La vi llegar pequeña como si aún estuviera lejos. Despacio. Eran las seis de la tarde y hacía ese frío que huele a invierno. Venía agarrada del brazo de otra mujer algo más joven; pensé que no me reconocería porque el azúcar y los años la habían dejado casi ciega; me dijeron que estaba perdiendo la memoria.
– ¿Qué tal Ramona? dije mientras le besaba -¿Sabes quién soy?
– Claro, el hijo pequeño de María- sonrió mostrando sus pocos dientes.
– Qué alegría verte. Qué guapa estás.- No mentía.
– Oye, has crecido mucho.
– No, Ramona, lo que pasa es que uno con la edad se encoge. Y Usted ya está un poco…
Esta vez se rió como una niña. Continuamos la charla durante unos minutos y nos despedimos. Ella se fue lenta a casa. Yo rápido, como siempre, a…No sé. No recuerdo. Empezó a levantarse viento entre nosotros y las hojas cayeron en espirales amarillas. Luego, vino la noche. Pero lo que sí recuerdo y nunca le dije y ahora escribo para intentar reparar ( mientras aparecen estos versos de Wordsworth en mi mente)
Aunque ya nada pueda devolver la hora
del esplendor en la hierba
de la gloria en las flores.
No hay que afligirse
porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.
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