Don Julio, el dueño del cafetín


Julio Vicente Manrique Trujillo nació en Ipagüima, una pequeña isla escondida en el Caribe. Su madre murió de parto, quedando bajo el cuidado de su tía, Sara, quien se había quedado solterona. El padre de Julio, Don Vicente, quedó sumido en la más profunda tristeza y no veía la hora de reencontrarse con su hermosa María. Todos en la isla estaban preocupados por Vicente. Pasaba horas en la pequeña barra frente al mar cuando estaba borracho, caminaba en la oscuridad hasta caer rendido. Muchas veces lo encontraban tirado a la orilla del camino, adormilado y sin deseos de vivir.

—Vicente, ahora tienes que pensar en tu hijo —le reclamaba su cuñada—, no es momento para que te hundas. Mira lo bonito que está.

El hombre no quería ni mirar a la criatura, lo veía como a su enemigo, pues le había costado la vida de la mujer que más amaba.

—Déjame ahora, Sara —respondía—. ¿No crees que tengo derecho a guardar luto por tu hermana?

 —Por supuesto que tienes derecho, pero no lo tienes de abandonar a tu hijo.

Las conversaciones entre ellos siempre terminaban con las protestas de Sara y el silencio de Vicente. Luego se iba de nuevo a la barra a ahogar sus penas.

Un día pensó que era mejor terminar su suplicio, no sentir nada más, irse con su María. Caminó adentrándose al mar, sintiendo la suave arena debajo de sus pies y la tibieza de las aguas. Un viento recio le azotó la cara; en la oscuridad, un relámpago lo alcanzó y lo dejó inconsciente.

Despertó en los brazos de una muchacha a la que nunca había visto en Ipagüima. Era una mujer frágil, de cabellos muy negros que flotaban con la brisa, y ojos del color del fondo del océano. Vestía un caftán blanco, adornado con hilos plateados, como las estrellas y un collar de caracolas.

—¿Por qué te haces daño? —preguntó con una voz dulcísima.

Vicente no pudo hablar. Un llanto lastimoso le salía del alma, su espíritu se derramaba en presencia de aquella joven desconocida. Ella lo arrulló por un rato, hasta que el lloro amainó. La miró, como se mira a las vírgenes, con respeto, con devoción.

—No puedo vivir sin ella —dijo.

—Claro que puedes… María no se ha ido, ella vive en tu hijo —le respondió.

 —Ese niño la mató.

 —No, ella dio su vida por él. Quiso hacerte un regalo muy costoso, que no has aprendido a apreciar.

El hombre bajó su mirada. Las lágrimas saltaban de sus ojos sin contenerse. «Julio es un regalo», se repetía una y otra vez. De pronto se sintió muy solo. Levantó la cabeza y ya la muchacha no estaba. «Creo que he visto a un ángel», pensó mientras se levantaba trabajosamente. Respiró hondo y un largo suspiro le salió del pecho. Sin darse cuenta, sus pasos lo dirigieron a la casa de Sara.

—Sara —llamó cuando entró en la vivienda —. ¡Sara!

Nadie contestó. La vecina salió al escucharlo llamar y le dijo que Sara había salido para el hospital, pues el niño tenía una fiebre muy alta. Vicente casi enloqueció. No era posible que también perdiera a su hijo. Lo había rechazado tanto que quizá tendría que pagar un precio muy alto por su agravio. Corrió tanto que no se dio cuenta de que lastimaba sus pies desnudos, llegando a su destino ensangrentados.

—¿Dónde está Julio? —preguntó a la cuñada tan pronto la vio en el hospital.

—Están haciéndole unas pruebas… Pero ¿qué haces aquí?

—La vecina me dijo que el niño está enfermo.

—Sí, así es.  Sin razón comenzó a arder en fiebre, como a las diez de la noche.

Vicente se dio cuenta de que a esa hora intentaba quitarse la vida, fue el momento en que el relámpago lo alcanzó. Se arrodilló al frente de su cuñada y lloró angustiado, arrepentido.

La enfermera salió para avisar que podían pasar a ver al niño. No sabían si resistiría la fiebre por más tiempo. Vicente se acercó sigiloso, mientras Sara se mantenía al margen, observando a este hombre diferente. Había rezado tanto para que este padre amara a su hijo. Él miró al interior de la cuna, asustado. Después miró a Sara y a la enfermera, una de ellas le diría que hacer.

—Tómalo en los brazos, Vicente —dijo la cuñada.

Nervioso, se dobló y agarró al niño con el temor de que se le fuera a escurrir entre los dedos. Las lágrimas caían en la hermosa cabecita de su hijo, quien comenzó a mover su pequeño cuerpecito. Vicente sintió que la temperatura bajaba y que una pequeña manita le acariciaba la cara. La enfermera se acercó y tocó a la criatura.

—Creo que ya no tiene fiebre —dijo—. Esto es un milagro, hace unos minutos este niño ardía.

—El verdadero amor todo lo vence —añadió Sara poniendo su mano en el hombro de Vicente.

Julio Vicente salió del hospital en los brazos de su padre, quien no podía comprender como alguien tan pequeño podía darle tanta esperanza. El dolor por la pérdida de María lo fue abandonando, quedando solo el recuerdo de los buenos momentos vividos junto a la mujer que había dado su vida para darle el regalo más grande, su hijo.

Cuando Vicente estuvo libre de la carga de sus recuerdos dolorosos, empezó a ver la belleza de Sara. Era diferente a la de María, que llenaba los ojos y no lo dejaba pensar. La belleza de Sara era sencilla, natural, interna. Poco a poco se dio cuenta de que la necesitaba, que cuando no estaba cerca la extrañaba. La miraba jugar con Julio y ya no veía a María, miraba a la mujer que lo había salvado del abismo.

Sara siempre lo había amado, por eso, cuando quiso casarse con María, enterró sus sentimientos por respeto a su hermana y a él. Nunca sintió envidia de su hermana y, el día que murió, juró hacerse cargo de Julio sin ninguna otra intención. Pensó que Vicente era joven y que, cuando volviera a casarse, ella seguiría ocupándose del niño en honor a su hermana. Nunca pensó que el viudo se fijaría en ella, pues se sentía tan ordinaria al lado de su hermana.

Julio miraba a Sara como su madre, a pesar de que mantenía la memoria de María mostrándole fotografías y hablándole de ella. Para Julio, su verdadera mamá, la que estaba en el cielo, era como un ángel, algo etéreo que no podía abrazar, que no lo consolaba cuando estaba triste, que no curaba sus heridas cuando se caía. Sara era todo para él y ella se contentaba con ese hijo que la vida le había regalado.

Una tarde Vicente llegó a la casa con unas flores que había recogido por el camino y las puso en las manos de Sara. Confundida, buscó un envase y las colocó con agua. Un rayito de ilusión la tocó cuando Vicente la tomó por la cintura y la besó despacio.

—Cásate conmigo —propuso.

—¿Estás seguro?

—¿De que te amo?

—Sí.

—Te amo.

—¿Y María?

—Es un recuerdo hermoso que me llevó hasta a ti y me regaló a Julio.

No fue necesaria la respuesta. Sara rodeó el cuello de Vicente con sus brazos y lo besó con todo el amor que por años había contenido.

La relación fue bienvenida por todos los habitantes de Ipagüima, especialmente por Julio. Pronto se casaron y Vicente montó la cafetería del pueblo en la que todos se reunían y comentaban los asuntos importantes, como el primer embarazo de Sara. Al fallecer el padre, el negocio quedó en manos del hijo, quien sería conocido más tarde como Don Julio, el dueño del cafetín.

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Lava


Una pizca de furia

en el ojo de la calma

que domina nuestro huracán.

 

La bestia despierta,

conoce la clave

de la erupción fraudulenta.

En el extremo contrario al fuego

la verdad atraviesa el calor,

transforma la materia en vapor.

 

Todo mineral

animal

vegetal;

toda materia

carne

pelaje

follaje

serán pulverizados en una misma ceniza.

 

Fogata móvil

que toda intensidad absorbe,

brinda la nueva salida

a este capítulo fallido

de la civilización terrestre.

 

Gira,

gira,

¡gira!

La fortuna hecha rueda

moviliza el destino;

cada elemento de la naturaleza

es un movimiento de resurrección;

volviendo al estado cero

estamos llegando con la era del trueno.

 

Piedra

cobre

oro

hierro.

Y cuando acaben los minerales

pasaremos al plano de la luz.

 

Quizás

nos quedaremos en la flama,

aquella que alumbró una caverna

y jamás cesó su fuego en la psiquis del hombre.

El mismo que hoy día habita la tierra de los elementos,

burlándose de los espíritus,

siendo frívolo

contra todo lo que ha dejado de percibir por naturaleza.

 

¡Arde, lava!

Que el hombre se congela.

El padrastro


fresh-roses-on-sand

Siempre me dijeron que era la princesa de papá y yo me lo creí. Viví engañada en un castillo de arena, a expensas que me ahogara cuando subiera la marea. Mi padre nos abandonó. Se enamoró. Quise decir, otra vez. Soy sincera. Algunas veces, vomito decenas de caracolas sazonadas por la espuma de este abismo. Ellas, se detienen en los huecos de mi castillo inundado de lágrimas. Un lindo cangrejo nos ayuda a reconstruir sobre las ruinas saladas. ¿Será mi mejor amigo? No creo que lo ame tanto como a mi papá. Pero él desenterró las rosas que yacían perdidas entre mis recuerdos.

annieTe invito a entrar a este fabuloso blog australiano de la artista Anne (Anica) Amphlett  http://blog.anicaartphotography.com/ La imagen tiene todos los derechos reservados por el autor. El uso de esta imagen ha sido autorizado por el artista.

All images appearing in anicaartphotography are the exclusive property of Anne Amphlet. Copyright © Anica Art All Rights Reserved.

 

Cuento corto: Renacer


Para los amigos de Salto al reverso desde mi blog personal…

edwincolonpagan

suegra4El folclore y mis raíces culturales siempre me han fascinado desde pequeña y ya tengo 88 años. Y hace casi diez años que me inicié en el arte del Decoupage. Más que un pasatiempo es una terapia, me ha ayudado con la artritis de las manos y también la del espíritu. Aprender un arte después de viejita es como volver a la escuela primaria. Con mi esposo encamado y con Alzheimer, esto llena mi mente de color, formas y perspectiva. Cada vez que inicio una pieza del decoupage, me transforma en una mujer joven con una agilidad que solo con la imaginación se puede explicar.

Me divierto cortando las figuras y luego pegándolas para crear este espacio tridimensional que le da vida al paisaje y a las figuras humanas. Los encajes, telas, granitos de arroz coloreados con acrílico y las lentejuelas que uso para adornar, me enloquecen. En…

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Nanocuento: LA MADRE NATURALEZA


Madre_NaturalezaEl fuego se propagaba con hambre por el bosque y aunque había sequía, ella enchufó las mangueras de los bomberos al arcoíris mágicamente, extinguiendo las llamas con transparentes acuarelas líquidas… entonces, la esperanza renació.

http://www.imageneshermosas.com/imagenes-hermosas/hada-naturaleza_w144.html