Espectros


Los espectros no vienen solo de noche,

son los que hablan de bonus,

estadísticas y frías líneas de logros.

Mientras gritan en plena mañana su eterno mantra productivo.

 

(Fotografía del autor)
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La danza de la lluvia


Plegaria jamás dicha
—pasaporte de cada día—;
¿alguna vez podrá ser realidad
el baile de la alegría?

Cae la lluvia.
La necesidad de la tierra es otra.
La necesidad de la tierra es mía.
Por eso cae la lluvia tras mi canto.
Yo no creí. No supe del poder
de un grito, del desgarro profundo.
Nunca fui testigo de un milagro.

Mi corazón carga el gozo y mis ojos
viajan, pasajeros de la lluvia, al sur.
Un mar de fango, al fondo. Beso una película
de esa masa absorbente que me llama. Yo no creí.
No supe que acabaría con la negritud del pozo. Yo no creí.
Pese a ello, canté sin esperar la danza o el asombro.

El poeta…


Para el poeta, expresar y escribir sus líneas
es una tristeza, un sufrimiento. Pues, esa triste alegría
y ese dulce sufrimiento, lo goza, lo vive, lo siente
y lo enfrenta en la vida y en el amor, sin poses, tal cual.

Sin miedo a sentirse más solo que el mundo,
con una alegría entre pecho y espalda, algo que asfixia,
algo reprime, algo como una alegría muerta más o menos.

El poeta vive la vida y la muere al instante,
se levanta nostálgico y se acuesta alegre.
Revisa páginas y recuerdos en los que transcurre su vida.

Escribe diáfanas sentencias de amor, versos de rabia,
líneas de dolor y formas escabrosas de maleable pasión.
Conjeturas locas que le da por escribir,
para encomiar y evocar su existencia y la vida misma.

Yo vi la vida pasar


Yo vi la vida pasar

y tan rápido que iba

no la pude detener.

Al principio me miró

—directamente a los ojos—

ofreciéndome mil cosas,

de hermosos y diversos colores.

Prometió una niñez rosada

en los brazos de mis padres,

llena de cuentos de hadas,

princesas y caballeros andantes.

Luego me haría volar

en el lomo de Pegaso,

tocando miles de estrellas

en el cielo y en un mar

azul turquí.

Me presentó los poemas

para hacerme suspirar:

Béquer, Darío y Neruda,

en sus letras aprendería

a llorar por el amor.

Con Allende, Grisham y King,

me ha enseñado el bien y el mal,

la esencia de la existencia misma,

el lado oscuro y profundo.

Cerré los ojos un segundo

y la vida se me fue,

entre páginas de libros

y algunas que quise escribir.

Camino sobre hojas secas

de variado colorido

en este largo —corto—andar,

que la vida me ganó

—siempre correrá más rápido—

y su paso no se detiene,

ni para esperar por mí.

https://pixabay.com/en/autumn-road-fallen-leaves-wet-2182019/

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Barriobajeros II


ElviraMartosElviraMartos

No quiero albergar

esperanzas.

Ojalá desesperen a la intemperie.

Y mueran

de soledad

y repudio.

Días que son mar


¿Se puede odiar un día que aún no pasó? No hace falta mirarme al espejo para ver mi rostro mientras me hago esta pregunta. Me reflejo en ella.

Estoy sentada, bastante cansada. Mi cuerpo se encoge y tirita de frío. Mi mano pide coger papel y pluma y hace el esfuerzo de poner orden a las ideas de mi cabeza, dicen que funciona. Dicen que verter, en papel, los pensamientos, sirve. Aunque cada vez que yo utilice este método, sea para dejar fluir a las palabras que están en mis pensamientos, para que sean agua, para que fluyan como un río. Río que desde su nacimiento no sabe a dónde se dirigirá, pero todos sabemos que termina en el mar.

Odio el día de mañana, me repito otra vez, frente al espejo.

Mírame, no sé cuántas veces habré tenido esa frase rodando por mi mente. En realidad, por llevarme la contraria a mí misma, sí lo sé. Dos días al año, dos días en los que la vida decidió marcarme como una página del calendario, como una página que cuelga, a la vista de todos, y está presente continuamente.

No odio al día de mañana por lo que será, sino por lo que es.

Parecerá extraño decir esto en presente cuando es futuro. Hay días pasados y futuros que siempre serán presente, pese a que no lo sean adrede, es su esencia. La raíz del día, que habiendo ocurrido o pendiente de ocurrir, es otra cosa. Ser en presente. Ser, siempre, pese al tiempo que pase.

Por eso, es hora de despertar y de que acabe esta película: Los días que son mar.

Torpeza


He repetido la acción
una y otra vez:
colgar un abrigo en el perchero,
recogerlo del suelo,
volverlo a colgar.

Durante unos minutos
mi único objetivo era colocarlo
en el lugar que le correspondía.
Siempre he tenido el mismo resultado.
Siempre he repetido el mismo acto.

Ni siquiera he aprendido
cuándo ni cómo realizar esta tarea
correctamente, a la primera,
¿cómo voy a llegar a ti
en mi primer intento?