Un día malo


Somos el agua y el fuego,
la playa y la montaña.
Un barco y un velero,
el viento y la calma…
somos noche y también mañana.

A veces la piedra
de quien escondió la mano,
otras, la lengua mordida
que duerme en la boca.
También los brazos abrazados.

Hace tiempo que no soy
ni Ying ni Yang,
tampoco rojo o azul.
No me escondo detrás de banderas
porque me quitan mucha luz.

Aprendí que un día malo
es un peldaño doble,
una tarde de agosto en Sevilla.
Nada que el tiempo no resuelva
con horas y solo en una vida.

Aprendí que el dulce empalaga,
que la sal equilibra el cuerpo,
aunque suba la tensión,
y que la ensalada con aceite y vinagre
sienta mucho mejor.

Porque un día malo es el alba
de un día inolvidable.
El impuesto a la felicidad
que pagamos a plazos,
y otros, con intereses.

Virgen de lujuria

Virgen de lujuria


Incendios de mentirijilla y otras actividades lúdicas


La alarma de incendios de mi edificio está rota. Suena una o dos veces al mes.

Bajamos todos los vecinos en fila, cansados, sin ninguna prisa. Cada vez son más lo que se quedan en su casa sin inmutarse, esperando que pase el molesto pitido y la frase repetida en bucle. Please, evacuate now!!

¿Qué cogerías si se quemara tu casa? —se preguntan.  E imagino todo convirtiéndose en cenizas. No lo sé.

Los vecinos, en bata y ya en la calle, empiezan el debate. Y el colgado del segundo A aprovecha para fumarse un piti.

Por mayoría aplastante ganan los álbumes de fotos. Y volvemos a entrar en el portal y a subir las escaleras con la pesadez de la frustación y de la noche a hombros.

Yo, mientras, voy pensando que no tengo álbum de foto alguno. Y decido que a partir del día siguiente voy a pintar el mío. Me propongo dibujar a cada persona importante de mi vida, cada situación, plasmar cada ciudad pasada o presente. Y me voy a dormir con la cabeza llena de fuego y colores.

Pero sobre todo, convencida de que llegado el momento, dejaría que todo ardiese igual.

Al carajo los recuerdos. Al carajo todo.

Elvira Martos

 

 

 

Sevilla