La tumba desconocida


El día en que su padre iba a morir
escuchó por primera vez
el reloj de la cocina.

Aproximándose
como una txalaparta
de apetencia salvaje
entre el deshielo,
el reloj golpeaba sus manecillas
contra una pared
atestada de murciélagos,
cometiendo un enorme silencio
que ahogaba los afónicos latidos
y llantos incapaces
de levantarse del suelo.

Era el reloj cobrándose una deuda
a manos de la muerte,
ofreciendo un presente eterno
como un abismo
en su tic tac atronador
en cada aguja
que se arrancaba
para hacerse obedecer al fin,
demostrando de una vez
ser el único
con algo que decir.

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El tiempo del aire


Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Elena, sentada junto a la mesa del gran comedor, observa el reloj colgado sobre la butaca donde, hace muchos años ya, demasiados, había pasado horas meciéndose. Aquel era su rincón favorito de la casa de los abuelos.

Le parece imposible que ya no estén, que aquellas paredes ennegrecidas por las horas en las que el abuelo fumaba en su pipa de coronilla (regalo de su hija, la argentina, la tía Bere), ahora regenten un espacio tan lleno de recuerdos y tan vacío a la vez. Vacío. Últimamente esa palabra se ha convertido en el perro fiel que la acompaña a donde quiera que vaya, de donde sea que vuelva.

Horas antes Elena y su marido, Guillermo, habían discutido, igual que hacía dos días atrás, como la semana pasada, y la otra…

En esta ocasión, él insistía en que la casa debía ponerse a la venta. Aquel legado era una reliquia inútil si no se invertía en algo que diera dinero, y que considerara, incluso, los terrenos de alrededor, pues poseían un gran valor.

—Ese patrimonio es dinero, Elena, ¡pero debe moverse! Una herencia no vale nada si no sacas un beneficio, es lo que tus abuelos hubieran querido para ti y…

No lo dejó continuar.

—¡Cállate! A mis abuelos ni los nombres. Ni siquiera los conociste. ¿Qué sabrás tú de lo que querían para mí o ni siquiera de lo que yo necesito? Voy a ver la casa porque lleva demasiado tiempo cerrada. No he podido pisarla en muchos años. Te hablo de dolor, de algo que tú no entiendes… Que ni te interesa.

—Elena, yo…

—¿Me vas a acompañar entonces? Como te expliqué, voy a recoger unos papeles que le urgen a mi tía. Así que es todo lo que quiero saber: sí o no.

—Iremos temprano. Recuerda que a las 8 es la cena con el director corporativo y su esposa. No puedo…

—Me lo has dicho diez veces. No te preocupes, llegaremos a la hora, como siempre. Queda de paso.

En la casa, el silencio queda interrumpido por el martilleo incesante del tictac. Elena desea dormirlo, le duele demasiado ese tiempo que se detuvo el día del accidente,  aquella vida que ya no regresará, el mundo que habitaba entre el jardín, el colorido festín de la cocina, los cuentos del abuelo en la mecedora y los abrazos de Nana, su amada abuela.

Así se siente ahora, suspendida entre el ayer y un presente asfixiante, donde el aire está viciado, no hay ventanas ni paisaje. Incluso aquella casa, cerrada desde hacía varios años, parecía tener más vida que la suya.

Remueve con desgana la cuchara en el café que compró minutos antes. Observa la mesa y un pequeño manantial se desliza por sus mejillas. Recuerda las navidades alrededor de de ella: el ajetreo entre el comedor y la cocina; los manteles extendiéndose en el aire; las risas; los pasos apresurados de la servidumbre en el primer piso; el claxon de un coche; los gritos de alegría; las flores que cortaba la abuela en el jardín, con aquellas tijeras gigantes; el árbol presidiendo la entrada principal rodeado de niños (los primos de Argentina) que andaban curioseando entre los paquetes. Y Elena… Ella siempre de la mano de su abuelo, que ese día siempre se vestía de gala y se contemplaba largos minutos frente al antiguo y gran espejo de su habitación. Luchaba por acomodarse bien el nudo de la corbata, pero eso sí, siempre mostraba su mejor sonrisa.

¿Cómo me veo, cariño? ¿Crees que luzco bien?

Abuelo, pareces un rey decía Elena orgullosa.

El abuelo le acariciaba el mentón:

Y tú, tú eres mi princesa.

Abuelo, cuéntame del día que conociste a Nana.

Ah, sí… Cómo te gusta esa historia, ¿verdad? ¡Vestía tan elegante o más que hoy! –decía emocionado mientras se sentaba sobre la cama y llevaba a Elena a su falda.

No era la historia en sí, es que al abuelo se le iluminaba la cara cuando recordaba uno de los días más felices de su vida.

Porque el día más feliz fue cuando naciste tú, corazón.

¿Y cuál fue el día más feliz de Elena? Tuvo muchos durante su infancia y juventud, a pesar de que su madre murió al nacer y su padre desapareció de la faz de la tierra ese mismo día… Quién sabe, quizá todavía busca dónde comprar cigarrillos.

Pero ahora, a sus treinta y tantos le era imposible recordar uno solo. ¿El paso del tiempo los había enterrado o simplemente no existieron?

Elena sorbe el último trago de café. Se levanta, y muy despacio se dirige a la biblioteca. Teme abrir la puerta del lugar “más mágico y divertido del mundo”, pensaba siendo una niña. En esa estancia, donde el abuelo le había contado grandes e increíbles historias, ella había logrado imaginar muchos mundos. Cada libro era una nueva posibilidad, un sueño, algo que alcanzar, alguien que podía llegar a ser… Sonríe, acaba de recordar que allí hasta había jugado al escondite. En una ocasión, además, persiguió a una ardilla que se había colado por la ventana. El animalito puso de cabeza a todos los habitantes de la casa, y se armó un auténtico circo, porque la ardilla no apareció hasta muchos días después y había construido un nido entre Ana Karenina y Guerra y paz.

Elena, con la mano apoyada en el pomo, suspira… Por fin abre la puerta. El escritorio de roble del abuelo permanece intacto, tal y como lo dejó el día en que él y Nana murieron en la carretera.

No sufrieron. La policía dijo que el impacto del coche que los embistió al saltarse un stop les provocó una muerte inmediata. Sin embargo, Elena sabe que no fue así, a la abuela la encontraron abrazada a él, con su blanca cabecita apoyada sobre su pecho. Seguramente en un intento desesperado por revivirlo. Elena tenía 16 años y, como es lógico, la familia quiso evitarle todavía más dolor, pero al final lo supo, tal como se acaban descubriendo los secretos peor guardados, como en las películas, apareció en la escena en el momento más inoportuno y escuchó la conversación más incómoda y dolorosa que una niña, que tuvo que aprender a ser mujer demasiado rápido, pudiera digerir.

—Elena, es tarde. Tenemos que irnos —dice Guillermo desde la puerta.

Ella pasa su dedo índice sobre el polvo del escritorio, absorta, con la mirada fija en las formas desordenadas que dibuja sobre la superficie.

—Elena, por favor… Amor, es tarde. Nos esperan.

—Desde luego que sí, ya es tarde —dice Elena levantando tristemente la mirada.

Guillermo frunce el ceño. Ansioso, enciende un cigarrillo y da tres rápidas bocanadas.

—No me gusta que fumes aquí —le espeta Elena mientras saca unos documentos del primer cajón.

Guillermo se acerca y extiende su mano.

—Ven, vámonos ya.

Se toman de la mano con apatía y salen de la casa. Elena cierra sin llave. Bajan lentamente la escalinata que da al jardín y, de repente, ella se para en seco. Dedica una última mirada a aquella casa que había sido su hogar durante 20 años, el lugar que la vio nacer, que le enseñó lo mejor y lo peor del amor. El lugar donde creció y aprendió a ser ella misma, a ser valiente. Entonces se suelta de la mano de su marido.

—Elena, por favor, llegaremos tarde a esa cena. Sabes lo importante que es para mí.

—Quiero el divorcio —dice sonriendo, sin dejar de observar la casa.

—¿Cómo? Por Dios, Elena. No hagas esto. No aquí, no ahora…

—He dicho que quiero el divorcio. —Lo mira fijamente, impasible—. No pienso ir a esa cena ni a ninguna otra contigo. Lo siento.

Guillermo se pone las manos a la cabeza, mira a su alrededor, como buscando un aliado, un cómplice… o una salvación. Pero esta vez decide no luchar, se rinde. Temía ese desenlace más tarde o más temprano, aunque quizá no hoy. Siempre consigue, según él, desviar el tema, fingir que todo va bien, convencerla de lo contrario.

Guillermo se muerde los labios, le da la espalda y con los ojos anegados se dirige al coche. Después se oye el portazo que precede a la furia, al grito, a la rabia. Y finalmente, el ruido de un motor que va desapareciendo con la misma lejanía del camino que ya se deja atrás.

Elena se sienta en las escaleras. Se quita los zapatos, se suelta el cabello, se quita el anillo de «cansada» y se sacude el vestido con la misma intensidad con la que acaba de sacudirse esa vida que no le pertenecía, que no era vida.

Se siente más ligera. Está cómoda, está en casa. Respira la suave brisa, el aire es limpio. El tiempo no espera…

Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Todavía no


Se cansa de vivir. Apaga el reloj despertador que en los últimos diez años ha sido su única compañía. Se acuesta en la cama. Cabecea. Divaga. Duerme. Llega la muerte. Lo contempla. Acaricia su cuerpo. Reconecta la alarma y desaparece.

Como una fotografía


reloj_2

                                                 

                                                  Como una fotografía vieja

                                                  en la que aparece un forzudo

                                                  con bigote y traje de tirantes

                                                  a rayas.

                                                  Así, como en una fotografía vieja

                                                  nos tiene cogidos sobre sus hombros

                                                  ( a mis 3 hermanos y a mí )

                                                  como si fuéramos una pesa

                                                  de aquellas de 2 toneladas.

                                                  Sonriente. Sin esfuerzo

                                                  muestra su fuerza y su familia

                                                  en una playa de Peñíscola

                                                  con el castillo al fondo.

                                                  Lo tengo en una fotografía. Sí.

                                                  Es el mismo

                                                  que ahora se acerca por la calle

                                                  encogido y frágil, como de lado,

                                                  apoyado sobre su bastón

                                                  lentamente.

                                                  Sí. Es el mismo.

                                                  Lo tengo en una fotografía.

                                                  Era una mañana soleada.

Alimento virtual


como alimento virtual

elijo quedarme a calentar tus pies

observo las fotografías de tu andar y me detengo

soy el mismo que piensa en los verdes relojes

y le sobra el tiempo para no pensar

como si de las palabras dependiera

y me dices que sí

que te encantaría leerme de cerca sin mirarte en el anverso

espero tu respuesta

no te pido tiempo ni celestes besos de metal

tan solo un café y una charla de bolsillo

las manos libres y es que no entiendo a las persianas

como alimento virtual

elijo quedarme a calentar tus pies