Esa soledad


El trabajo nocturno era una buena pantalla para su particular modus vivendi. Tenía la coartada perfecta, si es que en alguna ocasión le llegasen a cuestionar: «De noche trabajo, de día, duermo». Sobre todo, después del sinsabor que ocasionó la vecina entrometida del edificio de apartamentos; la había denunciado a la policía argumentando que ejercía la prostitución en un lugar que debía ser considerado decente y familiar. «Maldita mujer», por su inoportuna intervención debió dejar el cómodo y reservado departamento. Tuvo que huir. Una tarde, después de estar sentada a la orilla del lago artificial, alimentando a los patos, a su regreso al refugio, se percató de la presencia policial. Precavida como toda cazadora, no abusó de su suerte y al ver las patrullas estacionadas frente al edificio, discreta se acercó y preguntó a uno de los policías que montaba guardia en la entrada.

—Señor oficial, ¿qué ha ocurrido? —dijo con ingenuidad. El agente, con actitud prototípica, la miró de arriba abajo, cambiando su porte mal encarado, por una caricaturesca gesticulación de hombre guapo y rudo.

—Circule, señorita, estamos atendiendo una denuncia anónima de trata de personas y prostitución —contestó el policía observando sin recato el cuerpo curvilíneo de Vera.

—¡Dios santo! Pero ¿quién puede ser capaz de tal atrocidad? ¿Sabe usted quién es? —preguntó Vera con naturalidad convincente.

—Es en el cuarto piso, pero ya tenemos la situación bajo control —respondió el agente con aires de suficiencia.

Ella sonrió con la más encantadora sonrisa que exhibía su perfecta dentadura. Se dio vuelta y se dirigió hacia la estación del tren subterráneo. El guardián del orden miró hasta donde pudo el contoneo hipnótico de las caderas de Vera y retomó su consigna de resguardar el acceso.

Vera se sostenía del tubular en el vagón vacío. Miraba su reflejo en el cristal de la puerta corrediza. Coloridos cometas atravesaban la oscuridad del túnel. Se alejaban y servían para otros como luces de posición. Sombras y luces. Tan monótono como su trabajo en la planta: mirar la banda infinita de la cadena de producción, atenta y abstraída. Estaba prohibido hablar mientras realizaban su trabajo de control de calidad a guantes quirúrgicos. Las áreas esterilizadas les impedían moverse constantemente, solo para lo necesario, lo muy necesario. Dado que era un trabajo nocturno, era bien remunerado, así, detrás del aséptico disfraz se mantenía en un perfil bajo.

Se leía en un amarillento letrero pegado a un lado de un mohoso reloj: «No nos hacemos responsables por objetos de valor no depositados en la recepción». El tipo del mostrador por fin le entregó la llave de la habitación, después de que se había rehusado a aceptar el pago con tarjeta de crédito. Vera tuvo que caminar unas calles más para encontrar un cajero automático y disponer de efectivo para pagar el alquiler de la habitación. Fue lo primero que encontró en su deambular. Necesitaba pensar, planear su estrategia, moverse a otra ciudad, desaparecer de nuevo. Desde que tenía uso de razón, su vida era a salto de mata, tan nómada, tan carente de raíces, tan solitaria.

—No olvide devolver el control remoto —dijo el encargado de turno.

Vera giró de súbito para encarar con mirada dura al encargado que le miraba con descarada desfachatez el trasero. El tipo intentó disimular, pero los ojos casi animales de la mujer lograron intimidarlo.

Tumbada en la cama de la habitación, efectuaba ejercicios de respiración para relajar su cuerpo y clarificar su mente. Tenía mucho en qué pensar. Su primera duda era la policía. En ese país era muy rara la manera en que se aplicaban las leyes. Se arriesgaría a ir a la planta a trabajar. Lo que más le preocupaba era el día en que esa hambre se hiciera manifiesta; el día en que tuviera que cumplir el obligado ritual. Faltaban un par de semanas, pero debía actuar rápido. Desechó por completo la idea de mudarse a otra ciudad. No por el momento. Revolvía una y otra vez sus pensamientos, como se hace cuando el azúcar no acaba de disolverse en el té. Era cierto que ella no había pedido ser lo que era, de eso estaba convencida. Sabía que tampoco podría resistir más esa ausencia involuntaria de compañía. «¿Podría vivir en pareja con un ser humano? Imposible», pensó. Solo copulaba antes de saciar su apetito; en otras circunstancias no sentía ninguna necesidad sexual ni siquiera de procrear. Su condición de máximo depredador la condenaba de modo inexorable a esa soledad.

Dormitó por ratos. No confiaba en el administrador del hotel. Cuando atardeció, salió al aire frío de la avenida. El anuncio oportuno y un café para llevar acompañaron sus pasos hasta el lago artificial. Un nuevo lugar para vivir era el objetivo. Encontró un anuncio que ofrecía una casa sola. Iría en la mañana después del trabajo.

***

Raúl le miraba siempre sin decir una palabra, sus ojos expectantes esperaban a que ella le dijera algo. Vera pasaba teledirigida frente a él. Todo el personal del turno nocturno de la planta la catalogaba de rara y demasiado callada, cosa que, en vez de molestarle, le complacía. A la hora de la cena, Raúl intentó acercarse un poco más a Vera. Desde un extremo de la mesa del comedor de empleados la seguía con la mirada esperando a que pasara cerca y ofrecerle un lugar para sentarse junto a él. Vera accedió más por curiosidad que por algún tipo de atracción: el chico no era de su gusto. Era más bajo que ella, de complexión delgada, introvertido y callado. No se molestó en intentar algún tema de conversación, él bebía café sin ni siquiera haberle dado un mordisco a su emparedado. Vera por su parte, había dado cuenta de toda su cena y con toda la intención volteó a mirar la comida de su compañero.

—Adelante, puedes comerlo —dijo Raúl, al tiempo que empujaba el emparedado hacia Vera.

—Muchas gracias —contestó ella indiferente. Lo engulló rápido y sin más se levantó para volver a su puesto en la línea de producción.

***

La casa era una de esas construidas en las afueras de la ciudad: vieja, de paredes sólidas y altas, aislada en el centro del terreno, con mobiliario que aparentaba ser del siglo XIX. El casero era un hombre jubilado de andar irregular, malhumorado, seco y parco de palabras. La única emoción que mostró fue cuando Vera iba poniendo sobre su mano, uno a uno los billetes que cubrían la renta de los siguientes seis meses. Extendió el recibo hecho a mano con caligrafía temblorosa y prometió entregarle una copia del contrato de arrendamiento.

Vera pasó el primer día intentando acostumbrarse a los ruidos de la casa. No fue a la cama sin antes revisar puertas y ventanas. Había demasiadas entradas y salidas, pensó. La cama tenía olor a viejo, en toda la casa se respiraba antigüedad.

A unos cuantos días de haberse instalado en su nueva residencia, unos fuertes golpes en la puerta principal interrumpieron su día de descanso. De un salto se puso de pie y casi corrió a la entrada sin darse cuenta que solo traía una playera de algodón y calcetines. Miró entre la persiana y alcanzó a ver el azul de una prenda. Abrió con duda, no esperaba ninguna visita. El hombre era muy alto, corpulento, de facciones angulosas, llevaba el cabello muy corto, erizado, camisola y botas de trabajo. Portaba una caja naranja con herramientas. Vera recordó una escena similar de una película softporn de un canal de cable. El tipo se presentó como trabajador de la empresa contratista que hacía labores para el casero. Informó que haría varias reparaciones a la vivienda, que evitaría dar molestias y que llegaría muy temprano por la mañana y se marcharía antes de oscurecer.

Durante todo el tiempo que duraron los trabajos de reparación, Vera no podía dejar de mirar con genuino interés al trabajador; le espiaba cautelosa. Adivinaba los enormes músculos debajo de la camisola de mezclilla y estaba cautivada por el tono grave de su voz. Se sentía inquieta cuando el trabajador la miraba a los ojos, pero más que inquietud, era una sensación extraña que le obligaba a ponerse alerta y al mismo tiempo de buen humor. Notó que inventaba pretextos para entablar conversación con el hombre.

—¿Está todo bien? ¿Se le ofrece algo? Tengo que salir un momento —dijo Vera con tono más que solícito.

—Muchas gracias —contestó el hombre— estoy bien, señorita.

Vera no pudo más que soltar una auténtica carcajada después de escuchar al reparador.

—¿Qué? ¿Dije algo mal? —dijo soltando la herramienta mecánica que estaba utilizando y mirando a Vera genuinamente consternado.

—Vera, —dijo mostrando su envidiable sonrisa— mi nombre es Vera. Disculpa, me causó mucha gracia lo de «señorita»; ya casi nadie utiliza esa palabra.

—Ah…, ante todo la cortesía y el respeto. Mucho gusto, Vera. Mi nombre es Axel —dijo mientras se despojaba del guante de trabajo y estiraba la mano para estrechar la de Vera—. Es parte del trabajo, ¿sabes? Debemos ser amables con los clientes.

—Lo siento, soy una desconsiderada. Lo lamento de verdad. Tengo que irme.

—Que te vaya muy bien… —dijo Axel y agregó—: Me iré en unos cuántos minutos, ¿por qué no me esperas? Te puedo llevar en la camioneta.

—¿De verdad? —preguntó Vera por mero formulismo. Le encantaba la idea de que la llevara. Podría platicar más con él.

—Déjame recoger la herramienta y nos pondremos en camino —dijo Axel apresurándose con la caja naranja—. Quizá podemos ir a comer algo, ¿quieres?

A Vera le brillaron los ojos. No solo por la invitación a comer, sino porque era una excelente oportunidad de romper el hielo. Empezaba a experimentar sensaciones extrañas; a advertir reacciones físicas que no había sentido antes. Axel le gustaba, sin embargo, la atracción iba más allá de la mera satisfacción de su primitiva necesidad. Era algo más que todavía no podía entender.

Durante la cena, Vera estuvo atenta a todos los movimientos de Axel. Resultó ser un hombre encantador y muy divertido. Al recapitular sobre eso, Vera se preguntaba por qué le eran más notorias estas cualidades. Estaba más acostumbrada a fijarse en el aspecto físico y a evaluar a conveniencia si el prospecto era idóneo para sus fines alimenticios. Aunque Axel le satisfacía en ambos aspectos, había una chispa que le acaparaba la atención y le hacía vacilar.

* * *

—¿Quieres mi cena? —dijo Raúl, interrumpiendo los pensamientos de Vera. Ella lo miró sin poner atención a la pregunta. Raúl dirigió su mirada al recipiente con comida que estaba en la mesa. Lo acercó un poco a Vera.

—¿Cómo sabes cuando estás enamorado, Raúl? —dijo Vera, ignorando la invitación.

Raúl la miró a los ojos con la intención de enterarse si se trataba de una broma o era una duda auténtica. La fuerte mirada de Vera le dio la respuesta.

—Pues…, bueno, es parecido a vivir en un mundo a todo color. Todo te parece distinto y las cosas que hasta antes veías mal, las notas diferentes, mejoradas. No sé…, alguna vez me pasó, hace mucho.

—¿Sientes algo dentro de ti? —Verá se llevó la mano al pecho—. ¿Algo que te vibra dentro?

—Sí… puede ser —contestó Raúl— ¿Estás enamorada, Vera?

—Aún no lo sé —puntualizó

* * *

Sentía el peso de Axel sobre su cuerpo. Él transpiraba y Vera se dejaba seducir por el olor corporal. Por primera vez se dejó dominar por el macho; el solo hecho de sentirse subyugada elevaba su excitación a tal grado que nunca antes había percibido. Axel embestía con rudeza y a la vez la besaba con ternura. Vera acariciaba los músculos hinchados por el flujo de sangre; lamía, mordía, besaba y cada vez que miraba los ojos de aquel hombre, encontraba una chispa de luz que le hacía perder la estabilidad y le obligaba a pedir más, hasta explotar. Luego, ambos jadeantes, respirando ya no del aire, sino de sus alientos, alcanzaban juntos el punto más intenso del orgasmo. Vera, embelesada y fascinada por el desempeño físico de Axel, trataba en vano de prolongar el placer más allá de sus cavilaciones; la claridad le llegó del mismo modo que a un músico drogado cuando reacciona ante un poderoso compás que lo devuelve de su viaje: podría ser amor; una relación tan cotidiana igual a la de la Luna con la Tierra o tan distante como Caronte y Plutón. Estaba a pocos días de su ritual cíclico y por alguna razón que desconocía, no quería que Axel fuese la víctima.

* * *

Se encontraba en el comedor de la fábrica mordisqueando una papa frita. Más ausente que de costumbre. Encerrada en el dilema de lo que debería hacer con Axel. Había entendido hacía mucho tiempo el concepto que la sexualidad representaba para los humanos; lo había comprendido al grado de hacerlo su arma principal para la efectividad de su cacería. Conocía que era uno de los puntos más débiles que podía tener un hombre. Sin embargo, con lo que estaba experimentando, sencillamente no tenía respuesta.

—Hola, Vera —dijo Raúl al momento de acomodarse a la mesa—. ¿Ya has terminado de cenar?

—Hola. Casi, estoy por acabar —contestó Vera regresando al aquí y al ahora.

—Ten —dijo Raúl acercándole un emparedado. Vera lo aceptó. Se encontraba en el punto más álgido de esa hambre. Al día siguiente debería cumplir con el ritual.

—Gracias, Raúl —dijo—, siempre tan amable. ¿Por qué eres tan atento?

—La gente no es muy amable contigo, lo he visto —dijo comenzando a emocionarse—. Dicen muchas cosas de ti, sobre todo, que eres rara.

—Rara… Sí, creo que lo soy. No están muy equivocados.

—Eres linda —dijo con marcada timidez—. Yo solo… Me caes muy bien y me gusta verte cuando comes. Es increíble tu apetito.

—No sabes cuánto —dijo Vera. Sonreía usando todo su encanto—. Raúl, si te invito a mi casa mañana, ¿irías?

—¿Yo? —dudó por un momento sobre lo que estaba escuchando. No podía sostener la sonrisa esperando que todo fuese una broma—. Vera, ¿lo dices en serio?

—Sí. Me encantaría comer contigo —dijo Vera, sonriendo aún más por la involuntaria ironía en sus palabras.

***

Sabía de antemano que su compañero de trabajo no era del tipo que acostumbraba a seleccionar para su ritual. Mas está vez, debido al precipitado paso de los días, haría una excepción. Lo miraba con tal avidez que Raúl se movía inquieto en su asiento. Estaban sentados en una rústica mesita. Había una vela aromática en el centro, dos cubiertos y una botella de vino ya descorchada. Raúl se sentía el hombre más afortunado del mundo y en su inocencia, agradecía su estrategia de convidar a Vera de sus alimentos en el comedor de la fábrica. Al percatarse de la timidez de Raúl, Vera dejó de guardar las apariencias y saltándose todo modal sobre la mesa, subió en ella para alcanzar a su presa. Pudo olfatear la loción corriente con la que literalmente se había bañado Raúl. Se acercó provocativa, rozando con sus labios la mejilla de Raúl; él a su vez no sabía qué hacer, sus manos torpes no se decidían entre tocarle los senos, abrazarla o hacer algo para corresponder a la hembra en celo. Ella empezó a besarlo de la manera más lasciva y excitante, su cuerpo se estremecía. Raúl sentía que el aire le faltaba, pero no quería dejar de sentir. Cayeron al suelo. Vera se despojaba de su blusa y él hacía lo mismo con sus ropas. Seguía pensando sobre el golpe de suerte que había tenido con semejante mujer. Vera con celeridad, ayudó a Raúl para que la penetrara. Ella se movía con sensual cadencia en un principio, sabía que, en unos minutos, Raúl enloquecería de placer. Siguió con el vaivén y a usar sus desarrollados músculos pélvicos, algo que de inmediato advirtió Raúl y lo externó con un prolongado gemido. Duró mucho menos de lo que Vera había calculado. En cosa de unos minutos, Raúl estaba inconsciente.

Raúl solo regresó de su inconciencia una sola vez y se volvió a desmayar cuando miró a Vera con la mandíbula desencajada, dispuesta a tomar el primer bocado. Con mucha rapidez, Vera lo devoró hasta el último hueso. En un santiamén no quedó nada del ingenuo compañero de trabajo. Ansiaba ver a Axel, pero después del ritual, tenía que esperar un par de días a que le aminorara la risa sin razón.

* * *

En los días de ausencia, Vera intentó poner en orden sus pensamientos y trató de empatarlos con sus emociones. Llevaba mucho tiempo en este mundo y nunca le había ocurrido algo semejante. Lo de menos habría sido acudir con alguien que le pudiera solucionar sus dudas, mas no tenía a nadie. Era una solitaria. Se había abierto paso confiando en sus instintos, siempre aprendiendo por ella misma. Ahora esa soledad que tanto le había servido en el pasado, le jugaba una broma pesada al no poder contestarse las interrogantes que se le planteaban en esos momentos. Se durmió sin tener una visión clara de su futuro.

Axel no hizo preguntas por el inusitado distanciamiento. Tenía claro que debía darle espacio a Vera. Las cosas habían sido inusualmente rápidas; no era mala idea desacelerar un poco. Lo que no podía pasar por alto era que no tuviera un número telefónico ni un móvil. Así que tan pronto terminara sus labores, pasaría a su casa a buscarla. Deseaba estar con ella. Había sido hasta ese momento una experiencia sexual sin igual. «Sexo, no sentimientos». Eso estaba mejor. La encontró con su acostumbrada playera roída; el estampado había desaparecido y los calcetines de colores le daban un toque divertido. Se besaron sin decir más: sintiéndose, saboreándose, complaciéndose.

—Axel, ¿estás enamorado? —dijo Vera rompiendo el momento.

—Sí —dijo Axel desviando la mirada—. Eres lo mejor que me ha pasado, Vera.

La levantó en vilo, su corpulencia y fuerza le permitían hacer eso, aunque Vera no era delgada en exceso, sí tenía un peso que no aparentaba su constitución física. La llevó a la cama y una vez más el instinto animal se reveló en sus cuerpos.

—Te extrañé —dijo Axel acariciando con las yemas de los dedos la suave piel del hombro de Vera—. Fueron unos días largos. Necesitaba estar contigo.

—Yo también, pero ya sabes, cosas de chicas —dijo Vera mintiendo y reviviendo en su cabeza el estúpido pasaje con Raúl.

Él jugaba con el cabello de Vera, la miraba contemplando sus deliciosas líneas. Despertaba una vez más el deseo y comenzó el juego. Esta vez se sorprendió cuando ella se movió de tal modo que se zafó fácilmente de su abrazo y se colocó sobre él. Vera lo miraba a los ojos y buscaba la chispa que había visto antes, pero no la encontró. Le acometió un sentimiento de duda, sin embargo, no paró de copular.

Los días pasaban de manera extraña para Vera. En el trabajo hubo paro laboral, los trabajadores reclamaban mejores condiciones y un aumento en el salario. Axel aparecía y desaparecía por varios días. Pero lo que más la puso en alerta fue el interrogatorio de la policía al que fue sometida. Le inquietaba sobremanera que el agente asignado le tomara sus datos, más que la manera libidinosa en que la había mirado todo el tiempo que duró la entrevista. Confiaba en que la desaparición de Raúl fuese una más en la abultada estadística de crímenes sin solución de aquella ciudad. Ya se había librado en muchas otras ocasiones, pero esta vez, su inestabilidad emocional la hacía sentir vulnerable. Abstraída con tales vicisitudes, descuidó el calendario y los días se habían escurrido con la velocidad de un líquido.

«¿Y si no cumplía el ritual y solo se dejaba matar por esa hambre? ¿Cuánto tiempo aguantaría? ¿Si le contase la verdad a Axel, lo entendería? ¿Por qué le dolía en algún lugar pensar en todo esto?» Estaba a oscuras, sentada en la salita, fustigándose con tantas dudas. Sabía que quizás era la última de su especie, no había conocido a nadie semejante a ella y sus antepasados habían sido descuidados e insolentes por eso habían sucumbido. Pero ella había sido inteligente, había pasado la prueba del tiempo y ahora se sentía perdida, extraviada en sus propios sentimientos. No había visto a Axel en varios días. Qué fácil era acostumbrarse a él, mas era una señal de debilidad, por eso la especie humana era como era, por sus debilidades. Sentía pánico al pensar que estaba enamorada de aquel hombre. Una parte suya, quizás la más depredadora, rechazaba la idea, pero otra parte de su ser, hasta ahora desconocida, se aferraba con mucha fuerza al hombre, al sentimiento, al amor.

Escuchó la puerta, era Axel. Lo miró entrar con su estúpida sonrisa en la cara. Tuvo ganas de atacarlo, de morderlo y matarlo, pero se contuvo. No le costó trabajo sonreírle y ofrecerle sus brazos. La parte desconocida la dominaba con gran facilidad. Axel, seguro de sí, la abrazó y con las manos recorrió las caderas de Vera. La cercanía avivó las ganas de los dos y se entregaron a satisfacerlas.

—¿Me amas? —susurró Vera, sin obtener respuesta, preguntó otra vez—: ¿Me amas?

Axel guardaba silencio, solo se escuchaba su respiración pesada mientras su cara se escondía entre los senos de Vera. Ella se retiró un poco para mirar los ojos de Axel. No encontró la chispa; no encontró nada.

—Vamos, Vera, no es momento para hablar de eso —dijo Axel fastidiado—. Tengamos sexo, eso es lo que importa.

—Sexo. ¿Eso es lo que quieres? —preguntó Vera, aunque ya sabía la respuesta—. Está bien, tengamos sexo.

Al terminar de pronunciar esas palabras, ella juró escuchar que algo dentro de su ser se rompía con un sordo crujido. La parte desconocida huía cual animal asustado ante la parte depredadora que declaraba su supremacía. Había sido un lapso de dispersión, pero ahora se proclamaba más fuerte y poderosa que nunca.

Vera hizo uso de su increíble fuerza para someter a su dominio a Axel. Él creyó que se trataba de un nuevo juego y le excitó la idea. Sintió más ardiente el cuerpo de Vera que de costumbre y cuando ella se introdujo a sí misma el pene, Axel estalló por primera vez. Los movimientos de Vera eran frenéticos, sus músculos pélvicos apretaban y soltaban imitando a una pequeña boca. Axel, que tiritaba por el goce que ella le estaba propinando, empezó a sentir un vértigo inevitable, la habitación daba vueltas sin poder identificar en que dirección. Miraba a Vera idéntica a una diosa erótica y malvada que le estaba aspirando el alma para castigarla en un infierno inapagable. Tuvo una sucesión de orgasmos tan intensos y en tan corto tiempo uno de otro que sentía que se iba a romper. Gritó con una mezcla diabólica de goce y dolor y perdió el sentido. Vera era una fiera jadeante después de una larga persecución. Bañada en sudor, su piel brillaba de la misma manera que su mirada famélica. Se movía rápido, había decidido consumar el ritual.

La enorme mordida que recibió en el pecho lo sacó de su inconciencia. Vera lucía demoniaca con la mandíbula desencajada, los cabellos húmedos de sudor y los pechos escurriendo sangre. Axel dudó durante un segundo antes de tirar el primer golpe. Vera o la criatura que estaba frente a él se tambaleó un poco, pero se recobró de inmediato para saltarle encima. La recibió con un par de golpes más, pero a pesar de la fuerza con que la impactaba, no lograba hacerle ningún daño. La siguiente mordida abarcó gran parte de su brazo y su hombro, el dolor lo hizo patalear y alejó un poco a la bestia; no fue suficiente y la siguiente embestida fue con tal brutalidad y rapidez sobrenatural que creyó que era atacado por una jauría hambrienta. Axel ya no pudo defenderse.

Vera había terminado a tiempo la deglución. Desnuda y de rodillas volvía a la normalidad. Aunque notaba que un pequeño remolino comenzaba a hacerse un huracán en su interior. La parte desconocida regresaba cautelosa, evitando ser descubierta por la parte predadora. Las dudas levantaron el vuelo en bandada. La fuerza que le proporcionaba la transubstanciación la hacía temblar. Axel había sido una buena presa, un merecido trofeo. Ahora formaba parte de ella, lo había llevado a la tierra sin mal. Notó que los ojos se le llenaban de agua, la parte desconocida guardaba su distancia, pero sabía que se quedaría ahí para siempre; para recordarle que había amado a Axel; que pudo sentir amor. Ahora en la solitaria casona, en medio de la noche, en la oscuridad de la habitación cayó en la cuenta de su insalvable realidad: siempre sería el depredador, el único que el hombre tenía, la única en su especie, todo eso que de manera irremediable la condenaba a esa soledad.

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Magia lunar


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Existe un ritual de alquimia conocido como magia lunar. El ritual consiste en una complicada serie de pasos cuya finalidad es la unión sagrada de dos almas. Los seres que inician el ritual suelen estar separados por grandes distancias en el mundo material, por lo que su deseo más profundo es poder eliminar dicha distancia mediante el contacto en el plano astral.

Los ingredientes para este ritual son tan difíciles de conseguir que muchos entendidos consideran que su ejecución es prácticamente imposible, llegando incluso a comparar su dificultad con la de la fabricación de la piedra filosofal. La magia lunar solo puede llevarse a cabo por dos seres que hayan alcanzado un despertar suficientemente profundo como para tener no solo conocimiento de sí mismos, sino también  de la existencia, naturaleza y manejo de su propia alma.

El ritual empieza con el contacto entre dos seres que son al mismo tiempo materiales y receptores de la magia lunar. Una vez establecido el contacto, las parejas necesitan desarrollar una intimidad emocional profunda. Cuando dicha intimidad está consolidada, el siguiente paso consiste en declarar embajadas en el cuerpo de la pareja. Las embajadas se manifiestan físicamente en forma de lunares que aparecen en zonas cercanas al pecho. Las embajadas son a la vez un lugar y una antena. Son un lugar porque allí se recibe al compañero cuando va de visita, y son una antena porque emiten señales astrales que son la base del ritual.

Una vez establecidas las embajadas en el cuerpo de la pareja, el siguiente paso es usarlas para profundizar aun más la intimidad ya lograda. Empieza, entonces, un proceso de sincronización mental y emocional. Durante dicha sincronización, ambos seres empiezan a conocerse de una manera más elevada. No son raros los casos en que las parejas iniciadas en el ritual terminan contándose sus vidas completas, sus miedos más profundos, sus sueños más fervientes. El final de este paso ocurre cuando los dos seres terminan conociéndose entre sí casi en la misma medida en que se conocen a sí mismos. Está de más decir que no todas las parejas pueden lograr dicho grado de intimidad mental y emocional. Tampoco son raros los casos en los que, por este motivo, ocurre un rechazo de la embajada y el ritual se echa a perder.

Si las parejas logran superar los obstáculos y edificar la intimidad antes descrita, mediante el desarrollo de un vínculo de amor profundo y verdadero, las embajadas quedan listas para el siguiente paso. Una vez han alcanzado todo su potencial, las embajadas pueden usar la luna más cercana que tengan como antena amplificadora para la manifestación más poderosa de la magia lunar. Esta consiste en el envío simultáneo y sincronizado de señales desde la embajada de cada miembro de la pareja hacia la luna más cercana. La luna, al amplificar las señales, se convierte en una habitación astral a la que acceden las almas de las parejas para encontrarse y establecer contacto presencial. A su vez, dado que no solo las almas están conectadas sino también los cuerpos, las parejas pueden experimentar físicamente el contacto que tienen en la habitación astral.

Las sensaciones físicas derivadas de un contacto astral son imposibles sin la intervención de los efectos de la magia lunar. La magia lunar también potencia los efectos de la comunicación entre los seres participantes, por lo que no es raro que estos, con el tiempo, terminen implementando su propio código de símbolos que solamente ellos entienden. Algunas parejas incluso desarrollan su propio idioma.

Cuando los participantes logran la manifestación más poderosa de un ritual de magia lunar, terminan estableciendo entre ellos una unión sagrada conocida como Hieros gamos. El Hieros gamos es el único proceso de alquimia capaz de convertir a dos seres incompletos en dos seres completos. Es decir, la práctica continua de la magia lunar logra que los seres participantes evolucionen. El Hieros gamos no fusiona a dos seres incompletos para formar un ser completo,  sino que consigue explotar el potencial del alma de cada uno, dando como resultado dos seres completos, independientes en sus respectivos planos materiales.

Dado que el Hieros gamos es una herramienta de evolución, la raza de seres interdimensionales conocida como Los Limitantes se dedicó a perseguir y a castigar dicha práctica. Por este motivo, la magia lunar está casi extinta y su práctica actual se realiza desde la clandestinidad.


Relato: Donovan Rocester

Ilustración: Blacksmith Dragonheart

Ritual


A punto de dormir

el gato, se estira

una pata

de la lengua a la oreja

va y viene

una

dos

tres veces.

                   Pausa.

Un amplio bostezo

hacia atrás

hacia delante

los bigotes.

                   Retoma.

Negrita