El viaje del clavel


“¿No ves que todo es blanco? No quiero que me recuerdes, ni de blanco ni de nada. Ni cuando me vieron. Todo es blanco y me recordarán de blanco, pero tú no. Cállate para siempre y no hables hasta que no haya nadie más con quien hablar. Esas flores que me trajiste, tan blancas. Esos claveles mustios. Los claveles son para las tumbas. ¿Es que no lo sabías? No deberías haber venido. Eres siempre lo mismo. Estoy harta de ti. No hables. No quiero que hables. Olvídame y no hables”.

“Los claveles son para las tumbas”, lacónica mirando el florero junto a su cama del hospital. Bienvenidas las gentes al tanatorio más triste (el del casi final). Cuanto más absurda es la vida, menos soportable es la muerte, que diría Jean-Paul en un momento de debilidad y eso que tampoco había conocido a Polimnia. “Ni siquiera me dejan fumar”. Alguien tuvo que pensar que no sería lo más acertado soltar un chascarro. “Pol, ¿cómo vas a fumar en el hospital?”, le decía Casandra, “¿Para qué son esos barrotes de la ventana?”, respondía a la gallega, “¿No ven que esto es una última cárcel? Te prohíben fumar y te prohíben comer lo que te dé la gana. Por poco no te prohíben respirar”, “Están ahí para atenderte”, intervino Job, jugueteando impaciente con el móvil en el bolsillo, “Cállate, qué vas a saber tú. Llevo aquí dos semanas y no me han dejado salir. Fuertes cabrones… Están aquí para tenerme encerrada, no para atenderme. Para lo que nos queda a los que estamos aquí y están esos cabrones jodiendo lo más grande”, fue la tos, sí, fue la tos lo que dejó a todos en un silencio impenetrable, aunque el viento de fuera y una silueta recortada contra la ventana, respirando.

“Me recordarán de blanco”, rectificó después del ataque leve. “Te recordaremos siempre, mi niña, da igual cómo”, dijo Clío, insegura porque Job, correctísimo Job, siempre educado, la mandó callar con la mirada mediante esa mirada de marimandón que ponía cuando algo lo alteraba. La muerte lo alteraba. Respiraban muerte vestida de blanco que desprendía Polimnia y que asimilaban las paredes como manchas de humedad o polvo sobre la mesita auxiliar y la butaca para que durmieran las visitas en esa postura tan incómoda de quedarse dormidas leyendo.

En los bares, nadie había notado su ausencia, aunque fuera sonado que no estuviera. En aquella época, en los bares se concentraban solo grupos de gente conocida que se conocían entre sí. Durante esos arrebatos de adquisición de identidades étnicas diferenciadas, se preguntaban cosas, se discutían temas importantes, se ofrendaban regalos o se disputaban premios y se establecían enlaces intertribales. “¿Dónde está Polina? ¿Le pasó algo?”, al menos la camarera se acordaba de la chica y de su nombre (más o menos), de la mujer y de la conjunción de símbolos fonéticos que la identificaban (en una aproximación sorprendente). Gran detalle por su parte. “Está de viaje”, era la contestación estándar. Con el tiempo, Clío se empezó a quedar a dormir sin leer en la butaca y no fue más a los bares. “¿Dónde está la otra, la que vino una vez con la guitarra?”, pero también estaba de viaje. “Se pegan la vida padre ustedes, ¿no?”. Gran detalle por su parte.

Mientras Job y Casandra seguían en los bares pululando, Polimnia habló a Clío. En aquella época, se aprovechaba la soledad compartida para conjugar reflexiones. “Ya verás cómo no es nada, mi niña”, lloraba Clío, “¿Cómo no va a ser nada? ¿Tú eres boba o qué? Me recordarán ustedes, pero él… De todos modos, ya oíste lo que dijo la médica”, “Ya, pero a veces se equivocan”, “Y a veces el cielo no es azul. Nada es evitable, Clío. Mira, me recordarán, ¿verdad? ¿Me recordarán de vez en cuando?”, Clío asentía inevitablemente, “Me recordarán de blanco, cuando me haya ido. Me recordarán de blanco como me vieron, no así, sino cuando me vieron. ¿Recuerdas?”, “Sí, sí, sí”, inevitablemente, “Olvídenme hoy, recuérdenme mañana a través de hace un mes, sí, eso es lo que tendrían que hacer. Yo ya no estaré, pero podrán recordarme y creo que es la única forma de que siga estando con ustedes en los bares”. El sol anochece en invierno y no cae. Se mantiene bajo el cielo y se apaga antes de perderse por detrás de la tierra. Pasa el tiempo, como siempre, pero más denso. “¿De qué te ríes tú?”, Polimnia hace el ademán de encenderse un cigarro porque le ayuda con el mono, “Me acabo de acordar de que Job y Casi le dijeron a la camarera de los bares que estamos de viaje y que por eso no andamos por allá”, “Anda que vaya machangos”, “Es para que no pregunte nadie”, “Y, el día que vuelvas, ¿vas a tener preparadas las fotos?”, “El día que volvamos”, “No digas tonterías”.

“Nos va a sobrevivir a todas”, indicó Casandra. “No digas tonterías. Eso es la esperanza, que mata antes que la muerte”, “Y muere antes que la vida”, completaba Casandra cuando Job imprecisaba. Cerveza de espuma a retales sobre el vidrio. Las mesas sucias, el billar. Vieron que se acodaba en la barra alguien conocido, saliendo de una puerta blanca que frecuentaban demasiado, pero lo ignoraron. “¿Un ron?”, “Por qué no”. Borrachos se desdecían y pasaban a esperanzarse y a olvidar que su situación era otra, que estaban luchando a favor de su enemiga y no tenían fuerzas para darse la vuelta y darse cuenta de que, quizá, habían estado pegando tiros al aire (hacia su propio barrio y no hacia el otro). Ese mismo viernes, Job tuvo que decir que Casandra se había ido de viaje hacia poniente, porque se había quedado dormida una noche en la butaca y había decidido quedarse a pasarlas todas allí. Job era reticente a aceptar que el blanco fuera un color soportable (o tan siquiera un color), cuando era su ausencia.

En aquella época, ya podía escucharse música tan a distancia y en cantidades tan enormes, que se sabían nombres que resultaban desconocidos. Hoy escuchaban un tema de Kurt Rosenwinkel como podían haber estado escuchando a Herbie Hancock,  mañana escucharían algo de Daniel Foder y compañía como si estuvieran escuchando a Chico Hamilton. Las horas pasaban entre la música y la tos, con las rejas de la ventana de fondo y el enfermero yendoiviniendo. Los minutos también pasaban, pero desapercibidos. La respiración pausada de una sombra apoyada en una esquina, junto al dintel del baño, detrás de la butaca. Al echar cincuenta céntimos a la máquina de café, el móvil de Casandra timbraba y era descolgado y la voz de la madre de Clío entre lamentos, aiminiña, aiminiña, al volver a casa Clío y una moto, nada que hacer y solamente llorar, predicando con su ejemplo llorar, llorar como si sin lágrimas se pudiera seguir o se pudiera seguir llorando, ahora ya es tarde, será mejor que bote este café hediondo y suba a decirle a Pol.

Job y Casandra lloraron juntos toda la noche (se había predicado con el ejemplo, la palabra entrecortada había sido esparcida). Por sobre los bares, lloraron. “Subí y tuve que decirle que… Tuve que decirle que Clío se fue de viaje”, “¿Crees que se lo creerá?”, “Da igual lo que yo crea, Job. Lo importante es que no sufra más”, “Sí, eso es lo importante. Es lo más importante, creo”. La camarera de los bares los vio llorando, pero no dijo nada. Gran detalle por su parte. Había un cierto respeto en el fondo de las jarras que iban vaciando con la parsimonia del llanto que dormita.

Job aceptó el blanco como la ausencia de color y asumió algo que no sabía qué era. Las noches se entrecruzaron y se tornaron iguales, sonaban el subsuelo y los estados de ánimo del jazz, sonaba la neblina azul y, a veces, hasta se les colaba la muerte de un hombre corrupto (pero se les había muerto la música). Job pellizcaba los pétalos de los claveles ya marchitos para tranquilizarse. La monotonía lo alteraba (como la muerte). Cuando era Job quien se quedaba en la butaca, puesto que ahora se turnaban, Polimnia y él discutían sobre la utilización de los impuestos directos para asuntos que no eran su objetivo legal, sobre Catalunya (cómo no), sobre qué era mejor, si Siete y a casa o si Aguere y hasta la muerte (Job aquí se alteraba, porque la muerte), sobre otras muchas cosas sin importancia, sobre sí mismos, sobre todo, sobre la vida, sobre todo sobre la vida. Job nunca se atrevió a preguntarle quién estaba con ella en silencio cuando bajaba a comer o cuando iba a casa a decirle a Casandra que era su turno. Eso no era parte de la vida o eso creía él. Cuando era Casandra quien se quedaba recostada sobre el forro sintético, leía capítulos de novelas y relatos a Polimnia, que prestaba atención a la voz de Casandra, al cuello de Casandra, a la boca de Casandra y a su lengua, a los movimientos que hacía, a las manos que sujetaban el libro, a los dedos de Casandra que sobresalían por encima de las cubiertas, a las pupilas correteando de izquierda a derecha y, fugaces, de derecha a izquierda, iba observando con paciencia su progresión lógica hacia la postura incómoda de quien se queda dormido leyendo y, aun entonces, permanecía durante un tiempo contemplándola, hasta que se le olvidaba por qué lo hacía (si por la mentira o si por lo otro), cerraba los ojos y dormía.

Casandra estaba convencida de que Polimnia las sobreviviría a todas. En casa, sin la butaca y sin el blanco, a solas con un gris omnipresente, omnisciente, omnividente, omnisilente, el silencio omnigrisáceo que le consumía la voz de la lectura de cuentos, dejaba la mirada fija, oliendo el aliento que le expiraba en la nuca un cálido sabor de hastasiempres que eran hastanuncas. El ron sin hielo daba vueltas en el vaso y se calentaba. Su mano distraía al frío del licor y se lo llevaba al pecho, donde nada podía hacerse, como Clío, como Polimnia, pero Job. Al menos, Job. Todas menos Job. No entendería. Sería mejor para él comprender, pero no lo haría. Al menos, no ahora. Al menos, Job ahora no. Las sobreviviría a todas, menos a la sombra. Casi era una obligación que las sobreviviera, aunque la sombra. Casandra estaba convencida y tan cansada. Fue al baño y el vaho empañó las paredes, el espejo y las retinas reflejadas en el espejo, el vaho y otra cosa siempre indefinible e indefectible. Pero Job, al llegar a casa.

“Hace dos días que no viene Casi”, los cambios se percibían más intensos en la blancor inmaculada de la luz refractándose en el polvo que flotaba en su pieza del hospital, sobre la cama de sábanas blancas que reflejaban la penumbra que se entretejía en las rejas de la ventana, “Está de viaje. Se fue con Clío”, contestó Job, alterado, sin pensarlo demasiado, “Ya. Puedes quedarte aquí si quieres. Hasta que vuelva”, repuso Polimnia, tranquila, pensándolo demasiado. Polimnia creyó ver un fulgor repentino e incesante junto al lacrimal derecho de Job, que tuvo que ir al baño un momento.

En los bares, Job, ya solo, y la camarera que oteaba la única acción repetitiva del cuerpo de Job desde delante de las botellas de vodca, ginebra y ronmiel. Rememoraba el césped del campus de Guajara bajo el olivo quincuagenario, la fachada de la biblioteca general y la hierba, el tiempo en que Clío sonreía y Polimnia caminaba y Casandra era. Había más gente en ese tiempo, pero no importaba. Había más gente, como la sombra que entraba por la puerta de los bares y saludaba a la camarera y pedía una jarra y se sentaba a la misma mesa en la que Job rememoraba el tiempo en el que Clío y Polimnia y Casandra (y más gente, aunque no importase). “Creo que Pol sabe”, pronunció la sombra con su boca de silueta, “Creo que no podrás mentirle durante mucho más tiempo. Llegará el momento en que te pida verdad y tú no podrás dársela”, “¿Tú qué vas a saber? ¿Te has podrido el cerebro con el silencio o es que tu soledad es tan insoportable como tu vida? No me alteres, haz el favor”, “No vine a alterarte. Vine a aconsejarte. Desde que estudiamos, yo soy quien más cerca ha estado de Pol. Sabes que la conozco mejor que cualquiera. Sabes que la conozco mejor que tú. Ustedes pasaban mucho tiempo con ella, pero a mí no me hace falta estar con ella para saber lo que piensa”, “No me incluyas a mí y haz el favor de no meter a Casi”, una pausa que fue como si la voz de Job se hubiera ido de viaje (véase la metáfora recurrente). “Este no es tu sitio, Job. Te lo digo en calidad de amigo… Por lo menos, porque me acuerdo de que una vez lo fuimos. No es tu sitio, Job. Te alteras demasiado. Te pedirá verdad y no podrás dársela. ¿Por qué querrías, de todos modos? ¿Ella te la dio alguna vez? ¿Alguna vez llegó, te sentó en esa butaca negra maloliente y te dijo, con todas las palabras: mira, Job. Casandra y yo”, pero un manojo de nudillos emblanquecidos surgió de debajo de una mesa húmeda y una silla se volcó y se oyó gritos en los bares, la camarera estaba hecha una furia y a Job no lo dejaron entrar más, a pesar de todos los años que ibaivenía por allí. Gran detalle por su parte.

El frío del hospital era más intenso y más hiriente que el de la brisa de la calle, así que Polimnia no debería de preguntarle por qué los guantes de lana, aunque para taparse ciertos cuatro rasguños estratégicamente distribuidos entre cuatro nudillos de la mano diestra. Tampoco debería de preguntar por qué Job ya no le pedía permiso para escaparse una noche de viernes a los bares para echarse un par de pares de jarras. A ella le venía mejor que Job iniciase el ritual de quedarse dormido en la butaca, sin inquisiciones innecesarias. Hablaban poco. No como antes, al menos. Al menos, no como antes. Así estaban las cosas y el otoño iba cruzando por la ventana como el viento negruzco de una locomotora arrastrado por un humo implacable. Al comienzo estaba el silencio. El silencio es el señor. En el seno del silencio reposaba el sonido que no parecía despertar a pesar de los intentos de Malász por que así fuera. El encuentro con la sombra había alterado a Job más allá de lo que él mismo supuso cuando acabó la noche. Soñó pesadillas incoherentes y sinsentidos aterradores hasta que consiguió despertar en la madrugada de una luz lánguida y moribunda.

Polimnia tenía los ojos clavados en él. Job se alteró (porque, en fin). “¿Qué soñaste?”, “Nada. Fue una pesadilla estúpida”, “Las pesadillas suelen tener parte de verdad. Son como actorreflejos del cerebro, como los sueños, pero vienen de más adentro, creo, de lo oscuro que hay entre las costillas”, no preguntes sobre la verdad, se pensaba Job, no preguntes, “A veces dices unas cosas que no hay quien te entienda, Pol”, sonrió mal, no preguntes, no preguntes, “Sí que me entiendes. La verdad nos persigue. Solo le vence el tiempo, que la va acorralando hasta que la hace revolverse y combatirnos”, no pre-gun-tes, no pre-gun-tes, “No sé de qué me estás hablando. Pol, basta ya”, nopreguntes, nopreguntes, Job alterado y “Mira, no sé qué quieres que te diga”, “Podrías empezar diciéndome qué haces con guantes si no hace tanto frío. ¿Qué te crees? ¿Que no le vi la cara, que no le vi el golpe en el cachete?”, “Se lo merecía”, “Eso no lo dudo”. El aire era tan pesado y Job estaba tan alterado que temió fundirse con el aire y que el poco oxígeno que le quedaba lo sustituyese y diese una respuesta frenética. “Tú y Casi”, le soltó. Polimnia permaneció callada durante más de un instante, pero al cuarto quiso responder y “Los viajes. Clío me habló de los primeros viajes. No me quieres contar, pero yo ya sé. Solo quería que me recordaran de blanco y ahora mira. Los viajes. Sé por qué Clío y Casi están de viaje, lo sé perfectamente. Quizá tú también deberías irte de viaje, quizá por otros motivos”, “¿No me quieres aquí?”, “Eres tú quien no se quiere aquí. Vete de viaje, Job. Haznos un favor y recuérdame de blanco allá adonde vayas”.

“Ya no queda nadie con quien hablar. ¿Me hablarás ahora?”, “Tú echaste a todo el mundo”, “No tuve nada que ver”, “Y la herida en tu mejilla, ¿a qué viene? ¿Desde cuándo no tener nada que ver se traduce en llevarse una piña?”, “Job habría acabado yéndose igual y lo sabes. Él sabía. No podías ocultarle la verdad durante mucho más tiempo. No llores. Sabías que él sabía”, “Tú deberías haber sido el único que se fuera de viaje. Estoy harta. Nadie me recordará, ni de blanco ni de nada. Quizá con el blanco desvaído de esta cárcel. Ni Clío ni Casi, eso seguro”, “No llores. Ya sabías. Yo te recordaré. Yo te recordaré de blanco, como tú quieres que te recuerden”, “Quiero que me recuerden, no que me recuerdes”. El silencio hizo acopio de voluntad y ocupó toda la estancia, se hizo papel de las paredes y refugio en la humedad de las esquinas. La sombra se levantó y caminó hacia la puerta, dispuesta a recordarla de blanco, pero no a volver a apoyar una mano en la butaca negra ni un hombro en el dintel de la puerta del baño. La puerta se abrió con un chirrido del pomo. “Podrías traerme otro ramo de claveles”, le dijo ella en un susurro arrepentido. “Los claveles son para las tumbas”, respondió la sombra con su boca de silueta. Con el tiempo, ella acabó yéndose de viaje y, si Job quiso olvidarla, la sombra quiso recordarla como ella nunca quiso que lo hiciera: del blanco desvaído de los claveles muertos.

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El viaje de Abigail


Era la primera vez que Abigail Valle viajaba en tren. Desde niña soñaba con salir de aquel monótono pueblo incrustado entre dos montañas en Wichita —al noroeste de Oklahoma—, en el que solo había cuatro calles. Lo más interesante que ocurría en aquel solitario lugar era que, de vez en cuando, uno que otro visitante se emborrachaba en la taberna de Lucas y luego de armar tremendo escarceo, terminaba en la pequeña comisaría al final de la calle principal. Nada de importancia, por supuesto. En la mañana luego de darle una buena taza de café aguado sin azúcar, lo tiraban de patitas en la calle y le daban una hora para largarse del poblado.

Ahora Abigail por fin se iba. Partía con su hija Adabella quien había sido concebida por uno de aquellos visitantes que alcoholizado le había hecho el favor a la pobre muchacha. No lo habíamos dicho antes, pero Abigail era muy fea. Siendo todavía muy pequeña, un incendio arrasó con la vivienda de sus padres y ella sufrió terribles quemaduras que le desfiguraron el rostro y algunas partes de su cuerpo. Creció siendo objeto de la burla de los demás niños y la lástima de los mayores. Cuando tuvo edad suficiente para enamorarse, se dio cuenta de que no era atractiva para nadie. Presa de la depresión, comenzó a comer sin medida poniendo considerable sobrepeso en su figura. Lucas, que era amigo de su padre, le dio el trabajo en la taberna. Por lo menos trabajar la mantenía entretenida y tenía su propio dinero. Hasta que llegó el borracho que la embarazó.

Ya habían pasado once años, los padres de Abigail habían muerto y ella sentía que era tiempo de iniciar otra vida fuera de aquel pueblo que la ahogaba. Vendió todo lo que tenían y se despidieron de su querido Lucas, quién las acompañó hasta la estación de tren.

—Por favor, cuídense mucho —repitió el viejo por enésima vez.

—Sí, tío —dijo Abigail—. No se preocupe.

 —Si tienes que regresar…

 —Sí, ya sé. Las puertas de su casa siempre estarás abiertas para nosotras.

—Bueno, hijas…

 —Váyase, váyase tranquilo.

El viejo dio un último abrazo a Adabella y a Abigail y comenzó a andar sin mirar hacia atrás por temor a no dejarlas ir. Abigail agarró a la niña de la mano y comenzó a caminar por la estación. Entró al edificio y preguntó dónde estaba el baño. Una joven que estaba detrás del mostrador le mostró una puerta al final del pasillo. Entraron a un cuarto amplio, con ocho espacios separados y con puertas de un color verde crayola. El lugar no se veía a simple vista sucio, pero un olor a orina lo impregnaba. Otro olor como a detergente intentaba tapar la peste sin lograrlo.

 —Adita, ponle papel a la tapa —dijo—. No te sientes. Este lugar está asqueroso.

  —Sí, mamá —contestó la niña.

Ambas se restregaron las manos como si vieran los gérmenes en ellas y salieron lo más pronto posible de allí. Fuera, se encontraron un hombre joven, muy guapo al frente del baño de los hombres. Estaba doblado, como si le doliera el estómago.

 —¿Le pasa algo, señor? —preguntó Abigail.

 —Creo que comí algo que me ha caído mal y entré a ese baño y…

 —Está asqueroso —dijeron las dos.

 —Sí —contestó él con una casi sonrisa.

 —Mire, yo tengo una medicina para el mal estomacal y tengo agua embotellada.

—No quiero molestarla, por favor…

—No es molestia, señor. No faltaba más.

Enseguida Abigail sacó el agua de su bolso y las pastillas y se las dio al desconocido quien enseguida las tomó y agradeció con una sonrisa. Luego se fue a sentar en una de las butacas a esperar el tren.

La mujer, ansiosa y excitada por el viaje que estaba por iniciar, salió del edificio y le preguntó a un hombre, que por el uniforme supuso que trabajaba allí, que en dónde debía esperar el ferrocarril que la llevaría a su destino. Él le pidió el boleto y le señaló con el dedo. Le indicó que el suyo llegaría en unos veinte minutos. Caminaron y se sentaron en un banco que estaba justo al frente de dónde pasaría su tren. Estuvieron mirando los que iban y venían. Chacachaca… Pupuuuuuu… y el chirrido del freno.  Primero, la algarabía. Luego el hombre que imponía el orden. Con la curiosidad de una niña, Abigail miraba a las personas bajarse y luego subir ordenadamente. Luego iniciaba su marcha. Cha…ca…cha…ca… Puuuuuu…puuuuuu…

Hasta que les llegó su turno. Ya para entonces eran unas expertas. Tan pronto el hombre llamó al orden, se pusieron en fila y mostraron sus boletos. Llenas de regocijo subieron a aquella enorme máquina de acero y corrieron a sus asientos riendo. Colocaron sus maletas sobre sus cabezas y se sentaron. Fue cuando volvieron a ver al desconocido del dolor de barriga.

—¡Hola, señor! —saludó Adabella.

—¿Cómo sigue? —preguntó Abigail reprendiendo a la niña con la mirada.

—Pues estoy mucho mejor, señorita —contestó—. Fue muy amable en ofrecerme ese medicamento.

 —No es nada.

—Sí es —continuó—. No puedo imaginar cómo hubiera sido este viaje si no hubiera sido por usted y sus benditas pastillas.

—Bueno… —respondió Abigail, sonrojándose.

Un largo e incómodo silencio siguió. Abigail se sintió culpable de haberse mostrado un poco cortante con el hombre.

  —Y dígame, ¿va lejos? —preguntó como para hacer conversación.

 —Sí, voy para el Paso, Texas.

 —Ya veo. Es un poco más lejos de lo que vamos nosotras.

 —¿Sí? ¿Para dónde van? Claro, si se puede saber.

—Sí, vamos a la casa de una tía en El Río. También es en Texas.

—Y ustedes, ¿son hermanas?

Las dos se miraron y empezaron a reírse.

—No —contestó Abigail—. Ella es mi hija, Adabella. Perdón, no le he dicho mi nombre. Me llamo Abigail.

—Yo tampoco me he presentado. Me llamo Fausto —dijo sonriendo—. Es que usted es muy joven. Habría jurado que eran hermanas.

La mujer sintió un temblor en su interior. Nunca nadie le había dicho algo bonito. Ella se daba cuenta de que su hija era bellísima y compararla con ella era lo más hermoso que jamás había escuchado. Además, este hombre era guapísimo. ¿Cómo era que se fijaba en ella?

  —¿Y tiene usted familia, Fausto?

—No, aún no. Sé que estoy en edad de casarme, pero todavía no he encontrado a una mujer que me interese. La verdad es que busco una mujer con buenos sentimientos, valores morales, fiel, en fin… que me ame. Creo que lo que buscan todos los hombres, supongo.

 —Sí, claro. Creo que algo así también buscamos las mujeres.

 —¿No está comprometida usted?

—No, no lo estoy —contestó cada vez más sorprendida. «¿Será ciego este hombre?», pensó.

—¿Y qué busca usted? ¿Qué quiere usted de un hombre?

—Bueno… yo…

—Diga, diga… No sea tímida.

—Que me ame como soy. Creo que eso es lo que más deseo en la vida.

Él sonrió dulcemente. No hablaron más por un rato. Fausto se quedó dormido. Adabella también. Abigail, que no había dejado de pensar ni un segundo en las palabras de aquel desconocido, sintió deseos de ir al baño. Se levantó de su sitio y caminó dando tumbos hacia el lugar que marcaba un letrero. Tardó unos cinco minutos. Cuando regresó ni Fausto ni Adabella estaban en sus asientos.

Imagen: https://pixabay.com/en/buildings-houses-railroad-railway-1844857/

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Al otro lado del mar


a1Raquel cumplió cincuenta y seis años. Su hijo Antonio le hizo el regalo de su vida. El viaje a España que había soñado desde que era adolescente. Estaba en el aeropuerto con sus maletas, dispuesta a emprender su tan anhelado viaje. Le dio mil abrazos a Antonio, lo besó y por enésima vez le agradeció por haber hecho realidad su sueño.

Los abuelos de Raquel eran de Madrid, por eso ella quería ir a la patria de sus ancestros y pasear por los lugares que ellos le habían descrito. Se acomodó en la butaca para el largo viaje de catorce horas. Tomó una cobija y se dispuso a leer un libro que había comprado en la zona duty free. Tan pronto escuchó las hélices girar, a la asistente de vuelo dar las instrucciones y al piloto anunciar el despegue, cerró los ojos. En un santiamén se quedó dormida con el libro sobre las rodillas.

Unas horas más tarde, despertó porque tenía deseos de ir al baño. Estaba en el asiento de la ventana, así que pidió permiso a las personas que estaban a su lado para pasar. Salió dando tumbos por el pasillo, hasta llegar al diminuto lugar de alivio. Entró con dificultad y con más dificultad aun, se puso en cuclillas para hacer lo que fue a hacer. «Cuando era más joven estos baños eran más amplios. Hasta el amor se podía hacer en ellos», pensó. Se levantó enderezándose de su inconveniente posición. Se lavó las manos y de nuevo se fue a dar tumbos por el pasillo. Despertó a sus vecinos de asiento, quienes muy a la española le soltaron que moviera el culo y acabara de sentarse. Luego de mil piruetas volvió a su asiento y durmió el resto del viaje.

Abrió los ojos con el anuncio del aterrizaje. «¡Madrid, Madrid, Madrid!», tarareaba en sus pensamientos. Entonces esperó con calma que le tocara desembarcar para ir a recoger su maleta. De allí agarró el taxi hacia La Posada de Huertas, en donde se iba a hospedar. El taxista dio varias vueltas y finalmente la llevó a su destino. Cuando llegó a su habitación, se tiró sobre la cama sintiéndose la mujer más feliz sobre la tierra.

Tenía hambre y decidió darse un baño para salir a cenar. Se le hacía la boca agua pensando en todos esos manjares españoles: tapas, paellas, fabadas, chorizos, empanadas. Pensaba acabar con la gastronomía madrileña y luego ir a ver algún espectáculo nocturno. Ensimismada en sus pensamientos, entró al baño y se desnudó. Puso con cuidado los productos de belleza sobre el tocador. Agarró una toalla para retirar el maquillaje, cuando de pronto, ¡zas! A esa mujer que la miraba atónita desde el espejo, no la había visto como en treinta años. Quitó su vista y miró de nuevo. Rápido, como quien juega al esconder. ¡Aún estaba allí! No se había ido.

Comenzó a mirar el reflejo desnudo. «Este es el cuerpo que tenía antes de que naciera Antonio», se dijo. «Es que son las mismas nalgas duras y redondas. Las mismas tetas levantadas y firmes. El mismo rostro lozano de entonces. ¿Pero cómo ha sucedido esto?», se preguntó. «Voy a bañarme y todo desaparecerá», se dijo, convencida de que lo que veía era producto de su imaginación.

Tomó la ducha con agua casi hirviendo. Luego se tiró un chorro de agua fría para terminar. Salió convencida de que vería a la misma Raquel, de cincuenta y seis años, que salió de Nueva York. Se miró de nuevo al espejo. Allí estaba la misma joven, esbelta, con su melena de rizos color caramelo y de piel perfecta que una vez fue. La ropa le quedaba grande. Se vistió como pudo. Salió hacia una tienda donde compró todo lo que necesitaba. Regresó a la hospedería y se arregló gozándose de lo que veía en el espejo. Salió hermosa a la calle, cautivado la atención de los hombres que le pasaban por el lado.

Llegó al lugar donde iba a cenar. Pidió una mesa y se sentó a ordenar todo lo que le apetecía. En ese momento, un joven se le acercó.

—Perdóneme —dijo—. ¿Va a cenar aquí sola?

—Ese es mi plan —contestó—. No espero a nadie.

—Entonces, ¿por qué no cenamos juntos? También estoy solo.

Raquel decidió que era joven y bella esa noche. Si a las doce el sortilegio que la había convertido en la muchacha apetitosa que una vez fue se rompía, al menos lo disfrutaría. Comieron y bebieron. Conversaron, rieron y se enamoraron. Se besaron y ya no hubo marcha atrás. El joven la llevó con él a su casa y de tanto amor hasta la cama se rompió. Ella se miraba en el espejo cada vez que podía para verificar que el hechizo todavía le abrigaba.

A la mañana siguiente, Raquel seguía hermosa.

Los dos se volvieron inseparables durante todo su viaje. Iban a las fiestas, a los museos, a las obras teatrales. No se separaron ni un segundo, pero como a todo en la vida, llegó su final. Ella tenía que volver a su tierra y a su familia.

—¿Cuántos años tienes, Ricardo? —preguntó Raquel la noche antes de irse.

—Tengo treinta —contestó tranquilo, como el que tiene la vida por delante.

—¿Y tú, Raquel? ¿Cuántos?

Pensó que se moría porque tenía dos opciones, decirle la verdad y acabar de una vez, o mentirle hasta mañana cuando desaparecería para siempre. Optó por lo segundo. Vivió su última noche de amor con intensidad.

****

De vuelta a Nueva York, todo volvió a la normalidad. Raquel tenía su mismo cuerpo, su mismo culo, las mismas tetas que cuando se fue. Poniendo las fotos del viaje en la cuenta de Facebook, se dio cuenta de que Ricardo se veía joven y ella… de cincuenta y séis. Por el bien de los dos, dejó las cosas así. No quiso saber nada más de él y regresó a su mundo. Continuó trabajando como esclava en su salón de belleza.

—Raquel —llamó alguien. Cuando se volteó, un hombre desconocido, más o menos de su edad, estaba delante de ella.

—¿En qué le ayudo, señor? ¿Desea un recorte?

El hombre sonrió.

—Un recorte está bien —dijo con acento español—. Veo que no me recuerdas.

Raquel buscó en aquel rostro algo conocido. Miró sus ojos azules y soltó un grito.

—¡Ricardo! ¡Ricardo! ¿Qué haces aquí? —preguntó mientras se echaba en sus brazos.

—Ven, mujer. Tenemos que volver al otro lado del mar…  Allá somos jóvenes y podemos disfrutar nuestro amor.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Raquel.

—Me di cuenta una vez que viajé a este lado del mar y envejecí. Así como estoy ahora. Al regresar a España todo volvió a la normalidad.

—Pero es que tu normalidad no es la mía. Yo soy normal en Nueva York y tú lo eres en Madrid.

—Raquél, ven conmigo —insistió—. Puedes vivir una vida nueva, desde el principio.

—Pero yo tengo un hijo. ¿Cómo he de borrarlo de mi vida?

—No lo harás. Él quiere que seas feliz.

Raquel habló con su hijo, quien le dio su bendición. Sin pensarlo, se fue detrás del amor al otro lado del mar. Al cabo de unos meses, su rostro empezó a envejecer aceleradamente, ni hablar de su cuerpo. Al parecer no había marcha atrás. Ricardo la llevó a los mejores doctores y científicos y todos decían lo mismo. Tenía que volver o moriría prematuramente.

—No importa, Raquel —dijo Ricardo—. Tu mundo es allá y el mío es donde tú estés.

—Pero no puede ser. ¡Perderás tantos años de tu vida conmigo! —dijo ella sollozando.

—Perderé la vida entera sin ti.

Fue así como Ricardo se hizo viejo, sin vivir los treinta, ni los cuarenta, y apenas los cincuenta.

Je ne regrette rien


¿Sabías que Notre Dame no es la catedral plus grande de Francia? Elle estaba obsesionada con el buen beso francés. Poco a poco, había empezado a despedirse siempre a la francesa. Y obviamente, a enfadar a sus amigos y conocidos. No importa, decidió tener nuevos camaradas: … Sigue leyendo

Medios de LOCOmoción


Elvira Martos

—Me siento como si debiera alquilar un coche y cantar borracha, llorando y riendo con la ventanilla a media asta. ¿Eso tiene sentido?

—Creo que es una búsqueda bastante romanzada a la americana de libertad.

—¿Intento huir, quieres decir?

—Creo que más bien intentas llegar.

—Desde hace mucho no sé dónde voy.

—¿Ahora sí?

—No, pero parece que al menos he elegido medio de transporte.

…sobre el amor y las personas


Solo los postes de teléfono dicen que te estás moviendo —solo ellos—. Hace horas que se fue el sol entre nubes grises y el último pueblo es olvido. La sombra, o la grisura, o la luz apagada de la tarde —casi noche— muestran el paisaje más allá de los faros. En esta parte, la meseta es un páramo; las rocas y las ruinas somos tan parecidas. Vamos en dirección a la tormenta; se puede dibujar la silueta de la lluvia. La línea blanca de la carretera ha desaparecido y el horizonte con ella. No hay señales, sigues por instinto. El limpiaparabrisas ha detenido al tiempo durante diez–cien gotas no-sé; es como cerrar los ojos para seguir viendo algo que te ha gustado mucho. Es entonces —cierra los ojos— cuando por el lado derecho de la carretera, junto a la cuneta, un hombre y una mujer aparecen paseando en medio de esta nada ¿Vienen o van? Aunque aquí es indiferente. Solo unos gestos son clave: si él se moja el hombro, si ella le sujeta el brazo. Viéndoles, puedo escuchar cómo hablan los paraguas sobre el amor y las personas.

Como volar


Bastó con mirar al cielo y dejarme perder en su laberinto de blancos y azules. Bastó con escuchar al vacío en el aire, su inexistente existencia me relajaba. Cuanta más atención prestaba, más me entregaba a la infinita muestra del tiempo. Mi viaje iniciaba.

«Si tan solo tuviese alas», pensaba. Era de las pocas cosas que lamentaba carecer. No se trataba de un asunto de desplazamiento o similar, se trataba del sentimiento. Las emociones que se manifestarían por el simple hecho de llegar a donde un ser sin alas jamás podría… Ni siquiera soy capaz de describirlas, nunca he volado por mi cuenta. Pero de igual manera mi viaje había iniciado. No tenía alas, pero había aprendido a prescindir de ellas. Para mí, la acción de volar había adquirido una sutil diferencia con la definición tradicional, trayendo consigo algo más que un disentimiento. Maximizaba mis emociones.

Volaba, realmente lo hacía. Saltaba de nube en nube mientras jugaba con las gotas de agua que flotaban dispersas por el aire. Las fugaces ráfagas de viento despeinaban mi cabello sin pena, pero no le daba importancia, no siempre volaba con tanta libertad. No me cansaba, no sentía un solo rastro de cansancio en todo mi cuerpo, era la mejor de las sensaciones en mucho tiempo. Tiempo… solo avancé sin tener idea de cuánto tiempo pudo pasar desde que inicié mi vuelo.

Y luego, la gravedad regresó. Me di la vuelta súbitamente, allí estaba un rostro conocido mirándome con una evidente señal de interrogación.

—¿Estás bien? —me preguntó él con su rostro aún lleno de signos interrogantes.
—Sí, disculpa, estaba ido en mis pensamientos.
—Está bien, no pasa nada. Vamos, es hora de que realices tu presentación al directorio.

Mi viaje había terminado.

Más allá… – Esteban Mejías