La supremacía de la verdad


Soltamos verdades
como migas de pan,
señalando el camino
nos aleja de —todo—
lo demás.

Una verdad a medias.
Una media verdad.
Una verdad completa
nos libera de —todo—
lo demás.

Una verdad engañosa
extendida en la visión,
accediendo directa al fondo
—consciente evolución.

Una verdad privilegiada
cómplice del engaño:
la verdad de otro
no es la mía.
La mía, por serlo, es —más—
más verdad.

Anuncios

Intramundo incipiente


Abro las puertas
de mi propia Babilonia.
Entran conmigo los rechazos
golpean
transforman
mudan.
Con lo que fracasé
con lo que mentí
con lo que perdí.
No conseguí rendición,
ni honra, ni extravío.
Cojo piezas
desarraigo
alienización:
intramundo incipiente.
Ordeno ruinas.
Construyo mi paraíso
donde nadie toca luz
excepto mi mano izquierda.

La mirada de nadie


«Barrotes sobre su piel», por Gema Albornoz.

La punzada
continúa.
Y se encoge.

Filtra el dolor,
ahora, caricia.

No hay preguntas,
ni intrigas
sobre el origen.

El banco —su cama—
lo protege del mundo.

Cae brazo al suelo,
roza el caos.

Sale al exterior.

La mirada de nadie
lo alude.

Vuelve al calor,
barrotes
sobre su piel.

Caos nuestro


En medio del caos
el silencio abraza primero.

Entender el desorden
es tirar de un tendón
y adivinar el paso,
como marioneta
en tus propios dedos.

Comprenderlo sería
suspirar nubes multiformes
y que en la expiración
procesionen hasta la boca,
de nuevo.

Entonces,
si llega,
llámame.

Dime caos
y abrázame.

Seamos marionetas
escupiendo masas de aire
sobre nuestras cabezas.

Encontrarán el camino a casa:
caos nuestro completo de silencio.

Día siguiente


Mañana
es el lazo
que hoy atas a tu pie derecho.
Con él
quieres anudar
los ciento volando
y cualquier escalada
a esta parte del plano terrenal
inclinado,
apuntando al infinito.

Mañana
vive con la esperanza
de la armonía armada,
de la felicidad cosechada,
de la tormenta perfecta,
de la explosión solar.

Mañana,
día siguiente,
de un hoy urdidor.

Y si el alba raya


Salva tu impulso.
El viento natural sopla.
Te ayudará al atardecer.
Levanta tus fuerzas.
El fuerte oleaje choca,
la gaviota atraviesa la luna.
Te empujarán ambos al anochecer.
Enciende tu llama.
El resplandor y el alba rayan.
Línea continua infinita.
Rompe el día.
No se apaga,
pues te salvas
y te levantas.
Hasta que el alba
raye tu llama.

Me toco los ojos


Me toco los ojos.
Ellos son conscientes de mí,
pero no de lo que ven,
ni de la fuerza empleada
por ese sentimiento purpúreo
al salir,
a través,
de ellos.
Me toco los ojos.
Mis dedos le contagian
una palpitación abismal.
Provocando un compás
diferente a mi corazón.
Estoy escuchando
cómo calla la madrugada
y cómo ese silencio es sábana
de estos dos faros míos.
Ambos están lejos
del mar
—y de la tierra.
Me toco los ojos
y el sueño
vuelve
a mí.