El viaje de Abigail


Era la primera vez que Abigail Valle viajaba en tren. Desde niña soñaba con salir de aquel monótono pueblo incrustado entre dos montañas en Wichita —al noroeste de Oklahoma—, en el que solo había cuatro calles. Lo más interesante que ocurría en aquel solitario lugar era que, de vez en cuando, uno que otro visitante se emborrachaba en la taberna de Lucas y luego de armar tremendo escarceo, terminaba en la pequeña comisaría al final de la calle principal. Nada de importancia, por supuesto. En la mañana luego de darle una buena taza de café aguado sin azúcar, lo tiraban de patitas en la calle y le daban una hora para largarse del poblado.

Ahora Abigail por fin se iba. Partía con su hija Adabella quien había sido concebida por uno de aquellos visitantes que alcoholizado le había hecho el favor a la pobre muchacha. No lo habíamos dicho antes, pero Abigail era muy fea. Siendo todavía muy pequeña, un incendio arrasó con la vivienda de sus padres y ella sufrió terribles quemaduras que le desfiguraron el rostro y algunas partes de su cuerpo. Creció siendo objeto de la burla de los demás niños y la lástima de los mayores. Cuando tuvo edad suficiente para enamorarse, se dio cuenta de que no era atractiva para nadie. Presa de la depresión, comenzó a comer sin medida poniendo considerable sobrepeso en su figura. Lucas, que era amigo de su padre, le dio el trabajo en la taberna. Por lo menos trabajar la mantenía entretenida y tenía su propio dinero. Hasta que llegó el borracho que la embarazó.

Ya habían pasado once años, los padres de Abigail habían muerto y ella sentía que era tiempo de iniciar otra vida fuera de aquel pueblo que la ahogaba. Vendió todo lo que tenían y se despidieron de su querido Lucas, quién las acompañó hasta la estación de tren.

—Por favor, cuídense mucho —repitió el viejo por enésima vez.

—Sí, tío —dijo Abigail—. No se preocupe.

 —Si tienes que regresar…

 —Sí, ya sé. Las puertas de su casa siempre estarás abiertas para nosotras.

—Bueno, hijas…

 —Váyase, váyase tranquilo.

El viejo dio un último abrazo a Adabella y a Abigail y comenzó a andar sin mirar hacia atrás por temor a no dejarlas ir. Abigail agarró a la niña de la mano y comenzó a caminar por la estación. Entró al edificio y preguntó dónde estaba el baño. Una joven que estaba detrás del mostrador le mostró una puerta al final del pasillo. Entraron a un cuarto amplio, con ocho espacios separados y con puertas de un color verde crayola. El lugar no se veía a simple vista sucio, pero un olor a orina lo impregnaba. Otro olor como a detergente intentaba tapar la peste sin lograrlo.

 —Adita, ponle papel a la tapa —dijo—. No te sientes. Este lugar está asqueroso.

  —Sí, mamá —contestó la niña.

Ambas se restregaron las manos como si vieran los gérmenes en ellas y salieron lo más pronto posible de allí. Fuera, se encontraron un hombre joven, muy guapo al frente del baño de los hombres. Estaba doblado, como si le doliera el estómago.

 —¿Le pasa algo, señor? —preguntó Abigail.

 —Creo que comí algo que me ha caído mal y entré a ese baño y…

 —Está asqueroso —dijeron las dos.

 —Sí —contestó él con una casi sonrisa.

 —Mire, yo tengo una medicina para el mal estomacal y tengo agua embotellada.

—No quiero molestarla, por favor…

—No es molestia, señor. No faltaba más.

Enseguida Abigail sacó el agua de su bolso y las pastillas y se las dio al desconocido quien enseguida las tomó y agradeció con una sonrisa. Luego se fue a sentar en una de las butacas a esperar el tren.

La mujer, ansiosa y excitada por el viaje que estaba por iniciar, salió del edificio y le preguntó a un hombre, que por el uniforme supuso que trabajaba allí, que en dónde debía esperar el ferrocarril que la llevaría a su destino. Él le pidió el boleto y le señaló con el dedo. Le indicó que el suyo llegaría en unos veinte minutos. Caminaron y se sentaron en un banco que estaba justo al frente de dónde pasaría su tren. Estuvieron mirando los que iban y venían. Chacachaca… Pupuuuuuu… y el chirrido del freno.  Primero, la algarabía. Luego el hombre que imponía el orden. Con la curiosidad de una niña, Abigail miraba a las personas bajarse y luego subir ordenadamente. Luego iniciaba su marcha. Cha…ca…cha…ca… Puuuuuu…puuuuuu…

Hasta que les llegó su turno. Ya para entonces eran unas expertas. Tan pronto el hombre llamó al orden, se pusieron en fila y mostraron sus boletos. Llenas de regocijo subieron a aquella enorme máquina de acero y corrieron a sus asientos riendo. Colocaron sus maletas sobre sus cabezas y se sentaron. Fue cuando volvieron a ver al desconocido del dolor de barriga.

—¡Hola, señor! —saludó Adabella.

—¿Cómo sigue? —preguntó Abigail reprendiendo a la niña con la mirada.

—Pues estoy mucho mejor, señorita —contestó—. Fue muy amable en ofrecerme ese medicamento.

 —No es nada.

—Sí es —continuó—. No puedo imaginar cómo hubiera sido este viaje si no hubiera sido por usted y sus benditas pastillas.

—Bueno… —respondió Abigail, sonrojándose.

Un largo e incómodo silencio siguió. Abigail se sintió culpable de haberse mostrado un poco cortante con el hombre.

  —Y dígame, ¿va lejos? —preguntó como para hacer conversación.

 —Sí, voy para el Paso, Texas.

 —Ya veo. Es un poco más lejos de lo que vamos nosotras.

 —¿Sí? ¿Para dónde van? Claro, si se puede saber.

—Sí, vamos a la casa de una tía en El Río. También es en Texas.

—Y ustedes, ¿son hermanas?

Las dos se miraron y empezaron a reírse.

—No —contestó Abigail—. Ella es mi hija, Adabella. Perdón, no le he dicho mi nombre. Me llamo Abigail.

—Yo tampoco me he presentado. Me llamo Fausto —dijo sonriendo—. Es que usted es muy joven. Habría jurado que eran hermanas.

La mujer sintió un temblor en su interior. Nunca nadie le había dicho algo bonito. Ella se daba cuenta de que su hija era bellísima y compararla con ella era lo más hermoso que jamás había escuchado. Además, este hombre era guapísimo. ¿Cómo era que se fijaba en ella?

  —¿Y tiene usted familia, Fausto?

—No, aún no. Sé que estoy en edad de casarme, pero todavía no he encontrado a una mujer que me interese. La verdad es que busco una mujer con buenos sentimientos, valores morales, fiel, en fin… que me ame. Creo que lo que buscan todos los hombres, supongo.

 —Sí, claro. Creo que algo así también buscamos las mujeres.

 —¿No está comprometida usted?

—No, no lo estoy —contestó cada vez más sorprendida. «¿Será ciego este hombre?», pensó.

—¿Y qué busca usted? ¿Qué quiere usted de un hombre?

—Bueno… yo…

—Diga, diga… No sea tímida.

—Que me ame como soy. Creo que eso es lo que más deseo en la vida.

Él sonrió dulcemente. No hablaron más por un rato. Fausto se quedó dormido. Adabella también. Abigail, que no había dejado de pensar ni un segundo en las palabras de aquel desconocido, sintió deseos de ir al baño. Se levantó de su sitio y caminó dando tumbos hacia el lugar que marcaba un letrero. Tardó unos cinco minutos. Cuando regresó ni Fausto ni Adabella estaban en sus asientos.

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Al otro lado del mar


a1Raquel cumplió cincuenta y seis años. Su hijo Antonio le hizo el regalo de su vida. El viaje a España que había soñado desde que era adolescente. Estaba en el aeropuerto con sus maletas, dispuesta a emprender su tan anhelado viaje. Le dio mil abrazos a Antonio, lo besó y por enésima vez le agradeció por haber hecho realidad su sueño.

Los abuelos de Raquel eran de Madrid, por eso ella quería ir a la patria de sus ancestros y pasear por los lugares que ellos le habían descrito. Se acomodó en la butaca para el largo viaje de catorce horas. Tomó una cobija y se dispuso a leer un libro que había comprado en la zona duty free. Tan pronto escuchó las hélices girar, a la asistente de vuelo dar las instrucciones y al piloto anunciar el despegue, cerró los ojos. En un santiamén se quedó dormida con el libro sobre las rodillas.

Unas horas más tarde, despertó porque tenía deseos de ir al baño. Estaba en el asiento de la ventana, así que pidió permiso a las personas que estaban a su lado para pasar. Salió dando tumbos por el pasillo, hasta llegar al diminuto lugar de alivio. Entró con dificultad y con más dificultad aun, se puso en cuclillas para hacer lo que fue a hacer. «Cuando era más joven estos baños eran más amplios. Hasta el amor se podía hacer en ellos», pensó. Se levantó enderezándose de su inconveniente posición. Se lavó las manos y de nuevo se fue a dar tumbos por el pasillo. Despertó a sus vecinos de asiento, quienes muy a la española le soltaron que moviera el culo y acabara de sentarse. Luego de mil piruetas volvió a su asiento y durmió el resto del viaje.

Abrió los ojos con el anuncio del aterrizaje. «¡Madrid, Madrid, Madrid!», tarareaba en sus pensamientos. Entonces esperó con calma que le tocara desembarcar para ir a recoger su maleta. De allí agarró el taxi hacia La Posada de Huertas, en donde se iba a hospedar. El taxista dio varias vueltas y finalmente la llevó a su destino. Cuando llegó a su habitación, se tiró sobre la cama sintiéndose la mujer más feliz sobre la tierra.

Tenía hambre y decidió darse un baño para salir a cenar. Se le hacía la boca agua pensando en todos esos manjares españoles: tapas, paellas, fabadas, chorizos, empanadas. Pensaba acabar con la gastronomía madrileña y luego ir a ver algún espectáculo nocturno. Ensimismada en sus pensamientos, entró al baño y se desnudó. Puso con cuidado los productos de belleza sobre el tocador. Agarró una toalla para retirar el maquillaje, cuando de pronto, ¡zas! A esa mujer que la miraba atónita desde el espejo, no la había visto como en treinta años. Quitó su vista y miró de nuevo. Rápido, como quien juega al esconder. ¡Aún estaba allí! No se había ido.

Comenzó a mirar el reflejo desnudo. «Este es el cuerpo que tenía antes de que naciera Antonio», se dijo. «Es que son las mismas nalgas duras y redondas. Las mismas tetas levantadas y firmes. El mismo rostro lozano de entonces. ¿Pero cómo ha sucedido esto?», se preguntó. «Voy a bañarme y todo desaparecerá», se dijo, convencida de que lo que veía era producto de su imaginación.

Tomó la ducha con agua casi hirviendo. Luego se tiró un chorro de agua fría para terminar. Salió convencida de que vería a la misma Raquel, de cincuenta y seis años, que salió de Nueva York. Se miró de nuevo al espejo. Allí estaba la misma joven, esbelta, con su melena de rizos color caramelo y de piel perfecta que una vez fue. La ropa le quedaba grande. Se vistió como pudo. Salió hacia una tienda donde compró todo lo que necesitaba. Regresó a la hospedería y se arregló gozándose de lo que veía en el espejo. Salió hermosa a la calle, cautivado la atención de los hombres que le pasaban por el lado.

Llegó al lugar donde iba a cenar. Pidió una mesa y se sentó a ordenar todo lo que le apetecía. En ese momento, un joven se le acercó.

—Perdóneme —dijo—. ¿Va a cenar aquí sola?

—Ese es mi plan —contestó—. No espero a nadie.

—Entonces, ¿por qué no cenamos juntos? También estoy solo.

Raquel decidió que era joven y bella esa noche. Si a las doce el sortilegio que la había convertido en la muchacha apetitosa que una vez fue se rompía, al menos lo disfrutaría. Comieron y bebieron. Conversaron, rieron y se enamoraron. Se besaron y ya no hubo marcha atrás. El joven la llevó con él a su casa y de tanto amor hasta la cama se rompió. Ella se miraba en el espejo cada vez que podía para verificar que el hechizo todavía le abrigaba.

A la mañana siguiente, Raquel seguía hermosa.

Los dos se volvieron inseparables durante todo su viaje. Iban a las fiestas, a los museos, a las obras teatrales. No se separaron ni un segundo, pero como a todo en la vida, llegó su final. Ella tenía que volver a su tierra y a su familia.

—¿Cuántos años tienes, Ricardo? —preguntó Raquel la noche antes de irse.

—Tengo treinta —contestó tranquilo, como el que tiene la vida por delante.

—¿Y tú, Raquel? ¿Cuántos?

Pensó que se moría porque tenía dos opciones, decirle la verdad y acabar de una vez, o mentirle hasta mañana cuando desaparecería para siempre. Optó por lo segundo. Vivió su última noche de amor con intensidad.

****

De vuelta a Nueva York, todo volvió a la normalidad. Raquel tenía su mismo cuerpo, su mismo culo, las mismas tetas que cuando se fue. Poniendo las fotos del viaje en la cuenta de Facebook, se dio cuenta de que Ricardo se veía joven y ella… de cincuenta y séis. Por el bien de los dos, dejó las cosas así. No quiso saber nada más de él y regresó a su mundo. Continuó trabajando como esclava en su salón de belleza.

—Raquel —llamó alguien. Cuando se volteó, un hombre desconocido, más o menos de su edad, estaba delante de ella.

—¿En qué le ayudo, señor? ¿Desea un recorte?

El hombre sonrió.

—Un recorte está bien —dijo con acento español—. Veo que no me recuerdas.

Raquel buscó en aquel rostro algo conocido. Miró sus ojos azules y soltó un grito.

—¡Ricardo! ¡Ricardo! ¿Qué haces aquí? —preguntó mientras se echaba en sus brazos.

—Ven, mujer. Tenemos que volver al otro lado del mar…  Allá somos jóvenes y podemos disfrutar nuestro amor.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Raquel.

—Me di cuenta una vez que viajé a este lado del mar y envejecí. Así como estoy ahora. Al regresar a España todo volvió a la normalidad.

—Pero es que tu normalidad no es la mía. Yo soy normal en Nueva York y tú lo eres en Madrid.

—Raquél, ven conmigo —insistió—. Puedes vivir una vida nueva, desde el principio.

—Pero yo tengo un hijo. ¿Cómo he de borrarlo de mi vida?

—No lo harás. Él quiere que seas feliz.

Raquel habló con su hijo, quien le dio su bendición. Sin pensarlo, se fue detrás del amor al otro lado del mar. Al cabo de unos meses, su rostro empezó a envejecer aceleradamente, ni hablar de su cuerpo. Al parecer no había marcha atrás. Ricardo la llevó a los mejores doctores y científicos y todos decían lo mismo. Tenía que volver o moriría prematuramente.

—No importa, Raquel —dijo Ricardo—. Tu mundo es allá y el mío es donde tú estés.

—Pero no puede ser. ¡Perderás tantos años de tu vida conmigo! —dijo ella sollozando.

—Perderé la vida entera sin ti.

Fue así como Ricardo se hizo viejo, sin vivir los treinta, ni los cuarenta, y apenas los cincuenta.

Je ne regrette rien


¿Sabías que Notre Dame no es la catedral plus grande de Francia? Elle estaba obsesionada con el buen beso francés. Poco a poco, había empezado a despedirse siempre a la francesa. Y obviamente, a enfadar a sus amigos y conocidos. No importa, decidió tener nuevos camaradas: … Sigue leyendo

Medios de LOCOmoción


Elvira Martos

—Me siento como si debiera alquilar un coche y cantar borracha, llorando y riendo con la ventanilla a media asta. ¿Eso tiene sentido?

—Creo que es una búsqueda bastante romanzada a la americana de libertad.

—¿Intento huir, quieres decir?

—Creo que más bien intentas llegar.

—Desde hace mucho no sé dónde voy.

—¿Ahora sí?

—No, pero parece que al menos he elegido medio de transporte.

…sobre el amor y las personas


Solo los postes de teléfono dicen que te estás moviendo —solo ellos—. Hace horas que se fue el sol entre nubes grises y el último pueblo es olvido. La sombra, o la grisura, o la luz apagada de la tarde —casi noche— muestran el paisaje más allá de los faros. En esta parte, la meseta es un páramo; las rocas y las ruinas somos tan parecidas. Vamos en dirección a la tormenta; se puede dibujar la silueta de la lluvia. La línea blanca de la carretera ha desaparecido y el horizonte con ella. No hay señales, sigues por instinto. El limpiaparabrisas ha detenido al tiempo durante diez–cien gotas no-sé; es como cerrar los ojos para seguir viendo algo que te ha gustado mucho. Es entonces —cierra los ojos— cuando por el lado derecho de la carretera, junto a la cuneta, un hombre y una mujer aparecen paseando en medio de esta nada ¿Vienen o van? Aunque aquí es indiferente. Solo unos gestos son clave: si él se moja el hombro, si ella le sujeta el brazo. Viéndoles, puedo escuchar cómo hablan los paraguas sobre el amor y las personas.

Como volar


Bastó con mirar al cielo y dejarme perder en su laberinto de blancos y azules. Bastó con escuchar al vacío en el aire, su inexistente existencia me relajaba. Cuanta más atención prestaba, más me entregaba a la infinita muestra del tiempo. Mi viaje iniciaba.

«Si tan solo tuviese alas», pensaba. Era de las pocas cosas que lamentaba carecer. No se trataba de un asunto de desplazamiento o similar, se trataba del sentimiento. Las emociones que se manifestarían por el simple hecho de llegar a donde un ser sin alas jamás podría… Ni siquiera soy capaz de describirlas, nunca he volado por mi cuenta. Pero de igual manera mi viaje había iniciado. No tenía alas, pero había aprendido a prescindir de ellas. Para mí, la acción de volar había adquirido una sutil diferencia con la definición tradicional, trayendo consigo algo más que un disentimiento. Maximizaba mis emociones.

Volaba, realmente lo hacía. Saltaba de nube en nube mientras jugaba con las gotas de agua que flotaban dispersas por el aire. Las fugaces ráfagas de viento despeinaban mi cabello sin pena, pero no le daba importancia, no siempre volaba con tanta libertad. No me cansaba, no sentía un solo rastro de cansancio en todo mi cuerpo, era la mejor de las sensaciones en mucho tiempo. Tiempo… solo avancé sin tener idea de cuánto tiempo pudo pasar desde que inicié mi vuelo.

Y luego, la gravedad regresó. Me di la vuelta súbitamente, allí estaba un rostro conocido mirándome con una evidente señal de interrogación.

—¿Estás bien? —me preguntó él con su rostro aún lleno de signos interrogantes.
—Sí, disculpa, estaba ido en mis pensamientos.
—Está bien, no pasa nada. Vamos, es hora de que realices tu presentación al directorio.

Mi viaje había terminado.

Más allá… – Esteban Mejías

La vida es sueño (haiku)


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Contra el insomnio
sirven mis sinsentidos,
sueño despierto.

-EJC.

Esta noche ascendemos hasta Fisherman wharf desde la esquina de Powell con Market street, escuchamos divertidos como el gran Lebowski cambia las agujas y detiene y arranca el tranvía otra vez, pero el recorrido es en el tiempo y ahora mismo se me olvida que volvimos de San Francisco, a qué hora me levanto mañana o que Jack Kerouac y Charles Bukowski están muertos. Se me pasan las fechas entre canciones que ninguno de los dos ha vuelto a escuchar, porque tras la puerta cerrada estás tú conmigo todavía como todos los días y hasta que me despierte hace tantos años (y no tiene sentido, pero sigues aquí cuando no estás conmigo). Se estrella el tranvía sin ti.

Ps. La foto por Haight-Ashbury es suya (sept de 2010). ¡Abrazos desde el frenopático!