Silencio


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Foto: @omurden (CC0).

 

Te has ido, como se van los últimos destellos

de este atardecer insoportable.

Entre el añil y el negro se desdibuja

este cuadro vacío sobre las horas.

 

Ya no existes en los vagos recuerdos

de este espacio en medio de la nada.

Y tu último beso, apenas un roce, un sorbo gélido

de aquello a lo que ya ni le pusimos nombre.

 

Desde el páramo de este cuerpo que no resucita,

tu silencio me ha llamado a sus filas, impaciente.

Con furia ruge el viento, azotando la puerta

que has querido cerrar para siempre.

 

El alma es eterna, y así será mi dolor,

otro intento inútil de llorar sin gritar,

una vida rota, un nudo que ahoga.

Sin tu risa en mi espejo, ni mi nombre en tu boca.

Silencio.

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Una vida en el calendario


 

Septiembre siempre había marcado en su calendario el inicio de nuevos hábitos, proyectos e ideas. Sara vivía a contracorriente; a diferencia de la mayoría, para ella el año nuevo solo representaba una oportunidad más para agradecer y seguir respirando, pero no perdía el tiempo en “escribir listas interminables de propósitos inútiles”. Y septiembre sí, ese era su mes, la brisa otoñal tocaba la puerta y ella siempre se dejaba envolver por esa tan ansiada sensación de total renovación y sueños que perseguir.

Sin embargo, este septiembre deseó borrarlo del tiempo, creyó que no podría continuar con su vida. Manu, su mejor amigo, había muerto en un accidente de moto dos meses atrás. En unos días hubiera cumplido 36 años y Sara estaría preparando alguna sorpresa como había ido siendo habitual los últimos tres años. Se adoraban, y Sara sabía que él sentía por ella algo más que una amistad, tenía el presentimiento de que, en algún momento, él se lo confesaría, aunque, conociéndolo, le hubiera costado un mundo, porque era de los que temía abrir demasiado el corazón a riesgo de perder lo que más amaba. Pero Manu era valiente, era mucho Manu.

A muchos les hubiera parecido una locura, ¡eran tan distintos! Probablemente le hubieran dicho a Manu que ni se le ocurriera abrir la boca, que para qué romper una amistad tan fuerte, que mejor marcara un poco de distancia con ella para que se “desenganchara”, que se fijara en otras mujeres, que estaba equivocado, que una amistad de tanto tiempo seguro carecería de pasión, que si el panorama era demasiado negro o demasiado blanco, que si bla, bla, bla… Y Manu se hubiera reído interiormente porque al final no hubiera escuchado a nadie, y Sara… Sara le hubiera dicho que sí.

Se habían conocido en la universidad y desde entonces se habían vuelto inseparables. Manu estudió Filosofía y Letras, Sara se especializó en Biomedicina. Uno hablaba del lenguaje infinito de las estrellas mientras que la otra trataba de traducir y cuestionarlo todo. A pesar de algunas diferencias, existía un respeto y una profunda admiración mutua por el conocimiento y la manera que tenía cada quien de entender la vida.

La vida. Sara dejó de encontrarle sentido a esa palabra, olvidó su propósito; cualquier sueño que albergara su triste corazón se desdibujó por completo, el brote de una ilusión se quebraba al segundo, dejándose arrastrar hacia el más profundo de los abismos. Esos últimos meses se había pasado gran parte del tiempo encerrada en el pequeño mundo que constituían su casa y Luna, una pequeña fox terrier color negro. Había adelgazado casi seis quilos y el pelo se le caía con cada intento de cepillado.

No tenía lágrimas, había bloqueado toda emoción fuera positiva o negativa, no quería sentir, no quería llorar, ni mucho menos reír. Había decidido ignorar septiembre, cancelando casi todos los compromisos sociales y laborales. Se lo podía permitir, pues trabajaba por proyectos en una empresa internacional y ella escogía tipo de trabajo y tiempos de entrega. Por lo demás, estaba harta de los discursos de “Ánimo, el tiempo lo cura todo”, “No puedes seguir así”, “Vamos, Sara, haz un esfuerzo”, “Manu no quisiera verte así”, “Salgamos aunque sea a dar una vuelta”… Sara aprendió a zanjar los juicios y opiniones con un seco e iracundo “Déjame en paz”.

Una fría tarde de sábado, Sara salió a pasear a Luna, sintió el impulso de caminar hasta el muelle. Necesitaba respirar aire fresco. El mar siempre había sido su gran aliado en momentos bajos, Manu le había enseñado a observarlo bajo otra perspectiva. Recordó esa ocasión, fue el octubre del año pasado, cuando Manu la invitó a un improvisado picnic bajo el cielo del atardecer con fogata incluida. Justo ahí, en la playa más cercana al muelle.

El mar tiene magia, ¿no crees? dijo Manu.

Si tú lo dices… contestó Sara sin apartar la vista del libro que leía.

¿Oye, sabelotodo, no te genera curiosidad observar la naturaleza? Esconde increíbles mensajes dijo Manu entusiasmado, mientras respiraba la suave brisa marítima.

Está bien contestó Sara con fastidio, cerrando su libro—. Vamos, dime, ¿qué te dice el mar hoy?

Está bravo, mmm… Es una metáfora sobre las tribulaciones de la vida. Cuando los problemas llegan, lo hacen con toda la intensidad, ¿cierto? Igual que este oleaje, ¿lo ves?

contestó ella esbozando una media sonrisa—, es un modo de verlo, desde luego.

Sin embargo siguió Manu—, muy probablemente mañana el mar esté en calma. Digamos que se habrá llevado todos los problemas con él y el sol brillará de nuevo. Como la vida misma, que es tan cíclica…

Estás muy inspirado hoy, Manu. Deberías escribir sobre eso. 

La vida es una inspiración, el mar me dice que pase lo que pase no dejes de vivirla porque continuará. Todo llega y todo pasa. Fluye… 

La vida es bella, es lo que quieres decir, ¿no?  —Sara se recostó sobre su toalla. Observó los cálidos colores del cielo. 

Exacto, siempre lo es, por el simple hecho de estar aquí. Y el mejor tributo que podemos hacer es aprovecharla al máximo, porque es un regalo, igual que tu amistad. Se acercó a Sara, le acarició una mejilla.

Se miraron fijamente unos segundos, hasta que Manu por fin rompió el silencio.

Prométeme que siempre tendrás el propósito de ser feliz. —Sus ojos tenían un brillo especial aquella tarde.

¿Y si no lo hago? —respondió Sara divertida.

Pues una parte de mí estará muy triste. Significará que no entendiste nada y que, además, eres una burra, ¡ja,ja,ja! contestó Manu arrojándole un trozo de manzana.    

—Lo prometo entonces, pero el único burro aquí eres tú, ¡menuda tontería filosófica traes hoy, señor Sócrates! Basta ya, déjame leer tranquila.

—¡Vas a ver lo que es bueno! —Manu empezó a hacerle cosquillas.

El eco de aquellas risas parecía escucharse de nuevo, en ese sábado de septiembre en el que Sara, por primera vez en varias semanas, dejó caer unas lágrimas. Aquel recuerdo la regresó de nuevo a una inusitada paz, a una sensación de calidez y protección.

La vida. La vida estaba ahí para ella, no estaba escrita en ningún calendario, no podía contenerse ni detenerse en una sola estación. Sara tenía que seguir, tenía que VIVIR, por Manu, y sobre todo por ella. Se valía gritar y estar triste, porque de eso se trataba, de sentirse viva, agitada, y luego tranquila, como el mar.

Manu exprimió todo el jugo de la vida, y le enseñó a Sara a permanecer atenta y a apreciar cada detalle por pequeño que fuera. Él, y ese amor que compartieron en silencio, vivirían tatuados por siempre en el alma de Sara. Su repentina muerte merecía ese homenaje.

La noche caía lentamente; Sara bajó a la playa, se quitó los zapatos, sus pies descalzos sintieron la arena fría y se estremeció. Luna corría hacia el agua, ajena al espectáculo que ofrecía el paisaje otoñal. Sara la observó, sonriendo. Contempló la tímida luz de las estrellas que buscaba asomarse entre los nubarrones. En aquel instante comenzó a comprender ese lenguaje del que Manu le habló tantas veces, el lenguaje del olor a la inminente lluvia, el lenguaje de esa vida que siempre se acaba manifestando, sin tregua, a pesar del viento gélido, a través de la espesa negrura.

 Nur C. Mallart

Inspirando Letras y Vidas

Precipitaciones en el norte


Cada noche empeora la anterior.
Una muchedumbre descontrolada
abarrota las calles,
algunos se paran y gritan a las cámaras,
otros corren convertidos en terror.
Pero a este lado
del televisor el silencio
no muestra debilidad.
Se ensaña y no se detiene
porque el silencio aquí
es radical.
Se encierra en el salón
y como un musgo
se aferra a toda su anatomía
de cemento,
aguardando serenamente
para acorralar
cada conversación.
Incluso puede ser mucho
más cruel
y como si un esmalte
se adhiriese a una garganta
y esta garganta fuese
de porcelana,
la asfixiase.

Este silencio
no se termina
porque el silencio es el frío.
Un frío tan negro y rígido
que casi parece carbón,
Un frío inmenso
como vaciado sobre un campo
de flores, apresándolas
y manteniéndolas intactas
bajo una helada
que llega tan lejos
como una cicatriz
que aproxima tantísimo
cada palabra con su abismo.

Este silencio es tan puro
que no se mancha
jamás, como el cielo
sobre los Alpes
cayendo gélido sobre laderas
hasta llegar a mar abierto,
arrebatando todo el oxígeno
por el camino
sin dejar más opción
para salvarse
que enmudecer.

Blog Amenaza de derrumbe

Caos nuestro


En medio del caos
el silencio abraza primero.

Entender el desorden
es tirar de un tendón
y adivinar el paso,
como marioneta
en tus propios dedos.

Comprenderlo sería
suspirar nubes multiformes
y que en la expiración
procesionen hasta la boca,
de nuevo.

Entonces,
si llega,
llámame.

Dime caos
y abrázame.

Seamos marionetas
escupiendo masas de aire
sobre nuestras cabezas.

Encontrarán el camino a casa:
caos nuestro completo de silencio.

El último lugar del mundo


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Muchas veces me había preguntado dónde quedaba el último lugar del mundo. Cuando lo hacía era porque tenía un deseo incontrolable de escapar a un sitio en el que nunca nadie me encontrara. Desaparecer. Estaba cansado del diario vivir, de las responsabilidades, del trabajo, de las cuentas, de mi mujer y hasta de mí. Quería salir de todo y comenzar una vida nueva, allá, en ese lugar recóndito. De vez en cuando pensaba que quedaba en unas islas más allá de la Siberia —recientemente encontradas a causa del hielo que se derritió en la zona—, pero de solo pensar en el frío que debía hacer, perdía el interés de inmediato. Otras veces pensaba en Australia, en la Patagonia, o en cualquier pueblo perdido en medio de las Amazonas. Jugaba con la idea a menudo, era un pensamiento repetido, pero nunca tenía suficiente coraje como para tomar una decisión tan drástica. Hasta que un día en el que todo se tornó confuso en mi cabeza y no soporté más el estrés en el que vivía, me subí a mi motocicleta y salí de en dirección al sur, seguro de que lo iba a encontrar.

No sé cuántas decenas de millas había viajado, solo me detuve para comer algo, ir al baño y descansar en las noches. Veía a los otros seres humanos como quien mira un ave, un gato, o a cualquier animal. No me importaba nadie, la verdad. El hastío que guardaba dentro de mí me hacía despreciar a toda la humanidad y ansiar la soledad absoluta. El silencio me arrullaba y comenzaba a recobrar la paz cuando la moto se atravesó con otro vehículo y fui a parar al fondo de un barranco. Allí estuve inconsciente por varios días —eso lo supe después—, cuando fui rescatado por un grupo de personas que hablaban poco o al menos parecían entender mi necesidad del reposo mudo.

Al abrir los ojos intenté sin éxito levantarme del colchón en el que estaba acostado. Algunos huesos rotos tendría, porque el cuerpo no me respondía. Mi cerebro daba la orden, pero nada se movía. Miré a todas partes tratando de ubicar en dónde estaba, pero solo veía las paredes de una choza con un ventanal por el que podía apreciar unos montes cuya vegetación era de diferentes tonos de verde, que contrastaban con un azul celeste intenso. El clima era agradable, no hacía frío ni calor. Estaba semi desnudo en aquel catre y ni idea de cómo había llegado allí. Me daba cuenta de que la vivienda tenía el piso de barro y de vez en cuando una cucaracha me pasaba por el lado, aunque era lo suficientemente considerada como para no subírseme encima. Una vieja mujer, de baja estatura, se me acercaba con una taza que contenía un caldo de sabor extraño, pero apetecible. Esperaba a que lo tomara por completo sin impacientarse. No decía nada. No sé si porque no conocía mi idioma, porque no hablaba, o simplemente porque no era correcto que lo hiciera. Con cuidado me cambiaba el trapo que tapaba mis partes íntimas y me ponía uno limpio. Esos recuerdos los tenía como si hubiera estado drogado.

Según me fui reponiendo, logré sentarme. Cuánto tiempo había estado allí, no lo supe, pero cuando la mujer me vio sentado sonrió y salió a buscar a un hombre que parecía una réplica de ella, pero en varón. Supuse que era varón porque tenía barbas, solo por eso lo concluí. De otro modo, hubiera jurado que eran gemelos idénticos. Él se me acercó y tomándome los brazos los levantó como si estuviera comprobando que estaban bien. Luego me hizo una señal para que intentara ponerme de pie. Tuve que hacer un esfuerzo mayúsculo pues el catre estaba en el suelo y entre levantarme y el mareo que sentí, no fue nada fácil. De nuevo el hombre examinó mis piernas y mi espalda. Entonces sonrió.

—¿Prefiere comunicarse por señas o que le hable en castellano? —preguntó.

—Pues en castellano creo que es más sencillo. Lo puedo entender mejor —contesté sorprendido de que el hombre hablara.

—No crea, no siempre las palabras son del todo claras. Muchas veces se prestan para malas interpretaciones.

 —Pues sí —dije en voz baja, como para mí—. De todos modos, intentaré entender lo mejor posible lo que usted quiera decirme. Ahora, quisiera saber en dónde estoy.

  —En el fin del mundo.

  Me reí. El hombre también parecía tener sentido del humor y qué casualidad que usara esa frase.

 —No, en serio —le dije—. ¿En qué lugar del mundo estoy?

 —Ya le contesté —respondió serio—. Ve lo que le digo de las palabras.

 Decidí seguir la corriente.

  —¿Quiénes viven en este lugar? —pregunté.

—Somos muy pocos los que vivimos aquí. No más de quinientas personas. Nuestros antepasados eran dos parejas de hermanos que llegaron hace varios siglos. Somos endogámicos, por eso se dará cuenta de que nos parecemos mucho unos y otros.

Caminé hasta la puerta de la casucha que estaba encaramada en uno de los montes. En el llano había un pozo en el que varias mujeres —igualitas a la que me atendía, pero más jóvenes—, sacaban cubos de agua.

 —Salga —me animó el hombrecito—. Un poco de aire fresco le hará bien.

Al poco rato llegó un grupo de hombres. Todos de pequeña estatura, de piel morena y ojos almendrados. Traían muchos peces y verduras que le entregaron a mi cuidador. Para entonces suponía que este señor era el jefe de lo que parecía ser una tribu. Ninguno dijo nada, solo le dieron lo que traían y se fueron. La mujer lo fue colocando adentro de la choza y comenzó a cocinar.

—De una vuelta si quiere —me dijo—. Lleva muchos días acostado, desde el accidente. Estirar los músculos le hará bien.

—Sí, creo que es buena idea.

Bajé el cerro por la parte de atrás. Me sorprendió no ver animales, solo los habitantes del «fin del mundo», que hacían tareas: cortaban leña, recogían legumbres, sembraban. Cada uno hacía lo suyo en silencio. No muy lejos había un río de aguas cristalinas. No era muy ancho. Podía pasar de un lado al otro con facilidad caminando por encima de las piedras. Los peces se veían desde la superficie. Supuse que la pesca se les daba muy fácil en esas circunstancias. Al rato me encontré con una muchacha diminuta pero bonita. No me habló. Solo me ofreció algunas frutas y las comí, agradeciéndole. Me pareció gracioso que tampoco me hablara. ¿Sería que las mujeres no hablaban en ese lugar?

Regresé a la choza cuando estaba cayendo el sol. La mujer que me cuidaba me alargó un plato de comida muy deliciosa. Se notaba que los productos con los que la había preparado eran frescos. Los días subsiguientes me dediqué a comer y a descansar. No sabía si estaba en el fin del mundo, pero me sentía feliz, tranquilo y relajado. Como al mes de estar en el lugar, noté un aire festivo en la comunidad. Los hombres iban de un lado para el otro, llevando leña a la orilla del río. Las mujeres, pelaban y cortaban las legumbres que recién habían recogido. Colocaron una olla sobre la leña y echaron especias de olores fragantes. Estaba seguro de que iban a hacer un banquete. Lo que no sabía era qué celebraban. Vi al jefe subir hasta donde estaba con varios de sus hombres y me saludó. Enseguida se echaron sobre mí y me ataron de manos y pies a la espalda.

 —Pero ¿qué pasa? —pregunté aterrado.

—¿No quería desaparecer? —respondió el hombrecillo.

—Bueno… Eso no fue lo que quise decir…

—¿Qué le dije? Las palabras se prestan para malas interpretaciones.

Imagen: https://pixabay.com/en/old-cottage-mow-wooden-abandoned-2174517/

Ante el vacío


Abandoned Architecture Old Empty Wall Building

Fuente: Max Pixel

Se aproxima el instante,
se acerca el momento.
Que no es precipicio,
tampoco es tormento.

Buscando el silencio
se encuentra ese muro,
derribarlo ya quiere,
un deseo tan puro.

Tras esa pared
el vacío amenaza,
agujero inminente,
el hueco atenaza.

El miedo a la nada
impugna el sentir,
el pavor al vacío
le impide insistir.


© Fabio Descalzi, 2017.

Lo abandonó en el mes del amor…


A pesar de estar perdido por largas noches en el desierto aún respiraba. Marcos nunca encontró el oasis. Lucía delgado, harapiento, desconsolado. Sus labios en carne viva por saciar su hambre sangraban bajo la imponente superluna. Vagaba aturdido entre las noches sin horizonte. Estaba tan vacío que solo las migajas de su silencio lograron llenarlo.