Artista erigido


Conocí a Gräfenberg el día de mi debut como trompetista en el Café Dublín junto con una compañera más habitual en esta plaza, que hacía el número del trombón.

No podía dejar de mover mis dedos sobre la barra de mármol del bar y dar coces contra la madera que la sostenía. La música iba acorde con mi pánico escénico. Era la primera vez.

Es curioso que conociera a este hombre el mismo día que enseñaba el arte de mi instrumento a un público que no conocía. Se acercó y me invitó a una negra haciéndole un gesto con la cabeza al camarero. Juro que no sé cómo, pero me la bebí de un sorbo. Al contrario de lo que creí, me puse aún más nervioso. El tipo me miraba con ojos de gato. No pronunció ni una sola palabra. Yo tampoco. La situación era absurda. Al fin, abrió la boca para decir que me relajase, que todo iba a salir bien, que mi trabajo duro daría esta noche sus frutos. Ganaría pasta, reconocimiento, todo lo que deseara. Una buena visión, pensé. Desconfiado, pero sin intuir sus intenciones, sentí como su mano se deslizaba por mi pierna hasta llegar a mi paquete.

—Para que te vayas calentando…, —me dijo.

—Pero, ¡¿qué coño haces?! —le solté apartándolo bruscamente.

—No levantes la voz, capullo, soy tu jefe. Esta noche no me puedes dejar mal, ya sabes… Así que, ¿por qué no empiezas a calentar motores?

Cuando acabó la actuación entre vítores y aplausos y con el jefe contento de cojones, rompí a llorar detrás del telón que ocultaba ya mi desnudez.

Vaya putada de vida, pensé. Vaya putada de vida…

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Orgasmo mortal


No hay nada como fumar después del orgasmo… de venirse… de correrse…  de acabar… de vaciarse… de irse… de darla… de llegar.

¡Te agarré! Suelto una bocanada. Ahí estás con ella. Los dos muertos, después del orgasmo… de venirse… de correrse… de acabar… de vaciarse… de irse… de darla… de llegar.

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Imagen: pixabay.com uso autorizado

Los amantes y la superluna


Super Moon - There_And_Back_Again_(21153486184)

por Reynaldo R. Alegría

Lo que les voy a contar es pura imaginación, pero les juro, por lo más santo (eso de jurar por lo más santo es de mi madre) que si tuviera el don de leer las mentes, de seguro que todo lo que aquí diré fue la verdad y, saben los dioses, que nada más que la verdad.

El domingo, 27 de septiembre de 2015, gran parte del planeta podría disfrutar un maravilloso eclipse lunar.  Pero esta vez, al acercarse más la Luna llena a la Tierra y alinearse con mayor precisión junto a esta y el Sol, se vería más grande y más brillante.  Esa noche según la Luna atravesara el umbral de la sombra que produce la Tierra, comenzaría a verse de color naranja y rojiza, la llamada superluna.  Un eclipse total de la Luna junto a una superluna no ocurría desde que tenía 21 años y no se repetiría hasta que tuviera más de 70.

Esa noche, como todos los domingos, cenábamos con la familia en casa de mi madre.  A la mesa nos acompañaban dos invitados muy especiales, de esos que producen mucha paz y una gran felicidad.  A partir de las 9:07 de la noche en que el eclipse parcial arrancaba con su espectáculo sentí que algo extraño me pasaba, algo intangible, algo que me cuesta trabajo describir; algo real que ocurría, pero no se veía, como algunos dioses, que se sienten pero no se pueden ver, era sensación, emoción, algo espiritual.  De momento no lo relacioné con nada que no fuera la buena compañía, el buen vino y la buena comida.  Ya a las 10:11 de la noche, cuando aún sin haberlo visto el eclipse se encontraba en su fase total, algunos tratamos de convencer al resto de que fuéramos al Morro al disfrutar del fenómeno en su máximo esplendor.  Creo que fue la pereza que resulta de la experiencia espiritual la que producía esa sensación en algunos de preferir la cama cómoda y la buena compañía en ella. Acaso tienen razón los que dicen que la Luna llena tiene virtudes y propiedades particulares, lo cierto fue que regresamos a la casa.

Al salir de la casa de mi madre el color de las pasiones se había apoderado de la mitad de la Luna.  Todo el camino de vuelta a la casa nos la pasamos admirando desde el auto el espectáculo de la Luna cerca, muy cerca, y roja y naranja, extremadamente roja y naranja.

A las 10:47 de la noche, cuando llegamos a la casa, una vecina acompañada por su hijo —parada en medio de la calle con copa de vino en mano— contemplaba el espectáculo en su mejor momento con un cómodo vestido largo negro, de esos de telas suaves que visten naturalmente los cuerpos, de los cuales sería un gran pecado llevarlos puestos con ropa interior.  En un breve muro de apenas dos pies de altura y seis pulgadas de ancho y que separa el edificio de apartamentos donde vivo de la acera contigua a la calle, una pareja de amantes se disfrutaban la luna de una manera tan romántica y erótica que hablaban, sin decirlo, todo cuando les ocurría en su cabeza.  Admiramos la superluna, ahora en su fase total y de manera casi etérea, sutil, vaporosa, subimos a nuestro piso.

Lo que les voy a contar ahora es la pura verdad, pero les juro, por lo más santo (eso de jurar por lo más santo es de mi madre) que si no hubiera tenido por unos minutos el poderoso don de escuchar las mentes, como lo tuve, de seguro que todo lo que aquí diré pensarán ustedes que fue pura imaginación y, saben los dioses, que es la verdad y nada más que la verdad.

Sentado en mi butaca donde suelo leer, separado de los amantes por tres pisos de altura y un ventanal de vidrio, empecé a sentir en mi mente lo que aquellos dos amantes sentían, empecé a escuchar sus mentes.  Él estaba recostado sobre el muro con todo su torso y su cabeza y con las piernas flexionadas hacia el pecho y los pies puestos sobre el muro, creaba un balance que le permitía estar acostado boca arriba, como levitando, a dos pies sobre el nivel del piso.  Ella, frente a él, estaba recostada de espaldas sobre sus piernas, tirada hacia atrás.  No decían palabras, admiraban el espectáculo y la Luna Roja los quemaba de una pasión estremecedora.  Estaban embriagados de Luna.

Siendo un hecho científicamente comprobado, para mí estaba claro el efecto de la Luna sobre las mareas pero admito que siempre, hasta esa noche, el efecto Transilvania, ese que postulan los buenos y los malos brujos, más que un mito me parecía una buena historia para una fogata de niños acampadores.

Yo los podía escuchar en mi mente.

—¡Cuánta alegría me produce esta mujer!

—¿Se habrá dado cuenta este hombre de este sentimiento que me llena, que me angustia y que ya no aguanto?

—¡Qué ganas incontrolables tengo de agarrar su mano y caminar con ella!

—¿Cómo le digo a este hombre que en mi corazón hay un espacio que es solo suyo?

—¡Qué ganas tengo de acariciar el rostro de esta mujer!

—¡Esta euforia me tiene fascinada!

A las 11:23 de la noche, cuando la superluna llegó a su máximo esplendor, los amantes se levantaron del muro.  Ya no escuché más lo que pensaban en sus mentes.  Él la acompañó hasta el auto de ella, aguantando sus ganas de tocarla, y la despidió con un beso en la mejilla, deseando más que nunca besar sus labios mientras acariciaba su nuca y su cabello.  Ella no pronunció más palabras, recordó el ciclo lunar de 28 días y se sintió fértil y muy contenta con una euforia interna y a la vez controlada que sentía.

El miércoles, 30 de septiembre de 2015, volví a escuchar a los amantes.  Los sentía cerca, muy cerca, él jadeaba, ella se reía a carcajadas.

Foto: There And Back Again, Or a night with the teapot watching the lunar eclipse as the supermoon lived up to its name, https://www.flickr.com/photos/arg_flickr/21153486184/, por Andrew, https://www.flickr.com/people/38986305@N06.

Me confundió el nombre con otra


El_Beso_(Pinacoteca_de_Brera,_Milán,_1859)

por Reynaldo R. Alegría

Entonces vivía en un caserío con mi familia.  Un lugar lleno de pobres muy pobres, abundante droga, mucha droga, y donde la traición se pagaba con la vida, toda la vida.

Aquel joven prometía, andaba en un BMW negro usado que hacía muy bien el cuento, trabajaba con el partido político en el poder, universitario destacado que, al ritmo que se movía, debería convertirse en prominente abogado y algún día gobernar al país.  Cuando vino a visitarme al caserío creo que no se percató de que entraba al mismo infierno.  Le hice lasagna, solo para él pues la plata que me dio mi madre no daba para más; los demás (mis padres, mi hermano y yo) comimos lo de siempre, arroz blanco, habichuelas rojas y carne guisada con papas, alegando que les encantaba la lasagna pero eran alérgicos a la pasta.  Creo que mi madre estaba más emocionada que yo, me veía saliendo del oscuro caserío vestida de puro blanco y llevándomela a ella a vivir conmigo al lugar decente que yo me merecía.

No era que, precisamente, me volviera loca aquel hombre, pero cuando fuimos a su apartamento plantado en el área de San Patricio, entonces un sector repleto de familias acomodadas y acaudaladas y algunos jóvenes wannabe, como él, en realidad estaba lista para rendirme a sus deseos.  El hombre tenía labia y si al final del día verbo mata carita y dinero mata verbo, me sentía que estaba donde debía.

Creo que él lo tenía todo programado, bueno eso es obvio.  Al llegar el aire acondicionado central del apartamento mantenía el espacio deliciosamente fresco.  Una botella de vino rojo sobre la mesa, con algo de quesos y un disco de vinilo de Lucecita Benítez dando vueltas bajo una aguja de diamante sobre un plato Technics que se escuchaba como si estuvieras sentada en el foso del teatro de El Conservatorio de música escuchando la Orquesta Sinfónica del país, construían el perfecto ambiente para la seducción.  Bailamos en el centro de la sala.  A la tercera canción, creo que el tiempo también lo tenía medido, comenzó a besarme y acariciarme.

Me imaginé viviendo en aquel apartamento, durmiendo con aire acondicionado todos los días, comiendo lasagna cuando quisiera tras declararme curada a las alergias a las pastas.  Me llevó hasta un sofá desde el cual, a través de las cortinas que daban al balcón, se podían apreciar las luces de la noche en otros edificios y al tiempo que le hacía el amor a mi oreja izquierda me susurró algunas de esas cosas muy bonitas que dicen los hombres cuando te quieren coger.  Fue entonces cuando me dijo:

—Me encantas, Manuela.

—¡Hijo de la gran puta, Manuela tu madre que yo me llamo Silvia!

Le levanté urgente, di un volte face con actitud de reina de belleza, cogí mi cartera y mientras sentía la humedad bailoteando entre mis piernas arranqué y me fui a las mismas pailas del infierno con un coraje que me duró par de meses, hasta que conocí a otro riquitillo wannabe en la barra de Loíza Street Station, lugar de moda entonces.

Aunque he tenido tiempo de arrepentirme de no haberme tirado a aquel espécimen, lo cierto es que el honor y la dignidad, como dijo don Pedro, no están en el mercado a ningún precio.  Además, con el tiempo una aprende.  ¡Vamos, que cualquiera se confunde!  La clave, dice una amiga, es llamar a todos los amantes por el mismo nombre.

—¿Cómo está mi papurri hoy?

—¿Papurri?  ¿Y ese nombre?

—Especialmente para ti, papurrito lindo…

Foto: El Beso, Francesco Hayez, Pinacoteca de Brera, Milán, 1859: https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AEl_Beso_(Pinacoteca_de_Brera%2C_Mil%C3%A1n%2C_1859).jpg

Orgasmos fingidos


ZmurkoFranciszek_Sinnenrausch (1)

por Reynaldo R. Alegría

Hacía cuatro semanas que no lo veía.

Me había estado fastidiando de diversas maneras durante todo el tiempo que me le escapé y durante el cual no tuve otra intención que no fuera respirar un poco.  Hace 25 años el fastidio hubiese sido menor; apenas algunos mensajes con mi secretaria en la oficina y otro par de ellos en la contestadora de la casa, la cual –después de todo– siempre se puede desconectar.  Claro está, con el riesgo de que se enojara para siempre.

Ahora, con los mensajes de texto y los mensajes de voz en WhatsApp deseándome los buenos días y los putos likes a las fotos de ambos que colgué en Facebook hace cientos de  años, cuando él me daba el mejor sexo que estaba disponible y que yo podía obtener, el tedio se convertía en enfado y el enojo en desazón.

Con mi fuga, que buscaba ser como la del gas que no se ve pero puede ocasionar la más grande explosión, incluidas las luces y los estruendos, solo quería respirar un poco… como los seres vivos.  Deseaba absorber el aire, tomar lo necesario, expelerlo, comunicarme con otros aires; descansar del agobio del mismo aire.

Recurrí a él nuevamente, no sé ni por qué carajos; creo que mis ganas de tener sexo en ocasiones me nublan el entendimiento cuerdo-sexual.  A esta edad, en la que si se está en estas tiene que ser por el placer, punto, tampoco se está en las de perder lo que se tiene ganado.  Lo llamé desde el garaje de gasolina que está a un bloque de su casa.

—Hola.

—¡Qué bueno que me llamas!

—¿Estás listo para mí?

Llega el momento en el que ya una sabe lo que hay que decirle a un hombre para que la esté esperando casi desnudo y con una buena erección.

—Siempre estoy listo para ti.

—Pues voy camino.

Cuando llegué tenía puesta la bata blanca de toalla que nos habíamos robado del Hotel Plaza en Nueva York, siempre he creído que esas cosas se roban y no se pagan.  De un tirón lo desnudé y me le trepé encima como si presenciara el último pene que hubiera de existir sobre la faz del globo terráqueo.  Comencé a gemir con esa voz que lastima de la pena y el placer a la vez, aullando, esforzando mi voz para que los chirridos los escucharan sus vecinos, para que supieran que había vuelto.

—Me voy a venir —me dijo jadeando.

Grité más duro, me contorsioné sobre su miembro con mi baile de la media luna, un movimiento que me lleva de sur a norte y de vuelta en medio círculo regresando por el oeste.  A los 36 segundos (¡a los 36 segundos!), acabado, deshecho de su humanidad, me miró fijamente a los ojos.  Entonces le dediqué mi mirada de la total destrucción por el mejor de los placeres, esa que incluye virar los ojos hacia arriba.

—No recordaba lo rico que son los orgasmos contigo.

Foto: Sinnenrausch (pasión sensual), Franciszek Żmurko [Public domain], via Wikimedia Commons, https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AZmurkoFranciszek_Sinnenrausch.png

Bésame


por Reynaldo R. Alegría

Salimos al cine y luego fuimos a tomar vino rojo.  Como siempre, ella me recogió en su auto, complaciendo mi antojado disgusto por manejar.  Cuando eres recogido en tu casa por una mujer, muchas veces ella presume que detrás hay un plan de llevarla a la cama con urgencia, sin el foreplay de elegancia que ordenan las reglas del cortejo adoptadas por la sociedad desde hace siglos y que aún hoy se imponen ominosas.

La religiosa combinación del mosto y del hollejo en el vino rojo tiene propiedades fascinantes después de una película argentina que se mercadea como drama y que amerita la más seria discusión de la más graciosa comedia.  No solo ayuda a la mejor digestión de las proteínas y a la reducción de la presión arterial y los niveles de insulina en la sangre, sino que te hace más feliz y, en consecuencia, más hábil para entender el cine que se dice drama pero que argentinamente es comedia.

De vuelta a la casa y sin ninguna intención de invitarla a subir —no siempre se tiene sexo decía mi amiga Olga y con esta nunca lo había tenido— creo que se percató que mientras me proponía a despedirme de ella, miraba detenidamente sus labios.

—Bésame —me dijo, mientras aún estábamos dentro del auto.

Bastaría presionar los labios propios contra cualquier superficie, una foto, una mano, u otros labios, para besar.  No haría falta succionar, ni hacer ruidos particulares.  Para besar no haría falta abrir la boca con cuidado de no perder la respiración, ni tener compasión con otra boca que no ha conocido otros labios, ni evitar pasar la lengua por otros labios, ni controlarse para no morder otra boca que se apetece.

—Bésame —insistió.

Un beso tiene propiedades mágicas, no solo esas que permiten convertir una rana en príncipe (que es muy importante), sino esas maravillosas virtudes de la excitación profunda, esa estimulación erógena que activa cada terminación nerviosa que se encuentra en los labios de la boca y produce una corriente de calor, como la electricidad que produce la manipulación clitórica.

Mientras tomaba la decisión, recordaba los extensos debates en que se enfrascan algunas mujeres cuando aseguran, con gran autoridad, que hay hombres que no saben besar.

No siempre quiero besar a una mujer.

Cuando beso a una mujer lo hago porque le tengo muchos deseos; siempre cierro los ojos y siempre uso mis manos.  Cuando beso una mujer me gusta cogerla por las caderas con mi mano izquierda y agarrarle el cuello con mi mano derecha.  Me gusta ponerla de espaldas a mí y de pie, remover el pelo que cae sobre la nuca y besarle el cuello, olerla, sentir sus nalgas sobre mi cuerpo y acariciarle los senos.  Cuando beso una mujer quiero sentir que ella libera oxitocina, que siente contracciones uterinas y que sufre con mucho gozo la erección de su clítoris.  Como yo, quiero sentir que su corazón bombea más sangre, en menos tiempo.

Lo cierto es que desde su prohibición pública, hasta el perfecto convencionalismo social del beso erótico en público, en la era de lo explícito los besos están infravalorados.  Y aquí debo ser honesto, pues la última parte de esta cita es de una conocida tuitera a quien prefiero respetar su anonimato, tal como le reconozco a Fragonarg sus maravillosos besos al mejor estilo rococó.

—Déjame leerte algo.

Necesitaba ganar tiempo y racionalizar la terrible incomodidad de un beso dentro de un auto, un primer beso, sobre todo cuando hace años se ha dejado de tener 18 y cuando hace algún tiempo sabes que, para una mujer, un beso es una prueba de fuego.

—Esto lo escribí hace un tiempo:

Tus labios están buscando un amante,

otros labios a los que puedan besar,

que sirvan de lecho para descansar,

un inquieto amor que anda rogante.

Tu boca delira y arde fragante,

buscando otra boca para confesar,

un escucha dócil para embelesar,

en el romance más alucinante.

Tu amor urgente me halla dormido,

sin valija y esenciales confesos,

hendido en mil pedazos, escindido.

Si quieren los dioses seremos presos,

y en el fuego de tu boca adherido,

seré yo quien disfrute de tus besos.

Cerré mis ojos mientras acercaba mi rostro al suyo, aspiré sus olores, puse mi mano derecha sobre su cuello, acomodando el pulgar bajo su oreja de manera que me permitiera controlar la rotación de su cabeza y entonces, deposité suavemente mis labios sobre su boca.  Un foetazo de corriente me azotó y discurrió entre mi boca y la suya y entre nuestros labios y el resto de nuestros cuerpos.  Sentí cómo se inundaban mis órganos de sangre mientras me quemaban sus labios; juro que sentí que ella temblaba.

No habían pasado 10 segundos cuando con urgencia se despegó, aspiró profundamente llenando sus pulmones de oxígeno y clavándome con una mirada retadora me dijo:

—¿Subimos?

Foto: «Jean-Honoré Fragonard – The Stolen Kiss» de Jean-Honoré Fragonard – Hermitage Torrent. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Jean-Honor%C3%A9_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss.jpg#/media/File:Jean-Honor%C3%A9_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss.jpg

Olvido


Sentados. Tomados de la mano recordaban los últimos momentos de placer. Ella todavía sentía mariposas revoloteando en su estómago. Era el fuego de la pasión que aún la envolvía. El recuerdo de esos brazos masculinos que le apretaban y le reclamaban con un ardor que ella no había conocido jamás. Los besos y las caricias ofrecidas en bandeja de plata que ella devoró desesperada. Como perra en celo. Enferma de frenesí. Él, relamiéndose de gusto sabiéndose el macho de esa hembra que había montado hasta un cansancio agonizante. Recordando los gritos y los gemidos que había provocado en ella aquella noche. Aquella noche que parecía tan lejana.

Sentados. Agarrados de la mano. Se miraron uno a la otra y encontraron un rostro desconocido. Ella se soltó y se levantó. Lenta. Y se fue caminando muy despacio.