Ventanas encendidas


Ventanas encendidas que observan como monstruos en la noche,

no desesperan ni esperan sin más;

son chicles pegados en la puerta del metro.

He cerrado los ojos y he visto el mar.

Imagino que el ruido de los coches son las olas.

Como el agua busco la forma.

Buscaba la poesía y encontré el dolor.

Por favor,  dispárennos tenemos al enemigo dentro.

Bang-bang  el enemigo está dentro.

Cómo te puedo decir lo que existe

entre la palabra y el silencio.

El espacio amarillo entre la pared y yo donde revolotea la mosca.

El último cuadro donde Van Gogh hablaba

de un campo de trigo volado por unos cuervos.

Qué te puedo decir de su tristeza azul —dime

del amarillo, el verde, el negro —di—.

Solo

que la mosca se estrella transparente contra la ventana

y la he abierto para poder escapar.

Hablo de eso transparente que no te deja escapar.

Bang     

                bang  

está el enemigo dentro.

Ventanas encendidas como monstruos en la noche

no desesperan

te esperan sin más.

Son sonidos vacíos como las haches

casi transparentes

casi como nosotros

que buscan a ombres sin herrores.

Los arces otra vez


Los arces otra vez tan rojos.

Y las tiendas a las que íbamos

han cerrado o ya

son otras tiendas.

Alguien

que eras y no eras tú

ha cruzado la calle pequeña

rápida y embozada.

Al mirarte al mirarla

quise decirle:

Tienes los mismos ojos que tu madre.

En el silencio

de un polígono industrial en domingo

—bajo el cielo gris—

una formación de

grullas hacia el sur

se llaman.

La nota desnuda


Fotografía: Belgravia Studios, Londres. Versión modificada por Klelia Guerrero García.

Al definir una pausa,
¿qué se les viene a la mente?
Diría que, comúnmente,
sin mayor prueba, sin causa
aquella idea se encausa.
Se percibe como falta,
como México sin palta,
como estado carente…
Pero, de forma silente,
su influencia puede ser alta.

La música, por ejemplo,
del silencio necesita.
Hasta una pieza exquisita
no llega a ser contraejemplo:
sin contraste no contemplo
la belleza que contiene;
si nunca se la detiene,
bajará eventualmente
su impacto en cuerpo y mente.
¡Pierde la magia que tiene!

¿Y qué pasa cuando llega
una pausa a nuestras vidas?
Esas aguas removidas
que el día a día relega
y coberturas desplega,
al fin pueden ubicarse
y, con suerte, disfrutarse.
Con tanto entretenimiento
viene bien un vaciamiento,
aunque eso implique pararse.

Dijo Cage: para un humano
el silencio real no existe
puesto que, aún subsiste,
tras acallar lo mundano
el latido —y no en vano—.
Y Pradas, más adelante,
con su visión “discordante”
mostró que cualquier sonido
puede dejar de ser ruido
si se atiende vigilante. 

La desnudez de la pausa,
más que vulnerabilidad,
es apertura y realidad;
sea una u otra su causa,
de amar y ser es concausa.
No es fácil, pero es posible.
Descubrir hace visible
la belleza y la pureza
de lo que llaman rareza;
lo inicial, lo imperceptible.

Este es un recordatorio
para mí y otras notas
ya sean radiantes o rotas
de qué no implica mortuorio
la desnudez, sino ofertorio.
Aunque eso me exponga al frío,
o a la corriente de un río
—físico o de preconceptos—,
más allá de los adeptos,
por mis pausas, hoy sonrío.

Silencio, se escucha


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Foto: ©Merche García

Caen las gotas al laguito de la fuente
en suave cadencia
graznan las gaviotas al despedir el día
se oye el roce de cubiertos y platos
a la hora de la cena
murmuran las voces al oído
sin querer romper
el silencio
este bendito silencio.
De pronto, tañen, imponentes,
las campanas de la catedral.
Son las diez. De la noche.

Océano blanco


Me apoyo en los intestinos de una bestia metálica en busca de mantener el equilibrio, esperando llegar cuerdo a mi destino. Cada mañana me miro en el reflejo de sus ojos, buscando respuestas. Sonrío, pero solo puedo ver claramente mi aspecto de andrajoso circense, un personaje que la única área que domina es hacer malabares con su vida; continúo la rutina y decido permitirme hacer el ridículo artísticamente a causa de necesidad, llevando a conciencia que mi supervivencia en este océano es toda una dificultad.

Aprendí a nadar cómo la mayoría en este planeta, lanzado sin advertencia alguna hacía las profundidades de un agujero con agua de dimensiones desconocidas. Para algunos habrá sido piscina, para otros un charco lodoso o una laguna, y los más audaces cayeron directo a la humedad fresca del mar azul. En mi memoria yace vivo el recuerdo de un río, con la temperatura más baja que haya sentido jamás; justo allí fui marcado por la cruel experiencia del miedo.

Muchas veces puedo sentirlo de nuevo. La garganta contraída, orificios nasales mecánicamente tapados, la vista borrosa y la ansiedad controlando mi cerebro; la sensación terrorífica de estar ahogado, incluso sin estar nadando bajo el agua. Sencillamente viene a mí con la fuerza y escala de una ola de tsunami, y aunque la repetición le ha dado rutina dentro de mi longevidad en esta vida, nunca estoy listo para la marea… solo respiro consciencia sabiendo que siempre viene, siempre golpea.

 

Sin señal


Un silencio de trueno
invade la casa.
El rugido sacude los cimientos.
Donde hubo fuego
el viento dispersa las cenizas.
Más acá
la muerte
sucede.

Silencio


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Foto: @omurden (CC0).

 

Te has ido, como se van los últimos destellos

de este atardecer insoportable.

Entre el añil y el negro se desdibuja

este cuadro vacío sobre las horas.

 

Ya no existes en los vagos recuerdos

de este espacio en medio de la nada.

Y tu último beso, apenas un roce, un sorbo gélido

de aquello a lo que ya ni le pusimos nombre.

 

Desde el páramo de este cuerpo que no resucita,

tu silencio me ha llamado a sus filas, impaciente.

Con furia ruge el viento, azotando la puerta

que has querido cerrar para siempre.

 

El alma es eterna, y así será mi dolor,

otro intento inútil de llorar sin gritar,

una vida rota, un nudo que ahoga.

Sin tu risa en mi espejo, ni mi nombre en tu boca.

Silencio.