Río de día, espacio de noche…


En el abrigo del día las palabras se van dejando solas en su abismo de silencio, se van uniendo y disipando. Sentado entre las ramas del desconcierto. Error siniestro el pensar en el paso del tiempo que se ha quedado atrás. Nada de lo que ya fue, es ni será, Nada es nuestro ser en completa exactitud, precisión universal. La palabra es guía y muro. Máscara de sabores extraños que no se detienen en su curso. ¿Completo o incompleto? Inacabado, imperfecto, casi maldito y condenado. Despierto aún en mi alma. No he estado sino abriéndome al universo que con su desgarradora injusticia ha mermado el espíritu del hombre. Ilusión de movimiento y perpetuidad de lo estático, de lo inamovible, inexpresable; manto que cubre nuestra soledad y nos dibuja una libertad inocua una posesión del mundo inexistente. Se nos escurren las palabras por las manos y el cuerpo se va quedando en su cadáver, esperando su muerte su tiempo, su último dolor y aliento, el último empuje de sabor amargo, necesario e inevitable. En el día el camino se disipa entre las ondas de calor que borran el camino todo se hace mente y, entonces, el alma se hace sombra y, la realidad, es nada menos que un significado inalcanzable.
El accidente se hace materia y tus labios son mi beso; beso de muerte en una fiesta de alegrías, beso de identidad de inevitabilidad, beso ahogado en millones de gritos históricos y la suavidad de las ruinas de aquel tiempo me roza la boca como lo hace el viento. La sangre se empuja por sí sola, el río no necesita más que de sí mismo para fluir perpetuo, inacabado, imperfecto, insaciable y desembocar en el mar, en otro estado, en otro ser. Somos pues, durante el día eternos andantes de pies descalzos, enlodados, mojados. La sombra se oscurece por las noches pero esa brillante opacidad descarna el ser, permite su dislocación, su viaje estelar; su revelación efímera. La noche disuelve todo en su furor intermitente, muestra el paso del tiempo desapareciendo algunas estrellas y creando otras nuevas. Supernovas continuas, ruptura del devenir pendular que oscila entre el ser y la nada. Umbral del salto, sueño posible del ser. La noche ilumina tan sólo lo necesario y el alma, entonces, distingue su brillo con el alma doble, con el alma oscura.