Armas legendarias de diferentes mundos


armas legendarias de diferentes mundos

Ilustración de la transfiguración de «La dama tapada».

Iniciaba el año 2004 de la era cristiana, habíamos concluido con la misión «Ángel 02» hace algunos días y luego de ello, sin planificación ni previo aviso, algunos amigos coincidimos en una fogata afuera de mi humilde taller. 

La noche era estrellada y fresca en esa época del año, al menos así es en los valles cerca de una cuidad conocida como «El corazón de Blacks Gaea». Todos estábamos disfrutando de la fogata mientras recordábamos algunas victorias pasadas. Luego, nos quedamos hasta la media noche contando historias de terror.

—¡Ya me aburrí! Hagamos esto más intenso —interrumpió Jacob la conversación cuando Gabriel terminó de contar su historia—. Ya fue con los machetes, los cuchillos y los garfios, les contaré sobre algo más sorprendente, quizás no en este mundo, pero en alguno de sus mundos seguro lo es —dijo, refiriéndose al lugar de proveniencia de cada uno, porque no todos eran de Blacks Gaea.

—¿Y qué puede ser peor que un machete oxidado? —preguntó alguien más.

—Buena pregunta —contestó Jacob muy animado, y enseguida volteó hacia a mí y preguntó—: Herrero, ¿cuál es el arma más grande y terrorífica que has forjado?

—Un brazo de hierro —contesté.

—Bueno, esto se trata de algo más que solo un brazo, se trata de un ser completo: un arma mortal…

Así, con esta macabra introducción, el viejo Jacob, recorredor de mundos, inició su historia:

Resulta que en un pequeño mundo muy, muy lejano, existe un lugar llamado Guayaquil, donde los fines de semana su gente se dedica a beber licor hasta altas horas de la noche.

Allí en cambio, eran apenas los años 1700. Una chica llamada Luciana se escapó de casa para ir a buscar a su novio Carlos. Ella sabía que lo iba a encontrar en alguna de las cantinas del barrio Las Peñas o cerca de allí, y su plan no resultaría mal porque vivía cerca y volvería a casa sin que su vieja madre se diera cuenta, pues ya le había dado de comer, la había bañado, la había acostado y le había bajado el mosquitero.

Casi dos horas después, sin éxito de haber encontrado a su amado, triste y furiosa, decidió regresar a casa antes de que su madre la llamara para pedirle ayuda para ir al baño a media noche como es costumbre. Pero en el camino de regreso, la interceptaron dos sujetos en completo estado etílico, y entre los dos la violaron y dejaron a la joven agonizando por la brutalidad del acto. La Muerte se acercó rápidamente e, indignada, sacó la consciencia del cuerpo ultrajado de la chica.

—¡No es tu hora! —se dirigió la parca a la sorprendida joven—. Ya estoy cansado de que gente muera antes de su hora…

—Por favor —suplicó la joven—, devuélvame, no puedo morir y dejar a mi madre sola…

—Pero hace rato que la dejaste —interrumpió la parca, haciendo sentir culpable a Luciana por haber escapado de casa un par de horas—. Y ya no hay vuelta atrás —continuó furioso, lo cual demostraba oscureciendo todo a su alrededor mientras parecía que su tamaño se volvía más grande—. Ahora ya no cuidarás de tu madre, te condenaré a cuidar a todas las mujeres de este barrio, te daré parte de mi poder para que elimines hombres malos por mí y ya no tendré que recoger almas inocentes… al menos por aquí —ordenó con una voz retumbante mientras desnudaba su huesuda mano y acercaba su falange a la redonda pero respingada nariz de la porteña.

—¿Por qué no lo hace usted mismo? —replicó Luciana con terror e impotencia.

—La condena para mí es diferente y no puedo elegir a quien segar, porque no me es permitido y porque no tengo nada en contra de ustedes, humanos inferiores. En cambio tú, con tu bondad y tu belleza combinadas con tu sed de venganza, podrás eliminar al menos parte de la maldad de este puerto sucio y maloliente —respondió la santa Muerte mientras contaminaba con su podredumbre el rostro de la chica y la convertía en un símil.

—Siempre odié el crimen impune que se llevó a mi hermana mayor —susurró Luciana mientras aceptaba su nuevo destino y recordaba a su hermana que había sido asesinada de la misma forma que ella.

Pasaron días, semanas, meses… Y dieron a Luciana por desaparecida y muerta, pues encontraron sus ropas ensangrentadas, pero nunca su cuerpo. Sus vecinos enterraron una caja vacía y su madre fue llevada al asilo porque no tenía más familia que pudiera hacerse cargo de ella.

Después, un sábado por la noche, Julio y Juan, amigos de Carlos, le insistieron para ir a beber para olvidar sus penas, sobretodo por lo de Luciana. Carlos estaba arrepentido de haberse desaparecido aquel fatídico día, pensó que no pasaría nada si iba a beber una noche con sus amigos, pues sería su primera vez, cumplió dieciocho y debía hacer lo que todo guayaquileño debía hacer al cumplir la mayoría de edad. Pero todo salió mal, ni siquiera para él, sino para Luciana.

—¡Ya, qué chucha! —exclamó Carlos con tristeza y resignación—. Vamos. —Aceptó ahora sí, luego de muchos meses de la tragedia, la invitación de sus amigos.

Tragos fueron y vinieron, pasillos y músicas tristes alentaban a aquellos muchachos que querían convertirse en hombres a seguir bebiendo. Pero, luego en la madrugada, un ebrio y cansado Carlos dejó a sus amigos y se escabulló con lo último de sus neuronas y coordinación para irse a casa a descansar.

Cuando Carlos caminaba con sus torpes pasos por la «Calle de la Orilla», saliendo de las Peñas, se encontró con una hermosísima mujer vestida de negro, con un corset que le ceñía la cintura y volvía más prominente sus caderas y hacía que la abundancia de sus pechos rebosara. La forma de caminar de la mujer le quitó la ebriedad al instante a Carlos, pues le recordó a Luciana. Carlos intentó ver el rostro de esta misteriosa mujer, pero estaba cubierto con un velo también negro, la mujer volteó y con el índice le hizo señal para que la siguiera. Ahora los ojos de Carlos no se decidían entre buscar reconocer el rostro de la mujer o mirar su trasero apretado con el vestido provocador que llevaba. 

Carlos siguió unos pasos a la mujer, impulsado por la curiosidad de ver su rostro, la invitación de ella y la normal atracción por una figura tan afrodisíaca. La brisa hacía sonar el río y al mismo tiempo llevaba el aroma de la misteriosa mujer a la nariz de Carlos. El joven quedó extasiado con el perfume dulce de la mujer, el aroma era suave y fino, como esos perfumes que traían de París y que solo podía oler cuando estaba cerca de las criollas para llevarles los mandados, pero, aparte de eso, podía percibir la esencia del aroma de la mujer mezclado en la dulzura del perfume suave, un aroma atractivo y sexual.

De pronto la tristeza, el añoro y la nostalgia invadieron el corazón de Carlos, cuando recordó que su amada Luciana solo olía a plátano verde, queso y pescado porque ella se dedicaba a hacer tortillas de verde en el día y corviches en la noche para mantenerse ella y su madre. Carlos se volteó e inmediatamente dejó de seguir a aquella hermosa mujer de negro que lo invitaba a meterse a una de las calles totalmente oscuras. Caminando en sentido contrario a ella, Carlos vio como la mujer desaparecía en la oscuridad.

El dia lunes, Carlos fue a trabajar, pero en toda la mañana no vio a Julio ni a Juan. Ya en la tarde, escuchó a un familiar de Juan hablando con su jefe. Se enteró de que Julio había muerto y que Juan contó, con medio rostro paralizado, una historia increíble, de ultratumba. Según lo que los médicos y familiares de Juan entendieron, es que, supuestamente, la madrugada del domingo mientras regresaban a sus casas después de la borrachera, Julio y Juan se encontraron con una mujer vestida de negro, Julio la siguió lanzándole piropos e incrementando las groserías a la señal de invitación de la hermosa dama, Juan un poco más juicioso, le advirtió que no la siguiera, Julio no hizo caso y la continuó siguiendo, y a una cuadra de distancia Juan pudo ver como Julio empezaba a toser y a escupir con desesperación, seguido de eso cuando la “hermosa dama” se dió vuelta, su rostro mostró solo un cráneo con cuencas vacías; Julio cayó al suelo convulsionando y echando espuma por la boca. Mientras esto ocurría, una fuerte ráfaga de aire hacía más dramática la escena de la mujer volteándose y mostrando el rostro de La muerte en lugar de la engañosa belleza que aparentaba; ráfaga de aire, la cual llevó un olor nauseabundo y pestilente hacia Juan. Juan se volvió y trató de echar a correr pero junto con la ráfaga de aire y el hedor, pudo sentir como era empujado por una fuerza extraña; era extraña porque tenía la sensación de haber sido empujado, pero su cuerpo seguía en el mismo lugar, esto último Juan no lo pudo explicar, pero días después fue diagnosticado con parálisis (derrame) cerebral del lado izquierdo; existe la teoría de que por la distancia, el alma de Juan no fue completamente desplazada como la de Julio, de quién quedó un cuerpo vacío y que murió al instante.

El viejo Jacob cuenta entonces que la santa Muerte finalmente se ingenió una forma de dejar un arma de justicia en aquel mundo, en ese lugar llamado Guayaquil. Luciana se habría convertido en la legendaria «Dama tapada». Y también dijo que me daría información para crear armas de ese tipo para Blacks Gaea… en esos tiempos pensé que era broma, ahora todos sabemos que no lo fue.

***

—Aún en tu condena encontraste una forma de ser feliz…

—¿En serio era él quien se resistió? No veo con claridad el mundo de los vivos. ¡No me mienta, señor Mefisto! ¿Ese único hombre que se resistió era Carlos?

—Sí, hija mía, yo no miento. Tu hombre es un hombre bueno y aún te ama y te extraña.

—¡No es justo, señor! No merecemos esto.

—Nada es justo, hija, y nadie merece lo que tiene. Pero descuida, que para eso estamos nosotros.

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Era la noche oscura


Era la noche oscura. Tan oscura que la luna y las estrellas parecían haber desaparecido del firmamento. El calor sofocaba el cuerpo y el alma. Las gotas bajaban confusas. ¿Eran de sudor o lágrimas? La ropa molestaba, la piel más. Los mosquitos se aprovechaban de su cuerpo semidesnudo. Entre los ruidos —plantas eléctricas, grillos, coquíes—, se escucharon unos pasos. Una mano tibia se posó en la espalda de Edgardo. Él se sobresaltó. No esperaba a nadie a estas horas. Un dedo sobre sus labios calló sus palabras. Su corazón comenzó a latir aceleradamente. Sintió la presencia acercarse a su oído pasando su lengua por la oreja. El viento se desencadenó y pensó por un momento que se elevaba. Todo comenzó a estremecerse. El suelo, la hamaca y hasta la columna donde estaba amarrada.

Entonces escuchó una voz que le dijo:

—¡Bú!

Y su corazón se detuvo.

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Terror


Hay un ruego ahí,
una petición
desesperada,
pero imperiosa.

«Por favor, no».
Y no hay forma
de cambiar de opinión.
«No me lleves ahí».

Las manos que se estrujan,
la mirada que se desvía
hacia el terror.

«¿Dónde allí, corazón?».
Afuera…
afuera de aquí,
afuera de mí.

Y de golpe
ya no sé
si ella teme más
salir
o yo aborrezco más
entrar allí.

La sombra


Y el cabrón se murió el día de mi cumpleaños. Como si no me hubiera jodido la vida lo suficiente, se murió. Así de fácil. De la misma forma dramática que entró a mi vida se fue. Cosa de que lo recordara para siempre. Tuve que respirar muy hondo para tragarme la noticia. Siempre fue así. La cosa era llevarme la contraria.

Aquella tarde recibí un ramo de lirios sin tarjeta. Apestaban a funeraria y los tiré a la basura. Mis amigas me invitaron al pub de costumbre. Me arreglé con desgano y subí al coche. Miraba por el retrovisor y una sombra en el asiento de atrás me asustó. Frené de golpe en un lugar en el que no me hubiera detenido ni de día. Un vagabundo —que por mi madre se parecía al difunto—, pasó por el lado y me vio de reojo. Respiré profundo y me giré rápido, tenía que agarrar a quien fuera que estuviera allí. No había nadie. Maldita sugestión. Apagué el acondicionador de aire porque hacía frío.

Me aparqué en la calle, lejos del bar. Parecía como si todo el mundo en la ciudad se hubiera dado cita allí esa noche. Tomé el bolso y corrí para alejarme de aquel callejón oscuro. En eso me torcí el tobillo. No es fácil caminar con tacones sobre la brea. Entré al club cojeando —maldiciendo entre dientes—, y busqué si en alguna de las mesas se encontraban mis amigas. Resoplé. Aún no habían llegado. El establecimiento estaba gélido y a los cinco minutos estaba titiritando. Tomé el móvil y comencé a llamar, ninguna contestaba. «Vaya, qué día», pensé. Un hombre en la oscuridad se acercó y me ofreció una copa. Negué con la cabeza. Esperé media hora más y me harté.

Salí furiosa, con el pie adolorido en dirección a donde dejé el auto. Vi como un desconocido tranquilamente abría con la llave, se subía en él y se marchaba sin prisa. Confundida, traté de llamar la policía, pero el móvil se había descargado. Un taxi se detuvo y subí a él. Estaba tan cabreada que ni miré quién lo conducía. Le di la dirección, pero siguió disparado mientras en el asiento de atrás le gritaba que se detuviera.

Me eché hacia delante y descubrí que la sombra se reía de mi mientras manejaba.

Imagen:  https://pixabay.com/id/bayangan-pria-topi-michael-jackson-2687048/

Calle Consuelo #411


Abro la puerta de la casa y un chirrido molestoso  me hace volver atrás para verificar la dirección. Sí. Es el 411 de la calle Consuelo. Vuelvo a entrar y las maderas del suelo casi se quiebran debajo de mis pies. ¡Qué lugar tan extraño para una primera cita! Pero después de seis meses de hablarnos en el “site” ya no importa en donde nos encontremos. ¡Tengo tanta ilusión! Es curioso. Nunca pensé que en esos lugares de la red podría encontrar el amor. Si no hubiera sido por Rebeca nunca lo hubiera hecho. ¡Mi amiga tan querida! Fue ella la que me aconsejó que tratara. Siempre fui tan tímida. Luego de varios intentos lo encontré a él. Es que se parece a Clark Kent. Serio, moreno, alto. Sus anteojos lo hacen muy interesante. Enseguida que vi su foto me gustó. Su conversación es tan amena. ¡Es tan inteligente! Correcto, respetuoso. ¡Y es estudiante de medicina!

***

Ese olor… es penetrante. Como a desinfectante. ¿Dónde estará él? ¿Por qué tarda tanto? Busco un interruptor para encender la luz pero no lo encuentro. ¿Qué es esa sombra que pasó tan rápido por mi lado? ¡Qué susto! Me abraza por la espalda. Está jugando conmigo.¡Se siente tan bien! Pero ¿qué hace? Está poniendo una toalla sobre mi cara. Me da sueño. Pierdo el sentido. Despierto en una camilla de operaciones y él me está mirando muy serio. Siento miedo. Me siento mareada. Mi visión está borrosa. Veo órganos colgados en ganchos alrededor del cuarto. Un olor fétido inunda la habitación. Como a sangre podrida. Él tiene algo así como una sierra eléctrica en su mano y la acerca a mi estómago. Siento terror y un dolor terrible mientras él va sacando de mi vientre mis órganos y mis tripas y se las va comiendo. Me desmayo.

No sé cuándo perdí mi vida.

El que habita en las sombras


Él esta ahí, lo se, observándome, estudiándome, en las sombras.

Todo comenzó un día en que fui a visitar a mi vieja tía. Ella vive en el campo, vivía, mejor dicho. Todavía no me acostumbro a la idea de que este muerta. Era el único pariente vivo que me quedaba. Mi familia se extinguió hace tiempo, yo era el mas joven, ahora soy el único. Ella tenia 93 años, se llamaba Francisca, descendiente de españoles, vino a vivir a Argentina cuando era una niña de 7 años. Su familia eran judíos ortodoxos, respetaban todas las fiestas, el shabbat, no comían cerdo, ni mezclaban carne con leche. La religión en la familia murió hace tiempo ya, con mis padres, dando paso a un completo ateísmo. Mis padres no creían en nada, tan solo en la ciencia y los hechos factibles. Yo nací un 25 de septiembre, a las 14:50 horas. Fui educado en las más caras escuelas privadas. Fui a la universidad. Me gradué como ingeniero. Ahora, hasta el momento del incidente, estaba haciendo una carrera. De chico era muy imaginativo, siempre creando amigos invisibles. Nací enfermo. Mis padres me sobreprotegían. Ellos murieron un 12 de agosto a causa de un accidente de autos. Un conductor borracho los mató. Por suerte, o por desgracia, el también murió. Heredé una fortuna enorme que me ayudó a solventarme durante años. Luego de la muerte de mis padres sólo quedábamos mi tía Francisca y yo. Siempre fui tímido con las mujeres. Tuve mis novias, pero hace tiempo que me di por vencido. Recorro el mundo solo. Así, mi corazón no vuelve a sangrar.

Ese día, en la casa de mi tía, di con unos documentos de mis bisabuelos. Eran unos manuscritos llenos de formas geométricas, ángulos, e inscripciones al pie de pagina. Ése fue el primer escalón en el descenso de mi mente hacia lo oscuro. Esos manuscritos me fascinaron. Las lineas eran perfectas, los círculos también, los ángulos. Los dejé donde los encontré, en un baúl de la casa, pero no podía sacármelos de la cabeza. No sé porque produjeron tal impacto en mí, al fin y al cabo eran viejos e inentendibles.

Al caer la noche volví a mi casa. La autopista estaba desierta y no me llevó más de media hora llegar a mi hogar. Prendí la televisión y abrí una cerveza. De pronto sentí que me observaban, me di vuelta pero no había nadie, nada, estaba solo en las sombras de mi casa. No le habría dado mas importancia a no ser por un ruido que me pareció oír, como un murmullo. Prendí las luces pero estaba solo. Me fui a dormir con la mente intranquila. Esa noche tuve los sueños mas raros, pero al despertar se disiparon de mi mente. Algo me decía que tenia que traer los viejos manuscritos a casa y tratar de darles una explicación.

Volví a la casa de mi tía en busca de los papeles. Sigue leyendo