La querida


Leopold Mozart dejaba caer sus lágrimas sobre las cuerdas del violín. Movía el arco apasionado, compenetrado en su música. Sol, Re, La, Mi, signos acurrucados por los húmedos cuerpos tibios de su llanto. Los suspiros danzaban en la superficie de madera del Stradivarius. Las soledades fueron enamoradas por las notas musicales. Todo era algarabía en el interior del virtuoso. Por fin, había conocido el verdadero amor.

Soledades y olvidos


Tan oscuro que anochezco
Su voz repiqueteando en mis oídos como campanas
Rotas
Muertas
Oxidadas
Su cama en el olvido
Su sexo también
El sexo, Dios, el sexo de esa mujer
Muñeca deshilachada de trapo y aserrín
Diosa voodoo que espanta fantasmas,
Del color de la muerte sus ojos
Su corazón marcado con el signo del dinero
Tan traviesa en la cama, tan orgullosa de sí
Mis recuerdos de ella en el olvido
La noche sin estrellas
La noche que se va, que me deja solo
En el cadáver de una vieja casa
Donde habitan
Soledades