Metamorfosis


Día 1

Me duele el cuerpo. Tal vez me haya enfriado después de estar tantas horas sobre este suelo húmedo. Espero que mi dosis de vitaminas sirva de defensa para no enfermar. Si todo va bien, es probable que mañana esté mejor.

Día 2

Los moretones de mi cuerpo se han vuelto llagas, y el dolor tampoco cede. Esperaba cierta mejoría, solo que aún no puedo moverme. A pesar de estas magulladuras, parece que no me he roto nada después de tremenda caída.

Día 3

Nadie me avisó que tendría visitas. Hoy mi salud tampoco es la mejor. Desde que ellas llegaron, siento un cosquilleo punzante en la piel. Creo que es su manera de mimarme.

Día 4

Escalofríos y más escalofríos. Las visitas de ayer me han dejado en carne viva. Los temblores no cesan, aunque parece una reacción normal cuando una se queda sin piel, sin carne, sin nada. Ha ocurrido casi sin darme cuenta.

Día 5

Pensarán que me he bronceado al sol, pero la realidad es que el contacto con el aire me pone la piel más oscura. Noto cómo despido un olor agrio, pero ahora mismo no sé dónde puedo ducharme. A estas alturas, estoy cada día más débil, si viene algún bicho más, creo que desapareceré con ellos entre la hierba.

Día 6

Tal vez haya alguien que sepa de medicina por aquí cerca. Mi cuerpo se ha llenado de hongos. Sospecho las bacterias han acampado en mi esqueleto.

Día 7

Parece que ya se han llevado todo lo que podían obtener de mí. Mi dulzura, mi brillo, mi belleza, mi elegancia, mi carne jugosa, mi ser de manzana. Mi corazón reseco yace ahora en este contenedor de composta.

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Otro día feliz en el mundo


Siempre me gustó la teoría del caos. No por su lado científico, el cual no logro terminar de comprender, sino por su forma poética.
“El aleteo de una mariposa en no sé dónde puede causar un huracán en no sé dónde, pero más lejos”. Siempre el mismo ejemplo. Siempre. Pero, qué desperdicio, che, pudiendo decir: “Las pisadas de un trabajador en Frankfurt pueden hacer caer el pote de dulce de leche de mi mesada”, ¿en serio nos vamos a quedar con la mariposa? Estética nomás, pero qué importante que es la estética hoy. Basta con mirar a los costados. Lamentablemente la mayor arma de muchas mujeres no es sus cerebros ni aptitudes, son sus tetas (o culo, dependiendo de la preferencia del consumidor y la/el/los consumidos). Y eso a la sociedad no le preocupa. Es muchísimo más importante concentrarse en la teoría del caos, o en cómo si hacemos zoom (palabra insertada artificialmente en nuestro idioma, el cual tampoco nos preocupa, pero es que se dice así, qué le vas a hacer, es que aumento queda tan feo…), a la foto de un muñequito se repite el mismo patrón hasta el infinito.
“Solo hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana” – Einstein (o no sé si es Einstein, en realidad lo leí en internet, pero qué importa si al fin al cabo está por ahí, y por lo tanto alguien tiene que haberlo escrito). No sé si el universo es infinito. Infinitas son las excusas, infinitas son las miradas para otro lado, e infinitas son las razones que tengo para escribir esto y no algo como: “El sol brilla y los pájaros cantan, otro día feliz en el mundo”.

Parábola del sembrador


El dinero es una flor.
Cuando sus semillas echan raíces y se agarran a la tierra en la que habitan, siempre permanecen las más fuertes. Las más débiles perderán cuando germinen en la misma zona.
El dinero es una flor.
Hay que ser observador para ver su comportamiento social. No hay una red jerárquica marcada. Se puede saber, incluso, que una planta podría dificultar el crecimiento de otra, mientras favorece el crecimiento de una tercera. Así son las cosas. Las raíces de contactos varían el orden del mundo.
El dinero es una flor.
Hay personas que poseen en sus manos ramas de billetes perennes, parecen no caer, se mantienen frescos durante todo el año. En cambio, quienes tengan, entre sí, ramas de billetes caducos, deberán cuidarse. Encontrar el equilibrio les será difícil mientras caen billetes, de entre sus manos, con la suave brisa.
Mi fascinación por la naturaleza me ha enseñado tanto que aquí estoy, plantando billetes de cincuenta euros en el nuevo macetero de mi balcón. Lo colocaré en una esquina que le dé bien el sol. Lo regaré cada dos o tres días.
Cuando abra su flor, oleré mi fortuna.

Realidad empañada


 

—¡De verdad! ¡Yo no lo quería hacer! ¡Yo, yo, no no no no que-quería hacerlo! Yo no quería…

»Solo necesitaba que me dejaran en paz. ¡No paraban de decirme lo que tenía que hacer! ¡Estaba harto! ¡Harto!

»Y tuve que hacerlo… Os lo juro que no me quedó otra opción… No quería, no quería quitarlas de en medio. ¡Jamás les hubiera hecho daño como ellas me lo estaban haciendo a mí en vida!, pero tuve que matarlas una por una, una por una.

»Todas fueron mías. Vivían conmigo. No podía. No puedo. Lo siento. Lo siento mucho…

»Yo, yo estaba harto de sus consejos, de sus locuras, de sus idas y venidas. ¡Esas putas!

»La primera de ellas murió tan pronto…, que aún ahora me sorprendo, ¿sabe? Había sido tan mía…, tan querida…, que no sabía que podría deshacerme de ella tan fácilmente. Me hacía sentir que estaba vivo. Con ella a mi lado me sentía el rey del mundo. Era capaz de cualquier cosa, ¡cualquier cosa, joder! Todo era más brillante. Hablaba sin parar. Lloraba y reía sin ningún tipo de vergüenza. Salía a todas partes. Conocía a muchísimas personas. Dejaba que me enamorara de todo, de la vida, sin límites. El límite lo poníamos nosotros.

»Pero un día, ese maldito día…, me costó levantarme de la cama. Me empecé a encontrar mal. No tenía ganas de nada. La noche anterior, es verdad, me había peleado con un tipo por un resultado de un partido que ya no me acuerdo cuál fue.

»Sabía que se estaba alejando de mí. Lo notaba. Era como si me estuvieran arrebatando a un hijo de los brazos. Y apareció su amiga, su puta e inseparable amiga, ¡a joderme más la existencia! Mi amada debió pensar que ella me ayudaría. Y se fue y se convirtió en un recuerdo doloroso de lo que yo había sido. Y me quedé con su amiga.

»Empezó a meterse en mi cama por las noches y en mis pensamientos por el día. Hasta que nos quedamos en la cama una buena temporada. Apenas comía. Apenas me aseaba. No entendía cómo no podía sentir asco. Asco de mí mismo. Me deprimía cada vez más y más. Sus consejos eran de arena. Me tenía atado de pies y manos. No le importaba nada. Solo quería que fuera su esclavo. Y en eso me convertí. En una marioneta.

»La última, la mejor de todas ellas, a la que más quise, a la que adoré, era el término medio que tanto había buscado. Me convertí en una mejor versión de mí mismo. Tranquilo, sereno, las cosas bastante claras. Una persona normal.

»Os juro que lo intenté por todos los medios, no hacerle daño… Pero descubrí que me era infiel. Ese monstruo, que conocía de sobra, que nunca me dejó quererla como se merecía. La maté porque no quería que él la tuviera. Fue la más dolorosa…

—¿Cómo se deshizo de ellas?

—Nooo, no se lo diré hasta que me dé una maldita solución ¡ya!

—Está bien. ¿Qué pasa con él? ¿Por qué le cuesta tanto deshacerse de él si es el responsable de todo lo que le pasa?

—¡¿No se han dado cuenta aún?! ¡¿Cómo tengo que decírselo, maldito zopenco?!

»¡Yo no puedo luchar contra él! ¡Lo he intentado de mil jodidas maneras diferentes! ¡Con amor, con rabia, con desprecio, con desesperación hasta rozar la muerte!

—Pruebe entonces con esto —Deslizando sobre la mesa una caja pequeña de cartón.

—¿Qué es esto…?

—Por ahora, su último recurso para dejar de ser esclavo del miedo. Quetiapina.

—Yo, yo, yo es que no puedo más con estas cosas…

—Pruebe y ya me contará en la próxima sesión. Tranquilo, esto es como el dinero: no da la felicidad, pero ayuda.

Panquecitos


Había un sofá, un televisor, un edificio, escaleras y muchos panquecitos. Cada que llegaba a casa, ella me preguntaba:

—¿Qué traes? —A lo que siempre le respondía:

—Te traigo panquecitos.

Jamás en la vida había visto a alguien tan feliz y tan atractiva con panquecitos en la boca. Comerlos era para ella todo un ritual.

Con panquecitos, ella hacía de todo: los miraba, los estudiaba, les daba vueltas, comprobaba mediante pequeños apretones la esponjosidad del pan, creaba un eclipse televisivo colocándolos entre ella y la televisión, jugaba a René Magritte y se convertía en la hija del hombre (pero con panquecitos), los hacía llover en la sala y convertía el sofá en su Golconda, se convertía en Eva a la primera mordida, y no dejaba de ser Eva hasta que no quedara rastro alguno de sus pequeños postres.

En las tardes en que el pan gobernaba la sala, todo era amor y alegría. No había pleitos ni malos entendidos y las noches terminaban en un espectáculo digno de un circo romano o de telenovela de horario estelar.

Con panquecitos, Eva era la ganadora total de todos los juegos del «Jeopardy», cantaba muy bien las rancheras, aplastaba el botón seleccionador con todos los participantes del «American Idol», reía con los programas infantiles más sosos, resolvía los más grandes problemas del mundo y, como logro máximo, me amaba locamente.

Con panquecitos, abandonaba el sofá y se sentaba sobre mí.

En ese tiempo, para ser feliz, solo me bastaba Eva con panquecitos.

El Uruguayo y sus feligreses


Elvira Martos

Jorgito abre su tasca en el centro de la ciudad.

6 am.

Y empiezan a acudir ante su llamada los feligreses. En fila india y golpetones.

Rezan sus mismos mantras diarios y confiesan penurias y miserias. Se arrodillan por un cigarro (el tercero o cuarto de la mañana) y comulgan emocionados con vinos muy rojos y cervezas muy frías.

El Uruguayo oficia su misa diaria entre legañas, protestas y olor a botafumeiro.

Nadie se santigua ni parece siquiera ver el calendario de la Virgen de la Macarena que preside el altar mayor la barra.

Elvira Martos