Otro día será


—Entonces —me preguntó—, ¿a dónde va el día cuando se acaba? Si es tan grande para iluminar todo el mundo, ¿cómo hace para desaparecer tan rápido?

No —le respondo—. No desaparece, solo cambia de atuendo. De noche se viste con un manto oscuro, pero al amanecer se engalana con la claridad del cielo, del sol o las nubes.

—¿Significa entonces que siempre es el mismo?

—Pues sí y no.

Me quedé con la respuesta a medias, porque no sabía cómo continuar con mi relato. Era verdad. Un día era un recurso para medir el tiempo, y éramos nosotros, los seres vivos, quienes transitábamos por él, movidos por la rotación del planeta. Muchas veces en mi vida me he detenido a reflexionar en esta misma idea. Así que me quedé meditando el final de la respuesta.

Observé, además, que me miraba con incertidumbre, pues no estaba del todo convencido de mi fugaz explicación.

—¿Y por qué…?

«Agárrate, porque esta pregunta tiene pinta de ser más audaz aún», me dije a mí misma.

—¿… por qué, si el día siempre es el mismo, celebramos los días pasados, como el día de nuestro cumpleaños?

Mis argumentos se derrumbaron con semejante razonamiento.

—Verás. El día es como nosotros. Somos los mismos, pero diferentes. Entonces el día en que naciste, o el día en que nací yo, fueron momentos especiales del día, tan especiales, como cuando tú y yo estamos de buen humor.

Y así, eludiendo mi definición nada científica del día, vencido por el cansancio, me ha dicho que le gustaría quedarse despierto para ver cómo cambiaba de atuendo el día. Me dio un beso de buenas noches y cerró sus ojitos para dormir.

—Sí, otro día será —le dije despacio, mientras salía de puntitas de su habitación.

Aventura de la mente en otoño


Conforme se termina el otoño, siento unas ganas efervescentes de empezar una aventura en un barco bucanero —si hay barcos bucaneros cargados de libros, o que pasen por la puerta de casa— sería una aventura solo para empezarla sin prisioneros o islas donde beber ron, ya que no creo en milagros pasada una hoja del calendario, ni deseo acabar bailando en un carnaval con una capa negra de terciopelo.

Este año, la presencia del otoño está absolutamente expuesta al desasosiego. Mientras las heridas son siempre ojos mirando sobre una tela.

Avanzamos entre rescoldos de pérdida, vacío, juegos y consternación en estas tardes de calles vacías.

Fotografía del autor. New York.

Historia de un concierto fallido de cumpleaños


A quienes están

Y llegó el día.

Durante la semana se habían alineado

todos los planetas. El universo escribió

en el horizonte más cercano, con tinta

índigo. El día olía a tierra y agua.

El petricor caló las ropas y el cuerpo.

Era el momento de engrasar las botas,

vestir el cuero y saltar hasta la mañana.

Era el momento de la cerveza sobre la ropa

y la batería marcando el eco. Era el momento

de celebrar la música y que bailaran todas

las estrellas de la galaxia.

Pero ni su voz marcó el compás,

ni la niebla empañó el día de pizza italiana

con trufa y brindis de las copas de vino.

La humanización del tiempo


Por: Melanie Flores Bernholz

«Si diérase la ocasión en que usted y yo coincidiéramos ser a ser y sintiéramosnos piel a piel, si ciertamente diérase tal ocasión, no sabría si bien honrar su presencia con lirios y manjares o bien afilar mi lanza para cometer ya sabe usted cuán cruel imprudencia. Pues, aun habiendo sobrellevado cada uno de mis días vividos acompañada de usted, he de confesar, que no termino de simpatizar con su apariencia.

Me es usted fiel, me es usted doblemente más fiel que mi propio nombre. Bien parece el amante perfecto. Pero igualmente fiel le es a tantas y tantos otros miles de miles, ¡he visto cuánto gusta de aviejar el cabello de cualquier dama o caballero que pase frente a la estancia suya! Lo descubrí coqueteándoles a mi hermana mayor y a mi abuela Amanda, también al viejo Rachid que vive al otro lado del mar y a la flor rosa que planté en mi jardín junto a unas setas que quedaron algo decaídas tras darle la bienvenida a su nueva compañera. Definitivamente, se cree usted el donjuán más refinado de los donjuanes.

Yendo a ignorar esos aires altaneros suyos, le propondré que se asome a mi terraza, para tomar una o dos copas de vino y ¿por qué no aprovechar la ocasión y almorzar algún que otro plato combinado, acompañado de un jamón ibérico o, si usted lo prefiere, de un queso francés? Le digo pues, engalánese debidamente para mí, ¡yo haré igual para usted! Ajústese la corbata, plánchese la camisa y arréglese el pelo. Échele cuanta imaginación pueda y dele forma a ese andar suyo, y perfúmese el cuello, para que todos y todas puedan seguirle el rastro y verlo aquí sentado conmigo, platicando sobre asuntos irrelevantes, asuntos referentes a las tareas de hogar o referentes a las dudas sobre qué chal ponernos en la próxima misa de domingo, sin olvidar los chismorreos que nos llegan de las señoras adineradas de la calle de San Lúcar.

No obstante, tengo entendido que está usted falto de oída. Vayamos pues a darle dos orejas, orejas de esas que tienen los vivos y también los muertos a los lados de sus cabezas. ¡Además nariz y dientes! ¡Y boca! Pero boca de un labio nada más, no vaya a ser que aprenda usted a silbar y me trate como a perra.

Dicen que es de carácter relativo, que cada cual lo siente a usted de manera distinta. Permítame entonces averiguar, si el anciano que vive bajo aquel puente extraño de Londres lo siente áspero o quizá esponjoso o si esa amiga mía o aquella otra prima mía de Jalisco lo sienten frío, caliente o ardiente. Además, dudo mucho que alguien lo vea de color negruzco y otro alguien de color azulado. Que alguien lo saboree y piense estar disfrutando de un postre dulzón y, en cambio, otro alguien piense estar comiendo un guiso con ajo y cebolla. Que alguien lo oiga y crea escuchar la sinfonía tan conocida de Beethoven y otro no oiga sino silencio, o que este mismo lo huela y sospeche estar respirando el aire de un rosal, y que el otro alguien del guiso perciba un olor más bien aliáceo, que no sería de extrañar. Con lo cual, tampoco debe usted ser tan relativo como todos dicen.

Sepa que yo lo siento a usted muy pesado, pues sin pedir permiso anduvo por la hechura mía, desproveyéndome de cuanta juventud poseía. Pero sepa también, que dejando de lado mi enfado y pasando por alto que arrasa consigo cuantas caras, viñas y selvas se encuentre en su camino, estoy decidida a derribar la mala fama suya. Quiero que cuantos humanos, flora y fauna posea el universo, consideren cuán poco sentido tendría su existencia sin usted, pues despuebla y repuebla los campos y bosques con conejos y pinos respectivamente, y a las mujeres y a los hombres nos une al no permitirnos sentirlo con ninguno de nuestros cinco sentidos».

El tiempo, le temps, o tempo, die zeit… Es evidente que, desde el punto de vista fisiológico, ningún ser es capaz de palpar, ver, saborear, oír u olerlo y es de extrañar que, aun así, su existencia nunca haya sido cuestionada. Parece impensable poner en duda el paso del tiempo. Esto se debe, en parte, a que el ser humano realmente es testigo de la fuerza arrolladora con la que el tiempo actúa sobre toda materia viva e inerte.

Con su paso, por ejemplo, deja el cuerpo del hombre manchado, arrugado y marcado por tantas otras incontables dolencias, para finalmente entregarlo a la irremediable muerte, una muerte más que necesaria para que el propio tiempo perdure en el tiempo, porque de no haber cambios en el estado de la materia, este dejaría de existir tal y como se le concibe a día de hoy. Parece tener el mismo instinto de supervivencia que la especie humana y cualquier otra especie de animal o de planta que luche por sobrevivir y mantener su puesto en el orden natural de las cosas.

Por alguna razón desconocida, el ser humano le teme a la muerte y, en consecuencia, evita todo tipo de envejecimiento. Resulta ser el hombre una rigurosa combinación de ingenuidad y egocentrismo, pretendiendo controlar el tiempo para apropiarse de una vida eterna. Desea domar lo indomable, mas olvida que el tiempo siempre seguirá su curso natural, independientemente de cuanto esfuerzo invierta en manipularlo según le convenga.

Francamente, cuando deje de verlo como enemigo y de querer avanzarlo, retrocederlo, encogerlo, ensancharlo, estrecharlo o rasgarlo, cuando acepte definitivamente que no hará evolucionar el tiempo en su forma y que no le alcanzarán jamás las palabras de la lengua humana para tratar de explicar un asunto tan poco tangible y que tampoco habrá fórmula matemática capaz de describir su más pura esencia, cuando acepte eso, entonces el ser humano será capaz de hacer las paces con el paso del tiempo y no temerle más a la muerte.

Es preciso no olvidar que, en cierto modo, quien hace y mantiene con vida al hombre es el tiempo, pues si no fuera por él, no existirían el recordar, el soñar ni el inventar de pasados, presentes y futuros…, cualidades meramente humanas y habilidades más que indispensables para sobrevivir a los estragos e infortunios que le son deparados al ser humano a lo largo de la vida por su propia naturaleza.

Recuérdese entonces, que sin el tiempo no sería imaginable tener conversaciones tan imposibles como la presentada al principio, inventadas y escritas por puro gusto y divertimento. Aunque pensándolo bien, quizá algún día, tras mucha paciencia y perseverancia, la humanidad logre humanizar al tiempo y darle vida, dotarlo de cinco sentidos, y poder zanjar un trato con él de manera amistosa.

 

Manual de vida de un instante


La primera aspiración que el autor del poema «Quiero ser» presenta ante su amor e inspiración es: «ser […] algo más que un instante».

Este poema me removió el ser desde nuestro primer encuentro; sus efectos son incluso más poderosos con el pasar del tiempo. Hoy, casi quince años más tarde, resuena también más fuerte una de las preguntas que su lectura me dejó:

¿Qué es y cuánto dura un instante?

En medio de una normalidad con comida y bebidas instantáneas, fotografías más que instantáneas, en la que incluso las relaciones se pueden conseguir de formas «instantáneas», la idea más difundida de un instante está relacionada con inmediatez, rapidez y facilidad. Sin embargo, en mi interpretación del poema su concepto va un poco más allá…

Una de las versiones más «pequeñas» de un instante es, tal vez, semejante al espacio de tiempo que se genera entre la inhalación y la exhalación. Pero desde esa pequeñez, cada instante tiene un poder enorme, capaz de dictar los ciclos de los más de 30 billones de células que conforman un cuerpo humano promedio simultáneamente y, a través del cuerpo físico, regular incluso el flujo de nuestros pensamientos, sentimientos y emociones. De esa forma, se convierte en una de las mejores representaciones del poder de lo sutil.

Más allá de su duración, muchos instantes pasan desapercibidos al distraernos con el pasado o el futuro, mientras que otros llegan a cambiarnos la existencia. Entre estos últimos, hay formas evidentes como al ganar la lotería o al ser arrollado por un coche; las hay también más esquivas, como cuando un momento «ajá» sale a nuestro encuentro. Lo anterior es sólo una proyección de lo que ocurre en otros elementos de la naturaleza, con instantes decisivos como aquel en que un líquido alcanza su punto de ebullición y se convierte en vapor, o cuando se condensa y pierde su fluidez. Sin importar si esos nuevos estados son temporales o permanentes, la transición seguramente deja su huella, y el poder del instante vuelve a manifestarse, ahora más allá de la sutileza.

Al indagar entre los instantes favoritos de mis días pienso en puestas y salidas de sol, y observo que su magia se extiende tanto como me he permitido disfrutarlos: pueden ser tan cortos como la sonrisa que me despierta el reflejo rojizo de su presencia, o tan largos como las cadenas de memorias a las que los asocio.

En escenarios menos agradables, como situaciones cercanas a la muerte, muchas personas afirman ver su vida transcurrir en un instante con las denominadas experiencias de revisión de vida. Quienes las han vivido manifiestan que en ese «estado» se pierden los límites de tiempo y espacio de la forma en que los conocemos, percibiendo cada «evento» como un microsegundo o como mil años, como ambos y ninguno a la vez. Sin ir a tales extremos, hay quienes al entregarse a etapas de autodescubrimiento, de amor o incluso de dolor, hacen de estas experiencias sus fuentes de inspiración y logran derribar también el concepto de instante como expresión de tiempo o espacio, hablan de versiones infinitas y poderosas, aún al ser conscientes de que son al mismo tiempo solo un punto en su camino.

Al cambiar el lente tiempo/espacio, la humanidad misma parece haber durado tan solo un instante. Por ejemplo, Carl Sagan, en su calendario cósmico, escala el periodo de vida del Universo (13 800 millones de años) a un calendario anual (365 días); de ese año, toda la historia de la humanidad estaría comprendida en los últimos 21 segundos del 31 de diciembre. En términos de superficie, si el calendario cósmico se escala al tamaño de un campo de fútbol, él estimó que toda la historia humana ocuparía un área equivalente al tamaño de su mano.

Entonces, me llevo la idea de que realmente no importa cuánto dure un instante, ni cuántos instantes componen mis días; lo que importa son los lentes con los que los vea y la perspectiva con la que los viva. Cuando lo instantáneo, la velocidad y la cantidad se nos vendan como las únicas formas de vivir, recordemos que lo que ganamos en distancia lo podemos perder en disfrute; cuando el contexto nos invite a superponer o separar la conciencia individual de la social, pensemos en cómo se sentiría realmente si no hubiese un todo, una familia o un motivo superior en nuestra existencia; y, cuando le estemos regalando demasiado poder a las comparaciones, recordemos que la necesidad de demostrar es un invento nuestro y que, como tal, lo podemos rediseñar… ¡No al revés!

Los invito a percibir la vida como un instante, no para correr más o tratar de hacer más, sino para aprovecharla y abrazarla desde su fugacidad y fragilidad, del mismo modo que valoramos una fotografía por representar un fragmento de tiempo que no volverá. Que su brevedad sea un canal para centrar nuestra atención en el aquí y el ahora, para vivir más allá de los miedos y reinventar nuestros lentes cuando no funcionen más. Los invito a ser un instante, viviendo el poder desde la sutileza y liberándonos de conceptos y medidas externas.

El fin del mundo


—Me termino el cigarrillo y nos vamos —me dijo la pelirroja que me acababa de «abordar» en el bar.

Le respondí afirmativamente. Era la primera vez que una mujer de ese «calibre» se interesaba en mí.

—Iré al tocador. Regreso y nos vamos —me susurró al oído mientras pasaba su mano por mi hombro.

Obviamente volví a asentir. ¿Realmente creía que le diría que no? Con ese trasero, obviamente no.

Regresó por mí. Pagué la cuenta y salimos del lugar. 

No habíamos terminado de dar el primer paso afuera del bar, cuando nos fundimos en besos, con los ojos cerrados y los brazos entrelazados, tocándonos todo, saboreando nuestras lenguas e intercambiando palabras de deseo.

A mitad de un «vámonos ya, que necesito tenerte en mi cama», el sonido de lo que parecieran los motores de diez mil camiones provenientes del cielo, nos anunció que el fin del mundo había comenzado.

Dibutrauma del inicio del fin del mundo.

Los devotos de Akasha


«Reloj de Telésforo» por Blacksmith Dragonheart

Cierta raza extraterrestre desarrolló una civilización basada en el misticismo. Dentro de su jerarquía, existía un sumo sacerdote capaz de acceder a estados alterados de conciencia que le permitían vislumbrar el futuro. Puliendo dicha destreza, lograron avances importantes en el desarrollo de su cultura. Una vez que esta raza extraterrestre adquirió más conocimiento sobre el tiempo y su funcionamiento, llegó a la conclusión de que existía un ente inmaterial que ellos llamaban Akasha.

Describían aquella entidad como una diosa de seis brazos y una cabeza con tres rostros. Cada rostro y cada par de brazos estaban escribiendo en un pergamino eterno que iba pasando por sus manos, conocido como Los registros akáshicos. El primer rostro y un par de brazos registraban con tinta indeleble el pasado. El segundo rostro y otro par de brazos registraban con tinta los eventos del presente conforme iban ocurriendo. El tercer rostro con el último par de brazos escribían el futuro más probable con lápiz. Conforme el futuro se volvía presente, la parte con lápiz pasaba a manos del rostro que escribía el presente para que este colocara tinta o ajustara aquello que el borrador con lápiz había descrito. Finalmente, el rostro que escribía el pasado, sellaba todo con tinta indeleble para que no pudiera ser alterado.

Los sumos sacerdotes de esta raza extraterrestre encontraron una manera de vislumbrar la parte escrita con lápiz, es decir, el futuro más probable. De esta manera, lograron predicciones más exactas, lo que les permitió optimizar sus decisiones y acelerar su proceso de evolución como civilización. Debido a esto, la raza de seres interdimensionales conocida como Los limitantes los consideró una amenaza potencial y destruyó su planeta, provocando su extinción. Pese a ello, un sumo sacerdote que estaba fuera del planeta por motivos rituales, retrasó unos días su regreso debido a una vislumbre del futuro que le indicó que sería peligroso volver en ese momento. Cuando regresó, a lo que debía ser su planeta, solo encontró un cinturón de asteroides. Por lo que, temiendo a lo que causó la destrucción de su planeta, decidió exiliarse en una galaxia lejana donde la vida inteligente recién empezaba a desarrollarse.

***

El sumo sacerdote dedicó lo que le quedaba de vida a perfeccionar su método para vislumbrar el futuro. Pese a ello, nunca logró tener una visión clara de él. Lo que sí logró fue tener visiones claras y precisas del pasado, lo que le permitió identificar a los culpables de la extinción de su raza. Se dedicó, por tanto, a intentar tener una visión clara del futuro. Anotaba y dibujaba cada vislumbre por más borrosa que fuera. Con el pasar del tiempo, usó sus apuntes para descubrir cómo crear un objeto para extender su vida y así poder entrenar a otra persona que cumpliera su más ferviente ideal, que consistía en la destrucción de la amenaza que constituían Los limitantes para la vida en general. Dicho objeto era parecido en funcionamiento a un Libro de los siete sellos. Sin embargo, tenía algunas diferencias fundamentales.

El objeto era condicional y obligaba al portador a cumplir con el ideal de la institución creada por el último sumo sacerdote, que bautizó como Los devotos de Akasha. Además, dentro del objeto se guardó la esencia misma del sumo sacerdote, no una copia basada en inteligencia artificial. Es decir, de alguna manera, el sumo sacerdote seguía con vida dentro del objeto como una manifestación incorpórea pero capaz de comunicarse e interactuar parcialmente con su entorno.

Los devotos de Akasha heredaron el amuleto creado por el sacerdote, conocido como El reloj de Telésforo. Este amuleto enseñaba a aquel que aceptara el pacto y el título de Alquimista del tiempo y que, además, jurara por su vida no solo cumplir los objetivos de Los devotos de Akasha, sino también a guardar su esencia en el reloj una vez hubiera llegado a una edad muy avanzada. De esta forma, acumularon una larga lista de Alquimistas del tiempo dentro del reloj, donde interactuaban entre sí y aprendían entre ellos, aumentando enormemente el conocimiento que podía otorgar el objeto a quien aceptara el pacto.

***

Se sabe que la última persona en heredar El reloj de Telésforo fue un practicante de vudú llamado Dimitri. Él encontró el reloj y, eventualmente, logró descifrar su mecanismo para contactar con los incontables alquimistas del tiempo acumulados dentro. Ellos le ofrecieron el pacto, pero Dimitri decidió tomarse su tiempo para considerarlo. No fue sino hasta que estuvo en una terrible persecución, en la que corría grave peligro su vida, que Dimitri recurrió al reloj como último recurso. Aceptó el pacto y el reloj le transfirió inmediatamente el conocimiento necesario para teletransportarse y salvar su vida.

Eventualmente, haciendo uso del conocimiento que El reloj de Telésforo le brindaba, con la única restricción del pacto inicial, Dimitri logró convertirse en el primer Alquimista del tiempo en conseguir una visión clara del futuro. Logró dominar un arte que combinaba vudú y alquimia, conocido como Tanatomancia, en el que usaba el asesinato de una persona como ingrediente para lograr ver el futuro con claridad. Dimitri descubrió que Los registros Akáshicos funcionaban como una gran red informática universal ejecutando un sistema de seguridad muy parecido al blockchain. Pero solo podía hackear el sistema para descargar un bloque pequeño de la cadena, que contenía la información del futuro más probable del día siguiente.

Dimitri empezó un duro entrenamiento para pulir su Tanatomancia, lo que implicaba más asesinatos. El reloj de Telésforo decidió enseñarle por ser el más talentoso en siglos y porque sentía que el objetivo de Los devotos de Akasha estaba por encima de cualquier código moral, por lo que decidió apoyar a Dimitri en el perfeccionamiento de su técnica y así superar la limitación de su visión del futuro. Durante ese entrenamiento, luego de muchos intentos, Dimitri logró superar la barrera de un día y empezó a explorar las visiones del futuro. Sin embargo, no tenía control alguno en dicha exploración. Debido a esto, tuvo una visión involuntaria pero muy clara y sobrecogedora sobre el futuro del planeta Tierra. En dicha visión se veía a una raza de seres, que el reloj confirmó que eran Los limitantes. Estos invadirían y devastarían la vida en el planeta luego de unas cuantas décadas. También, antes de salir del trance de su visión involuntaria, logró vislumbrar que para evitar dicho futuro necesitaba construir algo en el sol. Pero esa parte de la visión estaba tan borrosa que no pudo definir ni qué debía construir ni cómo hacerlo.