La vida y el tiempo


“El mar se mide por olas

el cielo por alas,

nosotros por lágrimas…”[1]

El tiempo no se pierde ni se gana. No es tampoco un maestro o un curandero. No es el tiempo, no son las canas y las arrugas, no es esa larga estancia, o corta en algunos casos. No es experiencia en sí mismo. El tiempo tampoco es un regalo, ni se arrastra ni se acelera. El tiempo no es un dios devorador de otros dioses, ni tampoco esa derrota o victoria de la precisión, el tiempo no está esperando nada; el tiempo no da ni quita, ni avienta, ni arrebata, el tiempo no es culpable, ni razón que justifique las convenciones humanas. El tiempo ni se va ni viene, el tiempo no es mar ni cielo, el tiempo no se hace viejo y muere entre fuego y fiestas, ni nace otra vez con las estaciones y la lluvia. No es augurio ni presagio. No es ni rápido ni lento, no es una línea recta dividida en acuerdos realizados por distintos grupos de poder de otras épocas. El tiempo no fue ni será: el tiempo es. Se le hacen canciones y se le dedican poemas, también, loas y, en algunas ocasiones, altares y ruegos, pero olvidamos que el tiempo pertenece a la vida, no al revés. La imprecisión y la espontaneidad de la vida, no están en el tiempo. El valor de la vida no se mide en el tiempo ni en las interpretaciones que de éste se hagan en la vida: ‘todavía no era tiempo…’ ‘Se nos hace tarde…’ ‘Llegaste temprano…’ tantas y tan variadas formas de adjetivar y contextualizar al tiempo, cuando éste, solamente es; el tiempo no esconde las razones de la vida. Nosotros no somos el tiempo, somos la vida: el ser. El tiempo está sobrevalorado y la vida demeritada. Despertar no llega con el tiempo, despertar es ahora, ahora no es tiempo, es vida y, mientras haya vida, por mi que pase el tiempo; que el entendimiento está en la vida y no en el tiempo. En fin… hay más vida que tiempo.


[1] Jaime Sabines. Horal