A la mar la vida


Observa la orilla la vida que se esfuma,

la que fue vivida y la que no se mueve.

 

Se van las lágrimas con la espuma

que regresa a las costas de allá enfrente.

 

Se van las sonrisas en la luz que se pierde.

La tarde apuñala al sol y la noche rezuma.

 

La vida es la espera observando

la orilla que es penumbra

 

y que se marcha y que decrece

y se hace invisible bajo el sol que zarpa.

 

La vida es la zarpa del sol que se anochece

y cubre la mar con su muerte y con su capa.

 

La vida es la mar que se agazapa

en los recodos del aire que la mece.

 

Viene la mar y la recibo.

Viene la mar y no se mueve.

 

Vengo yo y la mar me envuelve.

Ya nos vamos, nos despedimos.

 

No hay sol matiner ni nada

que se le parezca en esta tarde

 

y en los párpados me arde

la bandera foradada.

 

Cuando camine hacia atrás,

no sabré si el mar se muere

 

o soy yo, que me alejo más

bajo las sombras del muelle.

 

Alacant tiene algo que se exilia

entre el cielo de la noche y el humo

 

y ya no sé si yo me esfumo

o si la vida que se marcha es la mía.

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El riesgo del azar que va llegando


“Salgo a fumar”, informó Juana al resto. Daniela y Malaca, siempre juntas, se sentaron en la parte larga del sofá y esperaron con los dedos entrecruzados sobre la mesa. La salita era diminuta y estaba separada de la cocina y de la puerta de la calle por una cortina que estaba descorrida. Ni tan siquiera podía ser considerada un espacio independiente. Más bien, era un constructo espacial demarcado por la ocupación de la mesa, el sofá y las sillas (y la cortina corredera), que se insertaba en un marco multifuncional de carácter vestibular-alimenticio-sedentario. Llegó Isaías y se sentó en la parte corta del sofá, bajo la ventana y como presidiendo la mesa. “No es el sitio que habría elegido si me hubierais dado elección, pero no pasa nada”, miró de reojo al intersticio que dejaban las cortinas y se vio reflejado en el cristal de la ventana. Daniela y Malaca intercambiaron sus pupilas durante un instante. “No te preocupes”, le pidió una de ellas. Llegó Jonás con una bandeja de plástico y cinco tazas de café aguado, una de las cuales se habría de enfriar. “Perdonad por el café, pero es lo mejor que he podido hacer con esa cafetera de mierda”, se disculpó y se sentó en una de las dos sillas blancas que ocupaban la otra parte larga de la mesa, justo enfrente de Daniela. Las dos bombillas alumbraban solo sobre sus cabezas y el resto del bungaló permanecía en una penumbra abandonada.

Isaías alcanzó los naipes desde donde se encontraba sentado y comenzó a barajar con poca destreza. “¿Hay comodín?”, inquirió Malaca. “No, ya lo he quitado yo”, respondió Jonás y señaló a hacia un lugar impreciso en el vestíbulo, “¿Querías jugar con él?”, “No, todo lo contrario”, intervino Daniela, “El comodín nos trae mala suerte”. Recogieron sus respectivas tazas y apartaron la bandeja a un lado, con una taza humeante reposando todavía en su superficie. Malaca pareció no quemarse la boca entera cuando se llevó el líquido negro a los labios, pero Jonás no pudo reprimir su asombro ante la torrefacción de la sustancia. “Arde como un demonio”, exclamó con comedimiento y recolectando una gota caliente que ya se le escurría por la perilla. “Lo acabas de sacar de la cafetera. No sé a qué viene tanta sorpresa”, lanzó Daniela, aprovechando el ridículo. “No empecéis”, frenó Isaías y Malaca, mediando con su estrategia de calma, acarició con la yema de un dedo el vaquero verde de Daniela. “Parece de coña que seáis hermanos. Mirad, esto es muy simple. Reparto todas las cartas una por una a cada uno de nosotros hasta que me quede sin. Cuando se agote la baraja, os sigo explicando y empezamos la partida”, comunicó Isaías, desviando la atención a las cartas que se iban depositando bocabajo sobre la mesa, primero delante de Jonás, después de Malaca, luego de Daniela, siguiendo consigo mismo y reiniciando el ciclo. “Oye, ¿ahí no repartes o qué?”, Jonás ansioso porque echaba en falta, “Echamos esta ronda de prueba y ya empezaremos otra”, Isaías ansioso porque la tontería, “No te preocupes”, le pidió Malaca-sonriente, espécimen extraño. Jonás puso los ojos en blanco, con un ligero toque de capilar surcando.

Isaías se quedó sin cartas en la mano. “Bien, ya hemos terminado la introducción: pasemos al nudo. Ahora, vais a contar las cartas que tenéis en la mano para saber cuántas tiene cada uno. Si hay algún desfase que podemos solucionar, el que más tenga le da a la que menos o ya veremos. Si no se puede, lo dejamos así y empezamos”, “De una vez”, susurro de Daniela, “¿Perdón?”, Isaías contrariado, “¿No habíais dicho que habíamos quitado el comodín?”, Malaca carifruncida, “Lo he quitado yo”, repuso Jonás, asimismo carifruncido, “Lo he dejado ahí, en la encimera, al lado de la… De la cafetera”, terminó levantándose. Rascándose la cabeza, “Mira, yo qué sé. Te juro que pensaba… Es igual, dámelo y lo dejo aquí”, “Ahora tenemos que barajar otra vez”, exigió Daniela, “¿Qué dices?”, Jonás aspaventado volviendo en dos pasos de la cocina, “Con lo que me cuesta barajar, ¿me vas a hacer hacerlo otra vez?”, eso Isaías, “Lo hago yo misma”, “Eres una pejiguera, Daniela. ¿Para qué quieres barajar otra vez?”, amor de hermanos, “Vamos a ver, Chona, porque si, en lugar de haberle tocado el comodín a Malaca, le hubiera tocado otra carta distinta, ninguna de nosotras tendría las mismas cartas que tenemos ahora en la mano. ¿Entiendes el concepto o me voy a comprar una pizarrita y unas tizas?”, “Eres gilipollas, Daniela. Haz lo que te dé la gana”, “Venga, gente, que no pasa nada. Daniela tiene razón. Que baraje ella por ser tan tiquismiquis y ya está”, dijo Isaías (rebaje de tensión necesario, no-se-los-puede-sacar-juntos, pensamiento fugaz).

Daniela tenía las cartas en las manos y las movía y las removía. Se oyó algo caminando por el techo del bungaló. “¿Eso qué es?”, se revolvió Jonás en su silla blanca, “Eso será un gato o una ardilla”, propuso Daniela, “Las ardillas son diurnas”, corrigió Isaías, “Pues será un gato”, definió Malaca. Daniela tenía las cartas en las manos y, pese a la breve pausa ante el trastabillar errático del gato de Schrödinger (que parecía muy vivo, quizá eran ellos los que estaban en la caja), las movía y las removía. El ruido se detuvo, el tiempo suficiente para que Jonás bajase la guardia. Cuando se reanudó, lo cogió por sorpresa y se sobresaltó: dio con una rodilla por debajo de la mesa y Daniela, que tenía las cartas en las manos y las movía y las removía, se asustó y soltó la baraja, que se precipitó sobre el liso horizonte de la mesa y junto a las tazas de café Régal. Aunque el hipotético gato siguió deambulando por el tejado del bungaló, la gente sentada en torno a la mesa solo tenía ojos para lo que ocurría allí abajo, porque todas las cartas habían caído bocabajo, menos una.

Isaías, frenético, daba la vuelta al resto de las cartas, Daniela soltaba de vez en cuando un gemido nervioso, entre risafloja e hipido, como atrapada en un bucle en el que no paraba de arrojar los naipes, y Jonás oteaba sobre la encimera. “Os lo juro”, repetía, “Os lo juro”, “Chona, no me jodas”, saliendo del bucle eterno, “No me jodas”, “Tampoco pasa nada si es una broma, Jonás”, calmaba Malaca, “Os lo juro”, en otro bucle diferente, “Os juro que lo había quitado”, “Este cabrón nos la está jugando”, Isaías al borde de la crisis diplomática. “Mirad, ¿por qué no hacemos una cosa?”, Malaca abrió el interrogante ante la falta de cualquier otra cosa, “Jonás, coge el comodín y vete al fondo de la cocina. Guárdalo en el armario… Isaías, recoge las cartas. Sí, en el que está encima del fregadero, da igual. Guárdalo para que todas te veamos y vuelves. Eso es. Vale, a ver… Sí. Ahora extiende las… No, no, cierra la puerta del armario, pero no nos tapes con la cabeza… Así, vale. Ahora extiende las manos hacia arriba y ven. Siéntate y pon las manos extendidas sobre la mesa. Isaías, ¿las tienes todas?”, “Sí, están todas aquí, creo”, “Toma, te quedaba una debajo de mi taza”, le alcanzó Daniela, “Ahora baraja y vamos a jugar de una vez”, sabia Malaca, sabia sin duda, “Gracias”, concedió Jonás, que notaba cómo sus manos iban a dejar una sudorosa huella, “Chona, cállate la boca”.

Malaca-no-sonriente, fenómeno natural de calibre Föhn, repartía esta vez. Dos fueron los minutos transcurridos entre el agradecimiento desaprovechado de Jonás y el depósito inerme de la última carta sobre la mesa de chapa. Un crujido del techo desveló la noche de Malmussou a Le Coteau de la Terrasse. Nadie se inquietó en el interior del bungaló: un rechinar más de la luna entre el crepitar constante de los grillos negros. Se había terminado el exterior en la puerta y en el tejado no había nada más que estrellas expectantes entre los nubarrones de por la tarde. Solo restaba estar y el dentro, el dedans malevolente que engañaba con su salvaguarda ficticia, aunque ahora el peligro, ahora el riesgo de retornar al inicio. Dieron la vuelta a las cartas, sin ocultarlas, porque el juego había cambiado y se había convertido en el escrutinio sin objetivo pronunciable de la baraja y de los naipes. El juego había cambiado y ya no era juego, sino otra cosa indecible, pero indefectible. Rugía por amor la resistencia de la nevera, el tejado estaba en silencio y los grillos tocaban a muerto. La noche era. La noche era cerrada como una caja en la que estaban sentados y se miraban y miraban lo que había en una de las manos que tenía una cara sonriente y maléfica que enseñaba cómo había que vivir o cómo había que escupir las palabras precisas o cómo había que echar a correr. Era una mano cualquiera, nadie que hubiera sido preguntado sobre aquello habría sabido responder quién tenía el cartón delante, todas la pudieron ver frente a sí, devolviendo las pupilas a las pupilas de papel y viceversa, el efecto recíproco de contemplar un óleo sobre lienzo, un lienzo sobre la pared de una habitación o un claustro. Si hubiera sido otro el momento, si hubieran sido otras las circunstancias, todas habrían podido ser conscientes de que era Jonás quien la tenía frente a sí, quien la tenía delante, y habrían podido dejar de pensar que el juego había devenido en persecución y en ignominia, en trémulo temblor del pulso sobre el cenit de la mesa de chapa. Sin cruzar las pupilas y al unímodo, se alzaron de la mesa y abrieron la puerta para sumergirse en la luz sin farolas de la noche sin ventanas.

Isaías se encendió un cigarro y oteó el cielo. “No creo que sea una buena idea”, dijo sin más. Malaca y Daniela se apoyaron en la barandilla del porche. Jonás se acurrucó en un rincón, junto a una telaraña desahuciada. “No lo creo en absoluto”. Las estrellas quemaban de lejos y los grillos callaban (seguían haciendo lo que hacen, ese sonido de metal frío, pero no podían oírlo, porque la caja estaba sellada y los insectos poblaban el mundo que había fuera). “¿Qué no crees que sea buena idea?”, inquirió una voz de penumbra sobre el tejado. Jonás saltó sobre sí mismo y se puso en pie. “Volver adentro”, respondió Isaías, sin dar más pistas que una calada al marlboro que no sacia (de tan suave el humo, de tan caro el paquete). Jonás quiso explicarle, pero no pudo. Daniela contempló la sombra sobre el tejadillo de la puerta y no vio nada. “¿Por qué?”. La pregunta que se funde con una insondabilidad oscura, con un pino envuelto en sus sábanas de agujas verdes, con la hojarasca seca de los robles y el olor imperceptible del laurel húmedo. Con el rocío de la madrugada que no llega. El cenicero de la mesa del porche estaba inundado de rocío y de colillas empapadas. Daniela pareció explicar algo. Juana esperaba en lo alto, sin ser vista más que por Malaca, que aguardaba para terminar de contar, porque Daniela no podría, no. Daniela débil contra la historia que había de ser contada. El temor fatuo, infausto, de quien parece no temer, pero teme (como quien no tiene miedo de la fractura diminuta del vaso, sino de la explosión de cristales en la boca en caso de que).

Juana penumbra contra cinco estrellas diferentes en el cielo (que no se veían porque Juana penumbra contra el cielo). Se sentían los latidos incesantes dentro del bungaló, por debajo del silencio que retumbaba sobre el Dordogne y sobre el castillo de Campagne, contra el bosque y entre las piedras del asfalto de la comarcal. Una respiración de pulmón desposeído. Dentro, encima de la mesa de chapa. Dentro, la estela de la huida tajada por la puerta como por un vendaval tangente. Juana penumbra oía, pero no comprendía y apenas escuchaba. Daniela peroraba, ajetreo de borregos sobre el agua en la voz, tragar de saliva, piel de gola subeibaja. Juana no podía contagiarse. Era imposible que a Juana se le acelerase el tambor de la muñeca o del cuello, porque Juana no comprendía y apenas escuchaba. Había estado pensando que la oscuridad de la noche no era penumbra y que las estrellas no alumbraban, sino que velaban todavía más. No tenía sentido cantarles, aunque hubiera salido afuera con ganas de hacerlo entre el deshilachado efímero de un cigarro. “¿Por qué no usar la oscuridad para ocultarse? ¿Por qué tenerle miedo?”, se había estado imaginando. Alejarse del mundo era inútil. Podía esconderse, pero no se podía correr: tal era la premisa cuando se percibía la hiedra marchita aferrada a los gemelos. Sobre el tejado del bungaló, Juana quiso fundirse con la noche que era y quiso ocultarse en ella, no para dejar de ser, sino para poder seguir siendo. Tanto miedo, tanto pánico, cuando el fin de todo ello radicaba en la asunción explícita de la noche como abrigo y no como el frío-que-queda-fuera. No el vacío, sino todo-lo-que-podía-saberse estaba encerrado en la noche que era y en la noche que la hacía ser y quiso saber si aquella sería la última noche que sería o la última en la que se sentiría ser. No pudo encontrar una respuesta, pero la pregunta le pareció tan clara como una mañana que empieza a despertarse.

La madrugada podría haberse cernido sobre ellas en aquel momento y podrían haberse bañado en la luminosidad terrible de un nuevo día que tendría que acabar también. Los tiempos marcados de la juventud, de la vida que no cristaliza en inmortalidad geométrica, sino que deviene en informidad inofensiva (e hiriente). Daniela acabó de contar su parte y la historia se quedó colgando en un limbo de suspiro mal expelido. Malaca “Teníamos que salir, no podíamos hacer otra cosa. No podemos explicarnos por qué, pero teníamos que irnos y abandonar todo allí, porque nos perseguía, supongo. No te sé explicar mejor. Quizá sí, pero no ahora. Ahora acabamos de salir porque teníamos que hacerlo y no te sé explicar mejor, porque acabamos de salir. La puerta está ahí. No podíamos esperar a que volviera a aparecer de nuevo. Lo mejor es dejarlo aparecido y retirarnos. Alejarnos de la puerta. ¿Volver a entrar?”. Isaías apagó el rescoldo de la brasa en el charco del cenicero con un siseo de culebra. “No creo que sea una buena idea”. Juana bajó de un salto. Jonás la siguió con la vista entre la bruma del cigarro. “No lo creo en absoluto”, pero Juana ajena, Juana en el exterior, Juana que era el gato y la ardilla y no había estado delante del miedo ni de la no explicación o de la falta de todo-lo-que-podía-saberse, Juana fuera de la caja, Juana que era crujido de La Gardelle a Saint-Cirq, crepitó con su voz en la hoguera de su garganta y no tuvo en cuenta muchas cosas, pero tuvo todo en cuenta para partir el tronco central sobre la yesca y decir “¿No habéis pensado en usarlo?”.

Tiempo…


Tiempo que a ti no te alcanza y que a mí, me sobra.
Tiempo esquizofrénico que se inunda en mi mente.
Tiempo, solo tiempo: cárcel inmunda de los sueños,
vida corta de la vida misma; muerte prolija de los seres vivos.
El ritmo ligero de la vida,
solo es la ocupación perpetua del tiempo.
Tiempo, solo tiempo…

Tiempo que contemplo de prisa y aún con nostálgica conmoción.
Tiempo que lentamente me reparo a disfrutarlo.
Tiempo que a ti te falta para mentirme,
me sobra para creer todo lo que dices.
Tiempo que a ti te falta para herirme,
y que a mí, me sobra para sanar mis heridas.

Tiempo que a ti te falta y que a mí, me sobra.
Tiempo que hoy vivo y mañana muero.
Haz una brecha en el tiempo y tómatela para ti,
así desaparecerás de mi vida…
¡Buena suerte y adiós!

El ritmo ligero de la vida,
solo es la ocupación perpetua del tiempo.
Tiempo, solo tiempo…

Medidas para el tiempo


—¡Hey, despierta! Menos mal que no te has aburrido.

Se ruborizó al sentirse observada mientras cabeceaba como una abuela soñolienta. A menudo, un letargo incontrolable la invadía cuando se quedaba quieta por mucho tiempo, como ahora, mientras esperaba al editor. Más de alguna vez se había quedado dormida sin previo aviso, en obras de teatro, conciertos, conferencias que ella misma ofrecía, debido a esos ataques súbitos de cansancio. Era cómico recordarlo, pero resultaba patético cuando alguien la ponía en evidencia, como en este momento.

—¡Te he esperado durante 45 páginas! — se justificó, mientras colocaba el punto de libro en la página del informe que había empezado a releer antes de quedarse dormida.

—Pues me dirás que han sido las 45 páginas más entretenidas de tu vida. ¡Jajajaja!

—Lo que quieres es que no te riña por haber llegado con retraso, como siempre. Recuerda que la semana pasada te esperé durante dos capítulos, y sin dormirme.

—De acuerdo, lo siento mucho. ¿Aceptarías una café para reparar mi falta?

—¡Hecho!

Esta vez hizo una breve mueca intentando sonreír y después extendió a su editor el informe con desgana. En un par de semanas el manuscrito estaría concluido para la revisión final. Era lo que más deseaba, pues así podría huir unos meses a casa de su madre. Hacía exactamente dos manuscritos y medio desde la última vez que la visitó. Y fue precisamente en aquella ocasión, cuando ella supo que lo suyo era algo hereditario. Al llegar a casa de su madre, la encontró con su ópera prima en el regazo, abierta de par en par, mientras dormía profundamente.

—¡Despierta mamá, menos mal que no te has aburrido!

Y su madre se levantó de un salto para abrazarla, como hacía desde que era pequeña, al verse sorprendida durmiendo a deshoras. Exactamente como le ha ocurrido a ella durante los últimos años.

El tiempo del aire


Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Elena, sentada junto a la mesa del gran comedor, observa el reloj colgado sobre la butaca donde, hace muchos años ya, demasiados, había pasado horas meciéndose. Aquel era su rincón favorito de la casa de los abuelos.

Le parece imposible que ya no estén, que aquellas paredes ennegrecidas por las horas en las que el abuelo fumaba en su pipa de coronilla (regalo de su hija, la argentina, la tía Bere), ahora regenten un espacio tan lleno de recuerdos y tan vacío a la vez. Vacío. Últimamente esa palabra se ha convertido en el perro fiel que la acompaña a donde quiera que vaya, de donde sea que vuelva.

Horas antes Elena y su marido, Guillermo, habían discutido, igual que hacía dos días atrás, como la semana pasada, y la otra…

En esta ocasión, él insistía en que la casa debía ponerse a la venta. Aquel legado era una reliquia inútil si no se invertía en algo que diera dinero, y que considerara, incluso, los terrenos de alrededor, pues poseían un gran valor.

—Ese patrimonio es dinero, Elena, ¡pero debe moverse! Una herencia no vale nada si no sacas un beneficio, es lo que tus abuelos hubieran querido para ti y…

No lo dejó continuar.

—¡Cállate! A mis abuelos ni los nombres. Ni siquiera los conociste. ¿Qué sabrás tú de lo que querían para mí o ni siquiera de lo que yo necesito? Voy a ver la casa porque lleva demasiado tiempo cerrada. No he podido pisarla en muchos años. Te hablo de dolor, de algo que tú no entiendes… Que ni te interesa.

—Elena, yo…

—¿Me vas a acompañar entonces? Como te expliqué, voy a recoger unos papeles que le urgen a mi tía. Así que es todo lo que quiero saber: sí o no.

—Iremos temprano. Recuerda que a las 8 es la cena con el director corporativo y su esposa. No puedo…

—Me lo has dicho diez veces. No te preocupes, llegaremos a la hora, como siempre. Queda de paso.

En la casa, el silencio queda interrumpido por el martilleo incesante del tictac. Elena desea dormirlo, le duele demasiado ese tiempo que se detuvo el día del accidente,  aquella vida que ya no regresará, el mundo que habitaba entre el jardín, el colorido festín de la cocina, los cuentos del abuelo en la mecedora y los abrazos de Nana, su amada abuela.

Así se siente ahora, suspendida entre el ayer y un presente asfixiante, donde el aire está viciado, no hay ventanas ni paisaje. Incluso aquella casa, cerrada desde hacía varios años, parecía tener más vida que la suya.

Remueve con desgana la cuchara en el café que compró minutos antes. Observa la mesa y un pequeño manantial se desliza por sus mejillas. Recuerda las navidades alrededor de de ella: el ajetreo entre el comedor y la cocina; los manteles extendiéndose en el aire; las risas; los pasos apresurados de la servidumbre en el primer piso; el claxon de un coche; los gritos de alegría; las flores que cortaba la abuela en el jardín, con aquellas tijeras gigantes; el árbol presidiendo la entrada principal rodeado de niños (los primos de Argentina) que andaban curioseando entre los paquetes. Y Elena… Ella siempre de la mano de su abuelo, que ese día siempre se vestía de gala y se contemplaba largos minutos frente al antiguo y gran espejo de su habitación. Luchaba por acomodarse bien el nudo de la corbata, pero eso sí, siempre mostraba su mejor sonrisa.

¿Cómo me veo, cariño? ¿Crees que luzco bien?

Abuelo, pareces un rey decía Elena orgullosa.

El abuelo le acariciaba el mentón:

Y tú, tú eres mi princesa.

Abuelo, cuéntame del día que conociste a Nana.

Ah, sí… Cómo te gusta esa historia, ¿verdad? ¡Vestía tan elegante o más que hoy! –decía emocionado mientras se sentaba sobre la cama y llevaba a Elena a su falda.

No era la historia en sí, es que al abuelo se le iluminaba la cara cuando recordaba uno de los días más felices de su vida.

Porque el día más feliz fue cuando naciste tú, corazón.

¿Y cuál fue el día más feliz de Elena? Tuvo muchos durante su infancia y juventud, a pesar de que su madre murió al nacer y su padre desapareció de la faz de la tierra ese mismo día… Quién sabe, quizá todavía busca dónde comprar cigarrillos.

Pero ahora, a sus treinta y tantos le era imposible recordar uno solo. ¿El paso del tiempo los había enterrado o simplemente no existieron?

Elena sorbe el último trago de café. Se levanta, y muy despacio se dirige a la biblioteca. Teme abrir la puerta del lugar “más mágico y divertido del mundo”, pensaba siendo una niña. En esa estancia, donde el abuelo le había contado grandes e increíbles historias, ella había logrado imaginar muchos mundos. Cada libro era una nueva posibilidad, un sueño, algo que alcanzar, alguien que podía llegar a ser… Sonríe, acaba de recordar que allí hasta había jugado al escondite. En una ocasión, además, persiguió a una ardilla que se había colado por la ventana. El animalito puso de cabeza a todos los habitantes de la casa, y se armó un auténtico circo, porque la ardilla no apareció hasta muchos días después y había construido un nido entre Ana Karenina y Guerra y paz.

Elena, con la mano apoyada en el pomo, suspira… Por fin abre la puerta. El escritorio de roble del abuelo permanece intacto, tal y como lo dejó el día en que él y Nana murieron en la carretera.

No sufrieron. La policía dijo que el impacto del coche que los embistió al saltarse un stop les provocó una muerte inmediata. Sin embargo, Elena sabe que no fue así, a la abuela la encontraron abrazada a él, con su blanca cabecita apoyada sobre su pecho. Seguramente en un intento desesperado por revivirlo. Elena tenía 16 años y, como es lógico, la familia quiso evitarle todavía más dolor, pero al final lo supo, tal como se acaban descubriendo los secretos peor guardados, como en las películas, apareció en la escena en el momento más inoportuno y escuchó la conversación más incómoda y dolorosa que una niña, que tuvo que aprender a ser mujer demasiado rápido, pudiera digerir.

—Elena, es tarde. Tenemos que irnos —dice Guillermo desde la puerta.

Ella pasa su dedo índice sobre el polvo del escritorio, absorta, con la mirada fija en las formas desordenadas que dibuja sobre la superficie.

—Elena, por favor… Amor, es tarde. Nos esperan.

—Desde luego que sí, ya es tarde —dice Elena levantando tristemente la mirada.

Guillermo frunce el ceño. Ansioso, enciende un cigarrillo y da tres rápidas bocanadas.

—No me gusta que fumes aquí —le espeta Elena mientras saca unos documentos del primer cajón.

Guillermo se acerca y extiende su mano.

—Ven, vámonos ya.

Se toman de la mano con apatía y salen de la casa. Elena cierra sin llave. Bajan lentamente la escalinata que da al jardín y, de repente, ella se para en seco. Dedica una última mirada a aquella casa que había sido su hogar durante 20 años, el lugar que la vio nacer, que le enseñó lo mejor y lo peor del amor. El lugar donde creció y aprendió a ser ella misma, a ser valiente. Entonces se suelta de la mano de su marido.

—Elena, por favor, llegaremos tarde a esa cena. Sabes lo importante que es para mí.

—Quiero el divorcio —dice sonriendo, sin dejar de observar la casa.

—¿Cómo? Por Dios, Elena. No hagas esto. No aquí, no ahora…

—He dicho que quiero el divorcio. —Lo mira fijamente, impasible—. No pienso ir a esa cena ni a ninguna otra contigo. Lo siento.

Guillermo se pone las manos a la cabeza, mira a su alrededor, como buscando un aliado, un cómplice… o una salvación. Pero esta vez decide no luchar, se rinde. Temía ese desenlace más tarde o más temprano, aunque quizá no hoy. Siempre consigue, según él, desviar el tema, fingir que todo va bien, convencerla de lo contrario.

Guillermo se muerde los labios, le da la espalda y con los ojos anegados se dirige al coche. Después se oye el portazo que precede a la furia, al grito, a la rabia. Y finalmente, el ruido de un motor que va desapareciendo con la misma lejanía del camino que ya se deja atrás.

Elena se sienta en las escaleras. Se quita los zapatos, se suelta el cabello, se quita el anillo de «cansada» y se sacude el vestido con la misma intensidad con la que acaba de sacudirse esa vida que no le pertenecía, que no era vida.

Se siente más ligera. Está cómoda, está en casa. Respira la suave brisa, el aire es limpio. El tiempo no espera…

Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Mar en silencio


«Little wave photo», por Mourad Saadi (CC0).

 

Me elevo sobre la marea

y llora la nube que vierte la nostalgia

envuelta en un tiempo

sin tregua y sin color.

Lluéveme.

 

Traspaso un horizonte infinito,

bañado de sueños,

o me arrastro hasta la orilla de esta playa

sedienta de sol, vestida de silencio.

El agua.

 

Brisa que murmuras la desdicha

y revuelves este mar que me empuja,

azaroso, escogiendo mi suerte.

¿La vida? ¿La deriva?

Soy la ola.