Remembrando y recabando


Cuando tu amor y mi dolor se juntan y luego se despiden.
Cuando tu placer y mi decepción se apasionan y luego desaparecen.
Cuando tu cuerpo y mi alma se unen y luego despegan.
Cuando tus labios y mi boca se aman y luego se atosigan.
Cuando tu piel y mi cuerpo se entrelazan y luego se agobian.
Cuando tus caricias y mis manos se seducen y luego se odian.
Cuando tu ternura y mi dulzura se amalgaman y luego se deslucen.

Voy remembrando y no mucho después
voy recabando mi soledad, tu amor y mi dolor.

Rememorando que la vida de mi vida fuiste vos,
y recabando que en algún momento hasta mi vida daba por vos.
Recordando y recabando, querida, mis llagas invisibles y tus cínicos temores.
Recabando y evocando mi fidelidad y tu traición.

Remembrando y recabando,
recabando y recordando,
recordando y olvidando
tu amor y mi dolor.

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Solo


La noche y la soledad son hermanas.

Y la única luz que espera en casa encendida es

la de un frigorífico vacío o la de un microondas loco

que gira

que gira

dando vueltas a mi cabeza precocinada.

 

El silencio

y la soledad son hermanos.

Y la única voz que me da la bienvenida

es

un televisor con noticias siniestras

o la radio

con canciones que se repiten

una vez

y otra vez

el mismo día, a la misma hora,

miércoles y fines de semana alternos

como un disco rayado por la uña trágica de Ella.

Sí, lo sé, —no digas nada—

todo esto lo hago para no escucharme;

lo hago, para no oír la voz de mis pasos que aún descalzos

gritan:

“Estás solo”

Soy el rumor de una habitación sin cortinas.

Soy la

g

o

t

a que cae al fregadero.

El tic tac

de una noche en vela.

Soy el brazo dormido. Soy

un eco de mí mismo que se apaga.

 

La soledad y yo

somos hermanos —casi amantes—.

Y paso largas horas hablando con Ella

(como una beata pecadora con su rosario) en silencio;

en una letanía que a veces deja escapar

una palabra (en voz alta),

por ejemplo “ azul” o “cerca”;

que suena tan extraña como dicha

por otro,

como la nota que se escapa al aire

y la canción de la fiesta

sigue sonando en la cabeza… (hasta la locura)

Entonces, en esa otredad

—en esa otra casa—

descubro y confundo la realidad

y como un microondas —perdón— como un loco

grito en la oscuridad : “Ella”

Sólo la tienes a Ella.

Sólo a la soledad.

Sólo. Solo.

De regreso a la isla


aisla

Ya es hora de que regrese a la isla. Allí donde está mi vida. Donde descansan mis sueños de niña y los despojos de mis abuelos. Quiero regresar y andar por el pueblo con un traje de primavera rosa, descalza sobre la hierba. Deshojar las margaritas hasta tener la respuesta que espero. ¡Me quiere! Oler las azucenas impregnando el ambiente zarandeado por el viento del Caribe. Quiero caminar por la playa, sentir la arena fina haciéndole cosquillas a mis dedos e ir a la orilla, mojarme los pies y mirar al sol de frente, aunque me queme las retinas. Quiero llenar mis ojos de la inmensidad del mar, de ese azul inolvidable que me persigue de noche cuando estoy dormida. Mi isla, mi terruñito.

***

Yo me impuse este castigo. Yo me enredé en este karma. Yo abandoné mi cuna, la hamaca en la que me mecieron cuando apenas caminaba, los paisajes recorridos una y otra vez. Vine a esta tierra extraña que consumió los huesos de mi padre y exprimió las memorias de mi madre.

Las memorias, mis memorias…

Andaba por el Viejo San Juan jugueteando con mi mejor amiga cuando lo vimos. Apenas teníamos quince años y esperábamos el amor, sin saber qué cosa era. Él me envolvió en el misterio de lo no conocido. Y me embriagó con palabras. Y me entregué al cielo del infierno con los ojos cerrados de tanto que confié. Ya no había marcha atrás. Hay cosas que cuando se pierden no regresan jamás. La inocencia se desprendió de mí y aunque la quise rescatar no fue posible. Hasta muy tarde supe, que no solo se llevó la mía. Desfloradas quedamos las dos guardando un secreto inútil. Le quise sacar los ojos y arrancarle el corazón por robarse lo que era mío… y no era. Mi amiga —la única hermana que tuve— se fue de mí porque me negué a escuchar.

Me hundí en una profunda depresión. Poner el mar en medio parecía la mejor alternativa. No confiaba en nadie: no existía el amor, no existía la amistad. Nada era lo que parecía. Me aseguré de que no volvieran a herirme y cerré mi corazón. Me encerré en mí misma y en los estudios, hasta hacer una carrera envidiable. En el pecho llevaba una piedra incapaz de sentir. Ocupé catorce horas de mi día en el trabajo. Hablaba lo necesario, encerrada en mi cubículo. No compartía con mis colegas, no sé si hablaban de mí, no iba a sus fiestas. En la noche al apartamento: un baño, un libro y a dormir en la más absoluta soledad. La piel se me fue secando, tanto que parecía tener la misma edad que mi madre. Ella que rogaba porque algún día hallara el amor, se murió viéndome morir poco a poco. No me interesaba la ropa de moda, ni las canas que cundían mi cabeza. Yo me encontraba en compás de espera… tic tac, tic tac, tic tac… ¿Cuándo se acabaría este sin sentido? La isla vivía dentro de mí. Yo era una isla.

***

Ya es hora de que regrese a la isla. Tengo cáncer. No quiero tratamiento, ni dejar mis horas siendo un expediente en un hospital frío y solitario. Voy a vivir el tiempo que me queda haciendo las cosas que añoro. Buscaré a mi amiga y le pediré perdón. Caminaremos de nuevo por el Viejo San Juan y reiremos como antes. Pasaré horas escuchándola contarme sus historias. Me contentaré de saber que ella sí vivió.  Y al final, moriré sentada mirando el mar, oyendo el ir y venir de sus olas rompiéndose sobre las arenas.

Y ya no estaré aislada.

Imagen: Melba Gómez, San Juan de Puerto Rico, 2016

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Lo abandonó en el mes del amor…


A pesar de estar perdido por largas noches en el desierto aún respiraba. Marcos nunca encontró el oasis. Lucía delgado, harapiento, desconsolado. Sus labios en carne viva por saciar su hambre sangraban bajo la imponente superluna. Vagaba aturdido entre las noches sin horizonte. Estaba tan vacío que solo las migajas de su silencio lograron llenarlo.

Rey de su vida


Nació acunado en oro.
Vivió caminando por senderos de plata.
Murió en lecho de bronce.

Siempre reinó sobre su vida.
Nunca la logró gobernar.

Siempre con un séquito de asesores.
Nunca anduvo solo.

Así se escribió su historia.
Así de simple y compleja.

¿Por qué rey, y no presidente?
Por una sencilla razón.

Un presidente se elige.
O se hace elegir.

Pero uno no elige nacer en la vida que le toca.
La hereda.

Como un rey.
Nace para ser.

Ángel

Ángel


El silencio de los inocentes


Rosa se había quedado a vestir santos. A los cuarenta y cinco años, después de que murieron sus padres a quienes con tanto fervor había cuidado, decidió irse a trabajar a la escuela del barrio. No le hacía falta el dinero pues había heredado la casa y una pequeña fortuna, lo suficiente para vivir cómodamente el resto de su vida, pero igual se aburría en su casa sin hacer nada. Ella se había diplomado de maestra en su juventud, pero debido a la enfermedad de sus padres no había podido ejercer. Como nunca se casó ni había tenido hijos, trabajar con niños para ella era una gran ilusión.

El primer día de trabajo, le notificaron que enseñaría el segundo grado. Felíz se dispuso a enfrentarse con los niños que por un año entero estarían a su cargo. La directora de la escuela la llevó a su salón de clases, el cual estaba pintado en alegres colores y albergaba a un grupo de treinta chiquillos preciosos. Otra maestra la estaba esperando para presentarle a sus alumnos. Rosa miró las caritas que le devolvían sonrisas con su más dulce expresión, mas le llamó la atención uno en particular, flaquito y de ojos inmensos, que no sonreía a pesar de que ella le sostuvo la mirada, sonriéndole a la vez.

Ya sola en su salón de clases, se sintíó dueña de aquel paraíso de las primeras letras y primeros conocimientos de sus estudiantes. Traía más que lista su primera lección, pero decidió entregar unas tarjetas a cada niño para que escribieran su nombre, dirección, número de teléfono y el nombre de la persona a su cargo. Mientras daba las instrucciones, observaba al niño de los ojos inmensos, que permanecía con la ficha sobre el escritorio y un lápiz en la mano sin escribir nada. Esperó que los demás estuvieran ocupados en llenar las suyas y se acercó a él.

—Hola —dijo dulcemente—. ¿Cómo te llamas?

—Benjamín Loyola —contestó una tímida vocecita.

—Benjamín, ¿tienes algún problema para llenar tu tarjeta? —preguntó Rosa.

—Es que maestra, yo no tengo padre —respondió.

—Entonces pon el nombre de tu mamá. Esta bien con eso.

—Mi mamá trabaja y no puede recogerme. Yo voy después de la escuela a la casa de mi abuelo hasta que ella llega.

—Bien, entonces pon también el nombre de tu abuelo y su número de teléfono, por si acaso ocurriera alguna urgencia —explicó pacientemente.

La maestra se quedó junto a Benjamín hasta que terminó de llenar su ficha, luego las recogió todas llamando uno por uno a sus estudiantes para poder conocerlos mejor.

—Estoy segura de que en unos días sabré quién es cada uno de ustedes —afirmó contenta y procedió a la lección.

Esa noche Rosa no podía quitarse a Benjamín de la cabeza. Parecía muy solo durante el recreo. Mientras los otros jugaban, él se quedó sentado en un banco del jardín. No traía almuerzo y sus ropitas no eran de estreno como las de los otros. Al terminar el día, cuando los demás se fueron, ya fuera con sus padres o en un transporte escolar, Benjamín permaneció en los alrededores de la escuela, jugando con piedritas en el patio.

A la mañana siguiente, Rosa decidió llevar un almuerzo adicional para él. A la hora de receso, se le acercó y le dijo que le había traído una sorpresa. Le regaló unos lápices de colores, un libro de pintar y le ofreció los alimentos que había traído para él. Por primera vez vio que el rostro del niño se iluminó. Con una modesta sonrisa, tomó lo que su maestra le dio y se fue a un rinconcito a comer.

Así estuvieron por varias semanas. Rosa llevaba un almuerzo para Benjamín. Él se sentía cada vez más agradecido y cercano a ella. La maestra observaba que el niño se quedaba en el patio de la escuela después de clase.

—Benjamín —dijo acercándose al niño cariñosamente—. ¿Qué pasa que no te vas a casa al terminar la escuela?

Un llanto profundo salió desde el alma de la criatura. Rosa podía sentir el dolor, la desesperanza, el miedo que sus descorazonadas lágrimas transmitían. Instintivamente lo abrazó.

—¿Quieres contarme? —preguntó.

Un largo silencio, eterno como la muerte, precedió sus atormentadas palabras.

—Maestra, mi abuelo me hace cosas que me duelen.

****

Un año ha pasado desde que Benjamín reveló la causa de su suplicio. Su abuelo fue condenado a prisión por pedófilo. La madre fue acusada y apresada también por negligencia criminal. La maldita conocía lo que pasaba y nada hizo. Se excusó diciendo que tenía que trabajar y que el abuelo era la única persona que podía cuidar al niño.

Rosa vendió su casa, tomó su herencia y desapareció, llevándose consigo un tesoro: su hijo, Benjamín.