Incendios de mentirijilla y otras actividades lúdicas


La alarma de incendios de mi edificio está rota. Suena una o dos veces al mes.

Bajamos todos los vecinos en fila, cansados, sin ninguna prisa. Cada vez son más lo que se quedan en su casa sin inmutarse, esperando que pase el molesto pitido y la frase repetida en bucle. Please, evacuate now!!

¿Qué cogerías si se quemara tu casa? —se preguntan.  E imagino todo convirtiéndose en cenizas. No lo sé.

Los vecinos, en bata y ya en la calle, empiezan el debate. Y el colgado del segundo A aprovecha para fumarse un piti.

Por mayoría aplastante ganan los álbumes de fotos. Y volvemos a entrar en el portal y a subir las escaleras con la pesadez de la frustación y de la noche a hombros.

Yo, mientras, voy pensando que no tengo álbum de foto alguno. Y decido que a partir del día siguiente voy a pintar el mío. Me propongo dibujar a cada persona importante de mi vida, cada situación, plasmar cada ciudad pasada o presente. Y me voy a dormir con la cabeza llena de fuego y colores.

Pero sobre todo, convencida de que llegado el momento, dejaría que todo ardiese igual.

Al carajo los recuerdos. Al carajo todo.

ElviraSeville

 

 

 

Anuncios

Solo túneles vacíos


capilla

Capilla en ruinas. Foto de Julio Alejandre

El padre de Mariana había sido un marino de agua dulce que entró en la Armada por la puerta de atrás, es decir, haciendo oposiciones a los cuerpos auxiliares, y no estuvo embarcado más que unos pocos días durante el semestre que pasó en la academia naval de Marín. A pesar de no gustarle su trabajo, era celoso de su cumplimiento, y las veleidades de su espíritu inquieto las canalizaba por la senda del conocimiento. Le entusiasmaba informarse y aprender diferentes disciplinas, sin marginar a ninguna de su abanico de intereses. Lo mismo se empapaba un ensayo sobre filosofía que un manual de mecánica, se leía un libro de historia que un tratado de mineralogía. Le gustaban la numismática y la geografía, la jurisprudencia y la historia de la navegación. Un verdadero hombre del Renacimiento. Mariana lo recuerda metido en su pequeño y desordenado estudio, con varios libros abiertos sobre la mesa, ensimismado en su lectura o tomando notas en cuartillas sueltas. Para cualquier pregunta tenía una respuesta y, si no la sabía, la buscaba. De carácter serio y poco efusivo, como padre fue, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Su muerte fue el calvario de una enfermedad sin esperanza que la cogió desprevenida, cuando ella aún se sentía joven y era virgen en dolores y desgracias. Como un seísmo, zarandeó muros y cimientos, agrietó tabiques y arrambló con muebles y enseres domésticos, dejando la casa del alma rota y patas arriba. «Tu padre era nuestra ancla y cuando faltó fuimos un barco a la deriva», le diría su madre; y esa imagen metafórica habría de pervivir y multiplicarse en la conciencia de Mariana: padre áncora, estay, roca, padre piedra y padre cimiento, y casa y firmeza, y cuando murió se lo llevó todo consigo.

Mariana recuerda las salas impersonales del hospital militar, los pasillos alicatados hasta el techo por los que paseaba su abatimiento, los marineros de guardia en la entrada y las enfermeras militares, más acostumbradas a dar órdenes que a recibirlas. Recuerda el sillón de escay negro donde se acomodaba para leerle las aventuras del Marqués de Bradomín, que le gustaban mucho; el rostro moreno y chupado que la escuchaba con atención; las bandejas metálicas en las que servían la comida a los enfermos y los vasitos de plástico blanco para las pastillas; los camilleros desmañados, con el lepanto asomando por debajo de la bata, que venían a buscar a su padre para alguna prueba ingrata.

Recuerda su mirada perdida de los últimos días, cuando estaba atiborrado de calmantes; el funeral en el tanatorio del hospital, llena la pequeña capilla de uniformes azules, las voces comedidas y educadas de los hombres, los susurros de las mujeres, a su madre recibiendo los pésames hecha un mar de lágrimas, el ataúd con la tapa levantada y el cuerpo de su padre amortajado con el uniforme de teniente coronel, tres galones dorados sobre fondo blanco.

Pero sobre todo recuerda aquel dolor que la iba resquebrajando por dentro, que era como un gusano barrenador royéndole las entrañas y dejando solo túneles vacíos.

La otra literatura

Laura


A mí me gustaba Laura. Cada vez que la veía pasar, sentía que mi corazón paraba. Era mágico y aterrador. El amor es magia. Pero la atracción es aterradora.

Si bien, es difícil elegir de quién nos enamoramos, el decidir quién nos atrae es casi imposible. Es un gran libertinaje. La atracción puede orillarnos al ser más ruin y malvado del barrio (y del mundo también).

Pero este no era el caso de Laura.

De Laura, por ejemplo, me atraía todo.

De altura tenía la necesaria para subir a casi cualquier juego mecánico de la feria, la perfecta para treparse en mis brazos, pero la insuficiente para bajar cosas del estante más alto de la cocina.

Me gustaba el blanco de sus ojos, su sonrisa y hasta la carcajada extremadamente sonora que soltó el día que caí frente a ella.

Sus manos eran deformes. Tan pequeñas que hacían que sus dedos, largos y delgados, parecían haber sido implantadas en ella. Pero me gustaban. Eran la imperfección que embellecía el todo.

De sus pechos no debería hablar. Soy un caballero. Aunque debo decir que eran hermosos. Mi boca hubiera sido su guarida más perfecta.

Casi olvido, por culpa de sus pechos, mencionar su sombrero. Con el sombrero puesto no nació. Nadie nace con sombrero. Me refiero a que, era casi imposible verla sin sombrero. Aun por la noche lo utilizaba. Cuando no lo llevaba consigo, que eran pocas veces, hablaba de él como si de una persona se tratara. Alguna vez creí que ese bendito sombrero era la casa de su propia antítesis de Pepe grillo.

Apostaría mi herencia completa, que es poca pero es toda, a que si la vieras vestida como yo la he visto, te atraería terriblemente. Pero de nada serviría apostar porque no podría pasar.

Ahora Laura ya no está con nosotros. Se la llevó la muerte una semana después de que posó para esa tonta revista digital, con lentes de sol frente a una pared rosa.

La verdad, personalmente no la extraño. Laura era más hija de puta que guapa. De haberla querido, la hubiera llorado mares, pero no. Eso sí, me gustaba mucho.

Me enteré de su muerte por una red social y, después de un breve asombro y una casi indetectable congoja, no tuve más acción que desplazar la pantalla y seguir mi vida