Parábola del sembrador


El dinero es una flor.
Cuando sus semillas echan raíces y se agarran a la tierra en la que habitan, siempre permanecen las más fuertes. Las más débiles perderán cuando germinen en la misma zona.
El dinero es una flor.
Hay que ser observador para ver su comportamiento social. No hay una red jerárquica marcada. Se puede saber, incluso, que una planta podría dificultar el crecimiento de otra, mientras favorece el crecimiento de una tercera. Así son las cosas. Las raíces de contactos varían el orden del mundo.
El dinero es una flor.
Hay personas que poseen en sus manos ramas de billetes perennes, parecen no caer, se mantienen frescos durante todo el año. En cambio, quienes tengan, entre sí, ramas de billetes caducos, deberán cuidarse. Encontrar el equilibrio les será difícil mientras caen billetes, de entre sus manos, con la suave brisa.
Mi fascinación por la naturaleza me ha enseñado tanto que aquí estoy, plantando billetes de cincuenta euros en el nuevo macetero de mi balcón. Lo colocaré en una esquina que le dé bien el sol. Lo regaré cada dos o tres días.
Cuando abra su flor, oleré mi fortuna.

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El influjo de las drogas en el arte


Yo tenía que preguntarle algo, pero quiso hablar del influjo de las drogas en el arte y hasta qué punto Pollock o hasta qué punto Rotko. Habíamos cenado ya y estábamos muy alegres. Estábamos densos. Llevábamos carrerilla. Tenía que preguntarle una cosa, aunque quise hablar del influjo de las drogas en la literatura en particular y hasta qué punto Hesse o hasta qué punto Joyce. Hasta qué punto Pemán, dijo. Nos reímos mucho, pero yo tenía que preguntarle algo, lo que fuera. Estábamos riéndonos y me puse a liarme otro. Saqué los enseres. Empezó a hacerme un cartón.

Hasta qué punto Pemán, dice. Alzad las drogas, hijos del yon-quiés-pa-ñol, que vuelve a destruir(se). Me reí un poco más al oírle cantar. Habíamos cenado ya. Habíamos preparado una pasta buenísima con una salsa de atún y tomate y todavía me quedaba el regusto del plato en el paladar después de cada eructo inesperado. Habría que investigar eso, dijo. Sí, le contesté sin pensar demasiado en lo que había dicho, porque ya no tenía tanta gracia. Yo seguía recordando el sabor de la pasta, que ahora me parecía mucho más interesante.

Qué tenía que decirle yo. Era algo sobre… El cartón, toma, con acordeón y todo, dijo. Vale, le contesté sin pensar demasiado en lo que había dicho porque tampoco me importaba demasiado. Se puso a escribir en una servilleta y su cuello fue deslizándose hacia abajo, acompañando a la espalda que se iba encorvando poco a poco, hasta que acabó con la cabeza pegada a la mesa y escribiendo, con la vista en una tangente inclinada sobre el papel. Cada vez escribo más raro, pero, así, visto en diagonal, parece la letra de las cartas de mi bisabuelo, decía mientras escribía palabras inconexas, decía mientras yo terminaba de preparar el papel y empezaba con el jamón cocido. Para cocidos, nosotros, tuve que pensar.

Tuve que pensar. La obligación de. En cuándo volvería a gozármela tanto con un plato de pasta y si me daría tiempo antes de que. Antes de que la muerte. En la muerte y en lo que se deja atrás. En cómo viene de esa forma tan repentina y se va en el mismo instante y en si existe la muerte o es una alucinación colectiva. Me gusta esta letra que hago, decía mientras yo grindaba. Me viene a la cabeza la palabra “expeditiva”, pero también el siglo veinte. Estoy como firmando todo el rato talones. En la muerte todo el rato talones, no, en la muerte todo el rato, eso es lo que pensaba yo mientras decía que todo el rato talones. Las divagaciones esquizofrénicas me saltaban de un lado a otro sin que pudiera recordar cómo había empezado a pensar en la muerte y en la muerte y en la muerte. En la tontería que era y en las mil formas estúpidas en las que llegaba.

Confundo la servilleta con la mesa, decía. Deja de rayar la mesa, decía. Qué tenía que decirle era en lo que debería haber estado pensando, pero la muerte y las cien formas de morir era lo único que podía abarcar mi cerebro mientras mezclaba el tabaco con dos dedos (índice y pulgar impregnados). No me jodas la casa, cabrón, decía yo, mientras arrancaba a repetirme que Pollock, tronado sin remedio, y a añadir si sin las drogas Kubrick o si sin las drogas Kerouac. Kerouac no sin las drogas, evidentemente, se contestaba automáticamente. Puse todo en el papel y lo alineé con el horizonte unívoco de mi vista para que aquel conjunto de mecanismos pudiese funcionar, aunque la muerte. Concéntrate, coño. ¿Concéntreme? Que me concentre. Imperativo imposible. ¿Subjuntivo? Será.

Esto tiene que parar, decía. Mañana no voy a entender nada de lo que escribo. La muerte me pasó como un ramalazo de algo desconocido por delante de la frente. Un astrágalo perdido. Esto tiene que parar. Lamí la pega y, bueno, la impaciencia. Qué rica estaba la pasta, dije. Esto tiene que parar. Me voy a quedar dormido, dijo. Qué tenía que preguntarle, pero el presagio, pero la muerte. Que si Rotko o que si Breton. Esto tiene que parar. Enciéndete eso ya. En el mismo instante en que recordé que lo que tenía que preguntarle era si habíamos cerrado el gas, encendí el mechero.

Los amantes (II)


París, 5 de abril de 1928

Querido Leopold:

No es casualidad querer encontrarme en París en esta época y que además puedas coincidir conmigo; meses de hermosa correspondencia han dado paso a esta instancia. Hemos deseado conocernos en persona desde las primeras cartas; han sido muchas dificultades, yendo y viniendo hasta Bruselas, sin embargo y a pesar de todo, pronto nos veremos.

Recuerdo la primera carta en mis manos, en el remitente solamente tu primer nombre y la dirección casi ilegible, era nueva en ese departamento y nunca comenté del error al joven de correos, abrí el sobre y pensé: dos Regina en un mismo lugar era una tremenda casualidad.

Yo venía desde Antwerpen y esa tarde leí muchas veces esa carta, había amor, devoción, cariño, pasión y una delicada forma de llegar al alma de cualquier afortunado lector.

Quería parecerme a esa chica, ser moderna, llevar vestidos de todos los colores y diseñadores. Ahí estaba yo, viendo cómo amanecía en la gran Bruselas y mis lágrimas bajaban hasta el cuello. ¿Qué debía hacer?, ¿devolver una carta ya abierta y perder la oportunidad de conocer un alma tan sensible, tan delicada para estos tiempos de extrema locura?

Se supone que debería buscar trabajo, pero estaba atontada por tanta maravilla y fui a buscar una tienda donde asirme de sobres, pluma, tinta y hojas blancas que llenaría con toda la osadía de una chica con ansias de amor, de amor verdadero, de amor entrañable, de amor idéntico, de amor natural, de amor y pasión a la vez, de esa delicada luz que avizora una tormenta y, si has de mojarte, que sea la experiencia de mi vida.

Ya sabes, en la primera carta me delaté por completo, sin experiencia, sin palabras, sin nada que perder y escribiendo a un desconocido. Comencé a unir ideas sobre la persona que eres por el simple hecho de leer esa bendita carta y entre líneas identificaba otros aspectos de tu personalidad, intuición al cien por cien, seguramente jamás esperaste una respuesta tan arrojada o diferente a tu Regina. Esa tarde pasé por correos y deposité mis esperanzas en el buzón principal; desconocía la dirección del remitente, solo pensaba en que pronto me leerías y si no llegaba respuesta es porque todo había sido únicamente la hermosa ilusión de una joven.

El mundo en el oído


Vuelve a casa. Una voz que, desde lejos, le indica lo que es mejor para su bienestar. Vuelve a casa, sé rápido, deja de arrastrar los pies. La última palabra se expande, se contrae, adquiere un matiz de teoría del bajo final en el jazz (lo tenemos) y, tras una terrible implosión que lo detiene sobre una baldosa que contiene la triple sonoridad de las tres ces de cualquier calle (colilla-chicle-céntimo), el sonido se difuma, se emborrona y acaba por desaparecer en un hilo de humo acústico que es incapaz de percibir. Parpadea a su alrededor, esperando encontrarse con un apocalipsis de violencia (sin saber realmente con qué va a encontrarse (sin saber realmente con qué espera encontrarse)) y, como un paréntesis que sabe que no sirve para nada, se queda en medio de la frase de su tiempo, detenido en un puño hecho del aire que lo envuelve.

Son las tres de la tarde. No ha dormido, parece que no ha dormido nunca y, hasta hace un momento, deseaba hacerlo. Ahora no recuerda lo que deseaba, si era dormir o morirse, si querer dormir es lo mismo que hacerlo o si morir significa fingir que se duerme, porque se quiere dormir. Son las tres de la tarde. El sol aprieta. Crujen los goznes de las rodillas y retoma el caminar entre los coches aparcados en torno a la rotonda. Lo sorprende el silencio. Es un silencio profundo que parece nacerle desde las orejas y proyectarse hacia el resto del mundo. Amortiguador, no. Silenciador. No hay almohada cubriéndole delicadamente los oídos, sino muro pesado de hormigón armado que hace que la cabeza entera se le vaya hacia todos los lados, menos hacia el que le gustaría que fuera (aunque ni siquiera recuerde adónde desearía que fuera).

Son las tres de la tarde y parece que es la hora a la que ha terminado una guerra, porque no se puede explicar de otra manera la presencia de un retornado tan tambaleante y tan confuso. Mire, una bomba me estalló junto a la trinchera. Me reventó los tímpanos. Ahora no puedo oír nada, parece que dice con las manos en los bolsillos. Los coches siguen con su circular monótono. Los pájaros siguen con su trinar de pesadilla. Los motores rugen, los horneros silban. El roce de las nubes aúlla entre la luz del sol que se les escapa. No oye nada. El mundo se ha quedado mudo o él se ha quedado sordo y eso que siempre ha podido escuchar hasta el atronador susurro del zumbido de los mosquitos en verano, cuando el aire es más denso y está hecho de cuerdas o de las membranas de las alas de muchas mariposas.

Mire, una bomba me estalló junto a la trinchera. Nunca he estado en la guerra, pero creo que una granada de mortero me ha hecho explotar el martillo, el yunque y el crisol en el que mezclo los sonidos y los diferencio, el oído entero, su fina membrana del ala de una sola mariposa. Está ciego para el crepitante lamento de la llave en la cerradura, para el portazo, para los ladridos de los perros que lo saludan como si fuese nuevo, como si fuese otra cosa o como si no fuese y estuviesen ladrando al vacío. Son las tres y cinco de la tarde. Esos cinco minutos en los que Amanda. En los que Amanda, en fin. A él le han valido para dejar de oír. Se deja dormir, recordando cómo se hace (al fin y al cabo, es algo natural y, si deja de recordarse, acaba por poder hacerse igual o mejor que antes de haberlo olvidado).

No sueña. No es que la última frase que haya escuchado sea como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Cree que fue que te den y ya. Si al menos hubiese sido el bueno de Julio, quedarse sin oír nada habría tenido más sentido, que lo hubiese reventado un rayo en la mitad de la calle habría tenido más sentido, aun cuando no hubiera tormenta y fuera imposible. No sueña y se levanta. Ahora sí oye algo. ¿Ahora sí oye algo? No, solo es el martillo, que, recuperándose de su nueva inutilidad, ha decidido hacer buen uso de la metáfora de su nombre. No oye nada. Solo lo que parece una granada de mortero estallándole la trinchera cada vez que le late el corazón. Si al menos se hubiese quedado estaqueado en el medio de aquella baldosa por algo que tuviera sentido, ahora oiría algo. ¿Ahora oiría algo? No podía saberlo, pero mejor no dejarse llevar por cábalas improbables. Mejor dejar el intento de oír para más adelante. ¿Ahora? No, más adelante.

Brisa fresca de océano. ¿Se puede ser más imbécil? Hace frío, coño, piensa que piensa que piensa que oye a alguien quejarse del frío. Le baten las rodillas de pura rasca funky. Son las diez y cuarto de la noche. No puede oír el abisal tictac marítimo de la torre del cabildo desde la plaza Candelaria, pero el banco está congelado y será mejor dejar de estar sentado y moverse. El bar, una música que no oye, aunque la intuye en los movimientos de las manos que pulsan la guitarra, que impulsan el bajo y revientan la batería, en la boca cuya voz parece comerse con un silencio misterioso el micrófono que bien podría no estar enchufado. Un susurro profundo desde el fondo de la barra, rodeado de gente, algo que sí oye, un rastro de migas de vibración expulsada a través de una garganta que no conoce.

Una cerveza fría, pese a la cabeza fría (cabeza ardiendo, por dentro el martillo se empeña en emplear un yunque que no es suyo y ¿qué?). Lee lo que tratan de decirle. Saluda, tímido de no entender, incrédulo de poder hacerlo. Sigue la pista del susurro, se va internando más y más en la barra aglomerada, en la gente embarrada que apoya codo e hígado sobre la mica oscura moteada de cercos líquidos. Hay una espalda que esconde el sonido, lo almohadilla, el cabello se encuentra entre una boca que sí puede escuchar, una garganta que sí puede oír, que habla tan bajito, tan entredientes, tan suave, que cree que es el propio aire el que se oculta tras unas manos que sujetan un vaso que suda cerveza del frío y del calor y de todos los climas simultáneos, es el mundo el que le habla, ¿es el universo lo que no ve tras unas pupilas que todavía no ha visto?, una esperanza rebelde se le agazapa debajo de la lengua que está preparada para saltar y su mano se incorpora a un hombro y en un gesto descubre que vuelve a oírlo todo, los martilleos de su cerebro, la música estridente y mediocre de los músicos en tridente dispuestos sobre el escenario, las voces de las personas que lo rodean, que lo ignoran, vuelve a oír y, aunque no descubre el universo estupefacto en el fondo de unas pupilas infinitas, sí descubre un verso descrito en lo más hondo de lo escrito de unos párpados que, sin velar el infinito, se conforman con desvelar un secreto, su secreto. Ha vuelto el mundo. Ha vuelto al mundo.

El sillón de papá


Eso parecía nomás. Un sillón viejo. Un sillón viejo y feo. Eso era lo que pensaba Santiago de él. Eso era lo que pensaría cualquier persona normal de él. Pero no José; ese era su sillón favorito. Sobre él su madre lo había dado a luz, sobre él había besado por primera vez a su difunta esposa, Guillermina, y sobre él había escuchado a Uruguay campeón en el 50’. Ese sillón era su vida.

Santiago admiraba a José con una vehemencia casi ritualista. Esto siempre había sido así, pero la devoción de Santiago por su padre había crecido aún más con la muerte de su madre, Guillermina. En casa nadie hablaba del tema, José nunca la nombraba y Santiago no se animaba a preguntar. De lo que sí se hablaba era del sillón.

— Santiago, no podés comer arriba del sillón; lo llegas a ensuciar y te juro que te mato —le repetía José dos o tres veces por día, aunque Santiago no estuviera comiendo.

El niño detestaba ese mueble más que nada en el mundo. Ese sillón era la competencia por la atención de su padre, era el amor que Santiago necesitaba. No es que José no quisiera a su hijo, pero sus ojos no se perdían y su mente no divagaba como lo hacía con el sillón. Ese sillón era su vida.

Santiago pasaba mucho tiempo solo porque su padre había tomado más horas en el liceo. Salía temprano de la escuela y volvía caminando derechito a casa, se sentaba y hacía los deberes. Bien como le habían enseñado sus maestros para no distraerse, manito con manito, piecito con piecito, y a trabajar. Demoraba cada ejercicio de matemática lo más que podía porque sabía que una vez que terminara estaría solo del todo, por varias horas, con ese maldito sillón mirándolo. Burlándose de él.

Un día no aguantó más. Llegó de la escuela, sin deberes, y se sentó mirando al sillón. Una hora. Dos. Lo analizaba. ¿Qué era lo que tenía el sillón que no tenía él? Y caía la primera lágrima, y la manito buscaba la tijera en la cartuchera. Dos, tres, cuatro, veinte, caían las lágrimas. Cinco, seis, siete, ochenta, llovían las puñaladas sobre el sillón. Atacaba, golpeaba al monstruo con todo lo que tenía con su tijera, con su puño, con sus mocos.

De pronto frenó. El sillón ya no estaba, ahora solamente había una masa de algodón y tela mojada encima de cuatro patas.

Santiago empezó a calmarse, sintió que lo que había hecho estaba bien y que su padre lo entendería, seguro que lo entendería. Él era su hijo.

Cuando José llegó y vio el sillón y a Santiago, no dijo ni una palabra. Miró a su hijo y bajó al sótano. Subió con dos cuerdas, y empezó a atar a Santiago. Manito con manito; piecito con piecito. Ambos permanecían callados. Luego José entró a la cocina y salió con el cuchillo grande, al que Santiago siempre le había dado tanto miedo.

José terminó al cabo de dos horas. Al otro día mandaría a arreglar todo el sillón menos el tapizado. Él ya tenía el tapizado. Manito con manito, piecito con piecito.

Parirás en el hospital, niña


 

—Pero tú, ¿qué te has tomao tú esta noche que te has quedao así? Anda, qué te habrán hecho,  ¿eh, gorda? —le espetó el borracho, babeando, a un escaso metro de distancia.

Ana y su inmensa barriga acababan de tomar aliento tras la última y abrasadora contracción de expulsivo, aun así la respuesta tuvo ganas y tiempo de abalanzarse sobre sus cuerdas vocales, como la lengua del sapo sale disparada tras su presa:

—Lo mismo que le hicieron a tu madre —escupió, antes de que una nueva oleada de dolor la retorciera de nuevo. Se agarró del cuello de Sílvia, su comadrona, que la sujetaba, abrazándola, en la entrada de urgencias del hospital, y le decía una vez más:

—Aguanta, tú puedes, sopla, sopla, sopla, así: buf, buf, buf. No empujes, ahora ya no puedes empujar, sobre todo no empujes.  Siéntate en la silla de ruedas, cariño, en seguida vamos, ya llegamos. Por lo que más quieras, ¡no empujes!

Y Ana pensaba en cómo se hacía eso de no empujar, si todo su cuerpo tiraba de ella hacia el núcleo de la tierra con cada contracción, con una fuerza invencible e inusitada que retorcía implacable todas sus terminaciones nerviosas, como quien intenta deshacer un nudo de cuerdas sin maña ni atino y tensa aún más la maraña del desorden.

Eso era ella; un nudo de cables de algún electrodoméstico averiado en el que su hijo se había quedado atrapado sin poder salir, como un insecto en la tela implacable de la araña.

Las puertas batidoras que daban paso al pabellón de las parturientas se abrieron, y la silla con Ana, empujada ahora por un camillero, entró en volandas hacia una sala vacía. ¿Dónde estaba Sílvia, su comadrona? Ana miró en todas direcciones, mas no la vio. Como ya esperaba, no la habían dejado entrar, pero constatarlo la desanimó: sin nadie conocido a quien recurrir, se sintió sola y muy pequeña. Temblaba de miedo, aunque por poco tiempo; la siguiente contracción de expulsivo acudía cada cinco segundos fiel a su cita y le hacía olvidar hasta su nombre; aquel terremoto podía con todo y más, hasta con el pánico instalado ahora en sus huesos.

Dos camilleros entraron y la colocaron sobre la camilla. Sin mediar palabra, le quitaron el vestido y le pusieron una bata blanca abierta por detrás. Poco después, entró una enfermera armada con una libreta y un boli que, sin saludarla, empezó a preguntarle con desdén:

—¿Cómo se llama la comadrona que te atendía en casa?

—Sílvia, se llama Sílvia.

­—Ya… ¿Y dónde está ahora tu Sílvia?, ¿eh?

—…

—¿Cuándo te has puesto de parto?

—Hace quince horas. Llevo ya más de dos de expulsivo, quizás tres… Uy, me llega otra…

—Por dios, ¿estás loca?, ¿por qué no has venido antes? Todo muy natural lo queréis, algunas mujeres; que si parto en casa, que si parto sin episiotomía, que si parto sin epidural, que si parto con dolor, que si no me hagas esto o aquello…, y ahora mira, mira cómo estás. ¿Qué quieres que tu hijo se muera o qué? —Y tras su retahíla de palabras, se fue, sin más, dejando tras de sí la crecida de un río de incertidumbre.

Ana se retorcía en la camilla, esperando a que pasara pronto la contracción, que arremetía de nuevo con fuerza. Le parecía que estaba viviendo una pesadilla; no podía entender cómo se había torcido todo tanto.

Las primeras contracciones llegaron al mediodía, justo cuando había acabado de comer y se disponía a ver la tele un rato; enseguida supo que aquel dolor no era como el que había notado durante las dos últimas semanas; ahora sentía como si dos forzudos comenzaran a estirar de cada extremo de una cuerda atada a su bajo vientre. No tardó en buscar refugio en la penumbra de un rincón de su habitación; cuando llegó su comadrona, la encontró sentada como un gato, ronroneando, y emitiendo un sonido espontáneo y gutural, parecido a un om, que la liberaba algo del dolor;  su útero tomaba aliento y se abría, paso a paso, milímetro a milímetro, con cada arremetida. Las horas de la tarde y de la noche se fueron sucediendo con una cadencia extraña: pese a que las contracciones se precipitaban, descolocándola, se sentía fuerte, suspendida en el tiempo y en el espacio, sumergida en un mar de endorfinas; el miedo era tan solo una isla diminuta avistada de lejos. Cuando hacia las tres de la mañana le dijeron que ya estaba dilatada de diez centímetros, no se lo podía creer: había llegado el momento, el descenso esperado, el descubrimiento de una cara que solo había podido vislumbrar en sueños.

 

Sintió que alguien le acariciaba el pelo, y se giró: era otra enfermera, que le sonreía con dulzura antes de explicarle que debía permanecer sin moverse mientras el anestesista le inyectaba la epidural en la columna vertebral. Ana no sabía si sería capaz de permanecer inmóvil mientras la derribaba el maremoto de la siguiente contracción.

—Si te me mueves, te puedo dejar inválida; así que tú misma —le advirtió secamente el anestesista.

—Es que no voy a poder evitarlo —le respondió asustada.

— Sí, ya verás como puedes ­—le animó la enfermera acariciándole la cara y mirándola a los ojos—. Ya verás, contaremos juntas; justo cuando se te vaya la contracción, empieza a contar. Disponemos de unos cinco segundos hasta la siguiente, ¿verdad? Tiempo suficiente para ponerte la inyección. ­

Ante tantas miradas desaprovadoras, aquella enfermera le parecía un ángel caído del cielo. ¡Qué suerte tenerla a su lado!

­—No te vayas ­—le suplicó, cogiéndole de la mano­—. Gracias, gracias por estar aquí.

­—No me voy a mover de tu vera, cariño.

 

Cuando la última contracción retrocedió, Ana contuvo la respiración, tal y como le habían indicado, y cerró los ojos mientras sentía que la aguja descargaba su dosis. Imaginó que estaba en su habitación, su hijo descendía de su vagina suavemente y ella misma lo cogía en brazos; qué hermoso era.

Había soñado e idealizado tantas veces ese momento que dio un respingo cuando en casa, animada por la comadrona, introdujo todo lo largo de su dedo índice en el interior de la vagina y topó con la vida que luchaba por salir de entre sus piernas; era una especie de materia blanda, indefinida y apepinada; ¿de verdad era eso la cabeza de su hijo?, pensó, y una mueca de susto se dibujó en su cara. La comadrona, que se dio cuenta, intentó animarla:

—¿Ya está aquí, ves? No queda nada. Venga, ahora cuélgate de mi cuello y cuando venga la contracción: empuja, empuja, deja salir a tu hijo —le decía Sílvia.

Pero no; ni aquella contracción, ni la siguiente, ni la otra, ni las que vinieron durante las dos horas posteriores sirvieron para materializar el sueño. Empujó, gruñendo y chillando con toda su alma; de rodillas, sentada en una silla de partos, de pie, apoyándose con las manos en la pared, tendida en la cama extenuada… Parecía una guerrera vikinga en plena batalla, luchando por merecerse un lugar en el Valhalla. Pero ninguna posición resultaba válida. De la vagina y sus labios, cada vez más edematizados, no salía ningún niño, solo caían gotas de sangre que se habían mezclado en el suelo con restos fecales, desprendidos por el esfuerzo de los pujos.

Habían pasado ya más de catorce horas desde aquella primera leve contracción y más de dos horas de un expulsivo feroz, infructuoso e interminable. Por alguna razón, la cabeza quedó atrapada en la maraña de cables, en la tela de la araña, en una vagina primeriza y asustada a la que la contrariedad pilló por sorpresa.

Eran las cinco y media de la mañana, los petardos ensordecedores de la verbena de Sant Joan aún resonaban, resistiéndose a quedar extinguidos hasta el año próximo, cuando la comadrona le anunció, tras hacerle un tacto vaginal y auscultar a su hijo, que debían ir al hospital:

—Lo hemos intentado todo, Ana, lo has hecho muy bien, pero tu hijo no puede salir. Es el momento de ir al hospital. Necesitas ayuda, no podemos esperar más, tu hijo empieza a estar cansado, y tú también… Todo está bien y todo va a ir bien. No te preocupes.

—¡Pero yo no quiero ir al hospital, no van a entender que haya querido parir en casa! Y tú ¡no podrás estar conmigo! ­¡Me da miedo ir al hospital!

Todo el cuerpo empezó a dolerle más, la angustia crecía en su interior, se resistía a imaginarse en la camilla de un hospital, rodeada de máquinas e instrumentos; todo allá le parecía inhóspito, agresivo, lleno de dedos acusadores. El parto soñado se esfumaba como la última imagen de un sueño justo antes de despertar.

 

No sabía cómo había podido aguantarse quieta, aquel anestesista había sido realmente rápido. La anestesia barrió aquel dolor infructuoso y lo escondió en el fondo de su memoria, aunque su cuerpo se convirtió en una marioneta: no sentía sus piernas ni el oleaje de las contracciones; ahora era una fiera domada que esperaba la hora de que le trajeran el almuerzo.

—¿Cómo estará mi hijo?, ¿está bien? —preguntó a tres enfermeras que entraban en la sala de partos. —No lo sentía en su interior, no conseguía sentirse conectada a su bebé desde que le dijeron que tenía que ir al hospital; y temía lo peor, pero nadie le respondió.

Vio entrar a un hombre vestido de blanco, que rebosó el paritorio con su autoridad. Ni saludó ni se presentó, ni tan siquiera la miró a la cara. Solo empezó a hacer preguntas breves al equipo médico, y a dar órdenes con premura y sequedad.

Ana se sentía partida en dos: su cabeza, que reposaba en la camilla, era un torbellino de pensamientos y sentimientos que se enredaban y circulaban como un ciclón dando vueltas a la altura de su pecho; más allá de su ombligo: una trinchera; no había más que un escaparate que no podía divisar; solo podía imaginar su sexo hinchado y dolorido, con la cabeza de su hijo atrapada en él como en un embudo.

Al rato, una enfermera se animó a hablarle:

—¿Cuánto te ha costado que te atendieran en casa? ¿Cuánto te han cobrado?

—¿Y qué importa eso ahora? —dijo Ana, con el corazón acelerado, sintiendo que cometía el error de rebelarse; era el pataleo inútil de un conejo a punto de ser degollado.

—Es que no sé por qué os dejáis enredar algunas mujeres. Mira, ¿ves?, aquí te lo hacemos gratis, todo gratis, aunque vengas a última hora y con problemas. Y encima, te atendemos a las seis de la mañana, como a ti. Y eso que es un día festivo. Y sin dolor. ¿Pero qué más quieres?

—Eso, y encima gratis, niña. ¡Qué ganas de pasarlo mal en tu casa! ¡Que ahora ya no hace falta sufrir, chiquilla! Que a parir se viene al hospital, ¡que ya estamos en el siglo XXI! —corroboró otra enfermera.

Ana no les respondió, sintió ganas de llorar, y rabia, pero no lloró. Buscó la mirada de la enfermera amable; no la encontró; el ángel miraba al suelo mientras seguía dándole la mano. No podía más que dejarse tratar mal; la vida de su hijo, y la suya, eran ahora mucho más importantes que cualquier desplante.

Y se repetía a sí misma, como un mantra: «todo va a salir bien, todo va salir bien.» ¿Pero por qué todo el mundo la trataba tan mal?, ¿por qué una mujer no podía querer, o al menos intentar, parir en su casa, con una comadrona experimentada?, ¿por qué no habían dejado pasar a Sílvia? Les hubiera podido explicar cómo había ido el parto, cómo habían luchado su hijo y ella, con qué fuerza había empujado, cómo había aguantado su hijo tanto esfuerzo sin registrar sufrimiento fetal; todo había ido tan bien…

—Pásale el fórceps —oyó que comentaba otra enfermera.

—¿Me van a hacer una episiotomía? —preguntó, ­pero tampoco nadie le respondió.

Tanto movimiento y actividad la desconcertaban porque nadie le informaba de qué ocurría; cinco uniformados de blanco moviéndose alrededor de su sexo, blandiendo sus instrumentos metálicos; pero ella no podía ver nada tras la barricada de sus piernas; ni podía ver nada ni sentía nada; y sin embargo, las luces del techo iluminaban el paritorio con pasmosa inocuidad, como si lo que ocurría bajo su influencia: su vida, su parto abortado, su hijo, ¿vivo o muerto?, fuera parte de una insulsa cotidianidad.

De repente, vio el cuerpo de Héctor, su hijo, en brazos de una enfermera. Se lo acercó brevemente; era precioso, tal y como lo había visto en sueños, sin embargo tenía los ojos cerrados, no se movía ni lloraba.

—¿Está bien? ¿Por qué no llora? —preguntó angustiada, pero tampoco le respondieron; se lo llevaron hacia el fondo de la sala.

Tras treinta segundos insoportables, oyó su primer bramido. Empezó a llamarle por su nombre, a gritos; ahora sí, con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Héctor, Héctor! ¿Me oyes?

La enfermera salió enseguida de la sala con Héctor en brazos. Poco después, también salió el ginecólogo, sin despedirse. Nunca sabría su nombre.

—Bueno, y ahora te toca a ti, señorita. Con este hilo y esta aguja, vamos a hacerte aquí abajo una obra de arte. Tenemos muuuucho trabajo —dijo una de las enfermeras.

El comentario les pareció muy gracioso y todos empezaron a reír, menos Ana; a pesar del pavor que le provocaba la frase que acababa de oír, se encontraba muy lejos, pensando en dónde se habían llevado a su hijo, en cómo se encontraba, en cuándo podría verle de nuevo…

Se lo trajeron a su habitación pasadas dos largas horas.

 

Mayca Soto. El Gris de los Colores

El Bicho Conhambre


La primera vez que escuché al Bicho Conhambre sucedió hace poco más de dos años. Fue un fin de semana en que la rutina me tenía atormentado. Esa mañana de sábado cogí mi motocicleta y me dirigí hacía el mar.

La playa de mi tierra no tiene nada de caribeña, sino todo lo contrario: arena gruesa y negra, olas temperamentales y mucha lluvia o mucho sol, sin términos medios. Lo mejor de ella es su gente y sus cantinas, en especial la de Doña Nervios.

La cantina «Doña Nervios», antigua guarida mía y de mis colegas en tiempos universitarios, es clandestina. Como referencia a su giro comercial, solamente tiene un pequeño letrero mal escrito, en un pedazo de madera que dice: «Buen Hambiente y Cerbesas frias». Una pared de ladrillo sin repellar, láminas metálicas en el techo y una puerta roja que da acceso a un pasillo, que llega a un patio, donde está una palapa. Bajo la palapa, los borrachos, la cerbesa y el hambiente hacen que la cantina de Doña Nervios parezca más una fiesta que un tugurio.

Si has escuchado la frase trillada «lo importante no es el destino, sino el camino», comprenderás la importancia de esta cantina para mí. «Doña Nervios» fue el medio para que yo escuchara las palabras de Bicho Conhambre.

Bicho ConHambre, de nombre Luis, por todos llamado Wicho, y apodado por un turista perdido gringo (porque solo los perdidos, los valientes y los lugareños entrarían a una cantina así) como «Bicho Conhambre». Al parecer, el nuevo apodo fue producto de una mala comunicación, una peor traducción y una pésima interpretación.

Bicho Conhambre, quien se la vivía borracho todo el tiempo, era un poeta nato. Le brotaba la poesía. La creaba con mucha naturalidad, como si las palabras se ordenaran automáticamente antes de salir a deslumbrar a los curiosos. Su cadencia hacía que, quienes le prestábamos verdadera atención, nos olvidáramos de que la cantina era un tugurio para beber, y no para oír poesía y guardar silencio.

Bicho Conhambre era posiblemente el mejor poeta de su época, pero esa cualidad solamente la tenía cuando estaba ebrio. Y no simplemente ebrio, sino cuando estaba a una copa de quedar noqueado. Bicho Conhambre sembraba belleza con sus palabras, para después dormir alcoholizado y no recordar nunca jamás nada.

Yo comencé a ir más seguido a la cantina de Doña Nervios. Bebía poco, pero gastaba mucho. Principalmente, mi inversión consistía en emborrachar a Bicho Conhambre para poder escucharlo recitar. Sus palabras eran mi escape. Y lo siguen siendo.

De entre todo lo que ha dicho, guardo con recelo en mi corazón un pequeño poema de cinco líneas, que él dijo un día sobre la última ola del día y la primera de la noche.

Todos somos en algún momento la última ola de alguien, o la primera; pero las palabras que esa tarde dijo Luis, Wicho, Bicho Conhambre, son para siempre solamente mías.

Yo lo considero mi amigo, y le estimo mucho, pero solo cuando él está ebrio.