Represión carmesí


Jenco Erszebeth red ink fondo

Jenco Erzsébeth, en su forma «vampiresa infernal».

 

Cansado del camino,
cansado de buscar,
no sabes que más hacer.
En un impulso azul
amurallas tus ciudades,
cierras las puertas a todo
y pones a los mejores guerreros
a defender tu fuerte,
porque contiene de ti
lo más débil y vulnerable.

Construí el arma perfecta
y cayeron todas las sombras.
Vencimos a las más poderosas
y hasta las guerreras más refulgentes
sucumbieron ante el huracán más potente.

Muchos buscan la mujer perfecta,
al hombre perfecto,
pero yo solo quería
a mi complemento perfecto.
Pero Bardiel llegó
a la ciudad de los héroes
y trajo consigo el remedio
para calmar el impulso azul.

Sus cálculos acertaron:
su magnetismo perfecto
sobrepasaba todos los diseños
que creí imposibles.
«¡Código azul!»,
gritaron los guerreros
y todos claudicaron
al efecto del rojo,
el rojo carmesí.

Era la respuesta
en forma y apariencia;
el arma perfecta
fue superada
por quien ahora reina.

El alfarero forma el barro,
el carpintero, la madera,
y yo que soy de acero,
¿quién me doblega?
Magnetismo supremo
es el secreto.
Mi vibrante acero resuena
ante sus bobinas reluctantes.
¿Puedes ver tú
su campo magnético en la imagen?

Rojo, azul.
Represión, impulso.
Algo está al revés.
Así es un complemento,
júntalos, funcionan y resuenan.
Resulta para todos:
positivo y negativo,
inductivo y capacitivo,
femenino y masculino,
química y física,
guerreras y dragones,
vampiresas y alfiles
como esta y aquella imagen:
impulso azul.

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Minúsculos ramilletes


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Inflorescencias
de múltiples cálices,
rojos rubíes.


Ejemplar de camará (Lantana camara) en plena floración en Montevideo. Un ejemplo de flora autóctona uruguaya que puebla nuestros recuerdos y embellece nuestra jardinería.

Azul y rojo


«Red and blue lights under the snow» por Anthony Easton (CC BY).

 

Azul. La bebida era azul. Tú solo pensaste: «Qué extraña…».

—Te va a gustar.

Música estridente. Un beat incesante, una canción vieja. Aún no has intentado hablar. Abres un solo ojo, todo está en horizontal. El sofá conocido, la habitación conocida y él, el viejo amigo o, al menos, conocido. Pero esto es desconocido: esta situación extraña, somnolienta, drogada; junto con esta sensación alarmante, roja, desesperada. Si la bebida había sido azul, la alerta era roja. Cada fibra capaz de producir alarma se despertó de golpe, palpitando en rojo por detrás de tus ojos, en tus sienes, dentro del pecho. La respiración agitada, roja. El beat incesante, rojo. Como las luces de las sirenas. En azul y en rojo. Azul y rojo.

Tu mano tendida hacia el frente, casi paralizada. Tu mente ralentizada cobra consciencia cuando lo ves acercarse y entrelazarla. Hincado a la altura de tus ojos, lo escuchas por sobre la música, en una habladuría incesante:

—Tú y yo… Desde hace tiempo… Pero cuando te vi hoy… No niegues que también tú…

Y entonces comprendes. Cuando su mano recorre tu cuerpo paralizado, comprendes del todo pese al sopor y el aturdimiento azulado. La música a todo volumen: «Well, I know we’re dying and there’s no sign of a parachute». Bueno, estás cayendo y nadie va a ayudarte.

Entonces gritas. Tu voz retumba en ecos como en una catedral, ahogada por el beat incesante, por las voces de la fiesta que sigue afuera, por completo ajena a ti, a tu pedido de ayuda. El eco hacia la nada.

Entonces, ningún salvavidas. Entonces, el esfuerzo sobrehumano.

Como puedes, te pones de pie. Buscas en la mesa, por detrás de su espalda, un arma, una defensa. Aferras lo primero que encuentras. Lo miras entre el mareo, es un abrecartas: el puño en forma de sirena y el extremo bien afilado. A falta de movimiento, la mente debe tornarse también afilada.

El beat sigue incesante. Sus manos siguen incesantes por todo tu cuerpo. Pero la habladuría se ha detenido. Ya ni siquiera hay labia fingida: el intento de elegancia ha salido por la puerta. «Can’t we get a little grace and some elegance…?». Tú solo quieres salir también por esa puerta. Ya no queda nada azul; ahora todo es rojo.

El grito que sigue nace de tu centro, acompañado del movimiento conjurado por la suprema fuerza de la supervivencia. La cola de la sirena, afilada, penetra su ojo izquierdo, por sorpresa. La sangre fluye en rojo. El chillido de dolor, amortiguado por el clímax del tema, mientras te sueltas de su abrazo y abres la puerta. «Why does there gotta be a sa-sa-sacrifice?». Tu mano abre la puerta; la libertad tras la puerta. Más allá se ve el cielo, que ya ha perdido su luz; el azul del cielo nocturno hacia el que corres y te liberas.

Sin ser insignificante

Sin ser insignificante


Su amor fue eterno como si los congelaran (junto a la verdura y el pescado) durante el primer beso.

Su amor fue eterno como si los congelaran (junto a la verdura y el pescado) durante el primer beso.


He dejado una manzana


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He dejado una manzana en el coche

porque es verano, porque

allí dentro

al sol

se cocerá como en un horno.

Era bella y roja y yo

la veré agonizar decrépita:

arrugarse, oscurecerse,

tocar pegajosa la descomposición

y pasar la lengua.

Oler su perfume como

a flor muerta. Dulce.

—Ella me dijo siempre—

Aquel gordo que conocí

también

decía querer mucho a su perro

pero se le olvidó

allí dentro

mientras se emborrachaba.

(Texto y foto: Manuel A.)

Es una calle


Estambul Té

Es una calle pequeña entre dos avenidas. No tendrá más de 60 pasos -cortos- de largo aunque es ancha; lo suficiente para tener en el centro un jardín con dos filas de prunos a los lados. Han florecido. Es una calle pequeña teñida de rosa entre dos avenidas. Al final de ella, hay un hombre de unos “cuarenta y” cortando una ramita repleta de flores -lo hace con las manos y con delicadeza-. Cuando lo consigue, se la da a su hija que debe de ser quien se lo pedido porque no alcanza; nada más dársela sonríe y se la acerca a la nariz para olerla. Toda la calle huele así. Después, se van andando despacio por la calle rosa agarrados. Él a su hija y ella a su ramita. Mientras, un mirlo oculto sobre un pruno canta. El mirlo y el pruno. El mirlo y el pruno. Canta. SUCEDE como diría Pablo Neruda en el primer verso de un poema. Todo esto sucede en la esquina de una calle pequeña mientras tomo un té de jazmín al sol en la terraza de un bar. Es un momento sencillo y hermoso -pienso- mientras remuevo el azúcar haciendo sonar el vaso como una campanilla. Pero no quiero pensar más; porque si pienso más la melancolía me arrebata el corazón porque sé que pronto caerá el sol entre los edificios y el frío vendrá con las sombras; que las flores se marchitarán dando paso a las hojas; que el mirlo se callará para ir a picotear la tierra en busca de alguna lombriz; y el hombre de “cuarenta y” ya no tocará más -delicadamente- una rama porque su hija, su niña, se ha hecho mayor tan pronto. Por eso no quiero pensar más; solo quiero sentir el calor del sol en la piel mientras se mezclan los olores de la calle pequeña y el jazmín -mientras- pasa la gente -mientras- el té se enfría. Ahora.