Nueva realidad


Camino bajo un cielo donde antes hubo estrellas y ahora solo quedan agujeros.

Es una atmósfera inestable de fuerzas encontradas.

El mundo se volvió un lugar desolado desde que te fuiste.

Tropiezo con libros que cuentan un final, pero sin inicio, testigos de oscuras historias que escapan a la luz.

En este nuevo mundo en ruinas las cosas se olvidan cuando no dices su nombre; se convierten en fantasmas moldeados con cenizas y lágrimas pasadas.

No puedo acostumbrarme a esta realidad fragmentada que después de muchos intentos se reunió y formó un abominable híbrido.

Entre todo lo que quedó del mundo anterior, sorteo caminos llenos de despojos y escombros; a veces me encuentro con recuerdos, a veces con olvidos.

Las mentiras evolucionaron en verdades. Las verdades ya no tuvieron sustento y se extinguieron.

A veces pienso en todas las verdades que me digo a mí mismo para engañarme y soportar tu ausencia.

Atrapado en este mundo sin poder salir, seguiré el camino hasta que te encuentre o me olvide de ti o muera.

Algo ocurrirá primero.  

La supremacía de la verdad


Soltamos verdades
como migas de pan,
señalando el camino
nos aleja de —todo—
lo demás.

Una verdad a medias.
Una media verdad.
Una verdad completa
nos libera de —todo—
lo demás.

Una verdad engañosa
extendida en la visión,
accediendo directa al fondo
—consciente evolución.

Una verdad privilegiada
cómplice del engaño:
la verdad de otro
no es la mía.
La mía, por serlo, es —más—
más verdad.

El cuento del absurdo


—Escucha, hijo, voy a revelarte un secreto —dijo el hombre cuyos 60 años habían visto casi de todo—. En esta vida hay, sencillamente, tres verdades: las científicas, las empíricas y las absurdas.

»Mira, nada más, la ley de la gravedad —continuó diciendo, luego de dar un sorbo a la fría cerveza que tenía frente a él—. Ningún ser coherente podría discutirla. Si te lanzaras de la torre Eiffel con toda la fe del mundo en que, al extender tus brazos, volarías, en ese preciso momento la realidad te abofetearía sin piedad, recordándote que, mientras respires, tu cuerpo se ve obligado a respetar la gravedad. Esa, hijo, es una verdad científica.

»Ahora, cuando ya has vivido tanto, entre fortunas y desgracias; victorias y derrotas; cuando ya has conocido la lealtad y degustado la traición; cuando ya has llorado de tanto reír y reír de tanto llorar; cuando ya has disfrutado tanto de la vida y has burlado a la muerte, entiendes algo que solo el tiempo te enseña: es mejor arrepentirse por haberlo intentado que lamentarse por no haber tenido el coraje de hacerlo. Esa, hijo, es una verdad empírica.

»Y, finalmente, descubrirás algo verdaderamente mágico. Encontrarás a alguien que logre cautivarte sin siquiera hacer el esfuerzo de realizar tal hazaña. Es una fuerza que actúa a tiempo y a destiempo, se rige por leyes que nadie ha descifrado, ciertamente, pero es, sin dudas, la mayor fuente de inspiración. Sabrás de lo que te hablo. Lo experimentarás. Pero debo advertirte, hijo, es una especie de droga que puede sanarte o matarte, con la misma dosis. Aún así, cuando la reconozcas, cuando la mires a los ojos y la sientas con el corazón, cuando no te la puedas sacar de la cabeza, no tengas miedo en probarla.

—No sé si logré captar bien, abuelo —interrumpe el nieto—. Pero ¿qué es exactamente ese algo que puede cautivarte sin esfuerzo, que no se rige por ninguna clase de ley pero que a la vez inspira y, tan incoherentemente, puede sanar y matar con una misma dosis? Es algo, no te ofendas, abuelo, absurdo.

—Lo has captado a la perfección. Esa, justamente, hijo, es la verdad absurda: el amor.