. ¿Qué hiciste diferente para obtener esas raíces?

—Para obtener el factor del segundo escalón hay que multiplicar de nuevo ese valor por el anterior.

—Ya veo —recapituló rápidamente el maestro—. ¡Atención todos! —Se levantó y pasó a la pizarra.

El maestro volvió a dar la clase y a explicar el proceso de obtener una raíz con este nuevo paso, el cual era añadir una operación más. Jacob regresó a tomar asiento, al voltear, vio a una gran parte de sus compañeros mirándolo de forma amenazadora, y al hacer gesto de «¿qué sucede?» el más rudo de la clase responde:

—Más fácil era como el maestro nos enseñó.

—Sí, por tu culpa ahora es más difícil —añadió una niña.

El maestro los silenció e insistió en que esa era la forma correcta de obtener una raíz. Aún silenciados, la clase terminó con más de la mitad del salón enojados con Jacob y prefiriendo “el proceso anterior”.

Jacob aprendió que puede cortar el error de raíz, pero que no conviene intentar cortar el error de otros; si lo haces, te ganarás su desprecio… al menos en aquel mundo oscuro y horrible donde él existe.

Raiz cuadrada

«La raíz cuadrada correcta», tinta sobre cartulina.

Ojos compartidos


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«Ojo cascada de la cuidad sombra», por Mystic Art Desing (CC BY)-

Mientras vagaba en las tierras de la locura, sentí una presencia extraña dentro de mi cuerpo. Me costó años averiguar de qué o quién se trataba, pero su presencia no era nada agradable.

Aquella esencia, con la forma de un niño como de unos cinco o seis años, era una parte de mi ser. Una parte que, debido a la represión extrema a la que fue sometida,  tuvo que manifestarse en forma visible para captar mi atención.

Viendo esto, le pregunté:

—¿Qué necesitas? ¿Por qué intentas invadir mi ser con tus ganas de llorar?

Al darse cuenta de que al fin lo había notado, el niño contestó:

—Justo eso necesito. ¡Tus ojos para poder llorar!

Al notar su convicción, me preocupé y me intrigué al mismo tiempo. No aguanté la curiosidad y le dije:

—¿Por qué no usas tus propios ojos para llorar?

El niño, moviendo la cabeza en señal de desaprobación, me dijo que yo no entendía nada.

—Tus ojos son los únicos que tienen acceso a la salida.

Sin entender, volví a preguntar:

—¿Acceso a la salida?

El niño, evidentemente molesto porque yo no entendía, me dijo:

—Si lloro con mis ojos, moriré ahogado dentro de la burbuja en la que me confinaste. Pero si uso los tuyos, el agua se irá por la salida.

Yo, habiendo comprendido sus palabras, le dije apenado:

—No puedo darte mis ojos.

El niño, dando la vuelta para marcharse y convertirse de nuevo en una incómoda esencia incorpórea dentro de mi cuerpo, reclamó:

—¡No me quieres dar tus ojos! ¡Son mis ojos también!

Convencido de mi respuesta, le dije:

—¡No! Pero puedo prestártelos.

El niño, sorprendido por la respuesta, se volvió hacia mí:

—¿Cómo podrías hacer eso?

Le respondí:

—Yo, en momentos convenientes, te prestaré mi acceso a la salida y dejaré que elimines el exceso de agua para que ya no te ahogues.

El niño, con un rostro de notorio agradecimiento, empezó a convertirse en una niebla plateada y salió de mi cuerpo. La niebla dijo:

—Te tomaré la palabra, esperaré mi momento para que cumplas tu promesa.

Era la voz del niño, que ya no habitaba en mi cuerpo entero. Tan solo en mis ojos, esperando su turno para usarlos.

Con eso desaparecieron las manifestaciones molestas de aquella esencia. Gracias al pacto de utilización de ojos que firmamos con aquella conversación.