Jorōgumo


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«Jorō Spider», por Pamsai (CC BY-SA 2.0)

El alquimista marino gustaba de involucrarse en luchas clandestinas con el fin de medirse físicamente contra oponentes fuertes. Además, como cazador de rituales de vudú que era, ese tipo de lugares siempre le servía para obtener pistas que usualmente lo llevaban a capturar a ciertos practicantes de vudú de bajo rango.

El alquimista conoció una vez a un luchador de artes marciales que se hacía llamar Jorōgumo. Este luchador tenía la fama de excéntrico debido a su vestimenta; ropa muy holgada, capucha y máscara. Era considerado invencible y casi siempre se cobraba mucho dinero por verlo pelear, debido a que su fama de invicto hacía imposible realizar apuestas rentables.

El alquimista marino no dudó en retar a Jorōgumo a una pelea. Esta vez sí se realizaron apuestas. El alquimista marino era conocido por ganar cada encuentro al que se había presentado. Las apuestas estaban divididas. Sin embargo, casi todos los espectadores esperaban que Jorōgumo ganara la pelea.

Al momento del encuentro, El alquimista marino percibió en Jorōgumo la sed de sangre propia de un practicante de vudú. No dudó en luchar usando su aura para intensificar las capacidades de su cuerpo. Para sorpresa del público, El alquimista marino no solo pudo seguirle el ritmo a Jorōgumo y asestarle algunos golpes, hazaña que nadie había logrado hasta ese momento, sino que además logró quitarle la capucha y la máscara. De esta manera, expuso que detrás de la identidad de Jorōgumo se encontraba una mujer. Ella, sintiendo manchado su honor, renunció a la pelea. Y, antes de huir a toda velocidad, recitó un conjuro sobre El alquimista marino.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El conjuro lanzado por Jorōgumo era un sutil comando de Mahou que permitía al usuario ubicar en tiempo real la posición de su víctima. Jorōgumo había entrenado durante varios años mientras estudiaba el errático patrón de ubicación de El alquimista marino. Finalmente, sintiéndose completamente lista, persiguió y encontró al alquimista. Lo desafió a una pelea.

Esta vez su forma de vestir era muy diferente. Dejaba ver su rostro, usaba ceñidas ropas negras y una bandana con una piedra negra cúbica incrustada en su nudo. Además, su estilo de combate había cambiado dramáticamente. El alquimista marino, de inmediato, percibió que la sed de sangre que provenía de aquella mujer no era para nada algo normal. Nunca había escuchado de un entrenamiento u objeto que fuera capaz de amplificar a ese grado los poderes de un practicante de vudú.

Jorōgumo no le dio mucho tiempo al alquimista como para analizar la situación. Empezó a arremeter con rápidos puñetazos con el fin de hacerle perder la concentración. Sin embargo, El alquimista marino era un hábil pugilista y esquivaba con destreza los ataques de su adversaria. Mientras esquivaba, logró percibir una extraña energía procedente de la piedra negra de la bandana. Intentó arrebatársela a la fuerza, pero ella frustraba sus intentos a una velocidad sobrehumana. El alquimista marino usó su aura al máximo para potenciar su velocidad y logró acorralar a Jorōgumo.

—¡Dime qué demonios tiene esta bandana! —exigió El alquimista marino, mientras levantaba y ahorcaba a su adversaria con una mano y le quitaba la bandana con la otra.

Jorōgumo, viéndose en un aprieto, recitó un conjuro y materializó una katana en su mano. Gracias al factor sorpresa, y a un rápido movimiento, logró quitarle la bandana a su oponente. El alquimista marino dio un rápido salto hacia atrás, para evitar ser cortado, y sacó una piedra roja de su bolsillo.

—¡Yo también puedo hacer trucos, Jorōgumo! —dijo El alquimista marino, mientras sacaba una cimitarra desde dentro de su piedra filosofal.

La pelea a puño limpio se convirtió en un duelo de espadas. El alquimista marino decidió terminar la pelea con un solo movimiento. Usando la que era su técnica más poderosa hasta el momento, colocó su piedra filosofal en su espada para infundirle masivas cantidades de aura. Esto aumentaba, por mucho, el rango y poder de corte del arma. Y, con un brusco movimiento de dos manos, desató una ráfaga cortante de aura con la que derrotó a Jorōgumo, provocándole heridas muy graves que incluían quemaduras en varias partes de su cuerpo y la pérdida de un brazo y un ojo.

—Me llevaré esto para estudiarlo con detenimiento —dijo El alquimista marino, recogiendo la bandana.

Jorōgumo, usando su último recurso, convirtió su cuerpo en humo y desapareció del lugar antes de ser rematada por el alquimista.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El alquimista marino no lo sabía, pero seguía bajo el efecto del conjuro de rastreo de Jorōgumo quien lo encontró y emboscó durante uno de sus viajes. No esperaba un ataque de alguien a quien creía lisiada y sin la capacidad representar peligro alguno.

—¿Quién diablos eres y qué quieres de mi? —gruñó El alquimista marino.

—¿No me recuerdas, alquimista? —dijo Jorōgumo, mientras se quitaba la capucha con lo que parecía ser una gran pata de araña, dejando ver un deformado rostro con un parche.

El alquimista marino percibió una sed de sangre mucho mayor que la del último encuentro. Era evidente que las capacidades físicas de su adversaria habían aumentado considerablemente. Jorōgumo no perdió tiempo y conjuró su katana. La impregnó con una niebla negra que aumentaba su alcance y poder de corte. Una técnica muy parecida a la que El alquimista marino usaba con su cimitarra.

El alquimista respondió con su propia técnica. Parecía como si de su espada fluyeran flamas rojas, mientras que la katana estaba envuelta en unas extrañas llamas negras. Ambos sabían que, si recibían un ataque de su oponente, serían fulminados por la energía de su espada; por lo que la pelea se llevaba a cabo a mucha velocidad pero a la vez con mucha cautela.

Jorōgumo quería terminar el encuentro pronto. Dio un gran salto hacia atrás y empezó a recitar un conjuro. Inmediatamente después, se quitó las prendas de vestir superiores dejando al descubierto un torso lleno de quemaduras. A cada costado tenía incrustadas dos piedras cúbicas.

—En este momento cobraré venganza por mi honor, alquimista —dijo Jorōgumo, muy segura de sí misma.

El alquimista marino se sentía paralizado. No lo percibió a tiempo pero, al chocar espadas con Jorōgumo, había inhalado un poco del humo negro que manaba de su katana.

Jorōgumo seguía recitando su conjuro hasta completarlo. De repente, se deshizo el conjuro que materializaba su katana y las piedras negras de su torso desaparecieron a la vista. Lentamente, la practicante de vudú caminó hacia El alquimista marino que activó la trampa que tenía preparada.

Su piedra filosofal, conocida como La concha marina, estaba suspendida en el aire y empezó a lanzar potentes ráfagas de energía que eran desviadas en cuanto se acercaban a Jorōgumo, aparentemente sin que esta hiciera esfuerzo alguno.

El alquimista marino estaba sorprendido, pero no había perdido la calma. Pese a ello antes de que se le ocurriera algo para salir de la parálisis, Jorōgumo se acercó y le dio un abrazo.

—¿Qué diablos haces? —balbuceó el paralizado alquimista.

—¡Este es El abrazo de la araña! —gritó con demencia Jorōgumo.

Era muy tarde para que El alquimista marino los percibiera, pero cuatro brazos invisibles salían del torso de Jorōgumo. Dos a cada costado, justo donde estaban incrustadas las piedras negras. Cada uno de ellos blandía katanas invisibles impregnadas con sed de sangre. Usando dichas armas había desviado las ráfagas de su piedra filosofal. Y esas mismas armas invisibles lo apuñalaron en tajo cruzado en el tórax.

El alquimista marino no tuvo tiempo de reaccionar. Para cuando pudo percatarse, estaba desangrándose, tendido en el suelo y perdiendo la conciencia. La concha marina, estaba programada para un evento de esa magnitud. Por lo que, al entrar en shock, una runa en forma de ojo brilló en la frente de El alquimista marino al mismo tiempo que brillaba una idéntica dentro de su piedra filosofal.

—Activando modo de emergencia —dijo La concha marina.

Inmediatamente, una barrera de energía impidió que Jorōgumo rematara al alquimista malherido. Eso le dio tiempo a la piedra para transportarlo a su interior y huir a un lugar seguro, convirtiéndose en lo que parecía una bengala roja que huía a toda velocidad. Jorōgumo no logró consumar su venganza.

Atónita por la forma en que escapó su adversario, se quedó con la satisfacción de saberse lo suficientemente hábil como para lastimar gravemente el cuerpo del alquimista que la había desfigurado y mutilado. Mientras tanto, los mecanismos internos de La concha marina, creados para regenerar el cuerpo del alquimista en caso de daño crítico, realizaban labores médicas de emergencia a toda velocidad con el objetivo de salvarle la vida.

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Mamá


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«Patient in Hospital Room» Pulicdomainpictures CC0

Estaba harto de vivir con su madre. Sus hermanos le habían endilgado la responsabilidad de cuidarla porque él no tenía compromisos familiares y aprovecharon que también se quedó sin empleo. Un asistente confiable, dijeron. Le darían recursos para la manutención de su madre y un poco más para él. No pudo negarse, lo tenían contra las cuerdas. Se mudó a la casa en donde vivió de niño; dormiría en la misma habitación. Su madre rebasaba los ochenta años y sufría episodios de demencia senil, pero en ocasiones estaba lúcida en su totalidad.

—¿Hola? ¿Me escuchas? —dijo mientras acomodaba el aparato telefónico en su oreja.

—¿Emilio? ¿Ha pasado algo? —se escuchó la voz por encima de un zumbido.

—Felipe, necesito que deposites más dinero. Está ocupando más pañales y los paquetes que han traído casi se acaban.

—Dile a Rosa. Este mes me tocó pagar los servicios. Habla con ella. ¿Es todo…? Estoy ocupado.

Emilio colgó con la frustración crispándole los sentidos. «Llama a Rosa», «llama a Felipe», «no me corresponde este mes». Siempre era la misma situación con sus hermanos.

Se asomó a la habitación en donde su madre dormía en una cama del tipo que hay en los hospitales, con barandillas y botones para ajustar la posición.  Miró el rostro demacrado de una mujer envejecida por la enfermedad. Respiraba suavemente, todo se veía normal. Se fue a la cocina a fregar los platos. Apenas abrió el grifo y se escuchó una voz aguda y gangosa que lo sobresaltó:

—¡Emilio! ¡Cierra esa llave, no desperdicies el agua!

Emilio jalaba aire y movía la cabeza. Estaba cansado de cambiar los pañales de su madre, limpiarla, darle de comer, estar al pendiente de los horarios de los medicamentos; le aburría ir a la farmacia, hacer la limpieza en la casa y, sobre todo, soportar los inesperados gritos de su madre. También odiaba a sus hermanos, eran unos hipócritas que se deslindaban arguyendo que ellos ponían la plata para que su madre no sufriera incomodidades en un asilo y que cada Día de la Madre le llevaban flores de plástico y un postre que ni siquiera probaban.

Antes de dormir revisaba su pañal y si estaba despierta le daba un poco de agua. Se duchaba y mientras se ponía el pijama pensaba en cómo sería su vida si se hubiese negado a la propuesta de Rosa y Felipe. Dormía con la puerta abierta para estar al pendiente de cualquier ruido proveniente del cuarto de su madre. Rogaba porque no le diera diarrea a media noche y ensuciara la cama como lo había hecho un par de veces.

Por la mañana revisaba a su madre antes de preparar el desayuno. En ocasiones tenía que despertarla y tragarse la retahíla de insultos que soltaba la señora apenas si abría los ojos. Otras, en cambio, despertaba con una sonrisa y estiraba la mano para alborotar el pelo de su hijo.

Emilio le dio las tomas matutinas, le ayudó a beber jugo e intentó que terminara su plato de huevos sin éxito. Él tomó café y un trozo de pan tostado con mermelada. No tenía apetito esa mañana. Volvió a la habitación de su madre, doña María yacía con los brazos sobre su pecho, tal y como se ve en las películas que acomodan a los muertos. Emilio se quedó mirando con duda: permaneció quieto para ver si ella seguía respirando. Lo hacía, pero con suavidad. Durante un momento creyó que había muerto.

Emilio caminó a la tienda pensando en lo que había creído ver: su mente le jugó una irónica broma o tal vez él deseaba haber visto lo que vio. «Dejó de respirar, casi estoy seguro», se repetía de regreso a casa. Dejó las compras sobre la mesa de la cocina y fue a la habitación de su madre. Le asaltó un sentimiento de culpa al verla ahí vulnerada por el padecimiento. La idea no se fue de su cabeza durante un rato. Hizo como que no pasaba nada y siguió con su rutina casi al punto de olvidarse. Abrió el grifo para enjuagarse las manos y un estrepitoso grito lo sacó de sí.

—¡Emilio! ¡Cierra esa llave, no desperdicies el agua!

Los nudillos se le pusieron blancos por la fuerza con que apretó los puños y soltó un bufido. Desde ese momento hasta que se fue a duchar por la noche, la frase «dejó de respirar» estuvo haciendo eco en su cabeza. Se recostó e intentó relajarse. Quiso repasar una melodía que escuchó cuando salió a la tienda, pero no la recordaba. De un salto se puso de pie, tomó una almohada y se fue a la recámara de su madre.

Parado en el quicio de la puerta miraba tembloroso la cama donde su madre yacía. Dio dos pasos y él los escuchó como si fuesen dos golpes de mazo en una campana. Se detuvo. Todo era silencio. Avanzó hasta la cabecera de la cama y puso la almohada en la cara de su madre. Presionó con mucha fuerza hasta que le dolieron los brazos y sintió que habían sido horas las que habían pasado.

Retiró la almohada y vio el rostro ajado de su madre con la mandíbula caída. Temblaba de miedo, pero tuvo la fuerza para cerrar la boca y acomodar el cuerpo: alisó el pelo de la señora María y acomodó las sábanas. Le puso las manos sobre el pecho y se quedó mirando un rato. «Dejó de respirar», dijo para sí volteando a mirar como si alguien lo hubiese escuchado.

Regreso a su habitación y se echó a llorar en la cama. No supo por cuánto tiempo lo hizo. Tampoco sintió cuando se quedó dormido y soñó. En el sueño su madre usaba un vestido blanco ceñido al talle, zapatillas, un bolso elegante y llevaba los labios pintados de un tono de rosa; sus ojos brillantes de emoción buscaban a Emilio entre el grupo de chiquillos que se acomodaban para representar la obra de Tchaikovsky, el Cascanueces, adaptada para los pequeños niños. Ahí estaba Emilio, con su disfraz de ratón, lucía angelical y emocionado por ver a su madre tan bonita entre el público sentada con los brazos en su regazo. No podía dejar de verla, parecía que no respiraba.

Emilio se levantó con síntomas de una terrible resaca, así se sentía. Salió de su habitación y miró la puerta de la recámara de su madre. Por nada se asomaría. No podría ver lo que había hecho. Buscó el teléfono para llamar a sus hermanos y ponerlos al tanto de lo que había pasado.

—¿Qué quieres, Emilio? —dijo Rosa fastidiada—. Es muy temprano, voy de salida a dejar a los chicos al colegio. ¿Qué pasa? —Silencio—. ¿Qué pasa, Emilio?

—Mamá… murió, Rosa… Mamá… dejó de… —cortó la frase y se soltó a llorar.

—¡Voy para allá! ¡Le avisaré a Felipe! Emi, tranquilo… Emi…

Emilio colgó y fue corriendo a la habitación de su madre. Ahí estaba ella más pálida, más quieta, más muerta. Tomó sus manos, besó sus dedos torcidos mientras decía:

—¡Perdóname, mamá! ¡Perdóname…!

  El llanto se había convertido en una desgarradora y loca convulsión. Emilio estaba arrepentido, pero ya no había marcha atrás.

Se sentía desesperado. Corrió a la ventana para ver si sus hermanos ya habían llegado, sin embargo, no había nadie en la entrada. Gritó cuanto pudo mientras iba de una habitación a otra. Sentía la cara ardiendo y los ojos hinchados por llorar. «Dejó de respirar» mascullaba. Se dirigió a la cocina y se seguía repitiendo «Dejó de respirar», «No, Emi, tú hiciste que dejara de respirar», dijo otra voz que no era la suya. Se quedó quieto y quiso despejarse. Abrió el grifo para mojarse la cara y escuchó un grito agudo:

—¡Emilio! ¡Cierra esa llave, no desperdicies el agua!

A Emilio se le fue el aire de los pulmones, la sangre del corazón y el alma directo al infierno antes de quedar tendido en el suelo.

Sistema de condena justa


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«Mechanical brain», por Aytuguluturk (CC0).

Cierto día del siglo XXIII, la pareja de científicas conocida como Las Hermanas Alastor logró construir con éxito una máquina que incorporaba los últimos descubrimientos en computación cuántica y neurología. Con esta máquina lograron deconstruir la estructura cerebral de un ratón, que previamente fue preparado para memorizar ciertos patrones de colores, para luego reconstruirla en el cerebro de otro.

El ratón modificado, para objetos del estudio, mostraba una conducta y recuerdos estadísticamente idénticos a los del ratón deconstruido. Luego de muchos estudios confirmatorios por parte de la comunidad científica, se demostró que se trataba de una genuina transferencia de conciencia. Se había logrado copiar la mente de un ser vivo para luego colocarla en el cuerpo de otro. Los logros de Las Hermanas Alastor fueron publicados en muchas revistas importantes de ciencia y, eventualmente, se hicieron acreedoras al Premio Nobel en Medicina y Física por su hazaña.

***

Décadas después del logro de Las Hermanas Alastor, un lobby de inversionistas mostró mucho interés en el invento y dedicó grandes inversiones en investigación y desarrollo para perfeccionar la máquina al grado de que su aplicación fuera segura en seres humanos. Cuando la máquina estuvo lista, el lobby inició una campaña para recuperar su inversión. La campaña consistía en proveer a los gobiernos con muchas de las que se llegaron a conocer como Máquinas de Alastor. 

Debido a que las leyes internacionales prohibían el uso comercial de la tecnología de transferencia de conciencia, el lobby tuvo la idea de manipular a los gobiernos para conseguir una reforma en las leyes de derechos humanos y leyes de derecho penal, para así conseguir un cambio de sistema que permitiera el uso gubernamental de las Máquinas de Alastor. De esta forma lograron aplicar su plan piloto en los sistemas médicos y penitenciarios de diferentes países.

 

***

Con los años, la estructura ideada por el lobby llegó a popularizarse tanto que cientos de países copiaron el modelo e iniciaron sus propias reformas legales. Las reformas, casi siempre, consistían en cambiar las leyes para poder aplicar lo que ellos llamaban el Sistema de condena justa. 

El Sistema de condena justa logró popularizarse entre la población común.  Esto se logró mediante una maquinaria propagandística destinada a desviar la atención del público hacia una supuesta preocupación para con los enfermos terminales y otro tipo de personas con enfermedades degenerativas o trastornos que afectaban gravemente su estilo de vida.

El sistema consistía en un algoritmo que empataba a un enfermo con alguien de similares características elegidas por el programa. Una vez hallada una persona idónea, dentro de las bases de datos de las personas privadas de la libertad, se usaba una Máquina de Alastor para intercambiar las conciencias del enfermo y la persona privada de la libertad.

El sistema penitenciario, evidentemente, debió pasar por una reestructuración de fondo para convertirlo en una estructura eficiente que optimice la salud de los prisioneros para luego colocarlos en la base de datos del Sistema de condena justa. De esta forma, los prisioneros estaban listos para ceder sus cuerpos sanos a una persona enferma. Todo aprobado por las leyes correspondientes, que confiaban plenamente en el algoritmo que colocaba a los prisioneros en diferentes categorías de condena. Las categorías asignaban los cuerpos más dañados a los sentenciados por las faltas más graves. Dejando a los prisioneros condenados a sufrir los síntomas dentro de sus celdas, sin opción a recuperar su cuerpo original que pasaba a ser propiedad legal del enfermo beneficiario.

El lobby, luego de la implementación casi mundial de su Sistema de condena justa, utilizó la obsolescencia programada de ciertos componentes de las máquinas para poder venderlas con un lucrativo servicio de mantenimiento constante. También lograron imponer un sistema de reemplazo periódico de las máquinas, que muchas veces se declaraban en mal estado para poder realizar ajustes ilegales en el inventario. Todo esto con el objeto de que, tanto el lobby como los funcionarios gubernamentales corruptos,  ganaran enormes sumas de dinero.

Un café y una sonrisa (2ª parte)


(Lee aquí la primera parte)

You look so fineI want to break your heartand give you mineYou’re taking me over

—Cantas muy bien. —Raquel mira a Luis con una sonrisa sincera pero cansada mientras él da otro trago al botellín de cerveza—. Tu sonrisa y tu voz me llevan a un lugar donde me gusta estar —añade en un murmullo, lo bastante apagado como para que ella pueda disimular no haberlo escuchado.

—Cuando estaba en el grupo, me fijaba mucho en Shirley Manson…, la cantante de Garbage —aclara ante la expresión ignorante de Luis—. You Look So Fine es uno de mis temas favoritos.

Sentados en la misma terraza de los últimos días, contemplan el mar en silencio. Raquel se retira de la cara un mechón agitado por la brisa y lo coloca detrás de la oreja.

—Podría pasarme la vida así, viendo las olas romper contra la orilla.

—Y yo.

Intercambian una mirada cómplice, y enseguida ella vuelve a desviarla hacia el azul inmenso.

—Es curioso cómo nos empeñamos en hacernos las mismas preguntas, una y otra vez, aun sabiendo que no vamos a encontrarles respuesta.

—¿Eso haces al cantar, preguntarte sobre el pasado? —A Raquel le sobresalta la deducción de Luis, y lo mira con sorpresa. Él apura la cerveza—. Yo prefiero no hacerme preguntas, pero es difícil resistirse. La autocompasión resulta tentadora cuando mirar adelante es como hallarse en medio de un desierto y buscar un oasis; sabes que lo máximo a lo que puedes aspirar es a encontrar un espejismo.

—Cuando estaba en el escenario, me sentía viva, libre, llena de energía. Cantar y dejarme llevar por la música era lo que daba sentido a todo.

Vuelven a quedar en silencio. Luis la observa y ve cómo sus ojos se tiñen del azul oscuro del mar al atardecer.

—Si alguna vez te apetece, puedes contarme lo que pasó.

Raquel gira la cabeza y le regala la enésima sonrisa.

—¿Nos bañamos?

Sin esperar respuesta, se levanta de la silla, salta a la arena y se aleja por la playa casi desierta. Al llegar a la orilla, se da la vuelta y saluda a Luis con una mano. Entonces, se quita el vestido y, despacio, se mete en el agua.

…..

Raquel ríe. Es la risa de una niña entregada a la diversión. Le transforma la cara, porque no tiene que hacer ningún esfuerzo consciente por sonreír, y a Luis le encanta; tanto, que durante las dos horas que llevan bailando ha olvidado qué es lo que provoca su desazón permanente. Están sudando a mares, apretujados contra otros cuerpos sudorosos que también ríen y se dejan llevar por la música. La atmósfera invita a la desinhibición, a entregarse sin reparos a la alegría de vivir.

Con los últimos acordes de Song 2 de Blur, Raquel se lleva una mano al cuello para indicar que está sedienta, y ambos se dirigen a la barra. Aprovisionados de cerveza, salen a tomar el aire a la terraza.

—Lo estás pasando bien, ¿eh?

—Me estoy quedando afónica, y mañana voy a tener unas agujetas…

Brindan con los botellines y beben en silencio, aunque enseguida Raquel reconoce el Stone Cold Crazy de Queen en la versión de Metallica y se pone a cantarla.

Tiene las mejillas encendidas y los ojos le brillan, como la piel de la cara y del cuello, perlada de gotitas de sudor.

—Me gustaría besarte —susurra Luis.

Raquel deja de cantar y lo mira con una expresión encendida que él todavía no había tenido el placer de contemplar. Con la mano libre, lo agarra del cuello de la camiseta, lo atrae hacia ella y, con la nariz a un milímetro de la de él, se detiene para saborear ese instante de deseo máximo, justo antes de meterle la lengua ardiente en la boca.

…..

Al alba, el mar y el cielo se confunden en el horizonte, pero poco a poco se dibuja la línea que anuncia la llegada del sol. Raquel y Luis asisten al proceso sentados en la orilla, dejando que la lengua tímida del mar les acaricie los pies. Ella apoya la cabeza en el hombro de él, y él aspira el aroma del sudor, el perfume y la sal que emanan del pelo de ella. No recuerda un olor más delicioso. Tienen las manos entrelazadas sobre la arena húmeda.

—Nunca había visto el amanecer en la playa tan bien acompañado —anuncia Luis.

Ella sonríe relajada. El sueño empieza a reclamar su botín tras una larga noche de bailes, sudor y besos.

Presiento que tras la nochevendrá la noche más largaQuiero que no me abandones, amor mío, al alba

Luis siente una presión en el estómago. Raquel le agarra la mano más fuerte, y él le acaricia el pelo y le besa la cabeza. Ella no puede seguir cantando, ni siquiera en un susurro, las lágrimas y el nudo en la garganta se lo impiden.

—¿Qué te pasa?

—Nada, no te preocupes. —Se separa un poco de él y hace el esfuerzo por sonreír—. Me lo he pasado muy bien, pero estoy muerta y necesito dormir.

En el horizonte, el cielo empieza a adquirir un tono anaranjado.

…..

Luis aparca frente al portal. En la calle se mezclan los jóvenes que regresan de fiesta con quienes salen a comprar el pan y churros para el desayuno, a pasear el perro o a correr.

Raquel mira por la ventanilla, pero lo que ve se oculta en su memoria. En la radio suena Heroes.

I, I will be King… —Luis se atreve a acompañar a Bowie—. And you, you will be QueenThough nothing will drive them awayWe can be heroes just for one dayWe can be us just for one day

La interpretación consigue atraer la atención de Raquel, que sonríe sin ocultar su tristeza.

—Just for one day —repite, como diciéndoselo a sí misma.

—Si quieres, subo contigo.

—Es mejor que no. Además, me voy a quedar frita en cuanto me tumbe.

Luis se inclina hacia ella y la besa. Raquel lo abraza, y piensa que le gustaría prolongarlo, porque nunca había abrazado a nadie que lo necesitara tanto como ella. Cuando sus labios se separan, permanecen abrazados. En la radio, Little Wing de Jimi Hendrix toma el relevo de Bowie, y Raquel piensa que es una de las canciones más bonitas que se han escrito. La canta al oído de Luis, y él siente un escalofrío.

When I’m sad, she comes to me, with a thousand smiles she gives to me freeIt’s alright, she says, it’s alright, take anything you want from meAnything… —A Raquel se le escapan las lágrimas—. Aquel hijo de puta… cogió lo que quiso, sin preguntar…

Luis escucha tenso al principio, pero enseguida la abraza más fuerte y le acaricia el pelo.

…..

Durante los días siguientes, Luis no encuentra a Raquel en la cafetería. Le dicen que no saben nada de ella. No puede llamarla ni escribirle porque no han intercambiado sus números de teléfono, así que se acerca a su casa, pero no contesta al timbre. Pregunta a un par de vecinas que salen del portal, pero ni siquiera parecen conocerla.

Se repite a sí mismo que esta vez no ha hecho nada para cagarla, pero no logra sacudirse el sentimiento de culpa. «Me tendría que haber conformado con el café y la sonrisa reconfortante. ¿Dónde voy a refugiarme ahora?», se reprocha desolado.

…..

Raquel regresa a la cafetería una semana después. Ha estado enferma, un catarro que la obligó a quedarse en cama y que, en realidad, ha sido la excusa perfecta para no salir de la cueva. Ahora el catarro casi ha remitido del todo, pero el mal que de verdad le duele continúa ahí, crónico, enmascarado con una sonrisa.

Se pone la gorra y la chapa y se incorpora al trabajo. Y cada vez que la puerta se abre, el corazón se le acelera, deseando que sea y a la vez que no sea Luis. Se siente mal por haberse escondido de él, pero se dice a sí misma que es lo mejor, que quizás no tendría que haber aceptado aquel café, porque así ahora seguiría viéndolo casi cada tarde y hablarían de libros.

—Hola, Raquel. —Es Gina, toca cambio de turno; la jornada ha pasado rápido—. Me alegro de que ya estés mejor.

—Hola. —Se saludan con dos besos. Gina es lo más parecido a una amiga que se puede tener en el trabajo—. El resfriado me ha dejado hecha polvo, pero sí, ya estoy bastante bien.

—Por cierto, ayer un cliente dejó algo para ti. —Raquel da un respingo. No puede ser otro que Luis—. Espera un momento, que lo guardé en la taquilla. Me cambio y te lo traigo.

Raquel nota cómo se le acelera todo el organismo. Se pone a ordenar el mostrador y le pasa la bayeta; luego sigue con las tazas y las cucharillas, que ya había ordenado previamente.

—Toma.

Raquel recibe el paquete envuelto. Es evidente que se trata de un libro. Rasga el papel sin reparar en Gina, que la observa con curiosidad. «Locuras de Brooklyn, Paul Auster». No lo ha leído.

—Joder, ojalá a mí me hicieran regalos así. Un día un tío me dejó un paquete de chicles. El muy gilipollas había apuntado su número de teléfono en el envoltorio.

Raquel no la escucha. Abre el libro y, como intuía, Luis ha escrito algo en la primera página. Lee con ansia y temor.

«No creo en las segundas oportunidades. Sin embargo, sí creo que existen personas capaces de sobreponerse al pasado, con la fuerza suficiente para convivir con él y seguir adelante. Tú deberías ser una de ellas. Hay que tener mucha fuerza interior para vestir esa sonrisa tan reconfortante para quienes tienen la suerte de contemplarla.

Espero que te guste el libro. Es una historia optimista. Tiene partes angustiosas, pero el conjunto deja buen sabor de boca. A pesar de esos personajes llenos de cicatrices, Auster sí cree en las segundas oportunidades.

Gracias por estos días. No dejes de sonreír.

Luis».

Raquel cierra el libro y lo aprieta contra el pecho.

—Que tengas una tarde tranquila —le desea a Gina, con una sonrisa dolorosa.

Fin

Un café y una sonrisa (1ª parte)


—¿Está bien?

Luis recibe el cambio del billete de cinco euros con una sonrisa desconcertada. La camarera también sonríe. Siempre lo hace. Desde hace unas semanas, Luis se toma el café con leche de la tarde ahí porque le gusta su sonrisa fresca. Tiene la impresión de que las sonrisas frescas escasean, y la de ella lo reconforta.

—El libro —aclara la muchacha. Luis mira el ejemplar de 1984 que ha dejado sobre el mostrador mientras espera el café—. Está en mi lista de pendientes, pero nunca me he animado a leerlo porque me da la sensación de que me va a angustiar. —Mientras habla, se desenvuelve con destreza mecánica con la cafetera. Sus movimientos firmes y seguros tienen algo de hipnótico—. Y, la verdad, llevo un tiempo en que sólo me apetecen lecturas que me dejen buen sabor de boca. —Se da la vuelta y coloca un platillo, la cucharilla y dos sobres de azúcar junto al libro. Mira al cliente directamente a los ojos, sin abandonar la sonrisa—. La vida real ya es bastante angustiosa a veces, ¿no crees?

Luis no estaba preparado para ese tipo de conversación. Y debe reconocer que la mirada de ella lo intimida. Se siente estúpido al darse cuenta de que durante todos esos días que ha estado frecuentando el local, Raquel (según la identifica la chapa que lleva enganchada en el pecho) no dejaba de ser una sonrisa que le aligeraba el peso de sus fracasos.

—Es la segunda vez que lo leo. La primera era demasiado joven para entenderlo del todo. Ya lo estoy acabando y, sí, es un poco angustioso. Te hace pensar en muchas cosas.

Raquel coloca la taza sobre el platillo.

—Si está muy caliente, te pongo un poco de leche fría.

Hasta hoy no le había hecho el ofrecimiento porque el verano se resistía a llegar, pero desde hace un par de días la temperatura ha subido de golpe.

—Gracias, así está bien. El café con leche me gusta caliente, aunque nos estemos achicharrando.

Raquel ríe, y Luis se siente más reconfortado que de costumbre.

…..

—¿Lo de siempre?

Desde el momento en que cruzó la puerta de la cafetería para entregar el currículum, Raquel decidió que mientras estuviera allí haría lo posible por sonreír, aunque en su interior mantuviera latente la tentación de mandarlo todo a tomar viento. Le dieron el empleo, una gorra y una chapa ridículas, y ella las complementó con su expresión más agradable. Le sonríe a todo el mundo, pero con el chico que siempre lleva un libro es especialmente simpática.

—No, hoy voy a probar el batido de café. ¿Está bueno?

—Pues no lo sé. Yo tampoco lo he probado. —Raquel apoya las manos en el mostrador y observa el rostro que tiene delante con un nivel de atención que sobrepasa con mucho lo reglamentario. Él se esfuerza por sonreír, pero se le nota la incomodidad—. Hacemos una cosa: si no te gusta, te lo cambio por el café con leche habitual.

—Vale —acepta con timidez; hay otra cosa que le preocupa, y no está seguro de atreverse a plantearla.

—Ya veo que has acabado 1984 —advierte ella, mientras prepara el batido—. Menudo personaje fue George Orwell. La verdad es que sabía muy poco sobre su implicación en la Guerra Civil, y buscando información sobre él me han entrado ganas de leer Homenaje a Cataluña. ¿Lo conoces?

—Sí, lo tengo en los pendientes. —Luis desliza los dedos por el libro que ha dejado sobre el mostrador. En realidad, aún no ha acabado 1984.

Raquel se gira un momento y se fija en la portada.

Entre limones… Chris Stewart… No lo conozco. ¿Qué tal?

Vuelve a estar de espaldas. Luis piensa que es la oportunidad para plantear su ocurrencia.

—Muy divertido. Es uno de los libros más divertidos que he leído. Y…

La sonrisa de Raquel aparece de nuevo ante él, espléndida e intimidatoria.

—Marchando un batido de café.

Durante unos segundos permanecen en silencio, y ella tiene la certeza de que los fantasmas que lo acosan a él son tan persistentes como los suyos.

—Toma, lo he traído para ti. —Luis empuja el libro hasta que contacta con los dedos de la mano que la camarera apoya en el mostrador—. Te garantizo que no te va a angustiar nada y que te hará reír con ganas.

Resulta curioso que ahora que Raquel tiene un motivo para estar contenta de verdad, la sonrisa se le desdibuja en el rostro.

…..

—Muchas gracias por el libro. Tenías razón, es muy divertido.

Luis sonríe nervioso. Ha estado a punto de no acudir a la cita casi diaria con su café con leche y la sonrisa reconfortante.

—Me alegro —responde, evitando cruzar la mirada con la de ella. «Da los buenos días con un café y una sonrisa», lee en un cartel que se le antoja estúpido.

—¿Qué ponemos hoy?

Luis tiene la impresión de que Raquel exagera su simpatía porque se siente tan incómoda como él. Se dice a sí mismo que han traspasado la frontera de la relación habitual entre camarera y cliente para entrar en un territorio desconocido que no está seguro de querer descubrir.

—Café con leche, por favor.

Raquel se gira hacia la cafetera. Se desenvuelve con menos destreza, como si algo distorsionara la maquinaria siempre engrasada. Y en verdad es así.

—¡Mierda! —exclama al resbalársele la taza entre los dedos y hacerse añicos contra el suelo.

Luis se siente absurdamente responsable.

—No pasa nada, un accidente lo tiene cualquiera.

Agachada detrás del mostrador, Raquel levanta la cabeza. Las miradas coinciden, y Luis siente un escalofrío porque ve dolor.

…..

Luis lleva un rato frente a la puerta del local, sin decidirse a entrar.

Ya ha acabado de leer 1984. Le ha tomado el relevo Las olas, pero no cree que vaya a aguantar mucho; no le interesa el jeroglífico introspectivo que plantea Virginia Woolf. Es aún más deprimente que la atmósfera opresiva, sin resquicio para la esperanza, que dibuja Orwell. Piensa en Winston y en Julia, en su historia de ¿amor? condenada al fracaso. «Pero durante un tiempo consiguen ser libres; aunque sea una libertad ficticia, sus sentimientos y sus ideas les pertenecen», reflexiona.

Vuelve a mirar hacia la puerta. Sabe que Raquel está ahí. Se pregunta si hoy volverá a sonreír. Aprieta el libro con las dos manos y se muerde los labios en un gesto de rabia, porque no es capaz de encontrar nada más auténtico en su vida que esa sonrisa, y no quiere arrastrar la culpa, una más, de hacerla desaparecer.

Por fin, se da la vuelta y se aleja arrastrando los pies.

…..

Al oír abrirse la puerta, Raquel levanta la cabeza. Desde hace una semana, es su reacción automática. Cuando comprueba que no es él, el chico del libro, pierde la sonrisa, que recupera un segundo después para volver al trabajo.

Pero hoy si es él. Lo ve acercarse titubeante, con la mirada nerviosa desviándose a un lado y otro, como si no fuera capaz de fijarla en un objetivo.

Es más temprano que de costumbre, y apenas hay clientes. Raquel se queda paralizada, con las manos sobre el mostrador y la sonrisa congelada.

—Hola —murmura Luis al llegar hasta ella, y tras pasear la vista por el mostrador reúne el suficiente valor para mirarla a los ojos—. Cuando acabes el turno, ¿te apetecería tomarte un café conmigo?

Raquel había fantaseado con la posibilidad, pero ahora que ha sucedido no sabe qué decir. El movimiento de las manos de él sobre el mostrador atrae su atención. «Un hombre en la oscuridad. Paul Auster», lee entre sus dedos repiqueteantes.

I know someday you’ll have a beautiful life… —Raquel comienza a cantar, muy flojito—. I know you’ll be a starin somebody else’s sky, but whywhy, why can’t it be, why can’t it be mine

—Me suena, pero no la reconozco.

Black, de Pearl Jam. Es una de mis canciones favoritas.

—Me gusta Pearl Jam, pero no me sé ninguna letra.

—Salgo a las seis.

…..

La brisa marina refresca el ambiente y revuelve el pelo de Raquel, quien permanece sentada en la arena, abrazándose las piernas y con la barbilla sobre las rodillas. Observa las olas y las escucha; seguramente no hay sonido más balsámico. Luis está sentado a su lado, aunque un poco por detrás. Juguetea con la arena mientras se le escapan miradas fugaces hacia ella. Le gusta: su pelo revuelto, la sonrisa relajada, el perfil de su nariz algo torcida, sus manos de dedos largos, los pendientes que le decoran todo el perímetro de la oreja… Apenas han intercambiado palabra. Sus pasos los han conducido hasta la playa, donde todavía quedan algunos bañistas que celebran la llegada del calor compartiendo espacio con parejas acarameladas que celebran su amor.

Raquel y Luis no celebran nada, si acaso el hecho de haber encontrado alguien con quien compartir el silencio.

Tanto sube el nivel… —tararea Raquel— el mar… —Luis identifica enseguida El estanque, de Héroes del Silencio—… Se derrama ahogándome

Ella gira la cabeza despacio y le sonríe, aunque en sus ojos hay tristeza. Luis no dice nada, sólo levanta la mano y le deja una concha sobre la rodilla.

…..

Sentados en una terraza del paseo marítimo, Luis contempla cómo Raquel se bebe la horchata con una pajita. Le hacen gracia los hoyuelos que se le forman en las mejillas. Le gusta verla fuera del trabajo, sin la gorra ridícula que oculta su media melena, con la camiseta de tirantes, mostrando una sonrisa más atenuada, más natural.

—¿Qué pasa? —pregunta ella riendo al sentirse observada con tanta atención.

—Nada, es sólo que me gusta mirarte. —Raquel sonríe ahora con los ojos—. ¿Cómo lo haces para sonreír siempre?

I’m so happy because today I’ve found my friends, they’re in my headI’m so ugly, but that’s okay, because so are you

—Esa la conozco: Lithium, de Nirvana. ¿Tienes una canción para todo?

Raquel se toca los pendientes de la oreja derecha; en la izquierda sólo lleva uno, un aro con el símbolo de la paz.

—Durante un tiempo fui la cantante de un grupo de rock.

—¿En serio? ¿Y qué pasó?

Raquel niega con la cabeza y los ojos dejan de sonreír.

—Cosas… Hace mucho de eso. ¿Y tú? Cuéntame algo sobre ti, aparte de que devoras libros.

Luis se incorpora en la silla, apoya los brazos en la mesa y, pensativo, hace girar entre sus manos la botella de cerveza vacía.

—Menos mal que puedo vivir la vida de los habitantes de sus páginas. —Se detiene, levanta la cabeza y mira a Raquel—. En la mía no hay nada que valga la pena.

Ella ve la desolación tras la mueca que no llega a ser sonrisa.

(Continuará)

Armas legendarias de diferentes mundos


armas legendarias de diferentes mundos

Ilustración de la transfiguración de «La dama tapada».

Iniciaba el año 2004 de la era cristiana, habíamos concluido con la misión «Ángel 02» hace algunos días y luego de ello, sin planificación ni previo aviso, algunos amigos coincidimos en una fogata afuera de mi humilde taller. 

La noche era estrellada y fresca en esa época del año, al menos así es en los valles cerca de una cuidad conocida como «El corazón de Blacks Gaea». Todos estábamos disfrutando de la fogata mientras recordábamos algunas victorias pasadas. Luego, nos quedamos hasta la media noche contando historias de terror.

—¡Ya me aburrí! Hagamos esto más intenso —interrumpió Jacob la conversación cuando Gabriel terminó de contar su historia—. Ya fue con los machetes, los cuchillos y los garfios, les contaré sobre algo más sorprendente, quizás no en este mundo, pero en alguno de sus mundos seguro lo es —dijo, refiriéndose al lugar de proveniencia de cada uno, porque no todos eran de Blacks Gaea.

—¿Y qué puede ser peor que un machete oxidado? —preguntó alguien más.

—Buena pregunta —contestó Jacob muy animado, y enseguida volteó hacia a mí y preguntó—: Herrero, ¿cuál es el arma más grande y terrorífica que has forjado?

—Un brazo de hierro —contesté.

—Bueno, esto se trata de algo más que solo un brazo, se trata de un ser completo: un arma mortal…

Así, con esta macabra introducción, el viejo Jacob, recorredor de mundos, inició su historia:

Resulta que en un pequeño mundo muy, muy lejano, existe un lugar llamado Guayaquil, donde los fines de semana su gente se dedica a beber licor hasta altas horas de la noche.

Allí en cambio, eran apenas los años 1700. Una chica llamada Luciana se escapó de casa para ir a buscar a su novio Carlos. Ella sabía que lo iba a encontrar en alguna de las cantinas del barrio Las Peñas o cerca de allí, y su plan no resultaría mal porque vivía cerca y volvería a casa sin que su vieja madre se diera cuenta, pues ya le había dado de comer, la había bañado, la había acostado y le había bajado el mosquitero.

Casi dos horas después, sin éxito de haber encontrado a su amado, triste y furiosa, decidió regresar a casa antes de que su madre la llamara para pedirle ayuda para ir al baño a media noche como es costumbre. Pero en el camino de regreso, la interceptaron dos sujetos en completo estado etílico, y entre los dos la violaron y dejaron a la joven agonizando por la brutalidad del acto. La Muerte se acercó rápidamente e, indignada, sacó la consciencia del cuerpo ultrajado de la chica.

—¡No es tu hora! —se dirigió la parca a la sorprendida joven—. Ya estoy cansado de que gente muera antes de su hora…

—Por favor —suplicó la joven—, devuélvame, no puedo morir y dejar a mi madre sola…

—Pero hace rato que la dejaste —interrumpió la parca, haciendo sentir culpable a Luciana por haber escapado de casa un par de horas—. Y ya no hay vuelta atrás —continuó furioso, lo cual demostraba oscureciendo todo a su alrededor mientras parecía que su tamaño se volvía más grande—. Ahora ya no cuidarás de tu madre, te condenaré a cuidar a todas las mujeres de este barrio, te daré parte de mi poder para que elimines hombres malos por mí y ya no tendré que recoger almas inocentes… al menos por aquí —ordenó con una voz retumbante mientras desnudaba su huesuda mano y acercaba su falange a la redonda pero respingada nariz de la porteña.

—¿Por qué no lo hace usted mismo? —replicó Luciana con terror e impotencia.

—La condena para mí es diferente y no puedo elegir a quien segar, porque no me es permitido y porque no tengo nada en contra de ustedes, humanos inferiores. En cambio tú, con tu bondad y tu belleza combinadas con tu sed de venganza, podrás eliminar al menos parte de la maldad de este puerto sucio y maloliente —respondió la santa Muerte mientras contaminaba con su podredumbre el rostro de la chica y la convertía en un símil.

—Siempre odié el crimen impune que se llevó a mi hermana mayor —susurró Luciana mientras aceptaba su nuevo destino y recordaba a su hermana que había sido asesinada de la misma forma que ella.

Pasaron días, semanas, meses… Y dieron a Luciana por desaparecida y muerta, pues encontraron sus ropas ensangrentadas, pero nunca su cuerpo. Sus vecinos enterraron una caja vacía y su madre fue llevada al asilo porque no tenía más familia que pudiera hacerse cargo de ella.

Después, un sábado por la noche, Julio y Juan, amigos de Carlos, le insistieron para ir a beber para olvidar sus penas, sobretodo por lo de Luciana. Carlos estaba arrepentido de haberse desaparecido aquel fatídico día, pensó que no pasaría nada si iba a beber una noche con sus amigos, pues sería su primera vez, cumplió dieciocho y debía hacer lo que todo guayaquileño debía hacer al cumplir la mayoría de edad. Pero todo salió mal, ni siquiera para él, sino para Luciana.

—¡Ya, qué chucha! —exclamó Carlos con tristeza y resignación—. Vamos. —Aceptó ahora sí, luego de muchos meses de la tragedia, la invitación de sus amigos.

Tragos fueron y vinieron, pasillos y músicas tristes alentaban a aquellos muchachos que querían convertirse en hombres a seguir bebiendo. Pero, luego en la madrugada, un ebrio y cansado Carlos dejó a sus amigos y se escabulló con lo último de sus neuronas y coordinación para irse a casa a descansar.

Cuando Carlos caminaba con sus torpes pasos por la «Calle de la Orilla», saliendo de las Peñas, se encontró con una hermosísima mujer vestida de negro, con un corset que le ceñía la cintura y volvía más prominente sus caderas y hacía que la abundancia de sus pechos rebosara. La forma de caminar de la mujer le quitó la ebriedad al instante a Carlos, pues le recordó a Luciana. Carlos intentó ver el rostro de esta misteriosa mujer, pero estaba cubierto con un velo también negro, la mujer volteó y con el índice le hizo señal para que la siguiera. Ahora los ojos de Carlos no se decidían entre buscar reconocer el rostro de la mujer o mirar su trasero apretado con el vestido provocador que llevaba. 

Carlos siguió unos pasos a la mujer, impulsado por la curiosidad de ver su rostro, la invitación de ella y la normal atracción por una figura tan afrodisíaca. La brisa hacía sonar el río y al mismo tiempo llevaba el aroma de la misteriosa mujer a la nariz de Carlos. El joven quedó extasiado con el perfume dulce de la mujer, el aroma era suave y fino, como esos perfumes que traían de París y que solo podía oler cuando estaba cerca de las criollas para llevarles los mandados, pero, aparte de eso, podía percibir la esencia del aroma de la mujer mezclado en la dulzura del perfume suave, un aroma atractivo y sexual.

De pronto la tristeza, el añoro y la nostalgia invadieron el corazón de Carlos, cuando recordó que su amada Luciana solo olía a plátano verde, queso y pescado porque ella se dedicaba a hacer tortillas de verde en el día y corviches en la noche para mantenerse ella y su madre. Carlos se volteó e inmediatamente dejó de seguir a aquella hermosa mujer de negro que lo invitaba a meterse a una de las calles totalmente oscuras. Caminando en sentido contrario a ella, Carlos vio como la mujer desaparecía en la oscuridad.

El dia lunes, Carlos fue a trabajar, pero en toda la mañana no vio a Julio ni a Juan. Ya en la tarde, escuchó a un familiar de Juan hablando con su jefe. Se enteró de que Julio había muerto y que Juan contó, con medio rostro paralizado, una historia increíble, de ultratumba. Según lo que los médicos y familiares de Juan entendieron, es que, supuestamente, la madrugada del domingo mientras regresaban a sus casas después de la borrachera, Julio y Juan se encontraron con una mujer vestida de negro, Julio la siguió lanzándole piropos e incrementando las groserías a la señal de invitación de la hermosa dama, Juan un poco más juicioso, le advirtió que no la siguiera, Julio no hizo caso y la continuó siguiendo, y a una cuadra de distancia Juan pudo ver como Julio empezaba a toser y a escupir con desesperación, seguido de eso cuando la “hermosa dama” se dió vuelta, su rostro mostró solo un cráneo con cuencas vacías; Julio cayó al suelo convulsionando y echando espuma por la boca. Mientras esto ocurría, una fuerte ráfaga de aire hacía más dramática la escena de la mujer volteándose y mostrando el rostro de La muerte en lugar de la engañosa belleza que aparentaba; ráfaga de aire, la cual llevó un olor nauseabundo y pestilente hacia Juan. Juan se volvió y trató de echar a correr pero junto con la ráfaga de aire y el hedor, pudo sentir como era empujado por una fuerza extraña; era extraña porque tenía la sensación de haber sido empujado, pero su cuerpo seguía en el mismo lugar, esto último Juan no lo pudo explicar, pero días después fue diagnosticado con parálisis (derrame) cerebral del lado izquierdo; existe la teoría de que por la distancia, el alma de Juan no fue completamente desplazada como la de Julio, de quién quedó un cuerpo vacío y que murió al instante.

El viejo Jacob cuenta entonces que la santa Muerte finalmente se ingenió una forma de dejar un arma de justicia en aquel mundo, en ese lugar llamado Guayaquil. Luciana se habría convertido en la legendaria «Dama tapada». Y también dijo que me daría información para crear armas de ese tipo para Blacks Gaea… en esos tiempos pensé que era broma, ahora todos sabemos que no lo fue.

***

—Aún en tu condena encontraste una forma de ser feliz…

—¿En serio era él quien se resistió? No veo con claridad el mundo de los vivos. ¡No me mienta, señor Mefisto! ¿Ese único hombre que se resistió era Carlos?

—Sí, hija mía, yo no miento. Tu hombre es un hombre bueno y aún te ama y te extraña.

—¡No es justo, señor! No merecemos esto.

—Nada es justo, hija, y nadie merece lo que tiene. Pero descuida, que para eso estamos nosotros.

Ojos tristes


El martes a mediodía regresaba a donde había aparcado el coche, una calle con mucha pendiente junto al instituto Pau Gargallo de Badalona. Mientras bajaba, vi que, por la misma acera, subía renqueante una mujer, tanto que tenía que agarrarse de la valla del instituto para no caer. Acabó sentándose en el saliente del muro para coger resuello. Algo alarmado, me acerqué.

—¿Necesitas ayuda?

La chica —debía rondar la treintena, quizás algo más— levantó la cabeza y me miró con los ojos más tristes que recuerdo. Con una mano temblorosa se secaba las lágrimas.

—No, gracias. Llevo todo el día temblando y sin fuerzas.

—Deberías ir al médico.

Era una situación de esas en que está claro que algo va mal, pero no sabes cuál es la manera acertada de actuar.

—Sí, debería… Debería hacer tantas cosas con mi vida…

Aunque hablaba un buen castellano, el acento y las facciones revelaban que era extranjera, probablemente del Este. Me pareció que estaba excesivamente delgada y muy pálida, así que temí que estuviera enferma.

—Te acompaño.

—Gracias, pero no hace falta. —Se esforzaba por sonreír, sin poder ocultar su inmensa y resignada tristeza—. Vivo ahí mismo.

—Vale, pues apóyate en mí y vamos. ¿Te espera alguien?

La pregunta clave. Sus ojos respondían por ella. El mal que le afectaba no lo curan los médicos. Entonces dirigió la mirada al perro que la acompañaba, uno de esos diminutos, de raza indescifrable pero fidelidad a prueba de bombas.

—Él es toda mi compañía, y no clava cuchilladas por la espalda.

El animal se le acercó para lamerle la mano.

—Muchas veces los animales son mejor compañía que las personas —concedí.

No hizo falta que contestara, bastó una mirada cansada, que transmitía su profunda decepción con la vida. Se incorporó y, despacio, reemprendió la marcha.

—Mucho mejor. ¿Ves? —Otra sonrisa triste—. Ya puedo yo sola. Gracias.

Era un «gracias» sincero pero apagado, surgido de ese corazón devastado. Y yo seguí mi camino hacia el coche, girando el cuello a cada par de pasos para comprobar que ella avanzaba por inercia, dejando una estela de recuerdos traicionados.

Un rato después, mientras estaba comiendo, me sentí mal. Sentí que, a pesar de todo, debería haberla acompañado. ¿Acaso hay algo más humano que prestar atención a quien se siente desolado y ofrecerle un hombro donde descargar su tristeza?