Blacks Gaea, la madre de «La Razón»


BlacksGaea

Jenny y las jóvenes contemplan el mapa de Blacks Gaea.

***

-Nombre de la misión: «Ángel 01»

-Comandante: Dark Warrior Jacob Dragonheart

-Objetivos:

  1. Encontrar un guerrero(a) especializado para usar El Pentagrama.
  2. Llevar al guerrero elegido al corazón de Blacks Gaea para obtener El Pentagrama.
  3. Volver a Córdoba y enviar al guerrero elegido con El Pentagrama para iniciar con la fase dos de la misión: «Ángel 02».

***

El viejo y experimentado Jacob ya iba por el segundo objetivo de la misión. El guerrero a quien había elegido era Jenny Pascal, una guerrera elemental del agua que estaba entrenando en las artes de la luz muy cerca de Córdoba.

Llegaron a Blacks Gaea mediante el portal de Jacob, y para llegar al corazón de la tierra tenían que viajar mucho en dirección al oeste, pues llegar allí no era nada fácil. Caminaron muchos días y pasaron por muchos pueblos y también por muchos obstáculos en cada desierto que cruzaban, pero gracias a la escolta de Jacob, no tuvieron problemas para pasar. Finalmente, cuando ya tenían la entrada al corazón de Blacks Gaea a la vista, solo quedaba un reino por atravesar.

Ese día empezó a llover, y al pisar la tierra que se veia árida y desértica, se descubría una tierra negra y humífera.

Al atravesar el reino se encontraron con unos sacerdotes que iban escoltados por una compañía de al menos 100 soldados armados con nada más que alabardas, sin escudos.

Cuando vieron a Jenny y a Jacob, los sacerdotes rápidamente pidieron al capitán que detuviera a todos, y este así lo hizo. Luego, la sacerdotisa mayor le pidió al capitán que recibiera a Jacob y le pidiera permiso para que ella pudiera hablar con él. El capitán se acomidió ante la solicitud, corrió hacia Jacob y se puso en posición de firmes con el respectivo saludo militar:

—¡Buenas tardes, comandante! Capitán Kirchhoff a sus órdenes, puedo preguntar, ¿a qué se debe su grata visita?

—Buenas tardes, Capitán —contestó Jacob amablemente—. Estoy en una misión especial, sólo eso puedo informarle.

—Entiendo —asintió el capitán—. Señor —repuso—, la sacerdotisa mayor solicita que los recibamos a usted y a su acompañante. Dicen que necesitan hablar con ustedes.

—Aceptaremos su hospitalidad, pero por ahora no tenemos nada que hacer con nadie de este pueblo —insistió Jacob, cambiando la mirada de amable a una fija hacia el grupo de sacerdotes.

Jenny se quedó perpleja y, para esto, la sacerdotisa ya había avanzado hacia ellos.

—Usted debe ser el Gran Jacob Dragonheart del que hablan las leyendas —dijo la sacerdotisa con un tono muy amable—, héroe de guerras y vencedor de grandes bestias, lo admiramos. Pero con todo respeto debo advertirle que su tiempo aquí debe ser corto, deben marcharse en cuanto antes.

—¿Pero qué? ¡¿Por qué?! —exclamó Jacob, enojado.

—Venga, vamos al templo y le explico con toda calma —le respondió la sacerdotisa mientras le tomaba la mano al viejo cascarrabias de Jacob tratando de calmarlo—. ¡Está lloviendo como nunca!, eso es bueno para la tierra, pero nosotros ya no queremos seguirnos mojando —finalizó.

En cuanto la sacerdotisa mencionó lo de la lluvia, la cara de Jacob cambió de inmediato. Entonces le pidió que se apresurara y que lo que tenía que explicarle se lo explicara rápido y en privado. Y así fue; llegaron al templo, los recibieron con mucha hospitalidad y uno de los clérigos guió a la sacerdotisa y a Jacob a una sala privada.

Mientras Jacob y la sacerdotisa hablaban en privado, Jenny era atendida por las jóvenes del templo. Todas ellas la miraban con mucha atención, sus caras eran como de encanto y sorpresa al mismo tiempo.

Jenny conversaba con algunas de ellas sobre el templo, lo que estudiaban y en pocos minutos se empezaron a conocer. En eso, un grupo de ellas comentaba algo aparte:

—Dile tú.

—Nooo ¡Tú!

—No, yo no.

—Ay no, me pongo nerviosa…

—Tú, Laria, tú eres la más inteligente.

—¡Ay ya! Yo le digo. —Se levantó Laria.

Entonces Laria se acercó a Jenny y le preguntó:

—¿Sabes? Hay algo que aún no te hemos dicho, pensé que sólo era yo, pero todas pensamos lo mismo… por eso es que nos veías cuchichear a ratos.

—¿Y era sobre mí? —inquirió Jenny.

—Sí, pero nada malo, no te preocupes, es solo que nos ponemos nerviosas porque no eres de aquí y no sabemos cómo lo tomes… lo que pensamos de ti.

—¡Dícelo, dícelo ya! —exclamó una de ellas mientras se amontonaban y se sentaban en la alfombra alrededor de Jenny.

—¡Bueno ya! —dijo la atrevida Laria—. Es que nos sorprende que una guerrera tenga ese espíritu tan apacible, y tu armadura nos recuerda a la diosa Blacks Gaea de la que hablan nuestros libros…

Entonces las jóvenes le contaron sobre el nacimiento de Blacks Gaea, su tierra madre.

—Cuentan las antiguas leyendas que la diosa madre creó la tierra y luego descansó en su corazón: el corazón de Blacks Gaea, ¡a donde ustedes van! —dijo Laria emocionada—. Y muchos años después, encarnó en una mujer valiente y de gran carácter, de brazos fuertes y caderas anchas. Y su nombre fue Eamy Blacksmith…

—¿O sea que Blacksmith es un apellido? —interrumpió Jenny.

—Sí, claro que sí —le contestó la joven.

—¿Y ustedes creen que yo soy esa Eamy? —preguntó Jenny.

—No precisamente, quizás eres su hija, su elegida. Dime, ¡viniste aquí elegida por Jacob! ¿Cuál es tu misión?

—No puedo decirlo, es secreto. —Se encogió Jenny.

—Mmm… —pensó Laria.

—¿Vienes para pelear al lado de Jacob y los otros guerreros legendarios por el control de todos los reinos? —preguntó otra de las jóvenes—. Porque las profecías dicen que a cambio de un guerrero elegido, vendrá de otro mundo una gran guerrera con poder y gran gloria y vencerá a todos los guerreros legendarios y tomará el control de todos los reinos de Blacks Gaea a conforme lo haga el guerrero elegido en otros mundos.

—¡No seas morbosa! —le interrumpió Laria.

—¡No! Sí es cierto, porque decían que llovería por fin en estos desiertos. —corroboró otra.

—Pero esas eran las profecías del Rey Edipo de Solaris, que fue asesinado por el mismísimo Jacob que habla ahora con nuestra matriarca —aclaró Laria—. ¡Te falta leer más, querida…! ¡Ah sí! Eso me faltaba contarte, pero estas me interrumpieron. Luego de que la diosa encarnara, la tierra empezó a generar fenómenos sin orden y sin sentido, entonces la diosa puso sus puños en la tierra y dio a luz un hijo que en el idioma primitivo se pronuncia Balzak o Balsac… ¡como sea! y significa «La Razón» o el razonamiento, y gracias a él hubo orden en estas tierras, se formaron reinos y hubo paz, se estructuró una jerarquía de régimen militar y él fue el primer General. Y al mismo tiempo otras leyendas decían que Balzak tendría una hermana, porque haría falta equilibrio; pero nunca se supo nada de ella… y pues, lo que pensábamos todas, a excepción de esta morbosa, es que tu serías esa hermana perdida que aparecería.

Y todas empezaron a hablar:

—Yo leí que habría un gran terremoto… pero no ha pasado nada…

—Creo que por eso mismo la matriarca quiere que se marchen.

—Dicen que Jacob es el hermano gemelo de Balzak.

—No, Jenny sería su hermana.

—¡No!, Jenny debería ser la elegida, ¡se ve muy fuerte!

—Sí, porque Jacob es un viajero del tiempo… Porque… porque mató al Rey Edipo y también ganó muchas guerras antes de que naciera Balzak.

—Otros dicen que Jacob es un demonio…

—¡¡¡Ya bastaaa!!! —exclamó Jenny levantándose—. Menos mal que no estaré por mucho tiempo aquí, buscaré a Jacob y le pediré que me saque de aquí en cuanto antes. ¡Y si es que se puede, solo tomaré El Pentagrama, me iré y no pasará nada!

—¿El Pentagrama? ¿Vienes por un pentagrama? —le preguntó Laria mientras que un súbito silencio inundó toda la sala.

—Ups… —dijo Jenny, encogiéndose de hombros.

—Aaahhh… con razón que vienes escoltada por Jacob… si no no sería tan sencillo tomar uno de los tesoros del corazón de Blacks Gaea. ¡Ahora todo tiene sentido! —exclamó Laria con ese brillo en los ojos que le salta a alguien cuando termina un rompecabezas.

—Si tan solo nos hubieras dicho eso desde el principio… ¡y no nos hubieras hecho especular tanto! —mencionó otra, tratando de aguantarse la risa—. Ja, ja, ja.

—Esos pentagramas suelen ser muy poderosos, pero en las manos correctas; pues alguien como Jacob no podría hacer nada con ellos. Ahora vemos por qué te eligieron, tú eres el elemento perfecto para ese tipo de armas —dijo Laria a Jenny, mientras se ajustaba los anteojos con el dedo índice.

—Bueno, espero que estén contentas de saber por qué estoy aquí —finalizó Jenny, retirándose de la habitación en busca de Jacob.

—Espera, quieras o no, una de nosotras debe escoltarte, es nuestro deber serviros —replicó Laria, levantándose y tomando distancia a lado de Jenny.

—Gracias —dijo Jenny, aceptando los servicios de la joven.

Mientras se iban a buscar a Jacob a la otra sala, Laria miraba con mucha atención a Jenny y pensaba: «¡Esta es una guerrera muy fuerte! Me pregunto por qué no será la elegida, o por qué viene a una misión tan simple como tomar un Pentagrama con la escolta de Jacob. Voy a terminar mis estudios aquí y me enlistaré para ser una de las guerreras más fuertes… ¡Seré más fuerte que Angeline! ¡Y más fiera que Jacob! Quizás llegue a ser la guerrera elegida, o quizás la guardiana que enfrente a una elegida. ¡Quiero ser eso que de equilibrio a «La Razón» de Blacks Gaea…! No sé realmente a dónde me lleven las oportunidades, pero quiero estar entre los mejores y ¡mi esfuerzo me llevará muy lejos! Quiero ser elegida por el espíritu de Blacks Gaea… quiero poner equilibrio a su «Razón». Quiero reinar o ayudar a reinar esta tierra, ¡quiero poner a prueba a guerreras fuertes como esta!».

Suerte y azar


Tras elegir cruz, lancé la moneda; pese a saber que mi elección fenecería, dándome la espalda, avergonzada, en un pozo sin fondo ni vida.

Ellos escogieron cara y, con sus capciosas voces, vitorearon al azar y lo corrompieron. Malcriado, basa su desmán en la apariencia y sus siluetas.

Materializado en el ambiente, crea decisiones antes de nosotros siquiera saber la pregunta; antes siquiera de existir. Aunque no lo sepa ni ella.

Empero, en el crepúsculo de la moneda, escondida en el canto, se encuentra la suerte.

La suerte, a diferencia del azar, es tímida, tranquila y justa. Por esto únicamente los prófugos la pueden oler y ver, pues su verdad no proviene de nuestra historia —y el azar—, sino de la naturaleza.

En aquellos sinceros momentos donde las voces encarecedoras duermen y su resquemor —reprimido y puro— despierta, la suerte abre su puerta. Invita a pasar a todos aquellos gritos sordos que únicamente se escuchan en la propincuidad del latir. Reticentes, sienten al pasado abandonarlos nada más entrar en la vetusta morada de la ilusión. Los mira a los ojos, observando cada ínfimo pensamiento por muy pequeño que sea; sintiendo cada sensación por muy abrumadora que sea.

Lanza la moneda y con ella la esperanza renace; pues en las pequeñas preguntas están las respuestas más importantes.

La lágrima de sangre


Lagrima filosofal

Ilustración: Blacksmith Dragonheart

Cierto alquimista del planeta Tierra dedicó su vida a la investigación del alma humana. Con el pasar de los años descubrió que el alma era, en sí misma, una fuente de energía. Este conocimiento fue el que utilizó para perfeccionar una técnica conocida como salto etéreo. La técnica consistía en la proyección de su aura hacia el plano astral, lo que le permitió explorar la frecuencia correspondiente al planeta Tierra.

Luego de pasar años explorando la frecuencia astral terrestre, el alquimista descubrió ciertas leyes naturales que rigen el plano astral. Se dio cuenta, por ejemplo, de que cada objeto celeste con capacidad de doblar la gravedad era, en teoría, capaz de emitir su propia frecuencia astral. Ese conocimiento le permitió transportarse de forma prácticamente instantánea a través de grandes distancias en el plano astral y, con el tiempo, también le permitió acceder a la frecuencia astral correspondiente a la luna terrestre.

Con el salto etéreo a la luna, el alquimista empezó a entender al plano astral como una gran red informática. Se dio cuenta de que no necesitaba contacto físico con el objeto celeste para acceder a su frecuencia astral, por lo que se dispuso a explorar el universo conocido. Mediante la proyección astral, el alquimista podía trascender el espacio físico a su antojo, es decir, podía observar el mundo material con total claridad. Debido a que solo su aura estaba presente en las frecuencias astrales, no podía interactuar físicamente con los objetos. Sin embargo, podía acceder a zonas conocidas como habitaciones astrales, espacios a los que solo puede accederse con la contraseña adecuada. El alquimista logró descifrar la existencia de ciertas contraseñas genéricas, por lo que accedió a la gran cantidad de datos contendida en muchos objetos del cosmos y su conocimiento aumentó de forma considerable.

***

Como resultado de muchos experimentos, el alquimista logró acceder a una frecuencia astral de una dimensión diferente a la suya. La exploró y se dio cuenta de que las frecuencias de ese nuevo plano astral se regían básicamente por las mismas leyes que las de su dimensión. De esa forma terminó por explorar esa y muchas otras dimensiones. Conforme más dimensiones exploraba, más aprendía. Mientras más aprendía, su aura era capaz de almacenar cada vez más información y de forma más eficiente. La velocidad con la que el alquimista recorría las dimensiones lo hizo trascender el tiempo.

Mientras más frecuencias exploraba, era menos extraño encontrarse con entidades que se dedicaran a la misma actividad que él. El alquimista astral había llegado a una red interdimensional habitada, donde cada uno de los miembros tenía capacidades tanto o más avanzadas que las suyas. Compartió conocimientos con múltiples entidades astrales, incluso con seres que realizaban el salto etéreo de la misma forma que él, es decir, con un cuerpo físico proyectado mediante un proceso de alquimia. De entre todas las entidades que conoció, una llamó mucho su atención. Era una manifestación de energía con un nombre que no puede pronunciarse en lengua humana.

El alquimista y aquella entidad establecieron una amistad. Compartieron ideas, pensamientos e ideales. El tiempo pasó y la relación entre ambos empezó a estrecharse, al punto de convertirse en una intimidad emocional. En el plano material el alquimista practicaba reprogramando su cuerpo, de tal manera que pudiera mantenerlo semiconsciente para que realizara por su cuenta actividades como la alimentación y el ejercicio. De esa manera aumentaba progresivamente el tiempo que pasaba en la red astral compartiendo su vida con la entidad de energía con la que intimaba. Con mucha práctica, el alquimista convirtió su cuerpo en un mero accesorio que necesitaba mantener a salvo para seguir viviendo, y decidió ir un paso más allá en la consolidación de su vínculo con su pareja astral.

El alquimista, una vez solucionó el asunto de su cuerpo, decidió establecer un ritual de hieros gamos con la entidad de energía. La entidad aceptó y empezaron un proceso de complementación que les reportó crecimiento y satisfacción. Lograron una conexión estable y poderosa. Gracias a la calidad de esa conexión, fueron capaces de construir su propia frecuencia astral, donde solo ellos vivirían. Dentro de aquella frecuencia, tanto el alquimista como la entidad de energía construyeron una réplica de sus galaxias originales, así como un planeta lleno de sus plantas favoritas. Compartieron sus vidas astrales durante un período que trascendía el tiempo.

En el plano material el cuerpo del alquimista, gracias a su programación, se mantenía saludable y en forma.

*** 

Cierto día, el alquimista enfermó gravemente. La frecuencia astral donde vivía con su pareja de hieros gamos desapareció de forma súbita. Eso generó un error en el salto etéreo del alquimista, lo que provocó el regreso brusco de la proyección de su aura a su cuerpo material. El shock de aquel evento dejó al alquimista en un estado de salud muy delicado, por lo que programó su cuerpo para las reparaciones necesarias con el fin de volver a realizar otro salto etéreo.

Una vez que su salud le permitió dar un nuevo salto, el alquimista astral dedicó su tiempo material a sanar su cuerpo y su tiempo astral a recopilar información sobre las causas de su  desconexión súbita y permanente de la frecuencia astral donde habitaba. Empezó por investigar el paradero físico de su pareja. No demoró mucho en llegar pues conocía la dimensión y la galaxia exacta donde se encontraba la entidad de energía. El alquimista descubrió que el planeta que buscaba había sido destruido y que la desconexión que sufrió fue causada por la muerte de su compañera.

El alquimista realizó otra investigación que le llevó a determinar que el planeta de su pareja estaba en medio de la implementación de una ruta de transporte intergaláctico de agua. Otra investigación lo ayudó a definir que, con toda certeza, los últimos responsables de las rutas de transporte intergaláctico de agua son una raza de seres interdimensionales conocidos como Los Limitantes.

***

Luego de identificar a los culpables de su tragedia, el alquimista astral empezó a contaminar su alma con resentimiento. Decidió entonces construirse un arma para llevar a cabo su venganza contra Los Limitantes. De entre todos los conocimientos que adquirió en sus innumerables viajes astrales, estaba el de la fabricación de un amplificador alquímico conocido como la piedra filosofal. La construcción de dicho objeto requiere de un conocimiento amplio sobre el núcleo del alma humana. El alquimista astral tenía los conocimientos necesarios. Pese a ello, no era capaz de construir una piedra filosofal completa. Las réplicas del núcleo del alma, que introducía en sus piedras, eran inestables y acababan fundiéndose.

Viendo que no lograba completar la piedra, decidió fabricarse un amplificador lo más cercano posible. Usó entonces, como base para su amplificador, los restos de su ritual de hieros gamos. Condensó aquellos restos y los convirtió en una lágrima de sangre que finalmente expulsó por uno de sus lacrimales. Esto dio origen a la piedra filosofal incompleta conocida como la lágrima de sangre.

Usando la lágrima de sangre, el alquimista astral se dedica a la custodia de objetos valiosos, guardándolos dentro de ella para hacerlos llegar a sus respectivos dueños. Esta actividad le permite conseguir los recursos necesarios para su venganza. Dentro de esos objetos estoy yo, esperando a ser entregado.

Aetherius


El doctor Braun se despidió de mano. Iván se portó desdeñoso y no dirigió una palabra más al entrevistado.

    —¿Usted tiene fe, señor Castro? —interrogó el doctor Braun. Iván giró para mirarlo de frente y con mirada intimidante contestó:

   —Lo voy a parafrasear, doctor. La fe es obsoleta. Y eso del nuevo orden —hizo una pausa de risa burlona—, es solo una de esas estúpidas teorías de la conspiración al igual que Aetherius y esas monjas lujuriosas. Con todo respeto, doctor Braun, déjese de pendejadas.

   El doctor se quedó inmóvil ante la actitud soez de Iván. No dijo nada más, solo miró cómo se alejaba hacia una oficina desatando el nudo de su fina corbata.

    Las cifras que observaba en la gráfica le alimentaban el ego. Nadie en ninguna cadena de televisión podía vencer su popularidad. Apagó el ordenador. Con la corbata al cuello, cerró la oficina y se dirigió al estacionamiento. Lo esperaba su auto de modelo y marca que solo una estrella como él podría darse el lujo de tener. Balbuceó algo al encargado de la limpieza; no tenía por qué hablar con él. En todo acto de su vida mostraba una personalidad displicente, ególatra y soberbia. El staff lo toleraba solo porque los asuntos del trabajo lo requerían. La opinión en general coincidía en la antipatía de Iván.

  Mientras manejaba a su residencia ubicada en una zona exclusiva de la ciudad, meditaba sobre la información generada en el convento: las monjas practicaban un extraño ritual que consistía en alcanzar la catarsis mientras caminaban en círculo en torno a un altar, despojadas de conciencia y de sus hábitos. El informe decía que alcanzaban el punto álgido cuando Aetherius se materializaba en medio de una luz blanquísima que se derramaba en un agujero de oscuridad absoluta y poseía, de manera simultánea los cuerpos de las monjas que buscaban comunión. La reacción de ellas era semejante a un orgasmo múltiple. «¡Vaya pretexto para tener sexo lésbico!» dijo para sí. No creía en ninguna de las declaraciones que intentaban justificar los episodios vividos al interior del convento. Todo parecía una historia de un charlatán investigador paranormal. No obstante, la morbosa necesidad de mantener su fama se mezcló con una descabellada idea para disparar su puntaje de popularidad más allá de lo que la historia televisiva había experimentado. Más audiencia que los Beatles en el show de Ed Sullivan. «Soy un genio», se dijo para premiar su audaz ocurrencia.

   La coreografía estaba armada: un par de modelos que hacen cualquier cosa por destacar en el mundillo de la televisión; las tomas de la entrada al convento junto con los quejidos dramáticos de los gonces, iniciaban el reportaje. Iván se lamentaba no poder hacerlo en directo. Desmentiría al doctor Braun y a todos los locos fanáticos que creían en Aetherius. Estaba de moda echar abajo las religiones. Aunque el ambiente en el altar era sobrecogedor a Iván no le afectaba en lo mínimo: en los tiempos en que no era más que un reportero, había sido corresponsal de guerra.

  El camarógrafo se ubicó de manera que la toma abarcara en su totalidad el retablo improvisado en el convento; al fondo las modelos interpretaban una frenética danza moviendo sus cuerpos desnudos al compás de una alienante melodía imaginaria.

   —Estoy en el Convento de las Hermanas Piadosas —dijo Iván sin aparecer totalmente a cuadro para no estorbar la toma de las supuestas monjas en pleno ritual de adoración—. Hoy desvelaremos el secreto que encierran estas paredes. Llevaré hasta usted la verdad de la secta Etérea.

   Las mujeres que danzaban alrededor del altar comenzaron a emitir sonidos de índole sexual. «¡Buenas chicas!» pensó Iván, ufanándose de haber hecho el casting él mismo. Todo estaba resultando a la perfección. El baile improvisado atraía sobremanera, se estaba formando una atmósfera mezclada de lujuria y misticismo.

   —No sabemos si las mujeres que están haciendo el ritual hayan tomado algún tipo de droga —continuaba explicando Iván—. Ver estas escenas me recuerda las ceremonias con peyote que hacen algunas tribus del norte de México.  Continuemos observando para saber hasta dónde puede llegar esta falacia.

   Los cuerpos de las danzantes brillaban por el sudor provocado por los movimientos. Los débiles gemidos pasaron a ser fuertes expresiones de placer. Ellas tocaban sus cuerpos entre sí. El operador de la cámara miraba asombrado y trataba de indicarle a Iván que tendría que cortar. Iván le hizo una seña para que siguiera grabando. En medio del éxtasis, las chicas se tiraron al suelo besándose y sintiéndose invadidas por una lasciva necesidad sexual.

   Un zumbido intenso interrumpió la escena: sobre el altar apareció una luz de un blanco puro, un tono incógnito que lastimaba las pupilas de los presentes. Los gemidos se convirtieron en gritos y los cuerpos de las mujeres se arqueaban como gimnastas. El haz de luz fue absorbido por un agujero de absoluta oscuridad y en una explosión sonora apareció Aetherius.

   Iván y el camarógrafo se quedaron en una pieza al observar la figura de la divinidad: enorme, majestuosa y perfecta. Miraba a las modelos que seguían retorciéndose en el suelo. Hizo un pequeño movimiento con sus manos y quedaron inmóviles, parecían maniquís de aparador. Volteo a mirar a Iván. En un movimiento poderoso, lo tomó del brazo y lo atrajo hacia sí. Una parte de él se desmaterializó para penetrar el cuerpo de Iván, sostenido como un muñeco por la mano del dios. Iván sintió la invasión de sus células, mejor dicho, sintió de qué forma fue poseído y explorado hasta el último átomo de su organismo. Después de la experiencia, no podía pensar con claridad, había sido un choque de materia tremendo. El enorme Aetherius volvió a moverse y se escucharon truenos: su mirada fue directa al lente de la cámara, el operador apenas si podía sostenerla y se estremeció aún más cuando escuchó el potente rugido de Aetherius seguido de las proféticas palabras:

   —Soy su nuevo Dios. Haz llegar este mensaje a todos. —Giró y se arrojó junto con el cuerpo flácido de Iván al agujero en el suelo en dónde la luz se perdía en una oscuridad insondable.

La mejor decisión: vivir


(Imagen: CC0 Dominio público)

Me dijeron que sería cosa de unos cuantos minutos. Que no sentiría nada con la anestesia. Me dijeron que era como un sueño y que despertaría un poco mareada y con un poco de molestia en el área de la incisión. Firmé unos documentos que leí rápidamente porque la enfermera se notaba con algo de prisa y decidí mirarlos por encima —como me habían enseñado en mi clase de lectura rápida—, estampando después mi nombre en ellos. Les dije que no quería sangre ajena, ni que conservaran la vida ayudada por un tubo. Si era mi hora, era mi hora y punto.

Siempre había visto la vida y la muerte de esta manera. Me había hecho a la idea de que, al morir, mis seres queridos y mis mascotas estarían esperándome, por lo que la muerte no me representaba un futuro tenebroso. Además, estaba convencida de que había cumplido con mis deberes terrenales y si era hora de partir lo aceptaría sin protestar.

Un simpático joven me llevó a una sala preoperatoria. Allí me explicó que me pondrían anestesia general y volvió a pedirme la firma. Este era el anestesista, que al parecer no confiaba en los documentos que había firmado con el hospital. Me dijo que en unos quince minutos empezaría mi operación. Exactamente a los quince minutos un grupo de personas entraron en la habitación. A todos se les veía dispuestos a hacer su trabajo. El cirujano se acercó a mí, acarició mi cabeza y sonrió.

—La veo en un ratito —dijo.

Me levantaron con una sábana hasta la mesa de operaciones y allí quedé acostada y con un frío tremendo. El anestesista habló con el cirujano en voz baja y este asintió. Puso algo en mi suero. Mis ojos se cerraron poco a poco. Luego sentí cuando colocaron un tubo en mi boca.

—Bien, ya está dormida —escuché al cirujano decir—. ¿Qué hora es?

—Son las 7:35 de la mañana, doctor.

 —Vamos a empezar. Alcánzame el escalpelo.

«Algo está muy raro aquí. Oigo todo. Siento todo. ¡Miren, yo estoy despierta!», pensaba intentando moverme infructuosamente. «¡Ayyyy!», sentí un pinchonazo superficial.

 —Sequen la sangre —ordenó el médico.

 —¡Qué raro! —dijo la enfermera—, la presión sanguínea parece estar subiendo.

«Sí, como no…», intentaba gritar, «¿No se dan cuenta de que estoy despierta?».

Un dolor terrible iba desgarrando mi estómago. Sentía que me iban desgajando poco a poco.

 —Dame las pinzas —ordenó de nuevo el doctor—. Nos falta poco para llegar al tumor.

«¿Pinzas? ¿Ahora me van a dejar todas las vísceras por fuera?», me dije, «Esto parece una película de terror, ¡carajo!»

—Sí, doctor… enseguida —contestó una muchachita con voz tan chillona que parecía que le estaban tapando la nariz.

—Noooo…. —dijo el médico frustrado—. Esto no tiene remedio. El tumor ha hecho metástasis. Le queda como mucho tres meses de vida.

 —¿Y qué va a hacer, doctor?

—Lo de siempre —contestó—. La familia tiene que creer que algo se puede hacer. Si les decimos que no podemos hacer nada será peor. Vamos a cerrar —suspiró.

«Con que nada… Auch, me duele… ¿Qué hacen? ¿Cosiendo? Deberían usar una aguja más fina. ¿Se creen que están zurciendo un cuero de vaca?».

Me pasaron a la camilla de nuevo y me llevaron al salón de recuperación.

###

Cuando abrí los ojos estaban mis hijos y mi marido. Llamaron a la enfermera, quien a su vez llamó al cirujano.

 «A ver con lo que viene el doctorcito…».

  —Doña Josefa, ¿cómo se siente?

  —Como si un grupo de estúpidos me hubieran abierto la barriga para nada.

  —¿Ah?

 —No me haga caso, doctor. Es que tengo un dolor horrible.

 —Pues ahorita mismo le digo a la enfermera que le inyecte un calmante.

 —Eso está muy bien… Pero ¿cuál es el veredicto?

—Señora, tiene cáncer, pero ahora hay tratamientos muy adelantados con los que podría alargar su vida.

 —Alargarla… ¿Cuánto tiempo?

—Varios meses…

—¿Cómo tres?

El médico se quedó turbado ante la exactitud del pronóstico de la mujer.

—No podría decirle…

—Yo sé qué hace su trabajo, doctor. Pero si me quedan tres meses de vida, no pienso pasármelos vomitando en un centro de tratamiento para cáncer.

 —¡Pero, mamá! —dijo el hijo mayor.

 —Pero nada. Esto está decidido. No hay nada más que hablar.

Tan pronto salí del hospital y me recuperé, decidí viajar el mundo, o por lo menos todo lo que pude recorrer en tres meses. Pasó el bendito término de caducidad y todo el mundo decía que lucía más saludable que nunca. Hice y deshice sin que nadie me reprochara. Trabajé toda la vida y los ahorros eran míos. A ninguno tenía que importarle una herencia. Cada uno que arreé como lo hice yo.

Una noche me senté en mi escritorio y la pasé escribiendo cartas a mis hijos y a mi esposo. Les conté el extraño suceso del quirófano y por qué había tomado la decisión de vivir con intensidad lo que me quedara. Estoy agradecida por el tiempo extra que recibí.  A eso de las cinco de la mañana me acosté junto a mi esposo. Al sentirme, se despertó.

 —¿Qué pasa, vieja? ¿Te sientes mal? ¿Quieres ir al hospital?

 —No, mi ángel. Solo quiero dormir contigo apretadita. Así como cuando nos casamos.

 —Je, je —rio él—. Siempre has sido muy pegajosa.

 —Lo sé, mi amor. Lo sé.

Me acurruqué con mi marido, como dos palomitas al amanecer. Él ni se dio cuenta cuando dejé de respirar.

Recuerdos imaginarios


Recuerdo imaginarnos tras varios años de incertidumbre y ocultismo; recuerdo preguntarme, ¿y si nos volviésemos a ver?

Desafortunadamente, esto hizo que mi cabeza no parase de preguntármelo, era como si necesitase que le contase un cuento para luego irse a dormir. Así pues, tras largos días de insomnio decidí contárselo —contármelo—.

Nuestro encuentro sería en una calle cualquiera, pues visitamos cada esquina de esta, nuestra ciudad. Todo se volvería más vivo, como si el inconsciente del corazón comenzase a latir por voluntad propia y sin atender a la consciencia.  Sin hablar, nos observaríamos durante unos minutos, recordando, anhelando, y detestando aquellos tiempos;  luego te preguntaría qué tal te va todo, mientras nos sonreímos; yo a ti, ocultando mi tristeza, y tú a mí, con total transparencia. Te abrazaría, sintiendo tu calor, olvidado ya, no intencionadamente, pero olvidado. Viendo el tiempo pasar, continuaría hablando contigo sobre nimiedades, huyendo de la despedida, aunque a la vez la desee. Sabría desde el principio que me quedaría toda la tarde hablando contigo, invitándote así a tomar un café. Puede que en la realidad no aceptases, pero me prometí un cuento feliz.

Iríamos a un bar diferente, inhóspito, para empezar desde cero. Te hablaría de mi familia, aquella que llegaste a conocer y a la que contagiaste esa cálida simpatía tan tuya. Te hablaría sobre mis sueños de recorrer el mundo y de cómo tenía ya planeado comenzarlo en verano; vería cómo tu cara comenzaría a irradiar aquella simpatía tan dulce y viva. Comenzaría así un soliloquio contigo de invitada en el que, inconscientemente, realizaría la tentativa de recuperarte.

Acabaríamos en la barra del bar, riéndonos de nuestros tiempos, de todas las discusiones convertidas en tonterías, de todos los buenos momentos, de cómo nos conocimos, de ti. Después, soltaría la pregunta: ¿te imaginas si todo hubiese salido bien y siguiésemos juntos?, sé que te reirías y que no responderías nada, mas en tu interior, al igual que yo, no pararías de preguntártelo.

Una vez algo achispados, te hablaría de mis sentimientos y te invitaría a que vinieses conmigo a viajar por el mundo, algo que teníamos pendiente de la otra vida, de nuestra añeja relación y sus promesas. Aceptarías, y te besaría, sé que no sería lo correcto pero no siempre lo correcto es mi correcto. Te invitaría a mi nuevo piso, alejado de ti y nuestros recuerdos, impersonal, indiferente. Haríamos el amor toda la noche, alocados como adolescentes, ilustrados como adultos.

Nos despertaríamos al día siguiente vivos, felices, como si nada hubiera cambiado y siempre hubiésemos estado juntos. Acariciaría tu sonrisa, tu pelo, tu todo. Te haría el desayuno y comenzaríamos a hablar de nuevo, pero desde el romanticismo y sus caminos.

Empezaríamos de nuevo, borraría aquel punto y final, para vivir en nuestro ayer eterno.

(Lo siento…)

Pleno empleo


Cierta raza extraterrestre sufrió la decadencia de su sociedad luego de que su sistema económico y productivo colapsara debido a la sobrepoblación y al consumo indiscriminado de sus recursos. Los combustibles fósiles, las tierras fértiles, el agua y cada recurso del planeta fue consumido hasta casi su desaparición, por lo que aquella civilización entró en un estado de conflicto permanente. Las guerras, el hambre, la sed y las pestes mermaron la población. Cuando todo parecía perdido para ellos, la raza de seres interdimensionales conocida como Los Limitantes, contactó con sus líderes para proponerles un trato.

El planeta de aquella raza estaba en una ubicación espacio-temporal estratégica para un proyecto de suma importancia para Los Limitantes.  Ellos, luego de apoderarse de la tecnología de las cámaras de éter, se dedicaron a colocar dispositivos de manera tal que su cobertura llegara a prácticamente todo un universo. Dicha actividad fue realizada en varias dimensiones. Ellos necesitaban crear centros de vigilancia para monitorear la actividad de dichas cámaras. La propuesta de Los Limitantes era la de contratar a todos y cada uno de los habitantes de aquel planeta para que realizaran las labores de monitoreo, reporte y mantenimiento de las actividades de los centros de vigilancia.

A cambio de su mano de obra, todos los habitantes recibirían la capacitación adecuada, un empleo garantizado, alimentación, vestimenta, habitación y acceso a entretenimiento. Todo proporcionado por Los Limitantes. La oferta parecía muy buena como para ser cierta y los gobernantes de aquel planeta, que ni siquiera contaban con la tecnología para viajar en el espacio, sospecharon mucho de ella. La población en general, sin embargo, desconocía de la propuesta que le hicieron a sus líderes. Los Limitantes, como gesto de buena fe, dotaron de agua y alimentos a toda la población. Los suministros eran suficientes para un año, luego del cual dijeron que regresarían para volver a ofrecer el trato.

Al cabo de un año Los Limitantes volvieron, formularon de nuevo la oferta pero fueron rechazados por los gobernantes de la decadente civilización, que no querían perder su posición privilegiada. En esa ocasión se fueron sin dejar más que una dotación de agua suficiente para un año,  y dijeron que volverían luego de ese tiempo para volver a ofrecer el trato. Durante ese período, los habitantes del planeta no sufrieron de sed, pero sí de hambre. Muchos murieron por esa causa y la población en general se volvió contra sus gobernantes, luego de que se filtrara la información de la propuesta realizada a sus líderes. La población asesinó a sus gobernantes y esperó con paciencia el regreso de quienes les dieron agua y comida.

Al cabo de otro año Los Limitantes volvieron y formularon de nuevo su oferta. Esta vez, ya sin líderes codiciosos estorbando, los pobladores accedieron. Cumpliendo con su palabra, dotaron de agua y alimentos a la población mientras construían la infraestructura de los centros de vigilancia. La población se dedicó a observar cómodamente como se ponía en marcha el gran proyecto de quienes ahora consideraban sus salvadores. Una vez construida la infraestructura necesaria, empezó el proceso de capacitación.

Los pobladores recibieron una educación que consistía, entre otras cosas, en la enseñanza del idioma de Los Limitantes y el manejo de la tecnología necesaria para realizar sus tareas. Debido a que la tecnología de monitoreo de cámaras de éter requería la comunicación directa entre las máquinas y el cerebro de quien las maneje, los pobladores recibieron también un entrenamiento en psiconáutica básica.

Los Limitantes, una vez que ganaron la confianza de los habitantes del planeta,  empezaron a introducir sutil, pero sistemáticamente, cambios en su sociedad. Con el paso de varias generaciones, desaparecieron los idiomas autóctonos del planeta. La variedad de vestimenta también acabó puesto que los recursos proporcionados eran exactamente iguales para todos. Debido a que la alimentación era artificial, la esperanza de vida era controlada por Los Limitantes, así como la apariencia y prácticamente cualquier aspecto de la conducta de los pobladores del planeta. Otra de las consecuencias de la alimentación artificial fue la esterilidad de toda la población. Los Limitantes ofrecieron una solución a los habitantes y la reproducción también terminó siendo artificial y controlada por ellos. El género femenino desapareció.

Pasados unos siglos, la individualidad dejó de existir en aquel planeta. Debido a que los cambios impuestos por Los Limitantes fueron graduales, los habitantes originales no pudieron prever en lo que terminaría convirtiéndose su planeta. La cultura original de aquella civilización se perdió por completo. Las nuevas generaciones solo conocían la vida donde todos trabajaban en los grandes centros de vigilancia, comían siempre lo mismo y vestían exactamente de la misma manera.

Debido a su educación, impartida y controlada por Los Limitantes, los pobladores de aquel planeta no conocían ni aspiraban a una vida mejor. Sin embargo, entre tantos seres conformistas y sin individualidad, surgió en uno de ellos el deseo de pensar por sí mismo. Esa virtud lo llevó a desear ser único y ese deseo lo llevó a querer superar las limitaciones impuestas por aquellos que se adueñaron de su planeta. Ese ser, cuyo código de serie era ARJC16L-21, decidió un día otorgarse un nombre propio.  Aquella luz emanada por el aura de ese ser, contrastó mucho entre el gris común del aura de sus congéneres. Ese brillo rojizo fue el que me guió a mi posible nuevo dueño, que se hace llamar Ser Interdimensional #21 en los reportes que escribe por iniciativa propia. Me esconderé en las bodegas de su oficina esperando a que me encuentre.