Antología II – Salto al reverso


  Antología II Salto al reverso Salto al reverso presenta su «Antología II», el segundo volumen de una recopilación anual de las obras destacadas de su blog (saltoalreverso.com) y de sus convocatorias abiertas en las redes sociales. A través de … Sigue leyendo

Imaginación


La imaginación es realidad cuando la creemos; cuando dejamos de creer en todo límite y comenzamos a creer en ese enorme mundo que llevamos dentro. Ese mundo tan maravilloso y apacible que fue soterrado por envidia y conocimiento ajeno. Ese mundo en el que sobrevive un bello pájaro con sus alas color amor y con su pico de esperanza; un bello pájaro que pía una polifonía conocida como sístole y diástole.

De todos modos y muy a su pesar, nadie cree a la imaginación, por eso deambula tras las sinapsis, limosneando un poco de fe para poder vivir. Pidiendo ahinojada un poco de recuerdos que calmen su dolor.

Un día, su llanto y aclamaciones se hicieron vibraciones.

Surgieron los niños, almas puras sin tierra ni piedras con que poder lapidarla o enterrarla, y mucho menos con la intención de hacerlo. Solo eran almas, vacías, llenas de todo lo significativo y sinsentido.

Se alojó entonces la imaginación en su pureza y, como buena madre, trato de esconderla de todo aquello que la curtió; de las cuitas, de las lágrimas negras, del odio.

De lo que no se percató la imaginación, fue que aquel escondite y aquel sentimiento, eran lo mismo que evitaba florecer a su ser. Aquel espacio limitado y arrinconado del que tanto se prometía salir; aquella sensación tan cristalina que le daba pavor observar(se). Mas era tan obvio que ni lo sintió.

Se perdió, la perdió. De tantas tentativas para sobrevivir, acabó petrificada, sin pensamientos ni sensaciones ni mucho menos reflejos nítidos. Acabó siendo más concubina que madre.

Acabó vagando sempiternamente junto a su nuevo peluche, hacia una cárcel que ella misma ayudó a construir.

¿Quién?


Tras otro día más perdido en el limbo terrenal, se precipitó en busca de un lugar en el que poder dormir, o al menos intentarlo.

Hoy no le apetecía inmiscuirse en la inmundicia de bebidas viles y sus jaquecas, hoy quería soñar; no le importaba que el lustre del inconsciente no lo admitiese en sus obras. Aceptó hace tiempo observarlas desde un telescopio en la cima de su inocuidad bipolar.

Además, no recuerda su infancia; es más, muchas veces se mantiene dubitativo sobre la existencia de ésta, ¿fue niño?

Implorando a los ángeles, escrutaba cada vena con destino cardíaco, en busca de retazos sanguíneos en los que poder hallar la respuesta y así sentirse vivo. Mas todos los intentos fueron en vano, y tal como vinieron, se marcharon cabizbajos, musitando palabras de impotencia, perdón y rabia.

Tras la presbicia de sus quimeras, alejaba la vista, evadiéndose con las monedas mendigadas; permitiendo al tiempo encaramarse a su espalda y jugar al fugaz azar del día. No sabe desde cuándo, ni mucho menos hasta cuándo.

Esto no significaba la izada de bandera blanca por parte suya, mas no conocía otra forma de vida.

Un día, bajo lo efímero de una mirada, un ligero susurro pertrechó su corazón y el mismo formó parte —esta vez —de las obras dirigidas por la tupida profundidad  de su ser.

En aquel fugaz lance unilateral, descubrió quien era. En aquellos ojos, se derrumbó.

Comenzó a comprender.

Comprendió que era un sueño, que tuvo que exiliarse tras las puertas del olvido por culpa del miedo y sus voces. Un sueño que, una vez en el exterior, sin guía y sin camino, permaneció estático mientras vetustas serpientes disfrazadas de musas le mantenían sedado; olvidado. Un sueño que fue juzgado por aquellos que controlan las leyes de este juego macabro. Un sueño que fue castigado con un abandono  y lágrimas tras las que, ninguno de los dos, pudieron recordar.

Él ya se había olvidado de esa parte suya, por eso le fue tan costoso anhelar, disfrutar y evocar su origen y su infancia compartida. Él ya borró las puertas que conducen a la vida, siendo otro adulto más; sobreviviendo en este mundo de piedra. Únicamente su corazón notó su presencia,  provocando un latido nostálgico, impotente; mudo.

Pero al sueño no le importó. Ahora que reconoció a su dueño, asió su entereza —como paraguas— y tras escuchar el repiqueteo de la puerta, subvino la empatía —como arquitecta— junto a la infancia —como plano—; no tuvo nada que temer.

Todo volvería a ser como debiera ser.

P.D.: La frase subrayada es de el grande Hovik Keuchkerian.

Lucas


Lucas era un hombre soñador, desde que era un neonato le gustaba soñar e imaginarse cosas, ya fuesen aventuras de Lucas versus Lucas o con sus juguetes y entes imaginarios.

Es cierto que conforme fue creciendo depuso varias de las actitudes que le hacían ser definido como un perfecto soñador, como la emancipación de sus amigos imaginarios —pero reales—, y la actitud de soñar despierto había decrecido a niveles muy preocupantes; quizá esto era así debido a su decepción al ver cómo funcionaba la ciudad a ojos de un adulto o tal vez porque ya no lo encontraba útil, la verdad, no lo sé, nunca lo supe.

Aun así, en su interior persistía ese sentimiento de soñador que lo incitaba a soñar, aunque fuese en estado de no vigilia; siendo para él estos sueños ínfimos lo que lo mantenía vivo, lo que escondía la vela de la esperanza a ojos de avariciosos y maléficos y lo que aguardaba la vuelta de su flama.

Un día se encontraba en un bar, tomando algo, cuando a una mujer salió corriendo de él, olvidándose un libro. Lucas decidió recogerlo y entregárselo.

—¡Oiga, señora, el libro! —gritaba, mas no le escuchó y acabó desapareciendo entre la niebla de gente.

Se quedó mirando al horizonte con displicencia hacia ellos —y hacia sí mismo—; no les caía bien —no se caía bien—, siempre decía que eran máquinas cuyo objetivo era consumir y trabajar —…—. Decidió apartar la vista de ellos y centrarla en el libro: la portada estaba un poco añeja y algo carcomida, solo se podía leer el título: Sueños. El mero hecho de leerla hizo que se le viniesen a la cabeza antiguos recuerdos de su infancia y su afán por soñar todo el rato.

«Buenos tiempos», pensó, mientras se reavivó ese pundonor por soñar en su más profundo interior.

Al llegar a casa comenzó a leerlo; conforme fue leyendo y, como era de suponer, el libro trataba sobre los sueños, las diferentes fases de cuando dormimos, sus posibles interpretaciones… Pero lo que más le llamó la atención fue unos sueños conocidos como “sueños hipnagógicos”: conjunto de percepciones visuales, auditivas e incluso gustativas o hápticas (referentes al tacto) que las personas que las “padecen” experimentan entre el estado de vigilia y el de sueño1. La palabra padecer aparecía entre comillas porque cualquier persona puede pasar por ello, ya sea sin querer o creando ese estado mediante unos sencillos pasos.

Por esta sencilla razón y por la reeclosión de la infancia en su interior, decidió intentarlo; puso el brazo en vertical apoyado en la cama de su piso —un octavo— con el codo y se echó a dormir. Al cabo de x tiempo se despertó somnoliento y algo aturdido, miró a su alrededor y vio cómo su habitación ya no era su habitación, era un jardín enorme. Esta vez decidió no pensar y mucho menos preguntarse la racionalidad de la situación, solo quería disfrutar.

Lucas estaba disfrutando de su sueño, corriendo como nunca y grabando aquellas vistas en su retina, hasta que su cerebro decidió volver a pensar, despertándose ipso facto en su cama. Se despertó contento y, junto a él, florecieron de nuevo esos sentimientos de soñador abandonados y tirados a la basura sin razón alguna.

Desde entonces, Lucas cambió. Aquella flama tan esperada volvió; comenzó a soñar despierto, vinieron antiguos inquilinos a su piso —uno de ellos era la felicidad— y volvió a disfrutar de la vida. No solo eso, contagió esa sensación y ganas a toda aquella niebla que antes odiaba y ahora amaba —se amaba—, floreció la esperanza en la ciudad —en sí mismo—, se podría decir, parte del mundo cambió a mejor —parte de él mejoró como persona—.

Lamento


Puñaladas en mi pecho como a la Dolorosa. No entiendo. No comprendo. Es un dolor que jamás había sentido, aunque sé que el dolor de la muerte es mucho peor. La cuna está rota. No hay nada que pueda hacer más que llorar. No puedo cuantificar el nivel de mi desesperación. Ni siquiera en el sueño encuentro descanso. Recopilo todas mis creencias y las pongo juntas a batallar contra el peligro que acecha a mi carne. Oro. Medito. Envío luz violeta al rescate, para que trasmute cualquier cosa que esté interfiriendo con la vida de mi niño. Enciendo velas. Rezo al Niño Divino y a la Virgen de la Guadalupe. Mando a mi Ángel de la Guarda.

Me siento impotente. No estaba preparada para este evento. Me dieron un batazo del que no me he podido reponer. Es la complejidad del asunto. No soy tan moderna como creí y la revelación de mis prejuicios me avergüenza.

—Mamá, mi esposa es transgénero.

—¿Qué quieres decir? ¿Ella era un niño que se cambió a niña?

—No, mamá. Ella quiere ser varón.

—Pero, hace solo tres meses que se casaron. ¿Tú lo sabías?

—Sí.

—¿Y eso en qué te convierte? ¿Eres homosexual? Creo que ya lo sabía.

—Mamá, recuerdas un día en el que acariciabas los rizos de mi pelo y de la manera más dulce que pudiste, me preguntaste, «Hijo, ¿eres maricón?». ¡Ja! Creo que esa es la experiencia más graciosa de mi vida…

—Sí, lo recuerdo… Entonces me dijiste que no.

—Es que no soy homosexual, mamá. Soy una mujer en el cuerpo de un hombre.

Secuestro de recuerdos


Bug_Sized_Spies,_US_air_force

En cierto año del siglo XXII, una nueva modalidad de espionaje empezó a popularizarse. Los delincuentes cibernéticos usaban microdrones para seguir a sus víctimas. Los microdrones enviaban vídeos, fotografías y grabaciones de audio de todo lo que tuviera que ver con el comportamiento comercial y digital de la persona bajo espionaje.

Para los delincuentes llegó a ser muy sencillo recopilar contraseñas incluso sin keyloggers, simplemente revisando los vídeos de la gente tipeando sus claves. De esa manera, muchas personas se enriquecieron ilícitamente a costa de las fortunas de actores, políticos y demás gente adinerada. La gente de clase media y baja rara vez era víctima de aquella forma de robo.

Para contrarrestar aquel molesto mal social, los ingenieros en sistemas biométricos trabajaron día y noche, realizando investigación y desarrollo patrocinado por grandes bancos y empresas que dependían sobremanera de la seguridad de las credenciales de sus usuarios. De esa manera surgió un dispositivo que se implantaba en el cráneo —mediante una pequeña cirugía realizada de forma rápida—, que era capaz de codificar los pensamientos verbales y enviarlos como datos a un servidor.

El nuevo invento revolucionó la seguridad informática. Bastaba con pensar la contraseña y automáticamente se accedía al servicio requerido por el usuario. Los robos mediante los microdrones dejaron de tener sentido y se detuvieron por completo.

Luego de unos años empezó una forma nueva de estafa. Los hackers —mediante técnicas bioinformáticas muy avanzadas— lograron acceder a los dispositivos intracraneales de procesamiento de datos de las personas. Una vez dentro de aquel sistema, eran capaces de copiar —a veces hasta robar del todo— no solo contraseñas, sino también recuerdos importantes para el usuario. Así empezaron los secuestros de recuerdos, un lucrativo negocio mediante el cual se enriquecieron muchas alimañas de aquella época.


Texto: Donovan Rocester

Imagen: Wikimedia