Laura


Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

El metro hace su entrada en la estación. Laura, sentada en el banco de piedra del andén, se incorpora con movimientos pausados y espera a que se abran las puertas. El vagón vomita un reguero de pasajeros, que, como un solo organismo, sortea a varios obstáculos humanos empeñados en avanzar a contracorriente y se desplaza en masa hacia las escaleras mecánicas.

Laura, caminando despacio, entra en el convoy cuando las señales acústicas advierten del inminente cierre de puertas. Con el mismo aire ausente, que contrasta con la sensación de urgencia que transmite la mayoría de pasajeros, toma asiento entre una mujer pequeña y redonda que sostiene entre las piernas un cesto cargado con la compra, y un hombre de piel oscura y ojeras marcadas, que regresa a casa tras otra larga jornada laboral.

Laura se coloca en el regazo el bolso de tela, con bonitas mariposas de colores bordadas, que le regaló Oriol por su cumpleaños. Era detallista. Ese fue uno de los motivos que la llevó a fijarse en él.

Como la espectadora de un anodino programa de televisión, ve cómo sus manos abren el bolso, extraen un libro y buscan el punto donde se ubica el marcapáginas plateado decorado con motivos élficos. También fue un regalo de Oriol.

Resulta extraño, porque son sus manos, es su bolso, es su libro y, sin embargo, ella no es consciente de haber ordenado ninguno de esos movimientos.

Se lleva las manos al pelo, a la larga cabellera lisa y rubia que tanto le gustaba a Oriol. A ella también le gusta. Agarrarse los mechones casi desde la raíz y deslizarlos entre las manos, lentamente, hasta la punta. Eso hace ahora.

Trata de fijar la mirada en el libro, pero sus ojos sólo ven pequeñas letras oscuras que se apelotonan en palabras sin sentido. En realidad, su cerebro procesa otras imágenes, localizadas en otro momento y en otro lugar. Y mientras lo hace, ella no deja de acariciarse el pelo.

Cuando llega a la punta de un mechón, deja que se le escurra entre los dedos y se lleva la mano, muy despacio, a la oreja. El contacto con el pendiente con forma de mariposa es agradable. Una mariposa azul y amarilla en una oreja, y verde y roja en la otra. Son muy infantiles; lo sabe. Pero le llamaron la atención, y Oriol se los regaló.

Era detallista. Le encantaba acariciarle la larga melena, y a ella le gustaba que lo hiciera. No perdía ocasión de decirle lo mucho que la amaba, que era lo mejor que le había pasado en la vida. Se lo decía mientras enredaba los dedos de aquellas manos tan cálidas en sus largos mechones rubios. Y ella se dejaba hacer.

Después de tocarse el pendiente, se coloca el pelo detrás de la oreja, y vuelve a empezar, ahora con la otra mano. Toma un nuevo mechón y lo recorre con dulzura, con gesto aletargado, hasta llegar a la punta.

El metro se detiene en la siguiente estación. La pequeña mujer redonda desciende con dificultad del asiento (y es que apenas toca con las puntas de los pies en el suelo), levanta el pesado cesto y, renqueante, abandona el vagón.

Laura, con un movimiento distraído, se lleva una mano a la cabeza y palpa el bulto. Aunque han pasado semanas, la costra sigue ahí. Ya no le duele. Tampoco le duele el hueco, unos centímetros más atrás, casi en la coronilla, que dejó el mechón arrancado. Ya nada le duele.

A Oriol le encantaba acariciarle el pelo, y a ella también le gusta. Lleva haciéndolo toda la tarde, desde que salió de la ducha, con la misma parsimonia meticulosa. Se agarra el mechón casi desde la raíz y, lentamente, lo recorre hasta sentir cómo los suaves y largos cabellos se le escapan entre los dedos.

El hombre de piel oscura y ojeras marcadas la mira. Por su mente cruza la impresión de que se toca el cabello de manera compulsiva. Piensa que tiene un pelo bonito, pero la forma obsesiva de acariciárselo le provoca rechazo, así que desvía la mirada.

A Laura le da igual lo que piense la gente. Lo que le importa es que ya no le duele nada, y que puede acariciarse el pelo tanto como quiera. Nunca más volverán a hacerle daño; Oriol lo sabe mejor que nadie.

Ahora está tan tranquila que le cuesta asimilar que es la misma persona que unas horas antes se dirigía a casa de Oriol al borde de la taquicardia. Le temblaban tanto las piernas que casi no podía andar. Vuelve a tocarse la costra. Ya no le duele.

Recuerda cómo se asustó al notar la sangre resbalándole por la cara. Oriol la ayudó a limpiarse, le hizo una primera cura de urgencia y la llevó al hospital. No fue hasta encontrarse tumbada en la soledad de su cama, con diez puntos de sutura en la cabeza, que comprendió lo sucedido. Pero no podía ser; a Oriol le encantaba acariciarle el pelo, y a ella le gustaba que se lo acariciara. Le hacía regalos, porque era detallista y porque ella era lo mejor que le había pasado en la vida.

La voz robótica de la megafonía anuncia la próxima estación. Una niña de largas trenzas con lazos rojos en las puntas, que se sienta en frente de Laura, la mira con curiosidad. Le gusta su pelo y le sonríe, mostrando dos grandes mellas. Pero Laura no la ve. Sus ojos vuelven a mirar a los ojos rebosantes de deseo de Oriol; a sus manos, cargadas de caricias.

Ahora Laura está tranquila, porque ya no le duele nada y sabe que nadie le volverá a hacer daño. Pero sólo unas horas antes estaba al borde de la taquicardia; aterrada ante la posibilidad de que su plan no saliera bien.

Nota el tacto agradable de sus cabellos finos y sedosos entre los dedos. La madre de la niña sonriente le da una palmada en el muslo para que deje de mirar a la muchacha que no para de tocarse el pelo. Pero Laura no la ve. Ella está viendo, otra vez, las manos de Oriol, enredarse en sus mechones, acariciarlos, agarrarlos suavemente, recorrerlos de arriba abajo mientras le vuelve a decir lo mucho que la ama.

Y entonces vuelve a notar el tirón. Ahora ya no le duele, porque sabe que ya nadie le volverá a hacer daño, pero en el recuerdo sí. Las pequeñas letras amontonadas del libro se transforman, se mueven hacia un lado y hacia otro, arriba y abajo, hasta dibujar el rostro crispado, sediento de deseo de Oriol. Y vuelve a ver sus ojos, que le dicen lo mucho que la ama mientras le agarra su preciosa melena rubia y tira de ella con fuerza creciente, hasta que le arranca un mechón.

Ya no le duele. Nadie, nunca más, volverá a hacerle daño. Y Laura ve cómo Oriol se lleva el mechón a los labios y lo besa, fuera de sí, atrapado en el deseo. Y entonces cruza los dedos para que sea suficiente, para que sea la última vez que le arranca el pelo, para que no haya más golpes, ni heridas, ni regueros de sangre, para que no haya más visitas al hospital.

De Oriol le gustaba, sobre todo, lo detallista que era. Pero no echará de menos sus regalos. Ya tiene los pendientes de mariposa, el marcapáginas con motivos élficos, el bolso estampado…

Laura deja de tocarse el pelo y dirige su atención al bolso con mariposas estampadas. Lo abre en busca de nada en concreto. Quizás sólo quiere comprobar, antes de seguir acariciándose la suave y larga melena, que todo está en orden.

Le cuesta creer el haber sido capaz de llevar a cabo su plan. En realidad, no era un plan muy sofisticado. Supo que había funcionado cuando, pocos instantes después de besar el mechón, la cara de Oriol mutó en la expresión aterrorizada de quien no sabe qué le pasa pero sabe que es horrible. También ella se asustó, y fue muy desagradable verlo llevarse las manos, aquellas manos tan cálidas, al cuello, presa del pánico, mientras empezaba a salirle espuma por la boca. Oriol se retorcía de dolor y gruñía. Laura se alejó poco a poco, hasta dejarlo solo en la cama. Un par de minutos después, cesaron las convulsiones. Laura entró en el cuarto de baño, se lavó a conciencia el pelo y las manos, procurando evitar la más mínima salpicadura en la cara, y se duchó.

El metro ha parado en una nueva estación. Laura mira el interior del bolso y respira tranquila al localizar el bote de cianuro. Por la mañana lo volverá a dejar en el laboratorio. Nunca pensó que ser química le ayudaría a eliminar el dolor de su vida.

A pesar de la regañina de su madre, la niña mellada continúa dirigiendo miradas fugaces a la muchacha que, cuando las puertas se cierran, vuelve a acariciarse el largo cabello rubio. Se agarra un mechón casi desde la raíz y, lentamente, lo desliza entre sus dedos.

Está tranquila, porque nadie, jamás, volverá a hacerle daño.

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Esa soledad


El trabajo nocturno era una buena pantalla para su particular modus vivendi. Tenía la coartada perfecta, si es que en alguna ocasión le llegasen a cuestionar: «De noche trabajo, de día, duermo». Sobre todo, después del sinsabor que ocasionó la vecina entrometida del edificio de apartamentos; la había denunciado a la policía argumentando que ejercía la prostitución en un lugar que debía ser considerado decente y familiar. «Maldita mujer», por su inoportuna intervención debió dejar el cómodo y reservado departamento. Tuvo que huir. Una tarde, después de estar sentada a la orilla del lago artificial, alimentando a los patos, a su regreso al refugio, se percató de la presencia policial. Precavida como toda cazadora, no abusó de su suerte y al ver las patrullas estacionadas frente al edificio, discreta se acercó y preguntó a uno de los policías que montaba guardia en la entrada.

—Señor oficial, ¿qué ha ocurrido? —dijo con ingenuidad. El agente, con actitud prototípica, la miró de arriba abajo, cambiando su porte mal encarado, por una caricaturesca gesticulación de hombre guapo y rudo.

—Circule, señorita, estamos atendiendo una denuncia anónima de trata de personas y prostitución —contestó el policía observando sin recato el cuerpo curvilíneo de Vera.

—¡Dios santo! Pero ¿quién puede ser capaz de tal atrocidad? ¿Sabe usted quién es? —preguntó Vera con naturalidad convincente.

—Es en el cuarto piso, pero ya tenemos la situación bajo control —respondió el agente con aires de suficiencia.

Ella sonrió con la más encantadora sonrisa que exhibía su perfecta dentadura. Se dio vuelta y se dirigió hacia la estación del tren subterráneo. El guardián del orden miró hasta donde pudo el contoneo hipnótico de las caderas de Vera y retomó su consigna de resguardar el acceso.

Vera se sostenía del tubular en el vagón vacío. Miraba su reflejo en el cristal de la puerta corrediza. Coloridos cometas atravesaban la oscuridad del túnel. Se alejaban y servían para otros como luces de posición. Sombras y luces. Tan monótono como su trabajo en la planta: mirar la banda infinita de la cadena de producción, atenta y abstraída. Estaba prohibido hablar mientras realizaban su trabajo de control de calidad a guantes quirúrgicos. Las áreas esterilizadas les impedían moverse constantemente, solo para lo necesario, lo muy necesario. Dado que era un trabajo nocturno, era bien remunerado, así, detrás del aséptico disfraz se mantenía en un perfil bajo.

Se leía en un amarillento letrero pegado a un lado de un mohoso reloj: «No nos hacemos responsables por objetos de valor no depositados en la recepción». El tipo del mostrador por fin le entregó la llave de la habitación, después de que se había rehusado a aceptar el pago con tarjeta de crédito. Vera tuvo que caminar unas calles más para encontrar un cajero automático y disponer de efectivo para pagar el alquiler de la habitación. Fue lo primero que encontró en su deambular. Necesitaba pensar, planear su estrategia, moverse a otra ciudad, desaparecer de nuevo. Desde que tenía uso de razón, su vida era a salto de mata, tan nómada, tan carente de raíces, tan solitaria.

—No olvide devolver el control remoto —dijo el encargado de turno.

Vera giró de súbito para encarar con mirada dura al encargado que le miraba con descarada desfachatez el trasero. El tipo intentó disimular, pero los ojos casi animales de la mujer lograron intimidarlo.

Tumbada en la cama de la habitación, efectuaba ejercicios de respiración para relajar su cuerpo y clarificar su mente. Tenía mucho en qué pensar. Su primera duda era la policía. En ese país era muy rara la manera en que se aplicaban las leyes. Se arriesgaría a ir a la planta a trabajar. Lo que más le preocupaba era el día en que esa hambre se hiciera manifiesta; el día en que tuviera que cumplir el obligado ritual. Faltaban un par de semanas, pero debía actuar rápido. Desechó por completo la idea de mudarse a otra ciudad. No por el momento. Revolvía una y otra vez sus pensamientos, como se hace cuando el azúcar no acaba de disolverse en el té. Era cierto que ella no había pedido ser lo que era, de eso estaba convencida. Sabía que tampoco podría resistir más esa ausencia involuntaria de compañía. «¿Podría vivir en pareja con un ser humano? Imposible», pensó. Solo copulaba antes de saciar su apetito; en otras circunstancias no sentía ninguna necesidad sexual ni siquiera de procrear. Su condición de máximo depredador la condenaba de modo inexorable a esa soledad.

Dormitó por ratos. No confiaba en el administrador del hotel. Cuando atardeció, salió al aire frío de la avenida. El anuncio oportuno y un café para llevar acompañaron sus pasos hasta el lago artificial. Un nuevo lugar para vivir era el objetivo. Encontró un anuncio que ofrecía una casa sola. Iría en la mañana después del trabajo.

***

Raúl le miraba siempre sin decir una palabra, sus ojos expectantes esperaban a que ella le dijera algo. Vera pasaba teledirigida frente a él. Todo el personal del turno nocturno de la planta la catalogaba de rara y demasiado callada, cosa que, en vez de molestarle, le complacía. A la hora de la cena, Raúl intentó acercarse un poco más a Vera. Desde un extremo de la mesa del comedor de empleados la seguía con la mirada esperando a que pasara cerca y ofrecerle un lugar para sentarse junto a él. Vera accedió más por curiosidad que por algún tipo de atracción: el chico no era de su gusto. Era más bajo que ella, de complexión delgada, introvertido y callado. No se molestó en intentar algún tema de conversación, él bebía café sin ni siquiera haberle dado un mordisco a su emparedado. Vera por su parte, había dado cuenta de toda su cena y con toda la intención volteó a mirar la comida de su compañero.

—Adelante, puedes comerlo —dijo Raúl, al tiempo que empujaba el emparedado hacia Vera.

—Muchas gracias —contestó ella indiferente. Lo engulló rápido y sin más se levantó para volver a su puesto en la línea de producción.

***

La casa era una de esas construidas en las afueras de la ciudad: vieja, de paredes sólidas y altas, aislada en el centro del terreno, con mobiliario que aparentaba ser del siglo XIX. El casero era un hombre jubilado de andar irregular, malhumorado, seco y parco de palabras. La única emoción que mostró fue cuando Vera iba poniendo sobre su mano, uno a uno los billetes que cubrían la renta de los siguientes seis meses. Extendió el recibo hecho a mano con caligrafía temblorosa y prometió entregarle una copia del contrato de arrendamiento.

Vera pasó el primer día intentando acostumbrarse a los ruidos de la casa. No fue a la cama sin antes revisar puertas y ventanas. Había demasiadas entradas y salidas, pensó. La cama tenía olor a viejo, en toda la casa se respiraba antigüedad.

A unos cuantos días de haberse instalado en su nueva residencia, unos fuertes golpes en la puerta principal interrumpieron su día de descanso. De un salto se puso de pie y casi corrió a la entrada sin darse cuenta que solo traía una playera de algodón y calcetines. Miró entre la persiana y alcanzó a ver el azul de una prenda. Abrió con duda, no esperaba ninguna visita. El hombre era muy alto, corpulento, de facciones angulosas, llevaba el cabello muy corto, erizado, camisola y botas de trabajo. Portaba una caja naranja con herramientas. Vera recordó una escena similar de una película softporn de un canal de cable. El tipo se presentó como trabajador de la empresa contratista que hacía labores para el casero. Informó que haría varias reparaciones a la vivienda, que evitaría dar molestias y que llegaría muy temprano por la mañana y se marcharía antes de oscurecer.

Durante todo el tiempo que duraron los trabajos de reparación, Vera no podía dejar de mirar con genuino interés al trabajador; le espiaba cautelosa. Adivinaba los enormes músculos debajo de la camisola de mezclilla y estaba cautivada por el tono grave de su voz. Se sentía inquieta cuando el trabajador la miraba a los ojos, pero más que inquietud, era una sensación extraña que le obligaba a ponerse alerta y al mismo tiempo de buen humor. Notó que inventaba pretextos para entablar conversación con el hombre.

—¿Está todo bien? ¿Se le ofrece algo? Tengo que salir un momento —dijo Vera con tono más que solícito.

—Muchas gracias —contestó el hombre— estoy bien, señorita.

Vera no pudo más que soltar una auténtica carcajada después de escuchar al reparador.

—¿Qué? ¿Dije algo mal? —dijo soltando la herramienta mecánica que estaba utilizando y mirando a Vera genuinamente consternado.

—Vera, —dijo mostrando su envidiable sonrisa— mi nombre es Vera. Disculpa, me causó mucha gracia lo de «señorita»; ya casi nadie utiliza esa palabra.

—Ah…, ante todo la cortesía y el respeto. Mucho gusto, Vera. Mi nombre es Axel —dijo mientras se despojaba del guante de trabajo y estiraba la mano para estrechar la de Vera—. Es parte del trabajo, ¿sabes? Debemos ser amables con los clientes.

—Lo siento, soy una desconsiderada. Lo lamento de verdad. Tengo que irme.

—Que te vaya muy bien… —dijo Axel y agregó—: Me iré en unos cuántos minutos, ¿por qué no me esperas? Te puedo llevar en la camioneta.

—¿De verdad? —preguntó Vera por mero formulismo. Le encantaba la idea de que la llevara. Podría platicar más con él.

—Déjame recoger la herramienta y nos pondremos en camino —dijo Axel apresurándose con la caja naranja—. Quizá podemos ir a comer algo, ¿quieres?

A Vera le brillaron los ojos. No solo por la invitación a comer, sino porque era una excelente oportunidad de romper el hielo. Empezaba a experimentar sensaciones extrañas; a advertir reacciones físicas que no había sentido antes. Axel le gustaba, sin embargo, la atracción iba más allá de la mera satisfacción de su primitiva necesidad. Era algo más que todavía no podía entender.

Durante la cena, Vera estuvo atenta a todos los movimientos de Axel. Resultó ser un hombre encantador y muy divertido. Al recapitular sobre eso, Vera se preguntaba por qué le eran más notorias estas cualidades. Estaba más acostumbrada a fijarse en el aspecto físico y a evaluar a conveniencia si el prospecto era idóneo para sus fines alimenticios. Aunque Axel le satisfacía en ambos aspectos, había una chispa que le acaparaba la atención y le hacía vacilar.

* * *

—¿Quieres mi cena? —dijo Raúl, interrumpiendo los pensamientos de Vera. Ella lo miró sin poner atención a la pregunta. Raúl dirigió su mirada al recipiente con comida que estaba en la mesa. Lo acercó un poco a Vera.

—¿Cómo sabes cuando estás enamorado, Raúl? —dijo Vera, ignorando la invitación.

Raúl la miró a los ojos con la intención de enterarse si se trataba de una broma o era una duda auténtica. La fuerte mirada de Vera le dio la respuesta.

—Pues…, bueno, es parecido a vivir en un mundo a todo color. Todo te parece distinto y las cosas que hasta antes veías mal, las notas diferentes, mejoradas. No sé…, alguna vez me pasó, hace mucho.

—¿Sientes algo dentro de ti? —Verá se llevó la mano al pecho—. ¿Algo que te vibra dentro?

—Sí… puede ser —contestó Raúl— ¿Estás enamorada, Vera?

—Aún no lo sé —puntualizó

* * *

Sentía el peso de Axel sobre su cuerpo. Él transpiraba y Vera se dejaba seducir por el olor corporal. Por primera vez se dejó dominar por el macho; el solo hecho de sentirse subyugada elevaba su excitación a tal grado que nunca antes había percibido. Axel embestía con rudeza y a la vez la besaba con ternura. Vera acariciaba los músculos hinchados por el flujo de sangre; lamía, mordía, besaba y cada vez que miraba los ojos de aquel hombre, encontraba una chispa de luz que le hacía perder la estabilidad y le obligaba a pedir más, hasta explotar. Luego, ambos jadeantes, respirando ya no del aire, sino de sus alientos, alcanzaban juntos el punto más intenso del orgasmo. Vera, embelesada y fascinada por el desempeño físico de Axel, trataba en vano de prolongar el placer más allá de sus cavilaciones; la claridad le llegó del mismo modo que a un músico drogado cuando reacciona ante un poderoso compás que lo devuelve de su viaje: podría ser amor; una relación tan cotidiana igual a la de la Luna con la Tierra o tan distante como Caronte y Plutón. Estaba a pocos días de su ritual cíclico y por alguna razón que desconocía, no quería que Axel fuese la víctima.

* * *

Se encontraba en el comedor de la fábrica mordisqueando una papa frita. Más ausente que de costumbre. Encerrada en el dilema de lo que debería hacer con Axel. Había entendido hacía mucho tiempo el concepto que la sexualidad representaba para los humanos; lo había comprendido al grado de hacerlo su arma principal para la efectividad de su cacería. Conocía que era uno de los puntos más débiles que podía tener un hombre. Sin embargo, con lo que estaba experimentando, sencillamente no tenía respuesta.

—Hola, Vera —dijo Raúl al momento de acomodarse a la mesa—. ¿Ya has terminado de cenar?

—Hola. Casi, estoy por acabar —contestó Vera regresando al aquí y al ahora.

—Ten —dijo Raúl acercándole un emparedado. Vera lo aceptó. Se encontraba en el punto más álgido de esa hambre. Al día siguiente debería cumplir con el ritual.

—Gracias, Raúl —dijo—, siempre tan amable. ¿Por qué eres tan atento?

—La gente no es muy amable contigo, lo he visto —dijo comenzando a emocionarse—. Dicen muchas cosas de ti, sobre todo, que eres rara.

—Rara… Sí, creo que lo soy. No están muy equivocados.

—Eres linda —dijo con marcada timidez—. Yo solo… Me caes muy bien y me gusta verte cuando comes. Es increíble tu apetito.

—No sabes cuánto —dijo Vera. Sonreía usando todo su encanto—. Raúl, si te invito a mi casa mañana, ¿irías?

—¿Yo? —dudó por un momento sobre lo que estaba escuchando. No podía sostener la sonrisa esperando que todo fuese una broma—. Vera, ¿lo dices en serio?

—Sí. Me encantaría comer contigo —dijo Vera, sonriendo aún más por la involuntaria ironía en sus palabras.

***

Sabía de antemano que su compañero de trabajo no era del tipo que acostumbraba a seleccionar para su ritual. Mas está vez, debido al precipitado paso de los días, haría una excepción. Lo miraba con tal avidez que Raúl se movía inquieto en su asiento. Estaban sentados en una rústica mesita. Había una vela aromática en el centro, dos cubiertos y una botella de vino ya descorchada. Raúl se sentía el hombre más afortunado del mundo y en su inocencia, agradecía su estrategia de convidar a Vera de sus alimentos en el comedor de la fábrica. Al percatarse de la timidez de Raúl, Vera dejó de guardar las apariencias y saltándose todo modal sobre la mesa, subió en ella para alcanzar a su presa. Pudo olfatear la loción corriente con la que literalmente se había bañado Raúl. Se acercó provocativa, rozando con sus labios la mejilla de Raúl; él a su vez no sabía qué hacer, sus manos torpes no se decidían entre tocarle los senos, abrazarla o hacer algo para corresponder a la hembra en celo. Ella empezó a besarlo de la manera más lasciva y excitante, su cuerpo se estremecía. Raúl sentía que el aire le faltaba, pero no quería dejar de sentir. Cayeron al suelo. Vera se despojaba de su blusa y él hacía lo mismo con sus ropas. Seguía pensando sobre el golpe de suerte que había tenido con semejante mujer. Vera con celeridad, ayudó a Raúl para que la penetrara. Ella se movía con sensual cadencia en un principio, sabía que, en unos minutos, Raúl enloquecería de placer. Siguió con el vaivén y a usar sus desarrollados músculos pélvicos, algo que de inmediato advirtió Raúl y lo externó con un prolongado gemido. Duró mucho menos de lo que Vera había calculado. En cosa de unos minutos, Raúl estaba inconsciente.

Raúl solo regresó de su inconciencia una sola vez y se volvió a desmayar cuando miró a Vera con la mandíbula desencajada, dispuesta a tomar el primer bocado. Con mucha rapidez, Vera lo devoró hasta el último hueso. En un santiamén no quedó nada del ingenuo compañero de trabajo. Ansiaba ver a Axel, pero después del ritual, tenía que esperar un par de días a que le aminorara la risa sin razón.

* * *

En los días de ausencia, Vera intentó poner en orden sus pensamientos y trató de empatarlos con sus emociones. Llevaba mucho tiempo en este mundo y nunca le había ocurrido algo semejante. Lo de menos habría sido acudir con alguien que le pudiera solucionar sus dudas, mas no tenía a nadie. Era una solitaria. Se había abierto paso confiando en sus instintos, siempre aprendiendo por ella misma. Ahora esa soledad que tanto le había servido en el pasado, le jugaba una broma pesada al no poder contestarse las interrogantes que se le planteaban en esos momentos. Se durmió sin tener una visión clara de su futuro.

Axel no hizo preguntas por el inusitado distanciamiento. Tenía claro que debía darle espacio a Vera. Las cosas habían sido inusualmente rápidas; no era mala idea desacelerar un poco. Lo que no podía pasar por alto era que no tuviera un número telefónico ni un móvil. Así que tan pronto terminara sus labores, pasaría a su casa a buscarla. Deseaba estar con ella. Había sido hasta ese momento una experiencia sexual sin igual. «Sexo, no sentimientos». Eso estaba mejor. La encontró con su acostumbrada playera roída; el estampado había desaparecido y los calcetines de colores le daban un toque divertido. Se besaron sin decir más: sintiéndose, saboreándose, complaciéndose.

—Axel, ¿estás enamorado? —dijo Vera rompiendo el momento.

—Sí —dijo Axel desviando la mirada—. Eres lo mejor que me ha pasado, Vera.

La levantó en vilo, su corpulencia y fuerza le permitían hacer eso, aunque Vera no era delgada en exceso, sí tenía un peso que no aparentaba su constitución física. La llevó a la cama y una vez más el instinto animal se reveló en sus cuerpos.

—Te extrañé —dijo Axel acariciando con las yemas de los dedos la suave piel del hombro de Vera—. Fueron unos días largos. Necesitaba estar contigo.

—Yo también, pero ya sabes, cosas de chicas —dijo Vera mintiendo y reviviendo en su cabeza el estúpido pasaje con Raúl.

Él jugaba con el cabello de Vera, la miraba contemplando sus deliciosas líneas. Despertaba una vez más el deseo y comenzó el juego. Esta vez se sorprendió cuando ella se movió de tal modo que se zafó fácilmente de su abrazo y se colocó sobre él. Vera lo miraba a los ojos y buscaba la chispa que había visto antes, pero no la encontró. Le acometió un sentimiento de duda, sin embargo, no paró de copular.

Los días pasaban de manera extraña para Vera. En el trabajo hubo paro laboral, los trabajadores reclamaban mejores condiciones y un aumento en el salario. Axel aparecía y desaparecía por varios días. Pero lo que más la puso en alerta fue el interrogatorio de la policía al que fue sometida. Le inquietaba sobremanera que el agente asignado le tomara sus datos, más que la manera libidinosa en que la había mirado todo el tiempo que duró la entrevista. Confiaba en que la desaparición de Raúl fuese una más en la abultada estadística de crímenes sin solución de aquella ciudad. Ya se había librado en muchas otras ocasiones, pero esta vez, su inestabilidad emocional la hacía sentir vulnerable. Abstraída con tales vicisitudes, descuidó el calendario y los días se habían escurrido con la velocidad de un líquido.

«¿Y si no cumplía el ritual y solo se dejaba matar por esa hambre? ¿Cuánto tiempo aguantaría? ¿Si le contase la verdad a Axel, lo entendería? ¿Por qué le dolía en algún lugar pensar en todo esto?» Estaba a oscuras, sentada en la salita, fustigándose con tantas dudas. Sabía que quizás era la última de su especie, no había conocido a nadie semejante a ella y sus antepasados habían sido descuidados e insolentes por eso habían sucumbido. Pero ella había sido inteligente, había pasado la prueba del tiempo y ahora se sentía perdida, extraviada en sus propios sentimientos. No había visto a Axel en varios días. Qué fácil era acostumbrarse a él, mas era una señal de debilidad, por eso la especie humana era como era, por sus debilidades. Sentía pánico al pensar que estaba enamorada de aquel hombre. Una parte suya, quizás la más depredadora, rechazaba la idea, pero otra parte de su ser, hasta ahora desconocida, se aferraba con mucha fuerza al hombre, al sentimiento, al amor.

Escuchó la puerta, era Axel. Lo miró entrar con su estúpida sonrisa en la cara. Tuvo ganas de atacarlo, de morderlo y matarlo, pero se contuvo. No le costó trabajo sonreírle y ofrecerle sus brazos. La parte desconocida la dominaba con gran facilidad. Axel, seguro de sí, la abrazó y con las manos recorrió las caderas de Vera. La cercanía avivó las ganas de los dos y se entregaron a satisfacerlas.

—¿Me amas? —susurró Vera, sin obtener respuesta, preguntó otra vez—: ¿Me amas?

Axel guardaba silencio, solo se escuchaba su respiración pesada mientras su cara se escondía entre los senos de Vera. Ella se retiró un poco para mirar los ojos de Axel. No encontró la chispa; no encontró nada.

—Vamos, Vera, no es momento para hablar de eso —dijo Axel fastidiado—. Tengamos sexo, eso es lo que importa.

—Sexo. ¿Eso es lo que quieres? —preguntó Vera, aunque ya sabía la respuesta—. Está bien, tengamos sexo.

Al terminar de pronunciar esas palabras, ella juró escuchar que algo dentro de su ser se rompía con un sordo crujido. La parte desconocida huía cual animal asustado ante la parte depredadora que declaraba su supremacía. Había sido un lapso de dispersión, pero ahora se proclamaba más fuerte y poderosa que nunca.

Vera hizo uso de su increíble fuerza para someter a su dominio a Axel. Él creyó que se trataba de un nuevo juego y le excitó la idea. Sintió más ardiente el cuerpo de Vera que de costumbre y cuando ella se introdujo a sí misma el pene, Axel estalló por primera vez. Los movimientos de Vera eran frenéticos, sus músculos pélvicos apretaban y soltaban imitando a una pequeña boca. Axel, que tiritaba por el goce que ella le estaba propinando, empezó a sentir un vértigo inevitable, la habitación daba vueltas sin poder identificar en que dirección. Miraba a Vera idéntica a una diosa erótica y malvada que le estaba aspirando el alma para castigarla en un infierno inapagable. Tuvo una sucesión de orgasmos tan intensos y en tan corto tiempo uno de otro que sentía que se iba a romper. Gritó con una mezcla diabólica de goce y dolor y perdió el sentido. Vera era una fiera jadeante después de una larga persecución. Bañada en sudor, su piel brillaba de la misma manera que su mirada famélica. Se movía rápido, había decidido consumar el ritual.

La enorme mordida que recibió en el pecho lo sacó de su inconciencia. Vera lucía demoniaca con la mandíbula desencajada, los cabellos húmedos de sudor y los pechos escurriendo sangre. Axel dudó durante un segundo antes de tirar el primer golpe. Vera o la criatura que estaba frente a él se tambaleó un poco, pero se recobró de inmediato para saltarle encima. La recibió con un par de golpes más, pero a pesar de la fuerza con que la impactaba, no lograba hacerle ningún daño. La siguiente mordida abarcó gran parte de su brazo y su hombro, el dolor lo hizo patalear y alejó un poco a la bestia; no fue suficiente y la siguiente embestida fue con tal brutalidad y rapidez sobrenatural que creyó que era atacado por una jauría hambrienta. Axel ya no pudo defenderse.

Vera había terminado a tiempo la deglución. Desnuda y de rodillas volvía a la normalidad. Aunque notaba que un pequeño remolino comenzaba a hacerse un huracán en su interior. La parte desconocida regresaba cautelosa, evitando ser descubierta por la parte predadora. Las dudas levantaron el vuelo en bandada. La fuerza que le proporcionaba la transubstanciación la hacía temblar. Axel había sido una buena presa, un merecido trofeo. Ahora formaba parte de ella, lo había llevado a la tierra sin mal. Notó que los ojos se le llenaban de agua, la parte desconocida guardaba su distancia, pero sabía que se quedaría ahí para siempre; para recordarle que había amado a Axel; que pudo sentir amor. Ahora en la solitaria casona, en medio de la noche, en la oscuridad de la habitación cayó en la cuenta de su insalvable realidad: siempre sería el depredador, el único que el hombre tenía, la única en su especie, todo eso que de manera irremediable la condenaba a esa soledad.

Días que son mar


¿Se puede odiar un día que aún no pasó? No hace falta mirarme al espejo para ver mi rostro mientras me hago esta pregunta. Me reflejo en ella.

Estoy sentada, bastante cansada. Mi cuerpo se encoge y tirita de frío. Mi mano pide coger papel y pluma y hace el esfuerzo de poner orden a las ideas de mi cabeza, dicen que funciona. Dicen que verter, en papel, los pensamientos, sirve. Aunque cada vez que yo utilice este método, sea para dejar fluir a las palabras que están en mis pensamientos, para que sean agua, para que fluyan como un río. Río que desde su nacimiento no sabe a dónde se dirigirá, pero todos sabemos que termina en el mar.

Odio el día de mañana, me repito otra vez, frente al espejo.

Mírame, no sé cuántas veces habré tenido esa frase rodando por mi mente. En realidad, por llevarme la contraria a mí misma, sí lo sé. Dos días al año, dos días en los que la vida decidió marcarme como una página del calendario, como una página que cuelga, a la vista de todos, y está presente continuamente.

No odio al día de mañana por lo que será, sino por lo que es.

Parecerá extraño decir esto en presente cuando es futuro. Hay días pasados y futuros que siempre serán presente, pese a que no lo sean adrede, es su esencia. La raíz del día, que habiendo ocurrido o pendiente de ocurrir, es otra cosa. Ser en presente. Ser, siempre, pese al tiempo que pase.

Por eso, es hora de despertar y de que acabe esta película: Los días que son mar.

The end of the word


Sobres de manila envejecidos por el paso de la historia desapercibida. Añejando memorias escritas, resguardando secretos, mensajes e historias jamás contadas por ausencia de coraje o falta de magia en el tiempo. Allí afuera, en aquellas direcciones que nunca fueron alcanzadas, yacen los selectos espectadores que fueron cuidadosamente elegidos por el destino para recibir un conocimiento único, y convertirse en portadores de la perspectiva secreta de emisores desconocidos.


Una madre escribe una carta a un hombre joven que repite un ciclo de desdicha casi todas las mañanas de sus días: se dice así mismo que el corazón no existe y en su lugar hay un órgano que regula la temperatura, fluidez y color de la sangre; una especie de termostato que se encarga de mantener la presión corporal de todos y cada uno de los elementos que nos mantienen vivos. Esta idea ha crecido en su cabeza y niega alguna conexión con las principales emociones de la vida, ya que todo se encuentra en nuestra mente salvaje, esa que, según, pocos podemos domar siquiera al 20% de su totalidad.

Existe un ámbito extenso de posibilidades inciertas en el que un alto porcentaje indica que el joven nunca leerá las palabras de la mujer, y desconocerá que alguien quiso ayudarlo a ver esa perspectiva ausente en su espectro reflexivo. Las palabras de aliento de una vida hacia otra, vagando entre puntos suspensivos sin una clara incógnita de si continuará o no el proceso de esa comunicación, de una palabra a otra, de un ser humano a otro.

Si un día cesara la necesidad de comunicarnos entre nosotros, seguro se marcaría el inicio del fin. ¿De qué exactamente? No estoy del todo seguro respecto a ello, pero sé de buena fe que la ausencia de palabras marcaría un destino mucho más definitivo que un punto y final al cierre del párrafo más largo (y denso) de todos; ningún par de corchetes sin expectativas de continuación podría igualar las marcas del mismo. Cada mensaje que embarca el viaje a otros oídos llega, así sea el resultado uno distinto.

Larga vuelta a casa


Daniela salió del Aleatorio Bar apenas terminó el recital de María Sotomayor. Era jueves por la noche, entrada la madrugada, las calles parecían desiertas. Entre semana, ir a deshoras significaba alejarse del horario de trabajo. Estaba a una media hora de casa caminando, así que decidió ir paseando hasta Arapiles, su barrio, en Chamberí.

Había ido sola, como otras tantas veces, lo había comentado con amigas. No quería perderse la presentación de «Nieve antigua», en uno de sus bares preferidos. Se había enfadado y había dicho que ya no era una niña cuando sus amigas le pidieron ir informando, por WhatsApp, de la noche y de su vuelta a casa. Aunque tuvo que ceder al recordar cómo ya tenían por costumbre avisar al llegar a casa.

A diecinueve grados, no hacía demasiado frío para darse una pequeña caminata nocturna hasta casa.

Giró a la derecha por la calle Carranza, e inmediatamente, echó la cabeza hacia atrás, al escuchar unos pasos. Pensó que ahora hubiese sido útil no haber dejado las clases de karate de su infancia. Siguió caminando, frenando sus ganas de echar a correr.

Cuando llegó a la calle de Fuencarral el tránsito de vehículos era intermitente. Por aquí había más transeúntes, era una calle por la que la gente paseaba, corría y se entretenía, a cualquier hora, deambulando.

Sujetó su bolso con más fuerza. Aquella sombra, y aquellos pasos, seguían tras ella. A la altura de los Cines Verdi ya había pensado en la longitud del camino. Lo había recorrido en muchas ocasiones, pero esta vez, parecía mucho más largo.

Al escuchar unas risas a unos cuantos pasos, cogió el móvil e hizo como si hablara con alguien. El paso acelerado, como su corazón, a cada minuto aumentaba el volumen de su propia respiración, ahora más fuerte. Incluso pensó que sería difícil escuchar todo su alrededor, si su propia respiración estaba tan acelerada. Ver a un borracho tirado en un portal, mientras mascullaba palabras sueltas aletargadas por su embriaguez y sueño, no la ayudó.

Llegó al 137 de la calle Bravo Murillo y al sacar las llaves del bolso los pasos y la sombra que la habían seguido se detuvieron.  Metió la llave en la cerradura del portal y miró atrás. Un pequeño cachorro tiritaba de miedo, y frío, ante sus ojos. Daniela se agachó y acarició al labrador que la miraba con negros ojos brillantes.

—¿Tienes miedo? ¿Ha sido muy larga tu vuelta a casa? ¿Estás solo? —preguntaba mientras seguía acariciándolo. Buscó el collar que no encontró. Juntos entraron al portal. Cerró la puerta. Ya estaban seguros.

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Encuentros


Era una noche dulce y calmada de otoño en la que, a pesar de ser miércoles, la niebla envolvía la ciudad otorgándole una sensación de estar en un domingo cualquiera; un domingo vacío e invisible.

Estaba dando un paseo.

Me acerqué a un parque lleno de manzanas rojas y nevado por deseos pendientes de cumplir en forma de dientes de león. Percibí entonces un olor dulce a blues en una esquina iluminada por un cartel en el que pude leer el número trece escrito junto a peces dibujados en charcos de agua de chocolate. A su derecha, un hombre ataviado con un pantalón rojo tocaba el saxofón a un ritmo camaleónico con el que me hipnotizó.

Pasé horas y horas allí, en aquella esquina inundada de niebla, sintiendio cada ritmo que aquel excéntrico individuo hilvanaba a la perfección. Mis obligaciones me agarraron de la camisa como ademán de tenernos que ir, mas yo como niño quise quedarme.

Desde entonces, me hallo estático en esta vida pura y silenciosa mientras que, mi otra parte, huyó a la realidad.