¡No soy un robot!


Desde que tengo uso de razón fui partidario de que las lágrimas son el medio de catarsis más noble que puede existir. Darle salida a esa angustia o felicidad extrema a través de unas cuantas gotas que son portadoras de una parte tuya me parece el claro ejemplo de la perfección del cuerpo. Esa capacidad de reciclarnos a nosotros mismos emocionalmente y de seguir adelante pese a las adversidades me hace no perder la fe en el ser humano.

A muy temprana edad decidí mandar al demonio esas estúpidas afirmaciones de que el llanto es un indicador de debilidad. Todo lo contrario, creo que se debe poseer una gran fortaleza para reconocer la necesidad de liberar emociones antes de que el interior sea consumido por una maldad superior a la de Darth Vader, Voldemort y Sauron juntos.

Así que durante muchos años me puse en contacto con mis emociones para poder darle salida a aquellas que fueran demasiado para mí y para el equilibrio que trataba de encontrar. Se podría decir que lloré lo necesario ante los problemas que cualquier adolescente puede atravesar en la etapa que descubre a la vida como un recorrido donde se encontrará con más complicaciones de las jamás imaginadas, y en donde las cosas serán muy de vez en cuando tal y como las desea.

Más adelante aparecería la oportunidad de llorar por el desamor, la desilusión, la muerte y todas esas rachas donde te enfrentas a sucesos que te ponen a pensar en la razón de seguir flotando en este espacio y en el por qué seguir luchando; pero en medio de toda esa confusión el universo te permite disfrutar también de triunfos, de risas, amistades y esperanza con respecto a lo que está por venir.

No obstante, en algún punto del camino me traicioné a mí mismo y decidí bloquear mi medio catártico favorito para canalizar mis emociones a través de lo que ahora es mi modus vivendi (la escritura). No me arrepiento de que así se hayan dado las cosas, pero por momentos extraño a ese sujeto con el que compartía reflexiones mientras mis ojos enrojecían al tiempo que disfrutaba de una cerveza o de un buen disco.

Por gracia divina, por los clavos de Jesucristo, por las barbas de Gandalf y por el poder de Grayskull (ora sí me pasé de mamón) no hace mucho descubrí –en una madrugada dedicada a escuchar música colgado de la hamaca y con los ojos cerrados- ¡que no me he convertido en un maldito robot! Todavía tengo la capacidad de conmoverme hasta las lágrimas y de liberar todas las emociones acumuladas en sollozos.

Pero ya que hablo de mezclar sentimientos con música en una noche donde los minutos parecen no avanzar, ¿recuerdas cuándo fue la última vez que lloraste cual Magdalena escuchando un álbum? A mí me costó trabajo, pero caí en cuenta que la última ocasión que me había pasado algo similar se remonta hasta el año 2007, época en que el In Rainbows de Radiohead me taladró el cerebro y el alma.

Ahora fue el turno de los muchachos de Sigur Rós para hacerse cargo de los altoparlantes y de mí consciencia. Entrada la noche decidí ponerme a escuchar toda su discografía hasta que llegó el turno del tercer álbum de la banda, ese que no tiene nombre y sólo se le identifica con un ( ). Las canciones que lo integran tampoco cuentan con nomenclatura. Quizá sea lo mejor, ya que uno lo puede bautizar como se le dé la gana conforme la experiencia sonora transcurre. Me transportó a un bosque cubierto por neblina donde la incertidumbre reinaba antes de dar cada paso. Me permitió extrañar, desahogarme y estar en contacto con aquél adolescente que hacía a un lado las dificultades para rescatar únicamente eso que le brindaba ilusión. Lo escuché. Me encontré en sus ojos e hicimos el acuerdo de visitarnos de manera más frecuente.

Hacía años que no lloraba de esa manera y durante tanto tiempo. Me fui a dormir aún entre lágrimas y al día siguiente desperté sintiendo que el universo entero había sido hecho para mí. Tan sólo faltaba ella, quien en realidad estuvo conmigo en pensamiento, y a quien tan complicado es no ver al despertar para perderme en sus ojos.

Sí, había vuelto a llorar, a berrear y a sentirme más vivo que nunca. ¿Por qué? Porque qué sería de aquél que no sabe reconocerse a sí mismo y no sabe descubrir qué le da paz en sus días más turbulentos. El momento post lágrima te permite eso, encontrarte en tu etapa más vulnerable y ver con claridad qué es lo que hace falta en tu vida para apuntar de nuevo al equilibrio.

En la búsqueda del mío (equilibrio), Sigur Rós y yo nos hemos convertido en cómplices desde aquella noche. Ellos por supuesto no lo saben, pero desde entonces y hasta el fin de mis días ese álbum se ha ganado un lugar muy especial dentro de mis favoritos. Lo he vuelto a escuchar en diferentes circunstancias y en variados estados de ánimo y me sigue emocionado como aquella madrugada. Tal vez sin derramar las lágrimas, pero si con sensaciones intensas que recorren cada poro de mi ser.

Por ahora sólo me restan dos cosas: una, pedirte que sientas, que llores, que te descubras en ese estado, y que te entregues a la música hasta volver a llorar con un disco (o que te des la oportunidad de escuchar y escuchar hasta que lo logres por vez primera); y, la segunda, agradecer al ser celestial por el amor que tengo hacia el arte de la combinación de sonidos, y por haber corroborado que ¡no soy un robot!

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Menos mal…


Hoy, después de mucho tiempo, decidí dar una caminata en la colonia al atardecer. Cielo parcialmente nublado, una fresca ventisca que hacía ver sensacional mi percudida chamarra de mezclilla, y mi caminar era el de aquél que en sus pasos deja ver que se ha puesto en marcha un episodio reflexivo que no terminará sino hasta que los pies pidan ese intercambio del zapato tenis a la comodidad de sus chanclas.

En esta ocasión no me acompañaron mis audífonos Marley (tesoro que llegó a mi vida a principios de año y que han sido fieles melómanos al reproducir tanta buena música a través de ellos), tenía ganas de escuchar las calles que me rodean, la gente, los pájaros –si, todavía cantan los condenados al momento en que el Sol comienza a ocultarse-, los niños jugando y al infaltable conductor neurótico que pita la bocina gracias al estrés ocasionado por ser aún lunes.

El destino final fue seleccionado: el parque detrás de mi antiguo colegio cuya más grande aportación a la historia de la ciudad de México fue haber poseído en sus dominios una tienda de Danesa 33 (¡esos sí eran helados, chinga!). Vaya, el sitio se ve mucho más verde de lo que recordaba cuando mis clases de educación física permitían ir más allá de los muros de la escuela (cual prisión, me cae), pero básicamente no presenta ningún cambio considerable.

Los juegos infantiles, los aparatos donde los mamers van a ponerse más mamers (pero de manera bien hipster, gooeeei, o sea, en contacto con la naturaleza), la caseta de policía –donde por cierto, cosa rara, siempre se ve a un protector de la justicia-, y la siempre particular cancha de basquetbol en la que –por increíble que parezca- el nativo ha descubierto la manera de utilizarla jugando tres deportes de manera simultánea; siguen siendo sus principales atractivos.

Tras recorrer los pasillos internos del jardín, y después de haberme puesto a jugar con unas lindas cachorritas (vaya, que no es lo mismo que “perras”), decidí embarcarme en una de las más grandes investigaciones que el hombre moderno haya llevado a cabo: saber si todavía se sigue yendo a echar novio al parque.

Quizá fue mi falta de contacto con más parques últimamente o la falta de atención a lo que en ellos sucede, pero la respuesta que la consulta arrojó fue aplastante: ¡se sigue yendo a echar novio al parque! (aquí suena de fondo All You Need is Love, de The Beatles, entonada por el suave canto de los mentados pájaros; bueno, no, pero hubiera estado de onda).

Uno se encuentra todo tipo de escenarios: los chavos fresas que corren el enorme riesgo de ser atracados mientras cortejan a la morrita que es más fresa que ellos; la pareja que no le importa nada de lo que sucede en el parque, a ellos les ocupa manosearse de principio a fin en la comodidad de una banca; también están aquellos que buscan hacer lo mismo, pero al interior de un auto (¿de quién se andan escondiendo, eh, par de cabroncitos?), y hay quienes prefieren demostrarse su amor o calentura bajo la sombra de un árbol y junto a un arbusto de tamaño considerable (¡estos fueron los más abusados!).

Una vez que estas imágenes dantescas fueron superadas y que mi periodo de reflexión me llevó a dibujar una sonrisa en mi rostro, emprendí el camino de regreso a casa. Mi andar ahora era el de aquel que ha logrado sacar buenas conclusiones de su dilema inicial, de quien se ha encontrado de nuevo con experiencias tan simples pero enriquecedoras, y del romántico que aún cree en el amor sobre todas las cosas.

Allá iba yo con mi cantar hasta que de súbito me encontré con el remedo de ser humano que por tener piernas creyó poseer la habilidad de manejar. Grandísimo animal, tan sólo por unos centímetros falló en su intento de dejarme en modalidad Oscar Pistorius… menos mal, ¿no?