Trance vital…


A veces esta desesperanza me allana,
me acongoja y casi siempre me regocija.
Digo, entre esas cuestiones pérfidas de la cotidianidad,
la vida transcurre insoluta.
Con espacios vertiginosos de amargura
y tranquilos momentos de límpida alegría.
En esos instantes precisos, donde dos que tres suspiros
no son más que una señal prolija para no amilanarse.
Para no claudicar ante las necesarias e insolentes adversidades.
Esa imperfecta sensación de tóxica tranquilidad
y un animoso descontrol que se desarma con solvente quietud.
Ese desasosiego innato que me apacigua
y esa natural ternura que conscientemente se vuelve disparatada
para amenizar este trance vital…

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Azul Atlántico


Tan azul y tan afable,
así es tu imagen práctica y disoluta,
azulada y trasatlántica.

Místico manto de aguas prístinas que conjugan
tranquilidad y hermosura
y que con sus insípidas olas
se muestra más afable y más tranquilo
que el mismísimo Pacífico.

Y, sin embargo, esa es tu historia vivida
entre corrientes submarinas
que arrecian a los navegantes.

Agua prístina y azulada en compacto, con el cielo,
desde América, hasta África y Europa,
nadie se desliga de tu prominencia y compañía:
azul Atlántico.

«Playa de Patamares, Salvador de Bahía (Brasil)», fotografía por Alejandro Bolaños.

Conmoción


Sensación insolente
de tranquilidad.
Mi alma se encuentra
estrangulada en paciencia.
Mi ser recae en prolija cautela
y mi alma se conmueve en pasión.

Extravío mi cuerpo en decente lujuria,
pero atavío mi ser en un revuelo excelso
de inescrupulosa moral, de suicida decencia
y consigo deviene una impotente conmoción.

Me ciega la tristeza
y me impacienta la alegría.
Doy un paso
al amor
y ya he vuelto dos veces
del camino del dolor.

Conmoción concreta que me increpa.
Conmoción insolente, cúmulo de tenues pasiones.
Conmoción estúpida que siento y no entiendo.

En algún lugar…

En algún lugar…