Devuélveme la vida


Foto de Aaron Burden de Unsplash. Blog de Salto al reverso.

Foto de Aaron Burden

Miró hacia la playa y sintió aún más frío. La niebla se acercaba hacia la costa como una nube gigante perdida entre las olas. La humedad traspasaba su vestido y comenzó a tiritar; había olvidado la chaqueta en casa; un martes de sol caluroso no hacía presagiar ese repentino cambio meteorológico, aunque debería haberlo intuido, ya hacía más de un año que malvivía en Galicia. La ría de Aldán era así: caprichosa, saltarina, misteriosa, embaucadora.

Bajó a la playa y hundió sus pies descalzos en la arena. Qué fría estaba. Hace apenas unas horas, el sol le hubiera quemado la planta de los pies, pero ahora la humedad del arenal le traspasaba toda la inquietud de la noche. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero siguió caminando, decidida, hacia la orilla, que la niebla ya ocultaba como un secreto. Su silueta dejó de divisarse desde el paseo; quedó engullida por una tullida bola de algodón.

Clavaba la vista en la punta de sus pies, que era lo único que divisaba con claridad; si miraba hacia adelante, no podía ver nada y el miedo la paralizaba; nunca había bajado sola a la playa en la madrugada. Podía oír las olas, que lamían la costa en un avance cadencioso, y la guiaban hacia su objetivo. La marea alta, que subía dando pasos cautelosos, no representaba ninguna amenaza; al contrario, gracias a ella podría llegar antes a la orilla.

Apretó la bolsa en su regazo y sintió contra su pecho la dureza del cristal de la botella. Una hora antes, había introducido por su estrecho cuello un folio de color carne doblado meticulosamente en cuatro mitades. El papel, aparentemente inocuo, le quemaba entre las manos; pero, cuando lo encerró en la botella, la curvatura de su espalda comenzó a aligerarse: por primera vez, el secreto que le quitaba el sueño veía la luz a través de las palabras.

El agua helada bañó sus pies y detuvo su marcha. Abrió la bolsa y extrajo de su interior la botella. La frase que llevaba escrita en su interior retumbó en su cerebro como un dedo acusador, y se estremeció cuando le pareció que una voz confusa le susurraba en la oreja la temida palabra: ASESINA. Estuvo a punto de huir despavorida hacia el paseo, desaparecido entre la niebla, pero una tristeza antigua le ancló los pies en la arena. Recordó entonces el primer bofetón, al que le siguieron muchos otros; la vagina adolorida por aquellas arremetidas violentas, la nariz rota y sus ojos amoratados que tardaban siempre más de una semana en sanar. Entonces, aferró la botella con la mano derecha, alzó el brazo, y repitió como un mantra su mensaje de náufrago: “Yo le maté, pero no fui yo, fue él. No puedo más con la culpa: dios, devuélveme la vida a mí”. Y con una fuerza desconocida lanzó el cristal tan lejos como pudo; un grito gutural, que intrigó a los escasos transeúntes del paseo, se abrió paso por su garganta.

Después, el silencio.

La botella quedó flotando como un corcho, liviana y dócil, siguiendo una corriente repentina que la llevó mar adentro.

 

Mayca Soto. El gris de los Colores

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