El Uruguayo y sus feligreses


Elvira Martos

Jorgito abre su tasca en el centro de la ciudad.

6 am.

Y empiezan a acudir ante su llamada los feligreses. En fila india y golpetones.

Rezan sus mismos mantras diarios y confiesan penurias y miserias. Se arrodillan por un cigarro (el tercero o cuarto de la mañana) y comulgan emocionados con vinos muy rojos y cervezas muy frías.

El Uruguayo oficia su misa diaria entre legañas, protestas y olor a botafumeiro.

Nadie se santigua ni parece siquiera ver el calendario de la Virgen de la Macarena que preside el altar mayor la barra.

Elvira Martos

 

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La tasca


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Centrifugando recuerdos (XXX)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

Son las seis de la tarde. El sol ha recuperado el terreno perdido y vuelve a caer a plomo sobre Granada. Luis ha dado cuenta de varias jarras de cerveza entre platos de chipirones, patatas bravas y mejillones al vapor. Está sudando y se siente pesado; sobre todo le pesan los párpados, empujados por la nube turbia que el exceso de alcohol ha colocado en su mente.

Se ha pasado buena parte del tiempo consultando la pantalla del móvil, esperando un mensaje que no ha llegado, hasta que, derrotado por la evidencia, ha decidido beber (más) para olvidar (más). Pulsa de nuevo una tecla cualquiera —«Es la última vez, se acabó hacer el pringao», proclama, como en la última media docena de ocasiones en que ha llevado a cabo la misma operación— y, de nuevo, deja caer el aparato sobre la mesa.

—Soy el campeón mundial de los pringaos —sentencia en un murmullo de voz pastosa.

Y entonces nota cómo le sube una ola de calor desde el estómago, que enciende los fuegos artificiales.

—Ya está bien.

En un arranque de indignación, agarra el teléfono y, sin dejar lugar a la prudencia, le escribe a Sara: «La culpa es mía por dejarme engañar, pero ya te vale. Ni una triste excusa… Adiós, Sara». Pulsa el botón de enviar y espera, todavía con la adrenalina latiéndole en las sienes. Unos segundos después contempla la aparición del doble “check” junto a la hora de recepción del whatsapp. «Ya no hay marcha atrás», reflexiona, despacio, como si las palabras le fueran apareciendo por fundido en el cerebro, lo que contrasta con la excitación que le araña en el estómago y le hierve en el rostro.

«Estás borracho, y en un rato te arrepentirás del calentón», escucha, muy lejos, como si un alguien incierto se lo susurrara a través de un tubo larguísimo acoplado al oído. Vuelve a soltar el teléfono sobre la mesa, pero golpea en el filo y cae al suelo. Algunos clientes de la terraza interrumpen sus conversaciones, desvían la atención atraídos por el incidente, e inmediatamente pierden el interés. Luis, con los movimientos aletargados, tarda unos segundos en agacharse para recuperar el cacharro.

—Mierda —maldice, al darse cuenta de que ha aparecido una grieta en la pantalla.

—Amigo, creo que necesitas una buena siesta.

Cuando Luis aparta la vista de la maltrecha pantalla se encuentra con la inevitable sonrisa de Aiman, que ha tomado asiento acompañado por una botella de agua de litro y medio y un bocadillo.

—Por fin llegó el merecido descanso —declara, al tiempo que propina un señor mordisco al bocadillo—. Es de sardinas. ¿Quieres?

Pero Luis no escucha. Está ahí, sabe quién es el muchacho que lo acompaña, pero todo su esfuerzo mental está concentrado en la frustración por haberse cargado el teléfono y, sobre todo, en buscar razones que den sentido al arrebato que lo ha conducido a despedirse de la mujer a la que ama.

—Se ha roto —anuncia lacónico, mostrando el móvil sin ningún entusiasmo.

Aiman mastica, traga y, cogiendo la botella con una mano, bebe.

—Si quieres uno nuevo, muy barato, conozco a un amigo que tiene una tienda aquí mismo —responde, entre bocado y bocado—. Aunque esa cara no es por el móvil, ya la llevabas puesta hace un rato.

Luis vuelve a concentrarse en el teléfono. Con cierto alivio comprueba que la pantalla, aunque atravesada por una grieta, sigue funcionando. Con gesto torpe abre una vez más el whatsapp y tarda un par de segundos en comprender que la señal azul junto al mensaje enviado a Sara significa que ya lo ha leído.

—Ahora sí que está —sentencia, con aire de derrota.

—Sí que está ¿el qué? —interviene Aiman, que devora el bocadillo a una velocidad sorprendente.

Luis levanta la vista y se encuentra de nuevo con los ojos despreocupados del camarero. «Es el tipo de persona que se adapta a cualquier situación», se escucha reflexionar. «Yo, en cambio, vivo en un agobio continuo… Y eso que llegó en patera…»

—Amigo, ¿por qué no te vas a descansar un rato? —Aiman se levanta y, decidido, se planta junto a la silla de Luis y le ofrece los brazos—. Vamos, que te acompaño. Aún me quedan veinte minutos.

Luis lo mira, y durante unos instantes valora el ofrecimiento. Hasta que cierra los ojos y, despacio, empieza a mover la cabeza de izquierda a derecha al tiempo que le aflora una sonrisa que no sabía que aún tenía.

—Colega, eres todo un descubrimiento. Anda, siéntate y disfruta de tus veinte minutos. —Se recuesta en la silla y desvía la atención a la Alhambra, siempre tan hechizante. Suspira y, aunque la nube continúa enturbiándole la mente, nota que las palabras se dirigen a la boca, listas para salir—. La he cagado. Mucho. —Aiman, de nuevo sentado, presta atención, pero no dice nada—. Le acabo de decir a la chica a la que amo, la que me ha llevado a cruzar el país de arriba abajo, que me largo. —Se echa hacia delante, apoya los codos en la mesa y deja descansar la cabeza sobre las manos abiertas—. ¿Qué hago ahora? Me dijiste que eras psicólogo…

Aiman ríe, y antes de contestar da varios tragos a la botella. Ya no hay rastro del bocadillo.

—Cómo os gusta dramatizar, ¿eh? —Deja la botella en un lado de la mesa, acerca la cara a la de Luis y se coloca delante las dos manos abiertas, con ocho dedos levantados—. Ocho años me llevó convencer a Hamida de que estábamos hechos el uno para el otro. Y, ya ves, cuando lo conseguí, me vine a España. —Luis observa inexpresivo, intentando descifrar el mensaje—. Los españoles tenéis demasiada prisa para todo. —Se echa para atrás y agarra de nuevo la botella— ¿Crees que un mensaje de teléfono, que has escrito medio borracho, es el punto final a una relación que no ha empezado? —dispara, e inmediatamente se acopla la botella a los labios.

—Supongo que tienes razón —es todo lo que se le ocurre a Luis como respuesta.

…………………………

—Cómo odio que me siga tratando como a una cría.

Tere mira a Sara, que como siempre que mantiene una conversación con su madre se pone a la defensiva y acaba de mal humor. El móvil suele pagar las consecuencias. Ve cómo rebota en el cojín y aterriza en el suelo. Sara resopla y se deja caer, probablemente más frustrada que cabreada, contra el respaldo del sofá.

—Que por qué me vuelvo a ir, que qué voy a hacer en la Alpujarra, que lo que necesito es descansar y centrarme, que cuándo voy a dejar de comportarme como una descastá, que si parece que no quiera saber nada de mi familia, con lo que ella se desvive por mí… ¡Es insoportable!

Tere la deja desahogarse. No tiene ninguna intención de entrometerse y sabe que abrir ese melón seguramente acabe en una discusión que no quiere mantener. Ella ya tiene bastante con lo suyo. Le duele la lengua de tanto mordérsela y el corazón de tanto reprimir sus sentimientos, pero ha decidido aceptar las cosas como son. «¿Se quiere ir? Pues que se vaya. Tenerla aquí en este plan es para volverse loca».

Tere vuelve a ver a su amiga abrazada a Luis y aprieta los labios. Después de todo, si se va tampoco él podrá tenerla. «Supongo que se cansará y acabará largándose». Y ese pensamiento la tranquiliza. «Ni pa ti ni pa mí, ea. Por lo menos, yo no me he metío una pechá de quilómetros pa ná». Y con una mueca que recuerda vagamente a una sonrisa, se sumerge de nuevo en el desfile de microhistorias, tan reales como insustanciales, que amistades a menudo desconocidas exhiben en Facebook.

—Me voy, Tere.

Tere echa una ojeada al sofá. Sara sigue en la misma postura, hablando de cara a la pared.

—Es lo mejor. Hay que saber cuándo las cosas no pueden ser, y ahora no puede ser.

Las palabras surgen monótonas, copiadas del discurso de la mala actriz protagonista de una mala película romántica. Tere decide seguir ejercitando el dedo índice sobre la pantallita.

—¿Por qué no te vienes conmigo?

Los acordes de ‘Emborracharme’, de Lori Meyers, toman el relevo a la pregunta.

«Empiezo a quererte.
Empiezo a pensar
que no hay un día
que no quiera verte,
y demostrar
todo el amor
que te mereces…»

La punzada en el estómago. Otra vez. Tere se remueve en la silla. Una fuerza irresistible la empuja a soltar todo lo que lleva tanto tiempo ocultando. Aunque acabara en desastre seguro que se sentiría aliviada… Pero no, aún no; por ahora seguirá ejerciendo de amiga. Levanta la cabeza y se encuentra con los ojos de Sara, que ha echado la cabeza tan atrás que le cuelga del respaldo del sofá. La postura es tan ridícula que Tere ríe de forma espontánea.

—¡Oye! ¡No te rías de mí! Sólo me faltaba eso, además de pena doy risa.

Tere se deja llevar por las carcajadas, y enseguida Sara se contagia. Ríen con ganas, y no importa el desencadenante, el caso es que ríen como si fuera la última oportunidad de hacerlo.

Tere deja el teléfono, se echa hacia atrás en la silla y se coloca las manos sobre el vientre. Cierra los ojos, y las lágrimas, qué importa si de alegría o tristeza, le resbalan por la cara.

Cuando los vuelve a abrir se da cuenta de que ya sólo ríe ella. Sara está de pie, al otro lado de la mesa redonda, otra vez con la angustia reflejada en el rostro. Es una mesa pequeña, suficiente para que tres amigas compartan una botella de vino en noches de insomnio. Tere echa de menos esa botella. No le va a poder dar un trago antes de conocer el porqué de esa cara. Está cansada. «No, por favor, no me cuentes más penas».

Sara se coloca a su lado y deja el móvil en la mesa. No necesita que le diga de quién es el mensaje.

«La culpa es mía por dejarme engañar, pero ya te vale. Ni una triste excusa… Adiós, Sara».

Tere se queda con la vista clavada en la pantalla. Se siente mezquina por alegrarse y no quiere correr el riesgo de que su amiga la descubra. «Ahora, díselo ahora». Busca la botella con la mirada. Necesita vino. El efecto de las cervezas y la marihuana hace rato que pasó. Arrastra la silla hacia atrás y se incorpora.

—Siéntate. Voy a buscar una botella de vino y lo hablamos.

Con mano temblorosa acaricia el hombro de Sara y se dirige a la cocina. Pero de nuevo, como unas horas antes, esa voz que no soportaría que desapareciera de su mundo la detiene a medio camino.

—¿Por qué me duele tanto si yo ya había decidido marcharme? —Un sollozo ahogado la obliga a interrumpirse—. Te necesito, Tere. Sé que soy una cría estúpida, pero necesito que estés conmigo.

Sara la mira suplicante. A Tere no le hace falta verla para saberlo. Con la mano derecha apoyada en el marco de la puerta de la cocina, se vuelve a arrancar un trozo de labio con los dientes. El sabor de la sangre consigue liberar un poco de tensión, pero aun así se lleva a la boca el puño izquierdo, tan apretado que si tuviera las uñas largas se las clavaría en la palma, y se muerde los nudillos.

«No tienes ni puta idea de lo que siento yo, de cómo me duele escucharte y saber que lo más a que puedo aspirar es a contemplarte mientras duermes y a acariciarte el pelo como lo haría una hermana».

—Deja que coja esa botella —resuelve, y entra en la cocina.

Sara se sienta, con la cabeza entre las manos y un tiovivo de imágenes girando a toda velocidad en su mente. En casi todas aparece Luis, pero el subconsciente también la obsequia con escenas de las pesadillas que la acosan. Los ojos agotados de su hermanita, rodeada de cables, le siguen aguijoneando el alma.

Tere reaparece con el vino y dos copas. Una ya la ha vaciado y la rellena mientras camina. Cuando llega junto a la mesa le da la otra a Sara, le sirve, y antes de dejar la botella, llena su copa hasta el borde y se la bebe sin apenas respirar. «A ver si reviento», piensa.

Sara también bebe, un par de tragos antes de proseguir.

—Sé que no puedes venirte mañana, no te pido eso. Pero ¿subirás el viernes? —Y antes de esperar la respuesta, añade—: Es lo que tenías previsto antes de que yo volviera, ¿no?

Sara vuelve a ser la niña indefensa. Desconcertante para cualquiera, menos para Tere. Siente el impulso de abrazarla y acariciarle el pelo, de volver a ofrecerle su hombro, de ser la amiga infalible, el apoyo incondicional. Y también siente el impulso de decirle que sí, que se va con ella, que a la mierda el trabajo, que no hay nada en la vida más importante que compartirla con la persona que amas… «Eso es lo que tendrías que decirle, que estás loca por ella. Ya está bien de disimular». Pero no, de nuevo reprime los impulsos. Los de amiga, porque el dolor que siente es lo bastante intenso como para desecharlo; los otros, porque todavía no ha bebido suficiente vino.

—Tere… ¿Estás bien?

Rellena la copa —ya sólo queda un dedo de vino en la botella— y hace desaparecer su contenido en un suspiro. Ahora Sara la mira preocupada.

—No, no estoy bien. —Tere toma aire, lo expulsa de golpe y se sumerge en esos ojos verdes asustados que la contemplan sin comprender qué ocurre—. No estoy nada bien.

—¿Qué… qué te pasa? —pregunta Sara, con la inquietud de quien intuye que preferiría no conocer la respuesta.

Tere vuelve a respirar hondo. Inspira tanto que imagina que le explotan los pulmones, y ahora deja escapar el aire despacio mientras nota cómo le tiemblan todos los músculos. Antes de hablar ve la botella sobre la mesa, la coge, y exprime hasta la última gota de vino.

Sara cierra los ojos.

—Te quiero.

Las palabras recorren el trayecto despacio, flotando a duras penas, como si corrieran el peligro de caer al suelo, desde los labios de Tere hasta las orejas de Sara. Ascienden pesadamente por los conductos auditivos, y las neuronas, perezosas, se resisten a decodificar el mensaje, pero acaban haciéndolo. «Te quiero», resuena en el cráneo de Sara, que mantiene los ojos cerrados.

Tere aguanta la respiración, ansiosa por conocer la respuesta, pero a la vez aliviada por haberse atrevido a dar el paso. Y entonces Sara la mira y, con toda la dulzura del mundo, toma la mano derecha de su amiga del alma entre las suyas. En su expresión hay ternura.

—Yo también te quiero.

Durante un par de segundos Tere busca algo más en esa mirada cálida que la abraza, pero no, sólo hay ternura, y siente cómo la invade la tristeza, una tristeza como no la ha sentido nunca, que la obliga a bajar la mirada. Con suavidad, aparta la mano, se levanta lentamente y, sin pronunciar palabra, se aleja por el pasillo como un alma en pena.

—Yo también te quiero —murmura Sara, con las lágrimas brotando despacio y en silencio.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XVII)


 

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

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La sonrisa desaparece de la cara de Sara para dejar paso a una expresión donde se mezclan la melancolía, el reproche y el dolor. Aparta la vista y coge la copa. Sus ojos se quedan fijos en el líquido carmesí. Los fantasmas que la persiguen y que durante unos minutos habían desaparecido, regresan. La noche bajo las estrellas, la huida, las pesadillas, la zíngara… Esos enormes ojos negros que lo sabían todo antes incluso de que ella misma lo contara sin saber qué la empujó a hacerlo; la remota esperanza, quizás, de liberarse del peso que le estaba aplastando el alma… «El recuerdo duele, pero es mucho peor el recuerdo que se mantiene latente, que nos va corroyendo por dentro sin saberlo, y que un día, cuando por fin sale a flote porque no le queda ya que devorar, su efecto es devastador». Las palabras de la gitana acuden a su rescate. «Pa ti aún no es tarde. El destino ha querío que me cruzara en tu camino».

—Sara… cariño… —La mano afectuosa de Tere sobre el muslo devuelve a Sara al sofá. Le responde con una sonrisa triste—. Si no me lo quieres contar, lo dejamos. Podemos hablar de cualquier otra cosa, o simplemente emborracharnos y ponernos hasta el culo de nachos.

Sara suspira. Lleva haciéndolo todo el día. Coge la mano de su amiga y la besa.

—No. Te lo voy a contar. Entre nosotras no hay secretos, pero espera un momento, que voy a buscar el móvil.

—Vale, yo voy a hacer pis.

Sara recupera el teléfono de la mesita junto a su cama, donde lo dejó la noche anterior. Mientras vuelve al comedor enciende la pantalla y se encuentra con varias llamadas perdidas y un sms. Hacía siglos que no recibía ninguno. Se sienta en el sofá y toma otro trago de vino antes de comprobar las llamadas. Son todas de su madre, menos dos de un número que no tiene en la agenda, pero que enseguida relaciona con Luis.

—Joder… —murmura—. Ya verás de quién es el mensaje.

—¿Decías algo? —pregunta Tere, que regresa con otra botella de vino y un plato con una pizza humeante.

«Hola, Sara. Como no contestas te escribo para que sepas que estoy en Granada. No te molesto más. Si quieres que nos veamos, me quedaré un par de días».

—Está muy zumbao —susurra, mientras lee una y otra vez el texto.

—Vaya —expresa Tere con cierto asombro. También lo ha leído—. Tiene que estar muy colao para haberte seguido hasta aquí. —Se queda un momento en silencio, inmóvil, mientras una idea inquietante toma forma en su mente—. No me digas que es un acosador, porque si lo es vamos derechitas a la poli.

Sara levanta la vista del móvil y mira a su amiga con expresión tranquilizadora.

—No, qué va. Es buen tío, pero…

—Pero ¿qué?

—Es difícil… Fue todo muy rápido, demasiado, y no… no quiero… no puedo, en este momento no puedo complicarme la vida. No funcionaría.

—A ver, espera, que vas lanzada y no te sigo. ¿Qué es lo difícil? ¿No quieres o no puedes? Son cosas diferentes.

Sara le arrebata la botella, llena su copa y se la bebe del tirón.

—¡Eeeehhh! Ya veo que la cosa es seria.

No lejos de allí, Luis cierra los ojos para concentrarse en la brisa que sopla caritativa tras días de temperaturas abrasadoras. Las tres cervezas de las que ha dado cuenta lo han refrigerado por dentro. Está sentado en una terraza con vistas a la Alhambra, espléndida con la iluminación nocturna. Se siente bien, relajado. Por primera vez en muchos días disfruta de no hacer nada. Coge el tenedor, se lleva a la boca la última patata, la mastica con calma y otro trago de cerveza la acompaña en su viaje hacia el estómago.

Echa un vistazo al teléfono, que ha dejado sobre la mesa, y comprueba que no hay novedad. Deja escapar un breve suspiro resignado. «Prohibido comerse más la olla. Has hecho lo que tenías que hacer y nadie puede acusarte de no haberlo intentado. Ya es suficiente locura haber llegado hasta aquí. Ir más allá sería caer en la desesperación».

Entonces enciende un cigarrillo, empuja la silla metálica hacia atrás y se acomoda para seguir llenándose los ojos con la maravilla nazarí que hechiza a cualquiera que la admire, como Sara, que en ese momento vuelve a estar asomada a la ventana, buscando la manera de empezar a contar su historia a Tere.

—De verdad, Sara, no es necesario. —La joven empieza a sentirse mal por haber insistido tanto a su amiga.

—¿Te acuerdas de lo tonta que me puse el año pasado con el gilipollas aquel?

—Va, no vuelvas con eso. Lo que te pasó fue lo más normal del mundo. Tú no tuviste la culpa de que…

—Lo sé, lo sé, no es eso lo que me preocupa. —Sara se gira y regresa al sofá—. Mmm, qué bien huele la pizza. Tanto vino me ha dado hambre. —Coge un trozo y se lo come en unos pocos bocados. Bebe un poco más y le dedica una sonrisa a su amiga, quien la recibe aliviada—. La verdad es que hace pocos días aún seguía comiéndome la cabeza con eso, hasta que apareció Luis. —Suspira de nuevo.

—El tío del mensaje.

—Sí, el tío del mensaje.

—Un buen tío, que te hace olvidar un desengaño que te ha tenido amargada durante un año, que, por cómo has reaccionado a su mensaje, me jugaría una botella de vino, y ya sabes cuánto me gusta este vino, que te mola bastante, y, sin embargo, huyes de él, abandonando el curro que te habías buscado donde dios perdió el gorro, y, no sé qué es más increíble, él te sigue hasta aquí… Creo que me vas a tener que explicar muchas cosas, porque no entiendo nada.

Sara se deja caer contra el respaldo del sofá. Es un buen sofá, la posesión más preciada de las inquilinas, el único lujo que se permitieron al emanciparse. Mira al techo, cierra los ojos, se lleva las manos a la cabeza y se agarra el pelo. La combinación del vino y de tantas sensaciones, emociones, recuerdos y vivencias recientes supera su capacidad de análisis.

—No sé qué hacer, Tere. Me voy a volver loca, y esta vez de verdad.

—Mira que eres melodramática —le suelta, mientras da cuenta de un puñado de nachos entre bocados de pizza.

Sara mira a su amiga sin contestar aún. Es una amiga fiel, siempre ha estado ahí para escucharla y darle consejo, o simplemente para aguantar sus desahogos. Conoce su historia, ese pasado que no quiere recordar y que, sin embargo, regresa cada cierto tiempo para martirizarla. Tere lo sabe, y nunca ha hurgado en la herida. Sara intenta recordar las veces en que se han cambiado las tornas, en que ha sido ella la que le ha ofrecido el hombro. No tantas.

—Te he echado de menos. —Tere la mira, algo sorprendida, pero sin perder la sonrisa boba que le ha dejado impresa la acumulación de vino en la sangre—. Ahora me doy cuenta, y me parece increíble que haya aguantado tanto tiempo alejada de la persona que siempre me ha dado el empujón necesario para salir adelante.

Durante unos segundos se quedan en silencio, mirándose. A Tere le emociona la confesión de su amiga. Nota cómo el depósito de las lágrimas amenaza con desbordarse y traga saliva. Acto seguido, se abalanza sobre ella y la abraza como un oso.

—Vale, vale, que me vas a ahogar.

Tere afloja la presa y se aparta unos centímetros.

—Qué tonta eres. No sé por qué me dices esas cosas si sabes que enseguida me emociono.

Se seca las lágrimas con la mano, coge una servilleta de papel de la mesita y se suena la nariz. Sara se incorpora, bebe otro trago de vino y mordisquea un nacho.

—Luis me gusta —declara, como quien anuncia que hay que comprar leche.

A Tere se le pasa el llanto de golpe. Pone toda la atención en su amiga, esperando que desarrolle el enunciado, pero Sara sigue entretenida con el nacho. Cuando termina con él agarra un trozo de pizza y antes de atacarlo se lleva al gaznate un nuevo trago de vino.

—¿Y? —pregunta Tere al fin, impaciente.

Sara la mira como si no entendiera qué espera de ella.

—Madre mía. Acabas de reconocer que el tío que te ha seguido desde la Conchinchina te gusta, y te quedas tan ancha.

—Ay, tía. Estoy borracha, no sé ni lo que digo.

—No te preocupes, yo te ayudo a que no pierdas el hilo. De acuerdo, te gusta. Está clarísimo que a él le gustas mucho. Está en Granada. ¿Cuál es el problema?

Sara resopla y agita la cabeza, lo que la lleva a darse cuenta de lo mareada que está. Cierra los ojos y vuelve a dejarse caer contra el respaldo.

—Realmente estoy muy borracha.

—Va, déjate de historias y responde.

—No sé. Ya te he dicho que es complicado.

—No cuela.

Sara suspira por enésima vez. Le duele la cabeza y, pese a la burbuja de pseudorrealidad en que la ha sumido el alcohol, nota la presión en las sienes. Vuelve a beber. A continuación se arrastra con torpeza hasta recorrer el metro que la separaba de Tere y apoya la cabeza en su hombro. Respira hondo antes de hablar.

—La cagó. Estábamos tan a gusto, tumbados en la hierba, admirando las estrellas, y entonces me miró, dijo algo sobre mi mirada triste, y quiso saber qué ocultaba. La cagó, Tere, porque en ese instante regresaron todos los fantasmas que creía controlados y se esfumó la magia.

Tere escucha en silencio y le acaricia el pelo con ternura, incluso después de que haya dejado de hablar.

—Entonces, tu madre tenía razón —murmura al cabo de unos segundos.

—Ella siempre tiene razón, aunque me joda tanto admitirlo.

Continuará…

Centrifugando recuerdos (XVI)


Centrifugando recuerdos

(Los capítulos anteriores los puedes leer aquí)

La tarde avanza perezosa, anestesiada por el calor sofocante, como anestesiado está el ánimo de Luis, quien se siente perdido y estúpido. Tras el episodio junto a la jovencita, subió al coche con la intención de conducir hasta el Albayzín, pero antes de meter la llave en el contacto lo asaltaron las dudas. «¿Qué vas a hacer? ¿Ir preguntando por ella puerta a puerta?» Así que, pasados un par de minutos, volvía a bajarse, esperando ver llegar a los padres de Sara, aunque sin tener nada claro que hablar con ellos fuera una buena idea.

Una hora después nadie que tenga posibilidades razonables de ser madre o padre de una veinteañera ha entrado aún en el portal y Luis, agobiado, cada vez está más convencido de que está viviendo el momento más absurdo de su vida. Arrastrando los pies, se dirige a la fuente del parque para beber y refrescarse. A pesar de haberse mantenido a la sombra de los plátanos, nota todo el cuerpo pegajoso por el sudor, lo que contribuye a aumentar la sensación de incomodidad que ya hace rato que se ha apoderado de él.

El surtidor gotea, cosa que evita que se seque el pequeño charco donde un grupo de palomas se refresca. «No siempre entiendo que sucede conmigo… Zarandeándome voy hasta que caigo… terriblemente borracho» No sabe por qué ha acudido a su mente ‘Flor venenosa’, la vieja canción de Héroes del silencio, pero es la espoleta que lo hace reaccionar. «Desde luego que no lo entiendo, nadie puede entender qué sucede conmigo… A lo mejor si estuviera borracho todo sería más fácil… Pues mira, seguramente no des con Sara, pero ya que estás en Granada, por lo menos disfruta de las cañas con tapita incluida».

Luis mete la cabeza debajo del chorro tibio de la fuente y cuando se incorpora se sacude como lo haría un perro. El remojón consigue sacarlo de la modorra, y ahora, con una misión clara —ponerse tibio de cerveza bien fría—, vuelve a subir al coche. Antes de arrancar, saca el móvil para consultar las posibilidades de aparcamiento en el centro de la ciudad, y al tenerlo en las manos lo asaltan de nuevo los insidiosos ojos verdes que dos días atrás le robaron la capacidad de actuar de forma racional. «Prueba otra vez», se dice. «Alguna vez tendrá que contestar».

En ese momento, a unos veinte minutos a pie de la plaza, Sara deja que el chorro de la ducha, golpeándole en la cara, pruebe a arrancarle tantas sensaciones indeseables. Sin suerte. En su habitación, el móvil vuelve a sonar.

—Te llaman otra vez —anuncia Tere, quien, al no obtener respuesta, chasquea la lengua con fastidio y se dirige al baño—. Te llaman otra vez —insiste, tras empujar la puerta.

Pero Sara no oye nada más que el repiqueteo del agua contra su rostro.

—¡Sara!

Lo normal habría sido que Tere se olvidara del asunto y regresara a lo suyo, pero no puede evitar sentirse molesta por el comportamiento taciturno y ausente de su amiga; es como si a Sara le importunara que ella esté en su casa. Una cabeza chorreante aparece por fin de detrás de la cortina de la ducha.

—¿Qué pasa? ¿Por qué gritas?

—Porque era eso o cortarte el agua. —Hace una pausa. Sopesa si decirle lo que realmente le apetece o dejarlo correr. Opta por lo primero—. No sé si te das cuenta de que desde que has llegado no me has hecho ni puto caso… Sí, no me mires con esa cara. Una tiene su corazoncito y me toca los ovarios que después de dos meses sin vernos ni siquiera me hayas dedicado dos segundos de atención.

Sara la mira con cara de circunstancias, consciente de que tiene razón, pero no sabe qué decir. Un silencio incómodo se adueña de la escena, hasta que Tere decide retirarse. Sara se queda mirando cómo cierra la puerta, y en el momento en que ésta completa su recorrido, reacciona.

—Lo siento —balbucea.

La puerta vuelve a abrirse.

—¿Cómo dices?

—Que lo siento. Que tienes razón. He pasado de ti olímpicamente. Estoy hecha un lío tremendo y no sé ni lo que hago.

La expresión desolada de la cara que sigue asomada por el hueco de la cortina ablanda el corazón de la ofendida, cuya expresión de fastidio muta en comprensiva ternura.

—Vale. Acaba de ducharte y hablamos en torno a una botella de vino. —Vuelve a hacer amago de desaparecer, y entonces recuerda el motivo de la visita—. Por cierto, te han estado llamando al móvil.

«Luis». El corazón se adelanta al cerebro. Cierra los ojos y suspira. Un segundo después los vuelve a abrir y se encuentra con la mirada suspicaz de su amiga. Sara carraspea.

—Gracias, luego miro quién es.

Inmediatamente desaparece tras la cortina y vuelve a abrir el grifo.

—Creo que la charla va a ser interesante —murmura Tere mientras entorna la puerta.

Sentado al volante de su hirviente coche, Luis vuelve a dejar que se agoten los tonos de llamada sin obtener respuesta. La frente y el cuello están de nuevo perlados de sudor y otra vez nota las gotas que se deslizan por su piel. Tiene el teléfono entre las manos y la vista clavada en la pantalla, ahora apagada. Apoya los antebrazos en el volante, y aunque está muy caliente, no los aparta.

«No quiere saber nada de ti. ¿Acaso necesitas más pruebas? Olvídala como te dijo ella misma y continúa con tu vida… ¿Otra más a olvidar? A este ritmo bato algún récord… Qué coño, le mando un mensaje, que sepa que he venido y luego lo borre y bloquee mi número si quiere… Estás muy tonto… Sí, vale. Le envío el mensaje y luego a tapear».

…………………………

La brisa suave procedente de Sierra Nevada consigue refrescar el ambiente por primera vez en muchos días.

—Oh, qué bien —proclama Tere desde el sofá, mientras intenta sacar el corcho a una botella de vino tinto de la Contraviesa—. Hoy por fin el aire que sale del ventilador no achicharra.

Sara sonríe asomada a la ventana, desde donde contempla la luna sobre la Alhambra.

—Podría pasarme la vida así, sin más preocupación que admirar este paisaje.

—Toma, y quién no. De todas formas, acabarías aburriéndote.

—No sé…

Tere descorcha finalmente la botella y sirve dos generosas copas.

—¿Vienes aquí o vamos a charlar asomadas a la ventana?

Sara suspira y se da media vuelta.

—Ya voy, no permitiré que acabes con los nachos tú sola.

Cuando se sienta junto a ella, Tere le extiende la copa con la mano izquierda mientras con la derecha sostiene la suya.

—Por nosotras. Es poco original, lo sé, pero me encanta poder seguir diciéndolo, después de tantos años… aunque a veces me entren ganas de tirarte el vino por la cabeza.

—Perdona, de verdad. Soy un desastre de amiga.

Se quedan mirando con la complicidad de quienes han compartido todos los momentos significativos de la vida y tienen la convicción de que compartirán muchos más. En el portátil suena lo último de Lori Meyers. Sara sonríe al recordar el concierto, pocos días antes de marcharse. Sus amigas la obsequiaron con una fiesta de despedida memorable.

—Por nosotras —repite Sara. Chocan las copas y beben hasta dejarlas vacías.

—Te gané, como siempre —anuncia Tere, risueña, y se seca los labios con el dorso de la mano. Acto seguido sirve la segunda ronda.

—Cómo vas a perder, si eres una esponja —A Sara le reconforta el calor que le deja el vino en su recorrido desde el paladar hasta el estómago—. Está muy bueno. —Coge un nacho pringado de queso cheddar y se lo lleva a la boca.

—¿A que sí? Es de la bodega de los padres de Merche. Poco después de que te fueras trajo algunas botellas. Son de la primera cosecha. Estaba muy emocionada.

—No me extraña, es para estarlo, con todo lo que han luchado por hacer realidad el sueño de la bodega.

—Sí, me encanta esa tía, y si quieres que te diga la verdad… —Tere se interrumpe para masticar unos nachos—, la envidio, porque ella también ha hecho mucho por que se cumpliera ese sueño. Me flipa la gente que es capaz de marcarse un objetivo y no parar hasta lograrlo.

—Y a mí…

—Por Merche, y por toda la gente que lucha por hacer realidad sus sueños.

Las dos amigas vuelven a brindar. Tere deja la copa vacía de nuevo. Sara se conforma con un par de tragos.

—A este ritmo vas a tener que llamarla de urgencia para que traiga más botellas.

Tere ríe con ganas.

—Ya estoy pedo, así que es el momento de empezar el interrogatorio.

—Bueno, bueno… Yo empiezo a notar el puntillo, pero aún controlo, así que primero cerremos el asunto Merche. ¿Vuelve pronto?

—Qué va. Se queda con sus padres hasta que acabe la vendimia, en octubre… —Calla de pronto, y acto seguido se le ilumina el rostro, en el que la combinación de vino y calor le ha encendido las mejillas— ¡Oye, vámonos con ella!

—Confirmado: estás borracha.

—Anda, calla. —Tere deja su copa en la mesita y le quita a Sara la suya con la intención de hacer lo mismo, pero antes, y tras dudar un instante, da cuenta del contenido. Sara suelta una carcajada. Tere le toma las manos—. Escucha. Yo me iba a ir unos días igualmente. Lo acordamos antes de que se marchara. La llamo y cuando le diga que tú también te vienes dará saltos de alegría. Será genial, las tres juntas zanganeando por la Alpujarra.

Tere la abraza. Está entusiasmada, y consigue contagiarla, aunque trate de resistirse.

—Ay, no sé…

—Va, va, déjate de memeces. —Rellena las copas, y deja la botella vacía en el suelo—. Ahora sí, ¿quién es el tío que te llama? Porque es un tío, ¿verdad?

Continuará…

Bésame


por Reynaldo R. Alegría

Salimos al cine y luego fuimos a tomar vino rojo.  Como siempre, ella me recogió en su auto, complaciendo mi antojado disgusto por manejar.  Cuando eres recogido en tu casa por una mujer, muchas veces ella presume que detrás hay un plan de llevarla a la cama con urgencia, sin el foreplay de elegancia que ordenan las reglas del cortejo adoptadas por la sociedad desde hace siglos y que aún hoy se imponen ominosas.

La religiosa combinación del mosto y del hollejo en el vino rojo tiene propiedades fascinantes después de una película argentina que se mercadea como drama y que amerita la más seria discusión de la más graciosa comedia.  No solo ayuda a la mejor digestión de las proteínas y a la reducción de la presión arterial y los niveles de insulina en la sangre, sino que te hace más feliz y, en consecuencia, más hábil para entender el cine que se dice drama pero que argentinamente es comedia.

De vuelta a la casa y sin ninguna intención de invitarla a subir —no siempre se tiene sexo decía mi amiga Olga y con esta nunca lo había tenido— creo que se percató que mientras me proponía a despedirme de ella, miraba detenidamente sus labios.

—Bésame —me dijo, mientras aún estábamos dentro del auto.

Bastaría presionar los labios propios contra cualquier superficie, una foto, una mano, u otros labios, para besar.  No haría falta succionar, ni hacer ruidos particulares.  Para besar no haría falta abrir la boca con cuidado de no perder la respiración, ni tener compasión con otra boca que no ha conocido otros labios, ni evitar pasar la lengua por otros labios, ni controlarse para no morder otra boca que se apetece.

—Bésame —insistió.

Un beso tiene propiedades mágicas, no solo esas que permiten convertir una rana en príncipe (que es muy importante), sino esas maravillosas virtudes de la excitación profunda, esa estimulación erógena que activa cada terminación nerviosa que se encuentra en los labios de la boca y produce una corriente de calor, como la electricidad que produce la manipulación clitórica.

Mientras tomaba la decisión, recordaba los extensos debates en que se enfrascan algunas mujeres cuando aseguran, con gran autoridad, que hay hombres que no saben besar.

No siempre quiero besar a una mujer.

Cuando beso a una mujer lo hago porque le tengo muchos deseos; siempre cierro los ojos y siempre uso mis manos.  Cuando beso una mujer me gusta cogerla por las caderas con mi mano izquierda y agarrarle el cuello con mi mano derecha.  Me gusta ponerla de espaldas a mí y de pie, remover el pelo que cae sobre la nuca y besarle el cuello, olerla, sentir sus nalgas sobre mi cuerpo y acariciarle los senos.  Cuando beso una mujer quiero sentir que ella libera oxitocina, que siente contracciones uterinas y que sufre con mucho gozo la erección de su clítoris.  Como yo, quiero sentir que su corazón bombea más sangre, en menos tiempo.

Lo cierto es que desde su prohibición pública, hasta el perfecto convencionalismo social del beso erótico en público, en la era de lo explícito los besos están infravalorados.  Y aquí debo ser honesto, pues la última parte de esta cita es de una conocida tuitera a quien prefiero respetar su anonimato, tal como le reconozco a Fragonarg sus maravillosos besos al mejor estilo rococó.

—Déjame leerte algo.

Necesitaba ganar tiempo y racionalizar la terrible incomodidad de un beso dentro de un auto, un primer beso, sobre todo cuando hace años se ha dejado de tener 18 y cuando hace algún tiempo sabes que, para una mujer, un beso es una prueba de fuego.

—Esto lo escribí hace un tiempo:

Tus labios están buscando un amante,

otros labios a los que puedan besar,

que sirvan de lecho para descansar,

un inquieto amor que anda rogante.

Tu boca delira y arde fragante,

buscando otra boca para confesar,

un escucha dócil para embelesar,

en el romance más alucinante.

Tu amor urgente me halla dormido,

sin valija y esenciales confesos,

hendido en mil pedazos, escindido.

Si quieren los dioses seremos presos,

y en el fuego de tu boca adherido,

seré yo quien disfrute de tus besos.

Cerré mis ojos mientras acercaba mi rostro al suyo, aspiré sus olores, puse mi mano derecha sobre su cuello, acomodando el pulgar bajo su oreja de manera que me permitiera controlar la rotación de su cabeza y entonces, deposité suavemente mis labios sobre su boca.  Un foetazo de corriente me azotó y discurrió entre mi boca y la suya y entre nuestros labios y el resto de nuestros cuerpos.  Sentí cómo se inundaban mis órganos de sangre mientras me quemaban sus labios; juro que sentí que ella temblaba.

No habían pasado 10 segundos cuando con urgencia se despegó, aspiró profundamente llenando sus pulmones de oxígeno y clavándome con una mirada retadora me dijo:

—¿Subimos?

Foto: «Jean-Honoré Fragonard – The Stolen Kiss» de Jean-Honoré Fragonard – Hermitage Torrent. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Jean-Honor%C3%A9_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss.jpg#/media/File:Jean-Honor%C3%A9_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss.jpg