El atentado de los hermanos Kérberos II


Luego del primer atentado exitoso usando a los perros como armas vivientes, los Hermanos Kérberos siguieron entrenando y experimentando. Esto les llevó a la conclusión de que la dificultad de conseguir la gran cantidad de sacrificios requeridos era un proceso que volvía ineficiente al ritual, restándole utilidad práctica. Por lo que, luego de mucha investigación, lograron crear un objeto legendario del vudú conocido como hitokui hyōtan o cantimplora prisión. Este objeto consistía en una cantimplora que permitía atrapar a una gran cantidad de personas dentro, convirtiéndolas en miniaturas que no pueden sino esperar que la cantimplora los absorba lentamente para mantener su propio funcionamiento, o morir al ser retirados de ella para ser sacrificados inmediatamente; además de volver imposible el suicidio dentro de ella. Gracias a este objeto, los Hermanos Kérberos podían secuestrar personas de una forma muy discreta y almacenarlas para siempre disponer de un suministro que les permitiera usar con más soltura el poder de los perros.

Luego de que cada hermano aplicara la innovación de la cantimplora, se dedicaron solamente a dos actividades: secuestrar personas con regularidad e intentar descifrar el último de los conjuros que contenían las piedras. De esa forma lograron, al fin, acceder al tercer conjuro, que les permitía fusionar a los tres canes en un solo perro monstruoso de tres cabezas, capaz de utilizar no solo el fuego, el rayo y el hielo, sino también un nuevo ataque que combinaba los tres poderes y que bautizaron como Rayo delta. Luego de mucha práctica se volvieron hábiles con el último conjuro y decidieron que era tiempo de estrenar su nueva y perfeccionada técnica en un nuevo atentado.

***

Antes de ir por la única metrópoli que logró surgir en el mundo posguerra, Ciudad capital, decidieron que era necesario rellenar sus cantimploras prisión en algún pueblo cercano. Usaron a las últimas personas contenidas en sus cantimploras como sacrificios para invocar a los tres perros por separado y aterrorizar un pueblo con el fin de aprovechar el caos para secuestrar a la mayor cantidad de habitantes posibles dentro de sus cantimploras y así poder usarlas como sacrificio para su nuevo atentado.

***

Una vez que se infiltraron en Ciudad capital, los Hermanos Kérberos iniciaron los preparativos para su gran ritual. Como primer paso, esperaron la madrugada para dirigirse al centro de la ciudad sin llamar la atención. Luego, alzaron sus cantimploras y las presionaron fuertemente con sus manos hasta que empezaron a borbotear sangre que los hermanos mezclaron en el suelo formando una marca. Luego, cada uno partió a un punto específico de la ciudad, para formar un triángulo equilátero inscrito en el círculo que constituían los muros de la metrópoli. Como segundo paso, desde el punto indicado, cada uno de los Hermanos Kérberos invocó a su respectivo perro, pero esta vez no los ataron con el conjuro de control mental. Los dejaron libres por un rato mientras recitaban el conjuro para teletransportarse de nuevo al centro de la ciudad usando la marca de sangre que dejaron allí.

Una vez en el centro, el tercer y último paso consistía en sacar cada uno a tres personas de su cantimplora prisión, maniatarlas y degollarlas mientras recitaban el último conjuro. Mientras aún recitaban, los tres perros fueron invocados y sometidos instantáneamente por la señal de control mental de sus miembros artificiales. Los Hermanos Kérberos terminaron de recitar el conjuro y, notoriamente confundidos, se miraron entre ellos y gritaron al unísono: “¡Los perros no se han unido!”. Los espectros, que se habían liberado de la señal de control mental, dijeron también al unísono: “¡Es hora de terminar nuestro ritual”. Dicho esto, cada perro devoró a su respectivo dueño y, una vez más, volvieron a unirse en un can monstruoso.

Los tres perros, luego de muchos rituales de práctica en que fueron unidos y separados varias veces, fueron acumulando la sed de sangre proveniente de los sacrificios humanos y, en cuanto tuvieron suficiente, esperaron la siguiente ocasión en que los Hermanos Kérberos los intentaran unir, para tomar sus vidas por la fuerza y así completar el ritual que les otorgaría de nuevo tanto la libertad como un cuerpo indivisible. Kérberos, en un acto de euforia, empezó a lanzar el Rayo Delta una y otra vez hacia diferentes puntos de la ciudad, causando grandes daños.

***

—Acabamos de recibir un informe de que la Ciudad capital está siendo atacada por un espectro gigante—gritó una extraña mujer encapuchada a sus tres compañeros—. ¿Acaso no piensan apurarse?

Dos de sus compañeros, un hombre y una mujer encapuchados, ignoraron el grito y siguieron jugando naipes.

—¡Es nuestra primera misión en décadas! —otro hombre encapuchado, usando su poder para controlar el aire, revolvió los naipes de la mesa y levantó a sus dos compañeros de las sillas.

El hombre y la mujer que jugaban naipes miraron con desdén a su compañero y replicaron al unísono.

—¡¿Acaso no está el Alquimista Marino para encargarse de esas pequeñeces?!

—¿Cuáles pequeñeces? —gritó la mujer que habló inicialmente, que empezó a emanar calor por el enojo—. ¡Es un desgraciado espectro de veinte metros que está gritando y lanzando rayos en Ciudad capital!

Por su comportamiento, parecían un grupo de adultos inmaduros discutiendo. Pero lo cierto era que detrás de esa actitud despreocupada estaban los Cuatro ancianos de la Orden Rosacruz. Ellos, décadas antes, participaron en la guerra para liberar al planeta de la opresión de los Señores de la guerra y los practicantes de vudú que les servían. De un ejército de trescientos, solo los Cuatro alquimistas elementales y el Alquimista marino lograron sobrevivir a la terrible masacre conocida como la Noche de las piedras blancas, donde la guerra vio su fin y se reinició el desarrollo de la humanidad.

Cada uno de los Cuatro alquimistas elementales eran famosos por ser portadores de un Libro de los siete sellos y, por tanto, de una piedra filosofal completa fruto del entrenamiento otorgado por el libro. Todos tenían un conocimiento muy avanzado de la alquimia y, gracias a eso, eran capaces de mantener su cuerpo con una apariencia mucho más joven que la de su edad real. La Alquimista del fuego tenía en su poder el libro de los siete sellos de Nicolás Flamel. El Alquimista del agua tenía en su poder el libro de los siete sellos de María la judía. La Alquimista de la tierra tenía en su poder el libro de los siete sellos de Taphnutia. El Alquimista del aire tenía en su poder el libro de los siete sellos de Zósimo de Panópolis. En cuanto terminaron de discutir, levantaron sus piedras filosofales, que empezaron a emanar un fulgor dorado que los envolvió. Luego, usando dicho fulgor, empezaron a levitar. Volando a gran velocidad, se dirigieron desde el cuartel general de la Orden rosacruz hasta Ciudad capital para impedir que el enorme espectro causara más destrozos.

***

El gran perro Kérberos, en su éxtasis de libertad, seguía lanzando indiscriminadamente su Rayo delta, sin causar muchas víctimas mortales debido a la evacuación de todos los habitantes hacia al sector subterráneo de la ciudad. Cada casa tenía un acceso a las vías del sector subterráneo que fue creado para proteger a los ciudadanos de amenazas de gran envergadura. Kérberos, al ver que no lograba matar a más gente, decidió dirigirse a una de las entradas hacia el sector subterráneo para pulverizarla con su rayo y así poder masacrar a todos los habitantes. Empezó a cargar su Rayo delta y lo disparó. En ese preciso instante, cuatro siluetas encapuchadas envueltas en un fulgor dorado interceptaron el rayo y lo anularon con una barrera de aura.

El enorme espectro estalló en ira y se abalanzó contra los Cuatro ancianos para devorarlos. Tres de ellos lograron escapar volando.

—¡Maldiciooooooón!— gritó el Alquimista del aire, al notar que la Alquimista de la tierra quedó atrapada entre las fauces de Kérberos.

Los tres ancianos restantes, aún levitando sobre el perro gigante, se colocaron en una formación donde se daban la espalda entre ellos y empezaron a acumular aura dorada en cantidades masivas. De repente, la Alquimista del fuego empuñó su piedra filosofal y empezó a agitarla. De la piedra salió un gran látigo de flamas con el que empezó a azotar al espectro. El Alquimista de aire empuñó su piedra filosofal e hizo el gesto de dar un puñetazo hacia su oponente. De su puño empezó a fluir una fuerte corriente de aire que rápidamente formó un tornado que aplastó a Kérberos contra el suelo, dejándolo indefenso por un instante. El Alquimista del agua aprovechó ese momento para empuñar su piedra filosofal y, mediante una extraña danza, hacer levitar masas de agua desde las fuentes más cercanas, rodeando al perro con una gran cantidad de ellas.

El gran perro intentaba liberarse del tornado que limitaba sus movimientos y de los azotes de fuego. Pero, sin darle tiempo a reaccionar, el Alquimista del agua convirtió las masas de líquido en enormes y afiladas púas de hielo que lanzó a gran velocidad contra Kérberos. Este, a causa del dolor, empezó a aullar desde sus tres bocas. Lo que le permitió a la Alquimista de la tierra escapar de sus fauces para, inmediatamente, empuñar su piedra filosofal y estrellarse contra el suelo de tal manera que desprendió enormes rocas que salieron disparadas contra el espectro.

—¡Malditos! ¿Quién demonios se creen que son?— gritó el furioso perro gigante.

Pero, sin darles tiempo a responder, los Cuatro ancianos se precipitaron contra el suelo como si una gran fuerza gravitatoria los intentara aplastar.

—Lamento mucho no poder presentarme adecuadamente —dijo una voz que venía desde atrás de los ancianos, que seguían sometidos por el poder que los aplastaba—. Pero si no los atrapaba distraídos, jamás podría haberlos detenido de matar a mi preciado espectro.

Los ancianos eran incapaces de responder, mucho menos de contraatacar. El extraño personaje se presentó de una manera muy rimbombante, afirmando que servía al Dueño del mundo y que éste le había provisto de la bomba gravitacional que le permitiría reclamar lo que era suyo. También afirmó que era un criador de espectros es decir, un practicante de vudú especializado en crear objetos malditos que, bajo ciertas condiciones, eran capaces de cobrar vida como espectros. En este caso, era mentira que la estatua era una prisión donde supuestamente Kérberos fue encerrado por un legendario alquimista. La estatua era, en palabras del practicante de vudú que se presentó como la Novena plaga, un objeto diseñado para funcionar de forma autónoma y cuyo propósito era poder engañar a sujetos que cumplieran las condiciones del ritual para otorgar un cuerpo material estable al espectro en desarrollo.

—¡Esos trillizos imbéciles se creyeron todo!—dijo la Novena Plaga mientras reía con demencia—. Ahora que ellos dejaron el trabajo hecho, al fin puedo retirar el producto terminado. Es sorprendente que la bomba gravitacional no los triturara. Ustedes son demasiado fuertes, así que, con su permiso, me retiro.

Dicho esto, la Novena Plaga sacó una extraña caja y, convirtiendo a Kérberos en una especie de humo negro, lo guardó allí para luego volverse humo él mismo y desaparecer del lugar sin dejar rastro. En cuanto la Novena plaga desapareció, la fuerza que aplastaba a los Cuatro ancianos se desvaneció. Confundidos, decidieron regresar al cuartel general de la Orden rosacruz para discutir lo sucedido.

El sarcófago de los reyes II


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«Rosycross-Tetragrammaton», CC0

—¿Qué es ese objeto? —preguntó el Alquimista del mar, intrigado al ver el anj que le mostraba su padre.

—Es la llave de la Aldea de los exiliados, la única pista de su paradero actual —respondió el Alquimista marino.

El Alquimista marino decidió pedir la ayuda de su hijo para llegar a un lugar al que llamaba la Aldea de los exiliados. Le contó mucho sobre su pasado, como el hecho de que pertenecía a una especie de orden secreta conocida como La sagrada orden de la rosa y la cruz. Dijo que era una organización que reaparecía cada vez que la humanidad corría el riesgo de perder su más valioso tesoro, su conocimiento.

A raíz del retraso tecnológico provocado por la Guerra de las lanzas y las lancetas, y la eventual opresión de los Señores de la guerra y los practicantes de vudú que les servían, la orden rosacruz empezó a reclutar y entrenar un ejército de trescientos alquimistas que fueron conocidos como los Caballeros rosacruces. Estos caballeros sacrificaron sus vidas para eliminar la amenaza de los Señores de la guerra y permitir el progreso de la raza humana luego del terrible conflicto.

El Alquimista marino le contó, además, que era el último de los Caballeros rosacruces y que fue formalmente entrenado por los Ancianos de la orden para cumplir, entre otras misiones, la erradicación de toda manifestación de vudú. Por lo que en algún momento de su juventud sintió la presencia de una tribu que vivía en una aldea itinerante en la selva amazónica. La aldea fue construida usando mahou, por lo que cada cierto tiempo se trasladaba automáticamente a otro sitio de la selva para que sus habitantes no pudieran ser encontrados con facilidad.

Pese al sistema de protección de la aldea, las capacidades perceptivas del Alquimista marino y su trabajo de investigación le permitieron infiltrarse en la aldea para buscar la fuente de la sed de sangre que sentía en ese lugar. Para su asombro, dentro de esa pequeña civilización se practicaba el vudú de manera ceremonial, usando como ingredientes los cuerpos y las vidas de los condenados a muerte o de aquellos que se ofrecían voluntariamente para los rituales. El Alquimista marino se presentó ante el rey de la aldea y le manifestó que estaba allí para destruirlos por mandato de La sagrada orden de la rosa y la cruz.

El rey se sorprendió por la sinceridad del joven alquimista y le preguntó por qué no había empezado a cumplir su misión. Para asombro del rey, el alquimista empezó a hacerle muchas preguntas sobre su historia y sus costumbres. Aprendió mucho sobre el funcionamiento del vudú y del mahou durante las horas que pasó charlando a puerta cerrada con el rey. Luego, llegó a la conclusión de que la aldea no representaba peligro alguno y que el vudú que allí se practicaba no lastimaba inocentes. Pese a ello, el Alquimista marino se debía a los caballeros rosacruces, por lo que dejar a los aldeanos con vida sería considerado como alta traición.

Durante otra conversación de varias horas con el rey de la aldea, se ideó el plan de congregar a todos los practicantes de vudú para ordenarles ir de casa en casa para hacer una réplica inerte de cada habitante. Luego, usando el mismo conjuro de mahou con el que originalmente construyeron la aldea, crearon una réplica de esta y colocaron las copias inertes allí. El Alquimista marino utilizó sus técnicas del alquimia para causar daños en la aldea y en los cuerpos replicados. Luego, redactó un informe y se presentó ante los Ancianos de la orden para mostrar la evidencia falseada del cumplimiento de su misión. Este acto pasó desapercibido para los ancianos y le consiguió al Alquimista marino un favor de la realeza que, en palabras del mismo rey, podría reclamar cuando deseara usando la llave que se le otorgó y que ocultó dentro de su piedra filosofal.

***

Luego de que su padre le contara a detalle todo lo que sabía, el Alquimista del mar le preguntó qué favor le pediría a la realeza.

—¡Voy a pedir la restauración de mi cuerpo! ¡Por eso necesito tu ayuda para llegar hasta allí! —gritó efusivamente el Alquimista marino, que no conocía la delicadeza de pedir un favor.

—¿En serio pueden curarte en esa aldea? —inquirió el Alquimista del mar, ocultando el asombro de ver a su padre pidiendo ayuda, y ocultando aún más el conflicto que le provocaba contemplar la idea de poder ayudarlo en una de las mismas misiones que alguna vez lo alejaron de él.

—Sí, cuando conversé aquel día con el rey, me contó todo sobre sus costumbres y ceremonias. Supongo que, en el fondo, creía que iba a morir de todas formas —dijo el Alquimista marino, riendo tras recordar.

Era la primera vez que el Alquimista del mar veía a su padre reír.

—Aún no contestas mi pregunta, muchacho —dijo el Alquimista marino.

—¡Me llamo Thomas! —el Alquimista del mar fingió enfado—. Y sí, iré contigo. Ahora te debo otro entrenamiento, y detesto la idea de deberte algo.

No necesitaba decirlo, pero el Alquimista del mar había entendido, por fin, el lenguaje de rudeza con el que su padre fue educado y entendió que sus actos dirían más que sus palabras; por lo que solo preguntó una cosa.

—¿Para qué me necesitarías? Aun en muletas eres más hábil con la alquimia que yo —protestó el Alquimista del mar.

—He ganado demasiados enemigos a lo largo de la vida. Las Diez plagas también me están buscando —respondió el Alquimista marino—. Digamos que estoy en simple desventaja numérica.

Ambos alquimistas rieron levemente y empezaron a prepararse para el viaje.

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El sarcófago de los reyes I


«Brown wooden ankh on brown surface», CC0

El Alquimista del mar siguió cargando la piedra de su padre hasta que, luego de casi un año, esta pudo finalizar las reparaciones de emergencia que le permitieron al Alquimista marino sobrevivir en el exterior sin respirador y sin el soporte médico de la piedra filosofal incompleta conocida como La concha marina.

El proceso de cargar la piedra era bastante exigente para el cuerpo del Alquimista del mar, que pudo mantenerse sano gracias a su entrenamiento y a que siempre tenía ánima de reserva acumulada en su piedra filosofal incompleta conocida como La perla negra. Pese a esto, para él fue un gran alivio detener el proceso de carga.

Luego de que La concha marina enviara una instrucción clara al Alquimista de mar, este detuvo el proceso de carga y, horas más tarde, el Alquimista marino volvió al exterior. El Alquimista del mar quedó en shock al ver el estado en el que se encontraba su padre. Pero, inmediatamente, se preocupó al comprender lo realmente importante.

—¿Quién te hizo esto, viejo? —preguntó su hijo, sin preocuparse por el protocolo.

El Alquimista marino, ciego de un ojo, en silla de ruedas, con quemaduras internas y una cicatriz que indicaba la pérdida de su pulmón derecho, respondió sin titubear.

—Una practicante de vudú conocida como Jorōgumo. Me paralizó con una técnica y me apuñaló con cuatro cuchillas que no alcancé a ver. Eran invisibles de alguna manera.

—¿Invisibles? ¿Pero no las pudiste sentir? —preguntó con asombro el Alquimista del mar.

—No, solo pude sentir la sed de sangre impregnada en algo que no podía verse. Pero estas son heridas de katana, estoy seguro —respondió el Alquimista marino.

Al Alquimista del mar le costaba creer que existiera un practicante de vudú lo suficientemente hábil como para dejar a su padre en ese estado. Se había topado con algunos a lo largo de su vida, pero nunca sintió que representaran un riesgo tan grande.

—¿Cómo era ella? —preguntó intrigado.

—Ya habíamos peleado antes, la derroté y la mutilé con una de mis técnicas de espada hace algunos años. Pero volvió con una extraña apariencia. Tenía un brazo de araña en lugar del que le corté y un parche con una piedra negra.

—¿Algo así como una piedra filosofal que amplifica la sed de sangre?

—Su funcionamiento no se parece en lo absoluto, intenté robarle una de esas piedras negras en nuestra primera pelea pero logró escapar con ella. Cuando volvió, ya tenía cinco en su poder. Una en su ojo y dos en cada costado. Pero, en esencia, es como dices, de alguna manera su sed de sangre aumenta mucho por cada una de ellas.

Ambos alquimistas callaron por un instante. Pero el Alquimista marino rompió el hielo diciéndole a su hijo que si deseaba ver todo con detalle, podría acceder a las grabaciones de vigilancia de La concha marina. El Alquimista del mar prefirió tomarle la palabra antes que continuar con aquel silencio incómodo. Luego de ver las grabaciones de las peleas de su padre contra Jorōgumo, entendió por qué terminó en esas condiciones y tuvo miedo de que alguien tan peligroso como ella estuviera suelta.

***

Cada noche, el Alquimista del mar realizaba sesiones de curación utilizando la energía que estaba estudiando y que almacenaba en su piedra filosofal.

—¿Qué es ese Splendor solis que usas? —preguntó el Alquimista marino.

—Es la energía más pura que puede tomarse del sol, el Ignis-Aqua del que hablan las leyendas. Es la energía solar que puede acumularse en agua de mar previamente infundida con ánima, para luego ser acumulada dentro de La perla negra.

—Brillante, has hecho una buena investigación, muchacho —dijo el Alquimista marino, sin percatarse de que era el primer cumplido que le daba a su hijo.

—¡Me llamo Thomas! —gritó el Alquimista del mar, fingiendo enfado para esconder la conflictiva alegría que despertó la primera señal de aprobación paterna que recibía en su vida.

***

El Alquimista marino conocía técnicas de sanación por medio de la canalización de ánima mundi a través de su cuerpo. Pero, debido al difícil manejo de dicha energía, la sanación de su cuerpo tomó mucho tiempo.

Pasó un año en silla de ruedas, tiempo que aprovechó para entrenar a su hijo para una posible pelea contra algún practicante de vudú que usara esas extrañas piedras negras. Entre dichas enseñanzas estaba una mejor percepción de la sed de sangre, información sobre el funcionamiento del vudú y datos valiosos que le permitieron mejorar la Perla negra.

Además, recibió un entrenamiento especial con el que el Alquimista marino le enseñó a incorporar el Splendor Solis en su estilo de combate por medio de dividir La perla negra en cuatro tatuajes, uno para cada mano y pie. Los tatuajes podían formar runas que cambiaban a voluntad y permitieron al Alquimista del mar perfeccionar su estilo de pelea para infundir hielo y fuego en sus puños y patadas.

Las runas en sus pies también le permitían canalizar su aura y el Splendor solis en sus piernas para moverse a grandes velocidades y saltar en el aire como si fuera capaz de patearlo para darse impulso adicional.

***

Luego de aquel año de entrenamiento, el Alquimista marino completó su proceso de reparación corporal y quedó en el mejor estado físico que le permitió su técnica de sanación. Fue capaz de ponerse de pie con ayuda de muletas, aún sentía dolor por las heridas internas y no logró reparar su ojo. Pese a ello, aún podía manejar la alquimia para potenciar su cuerpo y se concentró en incorporar más técnicas de emanación de energía al que sería su nuevo estilo de combate adaptado a sus limitaciones.

Incluso con sus secuelas, el Alquimista marino seguía siendo más hábil y experimentado que su hijo, por lo que siguió entrenando las habilidades de lucha del Alquimista del mar mientras usaba esos combates como rehabilitación para su cuerpo y manejo del aura. Le tomó otro año al Alquimista Marino recuperar suficiente salud como para dejar las muletas.

Cuando alcanzó una condición física aceptable, decidió que era tiempo de emprender su siguiente viaje. El Alquimista marino sacó un extraño objeto que estaba dentro de su piedra filosofal y le empezó a contar a su hijo la historia de un lugar conocido como La aldea de los exiliados.

Los devotos de Akasha


«Reloj de Telésforo» por Blacksmith Dragonheart

Cierta raza extraterrestre desarrolló una civilización basada en el misticismo. Dentro de su jerarquía, existía un sumo sacerdote capaz de acceder a estados alterados de conciencia que le permitían vislumbrar el futuro. Puliendo dicha destreza, lograron avances importantes en el desarrollo de su cultura. Una vez que esta raza extraterrestre adquirió más conocimiento sobre el tiempo y su funcionamiento, llegó a la conclusión de que existía un ente inmaterial que ellos llamaban Akasha.

Describían aquella entidad como una diosa de seis brazos y una cabeza con tres rostros. Cada rostro y cada par de brazos estaban escribiendo en un pergamino eterno que iba pasando por sus manos, conocido como Los registros akáshicos. El primer rostro y un par de brazos registraban con tinta indeleble el pasado. El segundo rostro y otro par de brazos registraban con tinta los eventos del presente conforme iban ocurriendo. El tercer rostro con el último par de brazos escribían el futuro más probable con lápiz. Conforme el futuro se volvía presente, la parte con lápiz pasaba a manos del rostro que escribía el presente para que este colocara tinta o ajustara aquello que el borrador con lápiz había descrito. Finalmente, el rostro que escribía el pasado, sellaba todo con tinta indeleble para que no pudiera ser alterado.

Los sumos sacerdotes de esta raza extraterrestre encontraron una manera de vislumbrar la parte escrita con lápiz, es decir, el futuro más probable. De esta manera, lograron predicciones más exactas, lo que les permitió optimizar sus decisiones y acelerar su proceso de evolución como civilización. Debido a esto, la raza de seres interdimensionales conocida como Los limitantes los consideró una amenaza potencial y destruyó su planeta, provocando su extinción. Pese a ello, un sumo sacerdote que estaba fuera del planeta por motivos rituales, retrasó unos días su regreso debido a una vislumbre del futuro que le indicó que sería peligroso volver en ese momento. Cuando regresó, a lo que debía ser su planeta, solo encontró un cinturón de asteroides. Por lo que, temiendo a lo que causó la destrucción de su planeta, decidió exiliarse en una galaxia lejana donde la vida inteligente recién empezaba a desarrollarse.

***

El sumo sacerdote dedicó lo que le quedaba de vida a perfeccionar su método para vislumbrar el futuro. Pese a ello, nunca logró tener una visión clara de él. Lo que sí logró fue tener visiones claras y precisas del pasado, lo que le permitió identificar a los culpables de la extinción de su raza. Se dedicó, por tanto, a intentar tener una visión clara del futuro. Anotaba y dibujaba cada vislumbre por más borrosa que fuera. Con el pasar del tiempo, usó sus apuntes para descubrir cómo crear un objeto para extender su vida y así poder entrenar a otra persona que cumpliera su más ferviente ideal, que consistía en la destrucción de la amenaza que constituían Los limitantes para la vida en general. Dicho objeto era parecido en funcionamiento a un Libro de los siete sellos. Sin embargo, tenía algunas diferencias fundamentales.

El objeto era condicional y obligaba al portador a cumplir con el ideal de la institución creada por el último sumo sacerdote, que bautizó como Los devotos de Akasha. Además, dentro del objeto se guardó la esencia misma del sumo sacerdote, no una copia basada en inteligencia artificial. Es decir, de alguna manera, el sumo sacerdote seguía con vida dentro del objeto como una manifestación incorpórea pero capaz de comunicarse e interactuar parcialmente con su entorno.

Los devotos de Akasha heredaron el amuleto creado por el sacerdote, conocido como El reloj de Telésforo. Este amuleto enseñaba a aquel que aceptara el pacto y el título de Alquimista del tiempo y que, además, jurara por su vida no solo cumplir los objetivos de Los devotos de Akasha, sino también a guardar su esencia en el reloj una vez hubiera llegado a una edad muy avanzada. De esta forma, acumularon una larga lista de Alquimistas del tiempo dentro del reloj, donde interactuaban entre sí y aprendían entre ellos, aumentando enormemente el conocimiento que podía otorgar el objeto a quien aceptara el pacto.

***

Se sabe que la última persona en heredar El reloj de Telésforo fue un practicante de vudú llamado Dimitri. Él encontró el reloj y, eventualmente, logró descifrar su mecanismo para contactar con los incontables alquimistas del tiempo acumulados dentro. Ellos le ofrecieron el pacto, pero Dimitri decidió tomarse su tiempo para considerarlo. No fue sino hasta que estuvo en una terrible persecución, en la que corría grave peligro su vida, que Dimitri recurrió al reloj como último recurso. Aceptó el pacto y el reloj le transfirió inmediatamente el conocimiento necesario para teletransportarse y salvar su vida.

Eventualmente, haciendo uso del conocimiento que El reloj de Telésforo le brindaba, con la única restricción del pacto inicial, Dimitri logró convertirse en el primer Alquimista del tiempo en conseguir una visión clara del futuro. Logró dominar un arte que combinaba vudú y alquimia, conocido como Tanatomancia, en el que usaba el asesinato de una persona como ingrediente para lograr ver el futuro con claridad. Dimitri descubrió que Los registros Akáshicos funcionaban como una gran red informática universal ejecutando un sistema de seguridad muy parecido al blockchain. Pero solo podía hackear el sistema para descargar un bloque pequeño de la cadena, que contenía la información del futuro más probable del día siguiente.

Dimitri empezó un duro entrenamiento para pulir su Tanatomancia, lo que implicaba más asesinatos. El reloj de Telésforo decidió enseñarle por ser el más talentoso en siglos y porque sentía que el objetivo de Los devotos de Akasha estaba por encima de cualquier código moral, por lo que decidió apoyar a Dimitri en el perfeccionamiento de su técnica y así superar la limitación de su visión del futuro. Durante ese entrenamiento, luego de muchos intentos, Dimitri logró superar la barrera de un día y empezó a explorar las visiones del futuro. Sin embargo, no tenía control alguno en dicha exploración. Debido a esto, tuvo una visión involuntaria pero muy clara y sobrecogedora sobre el futuro del planeta Tierra. En dicha visión se veía a una raza de seres, que el reloj confirmó que eran Los limitantes. Estos invadirían y devastarían la vida en el planeta luego de unas cuantas décadas. También, antes de salir del trance de su visión involuntaria, logró vislumbrar que para evitar dicho futuro necesitaba construir algo en el sol. Pero esa parte de la visión estaba tan borrosa que no pudo definir ni qué debía construir ni cómo hacerlo.

 

Talismán de la muerte


Sigo recibiendo lecciones de alquimia de la guardiana de este libro. En esta ocasión me muestra una visión sobre la primogénita de una familia importante entre los practicantes de vudú:

Estoy por cumplir 13 años y siento mucho miedo. En unos días, como es tradición en mi familia, recibiré el brazalete serpiente que se le otorga a los primogénitos de cada generación. Y, para mi desgracia, yo soy la primera de mis hermanas.

No quiero pasar por la ceremonia del talismán de la muerte. He escuchado rumores, pero no dejan de ser eso. No me dejan salir ni tener contacto con el mundo exterior. Solo conozco el negocio familiar y recibo la educación de mi tutor. Él me enseña muchas cosas como ciencias, arte, etiqueta, la historia y tradiciones de mi familia, etc.

***

Falta un día y ya no sé qué hacer. Siento mucho miedo, aunque todos me dicen que estaré bien. He investigado cuanto he podido entre los libros de la casa. No hay mucha información, salvo una especie de informe en el despacho de mi padre. El documento dice que algunas personas han muerto a causa de la destrucción de su talismán de la muerte. ¿Esa cosa que me quieren obligar a fabricar puede matarme?

***

Mi corazón está agitado, estoy sudando frío. Me han traído a un lugar con los ojos vendados. Escucho susurrar a mis padres mientras mi tutor recita palabras que no entiendo. De repente, me sacan la venda y el tutor me explica lo que debo hacer para terminar la ceremonia. ¡No tengo opción! Debo fabricar esa cosa que me piden para que me dejen en paz. Me da miedo, he seguido espiando entre los papeles de mi padre y leí cosas sobre los talismanes de la muerte como que enferman a quien los fabrica. Y siempre una cosa queda clara cuando leo esos documentos: si el talismán es destruido, su fabricante muere.

—Toma —dice mi tutor mientras me entrega un papel—, recita estas palabras y te diré lo que debes hacer luego.

No puedo mostrar mi temor, mi padre está cerca. Lo oigo susurrar junto a mi madre y mi abuelo. Han intentado esconderme la información sobre toda esta ceremonia y no debo mostrar indicios de que leí esos documentos. Le temo más al castigo de mi padre que a la misma ceremonia.

Recito lo que está escrito en el papel. En cuanto termino de pronunciar esas palabras, siento y veo claramente como salen unas extrañas runas desde mi boca que empiezan a flotar en forma de tiras en el aire. Las tiras se detienen de repente. ¡Se clavan a toda velocidad en mi pecho! ¡Me duele!

—¡Soporta el dolor! —grita mi tutor—. Ahora viene la parte crítica de la ceremonia: ¡el aislamiento del núcleo de tu alma!

Siento como si mi pecho estuviera a punto de estallar. ¡No puedo respirar! Siento como si algo estuviera saliendo desde mis entrañas hacia mi boca. Me oprime el pecho, ni siquiera puedo gritar del dolor. Siento náuseas.

—Ni se te ocurra vomitar en el suelo, a menos que quieras morir— dice mi tutor, sonriendo de una forma escalofriante.

Ahora entiendo todo, me están obligando a hacer algo muy peligroso. Y no tengo escapatoria. ¿Por qué mi familia me hace esto?

—Mira —dice mi tutor, mientras me enseña un anillo en su puño izquierdo—. Este es mi talismán de la muerte. Si alguien lo destruye, moriré. Porque mantiene el núcleo de mi alma aislado fuera de mi cuerpo. Si no almacenas ese núcleo en algún objeto, y vomitas en el piso, se romperá y tu vida terminará en ese preciso instante.

No lo puedo creer. ¡Estoy a punto de vomitar mi propia vida! ¿Dónde lo almaceno? ¡Voy a morir!

—Toma —mi tutor se apresura a darme el brazalete emblema de mi familia—. Colócatelo y vomita en tus manos.

No tengo tiempo para pensar, siento un dolor insoportable en mis entrañas. Me queman, me ahogan. Vomito sangre en mis manos y veo un punto de luz azul entre la sangre.

—¡Allí está! ¡Rápido! Sostenlo en tus manos y estréllalo contra el brazalete —dice mi tutor, ya con evidente preocupación—. Si no lo haces rápido, ¡vas a morir!

¿Y si ese punto se rompe y muero? ¿Y si mi familia se quiere deshacer de mí con esta ceremonia? ¿Será que mi primo murió por algo similar? ¡Me falta el aire!

—¡Deja de mirar tus manos y estréllalo rápido! —grita mi tutor—. Con el núcleo expuesto no vivirás más que unos segundos. ¡Debes aislarlo en el brazalete, rápido!

Me desmayo. No tengo tiempo para decidir. Estrello mi mano ensangrentada contra el brazalete. Siento como si cada célula de mi cuerpo fuera apuñalada. Ya no puedo mantener la conciencia ¿Habré roto el núcleo y estaré muriendo?

***

Luego de un mes en coma, despierto. Estoy muy delgada y aún siento dolores inexplicables. Mi tutor me dice que es normal, que es parte del proceso. Cuando intento ahondar en el asunto, me cambia el tema. Desde la ceremonia no me han permitido quitarme el brazalete.

***

Han pasado seis meses desde el incidente y ya puedo caminar y llevar una vida relativamente normal, aunque me siento muy débil y pierdo peso con facilidad. Mi tutor me dice que hoy empezaremos una especie de entrenamiento.

—Sus padres me han encomendado la noble tarea de iniciarla en el arte del vudú, señorita dice mi tutor en un tono solemne.

—¿Vudú? —respondo aterrada—. ¿Qué es eso?

—Tardaremos algún tiempo en llegar a esa respuesta. Primero deberás pasar la segunda prueba de aislamiento —dice mi tutor con una sonrisa aterradora, como si disfrutara lo que me espera.

***

Ya llevo tres meses encerrada en este calabozo. Hay una criatura extraña que se mueve con mucha rapidez. Siempre se lanza para intentar destruir mi brazalete. Ocurrió algo horrible el primer mes. La criatura logró dar un rasguño en mi talismán de la muerte y sentí claramente ese rasguño en mi interior durante días. Luego, me di cuenta que el brazalete regeneró el rasguño y dejó de dolerme. El destino del talismán ahora es el mío, por eso no puedo dormir: si me distraigo, moriré. Siento mucha rabia y rencor contra mi familia, contra mi tutor, contra todos. ¡Jamás había sentido tanto odio! ¡Quisiera matarlos!

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Se ha cumplido el sexto mes. Mi tutor, en lugar de pasarme alimentos debajo de la puerta, ha decidido abrirla y soltarme. Me lanzo sobre él como una fiera e intento ahorcarlo. Mientras lo ahorco, me lanza una mirada que me paraliza y recita unas palabras que no entiendo. Cuando terminó de recitar, salí disparada por los aires y me golpeé contra una pared.

—Parece que ya despertaste tu sed de sangre —dice mi tutor, mientras sacude el polvo de su túnica—. Ahora ya podemos empezar las lecciones de vudú.

***

Después de tanto tiempo en ese entrenamiento infernal, se me ha permitido salir de esta casa para conocer el mundo exterior. Se me ha inscrito en algo que, según mi tutor, se llama El juego de las semillas. Gente tanto o más entrenada que yo me buscará para matarme, y yo tengo que buscarlos a ellos para asesinarlos y quitarles sus semillas.

No tengo ni idea de qué trata, solo sé que he pasado de una cárcel más pequeña a una más grande. Ahora el mundo es mi jaula, y allí también procuran lastimarme. Estoy harta de todos, pero con la semilla que me dio mi abuelo seré capaz de defenderme. ¡Pronto tendré suficientes semillas para matar a mi familia!

La guardiana del libro me dijo que, aparte de morir si el talismán es destruido, los practicantes de vudú son incapaces de ejecutar su arte sin ese objeto. Le he preguntado sobre la sed de sangre y las semillas de la codicia. Pero me ha dicho que eso me lo aclarará en otra lección. Mientras tanto, seguiré practicando los ejercicios de meditación del día de hoy.

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Reportó para ustedes, el #21.

El atentado de Los hermanos Kérberos I


Un grupo de trillizos escapó de un orfanato y pasó su niñez viviendo en casas abandonadas, subsistiendo mediante el robo de alimentos. Ya en su adolescencia tenían en su haber muchos crímenes por los que nunca recibieron un juicio. Para ese entonces eran conocidos como Los asesinos Delta, por el tatuaje en forma de triángulo negro que tenía cada uno en diferentes partes del cuerpo. Uno en la frente y, los otros dos, en un muslo diferente. Esta información fue obtenida por una de las pocas personas que, sin morir en el intento, logró ver a los asesinos en serie y dar su testimonio.

Durante uno de sus constantes robos y asesinatos, encontraron una misteriosa escultura de un perro de tres cabezas encadenado por un hombre. La escultura tenía marcas de una escritura muy antigua, y cada perro tenía incrustadas dos piedras negras en lugar de ojos. Los hermanos, luego de matar al dueño de la casa, robaron la escultura, impulsados por un extraño influjo. No se volvió a saber de ellos durante años.

***

Luego del robo de la escultura, los hermanos la llevaron a una de sus casas provisionales y la examinaron. Se dieron cuenta que no había nada aparentemente valioso en ella, salvo las piedras negras en los ojos de cada perro. Intentaron sacarlas a la fuerza, para cotizarlas en el mercado negro e intentar venderlas a buen precio. Pero, en cuanto intentaron quitar una de las piedras, la escultura se encendió en llamas, haciendo que la soltaran inmediatamente. Luego, para sorpresa de los hermanos, la escultura en llamas levitó hacia el centro de la habitación y empezó a hablar.

—El lazo de sangre es necesario para el conjuro de invocación. Solo tres hermanos de la misma edad podrán liberar el poder completo de esta escultura. ¿Serán ustedes aquellos que lo logren?— la escultura esperaba una respuesta de los impactados hermanos.

Los hermanos se miraron entre sí, sorprendidos y dudosos sobre qué respuesta dar. También estaban mareados por el humo negro que provenía de la escultura en llamas. Pero, bajo el oscuro influjo del humo negro, finalmente dijeron al unísono: «¡Queremos ese poder!».

—¡Perfecto! —dijo la escultura—, pero antes deberán firmar el contrato y pagar el precio.

Dicho esto, la escultura empezó a explicarles paso a paso todo lo que debían hacer.

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La escultura estaba lista y todos los ingredientes estaban reunidos en el sótano de una casa de la que se apoderaron una semana antes, secuestrando a sus dueños. Primero, cada uno tuvo que hacerse un corte en la muñeca izquierda y derramar, al mismo tiempo, su sangre sobre la escultura. Eso hizo que la escultura pasara de un color parecido al mármol, a tener el mismo color que la sangre. Luego, fueron a la habitación donde tenían a los dueños de la casa con su hijo. Los llevaron amarrados ante la presencia de la escultura, que levitó hasta el centro de la habitación y dijo: “¡Ahora!”. Dicho esto, los hermanos degollaron a sus tres rehenes, al mismo tiempo, y los ofrecieron como sacrificio ritual, recitando un conjuro que la misma escultura les había enseñado.

Inmediatamente después del sacrificio y el conjuro, la escultura empezó a convertirse en polvo, dejando solo los ojos de los perros. Los hermanos tomaron, cada uno, dos piedras negras y oyeron una voz que salía al mismo tiempo desde cada una de ellas:

—De ahora en adelante, serán conocidos como Los hermanos Kérberos. El sello que mantenía encerrado el poder de la escultura se ha roto. Ahora es suyo. Aprendan a usarlo, ¡si es que son capaces!

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Años pasaron. Los hermanos Kérberos, luego de mucha investigación, descubrieron que las piedras podían ser descifradas con un arte conocido como vudú. Aprendieron las bases de dicho arte y descifraron cada una de las seis piedras negras. Descubrieron que cada pareja de ojos contenía un conjuro de Mahou de efecto desconocido. Cada conjuro mostraba un mayor nivel de dificultad en cuanto a los pasos e ingredientes requeridos.

Eventualmente, intentaron el primero de los tres conjuros contenidos en las piedras negras. El conjuro tenía como requisito un sacrificio humano por cada una de las piedras, es decir, dos sacrificios por cada cabeza de perro. Con los ingredientes reunidos, en un sitio apartado y al aire libre, Los hermanos Kérberos procedieron a la ejecución del conjuro. Con las piedras negras en cada una de sus manos, cada hermano tomó a un rehén y lo degolló. Luego, sumergieron sus piedras negras en la sangre de sus víctimas. Las piedras brillaron y, de cada par, empezó a salir una especie de humo negro que se acumulaba poco a poco hasta formar la silueta de un perro. Una vez formadas las encarnaciones de humo, los hermanos tomaron a los otros tres rehenes y los ofrecieron como sacrificio a los perros. Cada silueta de humo empezó a invadir y consumir a su víctima, que gritaba de dolor en el proceso. Al concluir el sacrificio, los perros tomaron forma material.

Los tres perros tenían un gran tamaño, alrededor de cinco metros de altura. Y empezaron a aullar al unísono. Luego de eso, los hermanos intentaron hablar con los perros. Cada perro eligió a su dueño y empezaron a explicar que, antiguamente, habían sido encerrados por un poderoso alquimista dentro de aquella escultura. Y que, durante siglos, habían esperado la remota posibilidad de hallar unos trillizos dispuestos a liberarlos, puesto que ese lazo de sangre era uno de los ingredientes principales para romper el sello. Dicho esto, cada perro dirigió la mirada a su dueño y, al unísono, dijeron: “Y, hablando de sangre, aún no recuperamos del todo nuestros poderes”.

Luego de aquellas palabras, cada perro empezó a atacar a su dueño. Los hermanos intentaron evadir los ataques con sus habilidades vudú, pero no lo lograron. Pese a ello, los perros no los mataron. Una vez dejaron gravemente heridos a Los hermanos Kérberos, los perros dijeron:

—Necesitábamos de su sangre, tomada por la fuerza, para así recuperar nuestros poderes. Tómenlo como un precio por el contrato de invocación.

Los perros, entonces, aullaron al unísono mirando la luna llena y cada uno lanzó un rugido. Uno de los perros emanaba un aliento con llamas. Otro, un aliento de hielo. Y, el último, un aliento eléctrico. Terminada la exhibición de poder, los perros se volvieron humo nuevamente y volvieron cada cual a su par de piedras negras. Luego de su larga recuperación, cada uno de los hermanos quedó con una secuela física diferente. Uno de ellos perdió un ojo. Otro, un brazo. Y, el último, una pierna.

***

Pasaron muchos años de dolorosa rehabilitación. Sin embargo, los hermanos estaban seguros que no había sido en vano. Los perros, para poder liberarse del sello, habían firmado un contrato de invocación con ellos, por lo que no podían negarse cuando se los llamara. Pero ellos ya sabían de la monstruosa fuerza y agresividad de los tres perros. Por lo que decidieron entrenar durante un tiempo antes de invocarlos de nuevo, para que no se repitiera el incidente de la primera vez. Además, tenían los ingredientes preparados para el segundo de los tres conjuros que contenían las piedras.

Esta vez, los ingredientes eran seis sacrificios humanos y tres semillas de la codicia. Los tres primeros rehenes fueron utilizados para el ritual de invocación. Los Hermanos Kérberos degollaron, al mismo tiempo, a tres de sus víctimas mientras recitaban un conjuro de Mahou. Inmediatamente, arriba de ellos, se abrieron tres grietas dimensionales que trajeron de vuelta a los perros. Los hermanos esquivaron el primer inconveniente y evitaron ser aplastados por los perros dando un rápido salto hacia atrás. Antes que los perros pudieran reaccionar, degollaron a los rehenes restantes y recitaron el segundo conjuro contenido en las piedras de la escultura. Luego, los hermanos embebieron sus piedras negras en la sangre. Es decir, las piedras que representaban los ojos de la escultura, más las semillas de la codicia que consiguieron matando a tres diferentes practicantes de vudú.

Una vez hecho eso, las piedras levitaron y empezaron a usar la sangre y huesos de los sacrificios para formar, en los cuerpos de los hermanos, los miembros perdidos. Tenían su ojo, brazo y pierna otra vez, pero eran de color negro y cada uno tenía incrustadas tres semillas de la codicia.

Con sus miembros ya regenerados, y el poder de las semillas de la codicia, su sed de sangre aumentó. Además, de cada miembro artificial, ellos podían enviar una señal que controlaba mentalmente a los perros. Así lograron el control de las criaturas que tanto esfuerzo y dolor les costó invocar.

***

Una vez logrado el control de sus invocaciones, Los Hermanos Kérberos se dirigieron al pueblo donde estaba el orfanato del que huyeron. Se hospedaron unos días en un departamento amoblado, sin llamar la atención. Durante ese tiempo, se dedicaron a conseguir nueve sacrificios más. Cuando dejaron a sus rehenes maniatados en la cueva más cercana, se dirigieron al pueblo a marcar tres paredes con símbolos pintados con una mezcla de su sangre y la de sus rehenes.

Hecho esto, volvieron a la cueva y, cada cual, tomó a una víctima, la degolló y recitó el conjuro correspondiente para abrir la grieta dimensional e invocar a su respectivo perro. Inmediatamente, enviaron la señal de control mental y mantuvieron quietos a los canes para dibujar símbolos de sangre en sus lomos. Luego, tomaron tres rehenes más, los degollaron y recitaron un conjuro. Eso abrió otra grieta dimensional que se llevó a los perros y los invocó en el lugar donde dejaron las marcas de sangre en el pueblo.

Finalmente, degollaron a las víctimas restantes y recitaron otro conjuro. Esto provocó que aparecieran tres grietas dimensionales que transportaron a los hermanos sobre las marcas de sangre dibujadas en los lomos de sus respectivos perros. Una vez completado el proceso, utilizaron a los perros para destruir todo a su paso. Usando el aliento del perro eléctrico, sobrecargaron el sistema de abastecimiento de energía para dejar la ciudad a oscuras. Usando el aliento del perro gélido, congelaron el suelo para evitar que cualquiera escapara en vehículos o a pie. Y, finalmente, quemaron todo y a todos a su paso usando el aliento del perro ígneo.

No hubo forma de registrar evidencia alguna de lo sucedido. No quedaron sobrevivientes en el pueblo. Las fuentes oficiales declararon un ataque terrorista de un grupo desconocido que decidió no atribuirse el atentado.

Jorōgumo


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«Jorō Spider», por Pamsai (CC BY-SA 2.0)

El alquimista marino gustaba de involucrarse en luchas clandestinas con el fin de medirse físicamente contra oponentes fuertes. Además, como cazador de rituales de vudú que era, ese tipo de lugares siempre le servía para obtener pistas que usualmente lo llevaban a capturar a ciertos practicantes de vudú de bajo rango.

El alquimista conoció una vez a un luchador de artes marciales que se hacía llamar Jorōgumo. Este luchador tenía la fama de excéntrico debido a su vestimenta; ropa muy holgada, capucha y máscara. Era considerado invencible y casi siempre se cobraba mucho dinero por verlo pelear, debido a que su fama de invicto hacía imposible realizar apuestas rentables.

El alquimista marino no dudó en retar a Jorōgumo a una pelea. Esta vez sí se realizaron apuestas. El alquimista marino era conocido por ganar cada encuentro al que se había presentado. Las apuestas estaban divididas. Sin embargo, casi todos los espectadores esperaban que Jorōgumo ganara la pelea.

Al momento del encuentro, El alquimista marino percibió en Jorōgumo la sed de sangre propia de un practicante de vudú. No dudó en luchar usando su aura para intensificar las capacidades de su cuerpo. Para sorpresa del público, El alquimista marino no solo pudo seguirle el ritmo a Jorōgumo y asestarle algunos golpes, hazaña que nadie había logrado hasta ese momento, sino que además logró quitarle la capucha y la máscara. De esta manera, expuso que detrás de la identidad de Jorōgumo se encontraba una mujer. Ella, sintiendo manchado su honor, renunció a la pelea. Y, antes de huir a toda velocidad, recitó un conjuro sobre El alquimista marino.

No se volvió a saber de ella durante años.

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El conjuro lanzado por Jorōgumo era un sutil comando de Mahou que permitía al usuario ubicar en tiempo real la posición de su víctima. Jorōgumo había entrenado durante varios años mientras estudiaba el errático patrón de ubicación de El alquimista marino. Finalmente, sintiéndose completamente lista, persiguió y encontró al alquimista. Lo desafió a una pelea.

Esta vez su forma de vestir era muy diferente. Dejaba ver su rostro, usaba ceñidas ropas negras y una bandana con una piedra negra cúbica incrustada en su nudo. Además, su estilo de combate había cambiado dramáticamente. El alquimista marino, de inmediato, percibió que la sed de sangre que provenía de aquella mujer no era para nada algo normal. Nunca había escuchado de un entrenamiento u objeto que fuera capaz de amplificar a ese grado los poderes de un practicante de vudú.

Jorōgumo no le dio mucho tiempo al alquimista como para analizar la situación. Empezó a arremeter con rápidos puñetazos con el fin de hacerle perder la concentración. Sin embargo, El alquimista marino era un hábil pugilista y esquivaba con destreza los ataques de su adversaria. Mientras esquivaba, logró percibir una extraña energía procedente de la piedra negra de la bandana. Intentó arrebatársela a la fuerza, pero ella frustraba sus intentos a una velocidad sobrehumana. El alquimista marino usó su aura al máximo para potenciar su velocidad y logró acorralar a Jorōgumo.

—¡Dime qué demonios tiene esta bandana! —exigió El alquimista marino, mientras levantaba y ahorcaba a su adversaria con una mano y le quitaba la piedra negra con la otra.

Jorōgumo, viéndose en un aprieto, recitó un conjuro y materializó una katana en su mano. Gracias al factor sorpresa, y a un rápido movimiento, logró quitarle la piedra negra a su oponente. El alquimista marino dio un rápido salto hacia atrás, para evitar ser cortado, y sacó una piedra roja de su bolsillo.

—¡Yo también puedo hacer trucos, Jorōgumo! —dijo El alquimista marino, mientras sacaba una cimitarra desde dentro de su piedra filosofal.

La pelea a puño limpio se convirtió en un duelo de espadas. El alquimista marino decidió terminar la pelea con un solo movimiento. Usando la que era su técnica más poderosa hasta el momento, colocó su piedra filosofal en su espada para infundirle masivas cantidades de aura. Esto aumentaba, por mucho, el rango y poder de corte del arma. Y, con un brusco movimiento de dos manos, desató una ráfaga cortante de aura con la que derrotó a Jorōgumo, provocándole heridas muy graves que incluían quemaduras en varias partes de su cuerpo y la pérdida de un brazo y un ojo.

—Me llevaré esto para estudiarlo con detenimiento —dijo El alquimista marino, recogiendo la piedra negra.

Jorōgumo, usando su último recurso, convirtió su cuerpo y su bandana en humo y desapareció del lugar antes de ser rematada por el alquimista.

No se volvió a saber de ella durante años.

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El alquimista marino no lo sabía, pero seguía bajo el efecto del conjuro de rastreo de Jorōgumo quien lo encontró y emboscó durante uno de sus viajes. No esperaba un ataque de alguien a quien creía lisiada y sin la capacidad de representar peligro alguno.

—¿Quién diablos eres y qué quieres de mi? —gruñó El alquimista marino.

—¿No me recuerdas, alquimista? —dijo Jorōgumo, mientras se quitaba la capucha con lo que parecía ser una gran pata de araña, dejando ver un deformado rostro con un parche que tenía incrustada una piedra negra.

El alquimista marino percibió una sed de sangre mucho mayor que la del último encuentro. Era evidente que las capacidades físicas de su adversaria habían aumentado considerablemente. Jorōgumo no perdió tiempo y conjuró su katana. La impregnó con una niebla negra que aumentaba su alcance y poder de corte. Una técnica muy parecida a la que El alquimista marino usaba con su cimitarra.

El alquimista respondió con su propia técnica. Parecía como si de su espada fluyeran flamas rojas, mientras que la katana estaba envuelta en unas extrañas llamas negras. Ambos sabían que, si recibían un ataque de su oponente, serían fulminados por la energía de su espada; por lo que la pelea se llevaba a cabo a mucha velocidad pero a la vez con mucha cautela.

Jorōgumo quería terminar el encuentro pronto. Dio un gran salto hacia atrás y empezó a recitar un conjuro. Inmediatamente después, se quitó las prendas de vestir superiores dejando al descubierto un torso lleno de quemaduras. A cada costado tenía incrustadas dos piedras cúbicas.

—En este momento cobraré venganza por mi honor, alquimista —dijo Jorōgumo, muy segura de sí misma.

El alquimista marino se sentía paralizado. No lo percibió a tiempo pero, al chocar espadas con Jorōgumo, había inhalado un poco del humo negro que manaba de su katana.

Jorōgumo seguía recitando su conjuro hasta completarlo. De repente, se deshizo el conjuro que materializaba su katana y las piedras negras de su torso desaparecieron a la vista. Lentamente, la practicante de vudú caminó hacia El alquimista marino que activó la trampa que tenía preparada.

Su piedra filosofal, conocida como La concha marina, estaba suspendida en el aire y empezó a lanzar potentes ráfagas de energía que eran desviadas en cuanto se acercaban a Jorōgumo, aparentemente sin que esta hiciera esfuerzo alguno.

El alquimista marino estaba sorprendido, pero no había perdido la calma. Pese a ello antes de que se le ocurriera algo para salir de la parálisis, Jorōgumo se acercó y le dio un abrazo.

—¿Qué diablos haces? —balbuceó el paralizado alquimista.

—¡Este es El abrazo de la araña! —gritó con demencia Jorōgumo, para luego propinar a su oponente un fuerte cabezazo en el rostro.

Era muy tarde para que El alquimista marino los percibiera, pero cuatro brazos invisibles salían del torso de Jorōgumo. Dos a cada costado, justo donde estaban incrustadas las piedras negras. Cada uno de ellos blandía katanas invisibles fuertemente impregnadas con sed de sangre. Usando dichas armas había desviado las ráfagas de su piedra filosofal. Y esas mismas armas invisibles lo apuñalaron en tajo cruzado desde el tórax hasta su abdomen.

El alquimista marino no tuvo tiempo de reaccionar. Para cuando pudo percatarse, estaba desangrándose, tendido en el suelo y perdiendo la conciencia. La concha marina, estaba programada para un evento de esa magnitud. Por lo que, al entrar en shock, una runa en forma de ojo brilló en la frente de El alquimista marino al mismo tiempo que brillaba una idéntica dentro de su piedra filosofal.

—Activando modo de emergencia —dijo La concha marina.

Inmediatamente, una barrera de energía impidió que Jorōgumo rematara al alquimista malherido. Eso le dio tiempo a la piedra para transportarlo a su interior y huir a un lugar seguro, convirtiéndose en lo que parecía una bengala roja que huía a toda velocidad.

Atónita por la forma en que escapó su adversario, se quedó con la satisfacción de saberse lo suficientemente hábil como para lastimar gravemente el cuerpo del alquimista que la había desfigurado y mutilado. Mientras tanto, los mecanismos internos de La concha marina, creados para regenerar el cuerpo del alquimista en caso de daño crítico, realizaban labores médicas de emergencia a toda velocidad con el objetivo de salvarle la vida.