Sirena


Metepec, Estado de México
Metepec, México

Carta de despecho


Kiss

Hace tiempo que no reviso mis viejos archivos. Siempre me ha gustado la fuerza con la que los humanos se expresan, es tan deliciosa. Los pensamientos de los seres humanos se tornan concho de vino cuando de celos se trata. Mezclan el rojo de la pasión con el negro de sus almas. Como en el mensaje de Andrea Winston a la amante de su novia:

«Muchas de las veces en que no te ha respondido los mensajes han sido porque se ha estado acostando conmigo.

¿Soportarás el hecho de estar con una mujer que me perteneció en cuerpo y alma?

Besarás lo que yo besé, tocarás lo que yo toqué. Ya dejé mi marca imborrable en cada parte de su cuerpo, de sus recuerdos y de su alma.

Su sexo se satisface al patrón que yo imprimí. No podrás soportarlo, mi fantasma te torturará. No podrás encender lo que ya tiene una chispa predeterminada.

Intentarás y no lo lograrás.

Si acaso logras algo, será llenar un vacío temporal que yo misma dejé allí. ¡Hasta lo que intentes llenar será dejado por mi!

Si acaso algo de ti le llega a gustar, será porque le recuerda a mi. ¡Nunca lo olvides!

Eres un fracaso anunciado en su vida.»

Tiempo después se cumplió lo predicho por Andrea. Lucía nunca pudo separar a Samanta y Andrea. Su pasión siempre fue desleal, pero constante.

.

.

.

Reportó para ustedes, el #21.


Texto: Donovan Rocester

Imagen: Marco Gomes 

Otra mierda de poema de amor


Cósemelos párpados

y la boca.

Tapa la nariz y los oídos y córta

me

la cabeza.

Redúcela como los indios jíbaros.

Y luego, como un colgante,

ponla en tu pecho

junto a tu corazón.

Sin título


Cincuenta años de profesión,
y el viejo mercader
arriesga más
de lo que puede perder.

Temeridad de un mal sueño


En tan corto tiempo, ya extrañaba su presencia. Las horas se volvían verdugos de su maldita espera, le azotaban las ansias con un minutero que se negaba a andar. Sus pies se mecían en las altas banquetas que le impedían rozar el piso; el mismo piso tan pulcro, tan limpio que podía reflejar sin distorsión su rostro angustiado.

Se escuchó un grito, el dolor se anunció sin vergüenza por todo el pasillo, ensordeciendo la paz y los últimos alientos de calma que había ahorrado por tantos años. Lloró. La desesperación invadió sus manos y las congeló, las volvió inútiles como el pañuelo blanco que quiso frenar la caída de un ladrillo. Todo se nubló; la tristeza sedó su alma.

Se intercambiaron las banquetas por camas blancas, los relojes por alarmas. Su ropa ya no era la misma, estaba manchada con lágrimas, aún podía sentir la sal en su cara. Estaba solo, sin más nadie que violara el silencio insoportable que lo torturaba, quería salir huyendo por la misma puerta que lo condujo a ese lugar, aún cuando eso significara encontrarse con la dama blanca y su espeluznante obsesión. Despertó.

Se tocó el rostro buscando sollozos, pero solo encontró el vello punzante de su desaliñada barba, un cigarro que nunca se encendió, sus lentes sucios, su ser envuelto en aquella habitación fría e ingrata.

Vejez


vejez
En mi vejez perderé el miedo a las alturas.

Engañada a los 65 años


Ni una gota de leche en sus senos,
ni rastros de lágrimas
en sus pezones ajados,
no hay rocío que moje la esperanza
y se agotan las probabilidades,
todas, una a una,
postergado regreso
a un cupido traicionado.

No hay secreciones eróticas
en su recuerdo, para excitar
un cuerpo resquebrajado
o lamer sus labios secos
ni lluvias que inunden
sus zonas erógenas,
arrugas mitológicas,
transparentes,
dolorosas,
como caminos abandonados,
como un virgen desierto,
es esta interrupción no deseada,
de una añorada pubertad,
huérfana, violada

Ni una gota de saliva para
regar esa vulva sedienta,
que grita,
con múltiples ecos en silencio,
por esta maldita
sequia de sueños…