Momentos de desesperación…


Por ahora no necesito que me recuerdes que estoy vencido,
que la alegría se me va como agua entre los dedos.
Hoy no necesito que me digas que me extrañas
porque yo mismo me siento extraño.
Hoy no necesito que preguntes si estoy bien
o si aún sigo mal, solo requiero de tu ayuda.
Hoy requiero de tu esencia, de un te quiero de la nada,
uno así de puro y lisonjero.

Hoy requiero que no calmes mi llanto, sino que llores conmigo,
que enjagüemos juntos los tormentos, que en este trance,
son triste y únicamente míos.
Hoy requiero que tus palabras azoten mi amargura con serenidad
y no se resquebrajen con verdades de medio talle.
Hoy requiero que tus palabras acechen con imprudencia tal,
que espanten cínica e infaliblemente mi depresión y desesperación,
que el monstruo se vaya y me deje tranquilo.

Hoy necesito que tu incondicionalidad no la pongas en tela de juicio,
sino que, así, sin más ni menos me digas ¡aquí estoy!
Hoy requiero que tus manos no solo no me dejen caer,
sino que me salven y le hagan contrapeso a este mal,
a esta execrable y pedante depresión.
Hoy requiero que tus brazos de forma insolente
arrecien conmigo, me levanten y no me dejen morir.

Hoy necesito de tu esencia, de tus destellos de alegría,
de tus inquebrantables ganas de vivir.
Hoy, solo por hoy, no reclames nada de mí,
solo soy yo y esta estúpida tristeza,
solo soy yo y esta matutina desolación que me corroe.

¡Lo siento mucho! Sé que añoras todo de mí:
mis risas, mis alocuciones disparatadas, mis alegrías y mi discreta locura.
Y de sobra sé que cuento contigo, pero ya no solo quiero contarte,
quiero convertirte en mi amparo, en el augurio sagital para salvar mi vida
de esta feroz desolación y de esta atroz depresión que aniquila mi ser.

Anuncios

Me estalla la cabeza, me duelen los bolsillos, me pesa el alma


elviramartos.jpg

IMG_n6243

 

Invisible imparable


TEMPORAL NIEVE GALICIA

Paseo por el barrio de mis padres donde crecí. Son las seis de la tarde y es de noche. Otoño y frío y viento. Busco en el andar-anclar mis recuerdos en las tiendas que aún perduran; las busco como el marinero al faro en alta mar. Resisten el estanco y la farmacia; es lo que tienen las drogas, siempre están ahí; siempre seremos yonquis o enfermos aunque nos creamos sanados. Ahora Don Carlos, el farmacéutico, no está. Es su hijo Carlos el que despacha la botica. Recuerdo la delicadeza con la que cortaba los códigos de barra de las cajas para luego pegarlas en las recetas como si fueran cromos… Y pienso si su hijo hará lo mismo y si él algún día acabó la colección. Hay que tener cuidado de no tropezar porque las raíces de los árboles, ahora grandes, han levantado las aceras como si el pasado reclamara su espacio. Por eso, a esta hora, ya no pasean los habitantes de este barrio. Son mayores y temen caer.  Por eso las calles están solas y ya solo pasean los amarillos de las hojas de la mano del viento. ¿Qué tal? Bien, y tú qué tal. Bien. Es un viejo amigo. Nuestra conversación no supera tres palabras; y después de los abrazos nos miramos extraños sin saber qué decir. Congelados en el tiempo como los cromos de Don Carlos. Adiós, me alegro de verte. Adiós. Y huimos porque ya no sabemos a qué jugar ni cuándo dejamos de hacerlo. Cruzo la calle hacia los edificios nuevos pero algo me retiene… es un olor a verde, un olor como a hierba recién cortada, un olor tan familiar como el café recién hecho al entrar en casa. Han podado unos laureles y desde sus ramas la savia nueva brota. Invisible. Brota imparable camino a la primavera. Mañana seguro que vendrán algunas madres, de las de antes, para coger algunas hojas. Y secarlas. Y echarlas en las lentejas… algún día. Como el otoño con la vida.

Qué es la vida…


Qué es la vida, sin esas alegrías exaltadas
que estremecen nuestras más íntimas emociones.
Qué es la vida, sin esas exageraciones plenas
que nos paralizan frente a insolentes dificultades
y que en ocasiones son meramente nuevos aprendizajes.

Qué es la vida, sin esa tristeza tan trémula
que nos carcome cada vez que nos sentimos más solos que el mundo.
Qué es la vida, sin esas ligeras sensaciones
que nos incitan a amar y al mismo tiempo a odiar;
en las mismas dimensiones y proporciones;
eligiendo —nosotros— si odiar o amar según el contexto.

Qué es la vida, sin esos choques plenos con la muerte
que nos recuerda que esa es la única certeza para nosotros, los humanos,
y que en ocasiones sufrimos por muchas partidas involuntarias,
rechazando —categóricamente— la ausencia definitiva de quienes amamos.

Qué es la vida, sin la esencia de nuestro pasado,
que sirve infaliblemente para afianzar nuestra identidad
y sostener a las sanas incertidumbres de nuestro presente y futuro.

Qué es la vida: ¡Pues nada!
Un destello de luz, un soplo divino por el cual se nos permite vivir,
desgastar, nuestras locas y apacibles emociones
y dejar huellas indelebles de este brevísimo viaje terrenal…

Cápsulas de felicidad


Fotos

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Mírate. Qué cara de felicidad tenías ahí. A los diez años la vida es una promesa continua de juegos y aventuras. ¿En qué momento se nos olvida? ¿Cuándo empezamos a complicarnos con obligaciones, con la maldita responsabilidad?

En esa foto estáis todos radiantes. Mira a Silvia, cómo ríe. ¿Cuánto hace que no hablas con tu hermana? Las obligaciones… La responsabilidad… Claro.

¿Te acuerdas de los demás? Qué bien lo pasasteis ese verano, ¿eh? Es curiosa la mente. Han pasado…, no sé, ¿treinta años? Y, sin embargo, recuerdas cantidad de detalles de esas vacaciones. En cambio, has olvidado la mayor parte de lo que hiciste la semana pasada. Seguro que todo muy responsable.

¿Qué habrá sido de ellos? ¿Serán felices? Si lo son, seguramente no se pasarán horas contemplando estos fotogramas de un pasado al que te aferras como a un salvavidas, para no acabar de hundirte del todo.

Mira, otra vez con Silvia. Cumplías dieciocho. Montasteis una buena fiesta. Ahí la vida seguía siendo un juego la mayor parte del tiempo, aunque… uf, esa otra foto aún duele, ¿eh?

Patricia era genial. Ni tú mismo te creías que salierais juntos. Y la muy… eligió la noche de San Juan para romper.

Sigues teniendo esa espina bien clavada. Fue la primera gran cicatriz, la primera advertencia seria de que el juego había acabado, de que hacerse adulto significaba dejar de reír a todas horas.

Aunque en la facultad reíste bastante. Es curioso, en parte fue como un regreso a la infancia, un paréntesis para descubrir tantas cosas que hasta entonces apenas sospechabas que existían.

Mírate ahí. Tienes la misma expresión radiante que en la otra foto, la de niño feliz con sus amigos de acampada. También formabais un grupo adorable, aunque hacíais cosas mucho menos inocentes.

Joder, qué época tan estimulante. Recuerdas cada fiesta, cada confidencia, cada charla hasta el amanecer, cada polvo… Ahora bien, de las clases, nada. Eso era vivir, ¿verdad?

El oasis en medio del espejismo.

El espejismo que te ha arrancado las entrañas.

Ella.

¿Por qué no saltas todas esas fotos? ¿Por qué te recreas en el dolor? Sigues buscando una explicación, algo que te convenza de que no has tirado a la basura la mitad de tu existencia…, pero no lo vas a encontrar en esos recortes del pasado.

Cápsulas de felicidad que emborronan el recuerdo y lo manipulan. No pudo ser todo tan feliz como parece en estas fotos. No pudo ser un amor tan sincero, cuando todo acabó derrumbándose en un suspiro, sin saber por qué.

Y el caso es que esos momentos existieron de verdad, y fuiste feliz. Mira esas sonrisas, y los ojos brillantes. No mienten. No puedes borrarlo. No puedes arrepentirte. Pero duele, y no dejas de preguntarte.

Mira, las gemelas. Lo mejor de tu vida.

Y lo peor.

No. No puedes pensar eso, eres su padre. Un padre que permite que lo acechen esos pensamientos es un monstruo. Pero no puedes evitarlo… No son pensamientos, sino sensaciones; no surgen del cerebro, sino del corazón.

Las echas de menos; te duele en el alma no poder acostarlas cada noche, separarte de ellas cada vez que tienes que devolvérselas a su madre… Y a la vez te alivia ahorrarte las broncas, los llantos, las tonterías…

No, no puedes pensar eso, no debes sentirlo. Son tus hijas. Lo mejor que has hecho en la vida.

Y lo peor.

¡Mierda!

No sabes qué habría pasado. No puedes plantear hipótesis absurdas. Habríais acabado igual. Tus hijas no tienen la culpa, así que es ridículo preguntarte qué habría pasado si ellas no hubieran nacido.

Pero te lo planteas. No te das cuenta de lo lastimoso que resultas.

Míralas. Si tuvieras que elegir el momento más memorable de tu vida no dudarías ni un instante. Cuando las viste por primera vez; cuando las oíste, cuando las oliste, cuando las tocaste. No habrá nada, jamás, que se le acerque. Sólo eso es suficiente para que todo lo demás haya valido la pena.

Lo sabes. Te lo dices cada vez que te quedas hipnotizado con esa foto que te traslada a aquel momento, del que recuerdas cada detalle.

Recuerdas las lágrimas de felicidad, y las echas de menos.

Si al menos consiguieras llorar… Pero ni eso. Te has quedado vacío; seco como un torrente en verano.

¿Qué sientes cuando te ves en esa foto, cuando la ves a ella? Fue poco antes del final. No imaginabas qué iba a pasar. ¿Lo sabía ella?

Quieres odiarla, guardarle rencor, culparla de todo. Pero no puedes. Mírala, es la misma mujer de la que te enamoraste, con quien creíste que compartirías el resto de tu vida. En esa imagen aún lo es.

Ahora ya no sabes quién es. Sientes que esa mujer ya no existe. Ahora sólo es la madre de tus hijas. No queda nada de lo que os unió. Y te preguntas cómo es posible, cómo los sentimientos pueden cambiar tan radicalmente.

Te preguntas qué de verdad hay en tu vida, qué significan todos estos recuerdos atrapados en papel…

¿Y ahora, qué? A partir de aquí no hay más fotos a las que agarrarse. Miras adelante, y ves vacío, incertidumbre. Ni rastro de promesas de risas estimulantes; sólo un camino gris.

Responsabilidad y obligaciones. ¿Para qué?

(…)

Mírate. Qué cara de felicidad tenías ahí. A los diez años la vida es una promesa continua de juegos y aventuras.

Astromelia


«Astromelias», fotografía por Crissanta.

 

Te busco en la oscuridad
donde ya sé que no estás,

sondeando la incógnita
de la audiencia muda
tras el éter que se vislumbra.

Doy mi mejor sonrisa,
la única
en estos tiempos de bruma.

¿Dónde estás?
Recibo un ramo de rosas.

Y tú, de nosotras,
claveles y lirios,
crisantemos,
gardenias.

Solo el duelo me ha hecho reconocerlas;

sobre todo a ellas,
las astromelias,
que florecen tras días,
en belleza tardía.

Como yo,
que llego tarde
a todas las despedidas,

que entiendo tarde
las pérdidas y las cenizas,

que entierro tarde
las cosas que se terminan.

Respira, respira…


Dejo caer todo:

mi cabeza,

mis hombros,

mi pecho.

Entrelazo mis dedos

y acaricio el cielo.

No abro los ojos.

Nunca abro los ojos.

Me dejo caer…

Me entierro en el suelo.

Soy una muñeca de trapo.

Me pesa todo.

No abro los ojos.

Nunca los abro.

Siempre duermo.

Y me mandan,

me sugieren,

que mis párpados se abran;

y salgo

con las lágrimas quemándome en el alma.

Y ando como si me hubiese quitado de encima

la parte de muñeco de trapo

que creo que era lo mejor de mí,

la mejor parte de mí,

al menos,

para el resto.